Fue galardonado por la Asociación Argentina de Descendientes de Alemanes del Volga, filial Coronel Suárez
Declarado de Interés Municipal por la Municipalidad de Coronel Suárez
Declarado de Interés Distrital por el Honorable Consejo Deliberante de Coronel Suárez
Declarado de Interés Legislativo Cultural por la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires

miércoles, 23 de abril de 2014

El escritor Julio César Melchior fue invitado a dar una conferencia en un encuentro nacional de alemanes del Volga

El escritor Julio César Melchior fue invitado a brindar una conferencia durante el desarrollo de un encuentro nacional de alemanes del Volga que se llevará a cabo el próximo 10 de mayo en la ciudad de Luján.

 Durante el mismo, que organiza la Dirección de Turismo de la Municipalidad de Luján, se dejará inaugurada la muestra fotográfica de José Luis Barreña que, el año próximo pasado, recorrió los pueblos alemanes de Coronel Suárez y las colonias y aldeas alemanas del Volga del país, tomando imágenes para esta muestra inédita.
El cronograma de actividades se completará con otros actos que se irán sumando hasta el día del evento. Para el cierre está prevista una oración ecuménica en la Basílica de Nuestra Señora de Luján.

lunes, 21 de abril de 2014

Así vivieron las madres alemanas del Volga

“En la época de nuestros padres, la gente se casaba muy joven; el hombre a los veinte años, y la niña con apenas diez y siete”, escribe el Padre José Brendel recordando los primeros años de las colonias alemanas de la Argentina. La mujer era la dueña de casa en todo el real sentido de la palabra. El hogar era su pequeño reino –y el único-, en que nada se hacía sin ella, y en que todo iba sincronizado alrededor de su mandato y voluntad. La mujer, era la cohesión de todo aquello. Y una vez que llegaban los hijos, ellos eran el incentivo para el trabajo. Los romanticismos no contaban… sino en las leyendas de príncipes, que leían con tanta fruición y les contaban luego a sus niños.

El joven que solicitaba con un solemne ritual la mano de una muchacha, sabía que no podría ofrecerle ni riquezas ni más comodidades que las comunes, fuera de sus brazos fuertes de labrador, y de su espíritu de trabajo; y ambos, de común acuerdo, enfrentaban la vida como viniera, sin hacerle preguntas, sabiendo lo que querían del futuro, y sacrificándose sin titubeos, para conquistarlo. Y una vez que llegaban los hijos, ellos eran el mejor incentivo para el trabajo. Los romanticismos no contaban . . . sino en las leyendas de príncipes, que leían con tanta fruición y les contaban luego a sus niños. A eso hay que añadir como en el caso de los fundadores de las colonias, que apenas casados, iniciaban el gran viaje por mares y tierras en busca de la felicidad y de un terruño en que pudieran vivir con sus hijos.
Y una vez que llegaban los hijos –rememora el Padre Brendel-, ellos eran el incentivo para el trabajo. Los romanticismos no contaban… sino en las leyendas de príncipes, que leían con tanta fruición y les contaban luego a sus niños.
El hogar era su pequeño reino –y el único-, en que nada se hacía sin ella, y en que todo iba sincronizado alrededor de su mandato y voluntad. La mujer, era la cohesión de todo aquello.
Una vez que sus hijas eran mayores, ellas colaboraban activamente en los trabajos, aprendiendo la conducción del hogar de la mejor de las maestras: su madre. En las colonias no se concebía una muchacha casadera, que no supiera cocinar, y conducir una casa. Ningún hombre hubiese mirado a una muchacha así.
Por eso también, los hogares de los alemanes del Volga, eran alegres y felices –sostiene el Padre Brendel-, tanto en la presentación prolija de las habitaciones y dependencias, como en el rostro de sus gentes.
Para comprender mejor la importancia de la madre en el hogar, referiré una anécdota: un señor a quien se le había muerto la esposa, a cuya ausencia no podía acostumbrarse, me dijo un día, en confidencia: "Nunca hubiera creído, que ella era el lazo de unión de mi familia... Ella tan pequeñita y menuda, que hablaba tan poco, era la cohesión de todo, con su gran corazón... y desde que se fue todo se vino abajo... Ella se lo llevó todo. Y pensar, que yo creía que sobre mis hombros descansaba la unión de mi hogar... ¡Iluso de mí!".
Otro detalle ilustrativo de las madres de los alemanes del Volga, son las viejas y amarillentas fotografías de antaño: los cuadros de familia. Allí está ella, rodeada de la corona de los suyos, llevando bien visible entre sus manos el rosario y su libro de Misa...
Sobre sus rodillas se aprendía entre balbuceos el primer Ave María, y la torpeza de los bracitos infantiles dibujó por primera vez el signo indeciso de la Cruz. Antes de que la familia se entregara al reposo, la madre se aseguraba de que todos habían hecho su oración.
Los mayores en silencio, y los más pequeños, cantando su oración en alta voz, bajo la atenta supervisión de la mamá. Y cuando ya todo el mundo se había acostado, pasaba ella por las habitaciones, rociando cosas y personas con agua bendita y pidiéndole a Dios nos librara del mal.
Durante mi vida de estudiante y de sacerdote –cuenta el Padre Brendel-, jamás llegué a mi casa, sin encontrar a mi anciana madre esperándome junto al portón de entrada de la finca. Desde lejos divisaba su batita blanca, y sabía que me estaba aguardando con cada auto que pasaba por la calle. La bata de mi madre era para mí como la bandera de llegada de todas las esperanzas. Y así, años y años de ansias de llegar, y de bata blanca de espera, hasta que llegó el día, en que al regresar, el portón estaba sólo, tan solo, como si le faltara toda mi infancia y juventud... y toda mi vida.

Historia de la visita de un representante ministerial a las colonias

“El pueblo es un trazado urbano irregular dividido por una calle principal, bien ancha, dos o tres calles que corren paralelas, otras tantas que las cortan de manera transversal, y un tejido interminable de pasajes sin salida: caminos hacia ninguna parte, calles sin retorno”, piensa el representante del ministro provincial que recorre la colonia vestido de impecable traje negro, corbata y zapatos al tono, e inmaculada camisa blanca.
Lo acompañan dos respetables vecinos elegidos democráticamente para guiarlo en su visita oficial.
“Calles de tierra: polvo en verano y fango en invierno”, concluye sin dar soluciones al problema. Poco importa. Sólo es cuestión de encogerse de hombros y seguir viaje.
Camina erguido, con mirada soberbia y tirana, pisando seguro, sin dejar dudas que es él el que manda ese día en esa localidad perdida en un lejano y diminuto punto en el mapa político de la provincia de Buenos Aires que cuelga en el confortable salón del ministerio, allá en la ciudad de La Plata. “Donde no hace tanto calor como aquí, carajo, en medio de esta pampa indómita y solitaria, poblada de barbarie y de localidades sin historia ni peso alguno”, opina para sí mismo con desprecio y desdén mientras acelera el paso para concluir cuanto antes su estadía.
“Habría tanto para hacer en este lugar... –continúa reflexionando-. Pero en términos políticos sería como tirar dinero a los chanchos. Sí. Porque como dice un viejo caudillo: ‘la inversión debe compensarse con votos’. Y aquí... –miró en derredor- ¿cuántos votos podemos llegar a cosechar? Ni vale la pena el esfuerzo de sumarlos. El resultado está por demás a la vista. Es ínfimo y minúsculo”.
Llegan al cementerio. Deambulan recorriendo el sitio “donde yacen los fundadores” –según le cuentan los colonos que lo acompañan. Dos ancianas que están limpiando una tumba levantan la mirada sin apenas prestar mayor atención a los tres hombres que a su vez tampoco le prestan mayor interés a los yuyos que invaden el lugar ocultando la última morada de los difuntos que esperan la resurrección final.
Sin decir palabra regresan a la calle para concluir la caminata en la casa de uno de los colonos, donde los esperan varios vecinos de la comunidad. Obviamente que allí está reunida la alcurnia aristocrática de la colonia. El representante del ministro se merecía tamaño agasajo.
Hubo elogios de ambas partes: los dueños de casa, con el aplauso y el beneplácito de sus camaradas, se deshicieron en conceptuosas frases de adulación que hubiesen sonrojado a cualquier animal con dos de frente menos al representante del ministro que respondió agradecido y henchido de orgullo y satisfacción porque –según consideraba- los colonos sabían reconocer sus aptitudes intelectuales y morales. Por eso hizo gala de un repertorio político digno del mejor comité de campaña, prometiendo obras a diestra y siniestra. Tantas que si lo dejaban continuar hasta hubiese llegado a prometer la construcción de un aeropuerto.
Brindaron por una larga vida y permanencia eterna en el poder del gobernador y el presidente de la nación. Almorzaron lo mejor y lo más exquisito que los dueños de casa pudieron comprar.
A las tres de la tarde, se decidió que era hora de trasladar al representante del ministro a Coronel Suárez. Se instalaron cómodamente en varios automóviles y, raudamente, emprendieron la marcha. Al verlos pasar, los colonos pobres que trabajaban los campos de los señores que iban en los vehículos, se preguntaron el por qué de tanto ir y venir de personas vestidas de domingo en la calle principal del pueblo. Nunca lo supieron ni se interesaron en averiguarlo. Las decisiones de la localidad como las que concernían a su vida, se tomaban en otro lugar. Ellos, en su ignorancia de todo contubernio político, comprendían mejor que nadie el viejo axioma que expresa que “Dios está en todas partes pero gobierna la tierra desde el corazón de los hombres que poseen dinero y poder”.

viernes, 18 de abril de 2014

Así celebraban la Pascua los alemanes del Volga

“La Semana Santa comenzaba con el Domingo de Ramos, cuando se bendecían las palmas y ramos de olivo. Portando esas palmas y ramos se organiza una procesión, en recuerdo de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. En tanto que durante la Semana Santa propiamente dicha, se celebraban tres ritos solemnes para evocar la pasión, muerte y Resurrección de Jesucristo. El Jueves Santo: la institución de la eucaristía; el Viernes Santo: las lecturas de las Sagradas Escrituras, oraciones solemnes, y la veneración de la cruz rememoraban la crucifixión de Cristo; y el Sábado Santo: conmemoraban el entierro de Cristo; los oficios de vigilia de medianoche inauguran la celebración de la Pascua de Resurrección”. (Memorias de August Brost)

Semana Santa

Durante la Semana Santa, las colonias cambiaban totalmente su aspecto. No se oían los suaves acordes de los “Schnerorgellier” y los colonienses que an¬daban por las calles lo hacían en profundo silencio.
El Jueves Santo, durante la Misa, en que se celebraba la Ultima Cena de Cristo y la ceremonia de lavar los pies para rememorar el lavado de pies de los discípulos de Cristo, el templo quedaba de pronto en silencio y a oscuras: súbitamente los fieles comenzaban a entonar el himno sagrado Gloria in excelsis al tiempo que comenzaban a repicar todas las campanas (que se “volaban” y permanecerían mudas hasta el sábado a la noche, cuando “regresarían”, haciendo el mismo estruendo que ensordecía a toda la colonia). Desde ese momento, solamente las matracas (Klapperer) de los campaneros anunciaban el inicio de la misa, durante los dos días subsiguientes.
El Viernes Santo, los fieles concurrían a misa vestidos de colores oscuros o de negro. Se conmemoraba la muerte de Jesucristo. Era un día dedicado a la penitencia, el ayuno y la oración. La liturgia se componía de cuatro partes diferenciadas: lecturas bíblicas y oraciones solemnes, incluyendo la lectura de la Pasión según san Juan, la adoración de la cruz, la comunión de los fieles y las devociones populares. También se realizaban procesiones por las calles, en las que los niños iluminaban su camino llevando en las manos farolitos (fackellier), adornados con papel crepé, entonando cánticos religiosos y orando devotamente. En muchas esquinas se instalaban pequeños altares preparados por los vecinos.
El Sábado Santo por la noche, se hacía el remedo de quemar a Judas, el traidor de Jesús. Y el Domingo de Pascua se asistía a misa con los corazones alborozados para celebrar la resurrección del Señor.
Al atardecer se organizaban animadas tertulias y bailes. Hecho que se reiteraba los lunes y martes. Siempre con una masiva participación popular.


Blog de Periódico Cultural Hilando Recuerdos

Der Osterhas (La tradición de los huevos de Pascua entre los alemanes del Volga)



“El conejo de Pascua traía huevitos multicolores preparados por mamá. Nuestras madres hervían huevos de gallinas durante siete u ocho minutos. Después procedían a pintarlos, dándoles motivos decorativos y muy vistosos. Y pese a que no tenían colorantes ni ningún tipo de pigmentos a su alcance, se las arreglaban muy bien. Por ejemplo, para obtener el color rojo, colocaban a macerar el huevo en agua donde habían hervido remolachas; para obtener el color amarillo, hervían las cáscaras de cebollas; para el color azul, las hojas de malva. Y para que los colores adhirieran perfectamente, agregaban un poco de vinagre a la cocción. Una vez pintados los huevos –tarea que realizaban con primor y mucho arte- los untaban con tocino para lograr un efecto brillante y una mejor presentación”.



Der Osterhas

Los huevos de Pascua formaban una sólida tradición en la colonia, y los traía la liebre pascual (Osterhas). Una antiquísima leyenda cuenta que fue una liebre de campo (no un conejo) la primera, que vio la resurrección del Señor, en aquella madrugada gloriosa de Jerusalén, y valida de la velocidad de sus patas, salió apresuradamente a correr por el mundo anunciando la gran nue¬va. Por eso la liebre, trae un don, si bien extemporáneo, consecuente; los huevos de Pascua, que las madres, en el silencio de la noche pintarán de varios colores, para dejarlos junto a las camas de sus niños, quienes habrán tenido buen cuidado de preparar un nidito de suaves pajas, y de asegurarse que los perros de la casa, quedaran esa noche atados.
Y cuando despierten al día siguiente y vean alborozados el regalo multicolor, la madre les explicará el significado del huevo pascual. Así como el polluelo rompe por propia fuerza la cáscara del huevillo y sale al exterior, vivo, en la misma forma Nuestro Redentor, rompió por propia virtud el cascarón de piedra de su sepultura, para aparecer vivo entre los suyos, en el día de la Resurrección . . .
¡Cuánta Teología en un humilde huevito de colores!...
Y los niños esperarán ansiosos el paso de la liebre familiar de sus campos, arrastrando penosamente una canastilla de vistosos huevitos, como en un cuento animado de Walt Disney.
Buscar el origen de esa tradición legendaria, netamente cristiana, es remontarse al medioevo, en medio de los pueblos sajo¬nes nórdicos, donde su pista se pierde; pero es tanta la fuerza de su simbolismo, que hasta lo han adoptado los pueblos latinos, si bien en forma de huevos de chocolate, como han copiado tantas bellas cosas de los pueblos teutones.

Orígenes del Conejo de Pascua

Los persas y los egipcios coloreaban los huevos con colores brillantes y luego los comían durante el festejo de año nuevo, que comenzaba en primavera.
Uno de los símbolos más conocidos en Pascua son los famosos "Huevos", que en la antigüedad significaban la fecundación y la nueva vida.
A raíz de esta tradición, se hizo costumbre dar huevos como regalo en los festivales de primavera.
Hoy en día la gente sigue coloreando y decorando huevos de Pascua con distintos símbolos y colores. Uno de ellos es el sol que significa la buena fortuna. También el gallo que simboliza la concreción de deseos y las flores que representan el amor y caridad.
En Grecia, se utiliza mucho el color carmesí en honor a la sangre de Cristo. Una tradición en el festejo de la Pascua de este país es estrechar los huevos pintados de colores variados, tal cual como se brinda con las copas. En algunas Iglesias europeas se realiza una ceremonia en la que se bendicen los huevos, así como los Ramos de Olivo, y acompaña a este acto el dulce canto de un coro de niños.
En Alemania y Austria el Jueves Santo se utiliza el color verde para pintar los huevos. Los alemanes cocinan los huevos y luego quitan su contenido perforándolo con una aguja. Cuando el huevo está hueco los cuelgan en árboles y arbustos durante toda la Semana Santa.
En otros países, como por ejemplo Armenia, también vacían el huevo y en este país en particular, además los adornan con imágenes de Cristo, de la Virgen María y otros diseños religiosos.
Los eslavos pintan los huevos con especiales decorados en oro y plata.
En Inglaterra, en los pueblos de montaña, la celebración comienza en el amanecer del Domingo de Pascua. Hombres y mujeres suben a lo alto para ver nacer el Sol de la Resurrección. Al día siguiente, desde allí hacen desliza huevos de diversos colores que ruedan por las laderas y se pierden entre la vegetación de valles y llanuras.
Los artistas australianos diseñan los huevos con helechos y pequeñas plantas. Los polacos y ucranianos, en cambio, los decoran con simples diseños y colores. Elaboran los llamados "Pysanki", que son una obra maestra de la habilidad y la mano de obra.
A pesar de todas estas variadas costumbres para adornar los huevos de Pascua que existen en muchos países europeos, la República Checa es el país donde más desarrollada tiene la técnica de ornamentación de los huevos.
El conejo era considerado el animal más fértil y era un signo de nueva vida durante la primavera. Sin embargo, el conejo como símbolo de Pascua fue originado en Alemania. En el 1800 fueron hechos los primeros conejos comestibles de pasta y azúcar.
Los alemanes fueron quienes incorporaron el conejo de Pascua en América del Norte, donde fue ignorado hasta poco después de la Guerra Civil norteamericana. La misma Pascua no era ampliamente celebrada en América hasta después de este tiempo.
El Conejo de Pascua también tiene un gran significado para los niños, quienes creen que el conejo es quien trae el huevo de Pascua. Esta creencia parte de una leyenda que comienza con la historia de una mujer que pintaba huevos para sus hijos en la Pascua y los escondía en nidos. Cuando los niños los encontraron un conejo saltó del nido y pensaron que el conejo les había traído los huevos.

La tradición de los huevos de Pascua

Todo comienza en Semana Santa y culmina con el Domingo de Pascua, que se presenta como una de las más importantes fiestas religiosas.
La Semana Santa comienza con el Domingo de Ramos, una de las conmemoraciones más importantes para la cristiandad. Muchos fieles van a misa con ramos de olivo -símbolo del recibimiento de Cristo en Jerusalén- para que sean bendecidos.
En esta semana se recuerda la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Con el Domingo de Ramos se evocó la entrada de Cristo en Jerusalén. Según la fe católica, el pueblo judío le dio la bienvenida agitando ramos de olivo.
A partir del jueves próximo -día que se conmemora la Ultima Cena- la liturgia religiosa adquiere mayor importancia. El viernes santo se evoca el tormento de Cristo en su marcha hacia el Calvario y el domingo, con la Pascua de Resurrección, se festejará el paso de la muerte a la vida del Hijo de Dios.
La Pascua constituye el fundamento sobre el cual se asienta y gira toda la vida del cristianismo. Es festejada por millones de fieles en todo el mundo y el Papa da la bendición en una misa urbi et orbi desde la Basílica de San Pedro.
Desde los comienzos de la humanidad, el huevo fue sinónimo de fertilidad, esperanza y renacimiento. El huevo adquirió importancia dentro de la mitología egipcia cuando el Ave Fénix se quemó en su nido y volvió a renacer más tarde a partir del huevo que lo había creado en un principio. También los hindúes sostenían que el mundo había nacido de un huevo.
Los huevos de pascua en la antigüedad eran de gallina y de pato, y en la Edad Media les eran regalados a los chicos durante las celebraciones. Al tiempo, los cristianos comenzaron a obsequiarse huevos durante la Semana Santa con regalos y al principio del siglo 19, en Alemania, Italia y Francia, aparecieron los primeros huevos hechos con chocolate con pequeños regalos adentro.
En cuanto a la decoración, los huevos de pascua siempre han representado un desafío para los reposteros. Pero las diversas culturas fueron decorando de manera diferente los huevos. En sus comienzos, eran pintados a mano con colores estridentes que representaban la luz del sol.

Los huevos se hacían uno a uno con un molde prefabricado, lo que dificultaba mucho su elaboración masiva. Los colores estridentes fueron apareciendo con las grandes producciones de huevos, por los años 20 y 30 del siglo XX.

Die Klapperer (Antigua tradición de Semana Santa)

“Los chicos de la colonia soñaban con ser "campaneros de Semana Santa" (Klapperer) y hasta los más pequeños importu­naban a sus padres para sonsacarles el permiso, e iban confiados a algún amigo mayor que ellos. Y ahí se desplazaba el grupo, siguiéndole a prudencial distancia los perros fíeles, cuyos amos eran una máquina de ruido. La muchachada se la  pasaba en la calle matraca al hombro, anunciando a viva voz los horarios de las misas, y comunicando que su llamado correspondía a los tres consabidos toques de las campanas, rubricando el pregón con: Zum ersten mal, zum zweiden mal, zum dritten mal!" (¡Primera, segunda y tercera!) y cerrando el todo, con un ensordecedor ruido de los instrumentos especiales”.

Padre José Brendel

Die Klapperer

La Semana Santa llamada aún con el vocablo del alemán an­tiguo Karwoche, tenía a mal traer con mucha anticipación a to­da la muchachada coloniense de los primeros años de las colonias.
Ya meses antes, se trabajaba en la fabricación de matracas e instrumentos de propia invención (Raschpel), para intervenir en la Agrupación de campaneros que suplirían el silencio de las cam­panas entre el Jueves y el Sábado Santo, o como se decía "die Klocken fliegen fort" (se vuelan las campanas).
Llegado el momento, se reunía el grupo en la Parroquia, para ser admitido oficialmente con derechos y obligaciones en la Co­fradía, y para recibir las instrucciones de caso, y presentar al sacerdote las armas de combate, que eran poderosas matracas, capaces de hacer callar a una chicharra. En número de hasta cua­renta se salía a anunciar los diversos actos del programa y el Án­gelus, que era especialmente importante, porque había que le­vantarse de madrugada, recorriendo las calles en penumbras, can­tando el Ave Maria Gracia plena! Con ese motivo, fuera de las horas rituales en el templo, la muchachada se las pasaba en la calle matraca al hombro, anunciando a viva voz los horarios, y comunicando que su llamado correspondía a los tres consabidos toques de las campanas, rubricando el pregón con: Zum ersten mal, zum zweiden mal, zum dritten mal!" (¡primera, segunda y tercera!) y cerrando el todo, con un ensordecedor ruido de los instrumentos especiales.
De madrugada, el punto de reunión era el viejo y abandona­do salón capilla, y allí al alba, y a la luz de una vela, medio dor­midos aún, esperaba la trupp el momento de salida, que daría el Schulmeister. El salón distaba un buen tiro de honda de la iglesia, lo que atemperaba el bullicio de los muchachos, a pesar de los que gritaban más, exigiendo a veces la dictatorial intervención del Padre, con algún "sopapo" perdido, con lo que a la postre no se remediaba nada.
Los chicos de la colonia soñaban con ser "campaneros de Semana Santa" (Klapperer) y hasta los más pequeños importu­naban a sus padres para sonsacarles el permiso, e iban confiados a algún amigo mayor que ellos. Y ahí se desplazaba el grupo, siguiéndole a prudencial distancia los perros fíeles, cuyos amos eran una máquina de ruido.
Todo ese trabajo —pues no dejaba de serlo— tenía una re­compensa. El Domingo de Pascua y después de la Misa Mayor, volvía a congregarse la trupp, ya fuera de servicio, y arrastrando un carrito no mayor que un coche de bebé, rehacían el habitual recorrido, interesadamente, para recoger su recompensa. Se iba de casa en casa, entrando en todos los patios, para desear las Fe­lices Pascuas a la gente que se divertía con ellos y los esperaba, e inclusive les pedía la repetición de sus pregones, sobre todo el del ÁNGELUS, que cantaban a voz en cuello, mientras el ruido subía en crescendo y al ritmo de las dádivas de monedas y huevitos de Pascua que daban los dueños de casa, y los que al fin del re­corrido, eran repartidos en total entre los componentes de la agrupación.
Ya antes de entrar en un patio, el encargado de las finanzas hacía cálculos de lo que dará Don Fulano, si mucho o poco, y se­gún la intención se atacaba en tono mayor o menor, con todas las repeticiones que se pidieran, y que a veces eran muchas y pro­vechosas. De paso se iba comiendo torta pascual, entre canto y canto, ruido y ruido . . . por primera, segunda y tercera vez…


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lunes, 14 de abril de 2014

Ricos Kreppel en el aniversario de Pueblo San José

La intensa lluvia y las condiciones del tiempo en general del sábado impidieron que el torneo de Kosser programado por la sub comisión de este juego tradicional de Independiente encabezada por los hermanos Julio y Tito Hartmann pudiese desarrollarse, motivo por el cual la actividad se reprogramó para el sábado venidero.
Pero… los Kreppel no faltaron.
1500 !!!!!, sí, 1500 Kreppel elaborados por una activa sub comisión de hockey de la entidad roja del Pueblo San José.
Es que como sucede en todas las instituciones, los integrantes de cada grupo de trabajo que colaboran con las instituciones tienen que ingeniárselas para recaudar fondos para sostener las actividades deportivas.
Como este fin de semana se festejaba un nuevo aniversario del Pueblo San José, esta sub comisión organizó una venta de Kreppel.
Todos colaboraron en la venta previa, dirigentes, jugadoras, allegados, todo y lograron venderse 120 docenas, motivo por el cual el sábado desde las 7 de la mañana los organizadores pusieron manos en la masa.
Harina, leche, azúcar, levadura, una pizca de sal, aceite para freír, hoyas, mecheros, garrafas, absolutamente e todo para elaborar los 1500 Kreppel.
Y por supuesto el grupo de colaboradores.
Lluvia y frío del sábado, pero los Kreppel super calentitos y listos para el mate, combo ideal para un día donde no se pudo jugar al Kosser, pero si saborear los Kreppel de Independiente.

Pueblo San José conmemoró su 127º aniversario


Oscar Fogel, Secretario de la Asociación Germano Argentina, destacó el perfil colonizador de nuestros antepasados. El Intendente Fuentes Lema valoró la presencia de esta colectividad alemana del Volga que sembró con fe, trabajo y profunda vocación religiosa nuestros tres Pueblos Alemanes. El Jefe comunal resaltó el compromiso de todos los sectores de la comunidad y el acompañamiento como siempre del Gobierno Municipal. Previamente se compartió la misa en acción de gracias.

El Delegado Municipal Daniel Schwindt fue el encargado de recibir a las autoridades presentes, encabezadas por el Intendente Osvaldo Fuentes Lema junto a miembros del Gabinete, la Presidente del Concejo Deliberante Blanco Stacco y representantes de diversas instituciones de la comunidad, quienes inicialmente se concentraron en la Parroquia San José Obrero del Pueblo San José.
El Padre Mario Schmidt presidió la misa en acción de gracias y finalmente en una jornada totalmente desapacible las autoridades depositaron una ofrenda frente al monumento que recuerda la figura de Don Eduardo Casey, el principal colonizador y propulsor del asentamiento de los primeros colonos que hace 127 años atrás han llegado para dejarnos su inmenso legado cultural, vocación de trabajo y una admirable presencia que hoy distingue a la ciudad de Coronel Suárez por sus Pueblos Alemanes.
El acto se llevó a cabo en el salón chico del Club Germano Argentino del Pueblo San José donde El Coro “Las Voces del Corazón”, bajo la dirección de Marita Marsch estuvieron presentes en el acto oficial con sus característicos repertorios de la música bien tradicional, el himno al Pueblo San José, junto a la colorida presencia de sus integrantes que pertenecen a nuestros tres Pueblos Alemanes.
El Coro “Las Voces del Corazón” es un organismo creado para representar a Coronel Suárez, Santa Trinidad, San José y Santa Maria, siendo embajadores de nuestras tradiciones y cultura y cada acto con su presencia resulta trascendente y con alto impacto emotivo.
Interpretaron el Himno Alemán, el Himno a Pueblo San José y canciones características.
El Ingeniero Osvaldo Fuentes Lema, como Intendente Municipal, dejó también su impresión sobre el presente y el futuro que tiene asignado Pueblo San José, donde en los últimos años se ha reivindicado su lucha y se ha elevado su calidad de vida a través del empuje personal de cada habitante y la obra pública que desde la administración municipal se fue extendiendo hacia nuestras Colonias.
Habló de la raza y de su gente, como así también del entramado social que crece y marca los tiempos y los ritmos de un quehacer general que es notable y sobresaliente.
Fuentes Lema destacó el compromiso de todos los sectores de la comunidad y en este sentido fue detallando el trabajo al servicio de la comunidad de las distintas instituciones, la población renovando el compromiso de seguir apoyando cada una de las realizaciones desde el Gobierno Municipal como viene ocurriendo en todos estos años de un sostenido progreso compartido con toda la población menciono el Intendente Municipal.
Oscar Fogel, Secretario de la Asociación Cultural Germano Argentino del Pueblo San José, habló en representación de las instituciones y también dejó profundas reflexiones sobre los esfuerzos que marcaron un camino que lleva 127 años de lucha, de esfuerzo y de crecimiento que hoy las nuevas generaciones deben reivindicar esas banderas e imitar el ejemplo de quienes nos precedieron e hicieron un porvenir que se disfruta en familia y bajo los mismos principios de fe, trabajo y familia.
En la parte final de su mensaje hizo alusión a los sentidos versos de Monseñor Doctor Enrique Rau en “La Voz de la Raza” reafirmando el texto que sintetiza el sentimiento expresando “Yo no escribo mi historia con espadas, yo no anuncio mi gloria con clarines, yo no ciño mi cienes con laureles, ni conquisto mis tierras con puñales”.
“Mi blasón es la paz, mis espadas son las torpes manceras del arado”.
Mi tesoro el hogar, que es carne y sangre que ofrezco diariamente en las aras de dos y de la Patria….”
En el transcurso de la ceremonia por parte de la Municipalidad de Coronel Suárez el Delegado y el Intendente Municipal procedieron a entregar un aporte económico con destino al Centro de Jubilados y Pensionados del Pueblo San José para lo cual fue la Vice Presidente de la entidad Paulina Minig quien recibió la documentación respectiva que certifica la entrega del subsidio Municipal.
Al término del acto fue servido un café con tortas, participaron abanderados de los establecimientos educativos de la localidad y referentes de las diversas instituciones.

Nilda Bahl, con 88 años, y Florentino Schwab, con la misma edad, fueron destacados en el aniversario de Pueblo San José

 
En el 127º aniversario de Pueblo San José. Después se viene Kerb en los primeros días de mayo. San José está de fiesta.

Dos queridos vecinos recibieron el sábado pasado sus respectivos reconocimientos en el acto oficial programado por la Delegación Municipal de Pueblo San José conmemorando el 127º aniversario de su fundación, para lo cual las autoridades municipales y representantes de las entidades compartieron este momento trascendente de dos queridas figuras de la segunda Colonia.
Nilda Isabel Bahl, nacida el 14 de abril de 1926, es la menor de 13 hermanos y al término de sexto grado, siendo muy joven, comenzó a trabajar en la emblemática confitería Las Delicias, que por entonces era propiedad de su hermano Hilario, y a partir de allí comienza a surcar toda una vida de esfuerzos hasta que finalmente abrió su propio vivero en la casa de sus padres, donde habita actualmente, en la Avenida Eduardo Casey del Pueblo San José.
Ella cuenta que gracias a su padre, que siempre hacia quinta y cuidaba el jardín, descubrió su pasión por esta actividad, que la mantiene hoy rodeada siempre de plantas y de flores.
Por su parte Don Florentino Schwab, quien en marzo cumplió sus 88 años, también tiene toda una historia intensa de trabajo en el campo junto a su familia, largos días de cosechas y siembras y el recuerdo de su casamiento con Ana Schmidt y de su impecable casa donde vive actualmente desde hace 64 años, toda una vida.
Don “Tino” Schwab estuvo acompañado de sus hijas Zulema, Nora y Elba y otros familiares en el momento de la entrega de la tan merecida distinción.
Y mañana, como todos los días, tempranito, a eso de las 6 de la mañana, ya estará saliendo para hacer los trabajos rurales que forman parte de su activa vida.
Ambos distinguidos estuvieron acompañados de sus familiares y allegados mientras entre el Intendente Fuentes Lema y el Delegado Municipal Daniel Schwindt, acompañados por representantes de entidades de la localidad formalizaron la entrega de los diplomas de honor y plaquetas que acreditan la distinción.

Fotografías fiesta aniversario de Pueblo San José









sábado, 12 de abril de 2014

Lanzlieder

Kreuzübel ist mir gangen,
kreuzübel geht mirs noch.
Wär ich bei mein Vatter geblieben,
ein ledig Mädchen wär ich noch.

Du bis alt, dick und fett
und bist auch so schlecht:
greifst und alle seckel nei
und host nichts der bei.

Traducción

Terriblemente mal me fue,
terriblemente mal me va todavía.
Si me hubiera quedado con mi padre,
una muchacha soltera todavía sería.

Tú eres alto, obeso y gordo
y también un desvergonzado:
metes la mano en todos los bolsillos
sin ver ninguna maldad en ello.

Las madres alemanas del Volga

“En la época de nuestros padres, la gente se casaba muy joven; el hombre a los veinte años, y la niña con apenas diez y siete”, escribe el Padre José Brendel recordando los primeros años de las colonias alemanas de la Argentina. La mujer era la dueña de casa en todo el real sentido de la palabra. El hogar era su pequeño reino –y el único-, en que nada se hacía sin ella, y en que todo iba sincronizado alrededor de su mandato y voluntad. La mujer, era la cohesión de todo aquello. Y una vez que llegaban los hijos, ellos eran el incentivo para el trabajo. Los romanticismos no contaban… sino en las leyendas de príncipes, que leían con tanta fruición y les contaban luego a sus niños.

El joven que solicitaba con un solemne ritual la mano de una muchacha, sabía que no podría ofrecerle ni riquezas ni más comodidades que las comunes, fuera de sus brazos fuertes de labrador, y de su espíritu de trabajo; y ambos, de común acuerdo, enfrentaban la vida como viniera, sin hacerle preguntas, sabiendo lo que querían del futuro, y sacrificándose sin titubeos, para conquistarlo. Y una vez que llegaban los hijos, ellos eran el mejor incentivo para el trabajo. Los romanticismos no contaban . . . sino en las leyendas de príncipes, que leían con tanta fruición y les contaban luego a sus niños. A eso hay que añadir como en el caso de los fundadores de las colonias, que apenas casados, iniciaban el gran viaje por mares y tierras en busca de la felicidad y de un terruño en que pudieran vivir con sus hijos.
Y una vez que llegaban los hijos –rememora el Padre Brendel-, ellos eran el incentivo para el trabajo. Los romanticismos no contaban… sino en las leyendas de príncipes, que leían con tanta fruición y les contaban luego a sus niños.
El hogar era su pequeño reino –y el único-, en que nada se hacía sin ella, y en que todo iba sincronizado alrededor de su mandato y voluntad. La mujer, era la cohesión de todo aquello.
Una vez que sus hijas eran mayores, ellas colaboraban activamente en los trabajos, aprendiendo la conducción del hogar de la mejor de las maestras: su madre. En las colonias no se concebía una muchacha casadera, que no supiera cocinar, y conducir una casa. Ningún hombre hubiese mirado a una muchacha así.
Por eso también, los hogares de los alemanes del Volga, eran alegres y felices –sostiene el Padre Brendel-, tanto en la presentación prolija de las habitaciones y dependencias, como en el rostro de sus gentes.
Para comprender mejor la importancia de la madre en el hogar, referiré una anécdota: un señor a quien se le había muerto la esposa, a cuya ausencia no podía acostumbrarse, me dijo un día, en confidencia: "Nunca hubiera creído, que ella era el lazo de unión de mi familia... Ella tan pequeñita y menuda, que hablaba tan poco, era la cohesión de todo, con su gran corazón... y desde que se fue todo se vino abajo... Ella se lo llevó todo. Y pensar, que yo creía que sobre mis hombros descansaba la unión de mi hogar... ¡Iluso de mí!".
Otro detalle ilustrativo de las madres de los alemanes del Volga, son las viejas y amarillentas fotografías de antaño: los cuadros de familia. Allí está ella, rodeada de la corona de los suyos, llevando bien visible entre sus manos el rosario y su libro de Misa...
Sobre sus rodillas se aprendía entre balbuceos el primer Ave María, y la torpeza de los bracitos infantiles dibujó por primera vez el signo indeciso de la Cruz. Antes de que la familia se entregara al reposo, la madre se aseguraba de que todos habían hecho su oración.
Los mayores en silencio, y los más pequeños, cantando su oración en alta voz, bajo la atenta supervisión de la mamá. Y cuando ya todo el mundo se había acostado, pasaba ella por las habitaciones, rociando cosas y personas con agua bendita y pidiéndole a Dios nos librara del mal.
Durante mi vida de estudiante y de sacerdote –cuenta el Padre Brendel-, jamás llegué a mi casa, sin encontrar a mi anciana madre esperándome junto al portón de entrada de la finca. Desde lejos divisaba su batita blanca, y sabía que me estaba aguardando con cada auto que pasaba por la calle. La bata de mi madre era para mí como la bandera de llegada de todas las esperanzas. Y así, años y años de ansias de llegar, y de bata blanca de espera, hasta que llegó el día, en que al regresar, el portón estaba sólo, tan solo, como si le faltara toda mi infancia y juventud... y toda mi vida.