Rescata

Rescata, revaloriza y difunde la historia, cultura, tradiciones y costumbres de los descendientes de alemanes del Volga, desde hace más de veintiséis años. Autor de diez libros sobre el tema. Correo electrónico: juliomelchior@hotmail.com.

viernes, 23 de octubre de 2020

EL ESCRITOR JULIO CESAR MELCHIOR PARTICIPA DE UN CERTAMEN LITERARIO NACIONAL

Organizado por Inspirate Global Art.
Participan alrededor
 de 1350 obras de todo el país.
Fuente: coronelsuarez.gob.ar

La Dirección de Gestión Cultural y Ceremonial felicita al escritor suarense Julio César Melchior, quien quedó seleccionado con uno de sus poemas, como finalista en un certamen literario nacional del que participaron 1350 obras y cuyo primer premio será la edición completa y comercialización de un Ebook.

Un importante logro para el escritor que durante la pandemia, que modificó totalmente nuestras vidas diarias, no solamente lanzó una nueva edición de su libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”, sino que también desarrolló una profusa actividad poética en distintos medios que lo llevó a ser consagrado finalista de un certamen literario nacional, organizado por Inspirate Global Art.
Los resultados finales se conocerán durante las próximas semanas pero, quedar entre los finalistas de más de mil obras participantes, marca todo un logro para la poética del escritor Julio César Melchior y también un mérito por la permanente reinvención artística y cultural y personal, a la cual ya nos tiene acostumbrados el escritor oriundo de Pueblo Santa María.
“Felicitar a Julio Cesar y desde la dirección de Gestión Cultural acompañamos sus logros, deseándole los mejores augurios para esta etapa final”, afirmó el director Marcelo Castorina.

Libros sobre los alemanes del Volga del escritor Julio César Melchior

sábado, 17 de octubre de 2020

La triste historia de Julia

“Nos casamos en la colonia, un jueves y al día siguiente nos fuimos a trabajar al campo, de matrimonio. Mi marido realizaba las tareas rurales y yo tenía que cocinar para los patrones y limpiarles el chalet. Fueron muy duros conmigo. Me trataron muy mal. Me hacían trabajar todo el día. Había pisos en la casa que tenía que lavarlos con cepillo, arrodillada. Y uno no se podía quejar porque enseguida te despedían, te tiraban a la calle como a un saco de basura”- cuenta bajando la mirada. Los ojos se le llenan de lágrimas: “Los patrones tenían un hijo –agrega- que me hacía la vida imposible. Me tocaba toda. Me metía las manos por todas las partes del cuerpo cuando se acercaba en silencio y me agarraba desprevenida, lavando ropa en el lavadero. Fue muy feo. Y no lo podía contar a nadie. Ni siquiera a mi marido. Nos hubieran echado enseguida y nosotros no teníamos a dónde ir. Menos mal que el hijo de los patrones se fue a estudiar a la Universidad. Fueron tres años horribles. Me la pasaba llorando”- confiesa.
Doña Julia llora en silencio, desahogándose.
Luego de unos minutos, dice: “Ahí estuvimos quince años. Nacieron mis seis hijos. Cuando nació mi último hijo, el patrón llamó a mi marido y le dijo que ya no nos podía tener, porque éramos muchos, que él quería un matrimonio más joven, sin hijos. Y nos despidió. Juntamos nuestras pocas cosas y nos fuimos a casa de mi mamá hasta conseguir un nuevo trabajo. Mi marido hizo algunas changas y a los dos meses nos fuimos a trabajar a otro campo, lavando, planchando y cocinando, para los patrones”- remarca. “Mis hijos empezaron a trabajar desde muy chicos porque no se podían quedar con nosotros, al patrón no le gustaba. Decía que nos iba a tirar a la calle si no hacíamos algo y que él no alimentaba parásitos. Y así nos fuimos quedando solos, mi marido y yo”- revela.
“Estuvimos en el campo hasta que lo vendieron, en total treinta años. Después nos fuimos a vivir a la casa de mis padres, que ya no estaban. Mi marido sufrió mucho porque ya estábamos grandes para conseguir trabajo y así fue: hacía changuitas y nada más. Fueron años muy duros. Menos mal que teníamos algo de dinero ahorrado. Mi marido murió de tristeza. No podía estar sin trabajar. Me dejó sola”- sentencia doña Julia llorando, que hoy vive lejos de su casa, lejos de su colonia, en el hogar de su hijo, en otra ciudad, otra gente, otra cultura. (Autor: Julio César Melchior).

Las abuelas y su vida cotidiana

Las abuelas se levantaban de madrugada para hornear el pan, preparar el desayuno, lavar la ropa de toda la familia, preparar el almuerzo en la cocina a leña, zurcir, coser, planchar, carpir y mantener limpio de malezas su jardín y la huerta, regar las flores y las verduras, llevando, a veces, baldes mas pesados que ellas. Y dentro de todas estas actividades, siempre se hacían un tiempo para tomar su Biblia y su rosario y asistir a misa. A misa había que asistir todos los días del año.
Aparte de todo esto también se hacían tiempo para ayudar a los demás, colaborar en los quehaceres de la iglesia, participar de eventos que organizaban las hermanas religiosas para recaudar fondos para la escuela: obras de teatro, kermeses, y muchas otras cosas.
Y, como si todo esto no fuera poco, concebían hijos, los daban a luz, los alimentaban, los criaban y educaban.
¿Cómo era posible que las abuelas pudieran hacer tantas cosas durante un día? Mirando desde la vida moderna, nos parece increíble que hayan tenido tiempo, fuerza de voluntad y una entrega tan total y absoluta a su familia y a sus seres queridos.
Todos estos detalles y respuestas a estas preguntas, las pueden encontrar en mi libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga". Escribir a juliomelchior@hotmail.com.

lunes, 12 de octubre de 2020

La abuela le muestra un secreto a su nieta

La abuela estaba tomando mate en la galería, protegida por una enorme y antigua parra, cuando llegó su nieta, Mariela.
-¿Qué hacés, querida, paseando bajo este sol? ¿Con el calor que está haciendo?
-Estaba aburrida y me dieron ganas de visitarte -respondió la nieta, de diecisiete años.
-Vení sentate a mi lado y acompañame a tomar mate. Pero antes, andá a la cocina, y buscá, en la alacena, a la derecha, unos Kreppel que amasé esta mañana temprano, antes de que amaneciera. Porque de día es imposible. Además los freí en la cocina a leña, porque salen más ricos -afirmó la abuela.
Mariela fue a buscar los Kreppel y regresó, para sentarse al lado de su abuela, mientras ya estaba comiendo uno.
-¿Están ricos? -preguntó sonriendo la abuela.
-¡Riquísimos! -exclamó Mariela.
-Tomá un mate. Te va ayudar a bajarlo. ¿Viste que lindo que están floreciendo los rosales?
-Sí -contestó la nieta, cuando en realidad ni los había visto. Pasó al lado de ellos, sin prestarles la más mínima atención.
-¿Abuela? ¿Vos siempre viviste en esta casa?
-Sí -respondió la abuela. Nací en la habitación de atrás. Por aquellos años era muy raro que se pudiera contar con un médico en la colonia. Siempre había una mujer mayor que era la partera. Doña Águeda trajo muchos hijos al mundo. Pobre Águeda. Murió hace ya tantos años que muy pocos la deben recordar. Así pasa con todos.
-¿A qué jugaste cuándo eras chiquita, abuela? Porque antes no había nada para hacer.
-¿Cómo que no había nada para hacer? -preguntó sorprendida, casi ofendida, la abuela. A nosotros nunca nos sobró el tiempo para aburrirnos, como les pasa a ustedes ahora. Al contrario.
-¿Y a qué jugaban? ¿Qué chiches tenían?
-Ahhhh! -suspiró la abuela. Teníamos tantos juegos. ¡Tantos! -repitió. Me acuerdo de la rayuela, la soga, la payana, las muñecas que hacía mi mamá… Nunca voy a olvidar esas muñecas -volvió a suspirar.
-Eran de arpillera ¿no? -preguntó la nieta.
-Sí. De arpillera. Los ojos eran dos botones negros. El pelo lana de oveja o hilo de atar chorizos o lana de algún pulóver viejo. La boca se bordaba. Mi mamá también les cosía ropa…
-También jugaban a los Koser -agregó la nieta.
-Sí. También jugábamos a los Koser -repitió la abuela. Después hizo un breve silencio y giró para mirar a su nieta.
-¿Cómo es que vos, de pronto, sabés tantas cosas de mi niñez, cuando hasta hace apenas unos años no querías saber nada de todo eso? No querías ni oír hablar del pasado de la colonia.
-Eso era antes, abuela. Sucede que tuve que hacer un trabajo para la escuela sobre la niñez en las colonias y eso me llevó al libro "La infancia de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior. En ese libro cuenta cómo era la vida de los niños de antes. Cuenta todo.
-¡Con razón! -dijo la abuela.
-Ese libro no solamente menciona los juegos sino que enseña a jugarlos.
-¡Qué bueno! -afirmó la abuela. Me alegra saber que nuestra infancia no se va a perder, cómo se perdieron tantas cosas de antes. Hablando de las cosas de antes… Yo ahora te voy a mostrar un secreto.
-¿Cuál, abuela?
-Paciencia. Quedate sentadita acá que ya vengo. Voy a la pieza y enseguida regreso. No me tardo.
Así fue: la abuela fue a la pieza y regresó con una cajita pequeña, descolorida y ajada, atada con hilo, también descolorido y deshilachado.
-¡Mirá! -murmuró emocionada la abuela, mostrando el contenido a su nieta.
-¿Qué es eso, abuela? -preguntó intrigada Mariela. Son piedras, abuela.
-No son piedras -corrigió la abuela conteniendo el llanto. Son las payanas de tu tío Luisito. Él las quería tanto. Amaba estás piedritas. Y era muy bueno jugando a la payana. Luisito… -suspiró emocionada la abuela.
-Mi tío Luis… ¿Cuál tío Luis?
-Uno de tus tíos que murió a los ocho años de pulmonía. Era menor que tu mamá. Pasaron tantos años y todavía me cuesta hablar de él. Enseguida lloro. Estas eran sus piedritas. Son de canto rodado. Vos no te das una idea lo difícil que era conseguir este tipo de piedritas. Casi imposible. A él se las trajo un albañil que trabajaba en una obra en construcción en la ciudad de Buenos Aires. Estás piedras están conmigo desde el día que murió. Hace ya más de cincuenta años.
Mariela quedó conmocionada. Abrazó a su abuela y juntas lloraron en silencio, la memoria de un ser querido. (Autor: Julio César Melchior).

sábado, 10 de octubre de 2020

Libro "La infancia de los alemanes del Volga"

Lo pueden encontrar en el barrio de Belgrano, en la ciudad de Buenos Aires, o en Librería Lázaro, en la ciudad de Coronel Suárez, y también en Pueblo Santa María o desde cualquier lugar del país, por correo. Escribir a juliomelchior@hotmail.com.

viernes, 9 de octubre de 2020

Todas las recetas de los alemanes del Volga

"Arde el fuego en la cocina a leña. La sopa exhala su vaho de vapor. El ambiente huele a caldo. Abuela cocina. Su casa es un hogar donde se comen las comidas más ricas. Ella sabe recetas que heredó de su madre y ésta, a su vez, de la suya, generación tras generación, durante centurias. Las llevaron de Alemania al Volga y del Volga las trajeron a la Argentina. ¿Dónde? En la memoria. Jamás estuvieron escritas en papel alguno. Simplemente las legaban.  Las transmitían demostrando cómo se hacían. Así sobrevivieron. Y así continuarán sobreviviendo, sostiene abuela. ¡Y tiene razón! "-escribe Manuel Schamberger.
Y agrega que "hasta que un día el escritor Julio César Melchior realizó un paciente trabajo de investigación de varios años y rescató todas las recetas en un libro, para que permanezcan en la memoria para siempre. 
"Una obra que debe estar en todos los hogares donde resida un alemán del Volga, porque todas estas recetas forman parte de nuestra identidad, no solamente personal, sino como pueblo" -sostiene Manuel Schamberger.
(Lo pueden encontrar en el barrio de Belgrano, en CABA, o en Librería Lázaro, en la ciudad de Coronel Suárez,  y también en Pueblo Santa María o desde cualquier lugar del país, por correo). Escribir a juliomelchior@hotmail.com.

Amanecer en la colonia de antaño

Los pájaros trinan en el amanecer, surcando el cielo de la colonia rubia. Se escucha el pregón del lechero, carnicero, panadero… Las voces de las amas de casa que salen a la vereda a realizar su compra diaria. La algarabía de los niños conversando en alemán. Los ruidos melodiosos que salen de la herrería, carpintería… El silencioso parlotear de la tijera del sastre y el habla cansino del martillo del zapatero.
El sacristán echa a volar las campanas de la torre de la iglesia llamando a misa. El sacerdote se apresta en la sacristía. Los monaguillos preparan sus enseres. Las velas del altar arden. Doña Agüeda reza el rosario sentada en el primer banco, junto a Doña Ana, ataviadas de negro, las cabezas cubiertas con un pañuelo del mismo color, y las miradas fijas en Jesucristo.
En el campo, los hombres labran la tierra bajo un cielo estrellado de gaviotas. Abren surcos en la tierra virgen para sembrar trigo. El trigo que florecerá en espigas de harina, pan y hostias.
Y en la inmensidad, los ojos de Dios velando a su pueblo: inmigrantes peregrinos que llegaron de allende el Volga para hacer fructificar el suelo argentino. (Autor: Julio César Melchior) Más historias en mis libros "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga" y "La infancia de los alemanes del Volga". Lo pueden consultar en el barrio de Belgrano, en CABA, o en Librería Lázaro, en la ciudad de Coronel Suárez, y también en Pueblo Santa María o desde cualquier lugar del país, por correo). Escribir a juliomelchior@hotmail.com.

La infancia de nuestros abuelos

"El libro “La infancia de los alemanes del Volga”, es una obra bilingüe -escrita en alemán y en español-, y es el resultado de varios años de investigación, de recopilación y análisis de fuentes orales y archivos familiares antiguos, casi perdidos en el olvido de los años y rescatados por el escritor Julio César Melchior, luego de una paciente y ardua labor.
Reconstruye con fidelidad histórica cómo era la infancia de los niños alemanes del Volga, en qué contexto familiar, social, económico, educativo, religioso y cultural nacían, vivían, se desarrollaban y se formaban como personas. También rescata y reconstruye su vida diaria, los juegos, sus tradiciones y costumbres ancestrales, las canciones que cantaban, las salutaciones de año nuevo y las adivinanzas que aprendían en sus hogares y en la escuela.
"Es un verdadero rescate histórico del patrimonio inmaterial valiosísimo de nuestros pueblos alemanes, vertido en un lenguaje ameno que invita al lector a transitar por una época a la que siempre se quiere regresar, para mantener viva desde nuestra adulta cotidianeidad, la esencia que nos indica a cada instante que un mundo mejor es posible" -palabras expresadas el día de su lanzamiento.
El prólogo está cargo del periodista Jorge Eduardo Piaggio y la obra de tapa, es creación de la talentosa artista plástica Guillermina Victoria.
(Lo pueden encontrar en el barrio de Belgrano, en CABA, o en Librería Lázaro, en la ciudad de Coronel Suárez, y también en Pueblo Santa María o desde cualquier lugar del país, por correo). Escribir a juliomelchior@hotmail.com.

miércoles, 7 de octubre de 2020

Historia de vida de la abuela Elisa, una alemana del Volga de 89 años, que nos cuenta su infancia

"Yo empecé a trabajar a los ocho años, el día que ordeñé mi primera vaca, cuando mi madre enviudó, siendo muy joven y con ocho hijos. Yo tenía diez años y tres hermanos menores que yo: un varón de seis, una nena de cuatro y otro varón de un año. Los otros eran solamente un poquito más mayores que yo. Todos tuvimos que dejar la escuela y empezar a ayudar a sostener a la familia. Vivíamos en el campo. El patrón le permitió a mi mamá seguir estando, con la condición de que el tambo continuara produciendo, como cuando vivía mi papá. Por lo que todos tuvimos que abandonar la escuela y ponernos a trabajar en el tambo. Yo estaba cursando tercer grado. Me acuerdo que me gustaban mucho los números y las lecturas en alemán" -recuerda doña Elisa.
"Nos levantábamos a las tres y media de la mañana, porque eran muchas las vacas que había que ordeñar hasta las ocho, en que pasaba el carro a recoger los tarros con leche para llevarlos a la fábrica. Después venía el desayuno y luego otra vez afuera, a arriar las vacas a sus respectivos potreros. Regresar a casa y ayudar a mamá a lavar la ropa de toda la familia, hacer las camas, limpiar la casa. Un montón de tareas que tuve que aprender de golpe. Había días en que lloraba porque no quería levantarme tan temprano o porque estaba cansada de tanto trabajar, a veces, me dolía mucho la cadera, y también había días que quería ir a pescar con mis hermanos, como antes, o jugar con mis muñecas. Pero no se podía. Mamá era implacable. Y hoy la entiendo. No le quedaba otra. Adónde íbamos a ir, si ni casa teníamos. No teníamos un techo dónde vivir. Estábamos obligados a quedarnos trabajando en el campo. Y el patrón se aprovechaba de eso. Nos explotaba al máximo a la hora de pagarle los sueldos a mamá. Siempre tenía una excusa para reconocernos algo y nos descontaba todo. Siempre -revela doña Elisa con tristeza.
"Así es como desde muy chica supe lo que es trabajar para sobrevivir. Porque no solamente estaba el trabajo de ordeñar las vacas y todo lo que ya conté sino que también tenía que ayudar a cocinar, a limpiar el corral de los cerdos, que criábamos para carnear y hacer chorizos con una familia vecina, barrer el gallinero, recoger los huevos, darle de comer a las gallinas, barrer el patio, durante el verano juntar Blater, bosta de vaca, para la cocina a leña, que estibábamos en el patio y regar la quinta de verduras y hortalizas, que era inmensa, porque sembrábamos y producíamos para nosotros y una vez a la semana, mi hermano mayor, con un carrito, tirado por un caballo, iba a la colonia a vender verduras y huevos y alguna que otra gallina, pavos, patos, gansos. El trabajo era interminable" -afirma doña Elisa.
"Cómo si todo eso no fuera suficiente, mi hermano menor murió de pulmonía a los tres años. Fue una tragedia que mi madre nunca pudo superar. Cargó con ese inmenso dolor durante toda su vida. Cada vez que recordaba ese momento, lloraba. Médico no había. La ciudad más cercana quedaba a más de cincuenta kilómetros. Y tampoco teníamos dinero. Eran épocas difíciles. Tampoco teníamos auto. Sólo un carrito. Y el patrón llegaba una o dos veces al mes solamente. Mi mamá estaba siempre sola con nosotros. En el medio del campo. Un ranchito de adobe, un galpón de chapa y dos o tres árboles" -rememora con los ojos llenos de lágrimas.
"Esa fue mi niñez y fue mi adolescencia. Crecí de golpe. Maduré muy rápido, como todos los niños de aquella época de la colonia. Desde muy pequeña ya tuve que asumir responsabilidades y obligaciones de adulto. Por eso me casé tan joven. Yo me casé a los quince. Y a los dieciséis ya nació mi primer hijo. Pasé de trabajar en un campo, con mi mamá, a trabajar en otro, a la par de mi marido. Con él tuve que aprender actividades relacionadas con la ganadería, para poder ayudarlo. A la par criaba gallinas, cerdos y hacía huerta, lo mismo que cuando era niña. Éramos pobres y había que trabajar. Los hijos iban llegando, tuve seis, y había que darles de comer y vestirlos. Nada fue fácil. Sin embargo, con mi marido conseguimos construir nuestra casa, en la que trabajamos durante casi veinte años, hasta que estuvo lista. Haciendo muchísimo sacrificio para ahorrar, a veces, incluso privándonos de cosas. Pero fuimos felices juntos. Muy felices. Lo mismo que tampoco me quejo de mi niñez. Mi madre hizo lo que pudo y ella, tanto como la vida, me hicieron crecer, me formaron y me transformaron en lo que soy -concluye satisfecha, doña Elisa, acotando que tiene doce nietos que son su mayor orgullo y que es muy feliz. (No olvidemos a nuestras madres en el "Día de la Madre", a celebrarse durante las próximas semanas, y llenemos su alma de amor y hagámosle un hermoso regalo, obsequiemos un libro que rescata su historia y su cultura: "La vida privada de la mujer alemana del Volga", "La gastronomía de los alemanes del Volga", "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", "La infancia de los alemanes del Volga"). Autor: Julio César Melchior.

martes, 6 de octubre de 2020

¿Se acuerdan de los ricos Kreppel que amasaba la abuela?

Cómo olvidar aquellos sabrosos Kreppel que amasaba la abuela en la larga mesa de madera de su humilde casita de adobe, junto a la cocina a leña, siempre encendida. Aquellos Kreppel que freía en grasa que ella misma elaboraba después de las carneadas. Todo era casero. Todo era natural. Todo estaba hecho por sus manos hacendosas y su memoria sabia, que atesoraba la herencia que había recibido de sus ancestros, oriundos de aquella lejana aldea, ubicada junto al río Volga, en la milenaria estepa rusa, y que muchos años antes habían escapado de las guerras y penurias de su patria alemana.
Cómo olvidar las largas tardes de verano, de nuestra infancia, cuando nos esperaba con grandes fuentes colmadas de Kreppel bañados en abundante azúcar y mate cocido o té con leche. Esas tardes interminables de juegos y sonrisas junto a mis primos. De escuchar a mi abuela reír al compás de nuestras conversaciones relatando travesuras cometidas a la hora de la siesta, en las huertas que producían verduras y hortalizas de todos los colores, aromas y sabores.
Cómo olvidar esos Kreppel de la abuela, si jamás volví a probar nada igual desde aquellos años de mi adolescencia, cuando ella tuvo que partir junto al Señor, que se llevó ya ancianita, siempre alegre, siempre cantando en alemán, en su casita de adobe, la casita donde nació, se casó, crió a sus hijos, fue inmensamente dichosa y también nos hizo inmensamente felices a nosotros, sus numerosos nietos, que nunca la olvidamos, ni a ella ni a sus sabrosos Kreppel, por más que ya hayan transcurrido más de cuarenta años. (Autor: Julio César Melchior).
(La receta de los Kreppel que preparaba la abuela, están en mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga").

Cuatro libros para mamá en su día

Se aproxima el "Día de la madre". Día especial. Día para rendirles homenaje a nuestras amadas madres. Día para agasajarlas con libros que rescatan no solamente la historia de sus ancestros y de su pueblo sino también su propia historia como mujer y como mamá.
Libros que rescatan su vida personal, todo lo que hizo por su familia y por sus hijos. Su abnegado sacrificio, su entrega silenciosa, el trabajo a la par del hombre, su amor inconmensurable, que no tiene fronteras ni límites.
Los libros son: “La vida privada de la mujer alemana del Volga”, “La gastronomía de los alemanes del Volga”, “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga” y “La infancia de los alemanes del Volga”.

¡Cómo olvidar nuestra niñez!

Como olvidar esos juegos, en esos fondos inmensos que tenían los patios de nuestros padres, con el Nuschnick a 30 metros de la casa, el gallinero, el chiquero, para trepar los techos cuando papá no nos veía, la huerta para hacer alguna travesura durante la siesta, los árboles frutales, para trepar buscando nidos de pájaros, y un universo inmenso de fantasía. Nosotros jugando en la tierra, abriendo caminos, construyendo puentes, fabricando carros y automóviles con maderitas, latitas, chapitas, clavos y un martillo que le birlábamos a papá, sin que se diera cuenta. También corríamos por los pastizales jugando a los vaqueros, imitando los sonidos de sus pistolas, montados en palos de escoba; o marcando la Z del Zorro por doquiera. De vez en cuando buscando lombrices cerca del canal por donde corría el agua que salía de la pileta de la bomba, para ir a pescar al arroyo que queda a pocos metros de la colonia, para terminar casi siempre pescando cantores o algún pececito ínfimo, que terminábamos llevando a casa en algún tarro con agua del arroyo. A veces nos “perdíamos” en algún potrero arrancando choclos para llevarlos a casa y cocinarlos en alguna olla oxidada que, también, encontrábamos por ahí. Haciendo una fogata que otra que los piratas del Caribe. Juntábamos todas las ramas secas que había, troncos, lo que encontrábamos para que las llamas fueran abundantes. Todo eso en pleno verano. Terminábamos colorados, medio cocinados de frente. Siempre había alguien a quien se le ocurría correr a casa y buscar una pava, sin que su madre se entere, otro que salía corriendo a buscar yerba, otro azúcar, otro el mate, algún otro pan, y terminábamos merendando. A veces éramos más de una docena de niños. Podrán imaginar ustedes la sorpresa de esa pobre madre cuando veía su pava nuevamente: negra quedaba, ni limpiándola con detergente, lavandina y virulana y la esponja de acero juntos, volvía a quedar como antes. Por supuesto, que también estaba el fútbol, y cualquier pelota venía bien: de trapo, de plástico, de goma pero casi nunca, de cuero. Eso sí, algún balón o terminaba dentro del pozo ciego del baño, porque alguno de nosotros olvidaba cerrar la puerta, o terminaba dentro de la cocina de algún vecino, tras ingresar sorpresivamente por la ventana, rompiendo un vidrio, y yendo a caer sobre la mesa de las mujeres que tomaban mate. Imagínense ustedes el escándalo de estas inocentes señoras. Tantos pero tantos recuerdos que es imposible resumirlos a todos en este breve escrito. Por eso es que escribí el libro “La infancia de los alemanes del Volga”, para perpetuar la memoria de nuestra niñez. Autor: Julio César Melchior.

viernes, 2 de octubre de 2020

¿Se acuerdan de los sabrosos Wicknudel o Wickelkleis que cocinaba mamá?

Cómo olvidar los sabrosos Wicknudel que cocinaba mamá si cada vez que lo hacía, la cocina se convertía en una fiesta. Desplegaba abundante harina sobre la antigua mesa de madera gastada, herencia de los abuelos, colocaba sobre la cocina a leña una olla grande con abundante estofado, que emanaba un vapor que llenaba el ambiente de aromas que quedaron para siempre adheridos a su recuerdo y nosotros, niños pequeños, jugábamos en el piso con maderitas, algún martillo hurtado sigilosamente a papá, latitas, fabricando autitos, carros o vaya uno a saber qué artefactos estrafalarios estaría imaginando por aquellos años nuestra cabecita inocente, libre de problemas y preocupaciones.
Cómo olvidar los sabrosos Wicknudel que cocinaba mamá, que después comíamos todos juntos, papá y mis hermanos, sentados alrededor de la mesa, desde el más pequeñín de todos hasta el que ya estaba en edad y tenía permiso de tener novia. Los almuerzos y las cenas eran sagradas. Ningún integrante de la familia debía faltar jamás. Y siempre había que agradecer a Dios la bendición de tener suficientes alimentos.
Cómo olvidar los sabrosos Wicknudel que cocinaba mamá, si ella era el alma de la casa, la alegría del hogar, la sabiduría en persona, la que lo sabía todo, la que lo solucionaba todo, la que nos acompañaba en las noches de llanto, junto a la cama, y en los momentos de felicidad, siempre sonriente, siempre alegre, siempre venciendo obstáculos, siempre mamá, siempre mi mamá. La única. La inolvidable. La que siempre velará por mí, por más años que cumpla y por años que pasen. Ella siempre será mi madre y yo siempre seré su hijo pequeño. (Autor: Julio César Melchior).
(La receta de los Wicknudel que cocinaba mi madre, están en mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga").

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Mamá nunca dejaba de hacer las tareas de la casa


Mamá, que se levantaba con el sol, daba vuelta la casa, limpiando cuanto rincón tuviera una mota de polvo, lavaba la ropa en el fuentón bajo la intemperie, cocinaba y mantenía libre de yuyos el patio y el jardín, una mañana se levantó con las piernas hinchadas pero, habiendo sido siempre fuerte como un roble y terca como una mula, no le dio importancia, porque los quehaceres cotidianos de la casa no podían esperar: las sábanas tenían que ser cambiadas, la ropa debía ser lavada, el patio tenía que ser barrido, el jardín regado y la comida lista para las doce del mediodía cuando sus hijos llegaban del trabajo. Nada era más importante que sus obligaciones de madre y ama de casa. Ni siquiera su salud.
Al cuarto día ya le resultó imposible ocultar no solo la hinchazón de las piernas sino el dolor que esto le causaba cuando caminaba. Aún así, no quiso ir al médico. Minimizó el problema frente a sus hijos y, con la ayuda de la escoba como bastón, se las arregló para cumplir con todas las tareas cuando estaba sola y sus hijos no la veían.
Transcurrieron los días. Una semana. Dos. Hasta que una mañana, los hijos se levantaron, como todas las mañanas, para desayunar, y la mesa no estaba servida y el café con leche tampoco puesto sobre la cocina a leña que, llamativamente, tampoco estaba encendida.
-Qué raro -pensaron los dos hijos solteros que vivían con ella. La primera vez en su vida que mamá se queda dormida.
Cuando fueron a despertarla, la encontraron muerta, al pie de la cama matrimonial, con el camisón puesto y las cobijas desparramadas por el piso: tenía ochenta y dos años. (No olvidemos a nuestras madres en el "Día de la Madre", a celebrarse durante las próximas semanas, y llenemos su alma de amor y hagámosle un hermoso regalo, obsequiemos un libro que rescata su historia y su cultura: "La vida privada de la mujer alemana del Volga", "La gastronomía de los alemanes del Volga", "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", "La infancia de los alemanes del Volga"). Autor: Julio César Melchior.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Los recuerdos de la abuela

La abuela tomó el libro que su nieta Micaela le había obsequiado el día anterior y se sentó junto a la ventana, en el mismo lugar donde se sienta todas las tardes, después de tomar mate, para ver pasar la gente por la vereda, mientras teje prendas para los nietos más pequeños de la familia.
Corrió las cortinas, saludó con alegría a doña Mercedes, que pasaba, también como todas las tardes a esa misma hora, rumbo a visitar a su hija, que está en cama, padeciendo una fuerte gripe. Se acomodó en la silla, volvió a echar una mirada a la calle, hasta que, por fin, se decidió a abrir el libro. Y como siempre, con las revistas y los periódicos, que leía de vez en cuando, comenzó por la última página. Esa era su manera de leer. Y no la iba a cambiar porque fuera un libro. Sobre todo este libro, que tenía en sus manos, que además de escritos tiene muchas fotografías. Y a ella, a la abuela, le fascina mirar fotos. Primero mira las imágenes, con atención, detalle y paciencia, y recién después comienza a leer.
Al recorrer las fotografías en el libro, todas antiguas, de descendientes de alemanes del Volga, algunas tomadas hace más de cien años, otras quizá menos, pero no tanto, y otras, que le recuerdan la época de su infancia, adolescencia y niñez. Se queda observando imágenes en la que se reproducen una anciana hilando lana en la rueca, un casamiento con los novios vistiendo las ropas típicas que se usaban antes, allá lejos, en el tiempo, mujeres lavando ropa en fuentones y con la tabla de lavar, reuniones familiares, con los abuelos, hijos y nietos, hombres y mujeres trabajando el campo a la par, con un arado mancera, un horno de barro, una casa de adobe… y las lágrimas comienzan a rodar por sus mejillas. Tantos recuerdos juntos la desbordan de emoción, le despiertan sus propios recuerdos, sus propias vivencias: el día de su boda, el día del nacimiento de su hijo mayor, la muerte de sus padres, el fallecimiento de su marido. Tantas vivencias le vienen a la memoria que se cubre los ojos para llorar. También recuerda momentos felices: la dicha de conocer a su marido, los once hijos que tuvieron, las reuniones familiares en la cocina, alrededor de la mesa grande de madera, todos riendo, hablando en alemán, comiendo Wickelnudel, Maultasche o asado de lechón al horno con papas. La alegría de los casamientos de cada uno de sus hijos. El nacimiento de los nietos…
Se seca las lágrimas con el pañuelo que siempre guarda en la manga del pulóver y abraza el libro. Lo abraza con ternura. Mentalmente le agradece a su nieta el regalo. Un regalo hermoso, piensa la abuela, mientras coloca el libro sobre la falda para leer el título. "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", se llama el libro. Del escritor Julio César Melchior. Un libro que para la abuela es un tesoro

Receta de dulce de zapallo de la abuela


La abuela le enseña a su nieta a preparar la receta de Kreppel

-Y ahora vamos a preparar Kreppel -le dijo la abuela a su nieta Marilina comenzando a limpiar la mesa con el trapo rejilla. Mientras yo le introduzco más astillas a la cocina a leña para que vaya tomando temperatura -agregó-, vos andá a la despensa a buscar harina, azúcar, huevos, aceite, crema, leche cortada…
-Leche cuajada - la corrigió su nieta.
-Para mí siempre fue leche cortada y en alemán dickimilch -sostuvo la abuela- y no le voy a cambiar el nombre a esta altura de mi vida. No te parece, mi amor?
Marilina no dijo nada. Se quedó en silencio, pensativa, yendo y viniendo de la despensa, trayendo los ingredientes que le iba solicitando la abuela.
-Sabés qué, abuela? -dijo Marilina poniendo los huevos y la harina sobre la larga mesa de madera, alrededor de la cual crecieron sus bisabuelos, abuelos y padres y tíos. Una mesa que fue pasando de generación en generación y durante años estuvo en la familia.
-¿Qué, querida? -preguntó la abuela empezando a elaborar la masa. Antes que me digas lo que querés decirme, no te olvides del palo de amasar.
Marilina regresó a la despensa para buscar el palote.
-Te quería contar, abuela -dijo Marilina, que ayer compré un libro que se llama "La gastronomía de los alemanes del Volga", que trae más de ciento cincuenta recetas…
-Sí -interrumpió la abuela. Lo conozco. Es de Julio César Melchior. Me vino a visitar cuando estaba reuniendo material.
-En serio, abuela?
-Sí! Es verdad, querida. Hay una receta que es de mis ancestros. Mis abuelos la trajeron del Volga.
-En serio? -volvió a repetir sorprendida la nieta. Y cuál es, abuela?
-Mirá el libro, leelo, y fijate si la encontrás -sonrió la abuela.
-Eso es imposible. No vale, abuela.
-Pone la sartén sobre la cocina a leña y echale abundante aceite. A mi me gusta freír los Kreppel con grasa pero esta semana no conseguí. Así que no me queda más remedio que hacerlos en aceite.
-No me vas a decir, abuela? -insistió Marilina.
-No sé, no sé! Lo voy a pensar -volvió sonreír la abuela. Primero terminemos de elaborar los Kreppel. Después nos sentamos a comerlos calentitos, mientras tomamos unos ricos mates, y te cuento lo que quieras. Sí? De acuerdo?
-Si no me queda más remedio -se resignó Marilina, aprestándose a tirar el primer Kreppel dentro del aceite caliente. (Autor: Julio César Melchior).

sábado, 26 de septiembre de 2020

¿Se acuerdan del gallinero de casa?


En el gallinero de casa convivían en feliz armonía: gallinas, gansos, patos, pavos, algún avestruz, o alguna otra ave silvestre recogida y criada entre las aves domésticas que no discriminaban ni poseían estatus social. Todas por igual corrían alrededor de mamá cuando llegaba con migas de pan, granos de trigo o maíz. Saltaban hasta una altura impensada tratando de ver qué traía dentro de su delantal levantado. Semejaban marionetas vivas danzando al compás de su canto que remeda antiguas canciones alemanas. Arrojaba lo que traía en una cubierta de automóvil cortada en dos para formar dos cuencos: uno para los alimentos y otro para el agua.
El gallinero era un pequeño galpón construido con mucho ingenio por papá, con paredes y techo de chapa vieja y oxidada. En el interior, no se soportaba el frío en invierno y el calor en verano. Las aves ponían los huevos en cajones de fruta acondicionados con paja vizcachera: mamá era hábil construyendo nidos. ¡Les salían preciosos! Y las aves le estaban agradecidas y le devolvían la gentileza poniendo gran cantidad de huevos. Tantos que proveían al hogar de este alimento y en ocasiones hasta sobraban para vender y hacer algunos pesos extra. Lo mismo que aves, las que eran criadas para alimento de la familia y para comercializarlas y colaborar con la economía hogareña cuando las cosas no marchaban bien. ¡Y vaya si colaboraban! Mamá sabía muy bien cómo hacer para que el gallinero produzca cuando papá no tenía trabajo o estábamos de malas. (Autor: Julio César Melchior). (Para recordar más historias, consultar mi libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga").

Tros, tros, trillie, la canción que nos cantaban nuestras abuelas


Tros tros trillie, es la canción que nos cantaban nuestras abuelas en la niñez y es quizás, la más popular de todo el repertorio musical que nos legaron nuestros ancestros. La versión que publico a continuación la  tomé de mi libro “La infancia de los alemanes del Volga”.

Tros, tros, Trillie
Tros, tros, Trillie,
der Bauer hat ein Fihllien,
des Fihllien kandt net laufen (1 ),
des Fihllien muss mer tragen,
pum, pum,
leits in grobe.

Arre, arre, caballito
Arre, arre, caballito,
el campesino tiene un potrillito,
el potrillito no puede caminar,
el potrillito tiene que ser cargado,
pum, pum,
cae en la zanja.

(1) Las traducciones se mantienen fieles a la lengua que utilizan en su habla cotidiana los descendientes de alemanes del Volga.

Nada mejor que un rico Dünnekuche para la hora del mate o el té


Nada mejor que un rico Dünnekuche para la hora del mate. Y si está elaborado por las expertas manos de la abuela, mucho mejor.

El Dünnekuche también es un clásico para compartir en familia los domingos a la tarde. Una tradición que se viene manteniendo en las colonias desde su nacimiento y entre los alemanes del Volga, desde hace siglos. Solamente que en las aldeas fundadas en las márgenes del río Volga, en lugar de mate, se tomaba té, que se preparaba en el samovar, que es un recipiente metálico en forma de cafetera alta, dotado de una chimenea interior con infiernillo, que sirve para hacer té y es un icono de la cultura rusa. (Autor: Julio César Melchior).
(La receta del Dünnekuche, tal cual lo elaboraba la abuela, está en mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", junto con 150 recetas tradicionales más).

jueves, 24 de septiembre de 2020

Las aventuras choriceras del abuelo


Las carneadas eran épocas de mucha actividad y que disfrutaba toda la familia, amigos y allegados. Todos participaban y ayudaban con alegría y después recibían su parte de chorizos, carne, morcillas y otros menesteres. Hasta ahí todo era trabajo, asados, parrilladas, brindis con vino tinto, que venía en damajuanas de 5 y 10 litros; pero el problema venía después una vez que el chorizo, colocado en los tirantes del galponcito de chapa o en el sótano, comenzaba a secarse y estaba listo para comerse. En ese momento crucial de la historia familiar es donde entraba a jugar un papel importante la abuela, que lo tenía cortito al abuelo, porque el médico le había prohibido comer cualquier producto salado. Pero hete aquí que el abuelo tenía una viveza bárbara para pergeñar planes y siempre se terminaba hurtando algún chorizo para comerlo en secreto en algún lugar de la casa cuando la familia salía a pasear, o en la vivienda de algún amigo que aportaba el vinito. Por eso cuando algún integrante de la familia notaba que faltaba algún que otro chorizo todos los miraban al abuelo, todas las miradas inquisidoras iban hacia él, y por más que el abuelo se fuera silbando bajito y aduciendo mil y una excusas, nadie le creía. Porque no solamente se metía con el chorizo sino que a veces metía la mano también en el barril donde se guardaba el Sauerkraut o Chucrut. Y por más que el abuelo quisiera ocultar sus tropelías, lo terminaban delatando sus sendas descomposturas y el buchón del médico cada vez que la abuela lo llevaba al consultorio.
Y si hemos de ser sinceros la misma repetía el abuelo cada vez que la abuela elaboraba Dünnekuche porque siempre había uno, de los tantos que elaboraba semanalmente, a veces más de doce, que aparecía con menos Riwwel que los otros o al llegar al último Dünnekuche la abuela notaba que alguna lauchita de dos patas se había robado un pedazo. (Autor: Julio César Melchior).
Para más aventuras como estas pueden consultar mi libro “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga” y para preparar más de 150 recetas tradicionales mi libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Nuestras bañaderas de antaño


 Cuando éramos niños no teníamos baño dentro de la casa, por lo tanto tampoco teníamos inodoro, bidet, pileta con agua fría y caliente, bañadera y ducha. Levantarse a las noches para ir al baño era un todo un problema y toda una odisea, sobre todo si uno era un niño, porque significaba salir al patio a oscuras, recorrer 20 o 30 metros hasta llegar al Nuschnick y hacer nuestras necesidades en la letrina, temblando de miedo por los fantasmas que pudieran acecharnos, sobre todo cuando no había luna y estaba totalmente nublado. Nos aterrorizaba la idea de que alguien pudiera salir corriendo de entre los árboles o que una mano siniestra asomara por el agujero de la letrina y nos agarrara por la cola para meternos en el pozo ciego. Por eso ir al baño de noche, era toda una odisea y toda una aventura. ¡Otra que Superman o el Hombre Araña!
Y nuestra bañadera era un fuentón grande de chapa que mamá llenaba con agua calentada en cacerolas y tarros sobre la cocina a leña. Cacerolas y tarros de diferentes tamaños y colores. Los había grandes, pequeños y muy grandes. El agua se buscaba en la bomba, por más que afuera hicieran diez grados bajo cero y en esa bañadera, la mayoría de las veces con jabón casero elaborado por la abuela, porque el jabón de tocador era un lujo impensable en aquellos años e inaccesible para las familias humildes, se llegaban a bañar siete u ocho hermanos pasando uno detrás de otro, porque era todo un tema calentar tanta agua para tantas personas. Además el día de baño era siempre los días sábados después de las cuatro asique los sábados a la tarde toda la familia debía bañarse. No se salvaba nadie. Ni el niño más pequeño que quería seguir jugando en la tierra ni el abuelo que quería continuar sentado debajo de la higuera tomando mate, hablando pavadas, como decía la abuela. Todavía me parece escuchar al abuelo rezongando en alemán porque no quería bañarse ese sábado, sosteniendo que no hacía nada más que estar sentado bajo los árboles y la abuela retándolo a diestra y siniestra para que entre de una vez y se bañe y deje de rezongar, refunfuñar y contarles tonterías a los nietos. Mientras esto sucedía con el abuelo y la abuela, mamá nos hacía entrar a la cocina de a uno para bañarnos y guay de quejarnos o levantar la voz porque podían venir los retos de mamá o la alpargata o el cinturón de papá. En la casa no había democracia mandaban los padres y los abuelos. Los niños a obedecer.
Después bañaditos y cambiados de ropa mamá nos decía: - ahora a no ensuciarse y cuidar la ropa, mientras la abuela le decía al abuelo: - no vas a andar ahora por la quinta metiendo la mano matando bicho moros o ensuciándote tratando de arreglar algo. Todo puede esperar hasta el lunes. Debíamos estar limpitos para ir a misa el día siguiente. Nadie debía ni podía faltar a la iglesia los días domingos. Absolutamente nadie.
Todas estas vivencias y todos estos recuerdos, que forman parte de nuestra niñez como muchos otros detalles inolvidables, los pueden encontrar en mi libro “La infancia de los alemanes del Volga”. (Autor: Julio César Melchior).

La historia de nuestra gente, los alemanes del Volga

Por medio de lo que escribo doy vida a la historia que identifica a mi pueblo. Esa historia en la que crecí y viví siendo parte y que hoy parece tan lejana, con sus costumbres, tradiciones, comidas… y esa forma de vida tan particular que le da identidad a los descendientes de alemanes del Volga. Una forma de vida que, sin embargo, existió y yo no solamente pude observar sino que la viví a diario. Con sus lámparas a kerosén, colchones confeccionados por abuela rellenos con yuyos que crecían a la vera del arroyo. La ropa de la familia diseñada y realizada por mamá con retazos de tela arpillera de las bolsas de harina que se compraban en el almacén de ramos generales. Una sola muda de prendas nuevas y un solo par de zapatos para asistir a la misa del domingo y que tenían que durar casi una vida. La lana de oveja recién esquilada para que abuela hile en la rueca los vellones y las madejas para tejer pulóveres, guantes, medias… Los pisos de barro de la casa de adobe. La bosta de vaca para alimentar la cocina a leña para cocinar y calentar la vivienda. Buscar la polenta que el sacerdote, en su misericordia, repartía a las familias humildes. Repartir lo que cosechábamos en la quinta de verduras con los ancianos de la localidad o las viudas y mujeres solas de la cuadra. Lavar los pisos de la iglesia y de la escuela y de los vecinos de edad avanzada porque mamá nos mandaba a colaborar con el prójimo y nos enseñaba a ser personas de bien.
En lo que escribo también doy vida a mi niñez, esa niñez en la que jugué durante muy poco tiempo, porque a los nueve años ya tuve que comenzar a ayudar a mamá, porque tenía muchos hermanos y la labor cotidiana era profusa y no terminaba nunca y porque a los doce me obligaron a dejar mi casa para salir a trabajar para aportar mi sueldo en la manutención de la familia. Por eso crecí lejos. Muy lejos. Lejos del afecto y del cariño familiar. Añorando, llorando, sintiéndome solo, soñando con regresar a mi terruño, a mi casa, con mi madre y mis hermanos.
Y pese a que todo eso se transformó, que el tiempo transcurrió, que la vida moderna modificó a la colonia, a sus viviendas, a sus calles, a su devenir cotidiano, hay un lugar en mí donde todo permanece intacto, un lugar dónde subsisten indelebles el amor de familia, la unión, el respeto, los sabores y los aromas, y los seres que ya no están pero un día formaron parte de mi esencia y forjaron mi identidad. Ese lugar está dentro de mí, en mi alma y en mi corazón. Es un lugar al cual me remonto para ser feliz y recordar aquellos lejanos años de mi infancia. Un sitio en que ni el tiempo ni la muerte, ni la ausencia ni la distancia, pueden destruir. Porque en ese lugar no solamente están mis recuerdos más hermosos e indelebles sino que está mi identidad. Una identidad que sobrevive en mis libros. (Autor: Julio César Melchior).
(Mis libros son: "La infancia de los alemanes del Volga", "La gastronomía de los alemanes del Volga", "La vida privada de la mujer alemana del Volga" y "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", ).

domingo, 20 de septiembre de 2020

Mi abuelo añoraba

Mi abuelo añoraba
la aldea lejana,
la nieve en los inviernos
y las frías aguas del Volga.

Extrañaba a sus padres,
las comidas de su madre,
las certezas de su padre,
y la alegría de sus hermanos.

Mi abuelo añoraba
el cielo de antaño,
la tierra de su niñez,
las calles de su aldea.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Nuestras abuelas alemanas del Volga

 
Aún veo a la abuela levantándose al alba, ataviada con su vestido negro, su pañuelo, también negro, sobre la cabeza, tomando su biblia y su rosario, para dirigirse a la iglesia, mientras escucho el llamado de las campanas. La veo yendo al cementerio a visitar a sus muertos, llevando un frasquito con agua bendita, para mojar sus tumbas y rezar una oración por sus almas. La recuerdo, por las noches, recorriendo la casa arrojando agua bendita, habitación por habitación, para espantar los malos espíritus. La veo sentada junto a la ventana, en los atardeceres, rezando sus oraciones. La veo y la escucho hablando en alemán. Todo eso y mucho más en mi libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga". (Para mas información escribir a juliomelchior@hotmail.com).

Receta de dulce de ciruelas de la abuela Aurelia Suppes

 

¿Se acuerdan de este refrán de nuestros abuelos?

Historia de un amor prohibido

 
Su madre la retó cuando le contó que le gustaba Pedro. Sí, la retó y mucho. Y le dijo unas cuantas verdades. Sí, así las llamó: “verdades”. Igual ella, mucho no entendió  o no quiso entender. Ella sólo sabe con certeza que se siente atraída por Pedro y que quiere casarse con él, formar una familia, como la de sus padres, tener una casa, con muchos hijos y trabajar en el campo. Eso es lo que más desea. Su madre le dijo que era una desagradecida por pensar en sí misma cuando tendría que estar pensando en conseguirse un trabajo para ayudar a criar a sus hermanos. Que por eso también era una mala hija. Que cómo podía estar pensando en un hombre. Que eso es pecado. Acaso no se lo había dicho bien clarito la abuela, que tuviera cuidado con los hombres, que si un hombre la besaba en la mejilla podía quedar embarazada y tener un hijo y correr el riesgo de ser una madre soltera. Después nadie la va a querer ni a mirar. Fue ahí. Sí, fue en ese momento cuando preguntó: “Cómo… ¿Los hijos no los trae el arroyo?” Y fue ahí, en ese instante, en que la madre se puso incómoda y vergonzosa y cambió enseguida de tema y dijo: “No quiero que vuelvas a ver a Pedro. Antes de pensar en un tipo tenés que ayudar en la casa. Además tu papá quiere que te cases con el hijo de don Agustín. Don Agustín  te quiere para uno de sus hijos. Para Luis. Es un muchacho muy trabajador. Salió al padre. Don Agustín ya habló con nosotros y tu papá le dijo que no había problema, que en dos años no había problema, que primero te necesitamos en casa. Y don Agustín, entendió. ¡Es un hombre tan comprensivo! “Nunca te va a faltar  nada”, le dijo seria su madre. Eso le dijo: “Nunca te va a faltar nada”.
Pero yo no lo quiero a Luis –piensa-, yo lo quiero a Pedro. Y recordó cuando se vieron en secreto en el galponcito donde se guarda la leña y él la tomó de la mano, o cuando se encontraron de casualidad en el almacén y los dos hicieron cómo que no se conocían ni que se hablaban, para que nadie sospeche nada. No, ella no quiere al hijo de don Agustín. Ella lo quiere a Pedro. Por eso aceptó irse de la colonia. Ellos dos solos. Pedro y ella. Nadie más. Se van a ir esta madrugada, cuando todos duerman. Lejos. Bien lejos. ¿A dónde? Ella no lo sabe y Pedro tampoco. Porque Pedro lo reconoció cuando él le propuso fugarse juntos. Solamente sabía que se iban a ir bien lejos, a trabajar en el campo y cuando ella sea mayor se van a casar. Pedro se lo prometió. Y le prometió que van a tener una casa, con muebles, con una bomba de agua, un jardín, una huerta, gallinas, algunas vacas. Eso le prometió Pedro. Y ella le cree. ¿Por qué no iba a creerle? A él. Justamente a él. Si ella no le pidió nada y él le prometió todo.
Ella se llama María Angélica Dornes y él, Pedro Agustín Lambrecht. Se casaron lejos de la colonia en 1958, en una parroquia rural. Los padrinos de la boda fueron dos peones rurales desconocidos que trabajaban en la misma estancia donde trabajaban ellos. Tuvieron nueve hijos. Pero jamás lograron tener una casa propia, como Pedro le había prometido. Murieron lejos de su gente, de su pueblo. Primero él y a los dos años, ella. Grandes. Ancianos ya. Contentos y satisfechos con la vida que habían vivido juntos. (Autor: Julio César Melchior).

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Recuerdos de nuestra infancia


En nuestra infancia, en la colonia,
jugábamos al fútbol en los baldíos,
hacíamos renegar a doña Ana
rompiéndole de un pelotazo 
los vidrios de las ventanas de la cocina,
trepábamos árboles añejos,
buscando huevos en los nidos,
nos metíamos en la huerta del vecino
a hurtarle las ciruelas durante la siesta
y al regresar a casa, nos esperaban,
mamá con un sermón en los labios
y papá con la alpargata en la mano.

En la escuela, durante los recreos,
jugábamos a las bolitas, 
llenando el patio de hoyos
y el guardapolvo de tierra,
también jugábamos a la mancha 
y a la escondida,
a la payana con cinco piedritas,
al trompo y a las figuritas, 
y con tiza dibujábamos una rayuela,
para saltar de baldosa en baldosa,
hasta llegar al cielo,
dónde nos esperaba la señorita.