Rescata

Rescata, revaloriza y difunde la historia, cultura, tradiciones y costumbres de los descendientes de alemanes del Volga, desde hace más de veintiséis años. Autor de diez libros sobre el tema. WhatsApp: 011-22977044.

jueves, 15 de abril de 2021

15 de abril: Día del Alemán del Volga

Un merecido homenaje a nuestros ancestros. A todos los antepasados que, con trabajo, sacrificio, esfuerzo, coraje, fe en Dios, en el futuro y en el progreso, hicieron de esta Argentina un país mejor para ellos y sus descendientes, fundando localidades, aportando trabajo, ejemplos de vida, educación, cultura, tradiciones. Nunca nos olvidemos de recordarlos y rendirles homenaje.
Un día como hoy pero del año 1975 por primera vez se celebró una reunión en la ciudad de Crespo, para formar una Comisión de Descendientes de Alemanes del Volga, donde fue electo presidente el señor Víctor Pedro Popp. El objetivo de la Asociación fue la de congregar a todos los descendiente de Alemanes del Volga del país, para mantener viva la tradición y costumbres de padres y abuelos. Y esa fecha fue elegida para conmemorar el “Día del Alemán del Volga”.

Homenaje a nuestros abuelos

Los abuelos llegaron a la Argentina con los baúles llenos de esperanza. Descendieron en el puerto de Buenos Aires. Viajaron en tren a un lugar desolado en el medio de la pampa que el gobierno les señaló para fundar un nuevo pueblo. Hundieron el arado en la tierra virgen. Erigieron viviendas con adobes que ellos mismos fabricaron. Edificaron escuelas. Levantaron un altar y una iglesia en honor a su Dios, Nuestro Señor.
Andando el tiempo llegaron los hijos y la prosperidad. El pequeño poblado creció. La escuela se llenó de niños que educaban las hermanas religiosas. En los patios de las viviendas florecieron los rosales y en los campos se cosechó el trigo para el pan.
Mientras tanto en sus calles se seguía escuchando el idioma natal, en los hogares se entonaban las canciones de cuna ancestrales, la gente seguía asistiendo a la iglesia, respetando las costumbres y las tradiciones y ayudando al prójimo como el primer día, cuando llegaron de allá lejos, de su aldea natal, allende el Volga.

lunes, 12 de abril de 2021

13 de abril: aniversario de Pueblo San José

Pueblo San José, ubicado en el Partido de Coronel Suárez, en la Provincia de Buenos Aires, es fundado el 13 de abril de 1887 por 15 familias inmigrantes alemanas del Volga oriundas de las aldeas Dehler y Volmer. Las familias de Martín Sieben, Jacob Schwab, Stephan Heit, Jacob Schell y Konrad Schwab fueron las primeras en llegar y comenzar a limpiar la zona de malezas para edificar sus primeras y precarias viviendas. En los días sucesivos llegaron al lugar las familias de Johann Förster, Johann Butbilopky, Johann Opholz, Nicolás Seib, Michael Schuck, Matthias Schönfeld, Johann Peter Philip, Adam Dannderfer, Gottlieb Diel y Heinrich Heim.
Las 5 familias citadas en primer término se instalaron definitivamente en la nueva localidad,mientras que las diez restantes, con el transcurrir de los años, fueron emigrando hacia otras regiones, no solo del país sino del exterior.
El nombre que se le da a la localidad es Dehler. Posteriormente se le asignaría el definitivo de Pueblo San José pero, popularmente, hasta la actualidad, se la llama Colonia Dos (en dialecto zweit Konie).
Los primeros años fueron difíciles y muy duros porque fracasaron una tras otra las cosechas por heladas y por el desconocimiento que tenían los colonos del clima y la mala elección en la variedad apropiada de la semilla al momento de la siembra.
Sin embargo, con tesón, mucho sacrificio y fuerza de voluntad, lograron salir adelante y convertir a Pueblo San José en una comunidad progresista y en permanente desarrollo.

sábado, 10 de abril de 2021

Los ojos de mamá

Tenía en los ojos el celeste del cielo pintado con crayones de ternura; eran diáfanos y transparentes como un amanecer de verano; claros y puros como bellos y dulces el mirar de los ángeles; comprensivos como sólo los de una madre pueden serlo.
Tenía en la mirada la dignidad que conceden los valores más nobles, esos que nos llenan el alma de fortaleza en la hora más difícil y dramática y nos hacen levantar y volver a empezar una y otra vez y otra vez y otra vez...; esos que nos abrazan sin necesidad de palabras; esos que nos iluminan el espíritu aun en la soledad y en el recuerdo; esos que nos hacen llorar amargamente cada vez que rememoramos la niñez y pensamos en mamá y evocamos aquel día en que, próxima a morir, nos pidió: “No me olvides. Piensa en mí. Recuérdame en los momentos difíciles. No mires hacia atrás, hacia el pasado, porque siempre estaré a tu lado acompañándote. No me llores. Pero, por favor, no me dejes morir en el olvido. No quemes las fotografías ni tires los objetos que atesoro en mi caja de memorias. Consérvalas. Algún día me extrañarás y agradecerás haberlas guardado porque te servirán para aplacar tu nostalgia. Y una última cosa te pido: quiéreme mucho. Hoy, mañana y siempre... ¡quiéreme mucho, hijo mío!”.

viernes, 2 de abril de 2021

Cómo vivían la Semana Santa los alemanes del Volga? Usos y costumbres de nuestros abuelos

“La Semana Santa comenzaba con el Domingo de Ramos, cuando se bendecían las palmas y ramos de olivo. Portando esas palmas y ramos se organiza una procesión, en recuerdo de la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. En tanto que durante la Semana Santa propiamente dicha, se celebraban tres ritos solemnes para evocar la pasión, muerte y Resurrección de Jesucristo. El Jueves Santo: la institución de la eucaristía; el Viernes Santo: las lecturas de las Sagradas Escrituras, oraciones solemnes, y la veneración de la cruz rememoraban la crucifixión de Cristo; y el Sábado Santo: conmemoraban el entierro de Cristo; los oficios de vigilia de medianoche inauguran la celebración de la Pascua de Resurrección”. (Memorias de August Brost).

Semana Santa

Durante la Semana Santa, las colonias cambiaban totalmente su aspecto. No se oían los suaves acordes de los “Schnerorgellier” y los colonienses que andaban por las calles lo hacían en profundo silencio.
El Jueves Santo, durante la Misa, en que se celebraba la Ultima Cena de Cristo y la ceremonia de lavar los pies para rememorar el lavado de pies de los discípulos de Cristo, el templo quedaba de pronto en silencio y a oscuras: súbitamente los fieles comenzaban a entonar el himno sagrado Gloria in excelsis al tiempo que comenzaban a repicar todas las campanas (que se “volaban” y permanecerían mudas hasta el sábado a la noche, cuando “regresarían”, haciendo el mismo estruendo que ensordecía a toda la colonia). Desde ese momento, solamente las matracas (Klapperer) de los campaneros anunciaban el inicio de la misa, durante los dos días subsiguientes.
El Viernes Santo, los fieles concurrían a misa vestidos de colores oscuros o de negro. Se conmemoraba la muerte de Jesucristo. Era un día dedicado a la penitencia, el ayuno y la oración. La liturgia se componía de cuatro partes diferenciadas: lecturas bíblicas y oraciones solemnes, incluyendo la lectura de la Pasión según san Juan, la adoración de la cruz, la comunión de los fieles y las devociones populares. También se realizaban procesiones por las calles, en las que los niños iluminaban su camino llevando en las manos farolitos (fackellier), adornados con papel crepé, entonando cánticos religiosos y orando devotamente. En muchas esquinas se instalaban pequeños altares preparados por los vecinos.
El Sábado Santo por la noche, se hacía el remedo de quemar a Judas, el traidor de Jesús. Y el Domingo de Pascua se asistía a misa con los corazones alborozados para celebrar la resurrección del Señor.
Al atardecer se organizaban animadas tertulias y bailes. Hecho que se reiteraba los lunes y martes. Siempre con una masiva participación popular.

jueves, 1 de abril de 2021

¿Se acuerdan cuando las campanas se “volaban” durante la misa del Jueves Santo en las colonias de antaño?

El Jueves Santo, como todos los otros días de la semana previos al Domingo de Pascua, era una jornada de introspección, de profundo silencio, las conversaciones se desarrollaban sin estridencias ni risas, hasta los niños estaban obligados a mantener recato en sus juegos: el pueblo entero estaba de luto.
Era día no laborable, para que todos pudieran vivir como corresponde la Semana Santa y no tener inconvenientes para asistir a misa.
La noche del Jueves Santo se conmemora la Institución de la Eucaristía en la Última Cena y el lavatorio de los pies realizado por Jesús y se rememora la agonía y oración en el Huerto de los Olivos, la traición de Judas y el prendimiento de Jesús.
En las colonias, además, tenía lugar un hecho tradicional para los alemanes del Volga: mientras se cantaba el "Gloria" todas las campanas de la iglesia empezaban a sonar al unísono, sonido que se esparcía no solamente por los cielos de la localidad sino hasta una amplia zona de influencia, dado el estruendoso clamor que generaban las tres campanas echadas a volar a la vez. Se decía que “las campanas se volaban”. Sí, se “volaban” todas. Porque desde ese instante quedaban mudas hasta la noche de la Vigilia Pascual, que se desarrolla el Sábado Santo.
Esta tradición de echar a volar las campanas, todavía continúa viva en muchas colonias de alemanes del Volga.
Para llamar a misa en los días subsiguientes se recurría a los Klapperer (matraqueros -traducción literal- o campaneros) que con sus Raschpel (matracas) anunciaban el llamado a misa reemplazando el sonido de las tres campanadas habituales. Pero eso ya es otra historia, que contaremos mañana.

Se acuerdan de las bromas del primero de abril? Una antigua tradición de los alemanes del Volga

El primer de abril era una jornada en que cada habitante de la colonia, tanto niño como adulto, tenía que cuidarse de las pesadas bromas de las que podía ser objeto, bajo el argumento de que “Am ersten April schicken wir die Narren dorthin, wo wir wollen”, lo que en español significa “el primero de abril mandamos a los tontos donde queremos”.
Generalmente las bromas solían ser muy ingeniosas y sumamente pesadas. Se sabe de personas que enviaron a un amigo a otra localidad, distante quince kilómetros, a buscar una pieza de arado en un negocio inexistente.
La frase “Am ersten April schicken wir die Narren dorthin, wo wir wollen” se arrojaba al rostro del pobre burlado en momentos de descubrir éste la broma e ir en busca de una explicación.
Esta tradición, que en algunas colonias, y en el círculo de algunas familias todavía se mantiene viva, tiene un origen muy antiguo, tanto que sus raíces se pierden en el tiempo, lo que da lugar a varias especulaciones, todas ellas fechadas varios siglos antes de la partida de nuestros ancestros de su patria natal.

miércoles, 31 de marzo de 2021

Se presentó la muestra de arte “Las guerreras nunca mueren” en la Sala Bicentenario. La obra ilustra un poema del escritor Julio César Melchior

La obra ilustra un poema del escritor Julio César Melchior que podrá recorrerse hasta el 30 de abril de lunes a viernes de 7 a 14:30, en la Sala Bicentenario del Mercado de las Artes “Jorge Luis Borges”. Obras magníficas realizadas por artistas suarenses que expresaron a través del arte la lucha que llevan adelante las mujeres contra la violencia de género –expresa el artículo de prensa difundido por la Municipalidad de Coronel Suarez.

Organizada por la Dirección de Gestión Cultural y Ceremonial, a instancias de la publicación realizada por el escritor suarense Julio César Melchior quedó inaugurada el último lunes (29 de marzo), en la sala Bicentenario del Mercado Municipal de las Artes “Jorge Luis Borges”, la muestra de arte “Las guerreras nunca mueren”.
En la oportunidad el director de Gestión Cultural Marcelo Castorina destacó el honor de contar con la participación de renombradas artistas locales que se sumaron con su arte a la convocatoria en el marco del Mes de la Mujer.
Por su parte, el escritor Julio César Melchior agradeció a las artistas suarenses que participaron del proyecto subrayando que con su magnífico arte le dieron “visibilidad” a una problemática que atraviesa a toda la comunidad.
“Es importante el compromiso de todos en hacer visible esta problemática social para que cambie de una vez”
Cabe destacar que Melchior fue seleccionado como semifinalista del concurso literario organizado por la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires, en el marco del Festival Internacional “Grito de Mujer”, con el poema “Las guerreras nunca mueren”.
Las artistas que participaron para ilustrar la obra de Melchior fueron: Elsa Felipovich, “Una y otra vez como el Ave Fénix”; Adriana Schwindt, “Resplandecer IV”; Guillermina Victoria, “Majaderío”; Andrea Lazaro, “Esposada”; Alicia Muschong, S/N; Nilda Susana Azolina, “Clamor”; Zulma Asla Etcheverry, “Queremos ser libres”; Graciela Ponchik, “Resurgidas”; Agustina Garros, “María Magdalena”; Silvia Stork, “La danza de la libertad”; Karina Schwerdt, S/N y Raquel Gonnet, “Ave Fenix”.
Sumado a la muestra, María Silvina Pane y María Silvina Díaz recibieron un certificado por haber presentado una obra literaria en el concurso organizado por la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires, siendo también finalistas.

domingo, 28 de marzo de 2021

Las comidas de la abuela: Wückelnudel, Maultasche, Kleis, Kreppel, Dünnekuche, Strudel y muchas más

La abuela elaboraba sabrosas comidas, que luego continuó haciendo mi madre. La abuela las elaboraba en la cocina a leña o en el horno de barro y mi madre, en la cocina a leña, porque el horno de barro se dejó de usar, cuando los abuelos murieron.
Y actualmente, las nietas prosiguen cocinando y horneando los mismos platos, pero en la cocina a gas. Distintas generaciones, distintas épocas, pero las mismas comidas realizadas siguiendo los pasos de las mismas recetas que nuestros ancestros se llevaron de Alemania al emigrar a orillas del río Volga y luego trajeron consigo al llegar e instalarse en la Argentina.

Mi infancia en las colonias de antaño

Recuerdo, en esta hora de la tarde, en que lentamente llega la noche y las estrellas asoman en el cielo, los atardeceres de antaño en que junto a mis padres nos sentábamos alrededor de la mesa grande, de madera, en la cocina, bajo la luz de un farol, a cenar Wickelnudel, luego de que mi padre rezara agradeciéndole a Dios el alimento que íbamos a consumir. Recuerdo las largas sobremesas, con mi tío tocando el acordeón, papá cantando, la abuela y mamá lavando los platos y después tejiendo medias. Recuerdo mi infancia, allá en la colonia, en la casa de adobe, donde fui tan feliz, y profundas lágrimas comienzan a rodar por mi rostro, llorando un tiempo que se fue para no volver.

sábado, 27 de marzo de 2021

Nuestras abuelas cocinaban las comidas más ricas. He aquí la historia de su legado

Nuestras abuelas cocinaban verdaderos manjares y lo hacían con productos cotidianos, con manteca, crema, quesos y leche, que ellas mismas ordeñaban y producían, y verduras, hortalizas y frutas que ellas plantaban y regaban con sus manos y su sudor.
No compraban nada. Todo se hacía en casa. Absolutamente todo. Se cocina en la cocina a leña o se horneaba en el horno de barro, construido cerca de la vivienda. La leña podía ser desde bosta de vaca, los tallos de las plantas de girasol, de maíz, de cardo, y ramas secas de lo que naciera a orillas del arroyo.
Las fuentes también se fabricaban en casa, con chapa, porque la cantidad que se horneaba era abundante, porque abundante eran los integrantes de la familia que había que alimentar, entre los numerosos hijos, que la mayoría de las veces, superaba los diez, más los abuelos y algún pariente, sin familia, que compartía el mismo techo.
Nuestras abuelas atesoraban en su memoria prodigiosa decenas y decenas de recetas, que rescato en mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga". Recetas que se llevaron consigo al emigrar de Alemania, conservaron en Rusia, en las aldeas fundadas a orillas del río Volga, y luego trajeron consigo a la Argentina. Conservando siempre los mismos ingredientes. Recordando cantidades y proporciones. Legando a sus hijas las recetas y así pasándolas de generación en generación. Hasta que, un día, me impuse a investigar, rescatar y revalorizar la gastronomía de nuestras queridas abuelas alemanas del Volga.

Así vivían nuestros abuelos

Vivíamos en una casa de adobe muy precaria. Cuando soplaba viento fuerte nos metíamos debajo de la mesa y de las camas del miedo que teníamos de que se volara el techo. Las chapas hacían un ruido terrible. Pasamos muchas madrugadas temblando de pánico. Éramos tan pobres que tengo que confesar que pasamos frío y hambre. Comíamos pan casero untado con grasa espolvoreada con azúcar, cuando había azúcar y sino así no más. Varias noches vi llorar a mi madre en silencio mientras veía como sus hijos nos repartíamos la poca comida que había para cenar. A veces, muchas veces, no alcanzaba para llenar la panza de todos. Mamá y papá se quedaron muchas noches sin cenar. Nunca voy a olvidar sus miradas tristes y sus ojos llenos de lágrimas, sufriendo de hambre, de dolor y de impotencia por no poder darnos una niñez mejor. Mi pobre padre trabajaba todo el día en un campo cerca de la colonia pero lo que le pagaban no alcanzaba para alimentarnos y vestirnos a todos: mamá, papá y diez hijos. Además, los ricos de la colonia tampoco eran tan generosos como para pagar un sueldo acorde a lo que papá laburaba. A veces, nos ayudaban los vecinos, con lo que les sobraba, que tampoco era tanto. Llegaban con fuentes de guiso, sopa, chorizos o pedazos de carne de alguna carneada. Esos días eran de fiesta para nosotros. Comíamos hasta reventar.
La ropa pasaba de un hermano a otro y hasta que llegaba a mí, los pantalones lucían grandes remiendos y las alpargatas enormes agujeros tapados con cartón. En invierno pasamos frío. Jamás tuvimos suficiente leña. Nunca pudieron comprarme un saco. Y de noche, en la cama, nos abrigábamos con mantas que mamá cocía con tela de bolsas de arpillera. Los colchones estaban rellenos de lana de oveja y otros, simplemente de paja de trigo. Los varones dormíamos en una sola cama y las mujeres en otra. Nos dábamos calor unos a otros. Tampoco había demasiado lugar. La casa era pequeña. Una cocina y dos ambientes. El lujo no existía. Una cocina a leña para cocinar y calentar el ambiente cuando sobraba leña, una mesa de madera grande, unas cuantas sillas, un mueble fabricado por papá para guardar los enseres de cocina y apenas una o dos chucherías más. Del techo colgaba una lámpara a kerosén para alumbrar las oscuras noches de invierno.
Sufrí mucho y, sin embargo, recuerdo mi infancia con cariño. Siento nostalgia al hablar de ella. Añoro aquellos años en que la vida era simple y en que éramos felices con poco o casi nada. Recuerdo que recibir un plato de comida de un vecino de algo que no comíamos hacía tiempo, se transformaba en una fiesta. Valorábamos mucho todo. Sabíamos que todo costaba mucho sacrificio. Las cosas no caían del cielo. Había que trabajar y esforzarse para tenerlo. Y había que hacerlo desde muy niño. Yo empecé a trabajar en el campo a los ocho años. Ayudaba a mi padre en todo lo que podía. Terminaba cansado. Destrozado. Pero no me quejaba porque sabía que ese era mi deber y eso era lo que se esperaba de mí.

domingo, 21 de marzo de 2021

"¡Quiéreme mucho, hijo mío!" -me pidió mi madre.

Tenía en los ojos el celeste del cielo pintado con crayones de ternura; eran diáfanos y transparentes como un amanecer de verano; claros y puros como bellos y dulces el mirar de los ángeles; comprensivos como solo los de una madre pueden serlo.
Tenía en la mirada la dignidad que conceden los valores más nobles, esos que nos llenan el alma de fortaleza en la hora más difícil y dramática y nos hacen levantar y volver a empezar una y otra vez y otra vez y otra vez...; esos que nos abrazan sin necesidad de palabras; esos que nos iluminan el espíritu aun en la soledad y en el recuerdo; esos que nos hacen llorar amargamente cada vez que rememoramos la niñez y pensamos en mamá y evocamos aquel día en que, próxima a morir, nos pidió: “No me olvides. Piensa en mi. Recuérdame en los momentos difíciles. No mires hacia atrás, hacia el pasado, porque siempre estaré a tu lado acompañándote. No me llores. Pero, por favor, no me dejes morir en el olvido. No quemes las fotografías ni tires los objetos que atesoro en mi caja de memorias. Consérvalas. Algún día me extrañarás y agradecerás haberlas guardado porque te servirán para aplacar tu nostalgia. Y una última cosa te pido: quiéreme mucho. Hoy, mañana y siempre... ¡quiéreme mucho, hijo mío!”.

La curiosidad de las adolescentes

-Mi mamá me contó que a los bebés los trae el arroyo- reveló la adolescente de 14 años.
-¡Eso es mentira!-interrumpió otra. Nacen de un repollo en la quinta.
-Mi hermana me dijo que vienen del cielo-sostuvo una tercera de 15 años.
El grupo de amigas estaba sentado en ronda, bajo la sombra del nogal, descansando, balde en mano, de la labor de regar la huerta.
Eran cuatro, entre 13 y 16 años. Todas habían visto surgir en sus hogares a muchos hermanos. Todas se enteraron recién cuando escucharon llorar al bebé en la habitación donde se habían encerrado su madre, que gritaba angustiada, la comadrona para curarla de su ataque de nervios, y varias mujeres con palanganas con agua caliente y toallas.
La adolescente de 16, las observaba escuchando atenta y reflexiva. Necesitaba saber la verdad con urgencia. La apremiaba el tiempo. Iba a casarse dentro de un mes y necesitaba saber de dónde vendrían los hijos que soñaba criar.

Una mujer de convicciones firmes

Batió las claras a nieve. Le agregó azúcar. Estaba a punto de comenzar a batir nuevamente cuando ingresó el marido a los tumbos y le arrebató el recipiente y lo arrojó por los aires, yendo a caer el cuenco por la ventana y los huevos a punto nieve desparramados por la mesa y el piso.
La mujer, lejos de amedrentarse, buscó la escoba y comenzó a golpear al borracho. En la cabeza, en la espalda, en las nalgas. Con furia y desesperación. Lo fustigó hasta que sus fuerzas mermaron.
El borracho retrocedió. Tambaleó y cayó al piso.
La mujer salió al patio. Se escuchó que sacaba agua con la bomba. Regresó con dos baldes llenos. Y sin mediar palabra se los arrojó al borracho.
El borracho se agitó como un pez que se ahogaba.
-¡Mamá! Gritó otra mujer que salió de la habitación atraída por los ruidos.
-¿Qué le estás haciendo a mi pobre marido?
-Esto no es un marido. Ni siquiera es un hombre- sentenció la mujer volviendo a tomar la escoba. Si viviera tu papá ya le hubiera dado su merecido.
El hombre se incorporó ayudado por su esposa.
-Sacale la ropa y metelo en la cama y después vení a ayudarme a limpiar el lío que hizo esa bestia de hombre.
La hija y el borracho bajaron la cabeza y obedecieron.
La mujer cascó nuevos huevos en un cuenco limpio, separando la yema de la clara, y se puso a batirlos.
Nada la haría modificar el plato principal de la cena. Y menos el bueno para nada de su yerno.

martes, 16 de marzo de 2021

JULIO CÉSAR MELCHIOR SEMIFINALISTA EN UN FESTIVAL INTERNACIONAL

Un poema del reconocido autor suarense resultó semifinalista en el concurso organizado por la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires en el marco del Festival Internacional “Grito de mujer”.

El poema “Las guerreras nunca mueren” del escritor Julio César Melchior fue consagrado semifinalista en el concurso literario organizado por la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires, en el marco del Festival Internacional “Grito de mujer”, que convocaba a poetas y artistas.
Los trabajos fueron seleccionados en base a la calidad, relevancia con el tema, apego a las bases, subrayando el trabajo literario de mujeres y hombres cuyas palabras rompieran con el silencio y calaran en el corazón de sus lectores.
El lema escogido para el 2021, fue “Guerreras: ¡La violencia no está en cuarentena!” y la selección estuvo a cargo de un Tribuno de Honor de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires.
“Desde la Dirección de Gestión Cultural de la Municipalidad de Coronel Suárez, felicitamos una vez más al escritor Julio César Melchior por tantos merecidos reconocimientos y logros alcanzados”, expresó el director de Gestión Cultural Marcelo Castorina.

lunes, 15 de marzo de 2021

Mi madre me cuenta de su niñez

Mi madre me habla en alemán. Me cuenta de su niñez en la colonia, de su casa, de sus padres, de la escuela parroquial. Recuerda amigas. Las cita con nombre y apellido. Me detalla dónde vivía cada una. Cómo eran sus hogares. Sus familias. Cuántos hermanos tenían. Cómo eran sus padres. Algunos muy buenos, otros no tanto. A qué jugaban.
Me habla de un universo que ya no existe. De una sociedad que el consumismo devoró. De un pueblo diferente, dónde la solidaridad era algo cotidiano y no una excepción. Donde todos integraban una sola y gran familia. Donde todos se conocían. Donde todos se saludaban. Donde todos hablaban entre sí. Donde todos eran felices con poco. Donde todos compartían todo. Donde todos se ayudaban. Donde todos creían en Dios.
Y mientras mi madre me habla imagino ese pueblo, esa sociedad, y me dan ganas de llorar al comprender todo lo que perdimos.

El eterno amor de las manos de mamá

Las manos tiernas de mamá siempre nos preparaban algo rico para la hora de la merienda. Para comer junto con el mate cocido, el té con leche, leche sola o leche chocolatada, dependiendo del poder adquisitivo de cada hogar. Los Kreppel no faltaban nunca. Los Dünnekuche menos. Y los Strudel, con distintos rellenos, dulces o salados eran una delicia. ¡Cómo olvidar aquellas tardes de merienda, después de regresar de la escuela! Lo mismo se puede decir de los almuerzos de domingo, con la familia toda reunida alrededor de la mesa grande de la cocina. ¡Cómo olvidar los Maultasche, Wickenudel !
Para volver a saborear todos estos platos está mi libro “La gastronomía de los alemanes del Volga” disponible en formato papel. Para obtener mas información escribir por mensaje privado, enviar WhatsApp al 01122977044.

Haciendo tortitas de barro

Las niñas, de ocho y diez años, conversaban animadamente, imitando a la madre y a la tía Elisa, que cada dos por tres repetía “es ist wie es ist” cuando quería decir las cosas son como son, mientras reunían tierra en una vieja y abollada cacerola. La mayor de las nenas se llamaba María y la menor, Ana.
- Ya alcanza de harina – dijo María. Andá a buscar la leche. Ana tomó la lata de duraznos oxidada, que habían encontrado ya no recordaban dónde, pero que siempre les resultaba útil como jarra, se dirigió a la bomba y parada frente a ella, le dijo:
- Señor almacenero, me vende un litro de leche y me lo anota en la libreta, que a fin de mes, cuando el patrón le pague a mi marido, le va pasar a pagar.
Esperó un ratito hasta que el almacenero le respondió afirmativamente. Luego se sirvió un litro de leche bombeando agua en la bomba.
Regresó al lado de María, que tomó la lata/jarra y comenzó a arrojar agua dentro de la cacerola, donde habían colocado la tierra/harina.
Acto seguido, ambas metieron las manos y comenzaron a amasar reconcentradas, como hacía su madre, murmurando: no es fácil la vida de una mujer. Siempre le espera un trabajo, nunca puede sentarse tranquila a descansar, como lo hace el hombre.
Cuando la masa estuvo lista, enharinaron con tierra/harina un trozo de chapa que imaginaron la fuente de mamá, y empezaron a darle forma a pequeñas tortitas y a colocarlas sobre ella.
Luego llevaron la fuente al horno, que era una especie de rectángulo que habían construido con trocitos de ramitas y cubierto con barro, dejando en el interior suficiente espacio para introducir la fuente con las tortitas.
Una vez horneadas, las retiraban con cuidado del horno, las desmoldaban pacientemente de la fuente y las ponían al sol para que se enfriaran, donde las dejaban hasta el día siguiente, para que la masa de barro terminara de secarse y las tortitas pudieran servirse sin que se rompieran. Al día siguiente era domingo, y la idea era servirlas a la hora del mate, cuando llegaran de visita, sus primas, como lo hacían todos los fines de semana.

sábado, 6 de marzo de 2021

Mamá me dijo “mañana es el último día que vas a la escuela” -cuenta la abuela Nélida Gallinger

Mamá me dijo “mañana es el último día que vas a la escuela. Ya tenés edad para trabajar. Tu hermano, a los ocho años, ya ayudaba a su padre en el campo y tu hermana, a los doce, ya estaba trabajando en la casa de doña María, de cocinera. Y vos todavía no hacés nada. Solamente vas a la escuela y perdés el tiempo jugando”.
“Yo no entendía nada. No quería dejar la casa de mis padres para ir a trabajar con una señora que necesitaba una niñera para que la ayuden con sus hijos. Lloré durante toda la noche y le recé a Dios que me ayudara para que mi madre cambiara de opinión. Pero no pasó nada. A la mañana me mandaron a la casa de la viuda Margarita Denk a trabajar. Tenía once años.
“Y así me fui –cuenta doña Nélida Gallinger. Con mi pequeño atadito de ropa y lo puesto. Nada más. Tenía solamente una muda para domingo y otra para trabajar. Lloré durante varias noches. Extrañaba a mi mamá, mi papá y a mis hermanos. Ellos estaban lejos. Yo trabajaba en la ciudad, que quedaba a cincuenta kilómetros de la colonia.
“La señora me hacía cuidar a sus hijos pero con el tiempo me hizo lavar la ropa y planchar. Y yo no podía decir nada porque me iba a echar a la calle y mi madre me iba a retar si pasaba eso. Mis padres necesitaban la plata.
“Mi mamá cobraba mi sueldo y lo usaba para criar a mis hermanos. Éramos seis mujeres y cinco varones. Pasamos mucha pobreza y miseria.
“En esa casa trabajé hasta el día en que me casé, a los dieciséis años, y me fui a trabajar al campo, con mi marido, a un tambo, a ordeñar vacas. Ahí estuvimos veinte años. Hacíamos de todo. Yo era un peón más. Hacía las cosas de la casa pero también ayudaba a mi marido en todo” –concluye doña Nélida Gallinger. 

Historia de los niños tamberos

El reloj sonó a las cuatro de la mañana. Se levantó, se vistió y despertó a sus hijos, Juan, de 14, Luis, de 12, y María, de 11 años. Los niños abrieron sus ojos, estiraron sus brazos, invadidos por una necesidad inconmensurable de continuar durmiendo. Sabían que era pleno invierno y que ni bien sacaran su cuerpo de las gruesas cobijas, un frío helado les envolvería el cuerpo. A esa hora de la madrugada la cocina a leña todavía se encontraba apagada y aunque estuviera encendida, estaba en la cocina.
Lentamente comenzaron a vestirse, sin embargo. Los tres eran conscientes que no tenían manera de escapar a la rutina diaria: las vacas lecheras debían ser ordeñadas. Había que vender la leche. Del dinero de esa venta dependía el sustento de la familia. Una familia que cayó en desgracia, hace dos meses, cuando su padre murió aplastado por un carro, mientras era reparado sin extremar demasiado las medidas de seguridad. El exceso de confianza generalmente se paga muy caro en el campo.
Una vez vestidos y abrigados con gruesos pulóveres tejidos con lana de oveja hilada en la rueca por la abuela, salieron detrás de la madre rumbo al tambo.
Llovía una lluvia mansa pero persistente. El frío parecía cortar la piel. Los niños tiritaban.
Los cuatro, la madre y sus tres hijos, comenzaron a ordeñar bajo la lluvia, chapoteando en el lodo hecho de barro, excremento y orina que los animales iban dejando tras de si mientras eran ordeñados. El rostro y las manos coloradas por el frío. Entumecidas. La lluvia los empapaba, les nublaba la vista. María, la más pequeña, lloraba en silencio. No se quejaba porque sabía que era inútil. Su madre no se compadecería. No se podía dar el lujo de perder a un trabajador: las vacas tenían que estar ordeñadas y la leche en los tarros, puestos en la tranquera, para las ocho, hora en que pasaba el camión de la fábrica de productos lácteos.
Un relámpago cruzó el cielo. Luego otro. Y otro más. Hasta que un diluvio comenzó a caer. Pero nadie interrumpió su labor. La consigna era trabajar con normalidad, ignorando el clima. La supervivencia de la familia dependía de ello y la madre y los tres hijos lo sabían. Y por eso, también sabían, que no les quedaba elección.

La triste historia de Julia

“Nos casamos en la colonia, un jueves y al día siguiente nos fuimos a trabajar al campo, de matrimonio. Mi marido realizaba las tareas rurales y yo tenía que cocinar para los patrones y limpiarles el chalet. Fueron muy duros conmigo. Me trataron muy mal. Me hacían trabajar todo el día. Había pisos en la casa que tenía que lavarlos con cepillo, arrodillada. Y uno no se podía quejar porque enseguida te despedían, te tiraban a la calle como a un saco de basura”- cuenta bajando la mirada. Los ojos se le llenan de lágrimas: “Los patrones tenían un hijo –agrega- que me hacía la vida imposible. Me tocaba toda. Me metía las manos por todas las partes del cuerpo cuando se acercaba en silencio y me agarraba desprevenida, lavando ropa en el lavadero. Fue muy feo. Y no lo podía contar a nadie. Ni siquiera a mi marido. Nos hubieran echado enseguida y nosotros no teníamos a dónde ir. Menos mal que el hijo de los patrones se fue a estudiar a la Universidad. Fueron tres años horribles. Me la pasaba llorando”- confiesa.
Doña Julia llora en silencio, desahogándose.
Luego de unos minutos, dice: “Ahí estuvimos quince años. Nacieron mis seis hijos. Cuando nació mi último hijo, el patrón llamó a mi marido y le dijo que ya no nos podía tener, porque éramos muchos, que él quería un matrimonio más joven, sin hijos. Y nos despidió. Juntamos nuestras pocas cosas y nos fuimos a casa de mi mamá hasta conseguir un nuevo trabajo. Mi marido hizo algunas changas y a los dos meses nos fuimos a trabajar a otro campo, lavando, planchando y cocinando, para los patrones”- remarca. “Mis hijos empezaron a trabajar desde muy chicos porque no se podían quedar con nosotros, al patrón no le gustaba. Decía que nos iba a tirar a la calle si no hacíamos algo y que él no alimentaba parásitos. Y así nos fuimos quedando solos, mi marido y yo”- revela.
“Estuvimos en el campo hasta que lo vendieron, en total treinta años. Después nos fuimos a vivir a la casa de mis padres, que ya no estaban. Mi marido sufrió mucho porque ya estábamos grandes para conseguir trabajo y así fue: hacía changuitas y nada más. Fueron años muy duros. Menos mal que teníamos algo de dinero ahorrado. Mi marido murió de tristeza. No podía estar sin trabajar. Me dejó sola”- sentencia doña Julia llorando, que hoy vive lejos de su casa, lejos de su colonia, en el hogar de su hijo, en otra ciudad, otra gente, otra cultura.

Aventura en la siesta de las colonias de antaño

El niño cortó medio felipe de pan, lo ahuecó y le arrojó dentro abundante terrones de azúcar picados, lo aplastó y mientras le daba un mordisco salió corriendo de la cocina, antes de que su madre lo atrapara en plena tarea de despilfarro de pan y azúcar, rumbo al baldío ubicado al fondo del patio de su casa, para continuar jugando el partidito de fútbol con sus amigos.
Al llegar, cortó un trozo de pan para Luis, Federico y Agustín, incorporándose al partido que estaba en pleno desarrollo. Su equipo estaba yendo al ataque, rumbo al gol que, por el mal cálculo del delantero el balón terminó en la copa de unos árboles, del pequeño bosquecillo que había detrás del arco.
Lo que desencadenó un amontonamiento de niños y una trifulca de reproches que apabullaron al chico que había realizado un disparo tan desafortunado. La pelota no caía. A pesar de los piedrazos que le arrojaron para desestabilizarla y moverla de lugar. Parecía muy satisfecha y decidida a permanecer en la copa del árbol. Lo que obligó al causante del tiro fallido, a subirse al árbol en cuestión, con mucho esfuerzo, cuidado, raspándose la cara, los brazos y las piernas. La tarea le demandó más de una hora. Debajo, alrededor de la planta, los integrantes de los dos equipos, alentaban al valiente e intrépido escalador, gritándole, de vez en cuando, algún consejo sobre qué rama era más segura pisar, y continuar subiendo sin que se cortara.
La bataola de gritos de aliento atrajo al padre de uno de los niños, que se acercó, alpargata en mano, desparramando a alpargatazo limpio al bullicioso grupo, que salió corriendo despavorido en todas las direcciones escapando de la furibunda paliza.
El único pobre angelito que no tuvo otra alternativa que resignarse a recibir una buena tunda de alpargatazos en la cola, fue el niño que estaba trepado en el árbol, rescatando la pelota.

Volver a empezar

Partir y no poder regresar.
Dejar la aldea en el ayer.
Guardar en el recuerdo
rostros de seres queridos.

Navegar el mar desolado.
Llegar a puerto sin esperanzas.
Llevar en los baúles
tristeza y orfandad.

Comenzar de nuevo.
Forjar una aldea en la nada.
Levantar una iglesia,
construir un sueño.

Volver a empezar.
Volver a soñar.
Volver a creer.
Y volver a ser feliz.

La vida de los niños en las colonias y aldeas de antaño

En las colonias o aldeas de antaño, las niñas y los niños comenzaban a vivir una vida de adultos, con todo lo que eso implica, en cuanto a compromisos, responsabilidades y obligaciones, desde muy pequeños. Las edades podían oscilar entre los seis y nueve años. La adolescencia, tal cual la conocemos hoy, prácticamente no existía para ellos. Pasaban, sin escala, de jugar a las muñecas, las niñas, o a los Koser, los varones, a colaborar en los quehaceres domésticos de la cocina o a trabajar a la par de sus padres en las labores rurales. Tareas todas duras y pesadas, con horarios que iban de sol a sol. La escuela quedaba relegada a segundo orden. Todos los integrantes de la familia tenían que trabajar para aportar dinero a la economía hogareña, para mantener, muchas veces, a más de diez hijos.
Las niñas aprendían a cocinar, bordar, tejer, coser, lavar, planchar, a hacer y mantener una huerta, limpiar el gallinero, ordeñar, ocuparse de las aves y los animales domésticos además de alguna que otra pesada y dura tarea que aprendían a la par de sus hermanos varones.
Los niños en tanto, aprendían a andar a caballo, pastorear vacas, ovejas, cerdos, cuando faltaba pasto, porque la lluvia era escasa, a arar, sembrar, cosechar, realizar trabajos de herrería, carpintería, alambrar y muchas otras tareas más.
Tanto a niñas como a niños nuestros antepasados les enseñaban a trabajar y a hacer de todo, desde muy pequeños. La vida no era fácil para nadie.
A todas estas enseñanzas de trabajo, se le sumaban conocimientos de religión, solidaridad, respeto y valores humanos que los transformaban en mujeres y hombres de bien, honestos y trabajadores.

sábado, 27 de febrero de 2021

Las mujeres eran el alma de la familia alemana del Volga

Las mujeres, la mayoría de las veces, silenciosas, calladas, sumisas, siempre al servicio del marido, pariendo, criando, formando y educando hijos, eran el alma de la casa. Porque sobre sus espaldas no solamente pesaban todos los trabajos domésticos sino también muchas de las labores rurales, algunas sumamente pesadas y rudas.
Las mujeres de antaño eran hijas, esposas, madres, primero bajo la tutela del padre y luego al servicio del marido, siempre cumpliendo órdenes, siempre trabajando, día y noche, sin descanso. Sin domingos y sin feriados. Sin permiso para estar enfermas. Sin espacio, tiempo ni permiso para pensar en ellas. El esposo y la familia siempre estaban antes.
Relegadas al papel que les asignaban los padres, el esposo, la familia, la sociedad y fundamentalmente la iglesia, las mujeres vivían una existencia sacrificada, cargada de trabajos y obligaciones. Eran las primeras en levantarse, de madrugada, y las últimas que iban a acostarse, luego de ocuparse de todas las tareas domésticas y acostar a los niños y, a veces, si había alguno enfermo, permanecer durante toda la noche junto a su cama, velando su sueño, cuidando su salud.
La historia de los alemanes del Volga les debe mucho a las mujeres. A su esfuerzo, sacrificio, tesón, entrega, dignidad, fortaleza. A su espíritu de lucha que hacía que no se rindieran nunca, que jamás bajaran los brazos y lo dieran todo no sólo por su familia sino también por los demás.
Para rescatar, preservar y difundir su vida y su historia, es que escribí el libro "La vida privada de la mujer del Volga" que es, asimismo, un homenaje para ellas.

Un día de escuela en las colonias de antaño

 -¿Tres por cuatro?- volvió a a preguntar el maestro.
-15 -respondió la niña en un sonido agudo, casi imperceptible para el oído de sus treinta compañeros de clase que, al igual que ella, temblaban frente a la actitud severa que estaba adquiriendo el rostro del maestro.
- ¿Tres por cuatro?- repitió levantando la voz y el puntero
-¿Nueve?- respondió preguntando la niña.
-¿Acaso sus padres no les enseñan en sus casas?- inquirió el maestro - Siempre la misma burra. Nunca sabe nada. Es un mal ejemplo no solamente para este grado sino también para toda la escuela. Ponga las manos sobre el pupitre con las palmas hacia arriba- ordenó el maestro.
La alumna obedeció.
-¿Tres por cuatro? -inquirió el maestro alzando el puntero.
-¿Dieciocho?- contestó la niña tímidamente.
El ruido del puntero sobresaltó al resto del alumnado que miraba horrorizado.

¿Saben cuál es el lugar más exclusivo del mundo?

¿Saben cuál es el lugar más exclusivo del mundo?. Aquel lugar donde unos pocos privilegiados tienen acceso. Aquel al cual soñamos regresar, si es que tuvimos la suerte de estar. Aquel que tiene las mejores atenciones, los mejores manjares y muchas comodidades. ¿Ustedes pudieron estar allí? ¿Sueñan con conocerlo o volver? ¡Yo sí! Yo estuve allí desde que nací hasta que me fui a trabajar, en mi juventud. Era un lugar lejos de todo pero cerca de la vida más sana a la que se puede aspirar. Era el sitio más confortable a pesar de lo poco que tenía. En invierno su calor era constante, seco, alimentado por bosta de vaca. En verano era fresco y agradable. Los colchones eran esponjosos gracias al yuyo que recolectábamos cerca del arroyo. Las mantas eran abrigadas gracias a las manos de papá, que esquilaba las ovejas y a las manos de mamá que confeccionaba la colcha y las almohadas. El agua siempre fresca y pura desde la profundidad de la tierra. La comida... ¡qué decir de los manjares que desgustábamos cada mediodía! Todo fresco, de la huerta. Los huevos recién puestos por las gallinas, las verduras recién cosechadas de la quinta, la leche recién ordeñada, los dulces caseros hechos con fruta de estación. Y por la noche un suculento mate cocido con leche y pan horneado en le día. Y cuando nos mimaban tomábamos un tazón de cascarilla. ¡La vajilla era la mejor! La de los abuelos. Platos y tazas enlozadas, cachadas por el paso del tiempo, donde la comida se mantenía calentita por mas tiempo. La luz de la lámpara a kerosén nos daba un ambiente cálido, íntimo.
Todos estos lujos los tuve en mi infancia y adolescencia. Y a pesar de que muchos años después pude viajar, conocer lugares muy lejanos, hospedarme en lujosos hoteles y comer platos exóticos, yo sé con toda seguridad cuál es el mejor lugar del mundo: la casa de mi mamá y mi papá. (Autora: María Rosa Silva).

miércoles, 24 de febrero de 2021

Los juegos de nuestras abuelas alemanas del Volga

Eran tres niñas, tres hermanas, de diez, ocho y seis años. Clavaron cuatro varillas de algo más de un metro de altura, formando un rectángulo, bajo la sombra de un árbol, en el patio. Unido a las varillas, sujetaron bolsas de arpillera abiertas a lo largo con la ayuda de la tijera de esquilar ovejas y cocidas una junto a otra, para conformar un extenso lienzo que terminó siendo las cuatro paredes y el techo de la casita que utilizarían para jugar a las muñecas y a la mamá.
Dentro de la casita colocaron una caja como mesa y tres taquitos de leña como sillas. Sobre la mesa tres tarritos ya muy quemados y ennegrecidos de tanto pasarse horas y horas cocinando algún plato tradicional. Afuera, las niñas hicieron un hoyo, dentro del cual colocaron ramitas secas y las encendieron, ubicando dos varillas de hierro de manera transversal, sobre las cuales pusieron a hervir un plato de chapa con agua.
Mientras tanto, dos niñas, en otra caja, que también simulaba ser mesa, con un cuchillo gastado y desafilado, picaban hojas de laurel y eucalipto, en tanto la tercera rallaba un ladrillo.
-Hay que ponerle mucho pimentón al guiso- comentó a la par que continuaba rallando el ladrillo, formando un montoncito de polvo rojo, que después arrojaría al agua que hervía en el plato.
-También hay que agregarle muchas verduras y fideos- acotaron las otras dos niñas, que seguían picando hojas de laurel y eucalipto.

domingo, 21 de febrero de 2021

Hoy 21 de febrero se cumplen 56 años de la entronización de la Virgen de Fátima en la gruta ubicada en la rotonda de ingreso a Pueblo Santa María

La imagen de la Virgen de Fátima fue traída desde Portugal por el padre Juan Peter, un sacerdote que es recordado no solamente por las obras que plasmó sino también por haber sido un gran benefactor de la localidad. Por tal motivo, todos los años se llevan a cabo una procesión y posterior misa de acción de gracias, para agradecerle a la virgen las bendiciones recibidas a lo largo del año, tal cual se viene haciendo desde aquel lejano 21 de febrero de 1965, en que se llevó a cabo la ceremonia de entronización. Siendo una tradición que se mantuvo inalterable a lo largo de los años y que este año se ve alterada por razones que son de público conocimiento.
Haciendo un poco de historia, hay que rememorar que durante los primeros años de la década del '60, profundizándose aún más a lo largo del año 1962, la zona fue asolada por una de las sequías más devastadoras de las que se tengan registros.
Los productores agropecuarios cansados de tanto mirar el cielo en vano, fueron a ver al párroco Juan Peter que, conjuntamente con toda la feligresía, se encomendaron a la virgen, haciendo la promesa que si llovía, iban a construir una gruta en su honor.
El padre Peter, impulsor de la idea, trajo desde Europa una imagen de la Virgen de Fátima, directamente desde el lugar donde está ubicado el Santuario de la Virgen de Fátima, en Portugal, que luego fue emplazada en la Gruta, construida en el acceso a Pueblo Santa María, en el Partido de Coronel Suárez, Provincia de Buenos Aires, y consagrada un 21 febrero de 1965, con multitudinaria y solemne procesión que partió desde el frente de la iglesia y recorrió los tres kilómetros hasta el lugar a pie, con carrozas alusivas y llevando las maquinarias que en aquel entonces eran de uso común en el campo, además de los frutos que producía la tierra, para ofrendarlos en señal de gratitud por la lluvia recibida.
Oscar Baumgaertner, fiel custodio de la Gruta, que la visita diariamente y la mantiene en perfectas condiciones, recordó alguna vez "que la imagen fue traída por el padre Juan Peter, quien en un viaje que realizó a Alemania, a su vuelta a la Argentina, pasó por Portugal y trajo esta imagen de allí, original, ya que en su base tiene tierra de Portugal. Fue entronizada el 21 de febrero de 1965. Veníamos de una sequía importante, cuando el padre Peter dijo a los colonos que tenían que pedirle ayuda a la madre de Dios, a Santa María. Llegó la lluvia y la promesa había que cumplirla, de levantarle a la Virgen un santuario a la entrada del pueblo, donde está hasta el día de hoy”.
Oscar Baumgertner también recuerda en una nota que le realizó La Nueva Radio Suárez, que "costó mucho ingresar la imagen de la Virgen al país, porque cuando llegó a la Aduana no pudo ser ingresada porque en aquellos tiempos ya se hablaba de la droga. ¿Qué tuvieron que hacer? Abrir la parte de la cabeza, que hasta el día de hoy se puede ver, para ver que en su interior no traía nada extraño.
"Lograr que la Aduana liberara la imagen y permitiera su tránsito hacia Pueblo Santa María fue el resultado de gestiones del escribano Domingo Nicolás Moccero” - revela Oscar Baumgertner.
Y concluye que la Gruta de Fátima tiene dos hermosos murales pintados en sus paredes laterales. Las mismas son obras del recordado artista plástico de la localidad, don Salvador Schneider, que fueron plasmadas hace muchos años, y restauradas por la artista plástica Karina Schwert.

Dato histórico adicional

El constructor de la Gruta fue don Pedro Schmidt, oriundo de Pueblo Santa María, quien no sólo profesaba una profunda fe cristiana sino que además tenía cercanía con el clero y principalmente con la congregación del Verbo Divino, lo cual hizo que fuera el constructor de muchas de las obras arquitectónicas que levantaron los sacerdotes en la colonia. La familia cuenta que también trabajó en la ampliación de la Iglesia ‘Natividad de María Santísima’ y en la Escuela Parroquial Santa María y participó en la edificación de obras en Pueblo San José.