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viernes, 11 de mayo de 2012

Historia increíble pero real: La última partida de naipes


Los naipes quedaron sobre la mesa, bajo la luz mortecina de un farol a kerosén, que oscilaba como la campana de una iglesia tocando a difunto. Las sombras reverberaban como reverberan en el viento el eco de la voz de un badajo que llora la muerte de un ser querido. Perplejos y asustados, nos quedamos parados frente a la mesa, oyendo el chistar de la lechuza en la noche, mientras el cuerpo de José se enfriaba sentado en la silla, con la cabeza reclinada hacia atrás, el rostro desencajado, los ojos desmesuradamente abiertos, la boca ahogando un grito que no fue más que un tardío arrepentimiento de prematuro suicidio.
José, en su desesperación por recuperar lo perdido, lo que se le había ido de entre las manos esa noche y madrugada de juego, alcohol, desenfreno y locura, apostó lo único que le quedaba por apostar: la chacra. Y la perdió. Y con ella también perdió la vida. Todo en una partida de naipes. Una sola y definitiva partida de naipes.
Murió en un ahogo súbito. No hubo angustia ni tuvo consciencia de que se estaba muriendo. Morir fue para José un alivio, un desahogo, un huir de las consecuencias familiares que sabía le esperaban al regresar a casa, con su esposa y seis hijos, para comunicarles que ya no les quedaba nada, absolutamente nada, y que a partir de mañana, con el nacimiento del nuevo día, pasarían de ser chacareros con plata a pobres, más pobres que el más pobre de la colonia.