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martes, 19 de junio de 2018

Los inmigrantes

Bajaron del barco. Viajaron en tren. Llegaron a sus colonias.
Levantaron sus casas de adobe. Sencillas y humildes. Ladrillo sobre ladrillo. Esfuerzo sobre esfuerzo. Araron la tierra. La sembraron. Cosecharon. Y la volvieron a arar, sembrar y cosechar. Hicieron todo eso y mucho más. Lo hicieron sin conocer una sola palabra de español.  Hablaban, cantaban y rezaban en alemán. Y la nueva patria y Dios los entendieron y comprendieron. La Argentina los cobijó dándoles la oportunidad de un destino de prosperidad y Dios los protegió llenándoles las almas de gracia y las manos de abundancia.
Con el transcurso de los meses nacieron los hijos. Con los hijos surgió un hogar. Con el hogar una comunidad. Con la comunidad una colonia. Y con la colonia una iglesia, una escuela, herrerías, carpinterías, almacenes de ramos generales. Y con ella la esperanza y con la esperanza el amor y la felicidad.

jueves, 14 de junio de 2018

Travesuras eran las de antes

-Es verdad -confesó el niño. Yo me robé el vino que quedaba en la
botella.
-¿Qué hiciste con medio litro de vino? -preguntó el padre mirándolo a los ojos. ¡Medio litro! -repitió poniendo como testigo del delito a su esposa, que lo apoyaba en la acusación. ¿Quién te creés que somos? A nosotros no nos sobra la plata -agregó. Además robar es un pecado. Dios te va a castigar.
El niño lo miró asustado. Apenas parpadeaba. Su respiración era entrecortada. Las lágrimas estaban próximas a caer.
-¿Dónde está? ¿Dónde lo pusiste? ¿Qué hiciste con el vino? -gritó el padre desabrochándose el cinturón.
El niño bajó la cabeza aterrado. Las lágrimas empezaron a mojar su rostro.
-Se lo di a Fritz -respondió.
-¿A quién? -interrogó el padre incrédulo.
-A Fritz -repitió el niño. Y acotó para que no quedaran dudas: Emborraché al perro.

jueves, 7 de junio de 2018

La utopía

Llegó al país hace muchos años. Llegó con lo puesto y una muda de
ropa en una bolsa que le cosió su madre. Bajó en el puerto de buenos Aires arrastrado por una multitud de inmigrantes que también venían al país escapando de la miseria, el hambre, la angustia y el dolor. Como pudo, se encaramó en el tren que lo transportó, mezclado entre los bultos del correo, hasta Coronel Suárez. De allí, hambriento y sediento, caminó quince kilómetros hasta llegar a pueblo Santa maría.
En su aldea natal dejó una esposa y dos hijos a los que prometió enviar por ellos ni bien lograra afianzarse en esta nueva tierra. Una tierra de la que todos, parientes y amigos que habían emigrado, contaban maravillas. Sobra tierra – escribían-, una tierra fértil y productiva. Pero nadie aclaró jamás que toda esa tierra de la que hablaban ya tenía propietarios. Colonos que arribaron en los años de la colonización y que hoy no estaban dispuestos a ser tan generosos como lo había sido el gobierno argentino con ellos. 
Durante los primeros días encontró amparo en la casa de un primo, que lo albergó en la habitación en la que dormían sus hijos. Pronto se dio cuenta que no podía aceptar indefinidamente tanta generosidad. La economía hogareña del primo distaba mucho de ser buena. Apenas podía calificarse como regular. Trabajaba noche y día, junto a su mujer y los hijos aptos para ayudar, para producir la mayor parte de los alimentos que consumían.
Por lo que, a la segunda semana de haber arribado y luego de adaptarse un poco a la nueva vida, llena de carencias y de angustia por darse cuenta que pasarían muchos meses antes de que pudiera enviar dinero para que también vinieran su esposa y sus hijos, salió a recorrer la zona buscando trabajo.
Lo encontró enseguida. Por doquiera se buscaban  hombres para trabajar. Lo contrató un paisano nacido en su misma aldea allá en el Volga. Un paisano que había prosperado, que ya tenía caballos, vacunos y bovinos de raza y residía en una casa de ladrillos. 
Seis años pasaron. Seis largos años. En todo ese tiempo, no hizo más que trabajar y soñar sueños que, cada día que pasa, le parecen más irrealizables. Sus niños crecieron. Se los imagina yendo a la escuela. Los ve correr por las calles de la aldea junto a otros niños que desconoce. Le duele estar lejos como le duele no poder siquiera regresar. El dinero reunido mediante tanto esfuerzo y sacrificio es escaso.  Día a día llegan más colonos. Sobra la mano de obra y eso hace que los patrones paguen poco. La generosidad solamente parece anidar en el corazón de los humildes. El alma de los que tuvieron suerte de que las cosas les fueran bien, cada día parece endurecerse más. 
Traer a su familia se volvió una utopía tan inalcanzable, como el deseo de regresar junto a ella.

martes, 29 de mayo de 2018

Los recuerdos de nuestra infancia

Una casa de adobe, una bomba de agua, un fuentón de chapa, una
tabla de lavar, un jardín, y allá al fondo, un Nuschnick, un gallinero, una huerta, una vaca lechera, un cerdo esperando la época de la carneada, un galponcito para guardar las herramientas y más al fondo, un patio inmenso. 
Un pueblo habitado por personas sencillas, honestas y trabajadoras, que hablan en alemán, que celebran fiestas tradicionales, que asisten todos los domingos a misa y que todos los días, de sol a sol, trabajan la tierra.
Esa es mi infancia. Esos son mis recuerdos. Nuestros recuerdos. Los recuerdos de todos los descendientes de alemanes del Volga. Los que nos definen y nos dan identidad. Y los que jamás debemos olvidar.

lunes, 28 de mayo de 2018

En el patio de mi casa, en la colonia

En el patio de mi casa, una noche oscura, de Navidad, se presentó el
Pelznickel, agitando su cadena, para hacernos rezar diez Padrenuestros.
En el patio de mi casa, un domingo de Pascua, pasó el conejo a dejar huevitos de colores, en el nido que le preparamos mi hermana y yo, con pasto y zanahorias.
En el patio de mi casa, durante los almuerzos de domingo, toda la familia, incluidos abuelos, nietos y sobrinos, se sentaban a comer alrededor de una inmensa mesa de madera.
En el patio de mi casa, hace ya muchos años, se celebró la fiesta de casamiento de mis padres, con abundante comida, música y alegría por doquiera.
En el patio de mi casa, una tarde de otoño, lloré las amargas lágrimas de mi primer amor.
También, en el patio de mi casa, lloré, con el alma devastada por el desconsuelo, la muerte de mis padres, siendo todavía un niño.

martes, 22 de mayo de 2018

Fuimos una familia feliz

Un plato de comida elaborada con ingredientes austeros
aprovechados con sabiduría y cocinados sobre la cocina a leña a la hora del almuerzo y una taza de mate cocido con pan casero horneado en el horno de barro a la hora de la cena, fueron el alimento cotidiano de muchos niños de la colonia en tiempos de nuestros padres. Era una época en que no sobraba nada y nuestras madres tenían que recurrir al ingenio para preparar todos los días una comida diferente con los mismos ingredientes, producidos mediante un trabajo, esfuerzo y sacrificio, que requería de una voluntad y un amor inquebrantables. La mayoría de esos ingredientes se producían en el amplio fondo que poseían las viviendas, donde nuestros padres criaban todo tipo de aves domésticas, desde gallinas, patos, pavos y un sin fin de variedades plumíferas, engordaban un cerdo para la carneada, tenían una vaca lechera, que les daba leche, manteca y queso, una huerta enorme, que era el punto de partida para elaborar chucrut, pepinos en conserva y varios embutidos más, abundante cantidad de árboles frutales que producían la fruta para cocinar dulces. 
Pero no crean, al leer lo que acabo de contarles, que nuestra infancia fue triste. No. Nuestra infancia no fue triste. Fue humilde, es cierto; pero no triste. Tampoco fuimos pobres. No tuvimos grandes lujos ni podíamos comprarnos las cosas que otras familias adineradas si podían; pero nunca nos faltó un plato de comida ni jamás pasamos hambre. Mamá cocinaba muy rico. Se las ingeniaba para preparar las comidas más sabrosas que pudieran existir. Con un poco de harina, levadura, agua, sal y verduras, se mandaba los Wückel Nudel más ricos del mundo. Mis hermanos y yo terminábamos limpiando el plato untándolo con pan, para no dejar ni rastros del menú. Tanto nos gustaba lo que cocinaba mamá. Por eso repito: fuimos humildes; pero no pobres. Y en nuestra casa nunca faltó la alegría. Mamá hacía las cosas de la casa cantando y papá silbaba a toda hora mientras trabaja la tierra. Fuimos lo que se dice, una familia feliz. 
(Todos estos recuerdos y las recetas inolvidables de nuestra niñez las rescato en mis libros “La gastronomía de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga” y “Lo que el tiempo de llevó de los alemanes del Volga”, que es mi manera de perpetuar en la memoria no solamente a mis padres sino a todos los antepasados de los descendientes de alemanes del Volga).

viernes, 20 de abril de 2018

Mi bisabuelo un día

Descendió del tren en la estación de Coronel Suárez, donde lo
esperaba un familiar. Mi bisabuelo y sus hijos ayudaron a descender y volver a cargar, ahora en carro tirado por dos caballos, los baúles. Cuando terminaron con la tarea y de saludarse efusivamente con el conductor, ascendieron y se sentaron dónde y cómo pudieron.
Emprendieron la marcha conversando animadamente. Mi bisabuelo contando novedades de la aldea que había dejado atrás para siempre y el auriga refiriendo los avances que estaban obteniendo los colonos en el sitio elegido para levantar un nuevo pueblo. El primero hablaba con palabras impregnadas de llanto y el segundo, con una voz  que desbordaba entusiasmo.
Recorrieron un sendero apenas marcado por las huellas de las ruedas de los carros de las personas que se animaban a transitar por esos caminos olvidados, después de que un grupo de colonos se animaran, a fundar un pueblo, no lejos de allí, en el medio de la nada, entre malezas, alimañas y el rumor de aborígenes rondando en el horizonte, tal vez esperando la oscuridad de la noche y la profundidad de la madrugada para atacar y asesinar a todos.
Mi bisabuelo oteó lejos y por fin descubrió un caserío. Unas pocas viviendas de adobe, una enorme cruz de madera, aguardando ser reemplazada por una iglesia, un pequeño cementerio y parcelas de terrenos con flores, huertas y trigo.  
Había llegado a Kamenka, futura Colonia Tres, futuro Pueblo Santa María.

viernes, 6 de abril de 2018

Las inolvidables recetas de mi madre

En la niñez mamá nos mimaba elaborando ricas comidas alemanas. Las preparaba sobre la mesa de madera y las cocinaba en la
cocina a leña. Nuestro hogar estaba impregnado de aromas que la memoria no olvidará jamás. Cuando nos sentábamos a comer mamá servía Kleis, Wückel Nudel, Supp, y a la hora de la merienda Kreppel, Dünne Kuchen, Strudel. Pese a que éramos pobres, nunca nos faltó un plato de comida. Mamá se las ingeniaba siempre para que el magro sueldo de papá, ganado con sudor y honradez, alcanzara para alimentarnos aun en los tiempos más duros, que los hubo y muchos. Recuerdo aquellos años y mis ojos se llenan de lagrimas. Las mismas lágrimas de gratitud, de admiración, de respeto, que me acompañaron a lo largo de los años que transité para dar forma al libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", en el que rescato todas esas recetas que nos alimentaron durante nuestra infancia. Esas inolvidables recetas que cocinaban nuestras madres.

martes, 27 de marzo de 2018

La proeza de doña Sofía

Caminó hacia el gallinero como todas las tardes a recoger los
huevos. Doña Sofía llevaba un  balde y un andar cansino. Nunca se había destacado por tener una excesiva voluntad para el trabajo. Todo lo contrario. Era popular por su ingenio para escabullirse de las situaciones que requerían de la presencia de mujer hacendosas. Por falta de interés, nunca había aprendido a coser ni a bordar. Menos a tejer. Nadie había logrado que permaneciera quieta y atenta por más de diez minutos. Apenas sabía cocinar. Su menú no salía de los guisos, las papas al horno, los fideos hervidos y el arroz apelmasado.
Al llegar al gallinero comenzó a levantar las gallinas de sus nidos para sacarles los huevos que habían puesto. Ofendidas en su fuero más íntimo salían corriendo despavoridas cacareando a los cuatro vientos semejante ultraje. A la protesta, también solían sumársele algún pato llevado por delante por las gallinas u otras compañeras que rondaban por los alrededores.
Todo se desenvolvía conforme a lo habitual, hasta que asomó su cabeza una comadreja que, igual de asustada que las gallinas, no tuvo mejor ocurrencia que saltar sobre la humanidad de la señora.
Tal fue la sorpresa y el susto de doña Sofía, que por primera vez en su vida fue diligente y voluntariosa para llevar a cabo una actividad. Sin pensarlo mucho, arrojó por el aire el balde con los huevos y emprendió una corrida hacia la casa que maravilló al peón que trabajaba no lejos de allí. La mujer vociferaba pedidos de auxilio y la inmediata presencia de su marido.
La comadreja, ofendida por el escándalo y los gritos, se escabulló por los fondos del gallinero, satisfecha con los huevos que había comido.

sábado, 17 de marzo de 2018

El noviazgo en las colonias de antaño

Eusebio, después de mucho insistir, logró que su familia aprobara
su noviazgo con la mujer que amaba. Costó convencerlos que, pese a ser de tez más oscura que todos los habitantes de la comunidad y residir en la ciudad, era un buen hombre. Le llevó más de seis meses de asistir todos los domingos a misa, participar de cuanta procesión religiosa el cura convocara y un sin fin de confesiones y penitencias, hasta que, por fin, pudo convencerlos también de que era un hombre creyente y temeroso de Dios.
Tenía permiso de visitarla los domingos, a la hora del mate. Eso sí, jamás conseguía estar a solas con ella. La madre les cebaba mate. El padre avivaba la conversación y los niños lo miraban de reojo, atentos a los movimientos de sus manos. Las despedidas lo sumían en la angustia y desesperación. Ni una sola oportunidad para expresarle cuánto la amaba, para decirle que nunca la dejaría, que la cuidaría y que juntos tendrían una casa y formarían una familia con muchos hijos. Su boca ardía de deseos de besarla.
Andando los meses, transcurridos tres años, ya aquerenciado en la casa de sus futuros suegros, surgió un nuevo conflicto. Los padres de la novia esperaban a Eusebio con la elección de la fecha de la boda. En tiempo de la arada y la cosecha no. Durante la Cuaresma tampoco. Pascuas no. Y los sábados y domingos menos, son los días dedicados al Señor. La lista continuaba pero Eusebio olvidó el resto la tarde en que se le acabó la paciencia y quiso ponerle puntos sobre las íes a su futuro suegro y éste lo miró, le dijo que lo esperara un momento, se fue a la habitación, y volvió con una escopeta.
Eusebio comprendió en el acto que con el hombre no se jugaba. Que parecía manso pero que de manso no tenía un ápice. Así que bajó los humos y aceptó todo lo que le decían en un sermón interminable, con tal de no perder la posibilidad de continuar visitando a su no novia. 
El noviazgo se prolongó por dos años más. El caballo de Eusebio conocía el camino de memoria. Los domingos a las cuatro, enfilaba solito rumbo a la casa de la familia Suppes.
Un buen día, don Suppes le comunicó que por fin se podía casar con su hija. Había ganado buen dinero en la cosecha y eso lo habilitaba para organizar una fiesta de casamiento como él quería para la boda de sus hijos. Eso sí, primero debía comunicar la boda tres domingos consecutivos durante la misa principal.
El pobre Eusebio ya no opinó. Aceptó compartir en partes iguales los gastos de la fiesta, escuchar una interminable sucesión de consejos del cura para vivir un matrimonio bendecido por Dios, y cumplir con otras obligaciones que olvidó durante los tres días que se prolongó la fiesta de casamiento.

lunes, 5 de marzo de 2018

Un día de escuela en las colonias de antaño

-¿Tres por cuatro?- volvió a a preguntar el maestro.
-15 -respondió la niña en un sonido agudo, casi imperceptible para el oído de sus treinta compañeros de clase que, al igual que ella, temblaban frente a la actitud severa que estaba adquiriendo el rostro del maestro.
- ¿Tres por cuatro?- repitió levantando la voz y el puntero
-¿Nueve?- respondió preguntando la niña.
-¿Acaso sus padres no les enseñan en sus casas?- inquirió el maestro - Siempre la misma burra. Nunca sabe nada. Es un mal ejemplo no solamente para este grado sino también para toda la escuela. Ponga las manos sobre el pupitre con las palmas hacia arriba- ordenó el maestro.
La alumna obedeció.
-¿Tres por cuatro? -inquirió el maestro alzando el puntero.
-¿Dieciocho?- contestó la niña tímidamente.
El ruido del puntero sobresaltó al resto del alumnado que miraba horrorizado.

lunes, 26 de febrero de 2018

El hombre y la lluvia

Lloviznaba. Una llovizna tenue y silenciosa. Los segundos
 redactaban filigranas de olvido sobre el vidrio de la ventana. El tiempo transcurría en la humedad de la tarde, que languidecía hacia la noche. 
Sentado en la penumbra, el hombre miraba hacia la calle. Un hombre avejentado, más anciano de alma que de cuerpo. Mientras miraba, sin ver la calle y sin ver la lluvia, meditaba. Sus ojos celestes semejaban navegar en un océano de llanto, que no se decidía a desbordar las cuencas de sus pupilas.
El sillón hamaca lo arrullaba en la tristeza.
En sus manos sostenía la Biblia que le obsequió su madre la mañana que se despidió de allá para venir a América, con la promesa de regresar para buscarla. La Biblia que en tantas noches de infortunio había leído. La misma Biblia con la que pidió ser sepultado.
Lloviznaba. Una llovizna melancólica. Una lluvia parecida al llanto. Parecida a una promesa incumplida. La misma lluvia que seguramente cae sobre la tumba de su madre, allá en la aldea, allá en el Volga, allá en Rusia. La misma lluvia que seguramente, algún día, caerá sobre su propia tumba.
Y el hombre lo sabe, por eso llora junto con la lluvia.

lunes, 19 de febrero de 2018

La cacerola abollada

-¡Acá está! -gritó Juancito levantando la cacerola abollada como un
trofeo, parado sobre el montículo de basura. Sabía que la había visto tirada por aquí.
-¡Vamos a lavarla! -ordenó a los tres niños que lo acompañaban.
Los cuatro se dirigieron hacia la bomba
-¿Qué van a hacer con eso? - los interceptó el padre de Juancito.
- La vamos a lavar para poner lombrices -respondió Juancito.
-Queremos ir a pescar - agregó el menor de los niños.
-¿No es un poco grande para eso? -objetó el hombre observando la cacerola abollada, sin manija y sucia de barro y restos de desperdicios de cocina.
- ¡No! -contestó convencido Juancito, apurando el paso. Le vamos a poner poca tierra, solamente la suficiente para mantener vivas las lombrices hasta que lleguemos al arroyo. 
El padre meneó la cabeza, sonrió y prosiguió su camino. Tenía demasiadas tareas esperándolo como para interesarse en el destino que le iban a dar los niños a una cacerola arrojada a la basura.
Los niños la lavaron con parsimonia. Raspando cada mancha de suciedad con una piedra. No cejaron hasta que la cacerola lució  limpia. 
Luego marcharon al galpón, tomaron una pala y se dirigieron a la zanja de desagüe de la pileta de la bomba a sacar lombrices.
Juancito clavaba la pala y daba vuelta la tierra embebida en agua mientras los demás niños buscaban y sacaban lombrices para colocarlas dentro de la cacerola, en la que previamente le habían colocado un poco de tierra húmeda.
Después de almorzar tomaron sus cañas, las bolsas de arpillera para traer los peces que seguramente  pensaban pescar y salieron rumbo al arroyo. 
Estuvieron ausentes de la colonia durante toda la tarde.
A la hora de la merienda las madres de los niños dedujeron que lo estarían pasando muy bien porque era raro que no aparecieran. Más aún Juancito, que sabía que su madre lo esperaba con Kreppel.
Los niños llegaron a su destino. Escogieron el lugar más oculto para encender fuego. Juancito había hurtado fósforos. Pedrito un poco de kerosén. Luis y José no aportaron nada, por eso fueron los encargados de juntar leña seca.
Encendida la fogata, procedieron a lavar la cacerola en el arroyo.
Después la llenaron de agua y la pusieron sobre el fuego.
-¡Listo! - exclamó Juancito
-¡Vamos! Sin hacer ruido - ordenó José.
No lejos de allí trabajaba don Agustín cuando descubrió el humo. Refunfuñando empezó a buscar el origen.
- ¡Semejante sequía que hay! -rezongó. Mi maíz está a punto para ser cosechado. El gobierno debería prohibir a los linyeras. ¡Son un peligro!
 Cuando llegó al sitio descubrió una escena que lo dejó perplejo: cuatro niños comiendo choclos hervidos en una cacerola abollada, recién hurtados de su bello maizal.

miércoles, 14 de febrero de 2018

La curiosidad de las adolescentes

-Mi mamá me  contó que a los bebés los trae el arroyo- reveló la
adolescente de 14 años.
-¡Eso es mentira!-interrumpió otra. Nacen de un repollo en la quinta.
-Mi hermana me dijo que vienen del cielo-sostuvo una tercera de 15 años.
El grupo de amigas estaba sentado en ronda, bajo la sombra del nogal, descansando, balde en mano, de la labor de regar la huerta.
Eran cuatro, entre 13 y 16 años. Todas habían visto surgir en sus hogares a muchos hermanos. Todas se enteraron recién cuando escucharon llorar al bebé en la habitación donde se  habían encerrado su madre, que gritaba angustiada, la comadrona para curarla de su ataque de nervios, y varias mujeres con palanganas con agua caliente y toallas.
La adolescente de 16, las observaba escuchando atenta y reflexiva. Necesitaba saber la verdad con urgencia. La apremiaba el tiempo. Iba a casarse dentro de un mes y necesitaba saber de dónde vendrían los hijos que soñaba criar.

martes, 6 de febrero de 2018

Cinco libros sobre la cultura e historia de los alemanes del Volga en Buenos Aires

Cinco libros pensados y creados para rescatar y revalorizar
la historia, infancia, vida social,  tradiciones, costumbres y cultura de los alemanes del Volga. Cinco obras surgidas de la pluma del escritor Julio César Melchior.  Ahora se pueden adquirir en Capital sin pagar envío.  Es una oportunidad que nadie puede dejar de aprovechar.  Para conocer,  profundizar o recordar nuestra historia y cultura. Y si todo esto no fuera suficiente: durante el mes de febrero la entrega en toda Capital será GRATIS! Sin ningún tipo de pago adicional. No pierdan esta ocasión única e irrepetible. Los títulos de los libros son: Historia de los alemanes del Volga, La gastronomía de los alemanes del Volga, Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga, La infancia de los alemanes del Volga y La vida privada de la mujer alemana del Volga. Para mayor información, comunicarse al siguiente correo eletrónico: juliomelchior@hotmail.com.

miércoles, 31 de enero de 2018

Doña Elisa y don Pedro

Doña Elisa tomaba té y don Pedro mate. Sentados frente a frente
, junto a la mesa de la cocina como todas las tardes. Como toda la vida. En silencio. Sin mirarse. Sin verse.
Doña Elisa comía pan casero con manteca y miel. Don Pedro pan de la panadería y chorizo casero obsequio de su hermano Fermín.
Don Pedro se levantó a encender la radio. Doña Elisa hizo una mueca. Se puso a tararear una vieja canción alemana. Don Pedro se fastidió, volvió a levantarse y apagó la radio. Doña Elisa dejó de cantar. Doña Elisa terminó de beber su té, lavó su taza y todos los utensilios que había utilizado. Acto seguido se sentó a tejer junto a la ventana.
Don Pedro comenzó a tomar mate llenando el ambiente de sonidos. Una vez, dos veces, tres veces. Hasta que doña Elisa se cansó y se levantó, colocó el tejido sobre la mesa, y salió al patio.
Don Pedro satisfecho volcó el mate en el tacho de basura, guardó todo lo que había utilizado en sus respectivos lugares, limpió la mesa, y se fue al patio detrás de doña Elisa.

sábado, 20 de enero de 2018

Pequeños ladrones de las colonias de antaño

Don Eusebio de 72 años se sentó junto a la ventana para tomar su mate del atardecer, cuando vio pasar corriendo a dos niños y detrás a su mujer, doña Ester, de 65, agitando el brazo y el rastrillo que llevaba en la mano. 
Don Eusebio se levantó, abrió la ventana y miró hacia la calle. Grande fue su sorpresa. Doña Ester estaba en el piso, despatarrada cuan larga y ancha era, insultando a diestra y siniestra a los niños, a sus padres y a la maestra que los educaba.

Primero se asustó. Luego, al percatarse de que su esposa estaba bien, comenzó a reír estruendosamente. Lo que enfureció más a doña Ester.
Los ladrones habían huido victoriosos, llevándose una sandía de la huerta.

jueves, 18 de enero de 2018

Se viene la tercera Strudel Fest en Pueblo Santa María

El multitudinario evento se llevará a cabo el 3 y 4 de marzo en Pueblo Santa María, ubicado en el Partido de Coronel Suárez, en el sudoeste de la Provincia de Buenos Aires, y contará con una enorme variedad de espectáculos gratuitos. Se desarrollará el concurso denominado “el mejor Strudel de Santa María” y se elaborará un Strudel gigante en vivo. Se anuncia una cena y baile, torneo de Kosser, paseo de artesanos, música y baile tradicional, gastronomía alemana, stand de diferentes productos, exposiciones y mucho más. La comunidad los invita a participar para juntos mantener vivas las tradiciones y costumbres de nuestros ancestros, los alemanes del Volga. A continuación publicamos los afiches con las direcciones de correo electrónico y teléfonos para comunicarse con los organizadores.

viernes, 5 de enero de 2018

140º Aniversario de Colonia Hinojo, la colonia madre de los alemanes del Volga

Colonia Hinojo festejará sus 140 años de historia, este domingo 7 de enero con un variado programa de actividades, que homenajeará a los pioneros que forjaron la colonia y celebrará con danzas alemanas y un gran baile popular junto a toda la comunidad. El programa se iniciará a las 18 horas con una misa y una hora más tarde habrá un homenaje en Fundadores y Servet. Posteriormente los festejos centrales se trasladarán a la Plaza Sarmiento.
Programa: -18:00 hs. Lugar: Monumento a los Pioneros. Misa en acción de de gracias y por los difuntos de Colonia Hinojo, a cargo del párroco Pablo Lodeiro, en inmediaciones al Monumento a los Primeros Pioneros. -19:00 hs. Lugar: Avenida de los Fundadores y Servet. Acto homenaje a la mujer-madre alemana del Volga. Entonación del Himno Nacional Argentino. Lectura del discurso. Descubrimiento y bendición de escultura. -20:30 hs. Lugar: Plaza Sarmiento. Reseña histórica de Colonia Hinojo. Presentación de un tema musical por el cantautor local Juan Carlos Banegas. Entrega distinciones a lugareños. Corte de la torta de cumpleaños. Actuación artistas locales. Presentación del Grupo de Danzas Alemanas. Baile popular con Cristian Braun. Además como parte del programa, se podrá visitar la muestra en el Museo de los Alemanes del Volga “Ariel Chiérico”. Habrá entretenimientos con inflables para niños, artesanos de la localidad y la zona y servicio de cantina.

miércoles, 3 de enero de 2018

Si vas de visita a mi pueblo, diles que los extraño y que jamás los olvidé

Si vas de visita a mi pueblo y recorres sus calles al atardecer, verás familias enteras sentadas en las veredas tomando mate, a la sombra de los árboles, conversando en alemán. Verás a los niños jugar en libertad, sin miedo, corriendo detrás de la pelota. Verás un cielo de estrellas surgir lentamente en el horizonte, con la noche que llega y el día que se va con el sol, cobijada en los brazos de la luna. Verás lugares hermosos, en los que se conjuga el ayer con el hoy. Verás viviendas que se construyeron con el pueblo, en los lejanos años de la fundación. Con techos a dos aguas, corredores largos y amplios, cenefas, bombas de agua, jardines con todo tipo de flores, patios grandes, verdes, huertas, molinos. Una iglesia majestuosa. Una avenida ancha. Ramblas con árboles centenarios.
Si vas de visita a mi pueblo, saluda a mi gente, esa bella gente de alma generosa, manos extendidas, temerosa de Dios, trabajadora, honesta, sacrificada, que nunca baja los brazos. Que jamás deja de creer. Esa gente rubia de ojos claros que descienden de colonos que un día llegaron a esos lares desde las lejanas tierras del Volga, a forjar su ideal en este suelo argentino.
Si vas de visita a mi pueblo, diles que los extraño y que jamás los olvidé. Diles que sueño con volver y descansar junto a ellos. Diles que estoy regresando. Diles que ya reservé mi lugar, junto a mis padres y a mis abuelos, al lado de mis hermanos.
No te olvides de darles mi mensaje. Ellos sabrán comprender. Y echarán a volar las campanas para esperarme y acompañarme en mi último viaje.

Existe un lugar

Existe un lugar
no físico,
sin espacio,
sin tiempo,
donde el alma es libre,
donde no existe el ayer,
ni el mañana,
ni el futuro,
ni el mal,
ni el bien,
ni el sufrimiento,
ni la felicidad.
Existe un lugar,
en el centro del pecho,
donde el alma
se une al universo,
donde nada existe,
pero existe todo,
donde somos lo que somos,
sin límites,
sin ataduras carnales,
sin pecados existenciales,
sin miedos humanos,
sin pánico.
Existe un lugar,
donde habitan los muertos,
los que están,
los que se fueron,
los que no volverán,
los que nos olvidaron,
los que nos esperan,
los que lloran nuestro olvido,
los que ansían nuestro recuerdo,
un lugar solamente nuestro,
donde el alma habla
y el cuerpo escucha.
Existe un lugar
al cual hemos de regresar
para existir.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

La casa de mi abuelo

La casa de mi abuelo era de ladrillos y adobe. Puertas y ventanas pintadas de verde. Una galería pequeña donde solían jugar los niños. Dos cocinas: una de invierno y otra de verano. La de invierno tenía una cocina a leña, alimentada con bosta de vaca, una mesa de madera curtida, un banco largo contra la pared y varias sillas remendadas. La cocina de verano era más austera pero, en lo esencial, repetía el mismo decorado.
Al frente un jardín. Al fondo una huerta y un gallinero. Cerca de la vivienda una bomba de agua. Y allá lejos, casi al final del patio, un Nuschnick. Al lado una dependencia donde residía el cerdo que aguardaba la época de la carneada. Junto a él, pastando una vaca y su ternero, que daba la leche para el desayuno de los niños, y un caballo que utilizaba abuelo para ir y venir del campo.
Un galponcito de chapa con los enseres de trabajo y la bosta de vaca estivada durante el verano para pasar los crudos inviernos.
También había un horno de barro donde abuela horneaba el pan diario, bien temprano, en la madrugada.
La casa de mi abuelo fue también mi casa. El hogar donde viví mi infancia y mi adolescencia. El lugar y el ámbito donde mis padres forjaron mi identidad.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Frohe Weihnachten

Después del Pelsnickel llegaba el Christkindie


¡Ahí viene! ¡Ahí viene!
El niño Jesús
caminando por las calles
de la humilde colonia.
Va vestido de blanco,
las manos llenas de golosinas,
a visitar a los niños,
a consolar sus corazones.
Llega después del Pelznickel,
a secar sus lágrimas,
que el viejo barbudo
hizo brotar con sus cadenas.

Ahí viene el Pelznickel

Por las calles oscuras,
en la Nochebuena,
va de casa en casa,
el Pelznickel.
Un colono disfrazado
con el Pelz del abuelo,
de la época de la arada,
cuando caían las grandes heladas.
Sus gritos guturales,
su arrastrar de cadenas,
asusta a los niños,
que lo aguardan llenos de miedo.
Porque ya en la casa,
los hace arrodillar,
sobre granos de sal,
para sus travesuras expiar.
Y los obliga a rezar,
una y otra vez,
mientras los pobres niños,
lloran, aterrados, sin parar.

martes, 19 de diciembre de 2017

La soledad de los viejos

Llueve y la anciana está sentada junto a la ventana, en la oscuridad de la cocina, meciéndose. La lluvia cae torrencialmente golpeando la ventana y la anciana la mira caer mientras reza el rosario. Su mente esta disociada de la realidad. Reza porque regresen hijos que murieron hace más de veinte años y por el eterno descanso de familiares que fallecieron hace más de cincuenta.
Su existencia cotidiana se desarrolla en el pasado. Conversa con los muertos que se velaron en la casa. Esta huérfana de hijos, marido y parientes, que la observan desde los retratos que cuelgan de la pared con sus ojos vacíos. Y la aguardan en la eternidad, en el cielo de Dios.
De día está sola la mayor parte del tiempo, como ahora, en este instante del atardecer. La mujer que la cuida y la acompaña por las noches, tiene otras prioridades. Es joven. A ella no la esperan los muertos, como a la anciana. Todavía está mas cerca de los vivos.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Julio César Melchior. Quedan pocos ejemplares del libro “La infancia de los alemanes del Volga”

Otra vez está casi agotada la edición número 12 del libro de gastronomía alemana.

“La verdad que este ha sido un muy buen año, porque he logrado reeditar algunas de mis obras, también presenté un nuevo libro, ‘La infancia de los alemanes del Volga’, y fue realmente muy positivo. También con muchos proyectos para el año que viene”. 
Lo dijo Julio Cesar Melchior, escritor de Pueblo Santa María, quien tiene repercusión nacional y también internacional a través de sus publicaciones.
Sobre lo que sucedió con el libro que presentó este año responde que “venía haciendo libros que contenían textos tanto en alemán como en español, pero en este libro en particular, el de ‘La infancia…’, donde la mitad es en alemán, fue un proyecto nuevo y la repercusión es muy buena. La gente está muy satisfecha con el trabajo, se sienten identificadas, los lleva a recordar una época, una etapa de su vida, son disparadoras de una etapa de su vida olvidada o que creían que no era tan importante. Los libros hacen que ellos valoren todo lo que es su pasado. En cuanto a los jóvenes los lleva también a descubrir y a valorar lo que los padres y abuelos les cuentan de épocas pasadas”.
Este año salió a la luz la edición número 12 del libro de gastronomía de los alemanes del Volga. Sobre este libro señaló Julio César Melchior que “quedan muy pocos de la última edición. Es increíble lo que este libro sigue produciendo. La idea ahora, para el año próximo, es una nueva reedición y voy a sumarle otro capítulo más, con algunas recetas nuevas que logré que la gente me aportara. Siempre me llega material nuevo, por lo que estoy pensando en sumarle un capítulo más al libro. Entre ellas algunas recetas que por ahí no se cocinan, que me ha dado gente grande y que he tenido el gusto de probar. Es que como conté alguna vez, la gente describe la receta con palabras como ‘un puñadito, una pizca, un poquito…’, y esto exige transformarlo en una medida exacta, probada, para que pueda ser publicado correctamente”.
Para marzo o abril del año que viene una nueva edición del libro de gastronomía de Julio César Melchior, mientras el escritor de Pueblo Santa María sigue elaborando nuevos trabajos, con nuevas investigaciones en las que se ha hecho especialista.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Es la hora de la siesta en la colonia

Es la hora de la siesta en la colonia, es verano, algunos niños duermen, otros juegan bajo la sombra de un árbol, cerca de la casa, donde mamá, bajo la galería, hila lana en la rueca que abuela trajo de su aldea natal, allá lejos, a orillas del río Volga, cuando emigró a la Argentina en 1905.
Hablan en alemán. Cantan en alemán. Juegan en alemán. Los niños a ser hombres de campo y las niñas a ser madres. Reproducen en su universo infantil el ambiente que les rodea y les confiere identidad. Con sus usos y costumbres. Son los hombres y las mujeres del futuro, los que continuarán el legado cultural de sus ancestros, para que llegue a nosotros y para que nosotros, después, se lo leguemos a nuestros hijos y ellos a sus descendientes y, así, por siempre.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Los veranos en tiempo de la abuela

En tiempos de la abuela daba gusto recorrer la colonia durante el verano. En cada casa florecía un jardín y producía una huerta. Hombres, mujeres y niños se esmeraban para regar en los atardeceres, sacando agua de la bomba y trasladándola a grandes baldes. Se trabajaba en familia. Todos utilizaban la pala para dar vuelta la tierra, el rastrillo para emparejarla y las azadas para formar los círculos donde luego se sembraban las semillas. No faltaba la clásica regadera de chapa. Tampoco los inventos para espantar a los pájaros, como el rectángulo de madera recubierto con alambre tejido o los piolines con tiritas de colores, entre otros. Las verduras se cosechaban y se consumían frescas y con el excedente se realizaban dulces, conservas y encurtidos.
En pleno verano, se hacían suculentos pucheros con abundantes verduras, que se ponían a cocinar desde temprano a la mañana sobre la cocina a leña. Donde también, y a la par, se cocinaban los dulces de tomate, zapallo, entre muchos otros, para consumo inmediato y para guardar en el sótano para el invierno.

jueves, 30 de noviembre de 2017

La cocina de la casa de mi infancia

Sobre la cocina a leña hervía el agua con los Kleis. Al lado, en una sartén, se doraban las cebollas con trocitos de pan duro. En el horno se asaba la carne. Todo a la vez y en perfecta armonía. Un conjunto de aromas y sabores que mamá sabía amalgamar correctamente y que después degustaba toda la familia sentada alrededor de la enorme mesa de madera, en la cocina, que quedaba chica.
Papá se sentaba en la punta: presidía la mesa siempre. Rezaba una oración agradeciendo a Dios el plato de comida. Solamente mamá y él tenían permiso para conversar, los hijos debíamos permanecer callados y responder únicamente si se nos consultaba. Y ojo con discutir o pelear durante la comida. Si por descuido u olvido hacíamos eso, papá nos cerraba la boca con la mirada. Ni siquiera mis hermanos mayores tenían autoridad para contradecirlo. Había que bajar la cabeza y obedecer –confiesa.
¡Éramos felices! ¡Qué rica era la comida que preparaba mamá! Los Kleis con la cebolla y los trocitos de pan dorados bañados en mucha crema de leche eran una delicia! ¡Un manjar! La fuente siempre quedaba vacía. Nunca sobraba nada. Mamá se ponía contenta por eso. Cocinar para su marido y sus hijos era su máximo placer.
Después de comer las mujeres ayudaban a mamá a limpiar la mesa y lavar los platos mientras los varones nos íbamos al campo a trabajar con papá.