Rescata

Rescata, revaloriza y difunde la historia, cultura, tradiciones y costumbres de los descendientes de alemanes del Volga, desde hace más de veintiséis años. Autor de diez libros sobre el tema. Correo electrónico: juliomelchior@hotmail.com.

sábado, 4 de julio de 2020

Historia de vida de una abuela alemana del Volga

“Mi papá me contó que vino a la Argentina con sus padres cuando tenía cinco años” revela Rosa Simon, de 90 años. “También me dijo que se acordaba del barco en el que viajaron” –agrega. “Y que vio llorar a su padre el día que sepultaron a su hermana, que murió en un accidente de carro, en el campo, cerca de la colonia”.
“Mi papá me contaba que los comienzos en la colonia fueron muy difíciles y muy duros, que no había nada. Solamente campo y más campo. Que llegaron aquí y enseguida empezar a trabajar y que siempre hicieron lo mismo: trabajar y trabajar. Año tras año. Toda la vida. Mi abuelo murió a los cuarenta y cinco años y mi papá a los cincuenta, muy jóvenes los dos. ¡Y yo llegué a los noventa! ¡Noventa años!” –repite. “¡Parece mentira! ¡No lo puedo creer” –enfatiza.
“Mi papá trabajó siempre en el campo. Me acuerdo que me contaba que al principio no había más que paja vizcachera y malezas. También que todo era pobreza. Que la vida que llevaban era muy humilde. Que no sobraba nada. Siempre fueron pobres. En el campo nunca quieren pagar nada. Cuando yo empecé a trabajar, ya desde muy chiquita, tampoco ganaba nada. Pero había que ayudar a la familia. ¡Cuánta gente rica se aprovechó de nuestra pobreza!” –remarca con dolor.
“Mi hermanito murió a los nueve años de frío. Vivíamos en el campo y estábamos en plena cosecha de maíz, durmiendo bajo los carros, y él se enfermó de gripe y su cuerpo nunca se recuperó. Mis padres nunca lo olvidaron. Sufrieron mucho. ¡Eran tiempos muy duros!” –sentencia.
“Mis padres tuvieron siete hijos en total. Los varones pudieron ir a la escuela pero las mujeres no. Solamente hicimos primer grado. Teníamos que ayudar en la casa” –recuerda.
“Como todas mis hermanas y mis amigas, yo también me casé muy joven. Tuve nueve hijos. Los criamos con mi marido. Tratamos de darles todo lo que pudimos, que no fue mucho. La vida del pobre nunca es fácil” –subraya.
“Recién pudimos comprarnos nuestra casa después de muchos años de casados. Acá nacieron y crecieron mis hijos y acá murió mi marido y acá voy a morir yo. Siempre en la misma casa y siempre en la colonia, mi colonia” –sostuvo Rosa Simon dos años antes de morir, el día que me contó su vida, y un año antes que una de sus hijas se la llevara a vivir con ella, a Bahía Blanca, lejos de su casa y lejos de su colonia. (Recopilación histórica: Julio César Melchior)
Para conocer más sobre las mujeres y las tradiciones de los alemanes del Volga, consulten mis libros "La vida privada de la mujer alemana del Volga" y "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga".

El triste final de la casa de mis bisabuelos

Mis tías, luego de mucho batallar con mi abuela, de ochenta y nueve años, lograron obtener la llave de la casa de mis bisabuelos, cerrada hacía más de veinte años. Para limpiarla –adujeron. Para hacer orden –sostuvieron. Ni lo uno ni lo otro. La verdadera razón de tanto interés repentino por la vivienda en la que habían desarrollado su vida mis bisabuelos, era arrasar con su memoria. Borrarlo todo. Tirar a la basura, quemar, destruir. Abrir todo. Violentar todo. Buscar. Husmear. Encontrar cosas útiles y tirar lo inútil. Que, según ellas, significaba tirar todo, absolutamente todo. Salvo, claro está, dos o tres nimiedades que tuvieran algún valor económico. Ni siquiera se salvaron los retratos de mis bisabuelos. ¿Para qué los querés si no sabés quiénes son? –me reprocharon cuando quise salvarlos. Los vi consumirse en el fuego angustiado. Lo único que remedaba sus facciones, desaparecía para siempre. Era como si nunca hubieran existido.
Mis tías y mis tíos sacaban y sacaban más y más cosas de la casa. Papeles amarillos, ropa, sábanas bordadas, cortinas tejidas a crochet, almohadones de plumas, colchones de lana de oveja… todo iba a parar sobre una gran fogata que ardía en el fondo de la casa. Emanaba humo negro, oscuro. De luto.
Yo era apenas un niño y presencié cómo arrasaron con todo. Destruyeron mis raíces. Mis recuerdos. Me dejaron las manos vacías. Lo que para mí hoy tiene un valor incalculable para ellos no significó nada. Todo les pareció vetusto. Viejo. Desechable. Lo pasado pisado –me dijo una de mis tías al descubrir mi mirada devastada que observaba horrorizado como tío Luis hachaba, haciendo pedazos, un ropero antiguo, una mesa gastada, sillas heredadas de generación en generación.
Era la época en que había que deshacerse de todo vestigio que nos remitiera a nuestro pasado alemán del Volga. Estaba mal visto. Era doloroso soportar como nos trataban. El prejuicio, la discriminación, la ignorancia de los demás, dolían mucho –se disculpó muchos años más tarde una de mis tías, anciana ya, que participó de la quema.
No pararon hasta que la casa estuvo vacía. Solo quedaron las manchas de humedad y los rectángulos oscuros en las paredes, dónde hubo cuadros colgados. Y un eco devastador repitiendo nuestras voces ajenas. Y detrás de ese eco, un silencio de tumba profanada.
-Así está mejor –exclamó satisfecha tía Bárbara, al recorrer la casa pasando revista.
Cumplida la misión decidieron que había llegado el momento de venderla. Todos tenemos nuestras propias casas –adujo tía Clara. ¿Para qué la queremos? ¿Para juntar mugre? –preguntó satisfecha de haber encontrado una excusa que no iba a discutir nadie.
Con tesón inquebrantable fueron horadando la resistencia de abuela. Ella no quería vender. Y era lógico que fuera así. Después de todo era la casa de sus padres, la casa dónde había nacido y había sido feliz. Pero, tanta insistencia, tanto martirizarla diariamente con “la casa se viene abajo”, que abuela terminó accediendo.
Y la vendieron. Y se repartieron el dinero.
Los nuevos propietarios la reformaron. Los que vinieron después también. La modernizaron –dijo tía Marta.
Y así fue como la casa de mis bisabuelos desapareció para siempre. Al igual que todo lo que había dentro. (Autor: Julio César Melchior).

lunes, 29 de junio de 2020

Cada 29 de junio se conmemora un nuevo aniversario de la fundación de la primera aldea alemana a orillas del río Volga

El 29 de junio pero de 1764 se produce uno de los acontecimientos más trascendentes en la epopeya migratoria desarrollada por nuestros ancestros: se funda Dobrinka, la primera aldea erigida a orillas del río Volga por los colonizadores alemanes que dejaron su tierra natal para seguir las promesas escritas en el Manifiesto lanzado un año antes por la zarina Catalina II “La grande”. Fue el inicio de una colonización que marcó y modificó el destino de varias generaciones de familias. Una historia que se redactó teniendo como premisas la resistencia y la fuerza de voluntad de un pueblo, su vocación de trabajo, sus convicciones, su fe en Dios y en sí mismo y su tesón de salir adelante enfrentando todas las dificultades y todos los contratiempos. Fundando aldeas, construyendo iglesias, levantando escuelas, forjando una sociedad y una cultura y sembrando trigo y haciendo surgir un vergel donde solamente había estepa y desolación.
Una historia que luego, más de cien años después, continuaron nuestros abuelos en la Argentina. (Autor: Julio César Melchior).

viernes, 26 de junio de 2020

Las noches de verano de nuestra infancia

La noche comenzaba a vestir de negro el atardecer. Una a una iban asomando las estrellas. En el horizonte surgía la luna, blanca, redonda y hermosa. Y en la calle de tierra de la antigua colonia, los vecinos se iban sentando en la vereda, trayendo sillas y banquitos de madera, a medida que las familias terminaban de cenar. Algunos integrantes traían consigo una fuente de semillas de girasoles recién tostados en la cocina a leña y otros, más allá, llegaban con la pava y el mate. Todos dispuestos a tomar fresco después de soportar una tórrida jornada de verano, calurosa e interminable en quehaceres domésticos y rurales.
Los niños salían en tropel rumbo a los baldíos, frascos en mano, a cazar bichitos de luz. Que eran la mayoría. Mientras otros, un grupo más pequeño, permanecía en la calle, jugando al fútbol con una pelota, que no era otra cosa más que una vieja media rellena de telas y papeles, o jugando a los Koser, la rayuela, la mancha, el huevo podrido, o un sinfín de juegos más.
Al transcurrir las horas, quizás algún anciano se retiraba a buscar su acordeón, para animar la noche con melodías y canciones que había traído consigo en el barco, cuando llegó del Volga.
Se comían girasoles, se tomaba mate, se hablaba en alemán, a veces, alguien compartía algún Dünne Kuche, Strudel o alguna otra torta tradicional que había sobrado el domingo, se contaban chistes, se reía, se cantaba, se era feliz, inmensamente feliz.
Hoy todo eso tal vez nos parece poco. Demasiado poco. Pero si nos ponemos a reflexionar un momento, nos daremos cuenta que era mucho. Que era todo. Que nuestros padres lo tenían todo. Por eso fueron tan felices. Por eso también nosotros, fuimos tan felices durante nuestra infancia. (Autor: Julio César Melchior).
(Para los que deseen leer más sobre el tema, consultar mis libros "La infancia de los alemanes del Volga" y "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga". Para más detalles escribir al siguiente correo electrónico: juliomelchior@hotmail.com).

martes, 23 de junio de 2020

Nunca olvidé mi tierra

De tanto merodear la estación y escuchar relatos de sueños que se cumplían si uno juntaba coraje, hacía las valijas y partía rumbo al progreso, yo también junté valor, armé mis maletas, me subí a un vagón, me senté junto a la ventanilla y partí rumbo a Buenos Aires. De tanto pasar cerca de la colonia, el tren un día me llevó a la ciudad de Buenos Aires. La ciudad que mis ancestros señalaban como el antro de la perdición para los jóvenes y la misma ciudad de la que en todos los lugares huían, yéndose a vivir a sus propias comunidades, las que fundaban, empezando siempre de nuevo, en el medio de la nada.
Y me fui. Sin saber que al partir, no solo dejaba a mi madre en la estación agitando su pañuelo húmedo de llanto y a mi padre mirando el horizonte, serio, adusto y preocupado hasta el final de sus días, sino que también dejaba atrás, en la colonia, mis raíces, sin saber ni comprender que cada día que pasara, iba a olvidar un poco más mi lengua, mis costumbres y mis tradiciones. No por propia decisión, por supuesto que no, sino por la simple razón de que cada jornada que pasara iba a asimilar más y más los hábitos de los habitantes de la ciudad, hasta terminar integrándome plenamente a su estilo de vida. Y de tanto compartir esta nueva cotidianidad iba a terminar asimilándola como propia.
La colonia y su gente se irían diluyendo en el pasado, en un ayer lejano, cada vez más difuso, que sólo la nostalgia, muy de vez en cuando y muy de tarde en tarde en tarde, acompañada de cierta dosis de melancolía, mantendría latente en la memoria. Para recordarme, al escuchar el eco de alguna voz, sentir el aroma de alguna comida, que mi identidad no estaba allí, sino en otro lugar.
La vida pasaría. Los años se sucederían, unos tras otros, vertiginosos. Sin días libres. Corriendo detrás del trabajo y las responsabilidades cotidianas. Primero tras el deseo de tener una casa. Luego una esposa. Después hijos. Luego la familia. Después los nietos. Siempre surgía un objetivo nuevo. Siempre un paso más. Primero un deseo, luego otro y otro y otro. Hasta que llegó la vejez.
Ahora, en mi casa, anciano ya, con mi esposa fallecida, mis hijos casados, me descubro solo. Solo en medio de la ciudad inmensa. Profundamente solo. Solo y a la vez, rodeado de millones de personas. Y se me da por pensar en el pasado, en recordar a mi gente, a mi colonia, a añorar mi terruño. A tratar de recordar las antiguas canciones que cantaba mi padre y a rememorar los antiguos sabores de las comidas que cocinaba mi madre en la cocina a leña. Se me da por sentir una profunda nostalgia. Tan profunda que duele.
Tanto duele que, muchas veces, me surge el hondo deseo de volver a mi pasado, a ese lugar del que nunca debí partir. (Autor: Julio César Melchior).
(Para los que deseen leer más historias, consultar mi libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga).

domingo, 21 de junio de 2020

Carta para mi padre y para todos los padres

Caminás a mi lado en las noches oscuras, cuando mi alma se extravía en tribulaciones, sosteniendo mi mano, para no salirme del camino. Me protegés para que no tropiece y caiga y, si por no escucharte a tiempo, porque sé que a veces soy muy cabeza dura para oír consejos, trastabillo de todos modos, estás ahí para ayudarme y decirme: arriba, vos podés! Como cuando era niño y estabas ahí para enseñarme a caminar solo, apartando los objetos de mi camino para que no me lastimara. Como lo estuviste siempre, papá. En los días de risas, cuando estaban todos, y era sencillo estar, y en los otros, en los tristes, cuando era difícil permanecer y hasta los mejores amigos abandonaban el barco. Vos nunca lo hiciste. Por más dura que fuera la tormenta, nunca me dejaste solo. Jamás!
Y hoy que ya no estás, que te fuiste a descansar junto a Dios, luego de una larga y fructífera existencia, en la que sembraste vastos campos de trigales, trabajando en el campo, y construiste tu casa con tus manos, formaste una familia, tuviste hijos, los educaste con tu ejemplo y los formaste para la vida, me seguís acompañando desde el cielo. Estas presente en mi mirada, en mis actitudes, en mis gestos y en mis pensamientos.
Porque pienso en vos todos los días, no solamente en jornadas especiales como estas. Tu vida, tu obra y tu figura son demasiado inmensas como para reducirlas a una mera fecha festiva marcada en el almanaque. Sos mucho más que un domingo. Mucho más que una misa, mucho más que una visita al cementerio, mucho pero mucho más que todo eso junto, porque fuiste, sos y siempre serás, MI papá. Y por eso vivirás eternamente en mi. (Julio César Melchior).

viernes, 19 de junio de 2020

La abuela le enseña a su nieta a cocinar Kraut und Brei

-En la colonia hay muchas recetas que forman parte de nuestra identidad culinaria y que nos definen como descendientes de alemanes del Volga. Una de ellas es el Kraut und brei, que es un menú compuesto por el puré de papas, la carne de cerdo y el chucrut -leyó Alicia a su abuela, que la escuchaba atentamente.
-Así es! -confirmó la abuela. Antes se cocinaba mucho. Sobre todo en tiempo de las carneadas, cuando se reservaban los huesitos de cerdo con carne. Se los separaba especialmente para preparar el Kraut und Brei. A tu abuelo y a tu papá les encantaba. No importaba la cantidad que hiciera, nunca alcanzaba. Terminaban limpiando la fuente con el pancito.
-Pasa que cocinás muy rico, abuela. A vos todo te sale genial. Nunca nada te sale mal.
-Son años -comentó la abuela sonriendo.
-Y es muy difícil cocinar el Kraut und Brei? -preguntó la nieta.
-No! Para nada. Son muy pocos los ingredientes que se necesitan. Solamente precisás papás para elaborar el puré, huesitos con carne de cerdo, bien condimentados, de manera especial, y chucrut.
-Lo hacés tan fácil, abuela -opinó la nieta. Primero: de dónde sacó chucrut y segundo: de dónde saco huesitos de cerdo de una carneada, y encima, con carne, porque por lo que sé, es en ese momento que se condimentan con ese sabor tan único.
-Tranquila! En la colonia todavía se consigue todo eso. Cómo se nota que ya no vivís acá y que solamente venís de visita. Mucho estudio, mucha capital, mucho novio -bromeó la abuela.
-Podemos comprar todos los ingredientes? Vos me decís dónde venden y yo voy y los compro. Te parece? Y mañana o pasado, cocinamos Kraut und Brei. Sí?
-Sí! También invitamos a tu papá y a tu mamá, para que no se enojen. Y comemos todos juntos. Como en los viejos tiempos, cuando vos eras una niña y almorzábamos todos juntos los domingos acá en casa. Te acordás? Con tu abuelo, tus tíos, tus primos… Que tiempos hermosos -suspiró la abuela, recordando antiguos almuerzos a la par que ya comenzaba a planear todo lo que tenía que comprar para que el plato le saliera rico. Quería que el Kraut und Brei que iba a preparar para su nieta y el almuerzo, fueran inolvidables.
(Para los que deseen elaborar este plato tradicional, pueden consultar mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga").

Recuerdo de las carneadas de antaño, en las que colaboraban toda la familia y los vecinos

Las carneadas para consumo familiar empezaban casi de madrugada, cuando se encendía un gran fuego para calentar el agua que se iba a usar para limpiar el cerdo y todos se aprestaban para la faena preparando, cada uno, sus utensilios, herramientas y elementos de trabajo. La actividad era ocasión propicia para reunir a familiares, amigos y vecinos, que se acercaban a la casa a colaborar, transformando la carneada, que duraba dos o tres días, en un gran encuentro social, con música incluida, y suculentas comilonas. Nadie se negaba a aportar su granito de arena, porque el trabajo era mucho y debía llevarse a cabo durante un fin de semana, para no interferir en las labores rurales. Además, era una costumbre establecida, que todos los que ayudaban, se llevarán como obsequio carne y morcillas y chorizos para probar.
El proceso de la carneada comenzaba varios meses antes, cuando la familia adquiría un lechón, que era criado en el chiquero, que el padre construía en el fondo del patio con maderas y alambre tejido, generalmente en desuso, y era alimentado con las sobras y desperdicios de los alimentos que se consumían en el hogar y, ocasionalmente, se le agregaban cereales o forrajes que se obtenían de algún chacarero conocido.
Cuando el animal alcanzaba la mayoría de edad y el peso deseado, entre los doscientos kilos, un poco más, un poco menos, se tomaba la decisión de sacrificarlo, junto con un vacuno que se compraba para ese menester, para abastecer los sótanos de chorizos y jamones para pasar los crudos y fríos inviernos.
Generalmente la carneada se llevaba a cabo durante un fin de semana, para evitar que la misma interrumpiera el normal desarrollo de las actividades rurales, y participaban no solamente todos los integrantes de la familia sino parientes y vecinos.
El cerdo se degollaba con precisión, insertando el cuchillo en medio de la unión de la cabeza y el cuello, para lograr el desangrado. La sangre se recogía en un recipiente, que se colocaba debajo de la incisión, sin dejar de removerla para evitar que se cuaje. La misma se utilizaba elaborar la morcilla negra o blutwurst.
Una vez muerto el animal, se procedía a colocar el cerdo sobre una mesa para escaldarlo o pelarlo, es decir, quitar con abundante agua hirviendo, raspando con cuchillos y, a veces, la ayuda de otros utensilios, los pelos que recubren la piel hasta dejarla totalmente lisa y limpia.
El paso que seguía es el desposte, que no es otra cosa que descuartizar el cerdo clasificando y separando los diferentes cortes de carne de acuerdo al uso que se le iba a dar, por ejemplo, entre muchos otros, las patas para elaborar el jamón, y buena parte de las vísceras, el hígado, los riñones y diversos elementos de la cabeza del cerdo (como la lengua), que se cocinaban para formar parte de las morcillas, blanca y negra, y el queso de chancho. Porque todo se aprovechaba. Nada se tiraba.
Finalizado el proceso de fragmentación comenzaba el deshuesado (minucioso trabajo de limpieza de los huesos), cortando la carne en trozos pequeños para luego pasarlos por la picadora, condimentarlos en base a una receta que cada familia mantenía en riguroso secreto, y amasarlos con las manos en una enorme batea construía de madera, y empezar a elaborar los chorizos, sin olvidar que también se le agregaba carne de vaca a la preparación con la que se hacían los chorizos para secar, porque conjuntamente con el cerdo, también se carneaba un vacuno.
El armado de los chorizos se llevaba a cabo con tripas (generalmente de vaca) y una máquina que se llama embutidora. Las tripas son de varios metros, estas se cortan para dar el tamaño de rosca o chorizo.
Terminada la faena, los chorizos para secar, la morcilla negra, la morcilla blanca y los jamones, se colgaban del techo de los sótanos o en galponcitos especialmente acondicionados para este menester.
Además de todos estos clásicos embutidos, también se elaboraba Kalra y se derretía grasa, que luego era guardada para preparar la comida a lo largo del año, y los chicharrones obtenidos de su derretido, se incorporaban en el amasado de pan que se horneaba en la cocina a leña o en el horno de barro. Con la grasa, asimismo, se cocinaba jabón para lavar y que, en definitiva, se usaba para todos los quehaceres domésticos.
Lo habitual era que las familias carnearan dos veces al año pero, también había, pocas, es cierto, que lo hacían tres veces al año.
Si bien es cierto que esta costumbre se ha ido perdiendo, también es cierto, que en muchas colonias y aldeas, como en muchos campos, todavía se conserva y de desarrolla tal cual como en los viejos tiempos. (Autor: Julio César Melchior). (Para los que deseen leer más historias y tradiciones, los invito a consultar mi libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga").

Historia de doña María, una abuela alemana del Volga

Doña María cuenta que nació en 1943 en una pequeña casita de adobe y que su madre la trajo al mundo sin la ayuda de ninguna partera ni médico, como era común por aquellos años. La encargada de asistir a todos los partos y ayudar a dar a luz a las mujeres, era la suegra, que a fuerza de presenciar nacimientos había adquirido cierta experiencia. Los bebés nacían en casa y en alguna habitación alejada de los demás niños. A quienes se le decía que el nuevo hermanito había nacido de un repollo en la quinta, que lo había traído la corriente del agua del arroyo o que algún personaje, al pasar, lo había dejado en la casa, al cuidado de la familia.
También cuenta que tuvo doce hermanos y que la casita de adobe en la que nació y vivió hasta que se casó, a los quince años, solamente tenía una cocina y dos habitaciones. Y que el piso era de tierra. Los muebles muy escasos. Que lo más caro e importante que tenían era la cocina a leña. Todos los muebles los fabricó su padre en los tiempos libres que le dejaba el trabajo en el campo. También cuenta que faltaban camas pero que nunca nadie se quejó, que tuvo una infancia feliz. Sostiene que mientras iban naciendo más hijos, los más grandes ya se iban a trabajar a otros campos, con otros patrones, sobre todo los hombres, y las mujeres, generalmente se enviaban a trabajar a la ciudad, de sirvientas. "Antes -acota- los hijos teníamos que empezar a trabajar a los nueve o diez años para ayudar a mantener a toda la familia". Eso hizo que solamente los tres hermanos menores pudieran asistir a la escuela y completar la primaria. Los demás, apenas aprendieron a leer y escribir gracias a que la madre pudo enseñarles los rudimentos básicos para leer la Biblia y rezar.
"Vivíamos humildemente" -reconoce- "pero no éramos pobres porque nunca nos faltó un plato de comida ni tampoco jamás pasamos hambre. Mamá se las ingeniaba con lo que tenía a mano para que todos sus hijos crecieran fuertes y sanos. Ella criaba gallinas, patos, gansos, tenía una quinta de verduras, que todos ayudábamos a regar, y un cerdo siempre listo para la carneada. Se hacía chorizo dos o tres veces al año. Y el dulce casero, la manteca casera, al igual que los quesos y la miel, no faltaban nunca. Mi madre se levantaba a las cuatro de la mañana, junto con mi papá. Amasaba y horneaba el pan diario. Después ya comenzaba la jornada de cada día. Mientras mi padre se iba a arar, mi madre y mis hermanos ordeñaban las vacas".
"Yo empecé a ordeñar a los nueve años. Hacía un frío tremendo. Helara o lloviera, a las vacas había que ordeñarlas, porque de eso dependía no solamente nuestro sustento diario sino el ingreso de un dinero extra, porque el excedente de leche se vendía. Al igual que mamá vendía huevos, gallinas, patos, gansos. Vendía de todo! Nuestra casita estaba casi a las afueras de la colonia, eso permitía a las gallinas vagar libremente. Aunque antes, todo el mundo tenía gallinas y cerdos. A nadie le molestaba. La gente era más comprensiva y más solidaria" -sostiene.
"A la escuela fui solamente hasta segundo grado. En realidad, mucho no me gustaba. Las maestras eran muy severas. Ante cualquier error enseguida recurrían al puntero. A mí una vez me pegaron tanto sobre los dedos que me dolieron durante una semana entera. Encima tenía que fingir para que no se dieran cuenta en casa, porque si no también me hubieran castigado. Antes, el maestro siempre tenía razón. Fue difícil ordeñar con los dedos doloridos. Pero qué iba a hacer?".
"Dejé la escuela y me mandaron a trabajar cama adentro a casa de un matrimonio que tenía diez hijos. Yo tenía que cocinar, lavar y planchar, porque ellos tenían una tienda".
"Allí estuve hasta que me casé. Todavía era muy joven cuando conocí a mi marido. Él era amigo de mis hermanos. Nos gustamos y decidimos casarnos. Nos fuimos juntos a trabajar al campo, al día siguiente de habernos casado. No había dinero para fiesta de casamiento. Sí, tuve mi vestido blanco y una cena familiar en casa de mis padres. Uno de mis tíos tocó el acordeón. Se armó un lindo baile".
"Después fueron naciendo mis seis hijos. Dos pudieron terminar la secundaria. Los otros, lamentablemente, solamente la primaria. Siempre hubo tiempos difíciles. Sobre todo en el campo y para los peones. Cuando nos jubilamos nos vinimos a vivir a la colonia. A la casita que fuimos construyendo con mucho esfuerzo. Y aquí estamos, los dos solitos. Todos mis hijos se casaron e hicieron su vida. Algunos están lejos, otros cerca. Últimamente nos vemos poco. Es difícil que puedan coincidir todos. Así es la vida" -concluye doña María. "Y uno debe tomarla como venga". (Autor: Julio César Melchior). (Para conocer y profundizar el tema los invito a leer mis libros “La vida privada de la mujer alemana del Volga” y “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”).

martes, 16 de junio de 2020

Los inmigrantes alemanes del Volga

Bajaron del barco. Viajaron en tren. Llegaron a sus colonias. Levantaron sus casas de adobe. Sencillas y humildes. Ladrillo sobre ladrillo. Esfuerzo sobre esfuerzo. Araron la tierra. La sembraron. Cosecharon. Y la volvieron a arar, sembrar y cosechar. Hicieron todo eso y mucho más. Lo hicieron sin conocer una sola palabra de español. Hablaban, cantaban y rezaban en alemán. Y la nueva patria y Dios los entendieron y comprendieron. La Argentina los cobijó dándoles la oportunidad de un destino de prosperidad y Dios los protegió llenándoles las almas de gracia y las manos de abundancia.
Con el transcurso de los meses nacieron los hijos. Con los hijos surgió un hogar. Con el hogar una comunidad. Con la comunidad una colonia. Y con la colonia una iglesia, una escuela, herrerías, carpinterías, almacenes de ramos generales. Y con ella la esperanza y con la esperanza el amor y la felicidad.
(Para leer más historias de nuestros ancestros, consultar mi libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga". Para más información, escribir al correo electrónico juliomelchior@hotmail.com).

Los Strudel de la abuela

-Para nosotros en la colonia, existe el Strudel y el gedehnte -explica la abuela Ana, de setenta, a su nieta, Micaela, de veinte. El Strudel se prepara con levadura y tiene una variedad infinita de rellenos: de manzana, zapallo, chucrut, dulce y varios más. Mientras que el gedehnte se hace con masa filo, una masa muy muy finita, casi transparente, que tenés que trabajar con las manos y con delicadeza, para que no se rompa. Y se rellena de manzana o de zapallo.
-Es verdad, abuela. No me acordaba de ese detalle. Hace tanto tiempo que mamá no cocina un gedehnte. De vez cuando hace algún tipo del Strudel de levadura. Pero del otro, hace añares que no hornea uno.
-Y para qué están las abuelas? Me ayudás y preparamos uno juntas para la cena? -preguntó sonriendo la abuela.
-Ahora?
-Sí! Ahora! Andá a la despensa a buscar varias manzanas y empezá a pelarlas que yo voy encendiendo la cocina a leña, para ir calentando el horno.
Así lo hicieron: abuela y nieta prepararon un gedehnte exquisito, para chuparse los dedos.
Las recetas las pueden encontrar en mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga".

viernes, 12 de junio de 2020

Y un día volveré a mi terruño

Y un día, más exactamente un atardecer, cuando las sombras comiencen a cubrir las cosas y los recuerdos sean más reales que la misma realidad, emprenderé el regreso. Me rendiré ante la nostalgia. Me daré por vencido frente a la melancolía. Pesarán más los años del pasado que los del futuro. Me llamará lo vivido y me dirá adiós lo por vivir.
Desandaré el camino de los sueños, transitaré la senda de los reencuentros con familiares que ya se habrán marchado, cansados de tanto esperar, y con viejos amigos, que ya no estarán en la antigua vereda, de la vieja casa, donde una noche le confesé mi amor a mi primera novia.
Tampoco estarán ni la misma escuela, ni las mismas aulas, ni los mismos salones en los que se celebraban los acontecimientos sociales, ni la casita de adobe de mis padres, ni la presencia patriarcal y severa, pero siempre comprensiva y justa, de mi padre, ni las manos tiernas de mi madre, siempre manchadas de harina, echando un leño a la cocina a leña.
Pero aún sabiendo todo eso, sé que un día, al atardecer, cuando las sombras comiencen a cubrir las cosas y los recuerdos sean más reales que la misma realidad, emprenderé el regreso a la colonia, a mi hogar, a mi casa, a mi terruño, a reencontrarme conmigo mismo, para recostarme a dormir el sueño eterno junto a mis padres, mis hermanos, mis familiares y mis viejos amigos. (Autor: Julio César Melchior).

Grandes y tradicionales almuerzos familiares en la casa de la abuela

Era domingo y en la casa de la abuela olía muy rico en la cocina, un aroma a condimentos inundaba el ambiente. Aromas que, seguramente, tenían su origen en las enormes fuentes de carne y papa adobada que estaban sobre la mesa, esperando ser introducidas en la cocina a leña y, transformarse, junto con el Füllsen, en el almuerzo de ese día.
Las nietas, Florencia y Ana, ingresaron a la casa saludando a sus tíos, con sus respectivas esposas y sus hijos. Los hombres las recibieron sentados alrededor de la mesa, saboreando una picada de chorizo casero, jamón, maníes y queso, mientras las mujeres ayudaban a la abuela, en los quehaceres domésticos, que eran muchos, ya que había que terminar de preparar los últimos detalles para un almuerzo para casi treinta personas.
Todos conversaban con todos. En voz alta. Casi gritándose de una punta a la otra de la mesa. El abuelo enseguida les acercó una silla y les cortó un pedazo de chorizo casero a cada una. Les sirvió un vasito de guindado, para que lo probaran. Era de su última cosecha. Estaba orgulloso de ella. No dejaba de repetir que "jamás me salió tan rico como este año".
Abuela les acercó unas masitas de vainilla, que había horneado el día anterior, porque sabía que les gustaban mucho a las dos. Florencia y Ana, no supieron que probar primero. La abuela y el abuelo, las observaban expectantes, esperando su veredicto.
Florencia probó el chorizo, en tanto que Ana las vainillas. No querían que los abuelos se pusieran celosos.
La conversación continuó. El abuelo comenzó a recordar tiempos de su juventud. Los hijos a rememorar travesuras que habían enojado mucho al abuelo. Como el día en que le robaron un atado de cigarrillos y lo fumaron, escondidos en el galpón, que estaba lleno de fardos de alfalfa.
-Cómo no me voy a enojar si Juanito recién tenía siete años y además podían haber desencadenado un incendio -argumentó el abuelo.
-La paliza que nos diste, viejo. Me acuerdo que te sacaste el cinto y nos diste de lo lindo a los cuatro -reprochó riendo Ernesto.
-Imaginate si esos fardos se prendían fuego. Había más de cien fardos para el invierno ahí. Qué le decía al patrón si todo eso se quemaba por culpa de una travesura de mis hijos?" -preguntó el abuelo.
Las nietas escuchaban con atención. Florencia sacó su anotador y comenzó a registrar todo.
-Qué hacés, Florencia? No vale anotar. No queremos aparecer en Crónica TV -bromeó uno de los tíos.
-Es para un trabajo de la escuela -explicó Ana.
El abuelo se quedó en silencio. Era muy desconfiado. No le gustaba andar ventilando su pasado por ahí. En eso se parecía a su padre, que se murió sin contar nada de su infancia. Y eso que le preguntó varias veces si se acordaba algo de su aldea, que dejó allá en el Volga. Pero nunca contó nada. Siempre se quedaba en silencio.
-Las tristezas hay que dejarlas atrás -repetía si uno insistía mucho. Y se iba a caminar.
-Contale la que se mandó el papá de Florencia con el vecino de al lado? Lindo lío armó tu viejo! -río Luis.
-Noooo! Qué va a pensar mi hija de mí! -clamó el padre de Florencia.
-Pobre don Ignacio -suspiró el abuelo.
-Qué pobre don Ignacio ni que ocho cuartos -se quejó Luis. Un viejo hincha que nunca nos dejaba en paz.
-Es verdad! -agregó la abuela. Se quejaba por todo. Mis hijos no podían hacer nada. Vivía quejándose.
-Es que tus hijos eran unos diablillos bárbaros -le espetó a la abuela el abuelo.
-Qué diablillos ni que ocho cuartos. Se quejaba porque gritábamos mucho. Porque jugábamos a las bolitas en su veredas y encima nunca nos devolvía las pelotas que sin querer, pateábamos a su patio.
-Hasta que un día, tu papá se cansó, Florencia.
-Una noche de invierno le desapareció la bomba de agua al vecino. Se levantó y la bomba ya no estaba. Llamó a la policía. Armó un lío bárbaro. Tanto que un montón de gente se juntó en su casa. Dijo que iba a meter preso al ladrón que había osado entrar a su casa y robarle. Gritaba furioso. Dijo que iba a denunciar a todos los vecinos. Que todos teníamos que ir al destacamento a declarar. Que todos íbamos a saber quién era él. Papá tenía un susto bárbaro.
-Y qué pasó? Descubrieron quién la había robado? -preguntó Florencia.
-No pasó nada -siguió contando Luis. El viejo era puro grito. Nada más. Qué poder iba a tener. Después de lo que pasó y se supo quién había robado la bomba, se le cayó la cara de vergüenza. Se sintió burlado. Terminó siendo el comentario de la colonia. Después me dio pena, pobre viejo.
-Pero qué es lo que había pasado? -insistió Florencia.
-¿Querés saber eh? ¿Te intriga no? Ahora te cuento. El robo fue un martes. El sábado a la mañana, día en que mamá lavaba las habitaciones de la casa, encontró la bomba debajo de la cama de tu papá. Sí, Florencia! Tu papá había desarmado la bomba del vecino y se la llevó a casa, para darle un escarmiento. Sólo que después no supo dónde meterla. Y no tuvo mejor idea que esconderla debajo de la cama. Te podés imaginar la que se armó cuando se enteró tu abuelo. Casi lo mata de tantos cintazos que le dio. Y encima tuvieron que ir a devolver la bomba y pedir disculpas. Al abuelo se le caía la cara de vergüenza y tu papá se moría de miedo. Tenía terror de que lo llevaran preso. Se armó un lío bárbaro. Pero todo se calmó enseguida. Porque ni bien se enteró la gente de la colonia, nadie lo pudo creer. Un niño se había burlado del vecino y de la policía de una manera increíble. Justo de él, de don Ignacio, que siempre decía tener tanto poder y ser tan inteligente. Nunca más nos molestó.
-Pobre Ignacio -repitió el abuelo.
Florencia anotaba. Registraba todo.
-Hablando de recuerdos de infancia y del pasado de la colonia, yo traje algo para mostrar -comentó Ana mientras sacaba cuatro libros de su mochila. Los títulos eran: "La gastronomía de los alemanes del Volga", "La infancia de los alemanes del Volga", "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga" y "La vida privada de la mujer alemana del Volga", del escritor Julio César Melchior. Y los comenzó a pasar a sus abuelos y tíos.
-Mirá! El Tros, Tros, Trillie! -gritó una de las nueras, hojeando uno de los libros. También está el Pelznickel! Si le habré tenido miedo al Pelznickel. Una Navidad se quiso llevar a mi hermano porque dijo que me había portado mal durante el año.
-Mirá, la vida de las mujeres -comentó otra de las nueras, pasando las hojas de otro libro. Todo lo que dice acá, me hace acordar a mi abuela, que se casó a los dieciséis y tuvo nueve hijos. Hacía todos los trabajos de la casa y el campo. También me recuerda a mi mamá. Acá cuenta cómo eran educadas las mujeres. Y cómo vivían.
-Cuántos recuerdos -suspiró Luis mirando el libro de recetas. Los Wickel Nudel, los Maultasche, los Kleis… cuántas recetas de comidas que comíamos cuando éramos chicos y estábamos todos juntos. Qué linda época!
El abuelo, emocionado, se retiró a la habitación y regresó con su acordeón.
Mientras todos conversaban con todos, comenzó a tocar una polka. (Autor: Julio César Melchior).

El recuerdo imborrable de la abuela presente en el aroma de unos ricos Kreppel recién elaborados

Andrea está feliz. Casi que salta de alegría. Logró encontrar la misma receta de Kreppel que elaboraba su abuela cuando ella era niña. Cuando tenía diez años e iba a la escuela en la colonia. Ahora tenía treinta y seis, estaba casada, tenía dos hijos, y vivía en Capital Federal. Ya abuela falleció hace ya más de años. Sus padres también habían muerto, hacía cuatro años, en un accidente de autos, en la ruta. Sólo le quedaba un hermano, que vivía en la colonia. Un hermano, una nuera y tres sobrinos.
La receta la encontró en un libro, un libro de gastronomía, que le recomendó una amiga, hace dos o tres meses.
Lo compró porque en la obra se publican más de ciento cincuenta recetas tradicionales de los alemanes del Volga.
Cuando lo empezó a mirar, se fue emocionando, por los recuerdos de su niñez vivida en la colonia y compartida con su abuela y sus padres, y por ver allí, publicada, la misma receta que su abuela tantas veces había elaborado en la mesa de madera de la cocina y freído en grasa, sobre la cocina a leña, solamente para ella y sus primos.
El libro se llama "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior.
Y lo tenía abierto, de par en par, sobre la mesada de su cocina, en la Capital Federal, en la página donde se detallan los ingredientes de la receta de Kreppel.
Y puso manos a la obra.
Tomó un bol y comenzó a preparar la masa. La alisó con un palo de amasar y cortó los rectangulitos, haciendo dos cortes en su centro. Para luego freírlos en aceite. Hubiera preferido grasa, como su abuela, pero no era tan fácil conseguirla en la ciudad de Buenos Aires.
A medida que los iba haciendo, los espolvoreaba con abundante azúcar y los colocaba dentro de una fuente.
Probó uno. Lo saboreó con sumo placer. No estaban tan mal, por ser la primera vez.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Pensaba que su abuela estaría orgullosa de ella, si pudiera verla seguir la tradición familiar.

sábado, 6 de junio de 2020

Palabras en memoria de los antiguos relojes despertadores

Estos relojes estuvieron al lado de las camas o sobre algunos de los aparadores de los hogares de las cocinas durante muchas décadas, marcando, con su tic tac, no solamente el paso de las horas sino también enmarcando el devenir cotidiano de las tareas diarias.
Había hogares en los que había dos, uno en la cocina y otro en la habitación, del lado de la cama en la que se acostaba el dueño de casa, y otro en la cocina, sobre algún mueble, que compartía toda la familia.
En otros hogares solamente había uno, que de día estaba en la cocina y de noche, en la pieza, pasando a cumplir la tarea de reloj despertador. Durante el día prestaba servicios a la ama de casa, que lo usaba para controlar los horarios de la rutina familiar, las comidas, desayunos, cenas y almuerzos y otros menesteres culinarios.
Y finalmente, también había casas de familia, en donde no existía ninguno. Porque este tipo de reloj despertador era un bien caro y, por lo tanto, preciado. Hubo épocas en las que era casi imposible que una familia pudiera pensar en tener aunque más no sea uno. Tal vez, unos pocos, tuvieran la suerte de poder adquirir uno usado.
Los que no tenían reloj, porque no podían adquirirlo, y tampoco poseían el clásico y tradicional reloj de pared, que era considerado una importante herencia familiar, se guiaban con el toque de campanas de la torre de la iglesia, como en los viejos tiempos.
Nuestros abuelos atesoran miles de recuerdos que tienen como protagonistas centrales a estos antiguos relojes despertadores. Todo un símbolo de una época que en la actualidad forma parte de nuestra historia, al igual que todos los momentos extraordinarios que rescato en mi libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga".
Cada uno de estos viejos relojes guarda en sus almas, el recuerdo vivo de sus dueños y de las familias en las casas en las que estuvieron durante años, compartiendo sueños y esperanzas, tristezas y alegrías.
Sepamos ver en ellos el recuerdo de muchos seres queridos que hoy ya no están pero que nos regalaron muchas horas felices de sus vidas y nos llenaron el alma de enseñanzas y ejemplos de vida. (Autor: Julio César Melchior).

miércoles, 27 de mayo de 2020

Los Wickelnudel de la abuela

-Llegaste justito Camila para ayudarme a cocinar Wickelnudel. ¿Me vas a ayudar? -preguntó la abuela a su nieta, que acababa de llegar con la mochila con la que se movía habitualmente de acá para allá, arrastrando libros de estudio.
-Sí! -respondió la nieta entusiasmada. Así aprendo a cocinarlos. Mamá nunca me deja entrar a la cocina cuando está cocinando porque dice que mi función en la casa es estudiar y recibirme.
-¡Y tiene razón! -agrega la abuela. Tenés que estudiar para ser una buena médica.
-Pero las médicas también cocinan -opinó la nieta. O caso las médicas no comen, abuela?
-Sí, Camila, comen; pero tienen empleadas que les preparan la comida.
-Pero yo quiero aprender las recetas alemanas. En las grandes ciudades nadie las sabe cocinar. Y en las colonias, a veces también pasa, porque nuestras madres no nos enseñan a cocinar desde chicas como hicieron ustedes, abuela, con ellas.
-Era otra época, Camila. Tenían que aprender obligadas porque tenían que salir a trabajar desde muy pequeñas. Tu mamá empezó a trabajar a los doce años. Probrecita! Con tu abuelo tuvimos trece hijos y dos fallecidos. Había que alimentar a tanta gente. Hoy las cosas cambiaron: todos tienen solamente uno o dos hijos, entonces todo se vuelve más sencillo. Los pueden mandar a estudiar. Algo imposible para tu madre. Ninguno de tus tíos pudo terminar la primaria. Todos tuvieron que salir a trabajar al campo. Tu abuelo murió muy joven y eso lo hizo todo aún más difícil. Pero dejemos eso, es historia pasada -se interrumpió abuela. Vamos a cocinar Wickelnudel? Sí? Bueno, vos andá preparando unos ricos mates, así no te aburrís mientras mirás.
La nieta obedeció. Fue a la alacena, sacó la yerba, el mate y todo lo necesario para prepararlo.
La abuela limpió la mesa de madera y sobre una tabla de madera empezó a cortar un pequeño corte de carne en trozos, después pico una cebolla, dos zanahorias y tres papas.
-Esto, y algunas cositas más, es para el estofado donde se van a cocinar los Wickelnudel. Ah! También hay que salar y condimentar bien para que la salsita salga rica. Todo esto lo ponemos a rehogar en una olla con unos chorros de aceite, sobre la cocina a leña. Y lo dejamos ahí, revolviendo de vez en cuando.
-Pero, abuela, no estás diciendo las proporciones.¿ Cuánto de carne?¿Cuántas zanahorias?
-Más o menos, medio kilo de carne. Si tenés menos no importa. Hay que saber arreglárselas como lo hacían nuestros antepasados, que siempre les faltaba de todo. Mi madre, a veces, cocinaba Wickelnudel sin carne. Le agregás dos o tres zanahorias. Una o dos cebollas, de acuerdo al tamaño. Eso lo vas a ver a medida que las vas cortando. Algunas papas. Unas pizcas de condimentos. De los que más te gusten, para que tome rico sabor.
-Uh! Pero así es muy difícil, abuela -se quejó la nieta. Cómo voy a saber cuál es la cantidad necesaria de cada cosa, si nunca preparé una salsa en mi vida.
-Ya vas a aprender -Camila. Ya vas a aprender. Paciencia.
Camila no estaba tan convencida. La abuela se desenvolvía con tanta seguridad.
-Ahora a preparar la masa -exclamó la abuela.
-Sí! -los Wickelnudel!
La abuela limpió bien la mesa, primero con un trapo húmedo y luego seco. Espolvoreó un poco de harina y mientras elaboraba la masa, explicaba:
-Arrojás un montoncito de harina bastante generoso. Le agregás levadura. Una pizca de sal. Uno o dos huevos. Un poco de leche. Unís todo y amasás. Una vez que tenés una masa homogénea la ponés sobre la mesa y la aplanás con el palo de amasar. La enrollás. La untás con aceite. Y la cortas en rollitos de unos cinco centímetros, más o menos. Y finalmente, la dejás reposar durante un rato.
-Me quedó reclara -comentó la nieta con una sonrisa de joven para nada conforme con la explicación. Es imposible que yo haga eso. Uno o dos huevos, tres o cuatro cebollas, más o menos un kilo de harina y no sé qué más!
-No! Un kilo no! -corrigió la abuela. Es demasiado.
-Y después? -preguntó la nieta.
-Paciencia, Camila. En la cocina todo se hace con mucha paciencia y tiempo, para que las cosas salgan ricas. Pero te cuento: después de que hayan pasado unos minutos, colocamos los Wickelnudel sobre la salsa de carne y verduras que preparamos en la olla, que no tiene que ser muy líquido porque la masa se tiene que cocinar al vapor. Si es muy líquido tenés que retirarle un poco de jugo. Colocás los Wickelnudel y los tapás. Se cocina sin quitar la tapa de la cacerola a fuego muy bajo.
-Parece tan fácil cuando te miro mientras los preparás y, sin embargo, es tan difícil. No a todo el mundo le salen los Wickelnudel tan ricos como a vos. Quedé mareada con todo lo que hiciste. Es un lío las cantidades y las proporciones.
-No te preocupes -la consoló la abuela y fue a la pieza a buscar un regalito envuelto en papel de librería.
Qué raro! -pensó la nieta. La abuela yendo a una librería. Justamente ella, que solamente leía la Biblia y, de vez en cuando, algún diario local que le prestaba la vecina. Ella prefería la radio como soporte informativo. Allí también se enteraba quién fallecía en el pueblo.
-Es para vos -dijo sonriente la abuela.
-Para mí? -preguntó desconcertada la nieta.
-Sí, Camila. Abrilo. Hay que romper el papel porque trae suerte. No te olvides.
Así lo hizo la nieta. Y descubrió el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior.
La nieta lo ojeó. Sus ojos se iluminaron. Abrazó a su abuela fuerte, muy fuerte, estampando un beso sonoro en la mejilla.
-Es para que aprendas a cocinar nuestras recetas. Hay más de ciento cincuenta. Explicadas paso a paso. Es un muy buen libro, que rescata nuestras comidas. Te va a encantar.
-Gracias! Gracias! Gracias! Sos un amor, abuela! Estás en todos los detalles.
La abuela emocionada empezó a limpiar la mesa, para que su nieta no se diera cuenta que estaba a punto de llorar de alegría. (Autor: Julio César Melchior).

El abuelo les cuenta a sus nietos que tuvo una infancia muy feliz

-Abuelo, cómo fue tu infancia? -pregunta su nieto Mauro, sentado a su lado, comiendo galletitas de chocolate rellenas. Mamá siempre me cuenta que cuando ustedes eran chicos no había nada, solamente pobreza.
-No!, Mauro -contestó el abuelo. Éramos humildes, es verdad, pero no pobres. Nunca nos faltó un plato de comida ni tampoco nos faltó ropa para vestirnos decentemente. La abuela se las ingeniaba para cocinar rico con lo que había y ella misma cosía la ropa para todos. La comida elaborada con ingredientes austeros, es verdad, pero esos ingredientes eran aprovechados con sabiduría y cocinados sobre la cocina a leña, que buscábamos en el arroyo. "También comíamos pan casero horneado en el horno de barro. Era una época en que no sobraba nada y nuestras madres tenían que recurrir al ingenio para preparar todos los días una comida diferente con los mismos ingredientes, producidos mediante un trabajo, esfuerzo y sacrificio, que requería de una voluntad y un amor inquebrantables -continuó contando el abuelo.
"La mayoría de esos ingredientes -agregó-, se producían en el amplio fondo que poseían las viviendas, donde nuestros padres criaban todo tipo de aves domésticas, desde gallinas, patos, pavos y un sin fin de variedades plumíferas. Engordaban un cerdo para la carneada, tenían una vaca lechera, que les daba leche, manteca y queso, una huerta enorme, que era el punto de partida para elaborar chucrut, pepinos en conserva y varios embutidos más, abundante cantidad de árboles frutales que producían la fruta para cocinar dulces.
"Pero no crean, al escuchar esto, que nuestra infancia fue triste. No. Nuestra infancia no fue triste. Fue humilde, es cierto; pero no triste. Tampoco fuimos pobres. No tuvimos grandes lujos ni podíamos comprarnos las cosas que otras familias adineradas si podían; pero nunca nos faltó un plato de comida ni jamás pasamos hambre. Mamá cocinaba muy rico. Se las ingeniaba para preparar las comidas más sabrosas que pudieran existir. Con un poco de harina, levadura, agua, sal y verduras, se mandaba los Wückel Nudel más ricos del mundo. Mis hermanos y yo terminábamos limpiando el plato untándolo con pan, para no dejar ni rastros del menú. "Tanto nos gustaba lo que cocinaba mamá. Por eso repito: fuimos humildes; pero no pobres. Y en nuestra casa nunca faltó la alegría. Mamá hacía las cosas de la casa cantando y papá silbaba a toda hora mientras trabaja la tierra. Fuimos lo que se dice, una familia feliz" -remarcó el abuelo, orgulloso de pasado, mientras sus nietos Ruben y Mauro, que lo escuchan con mucha atención, miraban de reojo el celular, sin perderse un detalle de los mensajes que iban ingresando vía WhatsApp.
Ruben tenía doce años y Mauro había cumplido quince. Mientras su otra nieta, sentada un poco más lejos, tenía veinte, y se llamaba Lucía.
-Me gusta escucharte, abuelo -dijo Lucía sentándose más cerca del abuelo. Es tan lindo saber de cómo era la vida de ustedes. Mamá cuenta poco. Siempre se queja de que había mucha pobreza. Que no vale la pena recordar cosas tristes. Por eso yo estoy leyendo los libros "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga" y "La infancia de los alemanes del Volga", de Julio César Melchior. Son muy buenos libros. Leyendo me estoy enterando de muchas cosas, abuelo.
El abuelo suspiró contento y orgulloso. Al menos uno de sus nietos se interesaba en su pasado. Porque lo que eran Rubén y Mauro, ya estaban en otra cosa, chateando con sus amigos virtuales, mirando la pantallita del celular. (Autor: Julio César Melchior).

sábado, 23 de mayo de 2020

La sorpresa de la abuela

-Abuela, quiero hacer una pregunta: quién te enseñó a hacer los Kreppel? -preguntó Martina a su abuela, de ochenta y nueve años, sentada junto a la mesa, destejiendo un pulover de su hijo mayor, que aún vivía con ella. Un hijo que no se había casado, un poco por cuestiones de la vida misma y, otro poco, para quedarse junto a su madre a cuidarla en su vejez, cuando sus hermanos se fueron yendo y su padre murió.
-Me los enseñó a hacer mi madre -respondió la anciana. Tenía doce años cuando amasé los primeros Kreppel. Me acuerdo muy bien. Los freí en grasa vacuna porque, por aquellos años, nadie usaba aceite. Todo se freí con grasa vacuna y, también, se usaba mucho la grasa de cerdo. Salían mucho más ricos que con aceite. Pero la grasa tenía que estar bien caliente. Había que tener mucho cuidado porque si se la calentaba demasiado, se quemaba y los Kreppel salían negros.
-Te acordás de la receta de los Kreppel, abuela? -preguntó la nieta.
-Pero claro, cómo no me voy a acordar de la receta! -exclamó la abuela ofendida. Todavía tengo buena memoria. Para hacer los Kreppel tomás harina, le agregás leche cortada, después huevos, crema, azúcar y bicarbonato. Lo amasás todo. Después estirás la masa con el palo de amasar, cortás los Kreppel del tamaño que querés y los freís. Y ya está! -sonrió feliz la anciana. Son muy fáciles de hacer -concluyó satisfecha.
-Cuántos huevos, abuela? Y cuánta harina usás? -quiso saber Martina.
-Más o menos medio paquete de harina, tres huevos, un puchito de bicarbonato, un poco de azúcar…
-Cuánto es un puchito? -preguntó la nieta.
-Yo le calculo a ojo. Como me enseñó mi mamá.
-Y cómo te enseñó ella si no tenés una receta con las medidas?
-Mirando. Yo miraba como ella los hacía y así fue aprendiendo y así también aprendieron tu mamá y tus tías. Siempre mirando.
-Y por qué yo no aprendí? Por qué yo no sé hacer Kreppel? -consultó Martina.
-Porque antes era distinto. Antes las chicas se pasaban el día en la cocina. Yo tuve que empezar a ayudar a mi mamá en la cocina a partir de los cinco años. A pelar los papas y a hacer de todo. Así fue aprendiendo. Lo mismo que tu mamá y tus tías -repitió.
-Entonces voy a tener que mirar cuando hacés Kreppel para aprender yo también.
La abuela sonrió.
Martina abrió su bolso y extrajo un libro.
-Mirá, abuela, lo que traje.
-Ahí está mi receta! -exclamó sonriendo la anciana.
-Cómo que acá está tu receta? -preguntó Martina desconcertada.
-Claro! Cuando Julio César Melchior buscaba recetas para escribir su libro me vino a visitar y me entrevistó.
-En serio, abuela?
-Sí, Martina. Estuvo casi toda la tarde conmigo. Charlamos un montón. El vino con una balanza -volvió a sonreír la anciana.
-Y por qué?
-Por qué, al igual que vos, quería saber con exactitud las proporciones de los ingredientes. Entonces, mientras yo preparaba la masa de los Kreppel, el iba pesando y anotando todo lo que yo iba agregando. Así hizo casi con todas las recetas que reunió en la colonia y en otros lugares. Nosotros cocinamos todo a ojo. Antes no se pesaban las cosas con balanzas.
-Lo que me perdí, abuela.
Martina solo regresa a la colonia durante las vacaciones de verano, porque estudia psicología en Buenos Aires.
-La receta de mi abuela está en el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", de Julio César Melchior. Qué lindo -comentó con orgullo Martina. El libro tiene más de ciento cincuenta recetas y la tuya está entre ellas.
-Ahora la podés hacer. Ahí tenés todos los ingredientes -dijo la abuela.
-Y la voy a hacer, abuela, y te voy a traer algunos a vos para que los pruebes. Espero que me salgan tan ricos como los tuyos.
-Hablando de recetas y Kreppel… Poné la pava sobre el fuego y andá preparando mate que yo tengo una sorpresa para vos.
Martina llenó la pava con agua, la colocó sobre la hornalla, mientras la abuela regresaba con una bandeja de Kreppel. (Autor: Julio César Melchior).