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jueves, 31 de marzo de 2011

La sabiduría de las manos

Por Vanesa Soledad Haffner

Cuando el sol de la mañana recién se eleva unos centímetros del horizonte, ella perfila su sinuosa figura y esperanzada emprende la tarea. En su mundo de ama de casa, sonríe, disfruta de su lugar, busca un delantal, una gran colección de diseños propios la aguarda… Las sus manos en una pequeña vasija, limpia su corazón desahogándose con lo que más le agrada: cocina. En una pequeña mesa de pino, desgastada, forma el bollo: harina, levadura, huevos, una pizca de ilusión, tarareando alguna canción que repetiría una y otra vez, comienza a estirar su humanidad: con sus manos arrugadas por los años y con la fortaleza de su espíritu amasa la vida. Y en tan noble tarea, colaboraban sus pequeños hijos, trayendo hojas de eucalipto, ramas finitas, para prender el fuego. Doña Celestina se dirige al horno, enciende el fuego para calentar aquel horno de barro semejante a un caparazón, y en el centro una puerta de hierro por donde se introducía con ayuda de una pala de largo mango todas las masas a cocinar. Ella en cada horneada siente realizada su tarea… Como buena cocinera mira su creación culinaria y sonríe como aprobando su trabajo. “Su universo es una masa que viene y va, y con pequeños golpecitos la hacía trabajar”. Largas horas de espera, aguarda sentada en un algún rincón, controlando la temperatura y agregándole leña al fuego, para que este no se apague. Meditaba mientras susurraba, cuántas mañanas realizando el alimento para su familia con gran orgullo, pero con un enorme cansancio que llevaba en el alma. Una vez terminada su labor, compartían en una gran mesa todas las exquisiteces que en aquel horno de barro había cocinado. Día tras día, Celestina amasaba la vida, no sólo para consumo propio sino también para sus amigos y vecinos. A veces hacía trueque por alguna cosita que le faltara, huevos, verduras… por un rico pan casero o una torta alemana recién horneada. Nadie quería perderse de probar sus delicias; el viento de la mañana era el difamador de que el horno de “Tina” estaba funcionando, barriendo el sabroso aroma por toda la colonia. Una buena excusa era ir a curarse el “empacho”, que ella con un hilo y sus manos curaba, sabiendo que serían invitados a probar alguna porción: la casa de “Tina” siempre estaba llena de gente. De alma generosa, corazón aniñado, mirada de mujer melancólica, comprensiva, buena amiga, mejor madre… Hija de padres ruso alemanes que llegaron a estas tierras en el barco de la esperanza. Creada con un pilar de valores que personificaron su vida en la solidaridad y el amor fraterno. Dura fue su infancia, de trabajo forzado, de tristezas olvidadas y sueños truncados. Aún así, luchaba día a día, sosteniendo a sus padres, con la ilusión de un mañana mejor. Conoció el amor y todo cambió: formó una familia y el gran sueño de su vida se concretó. Largos e interminables días, noches y mañanas con una quietud lacerante que aquietaba hasta sus manos, fueron cerrando sus ojos en una húmeda mirada. Vive en el viento como un ángel sin alas, mirándonos desde el cielo, guiando nuestros días.

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