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jueves, 15 de noviembre de 2012

El Director y la junta consultiva (Una tradición ancestral)

Pintura de Julio Sanz Sáiz

“El Director y los Vocales debían vigilar la economía hogareña; nadie podía sacrificar animales para su consumo privado sin autorización. El Director, de acuerdo a la efectividad del desempe­ño de sus funciones, recibía un sueldo "extra"; siendo su retribución ordinaria por mes de 30 rublos y los vocales apenas un rublo. Pero, en caso de que cualquiera de ellos fuera deudor del fisco por préstamos anticipados, dicho importe les era descontado. Los azo­tes con látigo se aplicaban conforme a la gravedad de las faltas y estaban minuciosamente reglamentados por un índice: robo o daño intencional, 24 azotes; por desobediencia al vocal, 6; por ofensa al vo­cal, 12; y por agresión al vocal, 18 azotes; si dicha agresión había sido con arma, 40; máximo permitido”.

“Los Directores de las aldeas (Vorsteher) –refieren los historiadores Popp y Dening-, tan mentados por su ac­tuación correcta y comprensiva y sus dos vocales asistentes, debían elegirse popularmente entre los mejores y más sobresalientes colonos, entre los 30 y 40 años de edad; los primeros duraban un año en sus funciones y seis meses los vocales. Estos últimos eran dos como mí­nimo y desempeñaban funciones policiales; también eran los "escri­bientes", asignándose a cada uno un sector para una rigurosa vigi­lancia de la limpieza, en las casas, funcionamiento de las chimeneas e instalaciones para prevenir incendios.
El director debía presidir todos los actos importantes de la aldea, o hacer al menos acto de presencia en casamientos, bautismos, ceremonias, procurando que no ocurrieran derroches ni desmanes. En los casamientos se prohibían los regalos mientras las colonias fueran deudoras de la Corona rusa; asimismo controlaban la presencia de haraganes y vaga­bundos en los hogares, los cuales no eran tolerados bajo ningún pre­texto. Era inconcebible que personas sanas y normales no participaran activamente en la Colonización del Volga.
El Director y los Vocales también debían vigilar la economía hogareña; nadie podía sacrificar animales para su consumo privado sin autorización. El Director, de acuerdo a la efectividad del desempe­ño de sus funciones, recibía un sueldo "extra"; siendo su retribución ordinaria por mes de 30 rublos y los vocales apenas un rublo. Pero, en caso de que cualquiera de ellos fuera deudor del fisco por préstamos anticipados, dicho importe les era descontado.
En cuanto a las faltas cuyo castigo era de incumbencia del Di­rector, la pena de azotes sólo podía ser aplicada cuando existía total acuerdo con los vocales; en cambio los trabajos forzados o multas podían aplicarse sin consulta. Los azo­tes con látigo se aplicaban conforme a la gravedad de las faltas y estaban minuciosamente reglamentados por un índice: robo o daño intencional, 24 azotes; por desobediencia al vocal, 6; por ofensa al vo­cal, 12; y por agresión al vocal, 18 azotes; si dicha agresión había sido con arma, 40; máximo permitido.
En cuanto a la desobediencia o agresión al Director el castigo era aplicado por el Comisario de Sector o el Kontor.
Las indemnizaciones por la eliminación o muerte culposa de ani­males fueron: por una vaca, 7 rublos; una oveja, 1,20 rublos; un cerdo, 1 rublo; una cabra, 0,50 rublos; un perro, 2 rublos; si era de caza, 5 rublos y un buen caballo 12 rublos; un pavo, 0,20; un pato, 0,06 y una gallina, 0,04 rublos; quien derribaba un árbol frutal debía oblar 3 ru­blos. La mendicidad estaba totalmente prohibida.
Este cuerpo legal, tan minucioso, pre­parado especialmente para los colonos europeos, en ningún momento tuvo en cuenta la calidad e idiosincrasia de los colonizadores a los cuales debía regir; su contenido intrínseco fue extraño a los alemanes que provenían de una región de alto nivel cultural y espiritual ama­mantada ya por la lejana Roma. Primaba en él la mentalidad autocrática que sólo sabía legislar para siervos; fue un grave error, pues im­pidió la expansión de las aldeas con sus colonias y también fue lesiva para la economía rusa.
El pueblo germano, con semejante constitución se sentía dismi­nuido espiritualmente y aplastado; de nada valían sus sacrificios por abandonar su tierra natal y perder sus derechos ciudadanos, morir de hambre y frío durante el año de peregrinación hacia un edén que sólo existía en los sueños de Catalina II... y ahora, un Código primitivo y extraño, en una tierra de siervos los condujo al borde de la desespera­ción; los sufrimientos morales y espirituales estaban en consonancia con los físicos”.