T

T

domingo, 21 de abril de 2019

Así se vivía el domingo de Pascua en las colonias de antaño

Los domingos de Pascua en las colonias de antaño eran días de júbilo, las familias celebraban con alegría la Resurrección de Jesús, en todos los ámbitos, tanto religioso, asistiendo a misa, como en el social, organizando grandes tertulias bailables que comenzaban a la hora que se ponía el sol, como en el seno del hogar, donde toda la familia se congregaba alrededor de la amplia mesa de la cocina a almorzar lechón al horno con papas y Füllsen. Esa fecha, junto con la de Kerb, eran las dos únicas celebraciones en que todos los hijos, solteros o casados, y parientes que trabajaban o vivían lejos, regresaban al hogar paterno. Cada casa bullía de gente. Se dormía dónde se podía. 
Todo comenzaba a la mañana temprano, alrededor de las cuatro de la madrugada, cuando papá y mamá se levantaban a preparar el almuerzo. Papá encendía el horno de barro y mamá terminaba de colocar dentro de la fuente el lechón adobado la noche anterior junto con las papas. 
Al amanecer, más temprano que nunca, despertaban los niños ansiosos por descubrir si el Conejo de Pascua había pasado por sus casas para dejar los tradicionales huevitos de Pascua en los niditos preparados durante la semana en una caja. El Conejo nunca los defraudaba, siempre les dejaba un cúmulo de huevos multicolores, preciosamente decorados, y riquísimos (huevos de gallina que la madre, en las largas madrugadas, hervía, teñía y decoraba).
A media mañana todos asistían a misa. Solamente permanecía en casa una sola persona, la que tenía a su cargo concluir los últimos detalles de la preparación de la comida que se iba a servir durante el almuerzo. La iglesia desbordaba de gente, tanto que muchas personas asistían a la misma participando de la ceremonia desde la vereda. Y dentro de la misma, era frecuente que se produjera algún que otro desmayo a consecuencia de la multitud que ingresaba.
Luego de la ceremonia todos regresaban a casa a participar del gran almuerzo familiar, donde reinaba un clima de fiesta. Se comía y se bebía abundantemente. Era tanta la cantidad de comida que se preparaba que, concluida la Pascua, y habiéndose marchado la visita, los dueños de casa comían comida recalentada o fría durante casi toda la semana.
Durante la sobremesa era frecuente que algún hermano, tío o abuelo, sacara a relucir su acordeón y comenzara a tocar y cantar las ancestrales melodías volguenses, rememorando su aldea natal y a la familia que había quedado, allá lejos, a orillas del legendario río Volga para siempre.
A la hora del mate, llegaba generalmente más visita, y mamá ponía sobre la mesa los deliciosos Dünne Kuchen y la infaltable miel. Surgían los recuerdos y las infaltables anécdotas familiares. A veces, se aprovechaba la ocasión para anunciar un compromiso o la fecha de una boda. 
El día de fiesta concluía con la caída del sol, hora en la que se cenaba la comida que había sobrado al mediodía, la que se comía fría para evitarle a mamá la tarea de tener que recalentarla en la cocina a leña.
Finalmente los hombres solteros, las parejas más jóvenes, tanto casadas, como la de novios, pero ésta en compañía de alguien confiable que permaneciera atento a cualquier incorrección que pudieran cometer los futuros esposos, y las jóvenes, pero acompañadas de un hermano o matrimonio amigo, asistían a la tertulia bailable. Evento en el que tocaba en vivo una orquesta local o de un pueblo vecino. Eventualmente podía llegar a contratarse un grupo de renombre nacional. 
Los padres y los mayores permanecían en casa conversando y recordando tiempos pasados. Muchos de ellos recién volverían a verse en la Pascua siguiente, y algunos quizás no se reencontrarían nunca más, porque vivían muy lejos y antiguamente todos los viajes se hacían en carro, por lo que todo traslado desde localidades lejanas insumía días y días de un viaje agotador que, llegados a una edad, las personas ya no soportaban. Además, todos eran conscientes, que la muerte siempre acecha, y que un adiós no siempre significa un hasta pronto. (Autor: Julio César Melchior).

sábado, 20 de abril de 2019

¿Conocen la tradición de los Klapperer que eran una parte fundamental en la Semana Santa?

Varias semanas previas a la celebración de Pascua los niños que cumplían funciones de monaguillos, a los que se le sumaban a veces una veintena más, importunaban hasta el agobio a sus padres para que les concedan el permiso, primero, de actuar como Klapperer durante la Semana Santa, y segundo los ayuden a fabricar una Raschpel, tarea nada sencilla para los pequeños, pues requería poseer conocimientos de carpintería, aunque más no fueran rudimentarios, y saber cómo armar una Raschpel no solo de diseño decoroso sino que emitiera un sonido potente al hacerla girar. 
La mayoría de los padres accedían complacidos felices de que sus hijos manifestaran tanto alborozo en mantener viva esta ancestral tradición aunque tuvieran que dejar de lado actividades más apremiantes de su cotidiano quehacer, generalmente relacionado a las labores rurales; pero los había también, unos pocos, es cierto, que se negaban a perder el tiempo fabricando una Raschpel para que sus hijos anduvieran por la colonia alborotando a los perros y las gallinas, y por qué no, a algún anciano desprevenido. Los vástagos de estos padres desaprensivos, birlaban un serrucho, martillo y clavos de la herrería y unas maderas de la carpintería, y en secreto comenzaban a fabricarla ellos. Qué tan difícil puede ser fabricar una Raschpel se preguntaban unos a otros mientras ponían manos a la obra, sin distinguir, en cada martillazo, entre dedos y maderas.
Cuando faltaban dos o tres días para que entrara en funciones este original batallón, el sacerdote los convocaba a la casa parroquial para instruirlos en sus tareas. Ahí los niños que participaban por primera vez tomaban conocimiento de la actividad que se esperaba tenían que llevar a cabo durante Semana Santa y los que ya venían con experiencia de años anteriores, escuchaban sin oír, pergeñando travesuras. 
La labor de los Klapperer o die Klapperer, así se llamaba a este batallón de niños, consistía en suplir el mutismo de las campanas durante Semana Santa, cuando se “volaban” en la noche del Jueves Santo, regresando recién en la noche del Sábado Santo, con el sonido de sus Raschpel o matracas. 
Los Klapperer recorrían tres veces las calles de la colonia previo al comienzo de cada misa, reemplazando el repicar de las campanas con el estruendoso sonido de sus Raschpel, que rompía el pacífico silencio de la localidad asustando a los perros que les ladraban furiosos y a los gatos, gallinas, pavos, vacas lecheras, que disparaban despavoridos hacia campo abierto.
Cuando llegaba el momento en que debía escucharse el primer repicar de las campanas de la torre de la iglesia llamando a misa, los Klapperer salían a suplir su silencio, al grito de Zum ersten mal o la primera vez, acompañando su pregón con el atronador ruido de sus Raschpel. 
Ceremonia que se repetía cuando tenían que sonar por segunda y tercera vez las campanas de la iglesia. En estos casos los Klapperer vociferaban a los cuatro vientos zum zweiden mal o la segunda vez y zum dritten mal o la tercera vez, respectivamente.
Acto seguido, el sacerdote daba inicio a la ceremonia.
Los niños que cumplían la función de Klapperer, se la pasaban en la calle, Raschpel en mano, recorriendo la colonia en Semana Santa, volviendo locos no solamente a los animales sino, a veces, generando alguna pequeña diablura, porque, entre tan numeroso grupo de infantes, nunca faltaba uno al que se le ocurriera una brillante idea.
Las campanas enmudecían el Jueves Santo por la noche cuando se decía que die Klocken fliegen fort o se vuelan las campanas, y regresaban el Sábado Santo, también por la noche, pero esto no significaba que no hubiera misas, todo lo contrario, las ceremonias religiosas que se desarrollaban por aquellos años en Semana Santa eran muchas, a la mañana, a la tarde y a la noche, y el anuncio de todas estaba en manos de los Klapperer, que, a toda esta tarea de tener que hacer tres recorridos previos a cada misa, reemplazando el repicar de las campanas de la iglesia con el sonido de sus Raschpel, también debían levantarse de madrugada para recorrer las calles de la colonia cantando el Ave María Gracia plena, repitiendo el mismo canto a las doce del mediodía y al atardecer, porque las colonias de los alemanes del Volga, a lo largo del año, desarrollaban sus tareas al ritmo del toque de las campanas, momento en que hacían una pausa en sus labores y rezaban el Ángelus. Y como si todo esto no fuera suficiente, el Klapperer asimismo recorría las calles de las colonias anunciando el programa completo de ceremonias religiosas que se iban a llevar a cabo durante la Semana Santa.
Semejante trabajo religioso tenía su recompensa el domingo de Pascua, cuando este batallón de más de veinte niños se congregaba en la casa parroquial, para desde allí empezar a recorrer la colonia, ingresando a todos los hogares solicitando su recompensa al ritmo de sus matracas y entonando un poema ancestral afín para esa circunstancia.
Mientras tanto las familias los esperaban con alegría recompensándolos con Huevos de Pascua, elaborados por las madres, en realidad huevos de gallina bellamente decorados, algunas masitas, porciones de Dünne Kuchen o Strudel, y, muy de vez cuando, alguna familia pudiente, les obsequiaba una monedita de un centavo, todo un dineral para un niño de aquella época. (Autor: Julio César Melchior).

viernes, 19 de abril de 2019

Así vivían el Viernes Santo nuestros abuelos en las colonias de antaño

El Viernes Santo era día de abstinencia total de carne y ayuno estricto. Las amas de casa cocinaban alimentos livianos y la costumbre general era alimentarse pero sin quedar satisfechos. Todos vestían ropas oscuras o de luto para asistir a la iglesia. Las actividades quedaban todas suspendidas, las sociales, comerciales y hasta las rurales. En la comunidad reinaba el silencio casi absoluto. Las calles permanecían vacías. Las personas solamente salían de sus casas para ir a la iglesia. Las campanas de la parroquia también se mantenían mudas, porque se habían “volado” durante la noche anterior, y su sonido era reemplazado por matracas (Raschpel) que hacían sonar un grupo de niños que recorrían la colonia anunciando los momentos en que debía tener lugar el primer, el segundo y el tercer repicar llamando a los fieles a asistir a las celebraciones litúrgicas. A las tres de la tarde se celebraba la “Liturgia de la Pasión del Señor", hora en la que se ha situado la muerte de Jesús en la cruz. La iglesia desbordaba de fieles, tanto que muchas personas participaban de la misma desde la vereda. Lo mismo sucedía el viernes por la mañana en que el sacerdote llevaba a cabo las confesiones, ya que se sostenía que para esas fechas todos tenían la obligación de confesarse, para tomar la Eucaristía durante la misa del domingo de Pascua. 
En tanto que por la noche se llevaba a cabo un Vía Crucis del que participaba toda la comunidad. Solo permanecían en casa los ancianos, niños pequeños y las personas impedidas físicamente. En esquinas elegidas estratégicamente se instalaban las catorce imágenes que representaban las estaciones del camino que recorrió Jesús rumbo a su crucifixión y muerte. Abriendo el paso de esta multitudinaria procesión, que caminaba con el alma compungida y dolorida, marchaba el sacerdote y un numeroso grupo de niños con farolitos (fackellier), realizados con papel crepé y velas, remedando la luz del Señor. Se oraba y cantaba con profunda devoción y tristeza. (Autor: Julio César Melchior).

jueves, 18 de abril de 2019

¿Se acuerdan cuando las campanas se “volaban” durante la misa del Jueves Santo en las colonias de antaño?


El Jueves Santo, como todos los otros días de la semana previos al Domingo de Pascua, era una jornada de introspección, de profundo silencio, las conversaciones se desarrollaban sin estridencias ni risas, hasta los niños estaban obligados a mantener recato en sus juegos: el pueblo entero estaba de luto.
Era día no laborable, para que todos pudieran vivir como corresponde la Semana Santa y no tener inconvenientes para asistir a misa.
La noche del Jueves Santo se conmemora la Institución de la Eucaristía en la Última Cena y el lavatorio de los pies realizado por Jesús y se rememora la agonía y oración en el Huerto de los Olivos, la traición de Judas y el prendimiento de Jesús.
En las colonias, además, tenía lugar un hecho tradicional para los alemanes del Volga: mientras se cantaba el "Gloria" todas las campanas de la iglesia empezaban a sonar al unísono, sonido que se esparcía no solamente por los cielos de la localidad sino hasta una amplia zona de influencia, dado el estruendoso clamor que generaban las tres campanas echadas a volar a la vez. Se decía que “las campanas se volaban”. Sí, se “volaban” todas. Porque desde ese instante quedaban mudas hasta la noche de la Vigilia Pascual, que se desarrolla el Sábado Santo.
Esta tradición de echar a volar las campanas, todavía continúa viva en muchas colonias de alemanes del Volga.
Para llamar a misa en los días subsiguientes se recurría a los Klapperer (matraqueros -traducción literal- o campaneros) que con sus Raschpel (matracas) anunciaban el llamado a misa reemplazando el sonido de las tres campanadas habituales. Pero eso ya es otra historia, que contaremos mañana. (Autor: Julio César Melchior).

martes, 16 de abril de 2019

La magia de los huevos de Pascua elaborados por las abuelas en las colonias de antaño

Los domingos de Pascua los niños se levantaban muy temprano a la mañana, porque sabían que durante la noche había pasado por sus hogares el Conejo de Pascua para obsequiarles huevos multicolores, que invariablemente depositaba en los nidos que construían para tal fin dentro de cajas, palanganas o algún pequeño tarro, con paja, yuyos y, a veces, papel cortado en pequeños trozos.
Estos obsequios que el Osterhase dejaba eran huevos de gallina teñidos y decorados primorosamente por las madres o alguna abuela que se esmeraba en mantener vigente esta milenaria tradición. Para ello, hacían uso de artilugios secretamente guardados durante generaciones en la familia. Para la obtención de los colores para pintar los huevos y posteriormente decorarlos con delicados trazos, utilizaban el agua donde habían hervido remolachas para crear el rojo, el agua de las cebollas para darle vida al amarillo, procedimiento que se repetía con la acelga para el verde y con otras verduras y hortalizas para obtener una amplia y variada paleta de tonos. Previo a esto, los huevos eran hervidos durante diez minutos, aproximadamente. Algunas abuelas también podían llegar a lustrarlos con grasa de cerdo para que lucieran más brillantes y apetitosos.
Los niños de aquella época, hoy ya personas mayores, cuentan que jamás volvieron a ver huevos de Pascua tan hermosos ni tan ricos. También recuerdan que, durante su infancia, se preguntaban cómo era posible que el conejo ingresara al patio y se metiera en la casa con su canasta llena de huevos sin que los perros lo notaran. Porque ni una vez, en todos los años que los huevos de Pascua aparecieron en los nidos, los perros ladraron. Es que es un conejito muy inteligente y astuto respondía la madre cuando insistían en obtener una respuesta, mientras la abuela, más sabia, les confesaba el secreto: el conejo de Pascua tiene una pócima especial que los duerme. (Autor: Julio César Melchior).

15 de abril: Día del alemán del Volga

domingo, 14 de abril de 2019

Homenaje a nuestros abuelos

Los abuelos llegaron a la Argentina con los baúles llenos de esperanza. Descendieron en el puerto de Buenos Aires. Viajaron en tren a un lugar desolado en el medio de la pampa que el gobierno les señaló para fundar un nuevo pueblo. Hundieron el arado en la tierra virgen. Erigieron viviendas con adobes que ellos mismos fabricaron. Edificaron escuelas. Levantaron un altar y una iglesia en honor a su Dios, Nuestro Señor.
Andando el tiempo llegaron los hijos y la prosperidad. El pequeño poblado creció. La escuela se llenó de niños que educaban las hermanas religiosas. En los patios de las viviendas florecieron los rosales y en los campos se cosechó el trigo para el pan.
Mientras tanto en sus calles se seguía escuchando el idioma natal, en los hogares se entonaban las canciones de cuna ancestrales, la gente seguía asistiendo a la iglesia, respetando las costumbres y las tradiciones y ayudando al prójimo como el primer día, cuando llegaron de allá lejos, de su aldea natal, allende el Volga. (Autor: Julio César Melchior).

sábado, 13 de abril de 2019

13 de abril: aniversario de Pueblo San José

Pueblo San José, ubicado en el Partido de Coronel Suárez, en la Provincia de Buenos Aires, es fundado el 13 de abril de 1887 por 15 familias inmigrantes alemanas del Volga oriundas de las aldeas Dehler y Volmer. Las familias de Martín Sieben, Jacob Schwab, Stephan Heit, Jacob Schell y Konrad Schwab fueron las primeras en llegar y comenzar a limpiar la zona de malezas para edificar sus primeras y precarias viviendas. En los días sucesivos llegaron al lugar las familias de Johann Förster, Johann Butbilopky, Johann Opholz, Nicolás Seib, Michael Schuck, Matthias Schönfeld, Johann Peter Philip, Adam Dannderfer, Gottlieb Diel y Heinrich Heim.
Las 5 familias citadas en primer término se instalaron definitivamente en la nueva localidad,mientras que las diez restantes, con el transcurrir de los años, fueron emigrando hacia otras regiones, no solo del país sino del exterior.
El nombre que se le da a la localidad es Dehler. Posteriormente se le asignaría el definitivo de Pueblo San José pero, popularmente, hasta la actualidad, se la llama Colonia Dos (en dialecto zweit Konie).
Los primeros años fueron difíciles y muy duros porque fracasaron una tras otra las cosechas por heladas y por el desconocimiento que tenían los colonos del clima y la mala elección en la variedad apropiada de la semilla al momento de la siembra.
Sin embargo, con tesón, mucho sacrificio y fuerza de voluntad, lograron salir adelante y convertir a Pueblo San José en una comunidad progresista y en permanente desarrollo. (Autor: Julio César Melchior)
Información tomada del libro “Historia de los alemanes del Volga”, del escritor Julio César Melchior, dónde podrá encontrar más datos al respecto. Para adquirir la obra escribir a juliomelchior@hotmail.com.

domingo, 7 de abril de 2019

El horno de barro y los Dünne Kuchen de la abuela

Don José encendió el horno de barro, que él construyó con sus manos, hace cuarenta y ocho años, cuando se casó con doña Elvira y se mudó a la casa. Lo hizo con tallos secos de cardo y unas pocas astillas cortadas con el hacha de manera fina y prolija. Sobre ésto había colocado ramas más gruesas y pequeños troncos para generar no solamente abundante llama sino, una vez consumido, carbón para distribuir uniformemente en el interior del horno.
En el interior de la casa, doña Elvira trabajaba denodadamente con sus manos, un mazacote de harina, huevos, crema y varios ingredientes más, que tenía sobre la mesa, rodeada de varias fuentes que esperaban su turno para ser llenadas y llevadas al horno. Mientras el reloj marcaba las cuatro y media de la mañana, tomó el palo de amasar. Con paciencia, delicadeza y no sin esfuerzo físico, fue trabajando la masa y distribuyéndola equitativamente en las fuentes. Finalmente tomó una sartén de la cocina a leña para concluir poniendo sobre la masa, anteriormente distribuida en todas las fuentes, una cobertura de grumos. Ya estaban listos los Dünne Kuchen para ser llevados al horno, una vez que hubieran levado lo suficiente. (Julio César Melchior).

sábado, 6 de abril de 2019

La abuela Ana recuerda las recetas de las comidas tradicionales de los alemanes del Volga

La abuela Ana hojea el libro y dos lágrimas comienzan a caer por sus mejillas, se deslizan por su rostro y se pierden en la inconmensurable tierra de los recuerdos. Se ve niña, aprendiendo a cocinar, junto a su madre, en la amplia mesa de madera gastada de la cocina. Amasan Kreppel mientras sobre la cocina a leña se calienta la grasa en la sartén. Su madre estira la masa con el palo de amasar. Le da forma a los Kreppel y uno a uno los coloca dentro de la sartén. Los fríe y los saca para espolvorearlos con abundante azúcar.
La abuela Ana piensa en su madre y en las ricas comidas que le enseñó a hacer. Recuerda cuando preparó su primer Dünne Kuche, sus primeros Strudel, algunos rellenos de ricota, otros de chucrut y otros de manzana. Los Wückel Nudel con estofado de carne. Los Kleis, con cebollitas y trozos de pan rehogado en grasa, en la sartén. Los fideos caseros puestos a secar al sol, antes de cortarlos en tiras finitas para arrojarlos a la cacerola con agua hirviendo. Las largas madrugadas amasando el pan diario para hornearlo en el horno de barro. Y tantas y tantas comidas más que es imposible recordarlas a todas juntas pero que descubre en el libro.
La abuela Ana vuelve a hojearlo y una nostalgia profunda le llena el alma de sabores y aromas. El libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”, del escritor Julio César Melchior, le trae al presente no solamente las recetas, los sabores y aromas de la colonia de antaño, sino también la imagen de su hogar, su familia, sus seres queridos que ya no están y la amada e inolvidable imagen de su madre.
La abuela llora desconsoladamente. Llora de tristeza y, a la vez, de felicidad. De tristeza, por las personas que ya no están, y de felicidad, por descubrir un libro que perpetúa en el recuerdo las recetas de su madre y de todas las madres alemanas del Volga. (Autor: Julio César Melchior).

martes, 2 de abril de 2019

Receta de Kartoffel und Klees

Ingredientes:
1 kg. de papas
½ kg. de harina
1 huevo
½ taza de agua
1 pizca de sal

Preparación:
Colocar en un bol ½ kilo de harina, agregar el huevo, el agua y pizca de sal; mezclar bien todos los ingredientes hasta obtener una masa liviana y dejar descansar ½ hora aproximadamente. Cortar las papas en dados y ponerlas a hervir. Luego tomar la masa con las manos y cortar pequeños trocitos, dejándolos caer directamente dentro del agua, que debe estar en ebullición. La cocción de los Klees es de 5 minutos aproximadamente. Pasar todo por colador para que escurra bien. Se puede servir con chucrut, con pedacitos de panceta dorados previamente en aceite, con crema o con huevo batido.
Esta receta y 150 más, se pueden encontrar en el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior. Se adquiere por correo mediante el sistema de contra reembolso: Ud. hace el pedido y recién paga cuando lo tiene en sus manos. Para ello comunicarse a juliomelchior@hotmail.com.

Los bailes de los sábados en las colonias de antaño


Las muchachas iban y venían a lo largo de la amplia galería de la casa. Dos arrojaban agua sobre las baldosas que sacaban de la bomba y otras dos barrían frenéticamente con la escoba, limpiando a conciencia. Conversaban y reían, felices. Hacían planes para el atardecer. Rosa soñaba en voz alta: “ojalá que venga Juan”. “Si se entera papá que estás pensando en él, te va a encerrar en el cuarto y te vas a quedar sin bailar” -opinó Luisa seriamente. “Vamos, vamos, que todavía tenemos que barrer el patio y ordenar la cocina” - las apuró Berta. Sí, vamos! Que después hay ayudarle a cocinar a mamá” -acotó María.
Y así fue. Al rato asomó doña Filomena rezongando porque ya era tarde y nadie estaba haciendo nada en la cocina. La norma en la casa era almorzar a las doce en punto del mediodía, cuando sonaban las campanas de la iglesia: momento en que todos paralizaban su actividad para rezar el Ángelus. Y las muchachas sabían que las costumbres se cumplían a rajatabla. Por eso, sin refunfuñar pero sí controlando a duras penas su ansiedad, obedecieron a su madre. Rosa comenzó a pelar papas, Berta cebollas y Luisa comenzó a reunir ingredientes para preparar una pasta, mientras María se dirigía a la quinta a buscar las verduras que faltaban para elaborar el menú.
Luego del almuerzo, la vivienda quedó en silencio. Poco importaba que fuera sábado y las muchachas tuvieran planes para esa jornada. Nada alteraba el orden habitual de los habitantes de la casa. A nadie se le hubiese ocurrido revelarse ni contradecir las normas. Por respeto a los padres y a las buenas costumbres. 
Los sábados a la tarde, después de la siesta y del mate, venía el momento del baño. Se calentaba agua en la cocina a leña en cuanta pava y tarro hubiera en la casa. La tina era un enorme fuenton confeccionado de chapa en la localidad y el cuerpo y la cabeza se lavaban con jabón casero que elaboraba la abuela tras cada carneada. 
Habiéndose bañado y concluida la cena, que se desarrollaba con el toque de las campanas de la iglesia, a la hora del atardecer, las muchachas, que vivían en la calle central del pueblo y eran hijas de una familia de un pasar económico holgado, sacaron la radio a la galería. La trasladaron entre Berta y María y con esfuerzo la colocaron sobre una mesita instalada en un rincón, para que no moleste, en el momento de bailar. La encendieron y subieron el volumen. 
Ahora solo cabía esperar que llegaran las primas, los primos y las amigas y los amigos invitados. Y todo estaría listo para otro sábado de baile y diversión. (Autor: Julio César Melchior).

Un parto difícil en las colonias de antaño


Los gritos se escuchaban hasta en el galpón, donde las mujeres se habían llevado a los niños para que no se percataran del nacimiento de un hermanito. Después se les diría que los trajo el arroyo o que nació de un repollo. Pero los gritos eran cada vez más fuertes y desgarradores y los niños, asustados, preguntaban insistentemente que le pasaba a su hermana que gritaba de esa manera tan terrible. Las mujeres, también desbordadas por la angustia, los consolaron diciendo que tenía un fuerte dolor de barriga por comer demasiadas ciruelas verdes. Los niños se miraron estupefactos, prometiéndose nunca más volver a probar ciruelas verdes. Sabían, por propia experiencia, que, a veces, generaban una descompostura, pero nunca se les pasó por la cabeza que unas inocentes ciruelas inmaduras podían llegar a generar semejante dolor de panza.
Los gritos continuaron implacables hasta que llegó doña Berta, con su habitual atuendo negro y sus casi ochenta años a cuestas, y todas las mujeres que estaban dentro salieron corriendo al patio a buscar palanganas, agua y a bajar alguna toalla del tendal. 
Los niños cada vez entendían menos. Qué estarían haciendo dentro de la casa para necesitar tantas palanganas, agua y toallas? -se preguntaban anonadados. Qué nueva manera de curar había descubierto doña Berta? Ellos sabían que curaba el empacho, el mal de ojo y que entregaba yuyos para diferentes dolencias pero jamás supieron de algo así. 
Media hora después, los gritos pasaron a ser cada vez más pausados y menos terribles. Paulatinamente el dolor de panza se le está pasando -pensaron los niños al advertir que las mujeres que los mantenían lejos de la casa, también respiraban aliviadas.
Y súbitamente los gritos cesaron. El silencio fue tal, que todos se miraron temiendo una fatalidad. Las mujeres comenzaron a observar la casa. Los niños hicieron lo mismo. Nada. Silencio absoluto. Total. Una lágrima amarga empezó a caer… pero, a mitad de camino, se transformó en alegría, cuando escucharon el llanto de un bebé. (Autor: Julio César Melchior).

miércoles, 27 de marzo de 2019

Así se preparaban para la Pascua los alemanes del Volga


Estamos en tiempo de Cuaresma (que comienza el Miércoles de Ceniza y termina justo antes de la Misa de la Cena del Señor en la tarde del Jueves Santo), una época del año que para los alemanes del Volga es un período de recogimiento y fervor religioso de preparación para la fiesta de la Pascua, que antiguamente modificaba no solamente el desarrollo cotidiano de la vida privada de cada persona sino también la vida familiar y social, afectando hasta la rutina sexual de la pareja. Nada de fiestas, música o demostraciones de alegría. Sin embargo, no era un tiempo triste, sino más bien meditativo y recogido. Era, por excelencia, la época anual de conversión y penitencia.
Los colonos eran llamados a reforzar su fe mediante diversos actos de ayuno, penitencia y reflexión. Grandes y chicos se preparaban para evocar la Pasión, Muerte y Resurrección que se conmemora en la Pascua. En muchas colonias, este recogimiento y fervor todavía sobrevive en la actualidad. Es un sello distintivo de la profunda fe que profesaban nuestros ancestros y que nos legaron como signo de identidad. (Autor: Julio César Melchior)

Plegaria en memoria de nuestros ancestros

Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día,
de una aldea, de allende el Volga,
valientes se hicieron a la mar.

Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día
al puerto de Buenos Aires arribaron,
buscando en esta tierra la libertad.

Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día,
fundaron una nueva localidad
en la vastedad de la pampa solitaria.

Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día,
trabajaron esta bendita tierra,
sembrando sus sueños con el arado.

Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día,
transformaron este campo desolado
en un inmenso mar de trigales.

Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día,
juramentaron heredar en el tiempo
los valores culturales de su identidad.

Elevo esta plegaria en memoria
de nuestros ancestros que un día,
creyeron en un porvenir mejor,
ese que nosotros disfrutamos hoy.
                           (Autor: Julio César Melchior).

Requiem para mi padre que se ha ido

En esta mañana gris de otoño, sentado junto a la ventana, mientras tomo mate, rememoro a mi padre, que dedicó toda su existencia al trabajo, primero, para que no le faltara nada a sus padres, y después, para que su esposa y sus hijos pudieran tener una vida digna y acceso a la educación que él no pudo tener pero deseaba para sus descendientes. 
Lo recuerdo trabajando, siempre trabajando, en verano, con las gotas de sudor cayéndole de la frente, soportando el calor, y en invierno, temprano a la mañana, mientras la helada pintaba de blanco el campo y congelaba sus manos, sus pies y sus orejas, llenas de sabañones.
Lo pienso sentado junto a la cabecera de la mesa, presidiendo con su sabiduría los destinos de la familia, leyendo el periódico o los libros que me legó, cuando todavía era un niño y me hizo comprender que leer era mi futuro.
Lo veo hablando de su niñez, rememorando travesuras en una colonia más inocente y más ingenua, cuando hurtar una fruta en una huerta ajena era una falta grave, que se castigaba con una paliza o el sermón de un agente policial.
Lo siento cerca pese a que físicamente se marchó hace cinco meses a visitar a sus padres y a sus hermanos en el cielo. Sé que me protege como siempre lo hizo. Sé que va a cuidar de que nunca me falte nada. También sé que nunca lo voy a olvidar y que un día, de una tarde cualquiera, lo volveré a ver de nuevo. (Autor: Julio César Melchior).

martes, 19 de marzo de 2019

La ropa remendada y los sueños de don Pedro

Llevaba en el pantalón dos grandes parches de tela, uno en cada pierna. Dos remiendos casi tan largos como la prenda que vestía y que doña Elisa había cosido con suma paciencia y aplicación, aprovechando un retazo de tela de color muy semejante. Por lo que el pantalón era de un color indefinido a causa de los múltiples lavados al que había sido objeto y los parches se destacaban por su tono impoluto. 
Completaba su atuendo una camisa, también remendada aquí y allá, con algún parche de tela, recreando el mismo contraste entre colores avejentados por el uso y el color de la tela recién estrenada, como en el pantalón, y alpargatas agujereadas, en las que asomaban, curiosos, los dedos gordos del pie.
Era la vestimenta que don Pedro usaba para trabajar en el campo. Doña Elisa aprovechaba a lavarla los domingos, cuando su marido se cambiaba de ropa para asistir a misa. Durante esa jornada lucía un atuendo especialmente reservado para cumplir con los preceptos de adorar a Dios por la mañana, almorzar en familia durante el mediodía e ir de visita por las tardes, a visitar a sus suegros.
Don Pedro caminaba siguiendo la huella que el arado mancera, tirado por un caballo, abría en la tierra, en el potrero ubicado detrás de la vivienda, donde vivía junto con su esposa y sus nueve hijos. 
Iba pensativo. Reconcentrado. Pensando que ya habían transcurrido más de veinte años desde el día que llegaron al lugar y comenzaron a fabricar los adobes para levantar el humilde rancho en el que todavía vivían. Un rancho que iba a ser su vivienda temporaria y terminó siendo su hogar definitivo. El trabajo para roturar la tierra virgen había llevado más tiempo del esperado, las tres primeras cosechas resultaron un fracaso muy duro para sobrellevar y los hijos habían llegado demasiado rápido y en demasiada cantidad. 
También pensaba en sus padres y en sus hermanos, que permanecieron allá en el Volga, en la aldea, seguramente esperando una carta que nunca llegó, porque él no se atrevió a escribirles para contarles de su nostalgia, de su honda tristeza y de lo mal que lo pasó durante los primeros años. Incluso en la actualidad, siendo dueño de un pedazo de tierra, su situación no había cambiado demasiado. La última cosecha fracasó. La helada se la llevó. Y hacía meses que no llovía. La tierra, además de estar cada día más seca, se iba endureciendo como una piedra. Ya pronto sería inútil intentar arar. Sin arada no habría cosecha y sin cosecha, no habría futuro. Y don Pedro lo sabía.

¡Honor y gloria a nuestros abuelos!


Pantalón remendado. Alpargatas con agujeros. Sucio de tierra. El hombre va detrás del arado mancera. Es mi abuelo, tu abuelo, nuestro abuelo, el abuelo de todos los alemanes del Volga. Las manos llenas de callos. El rostro curtido. El cuerpo cansado. Pero la mirada es cristalina como el cielo azul en una tarde de verano. Sus ojos irradian esperanza. Transmiten sueños. Miran al futuro. Apuestan al progreso. Creen en el mañana. Tanto como él, que trabaja pensando en un mañana mejor, en ese mañana que, gracias a su sacrificio y entrega, sus descendientes hoy podemos disfrutar. Por eso: ¡Honor y gloria a nuestros abuelos! ¡Honor y gloria a nuestros ancestros!
Dedicado a todos los inmigrantes que arribaron al país a finales del siglo XIX buscando prosperidad personal y terminaron construyendo la Argentina moderna que habitamos.

Cinco libros que rescatan la historia de los alemanes del Volga


Saber de dónde venimos para saber quiénes somos. Conocer nuestras costumbres para entender el por qué somos como somos. Develar el misterio de la vida privada y social de nuestros abuelos y padres para definir nuestra identidad. Reconstruir nuestro pasado para proyectar el futuro sobre bases sólidas. Todas las respuestas en estos cinco libros: “La vida privada de la mujer alemana del Volga”, “Historia de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga”, “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, “La gastronomía de los alemanes del Volga”. Los reciben en su domicilio en cualquier lugar del país. No se los pueden perder. Escribir a juliomelchior@hotmail.com.

Receta de Pirok

Preparación del relleno:
Cortar el repollo y la cebolla en juliana. En una olla colocar la materia grasa, calentar, agregar la cebolla y cuando tome color, agregar el repollo cortado, tapar y revolver cada tanto para que no se pegue. Cuando el repollo este casi a punto, agregar la carne y los condimentos, revolver bien para que la carne quede desmenuzada, cocinar unos 10 minutos.

Armado del Pirok:
Estirar la masa ya levada (al doble de su volumen) hasta un espesor de 3 a 4 mm, cortar en cuadrados de 10 cm de lado En cada cuadrado colocar una cucharada bien generosa de relleno, unir en la parte superior los cuatro vértices de la masa y cerrar apretando con los dedos las cuatro aberturas que así se forman y colocar cada pirok con las costuras hacia abajo en una asadera en mantecada o engrasada y dejar levar los pirok aproximadamente 25 a 30 minutos.
Precalentar el horno a muy caliente y cocinar cada asadera hasta que la masa quede doradita (10 a 15 minutos de acuerdo al horno).

Ingredientes
Carne Picada: 500 Grms.
Repollo: 1 ½ KG.
Grasa de Cerdo o Manteca: 2 Cucharadas.
Sal: 2 Cucharadas.
Pimienta: a Gusto.
Cebolla: 250 Gr. 
Masa de Pan Con Harina: 1 Kg.

Todas las recetas publicadas están en el libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”, del escritor Julio César Melchior, que se puede adquirir escribiendo a juliomelchior@hotmail.com.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Se agotó la tercera edición del libro “La vida privada de la mujer alemana del Volga” del escritor Julio Cesar Melchior


El autor consideró que “el que haya leído el libro se da cuenta que es sorprendente lo que han contado. Que hayan tenido la plena confianza de contar cosas muy personales, en otros momentos cosas muy íntimas, refiriéndose a temas sexuales, religiosos. No hay ningún tema que se haya abordado en el libro, ninguna de las mujeres se negó a tratar esos temas. Al contrario, todas las mujeres lo sintieron como una reivindicación”.

Muy contento, feliz en realidad por la repercusión que siguen teniendo sus libros. Así se encuentra Julio César Melchior, el escritor de pueblo Santa María. Se agotó la tercera edición de su libro “La vida privada…”, y proyecta, para más o menos mitad de este año, una nueva reedición. 
También hay otros dos libros que están a punto de agotarse, el que se refiere a la infancia, y el libro de Historia de los Alemanes del Volga. El escritor, agradece la gran repercusión que ha tenido el stand de sus libros y publicaciones, el fin de semana pasado, en la Strudel Fest.
“El año empezó muy bien, literariamente hablando, porque se agotó la tercera edición del libro de la vida privada de la mujer alemana del Volga, y también hay muy buenos pronósticos para que se agoten otras ediciones de otros dos libros, el de la infancia, y el que está ahí, que quedan muy pocos ejemplares, es La Historia de los alemanes del Volga”, expresó en el principio de la entrevista.
Además, de la posibilidad de reediciones de estos tres libros, anticipó que hay otros proyectos que tiene en gestación: “siempre hay otros proyectos dando vuelta, veremos cómo se presenta el año. No es un año sencillo económicamente hablando. Uno de los proyectos, quizás para fin de año, está relacionado con los alemanes del Volga, quizá sea para fin de año. Otro, por ahí, que está listo, es uno sobre poesía. Voy a volver a mis orígenes, que fue el primer libro que publiqué. Si todo marcha bien, en dos o tres meses este libro verá la luz”-.
Julio César cuenta que “en el último tiempo abrí una página especial en Instagram, dedicada a la poesía. Sentía necesidad de volver a escribirla y quería separar bien las cosas en lo que es mi trabajo literario con respecto a la investigación de los alemanes del Volga, y por el otro lado, mi faceta con la poesía”. Mucha repercusión tiene también en este espacio: “me sorprendió mucho la gente que me sigue. También que hay lectores de poesía de todas las edades. Mucha gente que cree que es de otra época y la verdad es que me siguen lectores de todas las edades.
He tenido muy buena repercusión, por lo que, a raíz de eso, es que me decidí a publicar un libro. Es más, mi hermana que atendió el stand que teníamos en la Strudel Fest, me contaba que muchos preguntaban que buscaban el libro de poesía”. 
Agradeció, a todos los que pasaron por el stand y compraron sus libros.
En cuanto a una nueva edición de La Vida Privada, dijo que “estamos trabajando en eso, para que haya una próxima. Si bien está muy difícil la situación económica, no obstante, estamos trabajando para una cuarta edición y yo supongo que en unos meses habrá una nueva. Supongo que primero saldrá el libro de poesía y un poco más adelante, saldrá la 4ta edición de este libro”.
“La vida privada…”, dice su escritor, “tiene, tuvo y seguirá teniendo muy buena repercusión”. 
Este libro fue el puntapié para que Julio César Melchior diera conferencias en universidades, en ámbitos académicos y frente a profesionales de diferentes áreas, desde historia, psicología, sociología, filosofía y otras. 
“A partir de ahí, es como que el libro tuvo un auge y una repercusión muy grande. Creo que se debe a dos factores, que se pueden resumir en uno. Primero que es el único libro que trata el tema dentro del contexto que es los alemanes del Volga. Es el único libro con esa temática y lo trata de manera objetiva, descarnada y real, sin suavizar nada. Y segundo, también interesa mucho, porque se puede hacer un paralelismo con otro tipo de culturas. Tomando la vida de la mujer alemana del Volga, se la puede transpolar a cualquier otra cultura, y en el fondo, el contexto social, económico, cultural, y hasta no hace muchos años, era donde tenían que desarrollar su vida. Si bien hay ciertas diferencias culturales, en el fondo, se puede hacer un paralelismo con otro tipo de culturas. Eso hace que el libro tenga mucha repercusión fuera de los alemanes del Volga”.
Además, la cuestión muy valiosa es que el libro es resultado de una investigación, de las entrevistas a la mujer alemana, algunas que llevaron varias horas, creando un vínculo de confianza, entre el investigador y la entrevistada. 
Julio cuenta que “El que haya leído el libro, se da cuenta que es sorprendente lo que han contado. Que hayan tenido la plena confianza de contar cosas muy personales, en otros momentos cosas muy íntimas, refiriéndose a temas sexuales, religiosos. No hay ningún tema que se haya abordado en el libro, ninguna de las mujeres se negó a tratar esos temas. Al contrario, todas las mujeres lo sintieron como una reivindicación. Lo que puedo ver a la distancia, es que tuve la objetividad de ver el tema desde afuera, no involucrarme en el momento de escribirlo. Pude ver las historias de las mujeres de manera objetivo, sin involucrarme emocionalmente para presentarlas como heroínas. 
Presenté crudamente la realidad, todo lo que tuvieron que pasar, todo lo que vivieron. Si bien fueron heroínas, trato en el libro de reflejar la cruda realidad que tuvieron que soportar”.
Quien quiera conseguir ahora un ejemplar de “La vida privada…”, no hay más. Se agotó la tercera edición. Habrá que esperar por la cuarta edición, que ojalá salga a la luz, hacia mitad de este año.

Imponente suceso alcanzó la IV edición de la Strudelfest en pueblo Santa María

 Fue un magnífico corolario de un intenso año de actividades llevadas a cabo por las instituciones, autoridades y toda la comunidad, y nuevamente quedó de manifiesto lo que es capaz de lograr la unión de un pueblo, el trabajo de su gente, el esfuerzo, la voluntad y el coraje para enfrentar y vencer grandes desafíos. Pueblo Santa María volvió a demostrar que trabajando todos unidos se pueden lograr grandes cosas. Felicitaciones a todos los que hicieron posible esta gran y exitosa fiesta popular, donde todos y cada uno de los eventos se desarrollaron de manera gratuita. 
Hilando Recuerdos estuvo presente con su propio stand difundiendo la cultura de los alemanes del Volga mediante los libros publicados por el escritor Julio César Melchior. Muchas gracias a la gran cantidad de personas que pasaron por el stand y adquirieron las obras literarias.

Típica relación de madre e hija en una colonia alemana del Volga


Un sábado a la tarde, doña Ester y su hija terminaron de bañar a los cinco niños, después de que se bañaron los hombre de la casa, el marido de doña Elvira y sus tres hijos mayores, que ya trabajaban en el campo y que, ni bien terminaron de vestirse, enfilaron hacia la calle, uno a visitar a su novia y los otros dos, rumbo al bar a beber el clásico vermut con los amigos y a jugar a los naipes.
El marido, don Fermín, se dirigió a la cocina, encendió la radio para escuchar el noticioso mientras, relajado, tras una larga semana de trabajo, tomó unos mates en silencio. Doña Ester y su hija, que se llamaba Mercedes, empezaron a recorrer las habitaciones recogiendo ropa sucia. Al pasar por la cocina con los bultos, don Fermín les convidaba un mate, alardeando de su sapiencia como cebador. Doña Ester lo miró fijo pero no dijo nada. Para qué? Nada cambiaría. La vida era así y seguiría siendo así por toda la eternidad.
Ya en la patio, se dispusieron a lavar en enormes fuentones de chapa. Soplaba una brisa fresca.
Mercedes había cumplido dieciséis años y si bien ella no lo advertía, sus padres ya la habían reservado como garantía de su vejez. Le dejarían en herencia la casa como premio al sacrificio. Ella no tendría derecho a tener novio, tampoco a casarse, ni a tener hijos. Apenas sí el permiso de tener una o dos amigas que, andando el tiempo, formarían sus propios hogares y la dejarían sola en su vejez. (Autor: Julio César Melchior)

martes, 26 de febrero de 2019

Travesuras infantiles a la hora de la siesta en las colonias de antaño

El niño estaba tirado entre los pajonales, apretado contra el suelo, conteniendo la
respiración, mientras espiaba como don Fermín salía de la casa, a una hora inusual, para caminar hasta el fondo del patio e ingresar al baño. 
Allí permaneció durante un tiempo que al niño le pareció interminable, hasta que, por fin, salió y desanduvo el camino rumbo a la casa. El deseo de ir al baño era el único motivo por el cual el anciano podía interrumpir su siesta y dejar la cama en pleno verano para andar bajo los rayos del sol a las dos de la tarde.
Cuando el niño estuvo seguro de que don Fermín ya no volvería por un buen rato, se arrastró hasta el borde de la quinta, cerca de las plantas de tomates, miró hacia la casa, por las dudas, y, cautelosamente, se puso de pié.
Sus ojos brillaron, destilando codicia, al ver tan cerca de sus manos los rojos y sabrosos tomates, que brillaban al sol, instándolo a que los corte y les eche un buen mordiscón. Pero se contuvo. En lugar de eso, pensó en su hermanito, se sacó la gorra y comenzó a llenarla hasta más no poder.
Terminada la faena y justo cuando iba a darle un mordisco al más grande y hermoso tomate que había visto en su corta vida, un grito lo paralizó. Don Fermín venía corriendo hacia él, lanzando maldiciones y agitando una escoba, furioso.
El niño, asustado y desorientado, salió corriendo hacia los pajonales, no sin tropezar con la regadera, que estaba parada junto a las plantas. Con tan mala suerte que cayó sobre la gorra. Como pudo, se levantó dolorido, agarró la gorra que chorreaba un espeso líquido rojo, y escapó despavorido, seguido por don Fermín, a los gritos. (Autor: Julio César Melchior).

miércoles, 20 de febrero de 2019

Se viene con todo la cuarta edición de la Strudel Fest en Pueblo Santa María

1, 2 y 3 de marzo, con muchas novedades, muchos shows, gastronomía típica, música, cultura y un Strudel gigante de 50 metros de largo. Todo totalmente gratuito.

Organizado por instituciones locales –con el acompañamiento de la Municipalidad de Coronel Suárez- se llevará a cabo el multitudinario evento, el viernes 1, sábado 2 y domingo 3 de marzo, en Pueblo Santa María, -ubicado en el Partido de Coronel Suárez, en el sudoeste de la Provincia de Buenos Aires- que contará con una enorme variedad de espectáculos gratuitos para los vecinos de la comunidad y lugares aledaños que se acerquen a disfrutar del evento.
Se desarrollará el concurso denominado “el mejor Strudel de Santa María” y se elaborará un Strudel gigante en vivo. Se anuncia torneo de Kosser, paseo de artesanos, música y baile tradicional, gastronomía alemana, stand de diferentes productos, exposiciones y mucho más.
Durante toda la jornada los vecinos que se acerquen disfrutarán de paseo de artesanos, patios de comidas, inflables para niños, venta de gastronomía alemana, música típica y danzas alemanas.
Desde la Municipalidad se invita a participar para juntos mantener vivas las tradiciones y costumbres de nuestros ancestros, los alemanes del Volga.
La celebración central se desarrollará el domingo 3 de marzo - a partir de las 9:00- cuando se lleve a cabo la apertura del predio y comience la realización del Strudel gigante entre todas las instituciones e integrantes de la comunidad.
A continuación, se adosan los cronogramas con las actividades, direcciones de correo electrónico y teléfonos para comunicarse con los organizadores.
Viernes 1 de marzo:
Muestra Fotográfica a cargo de Juan José Detzel en el Centro Cultural.
18:30: Circuito histórico - arquitectónico. Punto de encuentro: Plaza Andenkenplatz (Av. Alemanes del Volga y Santa Cruz) 
20:00: Se presenta a la comunidad la restauración e iluminación de la Arcada de ingreso realizada por la Delegación Municipal y la Asociación de Turismo Comunitario.
21:30: Punto de Encuentro: cervezas, picadas y chorizo a la pomarola. Presentación oficial del grupo de baile Alles Froh, taller de Tango "Inspiración" de Coronel Suárez, taller de Música del Centro Cultural a cargo del profesor Raúl Benítez, y un evento organizado por la Asociación de Turismo Comunitario Santa María. 
Sábado 2 de marzo:
Muestra Fotográfica a cargo de Juan José Detzel en el Centro Cultural.
14.00: Torneo de Kosser (juego típico de los descendientes alemanes del Volga) organiza subcomisión de Kosser del Club "El Progreso".
17.00: Paseo de artesanos y exposiciones.
17:30: Circuito histórico - arquitectónico. Punto de encuentro: Plaza Andenkenplatz (Av. Alemanes del Volga y Santa Cruz) 18:30 hs. 2° Concurso Gastronómico "El Mejor Strudel de Santa María 2019" Dos categorías: niños y adultos.
19:30: Inicio Shows musicales, sobre el escenario central, servicio de cantina a cargo de las instituciones de Santa María. Se presentarán los siguientes artistas: Agustina Roth y Pía Bermejo, Mara Miranda, Raúl Benítez, Don Misterio, Sobra un Griego, Polka Rock, Orquesta de Santa Fe: Lustiger Takt Orchester.
Domingo 3 de marzo:
9:00: Muestra Fotográfica a cargo de Juan José Detzel en el Centro Cultural.
Apertura de predio. Inicio de la elaboración del STRUDEL GIGANTE 50 metros, entre todas las instituciones, miembros de la comunidad. Junto con un desfile de música por la Orquesta de Santa Fe: Lustiger Takt Orchester. Elaboración en vivo de Strudel apto para celíacos a cargo del grupo celíacos Coronel Suárez. Paseo de artesanos. Feria Local "Unser Saich": artesanías y gastronomía alemana.
11:30: Inauguración Oficial: Presencia de la Banda Municipal de Música "Bartolomé Meier". Palabras de bienvenida a cargo de las autoridades.
Presentación del Strudel Gigante, listo para llevar al horno.
12:00: Lugares para almorzar con gastronomía alemana: Patios de Comidas: Stand de las diferentes Instituciones organizadoras, sobre el predio principal de la fiesta. Precios accesibles. Almuerzo popular en el Polideportivo Club Social, Deportivo y Cultural "El Progreso".
14:30: Visita guiada al "Museo Parque La Palmera". Punto de encuentro Plaza: Andenkenplatz (Av. Alemanes del Volga y Santa Cruz).
17:00: Presentación y degustación Strudel gigante.
21:00: Elección Embajadora de la Strudel Fest. Durante toda la tarde: Inflables para los niños. Paseo de artesanos y exposiciones. Venta de gastronomía alemana.
Sobre la Avenida 11 de Mayo música típica alemana, y danzas a cargo de: - Ballet "De la Dulce Vida" de la Ciudad de Azul. Grupo de danza "Alles Froh", de Pueblo Santa María. Grupo de danza "Cross mother-cross father", Consejo de Adultos Mayores de Santa María. -Presentaciones de los Acordeonistas Gonzalo Berger, Dario Schwerdt y Franco Schwerdt. Los Alegres del Volga con Raúl Minig, Tito Limardo y Francisco Peralta.
Willy Weimer Polkarock. Orquesta de Santa Fe: Lustiger Takt Orchester. Morse y la Repentina.
Cierre de la noche con la presentación del Grupo Revelación.
En su cuarta edición, la Strudel Fest buscará a su ‘embajadora’.
Para mayor información comunicarse a: StrudelFest_SantaMaria@outlook.com, o bien, dirigirse al Centro Cultural "Héctor Maier Schwerdt", o comunicarse al Tel: 2926- 494196.
También se encuentra abierta la inscripción para el concurso gastronómico de la 4º edición de la Strudel Fest.
En el marco de la cuarta edición de la Strudel Fest del Pueblo de Santa María - que será en marzo de este año -se informa a todos los interesados que se encuentra abierta la inscripción para participar del segundo concurso denominado "El Mejor Strudel de Santa María 2019".
El evento se desarrollará el 2 de Marzo, será con cupos limitados –con un valor de $100-, y habrá grandes premios para quienes demuestren sus habilidades gastronómicas en realizar la tradicional y deliciosa comida alemana.
Habrá premio en categoría niños que serán un viaje para dos personas a Temaiken, y el premio en Categoría de adultos que será un viaje a Merlo -San Luis- con la agencia ElectroTurismo.
Para más información escribir al siguiente correo: StrudelFest_SantaMaria@outlook.com.