jueves, 21 de noviembre de 2019

La tabla del 9: sucedió en una escuela de la colonia de antaño

El maestro ordenó al alumno, de ocho años, que se parara al lado del banco y recitara la tabla del nueve.
El niño, asustado, y con el rostro lleno de pánico, respondió, titubeando:
-9 por 1 es 9, 9 por 2 es 18, 9 por 3 es... 27.
- Más rápido -ordenó el maestro.
-9 por 4 es… es… es… 36! -balbuceó el alumno.
-Por fin! -gritó el maestro. Desde cuando es Ud tartamudo? No me conteste. No me conteste. Siga! Siga! No se detenga. Si seguimos así vamos a terminar a la noche.
-9 por 5 es… -continuó el niño temblando. Es… es… 35. 9 por 6 es… es… 64.
-No. No. No. Y no! Burro! -aulló el maestro descargando un golpe con el puntero sobre el banco, con tan mala suerte que se partió en dos.
-Mire lo que me ha hecho hacer. Se da cuenta? Ahora me va a tener que traer un puntero nuevo. Que su padre lo haga. No es carpintero?
El niño comenzó a llorar desconsoladamente porque sabía que si llegaba a casa con la noticia de que el maestro lo culpaba de romper el puntero, su padre lo iba a castigar con la alpargata, con suerte, o con el cinto, dependiendo de su humor y del gasto económico y la pérdida de tiempo que le iba a demandar reponerlo. Además todo alumno sabía también que a esto había que sumarle la humillación que sentían los padres cuando uno de sus hijos era reprendido en la escuela. Castigo en la escuela era sinónimo de castigo en la casa. Y los niños lo sabían. Porque la palabra del maestro no era puesta en duda jamás.
-Venga para acá! -ordenó el maestro rojo de furia. Ahora se va a parar ahí, mirando el rincón hasta la hora del recreo. Ah! Y le aviso que al recreo no va a salir! Se va a quedar en el aula repitiendo conmigo la tabla del 9 hasta que la sepa de memoria. (Autor: Julio César Melchior).

sábado, 16 de noviembre de 2019

No sientas vergüenza de hablar en la lengua de tus padres

No calles tu voz. Di tu opinión. No dejes morir en el corazón la sabiduría de tu palabra. Pero dila en alemán. Haz un esfuerzo. Sé que puedes hacerlo. Y que sabes hacerlo. Verás que será una manera simple y sencilla de rendirle homenaje a tus padres, a tus abuelos, a tus ancestros. Aún estás a tiempo; no dejes pasar la oportunidad. Porque algún día, cuando ya sea muy tarde de aprender la lengua de tus antepasados, te arrepentirás de no haberlo hecho.
No importa cómo pronuncies tu discurso; lo importante es que te oigan, que vean que no tienes vergüenza de decir palabras en alemán; para que otros te imiten, para que otros se atrevan; para que seamos más y nuestra lucha cotidiana valga la pena.
Atrévete. Rompe las cadenas de la vergüenza. Destruye el candado que te pusieron en la boca las personas que siempre tienen algo que decir y criticar. Asume tu rol en el que te puso la historia y sé protagonista del cambio. No permitas que los años se lleven tu herencia: no dejes que el paso de los días sepulten tus tradiciones y costumbres y que el olvido te quite la oportunidad de comunicarte en la lengua de tus ancestros.
Ten conciencia que esa lengua que casi nunca tienes en cuenta y que a veces hasta desvalorizas y desprecias, lleva en sus sílabas la voz de miles de almas que la utilizaron antes que tú. Que esa lengua lleva el sello de una estirpe de hombres y mujeres que grabaron sus nombres en la historia y que su pasado se remonta allá lejos, en los siglos lejanos, en que tuvieron lugar las grandes epopeyas que marcaron a la humanidad y la hicieron trascender y progresar en el tiempo y el espacio.
Por eso, piensa bien lo que haces. No pierdas tiempo. No dejes pasar la oportunidad y aprende la lengua de tus ancestros, hoy que todavía sobrevive en la voz de personas que aún la hablan cotidianamente en las colonias. (Autor: Julio César Melchior).
Para poder rescatar las canciones de la infancia de nuestros padres y abuelos, en el dialecto y castellano, no dejen de leer mi libro "La infancia de los alemanes del Volga ". Para adquirirlo comunicarse al correo electrónico: juliomelchior@hotmail.com.

Una antigua historia de amor

-No te vas a casar con él -gritó el padre parado frente a su hija que, sentada junto a la mesa de la cocina, lloraba desconsoladamente. Nunca! Me escuchaste? Tenés que buscarte un novio de la colonia. Tantos muchachos que hay en la colonia y justo te venís a fijar en el amigo de Pedro. Sos ciega o qué? No ves que es un vago bueno para nada. Todo el día de farra. Cuánto baile hay en el club, el señorito está presente, bailando y chupando. Vive de joda en joda. Te querés morir de hambre? Y que va a hacer de tus hijos? Pensaste en ellos? -levantó la voz el padre. Claro que no! Que vas a pensar en tus hijos. Solamente pensás en tu calentura. Nada más que en tu calentura -repitió furioso e indignado. Me das vergüenza. Nunca pensé que una hija mía me saldría tan desviada. Qué te enseñaron en las clases de religión cuando tomaste la comunión? No te enseñaron que es pecado correr detrás de los hombres como una hembra alzada? Eso lo hacen los animales, Sakerment!
Una lágrima rodó por el rostro del padre. Su indignación lo superaba. Deseaba golpear a su hija. Sacarse el cinto y meterle las ideas a golpes, como cuando era chica y no quería entender que las ciruelas del vecino no se pueden robar.
A su lado estaba la madre, llorando desconsolada, el rostro escondido entre sus manos. -Ojalá Dios la perdone, pobre hija mía -pensaba. Ojalá Dios no nos castigue por tener una hija descarriada. Qué hice mal para merecer semejante castigo?
La hija tenía la cabeza baja. Su cuerpo temblaba de miedo. Temía el castigo paterno y también el castigo divino. El padre seguramente la iba a castigar físicamente y Dios? Ella no lo sabía. Pero imaginaba que la castigaría con una maldición con la que tendría que cargar toda la vida por poner los ojos en un muchacho ajeno a la colonia. Un muchacho de apellido González. Que no era alemán. Que no era unsere leute. Que según todos, jamás sería como los demás habitantes de la localidad y que seguramente, terrible profanación, ni siquiera creía en Dios porque nadie lo había visto asistir a misa jamás. Tampoco nadie lo había visto participar de las procesiones.
-No vas a salir de la casa hasta que no haya hablado con ese degenerado. Me escuchaste? -preguntó el padre. La vas a ayudar a tu madre pero siempre dentro de la cocina. Después de que haya hablado con él, se le van a ir las ganas de andar seduciendo jovencitas. Degenerado de porquería. Eso pasa por dejar entrar a esa clase de gente a la colonia.
Luego de la escena, el padre salió. La madre se sentó junto a la mesa a llorar amargamente. La hija se retiró a la habitación.
Cuatro horas después, cuando el padre ya había regresado, con el gesto adusto y la satisfacción del deber cumplido, llegó la hora de cenar, la madre descubrió que su hija no estaba en la habitación: había huido por la ventana.
El padre, la madre, los hermanos, tíos, abuelos, todos salieron a buscar a la hija por toda la colonia. No la encontraron. Como tampoco encontraron al tal González.
-Seguro que huyeron juntos -opinó un vecino.
-Lo único que nos falta! -gritó la madre. Que los vecinos hablen de nosotros.
No volvieron a saber de su hija hasta que diez años después, cuando alguien que llegó de un largo viaje, le contó al padre que la había visto en Bahía Blanca, en una zona donde vivían varias familias alemanas y que estaba casada con González y tenía cuatro hijos.
El padre no dijo palabra. Como tampoco le contó la novedad a su esposa. Para él, su hija había muerto el día que tomó la decisión de huir. (Autor: Julio César Melchior).
Para conocer en profundidad aspectos sociales, psicológicos, religiosos y más, no dejen de leer el libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga ". Lo reciben en su domicilio (solicitar información en el correo electrónico:juliomelchior@hotmail.com) o lo pueden adquirir personalmente en los barrios de Belgrano, Palermo, en Buenos Aires, Argentina, o en pueblo Santa María en Coronel Suárez.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

"Abuela es una genia"

Puso a hervir agua en una cacerola le agregó sal gruesa. En la sartén, también sobre la cocina a leña, puso a freír trocitos de pan. Regresó a la mesa. Acomodó la masa. Espolvoreó harina. Descolgó el palo de amasar de la pared. Doña Elvira cocinó un plato tradicional. Lo preparó como elaboraba su madre, que lo heredó de sus ancestros. Con mucho amor. Para la familia. Para sus hijos. Para sus nietos.
Pañuelo en la cabeza. Una canción alemana en los labios. Un brillo especial en los ojos. Satisfacción y orgullo. "Cocina mejor que cuando era joven", opinan sus hijos. "Abuela es una genia", sostienen los nietos. (Autor: Julio César Melchior).

Todos debemos asumir el compromiso de mantener viva la memoria de nuestros ancestros

Todos tenemos que asumir el compromiso de trabajar juntos en el rescate y la conservación del legado histórico y cultural que dejaron nuestros ancestros. En este tema en particular, no son aceptables las excusas ni los pretextos, por más bienintencionados que sean. Porque los años pasan y cada vez nos vamos alejando más de aquel tiempo heroico en que nuestros abuelos llevaron a cabo la epopeya inmigratoria. Y cuanto más nos alejamos en el tiempo, más difícil se nos hace no solamente para conservar nombres de aldeas y personas, fechas de las emigraciones y de las fundaciones de las aldeas y colonias primigenias, tanto las que se erigieron en las márgenes del río Volga, como las que se levantaron aquí, en la Argentina, sino también para reconstruir el estilo de vida de aquellas familias y sociedades, su idiosincrasia, su forma de ser y comportarse, tanto en el ámbito privado, como en el ámbito público.
Conscientes que en este compromiso se basa nuestro presente y nuestro futuro, y la preservación de nuestra identidad como pueblo de descendientes de alemanes del Volga, es que asumimos y mantenemos nuestras convicciones firmes e inalienables a lo largo de más de dos décadas de incansable trabajo de investigación y publicación de un amplio número de obras literarias, en las que sobrevive el alma y el corazón de nuestros antepasados, con su historia, cultura, tradiciones y todo el amplio espectro de sus vidas, tanto públicas como privadas.
Nos enorgullecemos de presentar nuestras obras y los invitamos a tenerlas en sus bibliotecas, para mantener viva la memoria de nuestros ancestros y no olvidarnos jamás del inmenso legado histórico y cultural que nos dejaron.
No perdamos tiempo. Nuestros ancestros lo entregaron todo por nosotros en su momento, ahora nos toca a nosotros entregarlo todo para conservar vivo su recuerdo y su legado.
Los títulos de las obras a las que hacemos mención son: Historia de los alemanes del Volga, Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga, La vida privada de la mujer alemana del Volga, La infancia de los alemanes del Volga, La gastronomía de los alemanes del Volga.
Y se pueden adquirir en Capital en los barrios de Belgrano o Palermo, en pueblo Santa María partido de Coronel Suárez o recibirlos a domicilio mediante un envío postal. Para mayor información comunicarse a juliomelchior@hotmail.com. No dejen pasar la oportunidad de tenerlos!

domingo, 10 de noviembre de 2019

Se viene con todo la cuarta edición de la Füllsen Fest en Pueblo San José

La Füllsen Fest es una gran fiesta popular de los alemanes del Volga, con grandes y multitudinarios eventos gastronómicos y culturales. Se llevará a cabo el fin de semana del 16 y 17 de noviembre, en Pueblo San José, ubicado en el Partido de Coronel Suárez, en la Provincia de Buenos Aires.

Ya llega la cuarta edición de esta fiesta, cuyos organizadores la sienten como la primera, y como “una de las mejores que vamos a tener, por la logística que se ha implementado, donde sumamos a la calle Pringles como un paseo peatonal, con dos estacionamientos, uno en La Soñada y otro en el Club Germano, en Equino Terapia, para descomprimir la circulación de autos en la Colonia. Con una intensidad de espectáculos alemanes, ballet, cantantes locales de Pueblo San José incluso”, dijo Diego Dome, Presidente de la comisión organizadora de la Füllsen Fest.
“Hay un montón de espectáculos para vivir los dos días. Estamos a full para vivir la organización. La Füllsen Fest va a tener su stand con merchandising, ventas de jarras, se van a vender comidas. El Club Germano va a hacer un almuerzo como hace todos los años, va a estar el Rotary de Las Colonias, las escuelas. Todo organizado entre las instituciones y la Asociación Füllsen Fest”.
La gente tendrá la oportunidad de ampliar su paseo con el acceso peatonal por la calle Pringles, “donde los distintos comercios que están ahí, los kioscos, van a poner mesas afuera. También puede haber algún artesano en la Plaza Sergio Denis. Nos pareció lindo que hubiera este paseo peatonal antes de entrar al predio de la Füllsen, donde van a estar todos los patios de comida, artesanos, reventas, instituciones”.
A los lugares de organización de la fiesta, en Pueblo San José, se podrá ingresar por las calles Mariano Moreno, French, Berutti o San José.
También por la Avenida Alemanes del Volga.
En la calle San José estarán instalados alrededor de 15 baños químicos.
En cuanto al patio de comida, “van a estar las instituciones vendiendo distintos productos gastronómicos. Por supuesto, mucho Füllsen y todo lo que comprenda la gastronomía a los alemanes del Volga”.
El sábado 16, a partir de las 17 horas, comienza la fiesta, con el patio de cerveza artesanal, en su segunda edición. Los espectáculos de ese día cerrarán con el Grupo Universitario.
Y el domingo Los Rancheros, alrededor de las 20 horas, y luego el sorteo de la rifa del cuarto de millón de pesos, que se vendió en el marco de esta cuarta edición.

sábado, 9 de noviembre de 2019

La sabiduría que nos legaron nuestras abuelas

Cierro los ojos y todavía escucho a mi abuela repitiendo una y otra vez la frase "Das Haus verliert nichts", cada vez que nos sentábamos a la mesa a hacer la tarea y nos quejábamos porque no encontrábamos el lápiz, la goma de borrar o el compás. La misma frase que repetía cuando ella misma no recordaba dónde había dejado la tijera cuando se disponía, por las noches, luego de la cena, a remendar la ropa de la familia. O, cuando el abuelo, rezongando, buscaba su gorra, olvidando que la había dejado sobre mesa de luz.
Hoy, ya grande, comprendo que la abuela siempre tenía razón, porque "Das Haus verliert nichts", que literalmente significa "La casa no pierde nada".  (Autor: Julio César Melchior).

martes, 5 de noviembre de 2019

Una familia bajo la intemperie

Abuela Mercedes tejía medias de lana con cinco agujas mientras su hijo leía la Biblia en voz alta y su nuera zurcía diferentes prendas de la familia, sentados alrededor de la mesa familiar. Los niños escuchaban atentos a su padre. La lámpara a kerosén iluminaba el lugar y la cocina a leña le daba calor.
Una casa de adobe en el campo. Bajo un cielo estrellado de invierno. Una familia alemana del Volga colonizando la tierra, labrando el suelo, sembrando sueños.
Y a lo lejos acechando una tormenta. Truenos. Relámpagos. Un fantasma negro en el horizonte. Que se acerca lentamente devorando de a una las estrellas. De la misma manera que devorará la vivienda. (Autor: Julio César Melchior).

viernes, 1 de noviembre de 2019

¿Se acuerdan qué se celebraba en las colonias de antaño, luego de conmemorarse sucesivamente el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos?

Los invito a leer y a revivir una antiquísima tradición que aún sobrevive en algunas colonias de alemanes del Volga: Las rogativas.

“Durante las Rogativas se visitaba las tres cruces erigidas en los aledaños de la colonia, los niños marchaban adelante en formación y tomados de la mano, en dos bandas, varones y niñas. En medio caminaba Don Juan, todo lleno de devoción. Trasmitiendo por repetición hacia la grey infantil las Letanías de todos los Santos, para su contestación.
Los muchachos rezaban distraídamente, mientras sus ojos vagaban por los campos vecinos, llevándose a cada rato algún pozo por delante. Entonces Don Juan intercalaba sabias advertencias entre las advocaciones: ¡San Matías... ruega por nosotros!... ¡San Pedro. . . chicos más hacia la alambrada! . . . ruega por nosotros ¡Santa Cecilia... vean por donde caminan!... ruega por nosotros! ¡San Andrés. . . mira infeliz qué has pisado!. . . ruega por nosotros!” –escribió alguna vez el Padre José Brendel.

Greuz gehen

Las Rogativas se definen como la visita en procesión para celebrar una ceremonia litúrgica frente a tres cruces enclavadas en tres puntos cardinales en las afueras de la colonia y que, en su conjunto, representan a la Santísima Trinidad. La procesión, precedida por un sacerdote, los monaguillos y el Schulmeister, portando una cruz, parte de la iglesia durante las tres mañanas siguientes a la conmemoración del Día de los Fieles Difuntos, o sea, el 2 de noviembre, para dirigirse a una de las cruces, en tres jornadas sucesivas, erigida a uno de los laterales de las calles de acceso a la localidad, para celebrar una ceremonia religiosa en Acción de Gracias por los dones recibidos durante el año fenecido y solicitar que la próxima trilla sea buena y que Dios prosiga bendiciendo a la comunidad con su gracia divina. La procesión retorna, cantando y rezando, a la iglesia, donde el sacerdote oficia una misa.
Un antiguo cuadernillo rememora que “los colonos se dirigen en procesión a las cruces, imbuidos de un profundo misticismo, y acompañados de las letanías de los santos; mientras que ya en el lugar, frente a Jesús crucificado, el sacerdote, luego de expresadas las letanías, oraciones y cantos, rocía con agua bendita los campos en señal de gratitud por los dones recibidos y en solicitud de buena cosecha. Y al término de la procesión oficia una misa en la parroquia.
La tradición proviene de antaño –continúa revelando el texto-, cuando San Gregorio Magno en el 590, las fijó para otorgarle mayor trascendencia a los festejos de la conmemoración de la entrada de San Pedro a Roma. Otros relatos, sin embargo, sostienen que el Papa lo hizo para sustituir las celebraciones paganas llamadas “Robigalia” (en honor al dios “Robigus”) que antiguamente efectuaban los labradores romanos, con procesión por los campos, para interesar la deidad a favor de los sembrados”. (Autor: Julio César Melchior).

jueves, 31 de octubre de 2019

El ejemplo de mi padre

Las manos de mi padre
eran manos de trabajo,
de roturar la tierra,
sembrar la semilla,
cosechar el trigo
y ganar el pan
para la mesa familiar.

Las manos de mi padre
me tomaron de la mano
y me guiaron cuando niño,
marcando la senda del bien,
del valor del trabajo bien realizado,
de la felicidad familiar
y el amor comunitario.
Autor: Julio César Melchior

jueves, 24 de octubre de 2019

El sueño de los inmigrantes

Es de noche. Las estrellas semejan gotas de rocío fecundadas por el brillo de la luna. Cantan las chicharras. Duermen los pájaros entre los árboles. Descansa la noche sobre las viviendas del pueblo.
Es una localidad pequeña en la vasta pampa. Una promesa de amor eterno con la tierra virgen. Una esperanza de civilización y progreso.
Es el sueño de unos inmigrantes que llegaron con sus baúles gigantes desde más allá del océano. De unas pocas familias que hablan distinto y se comportan raro. Que cantan y bailan al compás del acordeón. Que asisten a la iglesia todos los días. Que no hacen otra cosa que rezar y trabajar. Que transformaron la llanura en un mar de trigales.
Y poblaron el silencio del desierto argentino de hijos. (Autor: Julio César Melchior).

El despertador del fin del mundo

Sonó el despertador y fue tal el estruendo que generó, que don Mateo saltó de la cama desorientado y perplejo, imaginando un tiroteo, mientras doña Filomena al grito de Dios mío, es el fin del mundo, corrió a la cuna de su bebé que lloraba con desesperación.
Don Mateo caminó a tientas hacia la cocina tropezando en la oscuridad con zapatos, prendas, cobijas y algún niño que también llegaba corriendo desde la otra habitación, gritando aterrados, donde dormían sus otros seis hijos.
Al llegar a la cocina, tomó el atizador de la cocina a leña como arma de defensa, y abriendo la puerta, salió al patio. Detrás de él, venía doña Filomena, con el bebé en brazo, rogándole prudencia a su esposo, y los tres niños mayores, uno con el palo de amasar, otro con la sartén y el tercero, con un cuchillo en la mano.
Afuera no se veía otra cosa que las vacas en el corral esperando ser ordeñadas y el caballo pastando en el patio. Los animales giraron sus cabezas para mirar la comitiva humana rumiando parsimoniosamente. Nada parecía estar fuera de lo normal. Los perros saltaban alrededor de los niños contentos de verlos a tan altas horas de la noche.
Qué es lo que había sucedido? -se preguntaban todos desconcertados, luego de recorrer los galpones, los carrales y el patio. En el galpón reinaba el orden habitual, en los corrales no faltaba ningún animal y en el patio reinaba el silencio.
El batallón, encabezado por don Mateo, seguido por su esposa y sus tres hijos, regresó a la vivienda mascullando preguntas a las que que no le encontraban respuestas. Sobre todo a una: quién o qué cosa había originado tanto alboroto a las dos de la madrugada?
La respuesta recién la encontraron a la mañana siguiente, a la luz del día cuando descubrieron dos tarros y dos relojes despertadores desparramados por el piso. Esto fue la causa! -exclamó furioso don Mateo. Y se dirigió a los gritos a la habitación en la que dormían sus hijos. Cinto en mano, los sacó de la cama, repartiendo cintazos a diestra y siniestra. Algunos de los niños salieron corriendo mientras otros se refugiaron debajo de la cobija, protegiéndose de los golpes. Ninguno parecía entender nada, salvo uno, el más travieso de los seis, a la sazón con diez años de edad, cerebro de tamaña broma. Había colocado dos relojes despertadores antiguos dentro de dos tarros, para que, al sonar generaran mayor estruendo, y los había acercado, sigilosamente, a la cama donde dormían sus padres, para que sonaran a las dos de la mañana, en vez de a las cuatro, la hora habitual en que la familia se levantaba para salir a los corrales a ordeñar. (Autor: Julio César Melchior).

La cultura está...

La cultura
está en las manos de mi madre
arropando mi cuna,
canturreando una canción,
en su sonrisa pura,
su sabiduría,
el sol de sus ojos
mirando al mañana,
construyendo,
siempre construyendo
mi futuro.

La cultura
está en las manos de mi padre
trabajando la tierra,
sembrando esperanza,
cosechando sueños
(en el trigo dorado;
en la cosecha);
en su andar lento
enseñando,
siempre enseñando;
y en el cantar de su voz
de melodías alemanas.

La cultura está en el pueblo,
en la voz colectiva
de la memoria de los abuelos,
en las calles de tierra,
las casitas de adobe,
las tradiciones,
las costumbres,
el recuerdo
del pasado añorado
y de las horas que marcan
el ayer olvidado.
Autor: Julio César Melchior

domingo, 20 de octubre de 2019

Sigamos el ejemplo de nuestros ancestros

El verdadero valor de las cosas está en lo cotidiano, en los hechos simples de la vida diaria. En los gestos que se tributan a los hijos, la ternura que se entrega a los padres; en el brillo de una mirada arrullando nuestra tristeza; la sonrisa de un alma compartiendo nuestra alegría; y tantas pero tantas vivencias sencillas que de tan sencillas y cotidianas olvidamos que son lo más importante de la existencia y que serán lo único que harán trascender nuestra vida. Porque cuando ya no estemos en este universo caótico nadie recordará el grosor de nuestra billetera como tampoco recordará las posesiones materiales que pudimos haber poseído alguna vez; pero sí, todos, absolutamente todos a los que amamos, tendrán presente eternamente el amor que habremos sido capaces de entregar sin pedir ni exigir nada a cambio. Ese amor puro, franco, que se da con el corazón, sin palabras ni ostentación, nada más que con una entrega silenciosa y solidaria, con una profunda convicción y sentimientos desinteresados.
Sólo el amor, sólo la familia, nos mantendrán vivos permanentemente y nos educarán en la fe en Dios. Y sólo así sabremos que hemos vivido plenamente. Tan plenamente como nuestros ancestros, nuestros abuelos, nuestros padres... que siempre, minuto a minuto, cotidianamente, nos demostraron con el ejemplo lo que significa ser mujeres y hombres de bien. Respetables y honestos.
Sigamos su ejemplo de vida y llegaremos, al igual que ellos lo hicieron, a la felicidad suprema de saber que no hemos vivido en vano. (Autor: Julio César Melchior).

Los abuelos inmigrantes

sábado, 5 de octubre de 2019

Amanecer en la colonia de antaño

Los pájaros trinan en el amanecer, surcando el cielo de la colonia rubia. Se escucha el pregón del lechero, carnicero, panadero… Las voces de las amas de casa que salen a la vereda a realizar su compra diaria. La algarabía de los niños conversando en alemán. Los ruidos melodiosos que salen de la herrería, carpintería… El silencioso parlotear de la tijera del sastre y el habla cansino del martillo del zapatero.
El sacristán echa a volar las campanas de la torre de la iglesia llamando a misa. El sacerdote se apresta en la sacristía. Los monaguillos preparan sus enseres. Las velas del altar arden. Doña Agüeda reza el rosario sentada en el primer banco, junto a Doña Ana, ataviadas de negro, las cabezas cubiertas con un pañuelo del mismo color, y las miradas fijas en Jesucristo.
En el campo, los hombres labran la tierra bajo un cielo estrellado de gaviotas. Abren surcos en la tierra virgen para sembrar trigo. El trigo que florecerá en espigas de harina, pan y hostias.
Y en la inmensidad, los ojos de Dios velando a su pueblo: inmigrantes peregrinos que llegaron de allende el Volga para hacer fructificar el suelo argentino.
(Autor: Julio César Melchior - Libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga". Se puede adquirir desde cualquier lugar del país).

viernes, 4 de octubre de 2019

Receta de Dünne Kuche o Riwwel Kuche de la abuela

“Die Dünne Kuche y tantas otras delicias que las mujeres alemanas del Volga elaboran sobrevivieron al olvido porque las abuelas supieron legar a sus hijas el secreto de cómo se preparan en el momento justo. Vienen pasando de generación en generación desde hace centurias. Los ancestros, los abuelos, los hijos, los nietos... todos saborearon alguna vez las delicias de las tortas cuyas recetas las abuelas de Alemania legaron a sus hijas de Rusia y estas a sus nietas de la Argentina”.

DÜNNE KUCHE O RIWWEL KUCHEN

Ingredientes para la masa:
1 Kilo de harina
2 cucharadas de levadura
1/2 litro leche rebajada con agua tibia
4 yemas de huevos
3 cucharadas de crema
100 gramos de manteca
8 cucharadas de azúcar
1 pizca de sal
Ingredientes para los Riwwel:
200 grs. de crema
2 yemas
150 gramos de manteca
3 cucharadas de harina
6 cucharadas de azúcar
Preparación:
Poner en un bol la harina, la levadura, las yemas, la sal y de a poco la leche mezclada con agua tibia. Mezclar todos los ingredientes hasta obtener una masa liviana. Dejar levar y luego volcar a la asadera; dejar levar nuevamente.
Los Riwwel se elaboran en una sartén con los 200 grs. de crema, las 2 yemas, los 150 grs. de manteca, las 3 cucharadas de harina y las cucharadas de azúcar.
Los Riwwel se colocan sobre la masa antes de llevarla a hornear.
Receta extraída del libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", que rescata más de ciento cincuenta recetas tradicionales. El libro se puede adquirir por correo, desde cualquier lugar del país y del mundo, por correo. Para conocer mayores detalles, escribir a: juliomelchior@hotmail.com.

Si vas de visita a mi pueblo

Si vas de visita a mi pueblo y recorres sus calles al atardecer, verás familias enteras sentadas en las veredas tomando mate, a la sombra de los árboles, conversando en alemán. Verás a los niños jugar en libertad, sin miedo, corriendo detrás de la pelota. Verás un cielo de estrellas surgir lentamente en el horizonte, con la noche que llega y el día que se va con el sol, cobijada en los brazos de la luna. Verás lugares hermosos, en los que se conjuga el ayer con el hoy. Verás viviendas que se construyeron con el pueblo, en los lejanos años de la fundación. Con techos a dos aguas, corredores largos y amplios, cenefas, bombas de agua, jardines con todo tipo de flores, patios grandes, verdes, huertas, molinos. Una iglesia majestuosa. Una avenida ancha. Ramblas con árboles centenarios.
Si vas de visita a mi pueblo, saluda a mi gente, esa bella gente de alma generosa, manos extendidas, temerosa de Dios, trabajadora, honesta, sacrificada, que nunca baja los brazos. Que jamás deja de creer. Esa gente rubia de ojos claros que descienden de colonos que un día llegaron a esos lares desde las lejanas tierras del Volga, a forjar su ideal en este suelo argentino.
Si vas de visita a mi pueblo, diles que los extraño y que jamás los olvidé. Diles que sueño con volver y descansar junto a ellos. Diles que estoy regresando. Diles que ya reservé mi lugar, junto a mis padres y a mis abuelos, al lado de mis hermanos.
No te olvides de darles mi mensaje. Ellos sabrán comprender. Y echarán a volar las campanas para esperarme y acompañarme en mi último viaje. (Autor: Julio César Melchior).

viernes, 27 de septiembre de 2019

Mi mamá, al igual que mi abuela, fue una mujer excepcional, como todas las madres alemanas del Volga

Mi mamá tenía los ojos del mismo color que la abuela, celestes del color del agua del río Volga y el cabello del color de los trigales que estallaban llenos de espigas en los campos, que florecían cerca de su añorada aldea, allá, en la lejana Rusia, donde quedaron para siempre sus padres, cuando, junto con su marido y tres hijos, emigró a la Argentina.
Mi mamá tenía las manos llenas de arrugas, como las manos de mi abuela, de trabajar en la cocina, amasando el pan, trabajar la tierra, en la huerta, y trabajar a la par de su marido, en en el surco.
Mi mamá tenía el rostro curtido como el de mi abuela, por las largas noches de insomnio, velando el sueño de sus hijos y el de su marido, cuando estaban enfermos, curtido por el frío del invierno, el tórrido sol del verano, la lluvia en otoño y el viento en primavera.
Mi mamá tenía el cuerpo anciano y gastado como el de la abuela, con dolores de huesos, vencido no solo por la edad sino por los rudos trabajos y los sufrimientos.
Mi mamá continuó la tradición y la legó a sus hijos. Valores de trabajo, honradez, respeto, servicio al prójimo y entrega a la familia.
Mi mamá, al igual que mi abuela, fue una mujer excepcional, como todas las madres alemanas del Volga.
Por eso, en el "Día de la Madre", a celebrarse próximamente en el mes de octubre, regalemos libros que rescatan y perpetúan su memoria. Libros que llevan los siguientes títulos: "La gastronomía de los alemanes del Volga", "La vida privada de la mujer alemana del Volga ", "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", "La infancia de los alemanes del Volga", " Historia de los alemanes del Volga", que se pueden adquirir por correo, por el sistema de contra reembolso, y personalmente en el barrio de Belgrano, en Buenos Aires, y en Pueblo Santa María, en el Partido de Coronel Suárez, en la Provincia de Buenos Aires.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Amor de madre en la vida cotidiana de las colonias de antaño

Mamá se levantaba bien temprano, generalmente a las cuatro de la madrugada, para ayudar a papá a ordeñar las vacas. Después encendía el horno de barro que estaba detrás de la casa y comenzaba a amasar el pan del día. Sus manos trabajaban la masa con el palote sobre una mesa de madera curtida, llena de años y de cicatrices. Amanecía y el rocío caía desde el cielo humedeciendo su cabello cano. Tanto en verano como en invierno, con heladas o sin ellas, mi madre siempre se las arregló para tener el pan sobre la mesa a la hora del desayuno. Ese pan rico para untar con manteca y miel y acompañar el chorizo seco, las morcillas y los dulces caseros.
En mi alma de niño todavía la veo a mi madre parada junto a la mesa, en la cocina, cortando rebanadas de pan recién horneadas para su marido y sus hijos; conservo en mi memoria el aroma a café con leche impregnando la casa; y el sol asomando en el horizonte, allá lejos, donde mora Dios. (Autor: Julio César Melchior).

Al amanecer el carnicero, panadero, almacenero, entre otros, salían con sus carritos a vender a domicilio

Al amanecer la colonia se llenaba de carros y gritos de personas pregonando sus productos. Por las calles de tierra, pasando frente a las casas de todos los vecinos, en algunos ingresando a los patios para tomar unos mates o probar un Kreppel recién elaborado, el carnicero, panadero, lechero, el verdulero, almacenero a veces, se sumaba el papero, algún frutero con manzanas frescas de alguna huerta de las cercanías de la colonia, todos con carros especialmente acondicionados para sus respectivos menesteres.
Las amas de casa salían a la vereda a comprar la carne con un plato o una bandeja, según la cantidad de comensales que componían la mesa familiar o lo que la cocinera ese día tuviera planeado cocinar. Siempre llevando en mano, la infaltable libreta en la que registraba la compra diaria, que se cancelaba al final de cada mes. También existían excepciones, con familias que recién abonaban la deuda al terminar el año, después de la cosecha.
El carnicero llevaba en su carro, realizado en chapa, de forma abovedada, para proteger los productos de la intemperie, todos los cortes colgados al costado, en los ganchos, y algo fino en las cajoneras para los clientes especiales. El serrucho en la ranura de un improvisado mostrador, colocado en la parte trasera, desde donde se despachaba los cortes, la balanza colgada del techo, dos o tres cuchillos con buen filo, algunas chairas…
No había día de tormenta ni aguacero que los detuviera. Tampoco jornada de excesivo calor. Jamás dejaban de cumplir con los clientes. La carne para el almuerzo no debía faltar y el pan diario tampoco. Lo mismo que los productos de almacén. El comerciante era fiel con sus clientes y los clientes fieles a su comerciante y la palabra era ley. (Autor: Julio César Melchior).

El carro del abuelo

El carro del abuelo duerme su sueño de olvido recostado en la tierra mustia del pasado, esperando ser rescatado por la memoria colectiva. Aguarda en silencio revivir las anécdotas que otrora lo tuvieron como protagonista allá lejos en el tiempo, cuando la colonia y el abuelo eran jóvenes y las calles eran de tierra, las casas de adobe, con paja en los techos, y en los patios había una bomba de agua y un Nuschnick en el fondo. También huertas de verduras, gallineros, cerdos y vacas lecheras esperando ser ordeñadas todas las mañanas. Cuando los campos florecían de trigales y los sueños germinaban en la tierra virgen de la pampa argentina. (Autor: Julio César Melchior).

domingo, 22 de septiembre de 2019

Historia del primer día de clase de mi abuelo en la colonia, sin conocer una sola palabra en castellano

José Melchior emigró a la Argentina en 1905, a la edad de ocho años, junto a sus hermanos y sus padres, y se afincó en Pueblo Santa María. Su lugar de origen era la aldea Kamenka, fundada por sus antepasados, a orillas del río Volga, en Rusia. El pequeño José, al igual que sus hermanos en edad escolar, hablaba la lengua materna, el alemán, y el ruso, que había estudiado y aprendido en la escuela, ya que, por aquellos años, la rusificación de los alemanes del Volga, impuesta por los zares, unas décadas antes, para terminar con la libertad que les había concedido Catalina II en su famoso manifiesto, estaba dando sus primeros frutos.
Habiendo resuelto los problemas básicos de encontrar vivienda donde vivir, la que levantaron con sus propias manos, y un trabajo para la supervivencia de la familia, los padres decidieron que los dos hermanos varones más pequeños, debían asistir a la escuela, mientras todos los otros, incluyendo las mujeres, tenían que dedicarse a aportar su trabajo a la manutención de la familia.
Así fue como José terminó asistiendo a su primer día de clase sin conocer una sola palabra de español. Problema que se agravaba porque en la vida cotidiana en la colonia, los habitantes del pueblo solamente hablan en el dialecto de sus antepasados.
Pero José confiaba en sus compañeros de clase porque, amigos habituales de juego, habían prometido ayudarlo si la maestra lo ponía en apuros.
Ese día la maestra contó la vida y obra de don José de San Martín, haciendo especial referencia en su gesta libertadora y en la proeza que llevó a cabo al cruzar los andes.
Luego de una larga disertación en la que muy pocos alumnos comprendieron todos los detalles, llegó el momento en que la docente decidió formular algunas preguntas para corroborar cuán atentos habían estado los niños.
José entró en pánico al verdad cómo la docente apuntaba con un dedo a distintos compañeros de clase y les hacía una pregunta que él no comprendía en absoluto.
Pero su compañero de banco, al percatarse del sufrimiento de su amigo, se apiadó de José y le susurró la respuesta.
La maestra continuó preguntando aquí y allá, eligiendo al azar, hasta que descubrió al alumno nuevo, que la miraba con cara de conocer la respuesta.
La docente, para permitir que el nuevo alumno se luciera y así afianzar su autoestima ante sí mismo y frente a sus compañeros, le preguntó:
-A ver José: quién cruzó los andes?
-José Melchior -respondió el alumno nuevo convencido, a instancias de su compañero de banco, que le estaba preguntando su nombre y apellido. (Autor: Julio César Melchior).

La vida de las niñas y las mujeres en la época de nuestras abuelas

Las niñas pasaban de la infancia a la adultez sin punto intermedio. Mi abuela paterna Ana, a los ocho años, ya tenía que ayudar a su madre a lavar la ropa de toda la familia en enorme fuentones, sacando agua con ayuda de una bomba. Las jornadas de lavado comenzaban ni bien amanecía y duraban varias horas y, la mayoría de las veces, varias mañanas, porque, generalmente, la familia estaba compuesta por más de seis varones, a lo que se le sumaba la ropa de algún familiar soltero, de los abuelos y de los futuros yernos y cuñados. Toda la ropa estaba muy sucia, sucia de tierra y grasa, porque todos los hombres desarrollaban tareas rurales. La ropa era muy difícil de lavar porque solamente se contaba con la ayuda de la tabla de lavar y del jabón casero que se elaboraba en la época de las carneadas. Muchas veces, las manos de las más pequeñas terminaban llenas de ampollas y no pocas veces, en carne viva. Y ni qué decir del sufrimiento que soportaban, tanto las niñas como las madres y las mujeres todas, al tener que lavar bajo la intemperie y el intenso frío de las heladas en invierno y el calor durante el verano. Porque demás está decir que no existían ni lavaderos ni lavaropas ni ningún tipo de comodidades a las cuales estamos acostumbrados en la actualidad.
Se lavaba a la mañana hasta que llegaba la hora de preparar el almuerzo. En ese momento, dependiendo de la cantidad de hijas, las madres decidían quienes continuaban lavando ropa y quienes la seguían a la cocina a colaborar en la preparación del almuerzo.
Mientras esto sucedía, otro grupo de niñas de la casa, también con la salida del sol, recuerda mi abuela materna María, tenía que hacer las camas y limpiar las habitaciones y dejar todo pulcramente ordenado y barrido el piso.
Después del almuerzo, rememora mi abuela paterna Ana, había que lavar los platos, las cacerolas, que siempre eran un montón, porque siempre éramos un número increíble de gente compartiendo la mesa, entre padres, más de diez hijos, mis abuelos y una tía viuda que vivía en casa.
A la tarde, después de la siesta, evoca mi abuela materna María, teníamos que amasar Kreppel para la hora del mate mientras algunas de nosotras empezábamos a bajar la ropa de los tendales y a plancharla con las pesadas planchas a carbón. Las planchas eran más pesadas que nosotras. Además había que agitarlas para que funcionaran bien. Cuántas veces me quemé los dedos y los brazos! -suspira.
Mientras las más pequeñas planchaban, otro grupo tenía que ayudar a regar la quinta. Un trabajo que no solo llevaba horas sino que también estaba compuesto de varias tareas, además de regar, había que trasplantar y carpir. La quinta siempre debía lucir pulcra.
Y al atardecer, otra vez, algunas a la cocina, a preparar la cena, agrega mi abuela paterna Ana.
Y eso no era todo -acota mi abuela materna María. Las niñas, desde muy chicas, también teníamos que remendar la ropa, empezar a aprender a coser, bordar y cocinar. Ya nos iban educando para el matrimonio. La mayoría de mis hermanas y primas se casaron entre los catorce y dieciocho años.
(Para los que conocer más sobre la vida de nuestras abuelas y madres o sobre nuestros antepasados mujeres, les recomiendo leer mi libro "La vida privada de las mujeres alemanas del Volga"). (Autor: Julio César Melchior).

Los sábados eran días de baño

Los sábados eran una preparación para el domingo: se ordenaban los patios, se los barría prolijamente con la escoba confeccionada con ramas de algún árbol, se limpiaba la casa a fondo, y se adobaba la carne para el almuerzo en familia del día siguiente.
Los sábados también era los días del baño y la higiene personal: nadie se salvaba de bañarse en las enormes palanganas llenas de agua calentada en pavas, cacerolas y tarros, en las cocinas a leña.
Los domingos se lucían las mejores ropas para asistir a misa. Ropas que enseguida teníamos que quitarnos al regresar a casa, porque solamente poseíamos una muda nueva, que llamábamos “la ropa del domingo”. (Autor: Julio César Melchior).

viernes, 20 de septiembre de 2019

Más de tres millones y medio de lectores visitaron el blog desde el día su nacimiento

Hace más de veintiséis años que dedico cada día de mi vida a rescatar, conservar, difundir y revalorizar la historia y cultura de los alemanes del Volga. Un objetivo que siempre tuve claro y del que nunca me aparté, pasara lo que pasara. Mis convicciones siempre se mantuvieron firmes y jamás dudé ni claudiqué frente a las adversidades ocasionales que podían presentarse en el arduo camino trazado. Tampoco dudé ni claudiqué cuando éramos unos pocos quijotes solitarios los que luchábamos contra molinos de viento, creyendo en la posibilidad concreta de esta utopía, hoy una tangible realidad, que no era otra que colocar nuestra identidad como pueblo al mismo nivel no solo de conocimiento sino de reconocimiento público que a las demás colectividades que componen el rico entramado social y cultural de la República Argentina. Andando el camino, y ya con experiencia, y varios trabajos de investigación publicados, con enorme repercusión y éxito, cree mi blog Hilando Recuerdos, un sitio digital exclusivamente dedicado a rescatar y difundir la historia y cultura de los alemanes del Volga que ya fue visitado por más de tres millones y medio de visitas de lectores, que a lo largo los años fueron ingresando desde un sinnúmero de países de todo el mundo, transformándolo en un sitio de lectura y consulta obligada no solo para lectores ávidos de conocer nuestra cultura sino historiadores, estudiantes secundarios y universitarios y escritores. Este éxito es el resultado de diez años de trabajo ininterrumpido, sí, diez años ya cumplió mi blog Hilando Recuerdos, dedicados a publicar diariamente una reconstrucción histórica, una historia de vida, tradiciones, costumbres, datos y cientos de detalles más que hacen a nuestra historia como descendientes de alemanes del Volga, basados en el resultado de investigaciones inéditas y de una existencia personal compartida en una comunidad fundada y habitada por descendientes de alemanes del Volga, en la que nací, y en la que todavía el dialecto alemán es de uso frecuente en la vida diaria, tanto familiar como social, y en la que muchas de las costumbres y tradiciones heredadas aún se mantienen vivas y se trabaja para mantenerlas vigentes. Este éxito y esta repercusión me llena de satisfacción y de orgullo, no solamente porque es un premio que los lectores me conceden distinguiendo mi trabajo diario, constante y permanente, por rescatar y mantener viva la historia y cultura de nuestros ancestros, sino también porque la memoria de nuestros antepasados se mantiene vigente, conservando inalterable en el tiempo, nuestra identidad, historia y cultura. Mi profunda gratitud a todos los que hacen posible este éxito y a todos los que me acompañan diariamente brindándome su afecto y cariño.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Abuela se levantaba temprano para hacer todas las tareas domésticas

Abuela se levantaba a las tres de la mañana para hornear el pan familiar en el horno de barro que había construido abuelo detrás de la casa. Preparaba el tradicional Kalach, el pan de los alemanes del Volga que después sus nietos comíamos durante el desayuno untado con manteca y miel.
Concluida la tarea, se aprestaba a lavar la ropa de todos los integrantes de la familia en la enorme palangana de chapa, fabricada por Kunst, el hombre que lo arreglaba todo en la colonia. Lavaba a mano, fregando las prendas en la tabla de lavar, también fabricación local, realizada por José, el carpintero.
Mientras lavaba, comenzaba a preparar el almuerzo. Desde temprano, para que todo estuviera bien cocido. Buscaba las verduras en su huerta, las pelaba, cortaba y picaba. La carne la proveían sus animales domésticos. Los fideos los amasaba ella.
Era poco, casi nada, lo que se compraba en el almacén de don Juan. Apenas la harina y algún ingrediente menor.
A las doce, con el toque de las campanas de la iglesia, llamaba a almorzar. La cocina olía a abuela, a hogar. En el ambiente se respiraba amor. EL mismo amor que surge en mi corazón, al recordarla, al escribir estas líneas y eternizarla en esta remembranza. (Autor: Julio César Melchior).

Mi abuelo añoraba

Mi abuelo añoraba
la aldea lejana,
la nieve en los inviernos
y las frías aguas del Volga.

Extrañaba a sus padres,
las comidas de su madre,
las certezas de su padre,
y la alegría de sus hermanos.

Mi abuelo añoraba
el cielo de antaño,
la tierra de su niñez,
las calles de su aldea.

domingo, 15 de septiembre de 2019

¡Feliz Kerb, Pueblo Santa María!

Durante este fin de semana la comunidad de Pueblo Santa María celebra lo que es, quizás, una de sus fiestas más tradicionales y que en la lengua de los alemanes del Volga, se denomina Kerb. Una fiesta, cuyo origen, se remonta a un pasado muy lejano y que nuestros antepasados llevaron de Alemania a las aldeas que fundaron en el Volga y de allí, trajeron a las colonias que levantaron aquí, en la Argentina.
En el caso de Pueblo Santa María, la celebración de la fiesta comienza cada 8 de septiembre, en que se conmemora la Natividad de María Santísima, patrona de la localidad y a la que fue consagrado el templo. Durante ese día se llevan a cabo diferentes actos litúrgicos, entre ellos una misa y una masiva y colorida procesión por las calles en honor a ella.
Y continúa todo el fin de semana siguiente con el desarrollo de variados eventos sociales, culturales y deportivos, que organizan todas las instituciones de la localidad.
Son días de profunda alegría y mucha felicidad, en que la familia se reúne en torno a la mesa y comparte, además de las comidas típicas y la música tradicional, la fe en Dios y el legado cultural y social heredado de los ancestros. Como viene sucediendo de manera inmemorial a lo largo de la historia del pueblo de los alemanes del Volga.
(Recordemos que Pueblo Santa María es una localidad fundada y habitada por descendientes de alemanes del Volga, ubicada en el Partido de Coronel Suárez, en el sudoeste de la Provincia de Buenos Aires).

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Las manos de mi madre

Mi madre tiene las manos
ajadas de tiempo,
años que se han ido
y se han perdido
en la bruma del ayer,
dejando atrás las caricias
que le prodigó a sus niños,
en las largas noches de insomnio
junto a la cuna,
velando el sueño afiebrado
de un hijo que se trocaba en ángel.

Mi madre tiene las manos
ajadas de tanto apretar
el rosario entre sus dedos,
implorando a Dios
durante las noches de infortunio,
cuando las tormentas acechaban
los dorados trigales,
y un cielo aciago
de indómitos truenos,
hecho de granizo y viento,
amenazaba con llevárselo todo.

Mi madre tiene las manos
ajadas de recuerdos,
que la memoria
le susurra al oído,
mientras se mece
junto a la ventana,
viendo pasar las horas
en la risa de sus nietos,
que crecen a su amparo,
como otrora sus hijos,
cuando era joven.
Autor: Julio César Melchior