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viernes, 13 de julio de 2018

Los sábados había que bañarse

Los sábados eran una preparación para el domingo: se ordenaban
los patios, se los barría prolijamente con la escoba confeccionada con ramas de algún árbol, se limpiaba la casa a fondo, y se adobaba la carne para el almuerzo en familia del día siguiente.
Los sábados también era los días del baño y la higiene personal: nadie se salvaba de bañarse en las enormes palanganas llenas de agua calentada en pavas, cacerolas y tarros, en las cocinas a leña alimentadas por Blater (bostas de vaca).
Los domingos se lucían las mejores ropas para asistir a misa. Ropas que enseguida teníamos que quitarnos al regresar a casa, porque solamente poseíamos una muda nueva, que llamábamos “la ropa del domingo”.
(Texto extraído de mi libro “La infancia de los alemanes del Volga”).

Existe un lugar

Existe un lugar
no físico,
sin espacio,
sin tiempo,
donde el alma es libre,
donde no existe el ayer,
ni el mañana,
ni el futuro,
ni el mal,
ni el bien,
ni el sufrimiento,
ni la felicidad.

Existe un lugar,
en el centro del pecho,
donde el alma
se une al universo,
donde nada existe,
pero existe todo,
donde somos lo que somos,
sin límites,
sin ataduras carnales,
sin pecados existenciales,
sin miedos humanos,
sin pánico.

Existe un lugar,
donde habitan los muertos,
los que están,
los que se fueron,
los que no volverán,
los que nos olvidaron,
los que nos esperan,
los que lloran nuestro olvido,
los que ansían nuestro recuerdo,
un lugar solamente nuestro,
donde el alma habla
y el cuerpo escucha.

Existe un lugar
al cual hemos de regresar
para existir.

martes, 10 de julio de 2018

Emigrar a América fue un hermoso y bello sueño

Nunca olvidó la mañana aquella, en que apesadumbrado y triste,
besó a su madre en la frente, estrechó a su padre en un fuerte abrazo, y uno a uno les dijo adiós a sus hermanos, un adiós eterno como los días y como las horas que pasan y no vuelven, como el olvido que sepulta en el pasado hasta el recuerdo más querido y añorado.
Nunca olvidó la mañana aquella en que junto a otros emigrantes trepó al carro y al trote lento de los caballos abandonó la aldea. Mientras en el aire flotaba el ahogado silencio del llanto contenido de las madres, novias, hermanas... y de algunos que, mirando el suelo, no querían despedirse, porque sabían, porque intuían, porque comprendían, que nunca regresarían. Jamás lo lograrían. Nunca volverían a pisar el amado suelo, ni abrazar a los seres queridos que permanecían en el portal de la casa despidiéndolos.
Nunca olvidó la mañana aquella en que se alejó del Volga para siempre. Nunca. A pesar de que los años en la Argentina fueron dulces y prósperos. A pesar de levantar cosecha tras cosecha, de sembrar sueño tras sueño, ideal tras ideal, de construir un hogar, de tener hijos argentinos, nietos... Nada cambió. ¿O sí? Claro que cambió. Cambió su hogar, su terruño, su patria, que ahora se llama Argentina, la tierra de sus hijos, el país de sus descendientes... Todo cambió. Pero no cambiaron sus recuerdos ni su antigua angustia, esa angustia lejana que en madrugadas de insomnio le hace rememorar a sus padres y hermanos, que permanecieron allá lejos, allende el mar, en el Volga, esperando su regreso. Un regreso que esperaron en vano como en vano él esperó poder retornar un día para contarles que su sacrificio valió la pena, que “ir a América” no fue una locura, sino un hermoso y bello sueño.

jueves, 5 de julio de 2018

Se apagó la vida del fotógrafo Armando Schwab

Murió el fotógrafo por excelencia de las colonias, con más de
Fuente: lanuevaradiosuarez.con.ar
cincuenta años de trayectoria. Un profesional y una persona de profundos valores humanos. Honesto. Sincero. Noble. Generoso. Amigo de los amigos. Todos lo vamos a extrañar mucho. Gracias por tu ejemplo de vida, Armando. Gracias por el inmenso legado fotográfico que nos dejaste. Todos lloramos tu partida. Jamás te vamos a olvidar.


Quedarán en el recuerdo de directivos e instituciones del Pueblo San José las proezas deportivas y las miles de fotografías que a lo largo de sus 57 años de trayectoria profesional cosechó Armando Antonio Schwab, el fotógrafo de Pueblo San José, quien falleció hoy a los 76 años de edad.
Su vida detrás de la pelota tuvo al Club Atlético Independiente como bandera pero si hablamos de fotografía, Armando plasmó en imágenes bailes, cumpleaños, bautismos, casamientos, aniversarios y eventos sociales de los tres Pueblos Alemanes, Coronel Suárez, Huanguelén, Pasman, Cura Malal, Colina y La Madrid, entre otros.
El pasado mes de mayo, en oportunidad de la Kerb de Pueblo San José, Armando y su familia tomaron la iniciativa de montar una galería permanente de fotografías históricas como así también exhibir la colección de cámaras de fotografía y video del querido fotógrafo.
La muestra de cámaras fotográficas se montó en la magnífica casona de la Avenida Fundador Eduardo Casey 373, en la que reside la hija del fotógrafo.
Al respecto, en una entrevista con La Nueva Radio Suárez, Armando contó que “Debe haber como 50 cámaras antiguas; las fotos también antiguas. Las cámaras las tenía metidas en una caja, que nunca nadie las pudo ver, ahora las estaré exhibiendo. Quiero que la gente se distraiga un poco con otras cosas diferentes, y publicar un poco lo que tenía guardado y que nunca nadie pudo ver. Van a estar exhibidas cámaras que posiblemente no haya en la Argentina. Entre ellas una de 3D, de más o menos 1890. Cámaras españolas con disco, que aquí no se revelaban y había que mandarlas a otro país para revelar. Van a ver cosas muy lindas que voy a estar explicando a la gente, a medida que llegue”.
Explica Armando Schwab que “el visor en 3D me costó caro conseguirlo, pero igual lo compré. No entiendo cómo se las ingeniaban en esa época para realizar estos inventos. Además, verán cámaras que pocas veces se han visto”.
Cuenta que empezó en la fotografía, “trabajando de ayudante con un fotógrafo que había venido de Miramar. Así empecé a sacar fotos, me daba la cámara y me entusiasmaba con eso. Con el tiempo él se fue, yo me quedé trabajando con esa camarita. Me conseguí una cámara, que había comprado en Casa Marcos, y ahí empecé, en la calle, un poco. Después, a los 20 años, me compré todos los equipos y empecé por mi cuenta. Tenía mucho trabajo, porque no había muchos fotógrafos. He hecho los sábados dos casamientos por noche, ni tiempo para cenar había. Son 57 años. Este año dejé porque se me hacían muy largas las fiestas; empezaba a las 8 de la tarde hasta las 6 de la mañana, y con la edad que tengo, 76 encima. No dejé la fotografía, sino que estoy como un aficionado ahora”, dice Armando, que hace un poco tiempo atrás recorrió los Pueblos Alemanes fotografiando a las casas más antiguas y continúa trabajando en su casa, bajando fotos de celulares, haciendo foto carné y otros trabajos.
Por supuesto, en tantos años de trabajo, sacó fotos en los casamientos de los padres y de los hijos. También en los aniversarios, de bodas de plata y de oro, de quienes los había fotografiado en el momento de su casamiento.
Armando Schwab, que, en los primeros años de trabajo, llegaba con su motito a todos lados, incluido Pasman, Cura Malal y otros lugares, hasta que por fin pudo comprarse una camioneta para llevar decenas de rollos, cámaras y todo el equipamiento, que antes de la digitalización era mucho, para la realización de su labor como fotógrafo.
Descansa en paz, querido Armando. Jamás olvidaremos tu ejemplo. de vida.

miércoles, 4 de julio de 2018

La mañana que le dije adiós a mi aldea

Aquella mañana que me marché de la aldea, abracé a mi madre, que
lloraba desolada, le dije adiós, sabiendo que jamás volvería a verla. Intuí que la Argentina, esa tierra llena de promesas, quedaba demasiado lejos para prometer un regreso.
Le extendí la mano a mi padre, que la tendió temblorosa, mientras una lágrima rodaba, furtiva, por su mejilla.
Mis hermanitos observaban sin entender. Eran demasiado niños todavía para comprender palabras tales como adiós, exilio y desarraigo. Lloraban porque veían llorar y porque sus padres lloraban desconsolados como nunca los habían visto llorar jamás. Percibían la angustia que flotaba en el aire y que se ahondó aún más cuando puse en marcha el carro cargado con mis baúles y los caballos comenzaron a caminar, lentamente, rumbo al Volga, camino del adiós.
Volví la cabeza y mi mirada, por última vez, vio la figura de mi padre y las manos de mi madre agitando su pañuelo mojado de llanto; y a mis hermanitos corriendo detrás de mí, despidiéndome. Los vi parados, sumidos en el dolor, empequeñecidos, derrotados por el destino, hasta que el carro se perdió en la distancia y su imagen se trocó en horizonte vacío, en ayer, un ayer a cada trote más lejano, melancólico y añorado.

martes, 3 de julio de 2018

¡Honor y gloria a nuestros abuelos!

Pantalón remendado. Alpargatas con agujeros. Sucio de tierra. El
hombre va detrás del arado mancera. Es mi abuelo, tu abuelo, nuestro abuelo, el abuelo de todos los alemanes del Volga. Las manos llenas de callos. El rostro curtido. El cuerpo cansado. Pero la mirada es cristalina como el cielo azul en una tarde de verano. Sus ojos irradian esperanza. Transmiten sueños. Miran al futuro. Apuestan al progreso. Creen en el mañana. Tanto como él, que trabaja pensando en un mañana mejor, en ese mañana que, gracias a su sacrificio y entrega, sus descendientes hoy podemos disfrutar. Por eso: ¡Honor y gloria a nuestros abuelos! ¡Honor y gloria a nuestros ancestros!

Dedicado a todos los inmigrantes que arribaron al país a finales del siglo XIX buscando prosperidad personal y terminaron construyendo la Argentina moderna que habitamos.

lunes, 2 de julio de 2018

Gracias por ayudarme a mantener viva nuestra inolvidable niñez

Cada libro editado es una semilla que germina en algún lugar del
planeta. Cada libro, en manos de un lector, es un mundo de enseñanzas que nace. Cada libro es la vida de nuestros antepasados, vida que no muere, porque sigue latiendo en las páginas, en los ojos que leen, en los recuerdos que afloran y en lo que construimos en base a lo que nos enseñaron. Cada libro es la palabra nacida del alma, que como reguero de pólvora enciende la curiosidad, los anhelos, sorpresas, alegrías y orgullo. Cada libro que escribí partió de mi vida con el afán de perpetuar la historia de mis ancestros y gracias a ustedes, queridos lectores, nuestra colectividad es nuestro orgullo. Ese orgullo que nos empuja a saber cada día un poco más, a profundizar nuestra admiración a las generaciones pasadas y a incorporar a nuestra vida el legado que nos han dejado. Gracias a todo esto se agotó mi libro La infancia de los alemanes del Volga. Un libro que rescata la etapa más maravillosa de los que la hemos vivido en las calles de nuestra colonia, en los patios de la escuela y en cada rincón del que nos adueñábamos para soñar el mañana, así como alguna vez lo soñaron nuestros ancestros. Por todo esto, les agradezco una vez más, la difusión de mi libro y por haberlo transformado en un éxito. Y por poder comunicarles, con profunda alegría, que se ha AGOTADO. Gracias. De corazón

domingo, 1 de julio de 2018

Se acuerdan cuando abuela nos tostaba semillas de girasol?

Cuando íbamos de visita a la casa de abuela, ella se tomaba tiempo
para tostar semillas de girasol. Llenaba hasta desbordarla una enorme fuente y la introducía al horno de la cocina a leña. Luego de unos minutos la casa se impregnaba del olor característico del tostado de las semillas. De vez en cuando sacaba la fuente, revolvía su contenido, probaba alguna que otra semilla para comprobar si estaban crocantes y listas para ser comidas.
Una vez tostadas, abuela se sentaba a la mesa, junto a nosotros, sus nietos, que éramos aún muy pequeños para abrir las semillas de girasol con los dientes como hacían las personas mayores, y las pelaba una a una, con suma paciencia, sacando la pepita con los dedos.
Nosotros la mirábamos “trabajar” con ternura, esperando con ansias que el montón de pepitas creciera y abuela dijera: “Bueno… ¡Ahora se las pueden comer!” ¡Y vaya si las comíamos! ¡¡¡Las espolvoreábamos con mucha azúcar, revolvíamos el montón y a comer!!!

viernes, 29 de junio de 2018

La cocina de mamá

Cuando era niño la cocina de mamá olía a cebolla rehogada, a ajo, a
grasa y crepitaba la leña dentro de la cocina a leña, mientras preparaba Kleis, Kraut und Brei, Brotschnitze, Der Kreppel,  detrás de su delantal gris y el cabello recogido en un rodete.  Sus manos sabias se movían con maestría y conocimiento entre la harina y la sal conjugando mágicos ingredientes, sabores y olores para crear los platos más sabrosos que florecían en el centro de nuestra mesa familiar, cuando la familia, unida se reunía a comer. Esas imágenes impregnan nuestra memoria. Son escenas que todos queremos recordar porque cada uno de nosotros las hemos vivido cuando fuimos niños. Llevamos impresa en el alma la sonrisa de mamá al servirnos nuestra comida favorita. El orgullo de papá de saber que su esposa sabía manejar la economía familiar en tiempos difíciles y la felicidad de nosotros , los niños, que en aquel momento no supimos o no quisimos darnos cuenta del mundo mágico en el que vivíamos. Recién nos dimos cuenta cuando ya no lo teníamos. Cuando mamá ya no estaba. Cuando su comida era sólo un recuerdo. Cuando ella misma era un recuerdo en nuestra alma. Por todo ello es que un día empecé a reunir todas las recetas que componen la herencia ancestral de la cocina de nuestras madres en el libro La gastronomía de los alemanes del Volga donde rescato mas de ciento cincuenta recetas tradicionales con sus aromas y sabores.

martes, 19 de junio de 2018

Los inmigrantes

Bajaron del barco. Viajaron en tren. Llegaron a sus colonias.
Levantaron sus casas de adobe. Sencillas y humildes. Ladrillo sobre ladrillo. Esfuerzo sobre esfuerzo. Araron la tierra. La sembraron. Cosecharon. Y la volvieron a arar, sembrar y cosechar. Hicieron todo eso y mucho más. Lo hicieron sin conocer una sola palabra de español.  Hablaban, cantaban y rezaban en alemán. Y la nueva patria y Dios los entendieron y comprendieron. La Argentina los cobijó dándoles la oportunidad de un destino de prosperidad y Dios los protegió llenándoles las almas de gracia y las manos de abundancia.
Con el transcurso de los meses nacieron los hijos. Con los hijos surgió un hogar. Con el hogar una comunidad. Con la comunidad una colonia. Y con la colonia una iglesia, una escuela, herrerías, carpinterías, almacenes de ramos generales. Y con ella la esperanza y con la esperanza el amor y la felicidad.

jueves, 14 de junio de 2018

Travesuras eran las de antes

-Es verdad -confesó el niño. Yo me robé el vino que quedaba en la
botella.
-¿Qué hiciste con medio litro de vino? -preguntó el padre mirándolo a los ojos. ¡Medio litro! -repitió poniendo como testigo del delito a su esposa, que lo apoyaba en la acusación. ¿Quién te creés que somos? A nosotros no nos sobra la plata -agregó. Además robar es un pecado. Dios te va a castigar.
El niño lo miró asustado. Apenas parpadeaba. Su respiración era entrecortada. Las lágrimas estaban próximas a caer.
-¿Dónde está? ¿Dónde lo pusiste? ¿Qué hiciste con el vino? -gritó el padre desabrochándose el cinturón.
El niño bajó la cabeza aterrado. Las lágrimas empezaron a mojar su rostro.
-Se lo di a Fritz -respondió.
-¿A quién? -interrogó el padre incrédulo.
-A Fritz -repitió el niño. Y acotó para que no quedaran dudas: Emborraché al perro.

jueves, 7 de junio de 2018

La utopía

Llegó al país hace muchos años. Llegó con lo puesto y una muda de
ropa en una bolsa que le cosió su madre. Bajó en el puerto de buenos Aires arrastrado por una multitud de inmigrantes que también venían al país escapando de la miseria, el hambre, la angustia y el dolor. Como pudo, se encaramó en el tren que lo transportó, mezclado entre los bultos del correo, hasta Coronel Suárez. De allí, hambriento y sediento, caminó quince kilómetros hasta llegar a pueblo Santa maría.
En su aldea natal dejó una esposa y dos hijos a los que prometió enviar por ellos ni bien lograra afianzarse en esta nueva tierra. Una tierra de la que todos, parientes y amigos que habían emigrado, contaban maravillas. Sobra tierra – escribían-, una tierra fértil y productiva. Pero nadie aclaró jamás que toda esa tierra de la que hablaban ya tenía propietarios. Colonos que arribaron en los años de la colonización y que hoy no estaban dispuestos a ser tan generosos como lo había sido el gobierno argentino con ellos. 
Durante los primeros días encontró amparo en la casa de un primo, que lo albergó en la habitación en la que dormían sus hijos. Pronto se dio cuenta que no podía aceptar indefinidamente tanta generosidad. La economía hogareña del primo distaba mucho de ser buena. Apenas podía calificarse como regular. Trabajaba noche y día, junto a su mujer y los hijos aptos para ayudar, para producir la mayor parte de los alimentos que consumían.
Por lo que, a la segunda semana de haber arribado y luego de adaptarse un poco a la nueva vida, llena de carencias y de angustia por darse cuenta que pasarían muchos meses antes de que pudiera enviar dinero para que también vinieran su esposa y sus hijos, salió a recorrer la zona buscando trabajo.
Lo encontró enseguida. Por doquiera se buscaban  hombres para trabajar. Lo contrató un paisano nacido en su misma aldea allá en el Volga. Un paisano que había prosperado, que ya tenía caballos, vacunos y bovinos de raza y residía en una casa de ladrillos. 
Seis años pasaron. Seis largos años. En todo ese tiempo, no hizo más que trabajar y soñar sueños que, cada día que pasa, le parecen más irrealizables. Sus niños crecieron. Se los imagina yendo a la escuela. Los ve correr por las calles de la aldea junto a otros niños que desconoce. Le duele estar lejos como le duele no poder siquiera regresar. El dinero reunido mediante tanto esfuerzo y sacrificio es escaso.  Día a día llegan más colonos. Sobra la mano de obra y eso hace que los patrones paguen poco. La generosidad solamente parece anidar en el corazón de los humildes. El alma de los que tuvieron suerte de que las cosas les fueran bien, cada día parece endurecerse más. 
Traer a su familia se volvió una utopía tan inalcanzable, como el deseo de regresar junto a ella.

martes, 29 de mayo de 2018

Los recuerdos de nuestra infancia

Una casa de adobe, una bomba de agua, un fuentón de chapa, una
tabla de lavar, un jardín, y allá al fondo, un Nuschnick, un gallinero, una huerta, una vaca lechera, un cerdo esperando la época de la carneada, un galponcito para guardar las herramientas y más al fondo, un patio inmenso. 
Un pueblo habitado por personas sencillas, honestas y trabajadoras, que hablan en alemán, que celebran fiestas tradicionales, que asisten todos los domingos a misa y que todos los días, de sol a sol, trabajan la tierra.
Esa es mi infancia. Esos son mis recuerdos. Nuestros recuerdos. Los recuerdos de todos los descendientes de alemanes del Volga. Los que nos definen y nos dan identidad. Y los que jamás debemos olvidar.

lunes, 28 de mayo de 2018

En el patio de mi casa, en la colonia

En el patio de mi casa, una noche oscura, de Navidad, se presentó el
Pelznickel, agitando su cadena, para hacernos rezar diez Padrenuestros.
En el patio de mi casa, un domingo de Pascua, pasó el conejo a dejar huevitos de colores, en el nido que le preparamos mi hermana y yo, con pasto y zanahorias.
En el patio de mi casa, durante los almuerzos de domingo, toda la familia, incluidos abuelos, nietos y sobrinos, se sentaban a comer alrededor de una inmensa mesa de madera.
En el patio de mi casa, hace ya muchos años, se celebró la fiesta de casamiento de mis padres, con abundante comida, música y alegría por doquiera.
En el patio de mi casa, una tarde de otoño, lloré las amargas lágrimas de mi primer amor.
También, en el patio de mi casa, lloré, con el alma devastada por el desconsuelo, la muerte de mis padres, siendo todavía un niño.

martes, 22 de mayo de 2018

Fuimos una familia feliz

Un plato de comida elaborada con ingredientes austeros
aprovechados con sabiduría y cocinados sobre la cocina a leña a la hora del almuerzo y una taza de mate cocido con pan casero horneado en el horno de barro a la hora de la cena, fueron el alimento cotidiano de muchos niños de la colonia en tiempos de nuestros padres. Era una época en que no sobraba nada y nuestras madres tenían que recurrir al ingenio para preparar todos los días una comida diferente con los mismos ingredientes, producidos mediante un trabajo, esfuerzo y sacrificio, que requería de una voluntad y un amor inquebrantables. La mayoría de esos ingredientes se producían en el amplio fondo que poseían las viviendas, donde nuestros padres criaban todo tipo de aves domésticas, desde gallinas, patos, pavos y un sin fin de variedades plumíferas, engordaban un cerdo para la carneada, tenían una vaca lechera, que les daba leche, manteca y queso, una huerta enorme, que era el punto de partida para elaborar chucrut, pepinos en conserva y varios embutidos más, abundante cantidad de árboles frutales que producían la fruta para cocinar dulces. 
Pero no crean, al leer lo que acabo de contarles, que nuestra infancia fue triste. No. Nuestra infancia no fue triste. Fue humilde, es cierto; pero no triste. Tampoco fuimos pobres. No tuvimos grandes lujos ni podíamos comprarnos las cosas que otras familias adineradas si podían; pero nunca nos faltó un plato de comida ni jamás pasamos hambre. Mamá cocinaba muy rico. Se las ingeniaba para preparar las comidas más sabrosas que pudieran existir. Con un poco de harina, levadura, agua, sal y verduras, se mandaba los Wückel Nudel más ricos del mundo. Mis hermanos y yo terminábamos limpiando el plato untándolo con pan, para no dejar ni rastros del menú. Tanto nos gustaba lo que cocinaba mamá. Por eso repito: fuimos humildes; pero no pobres. Y en nuestra casa nunca faltó la alegría. Mamá hacía las cosas de la casa cantando y papá silbaba a toda hora mientras trabaja la tierra. Fuimos lo que se dice, una familia feliz. 
(Todos estos recuerdos y las recetas inolvidables de nuestra niñez las rescato en mis libros “La gastronomía de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga” y “Lo que el tiempo de llevó de los alemanes del Volga”, que es mi manera de perpetuar en la memoria no solamente a mis padres sino a todos los antepasados de los descendientes de alemanes del Volga).

viernes, 20 de abril de 2018

Mi bisabuelo un día

Descendió del tren en la estación de Coronel Suárez, donde lo
esperaba un familiar. Mi bisabuelo y sus hijos ayudaron a descender y volver a cargar, ahora en carro tirado por dos caballos, los baúles. Cuando terminaron con la tarea y de saludarse efusivamente con el conductor, ascendieron y se sentaron dónde y cómo pudieron.
Emprendieron la marcha conversando animadamente. Mi bisabuelo contando novedades de la aldea que había dejado atrás para siempre y el auriga refiriendo los avances que estaban obteniendo los colonos en el sitio elegido para levantar un nuevo pueblo. El primero hablaba con palabras impregnadas de llanto y el segundo, con una voz  que desbordaba entusiasmo.
Recorrieron un sendero apenas marcado por las huellas de las ruedas de los carros de las personas que se animaban a transitar por esos caminos olvidados, después de que un grupo de colonos se animaran, a fundar un pueblo, no lejos de allí, en el medio de la nada, entre malezas, alimañas y el rumor de aborígenes rondando en el horizonte, tal vez esperando la oscuridad de la noche y la profundidad de la madrugada para atacar y asesinar a todos.
Mi bisabuelo oteó lejos y por fin descubrió un caserío. Unas pocas viviendas de adobe, una enorme cruz de madera, aguardando ser reemplazada por una iglesia, un pequeño cementerio y parcelas de terrenos con flores, huertas y trigo.  
Había llegado a Kamenka, futura Colonia Tres, futuro Pueblo Santa María.

viernes, 6 de abril de 2018

Las inolvidables recetas de mi madre

En la niñez mamá nos mimaba elaborando ricas comidas alemanas. Las preparaba sobre la mesa de madera y las cocinaba en la
cocina a leña. Nuestro hogar estaba impregnado de aromas que la memoria no olvidará jamás. Cuando nos sentábamos a comer mamá servía Kleis, Wückel Nudel, Supp, y a la hora de la merienda Kreppel, Dünne Kuchen, Strudel. Pese a que éramos pobres, nunca nos faltó un plato de comida. Mamá se las ingeniaba siempre para que el magro sueldo de papá, ganado con sudor y honradez, alcanzara para alimentarnos aun en los tiempos más duros, que los hubo y muchos. Recuerdo aquellos años y mis ojos se llenan de lagrimas. Las mismas lágrimas de gratitud, de admiración, de respeto, que me acompañaron a lo largo de los años que transité para dar forma al libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", en el que rescato todas esas recetas que nos alimentaron durante nuestra infancia. Esas inolvidables recetas que cocinaban nuestras madres.

martes, 27 de marzo de 2018

La proeza de doña Sofía

Caminó hacia el gallinero como todas las tardes a recoger los
huevos. Doña Sofía llevaba un  balde y un andar cansino. Nunca se había destacado por tener una excesiva voluntad para el trabajo. Todo lo contrario. Era popular por su ingenio para escabullirse de las situaciones que requerían de la presencia de mujer hacendosas. Por falta de interés, nunca había aprendido a coser ni a bordar. Menos a tejer. Nadie había logrado que permaneciera quieta y atenta por más de diez minutos. Apenas sabía cocinar. Su menú no salía de los guisos, las papas al horno, los fideos hervidos y el arroz apelmasado.
Al llegar al gallinero comenzó a levantar las gallinas de sus nidos para sacarles los huevos que habían puesto. Ofendidas en su fuero más íntimo salían corriendo despavoridas cacareando a los cuatro vientos semejante ultraje. A la protesta, también solían sumársele algún pato llevado por delante por las gallinas u otras compañeras que rondaban por los alrededores.
Todo se desenvolvía conforme a lo habitual, hasta que asomó su cabeza una comadreja que, igual de asustada que las gallinas, no tuvo mejor ocurrencia que saltar sobre la humanidad de la señora.
Tal fue la sorpresa y el susto de doña Sofía, que por primera vez en su vida fue diligente y voluntariosa para llevar a cabo una actividad. Sin pensarlo mucho, arrojó por el aire el balde con los huevos y emprendió una corrida hacia la casa que maravilló al peón que trabajaba no lejos de allí. La mujer vociferaba pedidos de auxilio y la inmediata presencia de su marido.
La comadreja, ofendida por el escándalo y los gritos, se escabulló por los fondos del gallinero, satisfecha con los huevos que había comido.

sábado, 17 de marzo de 2018

El noviazgo en las colonias de antaño

Eusebio, después de mucho insistir, logró que su familia aprobara
su noviazgo con la mujer que amaba. Costó convencerlos que, pese a ser de tez más oscura que todos los habitantes de la comunidad y residir en la ciudad, era un buen hombre. Le llevó más de seis meses de asistir todos los domingos a misa, participar de cuanta procesión religiosa el cura convocara y un sin fin de confesiones y penitencias, hasta que, por fin, pudo convencerlos también de que era un hombre creyente y temeroso de Dios.
Tenía permiso de visitarla los domingos, a la hora del mate. Eso sí, jamás conseguía estar a solas con ella. La madre les cebaba mate. El padre avivaba la conversación y los niños lo miraban de reojo, atentos a los movimientos de sus manos. Las despedidas lo sumían en la angustia y desesperación. Ni una sola oportunidad para expresarle cuánto la amaba, para decirle que nunca la dejaría, que la cuidaría y que juntos tendrían una casa y formarían una familia con muchos hijos. Su boca ardía de deseos de besarla.
Andando los meses, transcurridos tres años, ya aquerenciado en la casa de sus futuros suegros, surgió un nuevo conflicto. Los padres de la novia esperaban a Eusebio con la elección de la fecha de la boda. En tiempo de la arada y la cosecha no. Durante la Cuaresma tampoco. Pascuas no. Y los sábados y domingos menos, son los días dedicados al Señor. La lista continuaba pero Eusebio olvidó el resto la tarde en que se le acabó la paciencia y quiso ponerle puntos sobre las íes a su futuro suegro y éste lo miró, le dijo que lo esperara un momento, se fue a la habitación, y volvió con una escopeta.
Eusebio comprendió en el acto que con el hombre no se jugaba. Que parecía manso pero que de manso no tenía un ápice. Así que bajó los humos y aceptó todo lo que le decían en un sermón interminable, con tal de no perder la posibilidad de continuar visitando a su no novia. 
El noviazgo se prolongó por dos años más. El caballo de Eusebio conocía el camino de memoria. Los domingos a las cuatro, enfilaba solito rumbo a la casa de la familia Suppes.
Un buen día, don Suppes le comunicó que por fin se podía casar con su hija. Había ganado buen dinero en la cosecha y eso lo habilitaba para organizar una fiesta de casamiento como él quería para la boda de sus hijos. Eso sí, primero debía comunicar la boda tres domingos consecutivos durante la misa principal.
El pobre Eusebio ya no opinó. Aceptó compartir en partes iguales los gastos de la fiesta, escuchar una interminable sucesión de consejos del cura para vivir un matrimonio bendecido por Dios, y cumplir con otras obligaciones que olvidó durante los tres días que se prolongó la fiesta de casamiento.

lunes, 5 de marzo de 2018

Un día de escuela en las colonias de antaño

-¿Tres por cuatro?- volvió a a preguntar el maestro.
-15 -respondió la niña en un sonido agudo, casi imperceptible para el oído de sus treinta compañeros de clase que, al igual que ella, temblaban frente a la actitud severa que estaba adquiriendo el rostro del maestro.
- ¿Tres por cuatro?- repitió levantando la voz y el puntero
-¿Nueve?- respondió preguntando la niña.
-¿Acaso sus padres no les enseñan en sus casas?- inquirió el maestro - Siempre la misma burra. Nunca sabe nada. Es un mal ejemplo no solamente para este grado sino también para toda la escuela. Ponga las manos sobre el pupitre con las palmas hacia arriba- ordenó el maestro.
La alumna obedeció.
-¿Tres por cuatro? -inquirió el maestro alzando el puntero.
-¿Dieciocho?- contestó la niña tímidamente.
El ruido del puntero sobresaltó al resto del alumnado que miraba horrorizado.

lunes, 26 de febrero de 2018

El hombre y la lluvia

Lloviznaba. Una llovizna tenue y silenciosa. Los segundos
 redactaban filigranas de olvido sobre el vidrio de la ventana. El tiempo transcurría en la humedad de la tarde, que languidecía hacia la noche. 
Sentado en la penumbra, el hombre miraba hacia la calle. Un hombre avejentado, más anciano de alma que de cuerpo. Mientras miraba, sin ver la calle y sin ver la lluvia, meditaba. Sus ojos celestes semejaban navegar en un océano de llanto, que no se decidía a desbordar las cuencas de sus pupilas.
El sillón hamaca lo arrullaba en la tristeza.
En sus manos sostenía la Biblia que le obsequió su madre la mañana que se despidió de allá para venir a América, con la promesa de regresar para buscarla. La Biblia que en tantas noches de infortunio había leído. La misma Biblia con la que pidió ser sepultado.
Lloviznaba. Una llovizna melancólica. Una lluvia parecida al llanto. Parecida a una promesa incumplida. La misma lluvia que seguramente cae sobre la tumba de su madre, allá en la aldea, allá en el Volga, allá en Rusia. La misma lluvia que seguramente, algún día, caerá sobre su propia tumba.
Y el hombre lo sabe, por eso llora junto con la lluvia.

lunes, 19 de febrero de 2018

La cacerola abollada

-¡Acá está! -gritó Juancito levantando la cacerola abollada como un
trofeo, parado sobre el montículo de basura. Sabía que la había visto tirada por aquí.
-¡Vamos a lavarla! -ordenó a los tres niños que lo acompañaban.
Los cuatro se dirigieron hacia la bomba
-¿Qué van a hacer con eso? - los interceptó el padre de Juancito.
- La vamos a lavar para poner lombrices -respondió Juancito.
-Queremos ir a pescar - agregó el menor de los niños.
-¿No es un poco grande para eso? -objetó el hombre observando la cacerola abollada, sin manija y sucia de barro y restos de desperdicios de cocina.
- ¡No! -contestó convencido Juancito, apurando el paso. Le vamos a poner poca tierra, solamente la suficiente para mantener vivas las lombrices hasta que lleguemos al arroyo. 
El padre meneó la cabeza, sonrió y prosiguió su camino. Tenía demasiadas tareas esperándolo como para interesarse en el destino que le iban a dar los niños a una cacerola arrojada a la basura.
Los niños la lavaron con parsimonia. Raspando cada mancha de suciedad con una piedra. No cejaron hasta que la cacerola lució  limpia. 
Luego marcharon al galpón, tomaron una pala y se dirigieron a la zanja de desagüe de la pileta de la bomba a sacar lombrices.
Juancito clavaba la pala y daba vuelta la tierra embebida en agua mientras los demás niños buscaban y sacaban lombrices para colocarlas dentro de la cacerola, en la que previamente le habían colocado un poco de tierra húmeda.
Después de almorzar tomaron sus cañas, las bolsas de arpillera para traer los peces que seguramente  pensaban pescar y salieron rumbo al arroyo. 
Estuvieron ausentes de la colonia durante toda la tarde.
A la hora de la merienda las madres de los niños dedujeron que lo estarían pasando muy bien porque era raro que no aparecieran. Más aún Juancito, que sabía que su madre lo esperaba con Kreppel.
Los niños llegaron a su destino. Escogieron el lugar más oculto para encender fuego. Juancito había hurtado fósforos. Pedrito un poco de kerosén. Luis y José no aportaron nada, por eso fueron los encargados de juntar leña seca.
Encendida la fogata, procedieron a lavar la cacerola en el arroyo.
Después la llenaron de agua y la pusieron sobre el fuego.
-¡Listo! - exclamó Juancito
-¡Vamos! Sin hacer ruido - ordenó José.
No lejos de allí trabajaba don Agustín cuando descubrió el humo. Refunfuñando empezó a buscar el origen.
- ¡Semejante sequía que hay! -rezongó. Mi maíz está a punto para ser cosechado. El gobierno debería prohibir a los linyeras. ¡Son un peligro!
 Cuando llegó al sitio descubrió una escena que lo dejó perplejo: cuatro niños comiendo choclos hervidos en una cacerola abollada, recién hurtados de su bello maizal.

miércoles, 14 de febrero de 2018

La curiosidad de las adolescentes

-Mi mamá me  contó que a los bebés los trae el arroyo- reveló la
adolescente de 14 años.
-¡Eso es mentira!-interrumpió otra. Nacen de un repollo en la quinta.
-Mi hermana me dijo que vienen del cielo-sostuvo una tercera de 15 años.
El grupo de amigas estaba sentado en ronda, bajo la sombra del nogal, descansando, balde en mano, de la labor de regar la huerta.
Eran cuatro, entre 13 y 16 años. Todas habían visto surgir en sus hogares a muchos hermanos. Todas se enteraron recién cuando escucharon llorar al bebé en la habitación donde se  habían encerrado su madre, que gritaba angustiada, la comadrona para curarla de su ataque de nervios, y varias mujeres con palanganas con agua caliente y toallas.
La adolescente de 16, las observaba escuchando atenta y reflexiva. Necesitaba saber la verdad con urgencia. La apremiaba el tiempo. Iba a casarse dentro de un mes y necesitaba saber de dónde vendrían los hijos que soñaba criar.

martes, 6 de febrero de 2018

Cinco libros sobre la cultura e historia de los alemanes del Volga en Buenos Aires

Cinco libros pensados y creados para rescatar y revalorizar
la historia, infancia, vida social,  tradiciones, costumbres y cultura de los alemanes del Volga. Cinco obras surgidas de la pluma del escritor Julio César Melchior.  Ahora se pueden adquirir en Capital sin pagar envío.  Es una oportunidad que nadie puede dejar de aprovechar.  Para conocer,  profundizar o recordar nuestra historia y cultura. Y si todo esto no fuera suficiente: durante el mes de febrero la entrega en toda Capital será GRATIS! Sin ningún tipo de pago adicional. No pierdan esta ocasión única e irrepetible. Los títulos de los libros son: Historia de los alemanes del Volga, La gastronomía de los alemanes del Volga, Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga, La infancia de los alemanes del Volga y La vida privada de la mujer alemana del Volga. Para mayor información, comunicarse al siguiente correo eletrónico: juliomelchior@hotmail.com.

miércoles, 31 de enero de 2018

Doña Elisa y don Pedro

Doña Elisa tomaba té y don Pedro mate. Sentados frente a frente
, junto a la mesa de la cocina como todas las tardes. Como toda la vida. En silencio. Sin mirarse. Sin verse.
Doña Elisa comía pan casero con manteca y miel. Don Pedro pan de la panadería y chorizo casero obsequio de su hermano Fermín.
Don Pedro se levantó a encender la radio. Doña Elisa hizo una mueca. Se puso a tararear una vieja canción alemana. Don Pedro se fastidió, volvió a levantarse y apagó la radio. Doña Elisa dejó de cantar. Doña Elisa terminó de beber su té, lavó su taza y todos los utensilios que había utilizado. Acto seguido se sentó a tejer junto a la ventana.
Don Pedro comenzó a tomar mate llenando el ambiente de sonidos. Una vez, dos veces, tres veces. Hasta que doña Elisa se cansó y se levantó, colocó el tejido sobre la mesa, y salió al patio.
Don Pedro satisfecho volcó el mate en el tacho de basura, guardó todo lo que había utilizado en sus respectivos lugares, limpió la mesa, y se fue al patio detrás de doña Elisa.

sábado, 20 de enero de 2018

Pequeños ladrones de las colonias de antaño

Don Eusebio de 72 años se sentó junto a la ventana para tomar su mate del atardecer, cuando vio pasar corriendo a dos niños y detrás a su mujer, doña Ester, de 65, agitando el brazo y el rastrillo que llevaba en la mano. 
Don Eusebio se levantó, abrió la ventana y miró hacia la calle. Grande fue su sorpresa. Doña Ester estaba en el piso, despatarrada cuan larga y ancha era, insultando a diestra y siniestra a los niños, a sus padres y a la maestra que los educaba.

Primero se asustó. Luego, al percatarse de que su esposa estaba bien, comenzó a reír estruendosamente. Lo que enfureció más a doña Ester.
Los ladrones habían huido victoriosos, llevándose una sandía de la huerta.

jueves, 18 de enero de 2018

Se viene la tercera Strudel Fest en Pueblo Santa María

El multitudinario evento se llevará a cabo el 3 y 4 de marzo en Pueblo Santa María, ubicado en el Partido de Coronel Suárez, en el sudoeste de la Provincia de Buenos Aires, y contará con una enorme variedad de espectáculos gratuitos. Se desarrollará el concurso denominado “el mejor Strudel de Santa María” y se elaborará un Strudel gigante en vivo. Se anuncia una cena y baile, torneo de Kosser, paseo de artesanos, música y baile tradicional, gastronomía alemana, stand de diferentes productos, exposiciones y mucho más. La comunidad los invita a participar para juntos mantener vivas las tradiciones y costumbres de nuestros ancestros, los alemanes del Volga. A continuación publicamos los afiches con las direcciones de correo electrónico y teléfonos para comunicarse con los organizadores.

viernes, 5 de enero de 2018

140º Aniversario de Colonia Hinojo, la colonia madre de los alemanes del Volga

Colonia Hinojo festejará sus 140 años de historia, este domingo 7 de enero con un variado programa de actividades, que homenajeará a los pioneros que forjaron la colonia y celebrará con danzas alemanas y un gran baile popular junto a toda la comunidad. El programa se iniciará a las 18 horas con una misa y una hora más tarde habrá un homenaje en Fundadores y Servet. Posteriormente los festejos centrales se trasladarán a la Plaza Sarmiento.
Programa: -18:00 hs. Lugar: Monumento a los Pioneros. Misa en acción de de gracias y por los difuntos de Colonia Hinojo, a cargo del párroco Pablo Lodeiro, en inmediaciones al Monumento a los Primeros Pioneros. -19:00 hs. Lugar: Avenida de los Fundadores y Servet. Acto homenaje a la mujer-madre alemana del Volga. Entonación del Himno Nacional Argentino. Lectura del discurso. Descubrimiento y bendición de escultura. -20:30 hs. Lugar: Plaza Sarmiento. Reseña histórica de Colonia Hinojo. Presentación de un tema musical por el cantautor local Juan Carlos Banegas. Entrega distinciones a lugareños. Corte de la torta de cumpleaños. Actuación artistas locales. Presentación del Grupo de Danzas Alemanas. Baile popular con Cristian Braun. Además como parte del programa, se podrá visitar la muestra en el Museo de los Alemanes del Volga “Ariel Chiérico”. Habrá entretenimientos con inflables para niños, artesanos de la localidad y la zona y servicio de cantina.

miércoles, 3 de enero de 2018

Si vas de visita a mi pueblo, diles que los extraño y que jamás los olvidé

Si vas de visita a mi pueblo y recorres sus calles al atardecer, verás familias enteras sentadas en las veredas tomando mate, a la sombra de los árboles, conversando en alemán. Verás a los niños jugar en libertad, sin miedo, corriendo detrás de la pelota. Verás un cielo de estrellas surgir lentamente en el horizonte, con la noche que llega y el día que se va con el sol, cobijada en los brazos de la luna. Verás lugares hermosos, en los que se conjuga el ayer con el hoy. Verás viviendas que se construyeron con el pueblo, en los lejanos años de la fundación. Con techos a dos aguas, corredores largos y amplios, cenefas, bombas de agua, jardines con todo tipo de flores, patios grandes, verdes, huertas, molinos. Una iglesia majestuosa. Una avenida ancha. Ramblas con árboles centenarios.
Si vas de visita a mi pueblo, saluda a mi gente, esa bella gente de alma generosa, manos extendidas, temerosa de Dios, trabajadora, honesta, sacrificada, que nunca baja los brazos. Que jamás deja de creer. Esa gente rubia de ojos claros que descienden de colonos que un día llegaron a esos lares desde las lejanas tierras del Volga, a forjar su ideal en este suelo argentino.
Si vas de visita a mi pueblo, diles que los extraño y que jamás los olvidé. Diles que sueño con volver y descansar junto a ellos. Diles que estoy regresando. Diles que ya reservé mi lugar, junto a mis padres y a mis abuelos, al lado de mis hermanos.
No te olvides de darles mi mensaje. Ellos sabrán comprender. Y echarán a volar las campanas para esperarme y acompañarme en mi último viaje.

Existe un lugar

Existe un lugar
no físico,
sin espacio,
sin tiempo,
donde el alma es libre,
donde no existe el ayer,
ni el mañana,
ni el futuro,
ni el mal,
ni el bien,
ni el sufrimiento,
ni la felicidad.
Existe un lugar,
en el centro del pecho,
donde el alma
se une al universo,
donde nada existe,
pero existe todo,
donde somos lo que somos,
sin límites,
sin ataduras carnales,
sin pecados existenciales,
sin miedos humanos,
sin pánico.
Existe un lugar,
donde habitan los muertos,
los que están,
los que se fueron,
los que no volverán,
los que nos olvidaron,
los que nos esperan,
los que lloran nuestro olvido,
los que ansían nuestro recuerdo,
un lugar solamente nuestro,
donde el alma habla
y el cuerpo escucha.
Existe un lugar
al cual hemos de regresar
para existir.