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miércoles, 7 de noviembre de 2018

Deutsche Sprichwörter (Proverbios alemanes)

Mis libros fueron entregados al alcalde y a los representantes de la ciudad de Schwabach, por el Intendente Municipal de Coronel Suárez, en su viaje oficial a Alemania


El Intendente Municipal, Roberto Palacios, en su viaje oficial a Alemania, para participar de la Segunda Conferencia de Cooperaciones Municipales con América Latina y el Caribe, organizada por Engagement Global, una organización germana que trabaja en el hermanamiento de ciudades de ese país con otras del este continente, llevó como representación de la identidad cultural del distrito, mis libros, que rescatan la historia y cultura de los alemanes del Volga. Un paso gigante, para todos los que trabajamos para visibilizar no solo a los alemanes del Volga de la Argentina sino a los tres pueblos alemanes del distrito de Coronel Suárez. Mis antepasados, y sobre todo mis abuelos, y mi padre, seguramente se sentirán orgullosos de que sus memorias regresen al terruño, del que, hace más de doscientos años, partieron en busca de libertad y de la tierra prometida, que finalmente encontraron en la Argentina.

Los juegos en las colonas de antaño

Los niños juegan a las bolitas en la vereda. Las niñas a las muñecas, en el fondo del patio. Ambos ya saben: los varones tienen derecho a la vida social y las mujeres, la obligación de estar atentas al cuidado del hogar y la crianza de los hijos.
Los varones discuten, se empujan, se abofetean, se trompean, se ensucian, luchan por el espacio que les pertenece por la simple razón de ser hombres. Las nenas sin embargo miman a sus muñecas, las bañan, las visten, las alimentan. Las duermen, aceptan resignadamente y sin siquiera darse cuenta, el papel que la sociedad patriarcal les asigna.
Los juegos perpetúan el modelo. No son tan inofensivos ni tan inocuos como parecen. Y los adultos lo saben.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Nuestros abuelos fueron ejemplo de superación

Los inmigrantes alemanes del Volga hicieron frente a todas las dificultades y las superaron. Y esta vivienda es un claro ejemplo de ello.

jueves, 11 de octubre de 2018

Nuestros abuelos, los inmigrantes

Mi abuelo llegó a la Argentina a los ocho años


Mi abuelo partió de la aldea Kamenka, a los ocho años, junto a su madre y varios hermanos, para arribar a la Argentina y reencontrarse con su padre, que había llegado unos años antes para trabajar, edificar una vivienda y luego mandar a buscarlos a ellos y cumplir con la promesa que había realizado al dejar las orillas del río, para escapar de las hostilidades rusas y el prejuicio, el sufrimiento, la miseria, las muertes por el hambre de seres queridos y amigos.
Aquí se instalaron en Pueblo Santa María, en la que en aquel entonces se conocía como la Matschgasse (Calle de barro), con la idea de continuar desarrollando la profesión de zapatero, que venía llevando a cabo desde hacía muchos años. Para eso había traído consigo sus materiales de trabajo y las maquinarias necesarias para cortar cuero y fabricar zapatos. Y así lo hizo. Sus hijos crecieron. Mi abuelo comenzó a llevar a cabo actividades relacionadas con la iglesia, colaborando con el sacerdote y sus menesteres eclesiásticos. Andando el tiempo se casó y formó su propia familia. Arrendó campo y logró cierta holgura económica. La que se le escurrió de las manos cuando llegó la modernización y los tractores de combustible comenzaron a reemplazar a los caballos. Esto acaeció en su etapa de madurez, por lo que ya no pudo comenzar de nuevo. Fue allí que retomó la profesión de su padre: zapatero. Y por años fue el zapatero de la localidad. Lo fue hasta el día que murió, en el año 1972.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Qué son las fiestas Kerb de los alemanes del Volga

“Las celebraciones de Kerb eran grandiosas y se dividían en dos
partes: la jornada en que se conmemoraba la consagración de la iglesia al santo patrono de la localidad y el fin de semana siguiente en que se realizaban las festividades sociales. Las colonias multiplicaban su cantidad de habitantes porque llegaban familiares de todos los rincones del país. Kerb y Pascua eran las dos únicas dos fechas del año en que toda la familia se reunía alrededor de la mesa paterna. Dábamos gracias a Dios mediante solemnes misas por todo lo que recibíamos en la vida diaria y también nos divertíamos organizando grandes eventos sociales. Era una celebración en la que reinaba la religiosidad más devota y la alegría más espontánea, con música y bailes”.

A medida que la fecha de Kerb se acerca, las acti­vidades dentro de las viviendas y en el pueblo se multiplican por doquiera. Porque las amas de casa, herederas de costumbres que sus abuelas les legaron, llevan a cabo diferentes tareas para acondicionarlas mejor y darles un matiz más acogedor y bello.
Entre estas dife­rentes labores so­bresalen algunas que en sí mismas representan una curiosidad. Como el blanquear las paredes de las viviendas para embellecerlas e imprimirles un matiz más en­trañable y acogedor mediante la utilización de co­lores y texturas que sugieren la obediencia a un canon preestablecido por la tradición: antiguamente, la superficie de muros de las casas de adobe eran blanqueadas con cal viva apa­gada o, mejor aún, con el residuo del carburo cálci­co de los equipos de soldadura autógena. En las paredes interiores se ponía de manifiesto la gran creatividad de las abuelas alemanas del Volga, por­que para hacer más decorativo y alegre el ambien­te se tomaban ovillitos de lana destejida y se las mojaba en agua azul teñida con tintura para la ropa, y se las estam­paba sobre las paredes.
También se limpiaban y acondicionaban las vivien­das que poseían sus ladrillos exteriores a la vista, que pertenecían a familias más acomodadas: los techos de chapa se pintaban de co­lor rojo y las puertas, ventanas y pos­tigos de color verde, por lo que la imagen que ofrecían las colonias desde lejos eran las de unas pequeñas aldeas campesinas, de casitas muy blancas y techos rojos, agrupados como un rebaño a la sombra de la torre de la igle­sia en la ondulante sinfonía de verdes, azules y amarillos de la campiña pampeana en primavera, que hacía recordar a una vieja estampa europea.
Las fiestas de Kerb eran grandiosas y se dividían en dos partes: la jornada en que se conmemoraba la consagración de la iglesia al santo patrono de la localidad y el fin de semana siguiente en que se realizaban las festividades sociales. El día en que la comunidad conmemoraba la consagración de la parroquia al santo patrono se formalizaba una procesión con el santo por las calles de la colonia y posteriormente una misa. Y en el fin de semana siguiente se efectuaba la celebración social, con grandes bailes que organizaban los clubes; partidos de fútbol; extraordinarios espectáculos  que distintas comisiones traían de diferentes lugares del país: como festivales de patín artístico con estrellas de relieve, show de todo tipo, con artistas de renombre,  y mil y una cosas más; multitudinarias quermeses que preparaban las escuelas parroquiales a cargo de las hermanas religiosas; todo era música; banderitas y lamparitas de colores cruzaban el patio de la escuela ornamentándola. Las calles bullían de gente. La familia se congregaba alrededor de la mesa para compartir una suculenta comida, consistente en asado al horno con papas, Fülsen, Strudel, entre otras delicias alemanas que cocinaban nuestras madres. La sobremesa se prolongaba con bulliciosas conversaciones, porque la mayoría de los integrantes de la familia solamente se reencontraban en esa fecha en particular; luego había música, baile, canto; y a la hora de la merienda llegaba el riquísimo Dinne Kuchen acompañado con mate o cerveza. Los lunes eran considerados feriados: por la mañana se iba al cementerio en procesión a rendirle homenaje a los colonos fallecidos, y por la tarde continuaban desarrollándose la kermesse y los demás acontecimientos. En resumen, la fiesta de Kerb, en su faz social, se iniciaba el viernes y concluía el lunes a la noche con un multitudinario baile familiar.

viernes, 31 de agosto de 2018

Se cumplió un nuevo aniversario del holocausto de los alemanes del Volga

El  28 de agosto de 1941 el gobierno ruso promulgó un decreto en
virtud del cual toda la población alemana debía ser deportada hacia Kazajstán y Siberia. Los deportados fueron transportados lentamente en vagones para el ganado hacia Siberia, Asia Central y el alto Norte, pasando el Círculo Polar Ártico. Acusados de espías y agentes nazis, el ejército rojo inició las represiones; miles de personas fueron capturados y fusilados; toda la población fue deportada, arrancados de sus hogares; los cargaron como animales en vagones de carga, incluyendo todo habitante de ascendencia alemana aún los oficiales y soldados del ejército ruso de etnia alemana; los que no fueron fusilados, fueron condenados a trabajos forzados, muchos murieron de hambre y de frío.
Los hombres fueron obligados a realizar trabajos forzados, separados de sus familias por centenas o miles de kilómetros y sometidos a trabajos igualmente forzados. Los guardias soviéticos no se hacían problemas por la gran mortandad entre los trabajadores esclavos: los reemplazaban simplemente por otros nuevos.
Una tragedia que no debemos olvidar jamás. Mantengamos viva la memoria de todos aquellos mártires inocentes. Elevemos una plegaria en su memoria.

Recordando a mamá

Mamá se levantaba bien temprano, generalmente a las cuatro de la
madrugada, para ayudar a papá a ordeñar las vacas. Después encendía el horno de barro que estaba detrás de la casa y comenzaba a amasar el pan del día. Sus manos trabajaban la masa con el palote sobre una mesa de madera curtida, llena de años y de cicatrices. Amanecía y el rocío caía desde el cielo humedeciendo su cabello cano. Tanto en verano como en invierno, con heladas o sin ellas, mi madre siempre se las arregló para tener el pan sobre la mesa a la hora del desayuno. Ese pan rico para untar con manteca y miel y acompañar el chorizo seco, las morcillas y los dulces caseros.
En mi alma de niño todavía la veo a mi madre parada junto a la mesa, en la cocina, cortando rebanadas de pan recién horneadas para su marido y sus hijos; conservo en mi memoria el aroma a café con leche impregnando la casa; y el sol asomando en el horizonte, allá lejos, donde mora Dios.

viernes, 10 de agosto de 2018

El trágico casamiento de la abuela Elisa

Don José llamó a su hija de catorce años a la cocina para
comunicarle que a partir de mañana comenzaba a trabajar en la casa de su compadre don Pedro, cuya esposa estaba embarazada de cinco meses y tenía que guardar cama hasta el día del alumbramiento, lo que la imposibilitaba de alimentar y atender a sus siete hijos.
A la noche, la niña, llamada Elisa, juntó sus poquitas pertenencias y a la mañana siguiente, llorando, se fue a vivir a la casa de don Pedro. Enseguida comenzó a cumplir con sus tareas: cocinar, lavar, planchar, cuidar y vestir a los niños y asistir a la embarazada en lo que le hiciera falta para hacerle más llevaderos los días en cama esperando el alumbramiento de su octavo hijo.
Elisa pasó, sin transición, de jugar a la mamá con su muñeca de arpillera a asumir todas las responsabilidades de un ama de casa.
Pasaron los meses, nació la criatura tan esperada por don Pedro; pero la madre murió en el parto.
Don Pedro quedó devastado, llorando a su esposa, con el bebé en brazos, rodeado de sus siete hijos. Mientras la pequeña Elisa se hacía cargo de todo. Los niños habían aprendido a quererla y si bien lloraban a su madre, se sentían protegidos y cuidados por ella.
Dos meses después de haber sepultado a su esposa, y haber llorado sin consuelo durante días, don Pedro fue a visitar a don José, el padre de Elisa, para pedirla en matrimonio. Don José no lo pensó mucho. Los hijos necesitaban una madre y don Pedro era un buen candidato.
Quince días después,  don Pedro y la pequeña Elisa se casaron. Elisa cumplía quince años y don Pedro había cumplido treinta y uno hacía apenas tres meses.

sábado, 4 de agosto de 2018

Homenaje a mi madre y a todas las madres alemanas del Volga

 Mi madre está presente en mi memoria de niño feliz. Su rostro
surcado de arrugas son pliegues de ternura; sus ojos celestes: cielo de afecto y estrellas de besos; sus manos callosas: cuna de afecto en las que me arrullaba cantando “Tros-Tros-Trillie”. Su regazo: consuelo de mis primeras lágrimas, amparo de mis primeros desencantos. Su alma de infinito amor: lo comprendía todo y lo sabía todo.
Mi mamá está presente en mi memoria de niño feliz. Su casa con cocina a leña, una mesa de madera grande, un banco contra la pared, con aromas a Krepel, Dünne Kuche, Sauerkraut: aromas que perduran en mi mente. Los Wicknudel, los Klees, el Kalach, y mil delicias más que preparaba para los almuerzos y las cenas, para esas comidas de domingo en las que mimaba a sus nietos mientras reía y cantaba: “Wen ich komm,wen ich wider wider komm”, radiante de poseer una familia grande y orgullosa de que todos sus descendientes la amaran.
Mi mamá está presente en mi memoria de niño feliz. Es un ángel que me cuida; un hada madrina que me concede todos los deseos; una estrella que me guía y protege en la vida. Es, fue y será, la persona que me enseñó a ser quién soy y a saber a dónde voy. Es quién me inculcó el valor de ser descendiente de alemán del Volga y sentirme orgulloso de serlo. (Autor: Julio César Melchior)
Para conocer mas a cerca de la sicología, sociedad y el modo de vida de la época de nuestras madres y abuelas les sugiero leer mis libros La vida privada de la mujer alemana del Volga y Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga.

martes, 31 de julio de 2018

Así eran las colonias de nuestros abuelos

Los pájaros trinan en el amanecer, surcando el cielo de la colonia
rubia. Se escucha el pregón del lechero, carnicero, panadero… Las voces de las amas de casa que salen a la vereda a realizar su compra diaria. La algarabía de los niños conversando en alemán. Los ruidos melodiosos que salen de la herrería, carpintería… El silencioso parlotear de la tijera del sastre y el habla cansino del martillo del zapatero. El sacristán echa a volar las campanas de la torre de la iglesia llamando a misa. El sacerdote se apresta en la sacristía. Los monaguillos preparan sus enseres. Las velas del altar arden. Doña Agueda reza el rosario sentada en el primer banco, junto a Doña Ana, ataviadas de negro, las cabezas cubiertas con un pañuelo del mismo color, y las miradas fijas en Jesucristo. En el campo, los hombres labran la tierra bajo un cielo estrellado de gaviotas. Abren surcos en la tierra virgen para sembrar trigo. El trigo que florecerá en espigas de harina, pan y hostias. Y en la inmensidad, los ojos de Dios velando a su pueblo: inmigrantes peregrinos que llegaron de allende el Volga para hacer fructificar el suelo argentino.

viernes, 13 de julio de 2018

Los sábados había que bañarse

Los sábados eran una preparación para el domingo: se ordenaban
los patios, se los barría prolijamente con la escoba confeccionada con ramas de algún árbol, se limpiaba la casa a fondo, y se adobaba la carne para el almuerzo en familia del día siguiente.
Los sábados también era los días del baño y la higiene personal: nadie se salvaba de bañarse en las enormes palanganas llenas de agua calentada en pavas, cacerolas y tarros, en las cocinas a leña alimentadas por Blater (bostas de vaca).
Los domingos se lucían las mejores ropas para asistir a misa. Ropas que enseguida teníamos que quitarnos al regresar a casa, porque solamente poseíamos una muda nueva, que llamábamos “la ropa del domingo”.
(Texto extraído de mi libro “La infancia de los alemanes del Volga”).

Existe un lugar

Existe un lugar
no físico,
sin espacio,
sin tiempo,
donde el alma es libre,
donde no existe el ayer,
ni el mañana,
ni el futuro,
ni el mal,
ni el bien,
ni el sufrimiento,
ni la felicidad.

Existe un lugar,
en el centro del pecho,
donde el alma
se une al universo,
donde nada existe,
pero existe todo,
donde somos lo que somos,
sin límites,
sin ataduras carnales,
sin pecados existenciales,
sin miedos humanos,
sin pánico.

Existe un lugar,
donde habitan los muertos,
los que están,
los que se fueron,
los que no volverán,
los que nos olvidaron,
los que nos esperan,
los que lloran nuestro olvido,
los que ansían nuestro recuerdo,
un lugar solamente nuestro,
donde el alma habla
y el cuerpo escucha.

Existe un lugar
al cual hemos de regresar
para existir.

martes, 10 de julio de 2018

Emigrar a América fue un hermoso y bello sueño

Nunca olvidó la mañana aquella, en que apesadumbrado y triste,
besó a su madre en la frente, estrechó a su padre en un fuerte abrazo, y uno a uno les dijo adiós a sus hermanos, un adiós eterno como los días y como las horas que pasan y no vuelven, como el olvido que sepulta en el pasado hasta el recuerdo más querido y añorado.
Nunca olvidó la mañana aquella en que junto a otros emigrantes trepó al carro y al trote lento de los caballos abandonó la aldea. Mientras en el aire flotaba el ahogado silencio del llanto contenido de las madres, novias, hermanas... y de algunos que, mirando el suelo, no querían despedirse, porque sabían, porque intuían, porque comprendían, que nunca regresarían. Jamás lo lograrían. Nunca volverían a pisar el amado suelo, ni abrazar a los seres queridos que permanecían en el portal de la casa despidiéndolos.
Nunca olvidó la mañana aquella en que se alejó del Volga para siempre. Nunca. A pesar de que los años en la Argentina fueron dulces y prósperos. A pesar de levantar cosecha tras cosecha, de sembrar sueño tras sueño, ideal tras ideal, de construir un hogar, de tener hijos argentinos, nietos... Nada cambió. ¿O sí? Claro que cambió. Cambió su hogar, su terruño, su patria, que ahora se llama Argentina, la tierra de sus hijos, el país de sus descendientes... Todo cambió. Pero no cambiaron sus recuerdos ni su antigua angustia, esa angustia lejana que en madrugadas de insomnio le hace rememorar a sus padres y hermanos, que permanecieron allá lejos, allende el mar, en el Volga, esperando su regreso. Un regreso que esperaron en vano como en vano él esperó poder retornar un día para contarles que su sacrificio valió la pena, que “ir a América” no fue una locura, sino un hermoso y bello sueño.

jueves, 5 de julio de 2018

Se apagó la vida del fotógrafo Armando Schwab

Murió el fotógrafo por excelencia de las colonias, con más de
Fuente: lanuevaradiosuarez.con.ar
cincuenta años de trayectoria. Un profesional y una persona de profundos valores humanos. Honesto. Sincero. Noble. Generoso. Amigo de los amigos. Todos lo vamos a extrañar mucho. Gracias por tu ejemplo de vida, Armando. Gracias por el inmenso legado fotográfico que nos dejaste. Todos lloramos tu partida. Jamás te vamos a olvidar.


Quedarán en el recuerdo de directivos e instituciones del Pueblo San José las proezas deportivas y las miles de fotografías que a lo largo de sus 57 años de trayectoria profesional cosechó Armando Antonio Schwab, el fotógrafo de Pueblo San José, quien falleció hoy a los 76 años de edad.
Su vida detrás de la pelota tuvo al Club Atlético Independiente como bandera pero si hablamos de fotografía, Armando plasmó en imágenes bailes, cumpleaños, bautismos, casamientos, aniversarios y eventos sociales de los tres Pueblos Alemanes, Coronel Suárez, Huanguelén, Pasman, Cura Malal, Colina y La Madrid, entre otros.
El pasado mes de mayo, en oportunidad de la Kerb de Pueblo San José, Armando y su familia tomaron la iniciativa de montar una galería permanente de fotografías históricas como así también exhibir la colección de cámaras de fotografía y video del querido fotógrafo.
La muestra de cámaras fotográficas se montó en la magnífica casona de la Avenida Fundador Eduardo Casey 373, en la que reside la hija del fotógrafo.
Al respecto, en una entrevista con La Nueva Radio Suárez, Armando contó que “Debe haber como 50 cámaras antiguas; las fotos también antiguas. Las cámaras las tenía metidas en una caja, que nunca nadie las pudo ver, ahora las estaré exhibiendo. Quiero que la gente se distraiga un poco con otras cosas diferentes, y publicar un poco lo que tenía guardado y que nunca nadie pudo ver. Van a estar exhibidas cámaras que posiblemente no haya en la Argentina. Entre ellas una de 3D, de más o menos 1890. Cámaras españolas con disco, que aquí no se revelaban y había que mandarlas a otro país para revelar. Van a ver cosas muy lindas que voy a estar explicando a la gente, a medida que llegue”.
Explica Armando Schwab que “el visor en 3D me costó caro conseguirlo, pero igual lo compré. No entiendo cómo se las ingeniaban en esa época para realizar estos inventos. Además, verán cámaras que pocas veces se han visto”.
Cuenta que empezó en la fotografía, “trabajando de ayudante con un fotógrafo que había venido de Miramar. Así empecé a sacar fotos, me daba la cámara y me entusiasmaba con eso. Con el tiempo él se fue, yo me quedé trabajando con esa camarita. Me conseguí una cámara, que había comprado en Casa Marcos, y ahí empecé, en la calle, un poco. Después, a los 20 años, me compré todos los equipos y empecé por mi cuenta. Tenía mucho trabajo, porque no había muchos fotógrafos. He hecho los sábados dos casamientos por noche, ni tiempo para cenar había. Son 57 años. Este año dejé porque se me hacían muy largas las fiestas; empezaba a las 8 de la tarde hasta las 6 de la mañana, y con la edad que tengo, 76 encima. No dejé la fotografía, sino que estoy como un aficionado ahora”, dice Armando, que hace un poco tiempo atrás recorrió los Pueblos Alemanes fotografiando a las casas más antiguas y continúa trabajando en su casa, bajando fotos de celulares, haciendo foto carné y otros trabajos.
Por supuesto, en tantos años de trabajo, sacó fotos en los casamientos de los padres y de los hijos. También en los aniversarios, de bodas de plata y de oro, de quienes los había fotografiado en el momento de su casamiento.
Armando Schwab, que, en los primeros años de trabajo, llegaba con su motito a todos lados, incluido Pasman, Cura Malal y otros lugares, hasta que por fin pudo comprarse una camioneta para llevar decenas de rollos, cámaras y todo el equipamiento, que antes de la digitalización era mucho, para la realización de su labor como fotógrafo.
Descansa en paz, querido Armando. Jamás olvidaremos tu ejemplo. de vida.

miércoles, 4 de julio de 2018

La mañana que le dije adiós a mi aldea

Aquella mañana que me marché de la aldea, abracé a mi madre, que
lloraba desolada, le dije adiós, sabiendo que jamás volvería a verla. Intuí que la Argentina, esa tierra llena de promesas, quedaba demasiado lejos para prometer un regreso.
Le extendí la mano a mi padre, que la tendió temblorosa, mientras una lágrima rodaba, furtiva, por su mejilla.
Mis hermanitos observaban sin entender. Eran demasiado niños todavía para comprender palabras tales como adiós, exilio y desarraigo. Lloraban porque veían llorar y porque sus padres lloraban desconsolados como nunca los habían visto llorar jamás. Percibían la angustia que flotaba en el aire y que se ahondó aún más cuando puse en marcha el carro cargado con mis baúles y los caballos comenzaron a caminar, lentamente, rumbo al Volga, camino del adiós.
Volví la cabeza y mi mirada, por última vez, vio la figura de mi padre y las manos de mi madre agitando su pañuelo mojado de llanto; y a mis hermanitos corriendo detrás de mí, despidiéndome. Los vi parados, sumidos en el dolor, empequeñecidos, derrotados por el destino, hasta que el carro se perdió en la distancia y su imagen se trocó en horizonte vacío, en ayer, un ayer a cada trote más lejano, melancólico y añorado.

martes, 3 de julio de 2018

¡Honor y gloria a nuestros abuelos!

Pantalón remendado. Alpargatas con agujeros. Sucio de tierra. El
hombre va detrás del arado mancera. Es mi abuelo, tu abuelo, nuestro abuelo, el abuelo de todos los alemanes del Volga. Las manos llenas de callos. El rostro curtido. El cuerpo cansado. Pero la mirada es cristalina como el cielo azul en una tarde de verano. Sus ojos irradian esperanza. Transmiten sueños. Miran al futuro. Apuestan al progreso. Creen en el mañana. Tanto como él, que trabaja pensando en un mañana mejor, en ese mañana que, gracias a su sacrificio y entrega, sus descendientes hoy podemos disfrutar. Por eso: ¡Honor y gloria a nuestros abuelos! ¡Honor y gloria a nuestros ancestros!

Dedicado a todos los inmigrantes que arribaron al país a finales del siglo XIX buscando prosperidad personal y terminaron construyendo la Argentina moderna que habitamos.

lunes, 2 de julio de 2018

Gracias por ayudarme a mantener viva nuestra inolvidable niñez

Cada libro editado es una semilla que germina en algún lugar del
planeta. Cada libro, en manos de un lector, es un mundo de enseñanzas que nace. Cada libro es la vida de nuestros antepasados, vida que no muere, porque sigue latiendo en las páginas, en los ojos que leen, en los recuerdos que afloran y en lo que construimos en base a lo que nos enseñaron. Cada libro es la palabra nacida del alma, que como reguero de pólvora enciende la curiosidad, los anhelos, sorpresas, alegrías y orgullo. Cada libro que escribí partió de mi vida con el afán de perpetuar la historia de mis ancestros y gracias a ustedes, queridos lectores, nuestra colectividad es nuestro orgullo. Ese orgullo que nos empuja a saber cada día un poco más, a profundizar nuestra admiración a las generaciones pasadas y a incorporar a nuestra vida el legado que nos han dejado. Gracias a todo esto se agotó mi libro La infancia de los alemanes del Volga. Un libro que rescata la etapa más maravillosa de los que la hemos vivido en las calles de nuestra colonia, en los patios de la escuela y en cada rincón del que nos adueñábamos para soñar el mañana, así como alguna vez lo soñaron nuestros ancestros. Por todo esto, les agradezco una vez más, la difusión de mi libro y por haberlo transformado en un éxito. Y por poder comunicarles, con profunda alegría, que se ha AGOTADO. Gracias. De corazón

domingo, 1 de julio de 2018

Se acuerdan cuando abuela nos tostaba semillas de girasol?

Cuando íbamos de visita a la casa de abuela, ella se tomaba tiempo
para tostar semillas de girasol. Llenaba hasta desbordarla una enorme fuente y la introducía al horno de la cocina a leña. Luego de unos minutos la casa se impregnaba del olor característico del tostado de las semillas. De vez en cuando sacaba la fuente, revolvía su contenido, probaba alguna que otra semilla para comprobar si estaban crocantes y listas para ser comidas.
Una vez tostadas, abuela se sentaba a la mesa, junto a nosotros, sus nietos, que éramos aún muy pequeños para abrir las semillas de girasol con los dientes como hacían las personas mayores, y las pelaba una a una, con suma paciencia, sacando la pepita con los dedos.
Nosotros la mirábamos “trabajar” con ternura, esperando con ansias que el montón de pepitas creciera y abuela dijera: “Bueno… ¡Ahora se las pueden comer!” ¡Y vaya si las comíamos! ¡¡¡Las espolvoreábamos con mucha azúcar, revolvíamos el montón y a comer!!!

viernes, 29 de junio de 2018

La cocina de mamá

Cuando era niño la cocina de mamá olía a cebolla rehogada, a ajo, a
grasa y crepitaba la leña dentro de la cocina a leña, mientras preparaba Kleis, Kraut und Brei, Brotschnitze, Der Kreppel,  detrás de su delantal gris y el cabello recogido en un rodete.  Sus manos sabias se movían con maestría y conocimiento entre la harina y la sal conjugando mágicos ingredientes, sabores y olores para crear los platos más sabrosos que florecían en el centro de nuestra mesa familiar, cuando la familia, unida se reunía a comer. Esas imágenes impregnan nuestra memoria. Son escenas que todos queremos recordar porque cada uno de nosotros las hemos vivido cuando fuimos niños. Llevamos impresa en el alma la sonrisa de mamá al servirnos nuestra comida favorita. El orgullo de papá de saber que su esposa sabía manejar la economía familiar en tiempos difíciles y la felicidad de nosotros , los niños, que en aquel momento no supimos o no quisimos darnos cuenta del mundo mágico en el que vivíamos. Recién nos dimos cuenta cuando ya no lo teníamos. Cuando mamá ya no estaba. Cuando su comida era sólo un recuerdo. Cuando ella misma era un recuerdo en nuestra alma. Por todo ello es que un día empecé a reunir todas las recetas que componen la herencia ancestral de la cocina de nuestras madres en el libro La gastronomía de los alemanes del Volga donde rescato mas de ciento cincuenta recetas tradicionales con sus aromas y sabores.

martes, 19 de junio de 2018

Los inmigrantes

Bajaron del barco. Viajaron en tren. Llegaron a sus colonias.
Levantaron sus casas de adobe. Sencillas y humildes. Ladrillo sobre ladrillo. Esfuerzo sobre esfuerzo. Araron la tierra. La sembraron. Cosecharon. Y la volvieron a arar, sembrar y cosechar. Hicieron todo eso y mucho más. Lo hicieron sin conocer una sola palabra de español.  Hablaban, cantaban y rezaban en alemán. Y la nueva patria y Dios los entendieron y comprendieron. La Argentina los cobijó dándoles la oportunidad de un destino de prosperidad y Dios los protegió llenándoles las almas de gracia y las manos de abundancia.
Con el transcurso de los meses nacieron los hijos. Con los hijos surgió un hogar. Con el hogar una comunidad. Con la comunidad una colonia. Y con la colonia una iglesia, una escuela, herrerías, carpinterías, almacenes de ramos generales. Y con ella la esperanza y con la esperanza el amor y la felicidad.

jueves, 14 de junio de 2018

Travesuras eran las de antes

-Es verdad -confesó el niño. Yo me robé el vino que quedaba en la
botella.
-¿Qué hiciste con medio litro de vino? -preguntó el padre mirándolo a los ojos. ¡Medio litro! -repitió poniendo como testigo del delito a su esposa, que lo apoyaba en la acusación. ¿Quién te creés que somos? A nosotros no nos sobra la plata -agregó. Además robar es un pecado. Dios te va a castigar.
El niño lo miró asustado. Apenas parpadeaba. Su respiración era entrecortada. Las lágrimas estaban próximas a caer.
-¿Dónde está? ¿Dónde lo pusiste? ¿Qué hiciste con el vino? -gritó el padre desabrochándose el cinturón.
El niño bajó la cabeza aterrado. Las lágrimas empezaron a mojar su rostro.
-Se lo di a Fritz -respondió.
-¿A quién? -interrogó el padre incrédulo.
-A Fritz -repitió el niño. Y acotó para que no quedaran dudas: Emborraché al perro.

jueves, 7 de junio de 2018

La utopía

Llegó al país hace muchos años. Llegó con lo puesto y una muda de
ropa en una bolsa que le cosió su madre. Bajó en el puerto de buenos Aires arrastrado por una multitud de inmigrantes que también venían al país escapando de la miseria, el hambre, la angustia y el dolor. Como pudo, se encaramó en el tren que lo transportó, mezclado entre los bultos del correo, hasta Coronel Suárez. De allí, hambriento y sediento, caminó quince kilómetros hasta llegar a pueblo Santa maría.
En su aldea natal dejó una esposa y dos hijos a los que prometió enviar por ellos ni bien lograra afianzarse en esta nueva tierra. Una tierra de la que todos, parientes y amigos que habían emigrado, contaban maravillas. Sobra tierra – escribían-, una tierra fértil y productiva. Pero nadie aclaró jamás que toda esa tierra de la que hablaban ya tenía propietarios. Colonos que arribaron en los años de la colonización y que hoy no estaban dispuestos a ser tan generosos como lo había sido el gobierno argentino con ellos. 
Durante los primeros días encontró amparo en la casa de un primo, que lo albergó en la habitación en la que dormían sus hijos. Pronto se dio cuenta que no podía aceptar indefinidamente tanta generosidad. La economía hogareña del primo distaba mucho de ser buena. Apenas podía calificarse como regular. Trabajaba noche y día, junto a su mujer y los hijos aptos para ayudar, para producir la mayor parte de los alimentos que consumían.
Por lo que, a la segunda semana de haber arribado y luego de adaptarse un poco a la nueva vida, llena de carencias y de angustia por darse cuenta que pasarían muchos meses antes de que pudiera enviar dinero para que también vinieran su esposa y sus hijos, salió a recorrer la zona buscando trabajo.
Lo encontró enseguida. Por doquiera se buscaban  hombres para trabajar. Lo contrató un paisano nacido en su misma aldea allá en el Volga. Un paisano que había prosperado, que ya tenía caballos, vacunos y bovinos de raza y residía en una casa de ladrillos. 
Seis años pasaron. Seis largos años. En todo ese tiempo, no hizo más que trabajar y soñar sueños que, cada día que pasa, le parecen más irrealizables. Sus niños crecieron. Se los imagina yendo a la escuela. Los ve correr por las calles de la aldea junto a otros niños que desconoce. Le duele estar lejos como le duele no poder siquiera regresar. El dinero reunido mediante tanto esfuerzo y sacrificio es escaso.  Día a día llegan más colonos. Sobra la mano de obra y eso hace que los patrones paguen poco. La generosidad solamente parece anidar en el corazón de los humildes. El alma de los que tuvieron suerte de que las cosas les fueran bien, cada día parece endurecerse más. 
Traer a su familia se volvió una utopía tan inalcanzable, como el deseo de regresar junto a ella.

martes, 29 de mayo de 2018

Los recuerdos de nuestra infancia

Una casa de adobe, una bomba de agua, un fuentón de chapa, una
tabla de lavar, un jardín, y allá al fondo, un Nuschnick, un gallinero, una huerta, una vaca lechera, un cerdo esperando la época de la carneada, un galponcito para guardar las herramientas y más al fondo, un patio inmenso. 
Un pueblo habitado por personas sencillas, honestas y trabajadoras, que hablan en alemán, que celebran fiestas tradicionales, que asisten todos los domingos a misa y que todos los días, de sol a sol, trabajan la tierra.
Esa es mi infancia. Esos son mis recuerdos. Nuestros recuerdos. Los recuerdos de todos los descendientes de alemanes del Volga. Los que nos definen y nos dan identidad. Y los que jamás debemos olvidar.

lunes, 28 de mayo de 2018

En el patio de mi casa, en la colonia

En el patio de mi casa, una noche oscura, de Navidad, se presentó el
Pelznickel, agitando su cadena, para hacernos rezar diez Padrenuestros.
En el patio de mi casa, un domingo de Pascua, pasó el conejo a dejar huevitos de colores, en el nido que le preparamos mi hermana y yo, con pasto y zanahorias.
En el patio de mi casa, durante los almuerzos de domingo, toda la familia, incluidos abuelos, nietos y sobrinos, se sentaban a comer alrededor de una inmensa mesa de madera.
En el patio de mi casa, hace ya muchos años, se celebró la fiesta de casamiento de mis padres, con abundante comida, música y alegría por doquiera.
En el patio de mi casa, una tarde de otoño, lloré las amargas lágrimas de mi primer amor.
También, en el patio de mi casa, lloré, con el alma devastada por el desconsuelo, la muerte de mis padres, siendo todavía un niño.

martes, 22 de mayo de 2018

Fuimos una familia feliz

Un plato de comida elaborada con ingredientes austeros
aprovechados con sabiduría y cocinados sobre la cocina a leña a la hora del almuerzo y una taza de mate cocido con pan casero horneado en el horno de barro a la hora de la cena, fueron el alimento cotidiano de muchos niños de la colonia en tiempos de nuestros padres. Era una época en que no sobraba nada y nuestras madres tenían que recurrir al ingenio para preparar todos los días una comida diferente con los mismos ingredientes, producidos mediante un trabajo, esfuerzo y sacrificio, que requería de una voluntad y un amor inquebrantables. La mayoría de esos ingredientes se producían en el amplio fondo que poseían las viviendas, donde nuestros padres criaban todo tipo de aves domésticas, desde gallinas, patos, pavos y un sin fin de variedades plumíferas, engordaban un cerdo para la carneada, tenían una vaca lechera, que les daba leche, manteca y queso, una huerta enorme, que era el punto de partida para elaborar chucrut, pepinos en conserva y varios embutidos más, abundante cantidad de árboles frutales que producían la fruta para cocinar dulces. 
Pero no crean, al leer lo que acabo de contarles, que nuestra infancia fue triste. No. Nuestra infancia no fue triste. Fue humilde, es cierto; pero no triste. Tampoco fuimos pobres. No tuvimos grandes lujos ni podíamos comprarnos las cosas que otras familias adineradas si podían; pero nunca nos faltó un plato de comida ni jamás pasamos hambre. Mamá cocinaba muy rico. Se las ingeniaba para preparar las comidas más sabrosas que pudieran existir. Con un poco de harina, levadura, agua, sal y verduras, se mandaba los Wückel Nudel más ricos del mundo. Mis hermanos y yo terminábamos limpiando el plato untándolo con pan, para no dejar ni rastros del menú. Tanto nos gustaba lo que cocinaba mamá. Por eso repito: fuimos humildes; pero no pobres. Y en nuestra casa nunca faltó la alegría. Mamá hacía las cosas de la casa cantando y papá silbaba a toda hora mientras trabaja la tierra. Fuimos lo que se dice, una familia feliz. 
(Todos estos recuerdos y las recetas inolvidables de nuestra niñez las rescato en mis libros “La gastronomía de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga” y “Lo que el tiempo de llevó de los alemanes del Volga”, que es mi manera de perpetuar en la memoria no solamente a mis padres sino a todos los antepasados de los descendientes de alemanes del Volga).

viernes, 20 de abril de 2018

Mi bisabuelo un día

Descendió del tren en la estación de Coronel Suárez, donde lo
esperaba un familiar. Mi bisabuelo y sus hijos ayudaron a descender y volver a cargar, ahora en carro tirado por dos caballos, los baúles. Cuando terminaron con la tarea y de saludarse efusivamente con el conductor, ascendieron y se sentaron dónde y cómo pudieron.
Emprendieron la marcha conversando animadamente. Mi bisabuelo contando novedades de la aldea que había dejado atrás para siempre y el auriga refiriendo los avances que estaban obteniendo los colonos en el sitio elegido para levantar un nuevo pueblo. El primero hablaba con palabras impregnadas de llanto y el segundo, con una voz  que desbordaba entusiasmo.
Recorrieron un sendero apenas marcado por las huellas de las ruedas de los carros de las personas que se animaban a transitar por esos caminos olvidados, después de que un grupo de colonos se animaran, a fundar un pueblo, no lejos de allí, en el medio de la nada, entre malezas, alimañas y el rumor de aborígenes rondando en el horizonte, tal vez esperando la oscuridad de la noche y la profundidad de la madrugada para atacar y asesinar a todos.
Mi bisabuelo oteó lejos y por fin descubrió un caserío. Unas pocas viviendas de adobe, una enorme cruz de madera, aguardando ser reemplazada por una iglesia, un pequeño cementerio y parcelas de terrenos con flores, huertas y trigo.  
Había llegado a Kamenka, futura Colonia Tres, futuro Pueblo Santa María.

viernes, 6 de abril de 2018

Las inolvidables recetas de mi madre

En la niñez mamá nos mimaba elaborando ricas comidas alemanas. Las preparaba sobre la mesa de madera y las cocinaba en la
cocina a leña. Nuestro hogar estaba impregnado de aromas que la memoria no olvidará jamás. Cuando nos sentábamos a comer mamá servía Kleis, Wückel Nudel, Supp, y a la hora de la merienda Kreppel, Dünne Kuchen, Strudel. Pese a que éramos pobres, nunca nos faltó un plato de comida. Mamá se las ingeniaba siempre para que el magro sueldo de papá, ganado con sudor y honradez, alcanzara para alimentarnos aun en los tiempos más duros, que los hubo y muchos. Recuerdo aquellos años y mis ojos se llenan de lagrimas. Las mismas lágrimas de gratitud, de admiración, de respeto, que me acompañaron a lo largo de los años que transité para dar forma al libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", en el que rescato todas esas recetas que nos alimentaron durante nuestra infancia. Esas inolvidables recetas que cocinaban nuestras madres.

martes, 27 de marzo de 2018

La proeza de doña Sofía

Caminó hacia el gallinero como todas las tardes a recoger los
huevos. Doña Sofía llevaba un  balde y un andar cansino. Nunca se había destacado por tener una excesiva voluntad para el trabajo. Todo lo contrario. Era popular por su ingenio para escabullirse de las situaciones que requerían de la presencia de mujer hacendosas. Por falta de interés, nunca había aprendido a coser ni a bordar. Menos a tejer. Nadie había logrado que permaneciera quieta y atenta por más de diez minutos. Apenas sabía cocinar. Su menú no salía de los guisos, las papas al horno, los fideos hervidos y el arroz apelmasado.
Al llegar al gallinero comenzó a levantar las gallinas de sus nidos para sacarles los huevos que habían puesto. Ofendidas en su fuero más íntimo salían corriendo despavoridas cacareando a los cuatro vientos semejante ultraje. A la protesta, también solían sumársele algún pato llevado por delante por las gallinas u otras compañeras que rondaban por los alrededores.
Todo se desenvolvía conforme a lo habitual, hasta que asomó su cabeza una comadreja que, igual de asustada que las gallinas, no tuvo mejor ocurrencia que saltar sobre la humanidad de la señora.
Tal fue la sorpresa y el susto de doña Sofía, que por primera vez en su vida fue diligente y voluntariosa para llevar a cabo una actividad. Sin pensarlo mucho, arrojó por el aire el balde con los huevos y emprendió una corrida hacia la casa que maravilló al peón que trabajaba no lejos de allí. La mujer vociferaba pedidos de auxilio y la inmediata presencia de su marido.
La comadreja, ofendida por el escándalo y los gritos, se escabulló por los fondos del gallinero, satisfecha con los huevos que había comido.