Mi dirección de correo es: juliomelchior@hotmail.com

miércoles, 18 de enero de 2017

Recetas de Dünne Kuche, Keiskreppel, Brotschnistze y Gedehende como las preparaban nuestras abuelas

“Die Dünne Kuche, die Brotschnitze, die Der Kreppel y tantas otras delicias que las mujeres alemanas del Volga elaboran sobrevivieron al olvido porque las abuelas  supieron legar a sus hijas el secreto de cómo se preparan en el momento justo. Vienen pasando de generación en generación desde hace centurias.  Los ancestros, los abuelos, los hijos, los nietos... todos saborearon alguna vez las delicias de las tortas cuyas recetas las abuelas de Alemania legaron a sus hijas de Rusia y estas a sus nietas de la Argentina”.

DÜNNE KUCHE  O RIWWEL KUCHEN

 Ingredientes para la masa:
1 Kilo de harina
2 cucharadas de levadura
1/2 litro leche rebajada con agua tibia
4 yemas de huevos
3 cucharadas de crema
100 gramos de manteca
8 cucharadas de azúcar
1 pizca de sal

Ingredientes para los Riwwel:
200 grs. de crema
2 yemas
150 gramos de manteca
3 cucharadas de harina
6 cucharadas de azúcar

Preparación:
Poner en un bol la harina, la levadura, las yemas, la sal y de a poco la leche mezclada con agua tibia. Mezclar todos los ingredientes hasta obtener una masa liviana. Dejar levar y luego volcar a la asadera; dejar levar nuevamente.
Los Riwwel se elaboran en una sartén con los 200 grs. de crema, las 2 yemas, los 150 grs. de manteca, las 3 cucharadas de harina y las cucharadas de azúcar.
Los Riwwel se colocan sobre la masa antes de llevarla a hornear.

………..…………………………

KEISKREPPEL

Ingredientes:
1 kilo de harina
1 huevo
1 cucharada de bicarbonato o levadura
Leche
Aceite

Relleno:
1/2 kilo de ricota
1 huevo
Crema
Azúcar

Preparación:
Mezclar la harina con el bicarbonato (o la levadura), el huevo y la leche. Una vez realizada la masa estirar con el palote hasta que quede de unos tres centímetros aproximadamente. Ahora corte pequeñas empanadas que debe completar con el relleno elaborado a partir de los productos arriba citados.

………………………

 BROTSCHNITZE

Ingredientes:
1 taza de harina
½ litro de leche
2 huevos
1 de pizca
2 cucharadas de azúcar
Pan de unos días de antigüedad

Preparación:
Mezclar todos los ingredientes hasta obtener una masa líquida y liviana. Cortar el pan en rodajas; remojarlo en la masa; y freírlo en la sartén con un poco de grasa.

………………………

GEDEHENDE

Ingredientes:
½ kilo de harina
1 pizca de sal
1 taza de agua tibia
10 manzanas peladas y cortada en rodajas muy finas
Crema de leche

Preparación:
Mezclar la harina con la sal y el agua hasta formar una masa cremosa. Agregar harina hasta que el bollo se desprenda del bol. Dejar descansar unos minutos. Trabajar la masa sobre la mesa hasta lograr que a través de la misma se trasluzca la mano.
Esparcir sobre la masa las rodajas de manzanas y espolvorear con azúcar y crema de leche a gusto. Enrollar la masa.
Colocar la preparación en una asadera enmantecada y cocinar en horno de temperatura moderada entre 15 o 20 minutos.
Retirar cuando la masa esté dorada.
Servir caliente.

Recetas tradicionales extraídas del libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior. El mismo se puede adquirir por correo, por el sistema de contra re embolso, enviando un mensaje a juliomelchior@hotmail.com.

lunes, 16 de enero de 2017

Tres años de sequía

Tres años de sequía. Tres años sin cosecha. Tres años malvendiendo lo que fue comprando a lo largo de toda su vida. Ya no le quedan ni animales ni enseres de trabajo. Solamente tierra reseca, polvo y viento. Y sin embargo, resiste. Como un roble. Terco, porfiado, testarudo, mantiene firmes sus convicciones y su esperanza de poder forjar un futuro mejor en medio de la indómita pampa argentina para su familia y sus descendientes. Jamás va a abandonar la lucha. Nunca va a dejar de rezarle a Dios y de creer en él. Quiere arar, sembrar y cosechar. Producir trigo y amasar pan para comer y para transformarlo en hostia en el altar del Señor.
Le reza a Dios en cada comida y también al amanecer, cuando se despierta luego de largas madrugas de insomnio, y a la noche, cuando se va a descansar, después de una interminable jornada de trabajo, sabiendo que no va a conciliar el sueño pensando en la sequía y en la lluvia que no llega.
Están él y su familia. Solos en la inmensidad. En la tierra que hizo suya cuando llegó del Volga, huyendo del hambre, de las persecuciones, de las guerras y del dolor. Son ellos solamente. Ellos solos. Ellos que regaron la tierra con el sudor de sus frentes y ahora la están regando de llanto. Esa tierra que ahora está seca, que no produce nada. Esa tierra que va a tener que vender si no llueve pronto.

viernes, 13 de enero de 2017

El adiós a la aldea natal

Guardó sus enseres de cocina en los baúles al igual que la ropa de cama y las prendas de vestir. Es imposible llevarlo todo. Sobran platos, vasos, ollas, mantas, sábanas. Tantos años ahorrando y cuidando las cosas. ¿Para qué? Para ahora terminar malvendiéndolas o regalándolas a las familias que no quieren, no pueden, o tienen temor de marcharse. Es muy poco lo que se puede cargar en el carro, menos aún lo que se va a poder subir al tren, y menos todavía lo que se va a poder llevar como equipaje al ascender y ocupar los diminutos espacios disponibles en el barco. Todo es así de injusto si se viaja entre en el pasaje que ocupan los que huyen del hambre, de las persecuciones, de las guerras, de la muerte, de los que son fáciles de estafar y engañar porque ya no tienen opciones.
La familia termina de cargar los baúles en el carro. La pareja asciende y se sienta en el pescante. Los niños dónde pueden. Todos están tristes. La mujer llora. El hombre mira el camino. Una larga distancia a recorrer los espera. Es duro el adiós y será doloroso el desarraigo y eterno el recuerdo. Jamás olvidarán la aldea, el río Volga y a sus familiares y amigos que los despiden con el alma desbordada de llanto.
El hombre agita las riendas, los caballos relinchan, y empiezan a andar. Lentamente la historia que escribió la familia en las aldeas del río Volga va quedando atrás. Los espera la Argentina.

miércoles, 11 de enero de 2017

En muy pocos días se llevará a cabo la segunda Strudel Fest en Pueblo Santa María


Javier Graff, de Weimannhaus, informó que “estamos con reuniones quincenales y hasta semanales para organizar e ir definiendo algunos temas”. “Es importante destacar que el formato de la fiesta va a ser exactamente igual a la del año pasado, con algunas mejoras en cuanto a cantidades de comida”.

Las instituciones de Pueblo Santa María (ubicada en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, en el Partido de Coronel Suárez) ya se están preparando para la segunda edición de la Strudel Fest, que está fechada para el domingo 5 de marzo. 
Aunque los días previos también habrá actividad: el día viernes 3 se presentará la obra de teatro “Tartufo”, de Moliere, por el grupo de Teatro de Santa María, y el sábado habrá torneo de Kosser y una cena y baile, que será preámbulo del gran festejo del día domingo, donde está previsto que la actividad comience a las 10 de la mañana.
Javier Graff, de Weimannhaus, informó que “estamos con reuniones quincenales y hasta semanales para organizar e ir definiendo algunos temas”.
En cuanto al Strudel gigante, de presentación y apertura de la fiesta, anticipó que “este año vamos a redoblar la apuesta: el año pasado fue de 15,30 metros, y este año vamos a hacerlo de 30,60 metros, el doble exactamente”.
Para lograr esto ya está previéndose todo lo atinente a esta gran elaboración: “creo que este es uno de los atractivos de la fiesta, o puede llegar a serlo. El hecho que sea una pieza entera y gigante es muy atractivo. El molde que diseñamos para el año pasado este año se va a duplicar. Contamos con un auspicio de Zinguería Varela, que nos había hecho el desarrollo y demás. Y este año nos donaron el 50% del molde para duplicarlo, porque vieron que fue un éxito la fiesta y a manera de apoyo”.
En cuanto a los espectáculos, “hay grupos de baile de La Pampa y Olavarría ya confirmados, bandas musicales locales. Es importante destacar que el formato de la fiesta va a ser exactamente igual a la del año pasado, con algunas mejoras en cuanto a cantidades de comida, pero el evento va a ser popular, simple y sencillo como fue, con artistas locales y sin costo para nadie. Las instituciones que organizamos ese evento tenemos la oportunidad en ese momento del año, junto con la Kerb, de recaudar fondos, por eso lo hacemos de esa forma”.
Los gastos en sonido y también en la colocación de vallas, para organizar la degustación del Strudel gigante, los cubrirá la Municipalidad de Coronel Suárez, según lo han anunciado a las instituciones organizadoras.
Ya habrá tiempo de ir descubriendo todos los aditamentos que tendrá la segunda edición de esta gran fiesta, pero se anticipa que en esta ocasión cada una de las instituciones duplicará o triplicará la elaboración de Strudel para la venta, que fue el gran reclamo del año pasado, cuando para las dos o tres de la tarde no quedaba ninguna porción de Strudel a lo largo de toda la avenida 11 de Mayo.

lunes, 9 de enero de 2017

¿Se acuerdan de los veranos de nuestra niñez, cuando había que ayudar a regar la huerta?

Durante el verano, a las mañanas, bien temprano, con el amanecer, y al atardecer, junto con el sol que se iba a dormir en el horizonte, las madres y los niños de la casa, sin importar edad ni sexo, regaban la huerta, llevando y trayendo enormes baldes desde la bomba de agua hasta la quinta. Las verduras y hortalizas florecían y producían por doquiera. Había abundante cantidad de tomates, pepinos, zapallitos, lechuga, repollo, decenas y decenas de cosas ricas que mamá y la abuela transformaban en sabrosas comidas o ensaladas o en conservas y dulces que almacenaban en los sótanos para el invierno. Me acuerdo del dulce de zapallo y tomate, entre varios otros, que cocinaban sobre la cocina a leña y envasaban en frascos de todos los colores y tamaños que juntaban a lo largo del año para estos menesteres.
Los niños y las niñas ayudábamos sin quejarnos ni lamentarnos jamás. Para nosotros nunca representó un trabajo regar la quinta todas las mañanas y todas las tardes. Lo tomábamos como una obligación, es cierto, pero también como un juego, un momento en que todos los hermanos estábamos juntos, con mamá y, a veces, también con papá, riendo, conversando, en ocasiones haciendo travesuras, como arrojarnos un balde lleno de agua. Todavía la recuerdo a mamá retando a mi hermano porque me empapó o porque me puso el pié  mientras corríamos hacia la bomba compitiendo para ver quién llegaba primero para sacar agua y volver a llenar el balde.
Eran otros veranos, los veranos de mi niñez. Iguales a los de muchos de ustedes que leyeron estas líneas… ¿No es cierto?

viernes, 6 de enero de 2017

¿Qué tradición celebraban los alemanes del Volga el Día de Reyes?

Los alemanes del Volga festejaban durante el Día de Reyes el Grosse Neujahr, que traducido literalmente significa “Año Nuevo Grande” (otra traducción, quizás no tan fiel, pero si más acorde con el desarrollo de la celebración que llevaban a cabo, sería “Año nuevo para los grandes”).

La celebración del Gross Neujahr comenzaba con el amanecer, cuando las personas adultas salían de casa en casa, a desear feliz comienzo de año.  En cada ocasión eran agasajados con una copita de licor. Por lo que a medida que avanzaba la jornada y las visitas se prolongaban una detrás de otras, con parientes y amigos, y con ellas, una detrás de otras las copitas de licor, la alegría comenzaba a surgir y con ella los cánticos satíricos y la música del acordeón y la fiesta.

jueves, 5 de enero de 2017

Hoy se cumple un nuevo aniversario del primer asentamiento alemán del Volga en la República Argentina

Un 5 de enero pero de 1878 se fundaba Colonia Hinojo, en el partido de Olavarría, provincia de Buenos Aires, el primer asentamiento alemán del Volga en la República Argentina. Los fundadores habían nacido en la aldea Kamenka. Traían consigo su lengua, su arquitectura, sus costumbres, sus tradiciones y su idiosincrasia. Un legado cultural que conservan con orgullo sus descendientes. La colonia madre fue fundada, entre otros, por Andrés Fischer, Jorge Fischer, José Kissler, Miguel Kissler, Andrés Kissler, Pedro Pollak, José Simon, Juan Schamber, Jacobo Schwindt y Leonardo Schwindt, acompañados por sus esposas e hijos (aunque también había personas entre los fundadores).

Todavía se conservan algu­nos testimonios de esas primeras épocas, como por ejemplo un breve manuscrito que el Schulmeister José Gottfried encontró en la iglesia local. Se lee allí que: "Duros fueron los primeros tiempos, nos decían nuestros abuelos (...) primero el idioma (...) los pajonales (sic), no se divisaba más que unos metros y el poco tiempo transcurrido de la con­quista de (sic) desierto siempre quedaban algu­nos indios los hombres (que) tenían que (ir) a sus chacras a trabajar (ilegible. Quizá: "les temían").
Con mejor sintaxis pero con datos parecidos, informa a su vez esta otra reseña:  “Llegaron hasta un lugar llamado San Jacinto. Lo único que respondía a ese nombre eran los pa­jonales, donde los patriarcas permanecieron unos dos años, debiendo organizar continuamente guar­dias, armados con implementos antediluvianos pa­ra defenderse de los malones indios."
De cualquier forma, los rastros de esta primera fundación prácticamente se han perdido.
“A raíz de algunos conflictos sus­citados con otro grupo de colonos, en este caso franceses esta­blecidos en la zona acogida por la misma ley de colonización, los alemanes solicitaron y obtuvieron el permiso para trasladar­se a un kilómetro de distancia”, escribe Olga Weyne.
Acordado este permiso, desmontaron todas las viviendas para trasladarlas al nuevo destino, al cual llegaron pocos días después nuevos emigrantes del Volga en cantidad bastante apreciable.
Así quedó fijado el lugar definitivo de co­lonia Hinojo.
Como las familias estaban formadas por personas todavía jóvenes y los hijos eran nume­rosos, tanto los hombres como las mujeres, al principio, tuvieron que realizar tareas sumamen­te agobiadoras, no sólo en la casa sino también en el campo. Uno de los más jóvenes principian­tes, el primer año, contra viento y marea pudo sembrar de cuatro a cinco hectáreas; el segundo año anduvo mejor y llegó a las 14 hectáreas.
Después de fundarse la colonia de Hinojo, se desplazó otra corriente inmigratoria desde el Volga y unas veinte familias fundaron la colo­nia Nievas, llamada también Holtzen. El cielo los favoreció y, obteniendo buenas cosechas en los años siguientes, pudieron acomodarse bien. La producción abundante de la hacienda sumó nue­vos ingresos, que fortalecieron la economía que ya tomaba bases sólidas.
Estas circunstancias es­timularon su progreso y dos años más tarde se fundó colonia San Miguel.
Los colonos orientaron sus ac­tividades hacia las dos ramas fundamentales del campo: agricultura y ganadería. Las chacras de las tres colonias contaban con pasto muy bueno para la hacienda. Ese fue un factor de peso pa­ra que algunos se consagraran con preferencia a lo último, por lo cual podía observarse chacras que contaban hasta con mil y dos mil cabezas de animales, entre vacunos, lanares y equinos.
(Para más información pueden adquirir el libro “Historia de los alemanes del Volga”, del escritor Julio César Melchior, de dónde fueron tomados estos datos).

lunes, 2 de enero de 2017

Cuatro libros que rescatan la historia, cultura, tradiciones, costumbres y gastronomía de los alemanes del Volga

Cuatro libros que rescatan el pasado histórico, cultural y gastronómico de los alemanes del Volga. Publicados luego de varios años de investigación. A lo largo del tiempo han ido cosechando premios y éxitos. Se pueden adquirir por correo, por el sistema de contra reembolso. Para cualquier información, comunicarse a: juliomelchior@hotmail.com.
¿Por qué emigraron nuestros ancestros a orillas del río Volga? ¿Cuál fue la primera aldea que fundaron? ¿Cuánto tiempo estuvieron allí? ¿Cómo fueron los primeros años y su adaptación a ese medio? ¿Por qué volvieron a emigrar? ¿Cómo fue su viaje a la Argentina? ¿Cuáles fueron las primeras colonias que fundaron? ¿Dónde y cuándo? ¿Cómo se adaptaron al país? Preguntas que el libro responde. Y muchas más. “Historia de los alemanes del Volga”, el libro que hace historia.
Kreppel, Wückel Nudel, Dünne Kuchen, Strudel, Maultasche, Vanerick, Füllsen… y 150 recetas más, en el libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”. El libro que rescata las recetas de todas las ricas comidas tradicionales que preparaban nuestras abuelas en las cocinas a leña de antaño. Además de recetas de panes, sopas, quesos, dulces y mucha más.
La vida cotidiana de nuestras abuelas. Su nacimiento, su niñez, su adolescencia, su preparación para el matrimonio. Su casamiento. La crianza de los hijos. Sus innumerables trabajos, su fuerza de voluntad para superarlo todo, su dedicación, su entrega a la familia. Su vida toda en este libro: “La vida privada de la mujer alemana del Volga”.
 En este libro el amor infinito de mamá, los momentos en que preparaba las ricas comidas alemanas, la ternura del abuelo, sus palabras en alemán, lo que nos contó de las aldeas del Volga, la escuela primaria, los amigos, las grandes fiestas tradicionales, las costumbres de las familias, la alegría de los recuerdos felices, la nostalgia de un tiempo que se fue y nos dejó el alma llena de recuerdos. Eso y mucho más en este libro: “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”.

jueves, 29 de diciembre de 2016

¿Cómo festejaban el Año Nuevo los alemanes del Volga?

“Cuando éramos niños, el día de Año Nuevo era para nosotros una jornada de fiesta. Salíamos a visitar a toda la parentela vor wünsche. Entrábamos en todas las casas para desear un feliz comienzo de año a todos los integrantes de cada familia, y ellos, a cambio, nos obsequiaban caramelos y masitas. Para los niños humildes de la colonia era, quizás, la única fecha del año en que recibían una golosina. Por eso no dejábamos de visitar ningún pariente ni amigo. Con cada regalo armábamos un paquetito que llamábamos Pindllie: poníamos las golosinas en el centro de un pañuelo y uníamos sus cuatro puntas mediante un nudo”.

Wünsche gehen und gross neusjahr

El primer día del año los niños se levantaban bien temprano a la mañana, casi con el amanecer, para saludar a sus padres deseándoles feliz año nuevo, recitando un poema varias veces centenario y de autor desconocido, que dice así: Vater und Mutter ich wünsche euch glückseeliges neusjahr, langes leben und Gesundkeit; frieden und einigkeit und nach eren Tod die ewige klückseeligkeit”. “Das wüsnsche mir dir auch”, respondían mama y papá mientras les obsequiaban golosinas.
Cumplido este ritual, los pequeños salían a visitar a parientes y amigos para también desearles la felicidad en el año nuevo que comenzaba. Pero esta ocasión el poema era otro: glück und segen / auf allen Wgen! / Frieden im Haus / jahrein, jahraus! / In gesunden und kranken Tagen / kraft genung, Freud und Leid tragen! / Stets im Kasten ein stücklein Brot, / das geb’ uns gott!
Al finalizar la jornada todos los niños de la colonia, sobre todo los más humildes, se sentían dichosos con la enorme cantidad de golosinas que lograban reunir tras una larga jornada de “trabajo”, visitando tíos, abuelos y demás parientes.
La tradición se completaba el Día de Reyes con el gross naeusjahr (Año Nuevo Grande), cuando los que salían a expresar sus augurios de felicidad en el año que se iniciaba eran las personas mayores. Pero estos, en lugar de ser recibidos con golosinas, eran agasajados con sendas copitas de licor. Por lo que a medida que avanzaba la jornada y la visita de las casas se repetía una tras otra, con parientes y amigos, y con ellas, una tras otra las copitas de licor, la borrachera comenzaba a surgir, y con ella los cánticos satíricos.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Somos familia

Diseminados por el mundo pero unidos por un pasado que nos marcó indeleblemente, somos la prueba fiel del inquebrantable espíritu de lucha de nuestra gente, nuestros abuelos, tatarabuelos, choznos, que entregaron todo, hasta su vida, sin claudicar jamás, a pesar de todas las adversidades que tuvieron que afrontar. Porque ellos estaban forjados en el duro hierro de la voluntad, el sacrificio, el trabajo, el tesón y esa cuota de fe y alegría que dejaba su huella por donde pasaban.
Por eso somos familia, porque tenemos el mismo origen, la misma fuerza. Porque llevamos impregnados los olores a infancia, a hogar, a amor incondicional, a unidad, a hermandad.
Y porque somos familia, y como toda familia, tenemos nuestras costumbres, nuestras tradiciones, nuestras tristezas, nuestras alegrías, y los ojos puestos en el ayer que nos dio la vida, la identidad, la idiosincrasia, que nos formó y que no podemos ni debemos borrar.
Sigamos luchando por un mañana en familia, en el que nadie olvide, como nosotros no olvidamos nuestras raíces, para que orgullosos, sigamos tejiendo las ramas del árbol de la vida. (María Rosa Silva Streitenberger).

sábado, 24 de diciembre de 2016

Frohe Weihnachten

¿Cómo festejaban Navidad los alemanes del Volga?

“Los niños de las colonias esperábamos la llegada de la Navidad, en especial la Nochebuena, en un clima que nos mantenía inmersos entre la congoja y la felicidad. La congoja porque todos, sin excepción, sabíamos que desde alguna remota región arribaría el Pelznickel y que entraría a nuestro hogar golpeando sus cadenas y  lanzando al aire sus guturales y estentóreos gritos: vestido con un sobretodo oscuro, desaliñado, barba enmarañada, para recriminarnos las travesuras cometidas durante el año y revisarnos las uñas. Y felicidad, porque también aguardábamos la llegada del Chriskindle que, por el contrario, nos bendecía con su remanso de felicidad: era como un hada buena representando al Niño Jesús que nos trataba con cariño y nos llenaba las manos de golosinas.
En Nochebuena asistíamos a la Misa de Gallo, donde cantábamos el Stille Nacht y el Grosser Gott,  y a su regreso toda la familia se sentaba alrededor de la mesa, rezábamos el Padrenuestro y cenábamos. Finalizada la cena bailábamos valses y polcas y el 25 al mediodía se reunía la gran familia, padres, abuelos, nueras, yernos, nietos, un mundo de gente, para degustar cosas navideñas preparadas en el hogar. Era una fiesta muy hermosa”. 

La celebración de la Navidad en las aldeas del Volga, en Rusia

La celebración de la Navidad en las aldeas Volguenses –cuentan los historiadores Popp y Denig- fue siempre la recordación festiva más importante y más esperada del año; ya sea por su significado y motivación o por coincidir con una fecha en que la gente estaba más desocupada de las obligaciones del campo. Por ocurrir en pleno invierno, toda la población se mantenía en su hogares y todos tomaban parte activa de la celebración; las representaciones alusivas al nacimiento del Niño Dios en las iglesias se revestían del máximo esplendor. Los niños tenían una especial intervención y recibían un regalo peculiar; era también motivo para lucir vestimentas nuevas.
Previamente a dicha fecha se limpiaban a fondo y pintaban todas las piezas de la casa y el grupo familiar reunido realizaba su propia instalación del “Nacimiento de Jesús”, de acuerdo a las costumbres y tradiciones; la Navidad en el Volga tenía la virtud de reunir lo más excelso del espíritu cristiano –el nacimiento del Salvador- con lo temporal , expuesto en la fiesta misma, en los regalos para premiar el comportamiento de los niños, la exhibición de los mejor de la casa y el lucimiento de la vestimenta, zapatos, sombreros, etc. Navidad significaba la fecha cumbre y divisoria del año, antes y después de Navidad.

La celebración de la Navidad en los pueblos alemanes de antaño, en Argentina

La fiesta comenzaba a medianoche con la Misa de Gallo (Mette, en dialecto), por supuesto, sin la clásica comilona moderna, ya que por ese tiempo la Iglesia era mucho más rigurosa y señalaba la víspera de Navidad con ayuno y abstinencia, que era cumplida rigurosamente por todos los habitantes de las colonias –recuerda el Padre Brendel.
En la oscuridad aparecía la iglesia rodeada de farolitos chinescos encendidos, que llenaba el ambiente de alegría, y allí, en la media luz de las velas y lámparas de kerosén, se cantaban los cánticos consagrados y comulgaba toda la población.
El tiempo anterior a la misa nocturna tenía su complemento propio –prosigue en sus memorias el Padre Brendel. Llegaba el Chriskindle (el Niño Dios), simbolizado por alguna muchacha vestida de hada y sacudiendo a falta de campanillas un cencerro campero y penetrando en los ya prevenidos hogares. La dulce figura impresionaba hondamente a los pequeños; pero la cosas cambiaban cuando repentinamente irrumpía en la habitación el Pelznickel (Nicolás el velludo), representación del demonio –al decir del Padre Brendel- molesto por el advenimiento del Salvador, quien envuelto en pieles y arrastrando una cadena de las de tiro, acusaba de faltas previamente conocidas, a los pequeños, los que eran defendidos por el hada navideña y arrojado el Pelznickel, quien se iba entre rugidos y golpes de cadena. La escena terminaba con reparto de golosinas que consolaban a los infantes del rato del Pelznickel.
Y así, por las calles de las colonias, llegaba el Christkindle, acompañado por un farol a kerosén, y a una media cuadra detrás, escandalizando a toda la comunidad con sus rebuznos  golpes de cadena, venía el Pelznickel… sudando bajo un sobretodo del tiempo de la arada, lleno de lana y peletería.

viernes, 23 de diciembre de 2016

¡Das Christkindie kommt!

¡Ahí viene! ¡Ahí viene!
El niño Jesús
caminando por las calles
de la humilde colonia.

Va vestido de blanco,
las manos llenas de golosinas,
a visitar a los niños,
a consolar sus corazones.

Llega después del Pelznickel,
a secar las lágrimas,
que el viejo barbudo
hizo brotar con sus cadenas.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Der Pelznickel

Por las calles oscuras,
en la Nochebuena,
va de casa en casa,
el Pelznickel.

Un colono disfrazado
con el Pelz del abuelo,
de la época de la arada,
cuando caían las grandes heladas.

Sus gritos guturales,
su arrastrar de cadenas,
asusta a los niños,
que lo aguardan llenos de miedo.

Porque ya en la casa,
los hace arrodillar,
sobre granos de sal,
para sus travesuras expiar.

Y los obliga a rezar,
una y otra vez,
mientras los pobres niños,
lloran, aterrados, sin parar.

Navidad de los alemanes del Volga

La estrella de Belén
ilumina el cielo
y las campanas de la iglesia
llaman a Misa de Gallo.

Es Nochebuena
en el mundo
y en la colonia
los feligreses rezan.

Unidos en familia
frente al altar
y al humilde pesebre
donde duerme el niño Jesús.

Luego irán a casa,
se sentarán a la mesa,
alrededor de la Biblia,
y el padre leerá.

Mientras fuera se escucha
el ruido de cadenas,
y el rugir de voces,
que anuncian al Pelznickel.

Navidad de los colonos
alemanes del Volga.
Tradiciones ancestrales
de nuestros abuelos.

Juan Hippener recuerda las fiestas de Navidad y Año Nuevo de antaño


Recuerdos de navidades vividas en los pueblos alemanes, donde siempre había tiempo para compartir en familia, y donde no importaban las diferencias entre unos y otros, siempre estaban todos juntos, para celebrar el nacimiento de Jesús.

La Nueva Radio Suárez entrevistó a Juan Hippener para que recordara cómo se vivían las fiestas de Navidad y Año Nuevo, en el ayer de los Alemanes del Volga.
Por supuesto que se trata de numerosas reuniones familiares, donde abuelos, hijos, nietos, tíos, innumerables cantidad de primos se reunían en torno a la mesa familiar para celebrar la vida, la alegría de estar vivos y juntos, en familia.
Si se trata de los Alemanes del Volga, la buena comida, y la buena música decían siempre presente.
En navidad, a las 11 de la noche, invariablemente, todos juntos, a la Misa de Gallo. Por eso, o se cenaba antes, o bien se dejaba la cena para luego de la medianoche. Mucha comida, y de la buena, compartida con los seres queridos. Las mujeres, aprovechando para ponerse al día de las novedades familiares, del vecindario, del pueblo. En largas conversaciones sostenidas en el dialecto alemán, mientras los chicos van y vienen jugando a los juegos más tradicionales. En los hornos de barro, carne con papas que se cuecen despacio y quedan incomparablemente sabrosas, para la tarde y el mate de la mañana, diferentes tortas, como el Dünne Kuche o Kreppel; infaltable, el Füllsen para acompañar las carnes y de postre, Strudel. 
Luego de las comidas, la reunión se prolongaba por muchas horas, sobre todo si alguno de la familia sacaba la verdulera o el bandoneón o el acordeón y se ponía a interpretar algunas polcas, que invitaba a muchos a cantar y a otros tantos a bailar.
La cosecha de trigo, antes, como ahora, estaba a pleno en Navidad. Pero, invariablemente, los brazos descansaban de la labor de campo. Se paraban las máquinas y se dejaba tiempo para el descanso y el reencuentro familiar.
Por supuesto que había árbol de Navidad. Los adornos eran golosinas, y los niños aguardaban impacientes, el permiso para sacar los adornos y comérselos. 
Y en ese marco era cierto que llegaba Papá Noel, trayendo regalos, pero las familias alemanas tenían también otra tradición: hablaban a los niños del Pelznickel o el hombre malo. Vestido de colores oscuros, cara de muy malo, y generalmente llevando cadenas en sus manos, llegaba para castigar por malas conductas o travesuras muy grandes. Los chicos le tenían terror. Escuchaban atentos los ruidos, ante la advertencia de sus familias. Y si escuchaban el ruido de cadenas que arrastraban por los pisos, huían despavoridos para protegerse donde consideraban el lugar más seguro. Juan Hippener recuerda cuando, alguna vez, en su niñez, vio que el Pelznickel levantó bien alto a algún niño para recriminarle que se había portado mal y a exigirle, con un vozarrón que daba pavor, que mejor que el año próximo se portara bien.
Recuerdos de las navidades vividas en los pueblos alemanes, donde siempre había tiempo para compartir en familia y donde no importaban las diferencias entre unos y otros, siempre estaban todos juntos, para celebrar el nacimiento de Jesús.

lunes, 19 de diciembre de 2016

No recuerdo a mi madre sin hacer nada, siempre estaba trabajando

Mamá nos esperaba al regresar de la escuela con una fuente llena de Kreppel espolvoreados con azúcar y una taza de leche. Eran las cinco de la tarde. Después había que ir a encerrar las vacas para ordeñarlas a la mañana siguiente. En ese trabajo, sentados bajo la intemperie de los crudos inviernos de la pampa, también participaban los niños. Mis hermanos y yo. Éramos seis. De entre siete y quince años. Habíamos nacido uno detrás de otro. Mi madre se pasó la vida embarazada y lavando pañales y ropa de bebé cuando yo era niño. Aparte de eso nunca dejó de trabajar en el campo y en la huerta. No recuerdo a mi madre sentada sin hacer nada. La recuerdo siempre trabajando hasta el último día de su vida. Era el ángel guardián de la familia. Ella nunca estaba enferma. Jamás la oí quejarse por nada. Ni siquiera el día que tuvo el accidente, cuando el carro volcó atropellado por un automóvil al subir a la ruta, en 1959 –recuerda Augusto Schamberger.
Desde ese día nada volvió a ser como antes. Creo que recién ahí papá se dio cuenta cuán necesaria era mi madre para que nuestra familia se mantuviera unida y marchara sin problemas de ningún tipo, desde los referidos a los caracteres de cada uno hasta los económicos. Ella velaba por todo y por todos. Cuidaba de la ropa, del dinero, de la salud, de que todos fuéramos a la escuela y a misa. Nunca nos faltó nada. Ni ropa, que ella misma confeccionaba, ni un plato de comida, por más humilde que fuera –acota.
Cuando murió mi madre mi niñez cambio rotundamente. El poco tiempo que tenía libre para jugar lo tuve que dejar de lado para trabajar. Tenía nueve años. Dejé la escuela y me fui a una estancia a ayudar a un peón que trabajaba de mensual. A mis hermanos les pasó lo mismo. Salvo mi hermana, que tenía dieciséis años, que tuve que quedarse con papá, para cocinarle, lavarle la ropa y hacer los trabajos de la casa. Y lo hizo durante toda su vida. Jamás tuvo novio ni se casó. Siempre estuvo atenta a mi padre. Lo cuidó hasta el día que murió, ya viejito. Y ella quedó sola, en la casa de nuestra niñez –remarca.
Crecí y me hice hombre. Me casé. Lentamente me fui alejando de la colonia, de mi hogar paterno, de mis hermanos. Cada vez nos veíamos menos y hoy hace como veinte años o más que no nos hablamos. El tiempo pasa y uno se va poniendo viejo y no se da cuenta. Y hoy extraño aquellos años de mi infancia, aquellos años que pasé en la colonia, junto a mis padres, a mi mamá y a mi papá, esos dos seres hermosos que me dieron todo lo que soy –concluye Augusto Schamberger con un dejo de llanto en la voz.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Una reliquia histórica

En 1897, cuando Pueblo Santa María apenas llevaba diez años de haber sido fundada, los colonos mandaron a construir esta hermosa cruz a Colonia Hinojo, para colocarla sobre la flamante iglesia que estaban levantando. Una vez concluida, fue instalada sobre la misma. La cruz fue bendecida conjuntamente con la consagración de la iglesia, el  8 de septiembre de 1898, día de la Natividad de María Santísima. La cruz mide 5,50 de alto por 3,30 de ancho.

Estuvo erguida sobre la torre de la iglesia durante cincuenta y seis años hasta que, estando como párroco de la comunidad el Rdo. Padre José León Thiel (periodo 12/3/53 al 26/4/1957), se decide ampliar y reformar el templo. Fue así como en 1953 comenzaron los trabajos de demolición de la torre donde estaba colocada. La nueva iglesia fue “reinaugurada” con una solemne ceremoniosa religiosa el 8 de septiembre de 1954; pero la cruz, pese a haber estado durante más de cincuenta años en la torre de la iglesia y ser una herencia cultural legada por los fundadores de la localidad, no volvió a ser puesta en su sitio sino que fue reemplaza por otra.
Fue rescatada por don Alejandro Streitemberger Maier, quien le dio el valor histórico que merecía, y en el mes de octubre de 1977, fue puesta sobre un pedestal que el mismo diseñó, en el que grabó las siguientes palabras: “Homenaje. Esta gran cruz, reliquia excelsa, mandada a construir por nuestros fundadores, estuvo erguida 56 años en lo alto de la torre de nuestra primera iglesia. Construida y bendecida el 8 de septiembre de 1898”.
Es una de las tres cruces frente a las cuales, en los primeros días de noviembre, se rezan las tradicionales rogativas.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Historia de vida de la abuela Clara Weinbender, de 92 años

Sentada a la sombra de una higuera, a pocos metros de la casa dónde reside desde el día en que nació, hace exactamente noventa y dos años, doña Clara Weinbender evoca su pasado. Su mirada recorre la galería, el jardín, el patio y se pierde en la lejanía del fondo, donde se levanta el Nuschnick y se ve el verde de la quinta de verduras. “Aquí jugué a ser mamá con mis amigas y aquí fui mamá de verdad, cuando nació mi primer hijo” –recuerda.
Doña Clara cuenta que de niña tuvo poco tiempo libre para jugar porque en aquellos años todos los niños tenían que ayudar en la casa y en la crianza  de los hermanos, que siempre fueron  muchos. En su caso, trece. Trece hermanos, más ella y sus dos padres: dieciséis personas sentadas alrededor de una mesa para comer.
“Yo empecé a trabajar a los nueve años –revela. A los nueve años mi mamá me mandó a trabajar a casa de una señora que había quedado viuda con un bebé. Yo tenía que cuidar al bebé y lavar la ropa de todos los integrantes de la casa, que eran la viuda, el bebé y tres hijos más. La señora me pagaba un pequeño sueldo, se lo daba a mi mamá, que lo usaba para comprar cosas para alimentar a la familia. Mi mamá  cobró todos mis sueldos en todos los trabajos que tuve mientras permanecí soltera, hasta los veintiún años”.
“A los veintiuno me casé –agrega- y me fui a trabajar al campo, con mi marido. Fueron años duros. Se trabajaba mucho y no se ganaba nada: todo el mundo se aprovechaba de los peones de campo y encima, a las mujeres no se le paga nada, por más que trabajara de igual a igual con el hombre. Yo hice todo tipo de trabajos, cargué bolsas de trigo y ayudé a arar y sembrar. Y tuve ocho hijos. Fueron años muy duros, muy duros –repite doña Clara con un dejo de tristeza en la voz.
“Solamente teníamos permiso para salir del campo cada tres o cuatro meses. Veníamos de visita a la colonia y nos quedábamos aquí, en la casa de mis padres, porque nunca logramos tener nuestra propia vivienda, porque lo que ganábamos  con nuestro trabajo y sacrificio apenas nos alcanzaba para comer y vestirnos” –sostiene.
Y acota: “El resto del tiempo estábamos en el campo, solos, mi marido, mis hijos y yo, trabajando para un patrón que casi no veíamos nunca. Viviendo en un rancho que se caía a pedazos y solamente tenía cocina y una habitación para todos. ¡Pero qué se le va a hacer! ¡No quedaba otra!”.
“Con el tiempo –continúa doña Clara-, yo me vine a casa de mis padres y mi marido se cambió a otro trabajo. Pero siempre de peón rural. Cómo no conseguimos comprarnos una casa, nos quedamos en la casa de mis padres, aquí, dónde nací. Compartíamos la casa de mis padres, una de mis hermanas, con su marido y sus seis hijos, y yo y mi marido y mis hijos, todos juntos”.
“Y la vida fue pasando. También  los sacrificios y los dolores fueron transcurriendo. Mis padres murieron. Mi hermana se mudó a otra ciudad con su familia, buscando mejores condiciones de trabajo y de vida y mis hijos se fueron casando y un día también se me fue mi marido: murió de un ataque al corazón, imprevistamente, durante una fiesta de Navidad, aquí, en esta misma casa. Y me quedé sola. Muy sola. La casa es grande. Solamente uso la cocina y una habitación. ¡Así es la vida! –suspira. “Pero no me quejo: tuve una hermosa familia”.
Doña Clara murió unos meses después de esta entrevista, en la misma casa dónde nació y vivió toda su vida. Sus palabras y sus recuerdos la sobreviven en esta nota.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Historia de un inmigrante

Luego de aproximadamente un mes de viaje, cruzando el inmenso océano Atlántico, soportando tormentas y tempestades y malos tratos de la tripulación, Joseph Melchior descendió del barco, en Buenos Aires, acompañado de su esposa, Dorotea Simon, y sus hijos. Un lugar nuevo y extraño. Un idioma totalmente ajeno. Un puerto que bullía de extranjeros que llegaban escapando del hambre, de la miseria, de las guerras, de las persecuciones raciales y de los prejuicios sociales. Un universo de personas de todas las razas, creencias e ideologías. Un mundo de gente buscando la tierra prometida.
En el bolsillo del saco llevaba las cartas que había intercambiado con familiares que llegaron al país unos años antes como avanzada, fundando colonias y aldeas en la inmensa pampa indómita.  En ellas estaban grabadas para siempre las palabras que viajaron por meses llevando y trayendo noticias. Desde el Volga, acontecimientos cada vez más tristes, más dolorosos y más traumáticos. Desde la Argentina, sucesos cada vez más prometedores y llenos de esperanza.
Solo Joseph Melchior y su familia saben lo que les costó llegar a la estación de trenes de Constitución y obtener sus pasajes, hablando solamente alemán y arrastrando los grandes baúles de madera en los que llevaban todas sus pertenencias. Buenos Aires era una ciudad descomunal para ellos que estaban acostumbrados a vivir en las pequeñas aldeas del Volga. Les producía vértigo moverse entre tantas personas yendo y viniendo desde todos lados y hacia todas partes y ver obras de infraestructura gigantescas jamás imaginadas desarrollándose por doquiera.
Pero llegaron a la estación, compraron los pasajes con dinero que les habían enviado desde la Argentina, y ascendieron al tren. Desde Constitución viajaron varias horas, deteniéndose brevemente en poblados que apenas habían nacido hacía unos años y cruzando hectáreas y hectáreas de campo en los que solamente se veía inmensidad, trigo, vacas y horizonte. Cada vez menos gente a medida que se alegaban de la gran urbe y cada vez menos civilización. Era claro para ellos que todo estaba por hacerse.
Por fin arribaron a destino: Sauce Corto (actualmente ciudad de Coronel Suárez). Los estaban esperando parientes y amigos. Abrazos, alegría y llanto. Todos querían información. Los de aquí querían saber de allá, de los familiares que habían quedado en las aldeas del Volga, y los que llegaban, querían saber de las nuevas colonias que se habían fundado hacía apenas unos años aquí.
Satisfechas momentáneamente las curiosidades, todos ascendieron a los carros, amontonando baúles en los lugares y espacios que encontraron, y partieron rumbo a Kamenka (en el presente pueblo Santa María), donde los esperaban los fundadores de la localidad y una vida nueva.