miércoles, 30 de julio de 2014

30 DE AGOSTO DE 2014: XIII SCHLACHTFEST (o fiesta de la carneada)

Por María Verónica Mayer Rattegan

 La misma es organizada en el mes de Agosto por la Asociación Argentina de Descendientes de Alemanes de Volga y la Asociación Cultural Germano Argentina de Coronel Suárez. Dicho evento concentra a más de 700 personas todos los años. Se puede degustar los productos de las carneadas, comida típica y baile que se extiende por varias horas. El fin de la misma es mantener viva la usanza de los Pueblos Alemanes, fortaleciendo y estrechando los lazos culturales y sociales, manteniendo las tradiciones de nuestros antepasados y promoviendo el desarrollo de nuestra colectividad. 
La música y las danzas son recursos culturales intangibles e indelebles dentro de las tradiciones de las colonias, aspectos que fueron transmitidos de generación en generación, que no se han perdido en absoluto con el paso del tiempo y por lo tanto siguen vigentes hasta el día de hoy, como características principales de nuestros pueblos. Ocupan un lugar importante en la vida cotidiana, ya que se utilizan en todas las ceremonias religiosas, fiestas, como así también en la vida diaria. Las canciones, bailes típicos y poesías que se pueden encontrar, en general, son motivados por hechos comunes de la vida, como puede ser la juventud, el amor, la filosofía de vida. Traducen triunfos y derrotas, alegrías y pesares, son una descripción de la propia forma de vida de nuestros antepasados.
¡Los esperamos!

miércoles, 23 de julio de 2014

“Tiempos de muchos sacrificios; pero también de felicidad”

Tambera. Quintera. Trabajadora rural. Huérfana de padre. Sin adolescencia. María Sauer falleció hace unos días en la Capital Federal. Nos dejó su legado en una entrevista concedida unos días antes de morir.

“Mi papá murió cuando tenía trece años. Mi hermano mayor dieciséis y mi madre treinta y ocho. Éramos ocho hermanos y una mujer ordeñando en el tambo, a partir de las cuatro de la mañana, con las piernas metidas en el fango de barro y bosta hasta las rodillas, con lluvia, con mucho frío. En invierno se nos congelaban las manos. Las vacas tenían el lomo blanco por las heladas. Pero la leche debía en los tarros para cuando pasara el carro que los buscaba para llevarlos a la fábrica de quesos, a las ocho y media.
“Mis hermanos menores lloraban. Estábamos a la intemperie. Nada importaba. No había queja posible: había que trabajar para sobrevivir. Teníamos una quinta de verduras enorme, que había que regar todos los días con baldes de veinte litros de agua, hacíamos conservas y dulces para todo el año. Carneábamos dos veces al año y hacíamos chorizos, jamones, de todo. Mamía cosía ropa para fuera. Horneábamos el pan en el horno de barro. Teníamos unas pocas ovejas para consumo. Un gallinero, que era un galponcito con aves y animales domésticos de todo tipo. Mamá vendía huevos, gallinas, pavos, gansos; lechones; leche, manteca, crema, ricota…
“Vivíamos cerca de la colonia, en un campo de ochenta hectáreas que nos dejó papá. En las que también se sembraba un poco de pastura y trigo.
“Mamá nunca se volvió a casar. Murió a los noventa y dos años, en la chacra donde enviudó y vivió toda su vida. Y de la cual partí para buscar trabajo en otras ciudades, hasta recalar en la Capital Federal. Donde vivo. Sola. Jamás me casé.
“Hice de todo para sobrevivir, igual que mi madre. Pero mi historia de grande no es tan importante. Lo importante es recordar la niñez y la vida que llevamos en aquellos lejanos tiempos. Tiempos de sacrificios; pero también de mucha felicidad”.

Hipólito Stremel, integrante de “Los Entusiastas del Kosser” de Santa Trinidad


                                               Fuente: www.lanuevaradio.com.ar

Explica el reverdecimiento de un juego tradicional alemán. Expectativas por un próximo viaje a Castelli, Chaco, promocionado esta actividad tradicional

“Poli” Stremel integra el grupo denominado “Los Entusiastas del Kosser”, que desde hace 3 años promueven la práctica de esta actividad, de este juego tradicional alemán, y proponen la realización de diferentes torneos, como para difundir y acrecentar su práctica. 
Incluso ahora están abocados también a llevar juegos completos (deben ser 34 huesitos de caballo, de la zona de las manos y las patas de este animal) para que queden en los jardines de infantes y en las escuelas, para asegurar la difusión entre las nuevas generaciones de niños.
“Queremos enganchar más juventud para que vengan a nuestros torneos y se entusiasmen. Mi nieto está llevando los huesitos de Kosser al jardín, pero el problema es que uno lleva los huesos, todos quieren jugar y luego todos se pelean. Estamos en eso de conseguir más, en esto están Hugo Schwab del Club Germano y Ernesto Palenzona, para que la escuela y el jardín de nuestra Colonia lo puedan tener y jugar en los recreos”.
Este juego, el Kosser, que se jugaba en todos los patios de las casas familiares de los Pueblos Alemanes hace muchos años y que luego cayó en el olvido, consiste en 34 huesos, 2 que se ubican en una punta, 2 en la otra y los restantes, cargados con plomo, que llevan los tiradores y que deben lanzarlos. 
El grupo de “Los Entusiastas del Kosser” se reclaman que cuando eran más jóvenes o siendo niños alcanzaban los 18 metros de distancia en cada uno de los lanzamientos, mientras que ahora llegan a 13, 15 metros apenas. Reconocen que muchas mujeres que están ahora acostumbradas a jugar al tejo logran mayores distancias y más efectividad en los tiros.
Para el 16 de agosto, en el marco de la celebración de los 60 años del Club San Martín de Santa Trinidad, habrá un torneo. La entrada costará un alimento no perecedero, juguetes en buen estado de uso y útiles escolares, los que serán llevados en un próximo viaje a Castelli, en la Provincia del Chaco.

Proyecto de llevar el juego de Kosser hasta Castelli, Chaco


Sobre esta iniciativa La Nueva Radio Suárez habló con Hugo Schwab, Presidente del Club Germano Argentino de Pueblo San José.

Castelli es una comunidad cuyos habitantes, cerca de 40 mil, son en su mayoría descendientes de alemanes del Volga. 
Hacia la década del ´30, luego de una gran sequía que tuvo lugar en toda la Pampa Húmeda, muchas familias viajaron hacia esa zona del Chaco para radicarse. 
Hasta allí llegaba el tren, en ese punto estaba establecida la circulación ferroviaria, por lo que allí se instalaron en busca de trabajo y la posibilidad de un futuro más próspero. 
Castelli es hoy la puerta al Impenetrable y es también un lugar donde la necesidad de mucha gente es palpable, por lo que se constituye en una oportunidad para la expresión solidaria. 
Para el mes de octubre, concretamente el 11, está prevista la partida de una delegación de personas representativa de los tres Pueblos Alemanes y también de Coronel Suárez. 
Todos son jugadores de Kosser que viajarán dispuestos a enseñar lo que saben de este tradicional juego de los alemanes.
El Presidente del Club Germano, Hugo Schwab, contó que se está organizando este viaje que será de intercambio cultural (se proponen divulgar y promover el juego de Kosser) pero también solidario, ya que estarán llevando alimentos no perecederos, juguetes, ropa y útiles escolares para los niños de las familias con mayores necesidades.
La Municipalidad colabora con el transporte de las personas que integran esta delegación del Distrito.
Por otra parte, desde Castelli, el año que viene, estará viniendo una profesora que sabe el idioma alemán, lo que se denomina el alto alemán, para empezar con la enseñanza de esta lengua en las nuevas generaciones y también a los adultos, en una propuesta de preservación de una de las manifestaciones de identidad cultural más importante que tienen los pueblos, su idioma.

Extraordinaria repercusión del libro “Aprender a vivir, reflexiones para el alma” de Julio Cesar Melchior

Quedan los últimos ejemplares en Librería y Juguetería Lázaro de calle Lamadrid, en Coronel Suárez, y también puede adquirirlos desde todo el país comunicándose a juliomelchior@hotmail.com.



En un extraordinario éxito de venta se convirtió el libro "Aprender a vivir, reflexiones para el alma", del escritor Julio César Melchior.
Tanto es así que apenas un mes después de haber sido presentada la obra se están vendiendo los últimos ejemplares y ya se está preparando la segunda edición, que estará en las librerías en los próximos días.
En ella el escritor abre su alma y expone sus pensamientos más íntimos y reflexiones que ayudan a conocernos, valorarnos y amarnos. Y para ser mejor personas. Para alcanzar nuestros sueños y nuestras metas. Para ser felices. Para crecer y desarrollarnos interiormente. Tal vez por eso el libro logró cosechar tanto éxito y llegar al corazón de los lectores.
¡Apúrese a adquirir los últimos ejemplares! ¡Se agota!


viernes, 18 de julio de 2014

El tesoro que guarda el recuerdo

Por María Rosa Silva
 

Días de sol, de alegría sin igual, de inocencia llena de sueños. Noches y días hechos para disfrutar con los cinco sentidos y la felicidad a flor de piel. Una aventura por vivir. Vacaciones en familia: la emoción y los nervios de viajar en tren. Bolsos, valijas pesadas cargadas de ganas vivir. Vasos y botellas de vidrio, sandwiches gigantes para un hambre aún mayor. Muñecas, marcadores y libro para pintar.  Así partíamos mis padres y yo desde Constitución (Buenos Aires)  rumbo a la colonia. Despertar y ver campo verde. Muy verde. Y un cielo tan azul y tan inmenso que mis ojos no podían abarcar. Mágicamente nos transportábamos en el tiempo. Calles de tierra, una casa de adobe y lámpara a kerosén. Un abuelo que hablaba en alemán y ya era muy viejito, con otra vestimenta que la de la ciudad, otras costumbres, y nada de juegos. Bomba de agua muy fresca, un baño tan lejos que era una travesía cruzar todo el patio para ir. Y cuando iba me daba miedo. De noche, ni hablar. El pastito era mejor. Jugar bajo el inmenso árbol con mi papá mientras probaba por primera vez la sandía y la escupía. Subirme a la camioneta de mi tío, una Chevrolet enorme que soñaba manejar. Tender ropa en un cordel sujeto por un palo que jamás pude subir porque era muy pesado. Un jardín con flores y mariposas que asombraban por su belleza. Una enredadera repleta de campanitas. Sapos feos que me hacían gritar de susto. Primos y primas grande que me mimaban sin parar. Noches de música de grillos y luces de luciérnagas. Todo era perfecto. Nada desentonaba ni rompía ese mundo de ensueño. ¿Será por eso que las vacaciones fueron tan pocas? No eran cada año como ahora. No había vacaciones de invierno y de verano. Fueron cuatro o cinco en toda la infancia y la adolescencia. ¡Pero fueron perfectas! Hasta hubo un muchachito, el vecinito, que era especial, y a quien esperaba ver para sonrojarme y esconderme. No faltó nada en esas historias de verano. Es el tesoro que guarda mi memoria. Hubo una vida paradisíaca, la vida que viví en familia en nuestras vacaciones.

sábado, 12 de julio de 2014

“Mi padre me entregó en casamiento dos veces por conveniencia económica”

Entregada en matrimonio por su padre a los diecisiete con un hombre de treinta y cinco por conveniencia económica. Viuda a los treinta con cuatro hijos, sin contar los seis de su difunto esposo. Vuelta a casar por su padre con un hombre doce años mayor que ella. Nuevamente viuda con cinco hijos. Aurelia Gottfriedt solamente conoció la vida a la sombra de maridos que le impuso su progenitor y que la maltrataron psicológica y físicamente.

“Mi papá nos crió con dureza” –cuenta Aurelia. “Enseguida nos gritaba, nos insultaba y nos pegaba, con la alpargata y con el cinturón. Todavía conservo una cicatriz que me dejó con la hebilla del cinturón en la pierna. Bebía mucho. Mi madre vivía llorando. A ella también le pegaba cuando regresaba borracho del bar.
“Mi papá no trabajaba nunca. Era un caso perdido. Lo único que hacía era tomar vino y jugar a los naipes. En casa nos la rebuscábamos con lo que nos daban los vecinos para comer. La gente fue muy generosa con nosotros.
“Cuando cumplí diecisiete años un estanciero viudo de treinta y cinco, padre de seis hijos, me pidió en casamiento a mi padre. Me entregó sin dudarlo a cabio de un poco de plata, que gastó en unas semanas. Mi marido lo terminó echando de casa porque no soportaba que fuera todos los días a pedir dinero. Se harto de verlo borracho –revela con ojos tristes Aurelia.
“Tuve cuatro hijos. Enviudé muy joven, a los treinta. El hijo mayor de mi esposo recién fallecido con un abogado y la ayuda de un tío, se quedaron con toda la herencia. Me tuve que volver a casa de mi padre con mis hijos. Él enseguida me volvió a entregar a otro pretendiente: me caso con un hombre doce años mayor que yo.
“Los dos maridos que tuve me hicieron llorar mucho. Me pegaron. Me maltrataron. Pero esa era la vida de la mujer en aquellos años. No había a dónde ir. Tenía que pensar en mis hijos.
“”Lloré a mis maridos. Los quise mucho pero ahora que estoy sola vivo más tranquila. Mis hijos me quieren, me cuidan, me protegen.
“La vida fue muy dura para mí, es cierto, pero también fui feliz. Trabajé mucho; pero también tuve momentos de alegría.
“Así es la vida” –sentencia Aurelia, poniendo punto final a la entrevista.

La anciana reza junto a la cocina a leña

La anciana reza el rosario.
Reza por sus difuntos. 
Para el descanso eterno de sus almas.
Para el perdón de sus pecados.
Para la redención de los hombres.
Para la paz en el mundo.
Para mitigar el hambre de los pobres.
Vestida de negro.
La cabeza inclinada.
Sentada junto a la cocina a leña.
Viuda y huérfana de hijos,
la anciana reza por todos.

Autor: Julio César Melchior

jueves, 3 de julio de 2014

Fotografías con historia (Con nombres y apellidos)

 Año 1953. Fiesta de compromiso de Filomena Schroh y Marcelo Schwerdt. Junto a ellos están la madre de la novia, doña Catalina Weimann y del novio, doña Ana Rekovski. También los acompañan, con todo su cariño y deseándole toda la felicidad del mundo, los siguientes familiares: Elsa, Catalina y Alfonso Schroh; Rufino, Reinaldo, Mercedes y Verónica Schwerdt; María Melchior, Delia Schwerdt, Feliciana Schroh; Guillermo Schroh; Agustina Melchior y Juan Schwerdt.

Recuerdo del festejo de los 90 años de Rosa Hubert. Que fueron celebrados en un clima de ternura y gratitud por todo lo bueno que ella supo brindar a lo largo de su frictífera existencia. Fue una fiesta magnífica, tal como lo demuestra esta imagen en que doña Rosa aparece junto al cariño de sus nietos: Eduardo, Rubén, Estefanía, Eliana, Diego, Marina, Ariel, Virginia y Florencia.

 Año 1967. Alumnos de escuela primaria: Clara Heit, Cristina Schmidt, Nora Gottfriedt, Lucía Berg, María Reising, Silvia Mildenberger, Inés Schwab, Ullmann, Weigel, Isabel Schwab, Roberto Lindner, Rubén Melchior, Carlos Martel y José “Tito” Gebel. 

Scherzfragen (Preguntas ingeniosas)

Welcher Hut passt auf keinen Kopf?

Der Fingerhut

Welches Glöckchen gibt keinen Laut?

Das Schneeglöckchen


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¿Qué sombrero no cabe en ninguna cabeza?

El dedal

¿Qué campana no da ningún tono?


La campana de nieve

El día que murió mamá

Nos dejó solos. Nos dejó una casa llena de silencios y un enorme vacío en nuestras vidas. Se marchó en otoño, en un atardecer gris y frío.  Sin quejarse ni lamentarse. Cómo lo hizo todo en su existencia: acatando la voluntad de Dios. Cerró sus ojos y se durmió pacíficamente. Junto a ella, sus hijos, mirábamos sin comprender. “Mamá no podía morir. Mamá era eterna”. Pero mamá murió. La luz de su mirada se apagó lenta e inexorablemente. El cuerpo fue quedando tieso, las manos sin caricias, sin ternura y sin afecto.
La habitación se llenó de llanto. Las mujeres emitieron gritos desgarradores. Se abalanzaron sobre el cuerpo sin vida, lo agitaron: “Mamá, mamá, no nos dejes”. Pero mamá ya no estaba; mamá ya no podía escucharnos. Mamá se había ido. Nos dejó solos. Absoluta y desoladamente solos. Sin su voz, sin su presencia colmando nuestras existencias de amor. Sin el consuelo de saberla esperándonos aun cuando  viviéramos lejos, muy lejos... Ella siempre parecía esperarnos. Siempre podíamos volver y encontrarla en la casa de nuestra niñez y abrazarnos a sus brazos y encontrar el consuelo que sólo ella era capaz de brindarnos.
Alguien llamó a la casa funeraria. Llegaron varios hombres con un féretro. Lo introdujeron en la habitación, junto a la cama donde yacía el cuerpo de mamá. Frente a la puerta cerrada, escuchamos el crujir de la madera, los ecos de la tapa que uno de los hombres seguramente apoyaba contra la pared... y nos pareció imposible imaginar que estuvieran colocando a mamá dentro de un ataúd.
Volvimos del cementerio y mamá ya no estaba en casa. La casa, su casa, nuestra casa, estaba de duelo. Todo parecía llorarla y extrañarla. Hablábamos entre sollozos, murmurando. Alguien se animó a recordarla, luego otro y otro... y la casa se llenó de vivencias, de anécdotas; de imágenes; de sentimientos dolorosos; de sensaciones que asfixiaban el alma. Era terrible evocar a mamá y comprender que ya no volveríamos a verla jamás.
Alguien se repuso y se animó a decir que mamá ahora sólo era una tumba y nada más. Otro, más práctico, reflexionó que “la vida continúa”. Opinó que había que seguir adelante. Comenzó a hurgar en los secretos de mamá, en “su” cuarto, “su” ropero, “su” ropa, “su” vida íntima... esa que apenas hacía unas horas le pertenecía solamente a ella.
Los demás hermanos no dijeron nada. La casa se convirtió en un caos. Se repartieron los restos de mamá. Lo poco que dejó. Vaciaron la vivienda. Lo que tenía precio lo vendieron; lo que tenía valor, lo llevaron consigo; y lo que no, lo arrojaron al olvido.
A los pocos días ya no había duelo. Todos partieron a sus lugares donde residían, junto a sus propias familias, en Coronel Pringles, Bahía Blanca... Y me dejaron solo, en la colonia, cargando recuerdos, angustia, soledad y llanto. Y me dejaron solo, con mamá, que todos los domingos espera mi visita en el cementerio para que le lleve un poco de agua bendita y le cuente de sus hijos que están lejos y no vienen nunca a visitarla.

Ver morir una casa (El adiós al hogar)

La casa. El hogar. Ladrillos y más ladrillos de adobe. Barro y más barro. Tierra sobre tierra con techo de chapa cubierto de paja vizcachera. El frente blanqueado a la cal. Descarado y añejo por el paso de los años. Lluvias y tempestades. Adioses y olvidos. Personas que la habitaron y se fueron. Cerraron sus puertas. Clausuraron su alma. Enterraron los recuerdos bajo llave. Tras la puerta de madera podrida que apenas se mantiene en su lugar.
A su alrededor, acorralada de yuyos, una maraña de pasto, árboles silvestres… Tristeza y orfandad. Desolación. Sólo los pájaros le dan una nota de color y sonido. Cantan pero su canto es un canto que se pierde en el abismo de la soledad en la que se encuentra la casa.
Hace más de treinta años que sus inquilinos se marcharon. Se fueron sin mirar atrás y sin volver ninguna vez. Está condenada a caer, al derrumbe. Si pensara lo sabría. Pero creo que de alguna manera lo sabe. Por eso se percibe tanto pero tanto desasosiego. Mirarla es mirar una tumba. O un féretro. Un féretro dentro del cual descansan los restos de felicidad que dejó la familia que se fue y jamás volvió.

lunes, 30 de junio de 2014

Receta de Maultasche o Varenick de la abuela Rosa Melchior de Ruppel

Ingredientes:
1/2 kilo de harina
Una pizca de sal
Un huevo
Agua

Preparación:
Se colocan en un bol todos los ingredientes, se mezclan bien incorporando agua hasta obtener una masa que se pueda trabajar con el palote.

Relleno de ricota:
1/2 kilo de ricota
Un huevo
Crema y azúcar a gusto

Relleno de manzana:
Cinco manzanas
Crema y azúcar a gusto.

Preparación:
Se estira la masa, se pueden cortar cuadrados o discos, según el gusto de cada uno, rellenar y cerrar haciendo un "repulgue" para evitar que se abran. Hervirlos. Una vez cocidos se los escurre y se les puede poner encima trocitos de pan dorados previamente en aceite o una cebolla dorada en aceite. (Fuente: hilandorecuerdos.blogspot.com.ar - Julio César Melchior)

jueves, 26 de junio de 2014

“¡Que lindos que eran esos tiempos de antes!”


José Lindner, incansable dirigente del Club San Martín

Las anécdotas de los bailes, los partidos y las reuniones familiares de antes. Recuerdos de una época que marcó una huella muy profunda en Pueblo Santa Trinidad.

Ha sido durante muchos años Presidente del Club San Martín de Santa Trinidad, integrante de la Comisión Directiva en diferentes cargos, pero sobre todo un incansable trabajador por esta institución social y deportiva.
A José, que tiene más de 70 años y sigue trabajando con las mismas energías de siempre en la construcción, le gusta tomarse un rato para contar anécdotas de antes. De esas que llenan de emoción y remiten a una época pasada. 
Recuerda, entre otras cosas, una obra de teatro de estilo gauchesca que hicieron en ocasión que viniera a Coronel Suárez un Cónsul ruso (invitaron al de Alemania pero no iba a estar presente) para la celebración de un aniversario de la creación de los Pueblos Alemanes. 
La obra se llamaba “Tientos de la misma lonja”, actuaban Elvira Scheffer, Agustín Perrig, el “negro” Martín, Ofelia Mildenberger de Dos Santos, entre otros. 
“La presentaron la primera vez en el salón viejo del Club San Martín y luego en el Cine Cervantes. Esa obra salió muy buena”, recuerda don José, destacando también las anécdotas que se generaban en los ensayos y en cada una de las presentaciones.
Lo que era verdaderamente bueno eran los bailes y en consecuencia José recuerda que “cuando el Club todavía no tenía salón se usaban las instalaciones de la familia Hall. Más de una vez, cuando se quedaban sin mesas, buscaban la mesa de la cocina de la casa de doña Rosa. Recuerdo un personaje de Coronel Suárez que llegaba tarde muchas veces y pedía una mesa: buscaban la de la casa de Rosa y la ponían en el medio del salón en la parte de tablones de madera, con los bailarines alrededor, haciendo mucho ruido, levantando polvareda y moviendo los vasos que estaban en ella apoyados”.
“En esos años casi no se preparaban mesas, simplemente se buscaban bancos largos, de hierro, que se buscaban en Casa Ferro y se disponían a los costados del salón, rodeando la pista. Allí se ubicaban las chicas lindas de la época, acompañadas, indefectiblemente, de sus madres, los varones movían sus cabezas en la clásica invitación a la distancia para ir hacia la pista de baile y si estaban seguros que iban a ser aceptados se acercaban hacia la joven y la agarraban de la mano, invitándola a bailar”. 
“En esos años, ante la presión de la gente que los votos que se emitían para la elección de la reina podían estar influenciados, se inventó otro sistema: la reina y sus princesas se elegían por la cantidad de cajas de bombones que se compraban en Casa Mazzuco”. 
“La chica que mas bombones recibía era la que ganaba el derecho de llevar la corona y el cetro”. “Transcurridos los años, vale contar ahora, que más de una vez los muchachos de la época, que ya trabajaban en el club, recorrían la casa de las candidatas tomando contacto con sus padres o el novio de la chica para motivarlos a más compras de bombones, bajo la frase ‘a la otra chica le están regalando más cajas de bombones’”.
José Lindner recuerda también los partidos de fútbol. Más de una vez se trataba de amistosos, porque todavía no estaba organizada la Liga. 
“Se pegaban fuerte, muy fuerte, pero todo dentro del marco del partido. Cuando terminaba todas juntas las hinchadas iban hacia la cantina a comentar las jugadas, a seguir debatiendo, pero todos juntos, sin pelearse, compartiendo entre amigos y conocidos y programando algún próximo encuentro”.
José Lindner y sus muchos recuerdos, donde no deja de repetir: “que lindos que eran esos tiempos de antes”.

miércoles, 25 de junio de 2014

Últimos ejemplares del libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”, en su novena edición

Récord de ventas, el libro del escritor Julio César Melchior, está próximo a agotarse en su novena edición. Quedan muy pocos ejemplares disponibles. No deje pasar la ocasión para volver a preparar las delicias tradicionales de los ancestros alemanes del Volga. Haga su pedido ya a la siguiente dirección de correo: juliomelchior@hotmail.com. Lo puede adquirir desde cualquier lugar al país.

martes, 24 de junio de 2014

Susana Urban: Una historia de vida que vale pena recordar

Susana Urban junto a  su esposo Gaspar Graff 
y sus doce hijos: Ana,  Juan, Jorge, Catalina, 
Pedro, Angelina, María, Berta, Clementina, 
Miguel, Emilio y Rufino.
Una gran mujer, una gran madre, un gran ejemplo

Periódico Cultural Hilando Recuerdos rescata en esta nota la memoria de Susana Urban. Una persona de convicciones cabales e íntegras. Fiel representante de las mujeres alemanas del Volga que, a lo largo de su vida, supo dar ejemplo y dejar ejemplos para sus descendientes y todos aquellos quienes la conocieron y amaron. 




Susana Urban nació el 11 de abril de 1884, en el hogar conformado por Jorge  Urban y Susana Streintenberger, a orillas del río Volga, en la aldea Kamenka, en Rusia. Su padre era pastor y su madre ama de casa. Su madre falleció de cólera y su padre a manos de soldados rusos por no acatar una orden arbitraria: no lo hizo porque era sordo.
Relata Alcira Kaul que “mi abuela dejó Rusia en pleno conflicto bélico. Emigraron todos menos una hermana que no quiso abandonar la casa familiar”.
Susana Urban tenía 15 años cuando llegó a  la Argentina.  Al llegar a la Colonia 3 sintió una desazón tremenda. Había que comenzar de nuevo y no conocía a nadie. Pero no tuvo opción: su deber era seguir a sus hermanos, como se estilaba en aquellos tiempos: a la mujer no le estaba permitido decidir sobre su propio destino.
El tiempo transcurrió, superó las dificultades y se arraigó a estas tierras. Se casó con Gaspar Graff y ambos forjaron un hogar feliz de cuyo seno nacieron 12 hijos: Ana, Juan, Jorge, Catalina, Pedro, Angelina, María, Berta, Clementina,  Miguel, Emilio y Rufino. De esos 12 hijos Pedro falleció antes que ella.
Pero la felicidad del matrimonio no se prolongó por mucho tiempo. Quedó viuda muy joven y tuvo que criar los hijos sola, con los que se fue a trabajar al campo. Trabajando muy duro, con mucho sacrificio y tesón, pudo adquirir una casa donde los hijos fueron creciendo y formando, a su vez, sus propios hogares, pero siempre unidos, siempre juntos.
La vida de Susana Urban es muy rica en experiencia y en anécdotas. Era una mujer con mucha fuerza de voluntad. Supo salir adelante y vencer todas las adversidades que el destino le fue poniendo en el camino. Fue feliz. Y supo hacer feliz. Le regaló a sus hijos y descendientes una enseñanza moral muy firme y convicciones muy arraigadas, que les permitieron a todos ser personas de bien.

Anécdotas



“Para mí no había nada más lindo que escuchar las historias de mi abuela –añora Alcira Kaul-. De la vida que ellos pasaron en Rusia. Los inviernos, las  nevadas que tapaban las puertas y ventanas, que tenían que limpiar todas las mañanas, porque no podían salir de la casa. Me contaba que tenían todos los animales bajo techo, porque no podían salir durante el invierno porque eran muy rigurosos. Yo le preguntaba, que comían o como sobrevivían y me contaba que se preparaba y guardaba todo antes de que llegara el invierno. Otra cosa que recuerdo –evoca con mucho afecto Alcira Kaul-, es el primer día de cada año cuando había que ir a la casa de la abuela y desearle Feliz Año Nuevo y ella tenía preparadas las bolsas de papel con golosinas para todos los nietos: éramos 45 pero ella siempre pensaba en todos y nos esperaba con alegría”.
 “Recordar a mi abuela es como abrir el  baúl  de los recuerdos. Cierro los ojos y veo a la abuela sentada en su mecedora al lado de la cocina a leña, con la típica ropa de las alemanas, tejiendo medias, guantes para algún nieto o  haciendo alfombras al croché. Me acuerdo esas noches de invierno, siempre algún nieto o nieta durmiendo en lo de la abuela. Jugábamos al “Turak” y la abuela nos cantaba canciones en alemán o nos contaba algún cuento y antes de ir a dormir teníamos que rezar un Padre Nuestro, un Ave María, para estar protegidos en la noche”.
 “Mi abuela trabajaba en la quinta o en el jardín de la casa hasta muy avanzada edad.  Si le preguntabas por qué lo hacía y ella te contestaba que ‘hay que hacer de todo y no esperar que los otros lo hagan’.  Y agregaba a modo de lección: ‘Cuando ya no pueda más  lo hará otro.  Pero ustedes mis angelitos, mis queridos nietos, no pasaron lo que pasamos los que vinimos a América. La vida era muy dura.  Cuando dejamos Rusia, ya había comenzado la guerra y empezaba a sentirse la falta de alimento. Acá en argentina encontramos, después de mucho trabajar, de todo. Los que pasan hambre acá en América es porque quieren. Con un poco de tierra y agua se pueden hacer maravillas’. Y la abuela tenía razón. Cuántas cosas han pasado nuestros abuelos. Era tan lindo escuchar a la abuela y más lindo era escucharla hablar en alemán”.

El futuro

 “Me acuerdo de un trabajo que cuando la abuela lo llevaba a cabo se transformaba en una fiesta para los más chicos. Cuando se reunían en la casa de alguna de sus hijas para desarmar los colchones de lana y volver a hacerlos de nuevo. Me acuerdo que si una hija vivía en el campo nos íbamos en el carro, la abuela y alguna hija de la colonia, casi siempre mi mamá, y ella nos dejaba  usar ese banco para abrir la lana apelmazada”.
“La abuela leía mucho la Biblia y comentaba lo que le parecía iba a suceder en el futuro. Decía que va llegar un momento por más lejos que este alguna persona de otra, van a verse y hablar como si estuvieran en una misma casa; que viajar de un lugar a otro, va ser más fácil y más rápido y no como lo tuvimos que hacer nosotros que soportamos un viaje de 3 meses o más y muy mal, desde Rusia a América; que en el futuro no iba a existir diferencia entre mujeres y hombres. La verdad no se equivocó en nada. Esto me lo contó hace 46 años. También me dijo que llegará el día en que los hijos no respetarán a sus padres ni los padres a sus hijos. Muy equivocada no estaba”, afirma Alcira Kaul

El adiós

 “Tuvo un derrama cerebral el 16 octubre de 1977”, recuerda Alcira Kaul con tristeza.  “Un día después de la celebración del Día de la Madre. Las Hermanas religiosas le armaron un rosario de flores naturales, porque mi abuela siempre rezaba el rosario”.
“Los 11 hijos llevaron el féretro de su madre hasta la iglesia y después hasta el cementerio. La acompañaron siempre en vida y ya fallecida ellos la quisieron llevar hasta el descanso final: fue muy emotivo ver que los hijos llevaran el ataúd. Cuando pregunté por qué lo hacían respondieron que nuestra madre fue muy buena, queremos que ella se sienta acompañada hasta el último minuto. Los hijos siempre la acompañaron siempre. Tanto que todos los domingos se reunían en la casa de la abuela, a celebrar sus cumpleaños y en las fiestas Kerb era un mundo de gente que giraba en torno de ella. Era una época feliz. Es más, cuando la abuela ya no estaba entre nosotros, los hijos continuaron reuniéndose para Kerb, como una manera de rendirle homenaje y decir seguimos juntos estando juntos, mamá”.

jueves, 19 de junio de 2014

Nilda Bahl y los secretos para hacer un buen Strudel


Tiene 88 años y, además de tener dedos mágicos para las plantas, tiene manos mágicas para elaborar lo más exquisito de la pastelería tradicional alemana y entre ella el Strudel de manzana, aunque también suele preparar el de zapallo, como le gustaba a su padre.

Relata que aprendió a cocinar de su madre: “era muy buena cocinera mamá, hacía el Strudel, los fideos finitos, todo eso nos enseñó. Éramos dos que cocían y dos que teníamos que trabajar con mamá ayudándole en la cocina, para no pelearnos; nos turnábamos para hacer una u otra cosa. Todo lo que sabemos lo aprendimos de nuestra madre, porque era muy detallista en todas esas cuestiones. Papá también, ayudaba mucho. A veces yo estaba sola para hacer esto (las tareas de la cocina), mamá ya no podía ayudarme, y venía papá y colaboraba conmigo. Para poder estirar la masa del Strudel y no romperla con sus manos ásperas se ponía guantes para poder trabajarla”.
Con la amabilidad que la caracteriza se dispone a contarnos los secretos para la elaboración de un Strudel como se debe.
“Lo primero que se hace es la masa, con harina de 4 ceros. La que está en la bolsa, no la que viene en los paquetes. Yo ya probé y la masa se rompe. Tiene que ir un poco de agua tibia, un huevo. Hay que amasarla bien, hasta que la masa esté brillosa. Se deja descansar toda una noche en la heladera. A la mañana temprano la saco para que esté blandita y para poderla palotear”. 
Luego generosamente nos explica que “esta es la parte más difícil para realizar este tradicional postre alemán: estirar la masa sobre un mantel enharinado, bien finita y sin que se rompa, cortando los bordes finales para que no haya grosores desagradables al paladar, que no se alcancen a cocinar como el resto de la preparación. Y si de los bordes recortados sale otra masa (todo se aprovecha) hay que volver a dejarla descansar para poder estirarla bien finita”.
“Las manzanas deben ser verdes, cortadas finitas, no es necesario sacar la cáscara. Y mucha crema de campo, es la mejor”, dice Nilda. 
“Cada tanto hay que sacar la preparación del horno, a temperatura baja en la que se está cocinando, y volver a ponerle por encima crema diluida en leche, para que vaya embebiendo la preparación. Así se tendrá un producto delicioso, único, incomparable”.
Hace dos años un sobrino nieto de Nilda que vive en Neuquén y que integra el grupo “Son miradas” (www.sonmiradasnqn.com.ar) llegó a Coronel Suárez para retratar todo este proceso de elaboración del Strudel, dando como resultado bellas fotografías que en estos días están expuestas en el Mercado de las Artes. Ahí se puede terminar de advertir lo que Nilda Bahl no relató en el reportaje, ya que “para elaborar el Strudel hay que hacer todo el proceso con mucha dedicación, con mucho amor, con el convencimiento que se está dando vida a algo importante, un postre único para compartir con los seres queridos”.

martes, 17 de junio de 2014

Historia de vida del abuelo Juan


Por Laureano Safenreiter
El abuelo Juan regresa de vez en cuando a la colonia. Busca reencontrarse con antiguos recuerdos y rememorarlos con quien desee escucharlo. Siempre es una alegría encontrarse con él y compartir su nostalgia por una época que ya es historia. Una época en la que él fue plenamente feliz.

El abuelo Juan cierra los ojos y mira al pasado. Recuerda las tardes de verano en que con su hermanito iba a los baldíos de las colonias a divertirse. Allí se reunía con otros compañeros a jugar a la mancha, a la ronda, a la gallina ciega, al rescate, a los cochecitos realizados con madera imitando los autos de carrera de Fangio. Su mente se pierde en ese mar de nostalgia y una lágrima resbala por su mejilla.
Regresa a la colonia para visitar seres queridos pero al llegar se percata que el tiempo no  pasó en vano: nada está como lo dejó al partir hace más de cuarenta años. Las calles de tierra se han trocado en calles de asfalto. Las casas humildes en elegantes y modernas viviendas. Y lo más doloroso, ya casi nadie de sus seres amados lo espera. Ni siquiera la casa de sus padres existe ya. En su lugar levantaron un chalet. Al verlo una honda congoja estruja su corazón. Ni siquiera puede ver, aunque sea una vez, la vivienda donde fue tan pero tan feliz cuando niño.
Al rememorar la niñez surgen los años de escuela y cuenta: “¡Qué hermosa que era la sala de clase de la escuela! Era una habitación espaciosa con grandes ventanas por donde entraba mucha luz y aire. En las paredes colgaba el retrato de Domingo Faustino Sarmiento y hermosas estampas de santos. Nosotros nos sentábamos en pupitres de dos asientos muy cómodos. La maestra tenía su propio escritorio. Cerca de ella estaba el pizarrón. Por todas pares se notaba orden y limpieza. Las hermanas religiosas eran muy estrictas en eso”, enfatiza.
Y agrega en un susurro cargado de tristeza: “Nosotros estábamos contentos. La maestra nos explicaba las lecciones, nos enseña muchas cosas y nos trataba muy bien, con severidad, es cierto, pero muy bien. Después de estudiar, y en el tiempo destinado al recreo, salíamos al patio para correr, saltar, jugar y, a veces, para hacer ejercicios gimnásticos. Me agradaba mucho asistir a la escuela”.
“Fueron días inolvidables de mi vida”, afirma el abuelo Juan. “Nunca los pude olvidar. Pese a que partí muy joven de la colonia rumbo a la Capital Federal. Quería otra vida. Buscaba otra cosa sin darme cuenta que dejaba todo aquí”.

El abuelo que busca el perdón

El anciano sabía mirar. Tenía ojos de iris profundos, que veían más allá de las simples palabras y los gestos. No preguntó nada durante la entrevista, solamente habló, como en un acto de catarsis, como quien encuentra, por fin, el momento y el lugar exactos que tanto buscó para desahogarse. Y se desahogó. Lloró silenciosamente. Y se marchó como vino: dejando en el ambiente un dejo de tristeza y una historia inverosímil grabada en la mente de quien escribe estas líneas.

Dijo llamarse Nicolás Evaristo D. (mostró su documento para confirmar la identidad). Ochenta años cumplidos. Viudo. Seis hijos radicados en distintos puntos del país. Jubilado ferroviario. “Croto moderno por elección”, se calificó al decir que pasaba el tiempo viajando sin rumbo. Tenía pruebas de ello: sacó, de un bolso, fotografías que mostraban decenas de lugares que visitó en los últimos años. “Viajo porque no tengo hogar ni sitio al cual regresar”, agregó. “Tampoco me importa”.
Lo observé contar su historia sorprendido. No hacía falta interrogarlo: hablaba como para sí mismo, como quien se sienta frente a un psicólogo para realizar su catarsis habitual. A medida que las palabras brotaban, la mirada se profundizaba, hundiéndose cada vez más en el alma, adquiriendo un penetrante tono celeste.
“Volví a la colonia para apagar el fuego de mis recuerdos” –prosiguió contando-, me queman el corazón como un incendio. Lo devoran. Ya no soporto más… Pero…” –hizo una pausa, sollozó-, todo cambió. Ya no hay a quién pedirle perdón. Esperé demasiado tiempo para regresar”.
Lo miré intrigado.
“Maté a una persona”, reveló con acongojada crudeza. “Fue un accidente. Fue durante una pelea. Por amor. Por eso me tuve que ir. Escapé con ella”. Escondió el rostro entre las manos. “¡Qué horror! ¡Pagué durante toda mi vida ese tremendo error! Ni siquiera la amaba. Ella salía con otro” –explicó. “Me gustaba; la seduje; el novio nos descubrió… y el resto… lo mismo de siempre: una injuria, una pelea, alguien que cae malherido y la inercia de las circunstancias que me llevó a actuar sin pensar. ¡Pensar!” –exclamó. “Ni siquiera sabía lo que sucedía. Lo único que recuerdo con claridad es que una persona, casi un amigo, cayó malherido; que salimos corriendo, ella y yo… que juntamos nuestras ropas y escapamos. Fue en el año ’50. ¡Una locura! Y lo irónico del destino es que no la amaba. ¡Ni siquiera la amaba!” –repitió con voz ronca y mirada arrepentida. “Vivimos la vida que merecimos vivir. No se puede construir un matrimonio feliz teniendo como cimiento la tumba de un hombre”.
No dije nada. ¿Qué decirle? ¿Qué disculpa inventar? Nada de lo que dijera aliviaría su alma atormentada. Ni siquiera le pregunté los nombres de los protagonistas. ¿Para qué? Ya es demasiado tarde para remediar nada. Y él lo sabía. Sólo buscaba desahogarse, hacer pública su culpa, obtener el perdón de la gente… gente que ya no vive, y los que viven no recuerdan el suceso. Además, y él lo sabe, lo que en realidad busca, es perdonarse a sí mismo. Y eso sólo depende de él, de él y de nadie más. Porque la infelicidad no alcanza para lavar pecados de juventud. Y el remordimiento tampoco.

lunes, 16 de junio de 2014

“Reflexionemos para aprender a vivir”

Por Majo Bohn

El sábado pasado, 14 del corriente, la Sala Bicentenario del Mercado Municipal de las Artes “Jorge Luis Borges” de Coronel Suárez fue el marco en el cual tuvo lugar la presentación del octavo libro del escritor suarense Julio Cesar Melchior: “Aprender a Vivir. Reflexiones para el Alma”.

El evento contó con la organización del Instituto Cultural de la Municipalidad de Coronel Suárez y la presentación del libro en cuestión estuvo a cargo de la escritora y amiga personal del autor, Graciela Schmidt Robilotta, y un número de público interesante.
Un material autobiográfico, por llamarlo de algún modo, al cual Melchior no nos tiene acostumbrados… por lo menos no de manera explícita. En el mismo el lector encontrará relatos, reflexiones y frases que derivan de la vida del autor; de las diferentes situaciones de vida por las cuales debió atravesar y en las cuales se descubrió totalmente expuesto, frente a la sociedad y la realidad. 
“Aprender a Vivir, Reflexiones para el Alma” es, como lo definió Julio Cesar, el puntapié inicial para contribuir a la “recuperación” y la auto revalorización de algunas almas que por determinadas circunstancias no logran ver la luz de la esperanza con la nitidez necesaria para salir adelante en la vida o resolver determinadas situaciones; sin llegar a convertirse en un material de autoayuda específicamente… Sino en uno que aporta a la vida del semejante a través del ejemplo. Y, generalmente, no hay nada más atractivo para el inconsciente y que el ejemplo.

Quien desee adquirir algún ejemplar, pueden ponerse en contacto a través de las distintas redes sociales con Julio Cesar Melchior

Julio César Melchior, un hombre a corazón abierto


Graciela Schmidt y Julio César Melchior,
en la presentación del libro del escritor
de Pueblo Santa María.
Fue presentado el libro ‘Aprender a vivir – Reflexiones para el alma’

El sábado, en la Sala Bicentenario del Mercado de las Artes ‘Jorge Luis Borges’, fue presentado el libro ‘Aprender a vivir – Reflexiones para el alma’, del escritor Julio César Melchior, del amigo de todos.
No fue una presentación más, sino que quien abrió su corazón pudo recibir el mensaje sencillo y claro de un hombre que lo ha sufrido todo, que sintió la mirada discriminadora de una sociedad exigente, un hombre que lo absorbió todo y lo transformó en fortaleza y sólo es de esperar que su aprendizaje pueda ser ejemplo para construir una coraza que nos ayude a mejorar como seres humanos.
La noche cultural comenzó con dos ejecutantes de chelo, que crearon un ambiente distendido e ideal para la presentación de un libro que es una reflexión en sí mismo. Ellas son Miqueas Quies y Luz Aguirre, alumnas del profesor Axel Rubiolo y que estuvieron asistidas por el director de la Escuela de Música, el maestro Ángel Schamberger.
Estuvo presente la titular del Instituto Cultural, Laura Schrom, quien puso en valor el aporte que Julio César Melchior le hace con su arte a la cultura suarense, ya que en sus anteriores libros apuntó al rescate y revalorización de la historia, cultura y tradiciones de los inmigrantes y descendientes de los alemanes del Volga, cuyas conclusiones fueron publicadas en diferentes medios culturales del país-
El concejal Claudio Holzmann entregó la resolución que declaró a la presentación del libro de interés municipal, mientras que Carlos Robein hizo lo propio con la provincial, que gestionó el diputado provincial Ricardo Moccero.
Luego, el dirigente Juan Hippener, acompañado por Hugo Schwab, entregó un presente al escritor en nombre del Club Germano y de la Asociación de Descendientes de Alemanes del Volga. Hippener dijo que “no es fácil amalgamar todo lo que ha hecho Julio César Melchior, a quien me une muchas vivencias desde hace muchos años. La historia es muy larga y lo cierto es que se merece muchísimo más que este homenaje” y mirándolo le pidió que “siga trabajando y les digo que a este hombre hay que acompañarlo toda la vida”.
En otro momento emotivo, Oscar Durand leyó una carta de su hermana, de Claudia, en donde manifestó que “hoy me toca comentarles el lindo vínculo que tengo con mi hermano, estoy muy emocionada. Estas palabras que escribí con mucho cariño son una sorpresa para él y quiero decirle que hoy estoy muy feliz de tenerlo como hermano, como compañero de trabajo, como amigo y consejero de vida”.
Finalmente, la presentación del libro en sí estuvo a cargo de Graciela Schmidt, amiga del escrito, quien con sentimiento y en momentos muy emocionada, dijo que “es un libro muy profundo, por eso voy a desarrollar alguna de las frases para que puedan tomar conciencia de la profundidad de la obra” y refirió que con el libro, que está dividido en siete capítulos, son reflexiones, obras cortas, todas producto de un largo camino recorrido por el autor”.
Schmidt comentó que “no lo quería editar, se lo quería guardar para él, porque son temas muy duros los abordados”, todos extraídos de las vivencias de Julio César y resaltó que “con el apoyo de María Rosa, su pareja, que le dio mucha fuerza, se decidió a publicar”.
Indicó que “este libro tiene que ver con una adaptación muy fuerte de Julio César a los cambios, tuvo que aprender a adaptarse para poder sobrevivir… se adaptó a los nuevos paradigmas sociales”.
“Esta forma que encontró para comunicarse habla muy bien de su poder de adaptación a los nuevos paradigmas que nos impone la sociedad moderna, algunas veces crueles y otras beneficiosos”, dijo Graciela Schmidt, quien añadió que “no es casual que Julio sea un libre pensador y haya salido de una comunidad sumamente ortodoxa, estas son las maravillas a las que nos tiene acostumbradas”.
En otro momento de su alocución, Graciela Schmidt dijo que “parece simple, pero cuando dice sobreviví quiere decir que también pudo haber muerto y escribió que ‘estoy aquí para demostrar que se puede, que a pesar de todo se puede’. Pero como lo dice el lector, lo hace de una forma imperativa, como una orden, porque él salió de eso y quieren que todos salgan de su karma”.
En el final, dijo que “de hecho muchos refranes y pensamientos incluidos en el libro son producto de encuentros con personas, de gente que le iba a pedir ayuda a Julio” y señaló que “una de los mayores logros fue adaptarse y como a todos le quedan tres caminos: adaptarse, emigrar o morir. Por lo tanto, el proceso de adaptación le salvó la vida”.
Graciela Schmidt dijo que “detrás de cada línea escrita hay algo muy importante y cada palabra está elegida muy especialmente, trata temas durísimos”.
En el final, recordó que la primera vez que le presentó la obra se detuvo en el capítulo que se titula ‘Claves para que no te consideren discapacitado’ y allí el autor expresa que “eres lo que muestras, lo que los demás ven, por lo tanto se tu alma, tu conciencia, se tu mismo, si deseas que te respeten y te amen. Ocultarse es el principio general de la discriminación, porque es imposible que los demás te respeten y te amen si tú no lo haces primero…”.
Con la carga que genera que lo escrito lo diga Julio César Melchior, la presentadora dijo que “los pensamientos en masa llevan al horror, traten de ser libres pensadores, de ser sus propios sacerdotes, de acariciarse ustedes mismos, porque el pensamiento en masa lo hubiera llevado a Julio, poco tiempo atrás, a estar encerrado en un gallinero o granero, por vergüenza, como todos ustedes saben que sucedía; poco tiempo atrás hubiera estado encadenado en una plaza, como un bufón, para que todos se burlen y poco tiempo atrás, mi querido amigo hubiera sido otro Jorobado de Notre Dame y sin embargo hoy estamos acá orgullosos y aplaudiéndolo”.
Y claro que lo aplaudieron, más aún cuando al cerrar el encuentro cultural, el autor agradeció el acompañamiento y dijo que “esos momentos me sirvió para darme cuenta y para entender que hay momento que creemos no tener nada y lo tenemos todo y cuando digo todo digo lo suficiente para salir adelante, con fuerza de voluntad, para así concretar los sueños que tengamos”.