Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

lunes, 11 de octubre de 2021

Los remedios caseros de antaño

Foto de https://www.novasan.com/
En nuestra infancia eran pocas las veces que nos llevaban al doctor, a menos que fuera algo muy grave. Para todo lo demás existían los remedios caseros y toda la sabiduría de mamá, que heredó de abuela y que ésta, a su vez, heredó de su madre, y así por generaciones.

Durante el invierno eran comunes los resfríos, gripe, tos y fiebre. Y para curarnos nuestros ángeles guardianes volcaban todos sus conocimientos de medicina natural sin demora.
Lo primero era constatar la temperatura corporal. Quienes poseían termómetro de mercurio tomaban la fiebre colocándolo en la axila. Quienes no lo poseían utilizaban la mano o los labios y colocándolos sobre la frente podían acercarse a un diagnóstico certero. Si el diagnóstico era afirmativo nos ponían sobre la frente un trapo mojado en agua fría para ayudar a que descienda la fiebre.
Un té con mucho limón y miel y a la cama bien tapados con la Schteptek y a sudar. Y de cena una buena sopa caliente con todas las verduras de la quinta.
Otras dolencias también se curaban de forma natural. Por ejemplo: el empacho tirando el cuerito, el mal de ojos, el asma con una olla de agua hirviendo con hojas de eucalipto para que aspiremos el vapor, para el catarro las ventosas de vidrio que también servían para aliviar dolores de espalda y otras dolencias. Para los parásitos intestinales las semillas de zapallo en ayunas o el Chucrut. Para el dolor de garganta buches de agua tibia con sal o bicarbonato.
Y la lista puede continuar tan extensa como nos imaginemos porque las madres y abuelas eran una enciclopedia viviente de conocimientos y expertas en resolver todo tipo de contratiempos siempre recurriendo a la ayuda de la naturaleza y todo lo que ella ofrecía.
Durante el invierno eran comunes los resfríos, gripe, tos y fiebre. Y para curarnos nuestros ángeles guardianes volcaban todos sus conocimientos de medicina natural sin demora.
Lo primero era constatar la temperatura corporal. Quienes poseían termómetro de mercurio tomaban la fiebre colocándolo en la axila. Quienes no lo poseían utilizaban la mano o los labios y colocándolos sobre la frente podían acercarse a un diagnóstico certero. Si el diagnóstico era afirmativo nos ponían sobre la frente un trapo mojado en agua fría para ayudar a que descienda la fiebre.
Un té con mucho limón y miel y a la cama bien tapados con la Schteptek y a sudar. Y de cena una buena sopa caliente con todas las verduras de la quinta.
Otras dolencias también se curaban de forma natural. Por ejemplo: el empacho tirando el cuerito, el mal de ojos, el asma con una olla de agua hirviendo con hojas de eucalipto para que aspiremos el vapor, para el catarro las ventosas de vidrio que también servían para aliviar dolores de espalda y otras dolencias. Para los parásitos intestinales las semillas de zapallo en ayunas o el Chucrut. Para el dolor de garganta buches de agua tibia con sal o bicarbonato.
Y la lista puede continuar tan extensa como nos imaginemos porque las madres y abuelas eran una enciclopedia viviente de conocimientos y expertas en resolver todo tipo de contratiempos siempre recurriendo a la ayuda de la naturaleza y todo lo que ella ofrecía.

domingo, 10 de octubre de 2021

Mi abuelo llegó a la Argentina a los ocho años

Mi abuelo partió de la aldea Kamenka, a los ocho años, junto a su madre y varios hermanos, para arribar a la Argentina y reencontrarse con su padre, que había llegado unos años antes para trabajar, edificar una vivienda y luego mandar a buscarlos a ellos y cumplir con la promesa que había realizado al dejar las orillas del río, para escapar de las hostilidades rusas y el prejuicio, el sufrimiento, la miseria, las muertes por el hambre de seres queridos y amigos.
Aquí se instalaron en Pueblo Santa María, en la que en aquel entonces se conocía como la Matschgasse (Calle de barro), con la idea de continuar desarrollando la profesión de zapatero, que venía llevando a cabo desde hacía muchos años. Para eso había traído consigo sus materiales de trabajo y las maquinarias necesarias para cortar cuero y fabricar zapatos. Y así lo hizo. Sus hijos crecieron. Mi abuelo comenzó a llevar a cabo actividades relacionadas con la iglesia, colaborando con el sacerdote y sus menesteres eclesiásticos. Andando el tiempo se casó y formó su propia familia. Arrendó campo y logró cierta holgura económica. La que se le escurrió de las manos cuando llegó la modernización y los tractores de combustible comenzaron a reemplazar a los caballos. Esto acaeció en su etapa de madurez, por lo que ya no pudo comenzar de nuevo. Fue allí que retomó la profesión de su padre: zapatero. Y por años fue el zapatero de la localidad. Lo fue hasta el día que murió, en el año 1972.

sábado, 9 de octubre de 2021

Una costumbre ancestral de los alemanes del Volga

Después de la trilla de trigo, cuando el campo lucía sus rastrojos, se llevaba a cabo una tarea que hoy ha caído en total desuso, una tarea que se realizaba en diferentes etapas y utilizando distintos implementos agrícolas tirados todos por caballos.

Durante el verano en las colonias y aldeas se llevaba a cabo una tarea que hoy ha caído totalmente en desuso. La tarea a la que estamos haciendo referencia es la de cambiar la paja de los techos de las casas de adobe. Para ese menester se recurría a personas que se dedicaban exclusivamente a ello. De tan requeridos que eran había que solicitarlos con mucho tiempo de anticipación, dada la cantidad de casas de adobe que había en las aldeas y colonias de aquel entonces. Estos personajes en cuestión llevaban a cabo su actividad luego de que los campos fueran trillados y no quedaba otra cosa que los rastrojos. Primero rastrillaban la paja con un enorme rastrillo tirado por varios caballos reuniéndola en montones a lo largo y a lo ancho de los potreros. Seguidamente venían con un carro especialmente acondicionado también tirado por caballos en el que cargaban la paja con la horquilla hasta una altura inimaginable. Una vez lista esta labor se sentaban sobre ella y emprendían el regreso a la colonia o aldea para colocarla sobre el techo de la casa de adobe. Donde para que el viento no se la llevara la terminaban afirmando con grandes piedras, postes o palos.
Obviamente que previo a todo lo antes mencionado los dueños de casa retiraban la paja vieja, la reunían en la parte trasera del patio y la quemaban. De más está decir que todo esto generaba no solamente un penetrante humo negro sino que, una suciedad bastante importante, sobre todo si había un poco de viento, teniendo en cuenta que la paja de trigo es sumamente liviana.
Otros tiempos, otras costumbres, otros estilos de vida.

Todas las recetas de nuestras abuelas. El sabor y el aroma de las cocinas alemanas del Volga

 "Arde el fuego en la cocina a leña. La sopa exhala su vaho de vapor. El ambiente huele a caldo. Abuela cocina. Su casa es un hogar donde se comen las comidas más ricas. Ella sabe recetas que heredó de su madre y ésta, a su vez, de la suya, generación tras generación, durante centurias. Las llevaron de Alemania al Volga y del Volga las trajeron a la Argentina. ¿Dónde? En la memoria. Jamás estuvieron escritas en papel alguno. Simplemente las legaban. Las transmitían demostrando cómo se hacían. Así sobrevivieron. Y así continuarán sobreviviendo, sostiene abuela. ¡Y tiene razón! "-escribe Manuel Schamberger.
Y agrega que "hasta que un día el escritor Julio César Melchior realizó un paciente trabajo de investigación de varios años y rescató todas las recetas en un libro, para que permanezcan en la memoria para siempre.
"Una obra que debe estar en todos los hogares donde resida un alemán del Volga, porque todas estas recetas forman parte de nuestra identidad, no solamente personal, sino como pueblo" -sostiene Manuel Schamberger.

La reconstrucción de la vida de nuestras abuelas. Una vida llena de trabajo, sacrificios, entrega a su familia y ejemplos cotidianos

La fotografía fue tomada dentro de La Casa del Fundador
Colonia Santa María
El libro desarrolla un tema inédito en la literatura y el rescate histórico del pasado de los alemanes del Volga, como lo es la vida privada de la mujer. El mismo nos permite conocer todos los aspectos de este ítem trascendente, desde el nacimiento de nuestras abuelas hasta su desaparición física. Abarcando lo privado y lo público, lo social y lo religioso, lo que le estaba permitido y lo que le estaba vedado a la mujer de antaño.
El Prof. Desiderio Walter sostiene en el prólogo que oficia de presentación del libro que “Esta obra que está a punto de comenzar a leer coloca a la mujer alemana del Volga en el centro de la historia y reconstruye, mediante una exhaustiva investigación, los pasos que ha debido transitar para conformar la identidad personal y de género que la identifica, permitiendo comprender el por qué de sus comportamientos, actitudes y formas de ver y encarar la vida que tuvo no solamente en el pasado sino también en la actualidad y, por qué no decirlo, nos permitirá comprender mejor la idiosincrasia de las sociedades alemanas del Volga.
“Reconstruye su pasado haciendo una descripción de cómo se desarrolló y conformó su yo privado. Lo presenta en detalle. Indaga en los espacios, a veces muy restringidos, de su vida, y en la responsabilidad, o no, que tuvo, en sus actos, en un universo social basado en el poder del patriarca, en donde el hombre tiene el control de todo y es el centro alrededor de cuyo eje giran las premisas de la ética y la moral, las costumbres y las tradiciones, y las mujeres son consideradas meras actrices secundarias, sin ideas, sin sentimientos, y sin deseos propios. Permanentemente condenadas a interpretar el papel de hijas, esposas, madres y abuelas y en cada caso, ser ejemplo de virtud. Siempre inmaculadas y puras. Siempre amenazadas con el escarnio familiar y público y a ser condenadas al aislamiento social.
“El autor nos presenta en este libro un profundo estudio, un análisis psicológico, pero esencialmente filosófico, sociológico e histórico, del rol que le tocó desarrollar a la mujer en la historia y cultura del pueblo de los alemanes del Volga con una lucidez increíble. La describe sin tabúes. Con valentía. Para mostrar cuánto sufrieron las mujeres a lo largo de la historia y cuánto pero cuánto tiempo nos hemos olvidado de ellas, precisamente ellas, que nos dieron la vida y nos lo entregaron todo, sin pedir nada a cambio jamás. Por suerte, esta obra repara ese olvido y lo repara con creces.
“Por eso, amigo lector, te invito a leer este libro. Para saber, entender y comprender no solamente la historia de las mujeres alemanas del Volga sino para saber, entender y comprender, por qué algunas cosas fueron y son todavía en la actualidad, como son.
“Y también te invito a leerlo porque es una gran obra literaria, maravillosamente redactada. Una obra que, una vez leída, nos hace un poco más sabios” -afirma el prof. Desiderio Walter.

jueves, 7 de octubre de 2021

Los años felices en las colonias

 

Obra de Simon Glücklich

El aroma a tiza, el cuaderno único, los lápices de colores, los antiguos pupitres de madera, y todo un universo de reminiscencias poblando las aulas de las antiguas escuelas de las colonias, que surgen en la memoria de los alumnos de aquellos lejanos años. La presencia de la Hermanas Siervas del Espíritu Santo, a veces tiernas y dulces, otras, severas y excesivamente rectas en la enseñanza y la educación. El libro de lectura. El libro de catecismo. La Biblia. El estudiar de memoria. Las lecciones. Las cuentas; los números; la aritmética; la gramática; el lenguaje... Los recreos jugando a la payana o a decenas de divertimientos que el tiempo se llevó al olvido y solamente perduran en el ayer de alguna remembranza. Los grupos de amigas y amigos tramando travesuras. Y una inocencia increíble. Niñas y niños que creían en la pureza de la vida, en las hadas, en los ángeles, en los reyes magos, y en un mundo de fantasía que la misma existencia se encargó en trocar en cruda realidad.
Eran otros tiempos, otro estilo de vida, más simples, más sencillos, quizás más felices, porque se compartía lo que se tenía, porque los sueños se podían realizar, porque nada parecía imposible y porque en la niñez no existen las palabras “no se puede”.
Sin embargo, la vida y el tiempo transcurrieron. Las niñas y los niños de aquellos lejanos años crecieron. Se hicieron mujeres y hombres de bien. La mayoría se casaron. Formaron un hogar. Tuvieron hijos. Y en la actualidad seguramente Dios los habrá bendecido con nietos. Todos supieron, de alguna u otra manera, luchar por su felicidad y hacer de sus existencias una vida honesta y digna.

lunes, 4 de octubre de 2021

El ingenio culinario de nuestras madres

Las familias humildes que vivían en casas de adobe, generalmente, de alrededor de diez o más hijos, de los cuales unos pocos asistían a la escuela y la mayoría trabajaba para ayudar a sustentar la economía familiar, realizando trabajos en las herrerías, carpinterías o en los campos cercanos de la colonia o aldea, tenía que recurrir a mil y un ingenios para mantener a tantas personas. No era fácil sobrevivir en una época en que si bien había muchos puestos de trabajo disponibles, lo que se pagaba era muy poco o casi nada. Las mujeres muchas veces eran contratadas como sirvientas, desde muy pequeñas, solamente por la comida, sin recibir ninguna paga a cambio por el trabajo que tenían que realizar, que generalmente, era el de una ama de casa, desde lavar y planchar hasta cocinar y cuidar niños. Lo mismo sucedía con las mujeres si acompañaban a sus maridos cuando eran contratados para trabajar en el campo: el marido recibía un sueldo mensual pero la mujer no recibía nada, por más que tuviera que trabajar a la par de él o hacer de cocinera para alimentar alrededor de ocho peones. Lo mismo sucedía, muchas veces, con los niños que se contrataban para trabajar desde muy pequeños, la mayoría de las veces, desde los nueve años. Y vaya! Si los patrones los aprovechaban y les hacían hacer duros trabajos, de personas mayores, haciéndolos trabajar con la pala y arrastrar grandes baldes de agua para regar las huertas.
Esas mismas familias humildes que vivían en dignas casas de adobe, en muchas ocasiones tenían que recurrir a ingeniosas estrategias para alimentarse que solamente sabían y conocían las madres que, con profunda sabiduría y sapiencia, aprovechaban la harina para preparar una variedad de platos, todos totalmente diferentes en aromas y sabores, que hoy sorprendería a más de un Chef Internacional. Tan es así que, por ejemplo, los almuerzos solían ser de Kleis, Wickelnudel, Truckenudel, Kraut und Prai, Kartofels Krepellier, entre otras. Y las meriendas de mate cocido o té con leche con Kreppel, Der Kreppel, Dünnekuche, Brott, Kalach, etc. Y durante las noches también las madres hacían uso de sus conocimientos, conocimientos que no extraían de ningún libro ni de ningún papel escrito, todo lo llevaban registrado en su mente y que era un conocimiento que pasaba de generación en generación, desde hacía siglos. Así es como en las noches con mucho amor, les servían a sus hijos como cena mate cocido o té con leche con riquísimos Flosch Kreppel, que elaboraban especialmente para esa hora, a la luz del farol a kerosene.
Todas las comidas mencionadas se rescatan en el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga" junto a mas de 150 recetas típicas tradicionales. Para más información comunicarse al correo electrónico: bloghilandorecuerdos@gmail.com.

domingo, 3 de octubre de 2021

La cultura e idiosincrasia de los alemanes del Volga llegó a la pantalla grande

 
Durante el viernes y sábado últimos se llevó a cabo el Primer Festival de Cine "Sauce Corto(s)" en Coronel Suárez, organizado por Marcelo Castorina Director de Cultura y Ceremonial de la Municipalidad de Coronel Suárez, en el que participaron quince cortos preseleccionados, de los cuales hubo dos ganadores. Uno seleccionado por el jurado y otro por el público.
El corto ganador elegido por el público presente en la sala fue "Fritz", dirigido y producido por Fernando Berón, ganador de varios premios y distinciones en los distintos concursos de los que participó.
El guión de "Fritz" es de Fernando Berón y Claudio Quiñones quien, también, le da vida al protagonista, la voz en off es de Alicia Schneider, la dirección y grabación de sonido de Matías Carenza, la dirección musical de Rodrigo Loos y Matías Carenza, la música en contrabajo por Rodrigo Loos, acordeón Gonzalo Berger y Juan Pablo Lodos en percusión. Dirección de fotografía y cámara Fernando Berón, idioma y traducción Julio César Melchior. Dirección de arte Karina Schwerdt y Vestuario y maquillaje Viviana Osinaga.
Fritz muestra a un típico habitante de una colonia alemana del Volga y su vida de hombre solo atormentado por sus fantasmas, en una casa de adobe, manteniendo un diálogo en el dialecto alemán, diálogo que fue traducido del español al dialecto por el escritor Julio César Melchior.
Es un orgullo que las nuevas generaciones apuesten a dar a conocer la cultura y la idiosincrasia que sigue viva en los pueblos alemanes junto a su dialecto.
Felicitaciones a Fernando Berón y todo el equipo por el trabajo y el arte de ver a través de una lente los rasgos característicos de un pueblo de descendientes de alemanes del Volga y apostar a su lengua madre.
(Por: María Rosa Silva Streitenberger)

sábado, 2 de octubre de 2021

Los invitamos a participar de las tradicionales fiestas patronales de Pueblo Santa Trinidad

 Los invitamos a participar de las tradicionales fiestas patronales de Pueblo Santa Trinidad, las fiestas que, para quienes somos descendientes de alemanes del Volga, conocemos por fiesta Kerb. Uno de los eventos más típicos y populares del calendario anual de fiestas de las aldeas y colonias.
Aquí les presentamos todos los eventos programados para celebrar esta gran fiesta que, seguramente, como todos los años, contará con una enorme participación popular.
Recordemos que pueblo Santa Trinidad está ubicado al sudoeste de la provincia de Buenos Aires, dentro del partido de Coronel Suárez.

martes, 28 de septiembre de 2021

Los sótanos de los alemanes del Volga

En el Volga, en Rusia, los inviernos eran largos, demasiado largos y las temperaturas excesivamente bajas. Generalmente el crudo invierno se prolongaba durante cinco e interminables meses, los ríos se congelaban y el campo estaba cubierto de nieve. Por lo que se puede pensar que eran escasas las tareas que se podían realizar durante ese tiempo. Sin embargo nuestros ancestros tenían una ardua tarea por realizar durante esos meses, porque la vida cotidiana continuaba. Había que proteger a los animales y alimentarlos. Seguir ordeñando a las vacas. Reparar y preparar todos los enseres para las futuras tareas de roturar la tierra y sembrarla. De la misma manera que cuidar e ir reparando cada cosa que se rompía o requería algún arreglo dentro de la casa, en los establos o galpones. En todas estas tareas se abocaban por igual hombres y mujeres sin distinción de género.
Por eso durante el verano el tiempo se aprovechaba al máximo para hacer producir la tierra que cada colono poseía. Mientras los hombres trabajaban los campos las mujeres y niños se abocaban a realizar grandes huertas, en las que sembraban todo tipo de verduras y hortalizas, cuya producción luego se transformaba en conservas y encurtidos, que iban a parar a los sótanos que cada casa tenía. En los sótanos también se estibaban verduras que podían conservarse a lo largo de todo el año. También se envasaban y conservaban frutas. Las mujeres y los hombres, cada uno en su menester trabajaban para aprovisionarse para el invierno. Porque de esa provisión dependía sobrevivir durante los cinco meses de bajas temperaturas y nieve. Cuando mirar por la ventana era ver un horizonte blanco o días y días donde salir al patio era imposible por la cantidad de nieve acumulada.
Esa costumbre de estibar productos de la huerta en los sótanos continuó aquí en la Argentina durante muchísimos años. Así es como al descender al sótano durante el invierno uno podía encontrar Chucrut, bolsas de papa, cebolla, chorizos secos colgando del techo, frutas envasadas en grandes frascos y una amplia variedad de encurtidos y conservas que sería larguísimo de mencionar.
Andando el tiempo y dependiendo de la economía de cada familia, la costumbre prosiguió pero con algunas variantes. Familias con inmensos sótanos para guardar su producción y otras con apenas un rudimentario Schepie. Diferentes lugares para guardar los productos pero la misma costumbre y la misma tradición. Para rescatar las antiguas costumbres y tradiciones de nuestros ancestros junto a la sabiduría que adquirieron a fuerza de trabajo, lucha y perseverancia, no dejen de recorrer las páginas de los libros “La gastronomía de los alemanes del Volga” y “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”. Para más información comunicarse al correo electrónico: bloghilandorecuerdos@gmail.com.

jueves, 23 de septiembre de 2021

La gastronomía de los alemanes del Volga

Existen cosas que nos acompañan por siempre, a pesar del tiempo, la distancia, las modas o costumbres. La comida es una de ellas. Los aromas inigualables, los sabores y texturas, el calor de hogar y el amor de la familia.
Y los Wickelnudel uno de los platos más populares. El que reunió y continúa reuniendo a la familia en torno de la mesa.
Para más información comunicarse al correo electrónico: bloghilandorecuerdos@gmail.com.

El carro del abuelo

El carro del abuelo duerme su sueño de olvido recostado en la tierra mustia del pasado, esperando ser rescatado por la memoria colectiva. Aguarda en silencio revivir las anécdotas que otrora lo tuvieron como protagonista allá lejos en el tiempo, cuando la colonia y el abuelo eran jóvenes y las calles eran de tierra, las casas de adobe, con paja en los techos, y en los patios había una bomba de agua y un Nuschnick en el fondo. También huertas de verduras, gallineros, cerdos y vacas lecheras esperando ser ordeñadas todas las mañanas. Cuando los campos florecían de trigales y los sueños germinaban en la tierra virgen de la pampa argentina.

Recuerdos de mi infancia en las colonias

Pueblo Santa María, Coronel Suárez, Pcia. de Buenos Aires
Una cocina a leña, bosta de vaca para quemar y calentar el ambiente, una mesa larga de madera, un banco contra la pared, una alacena antigua, unos cucharones, sartenes y cacerolas colgadas en la pared, una carpeta tejida a croché y sobre ella un adorno, una pava siempre hirviendo, a punto para cualquier menester: desde tomar mate hasta desplumar una gallina.
Mi madre yendo y viniendo. Lavando ropa. Cocinando. Siempre trabajando. Cantando en alemán. Feliz. Y en las noches rezando su rosario de perlas negras. Murmurando plegarias. Mirando el mañana. Seguramente soñando un futuro mejor para sus hijos. Para sus hijos que, a los diez años, ya trabajaban a la par de sus padres.
Esos son los recuerdos más entrañables de mi infancia.
Jugando con mis hermanos juegos tradicionales, más otros que inventábamos nosotros imitando las tareas rurales. Trepar árboles. Husmear los nidos de los pájaros. Cazar peludos para comer. O perdices. Y hasta palomas cuando la malaria era grande. Libres. Felices a pesar de la escasez de todo. Siempre corriendo. Por la colonia, por las calles de tierra, detrás de los carros, metiéndonos, sin permiso, en las quintas de los vecinos para llevarnos alguna sandía. O corriendo por el campo, cazando mariposas, atrapando bichitos de luz. Jugando siempre jugando. Pobres pero felices.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Los carros de los colonos alemanes del Volga

Plaza Andenkenplatz, en Pueblo Santa María,
Pdo. de Coronel Suárez, Pcia. de Buenos Aires.
Los colonos alemanes del Volga forjaron su destino emigratorio y colonizador sentados sobre carros tirados por caballos.
Sobre ellos cargaron baúles y enseres, partieron desde su aldea en su patria natal, Alemania, para dirigirse a los puertos y abordar los barcos que los trasladaron a Rusia, cruzando el Báltico.
Allí, nuevamente transportando baúles, enseres, mujeres y niños en los carros, mientras los hombres caminaban detrás, en largas caravanas durante los primeros contingentes, rumbo a orillas del bajo Volga, a colonizar aquellas tierras vacías, y fundar las aldeas.
Más de cien años después, recorrieron el camino inverso, también en carros, otros en tren, para, en el puerto de Bremen, en Alemania, abordar los grandes barcos que los traían a América, más precisamente a la Argentina.
Aquí popularizaron el carro ruso y el carro verde, que utilizaron para realizar casi todas sus tareas rurales.
Un transporte noble, que fabricaban en sus herrerías, en las aldeas y colonias, fuerte, seguro, que quedó ligado para siempre a la identidad, historia y cultura de los alemanes del Volga.


sábado, 18 de septiembre de 2021

En largas noches de invierno abuela llenó mi alma de historias

En largas noches de invierno abuela llenó mi alma de historias. Las colmó de palabras en alemán. De poesía y belleza. De recuerdos y añoranzas. De tristezas y alegrías. De sueños y esperanzas. Me regaló su universo de niña en un océano de palabras. Las sembró en mi alma para que las escriba. Para que las vuelva a sembrar en la eternidad de los tiempos. Y así lo hago. Ese es mi destino. Y estas páginas son sus memorias, las páginas del libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga". Para más información comunicarse al correo electrónico: bloghilandorecuerdos@gmail.com.

viernes, 17 de septiembre de 2021

Les presentamos todos los eventos sociales, culturales, deportivos e institucionales que organiza la comunidad de pueblo Santa María para celebrar su tradicional fiesta Kerb

Viernes 17 de septiembre: a las 17 horas, Adultos Mayores de Santa María invita a la comunidad a su sede -en Avenida Alemanes del Volga 1262- a visitar la muestra “Recordando Nuestra Historia”, con motivo de su décimo aniversario. Estará a cargo del Taller de Artes Plásticas, que expondrá distintos trabajos realizados durante este tiempo.
Además, se realizará una Feria Gastronómica con venta de platos típicos de la gastronomía alemana. Será necesaria la reserva previa, que podrá hacerse a los teléfonos 2926-15403296 o 2926-15497831. Organiza: Asociación de Turismo Comunitario.
El Progreso Social Club propone, los días viernes, sábado y domingo, la presentación de bandas musicales con shows en vivo.
Sábado 18 de septiembre: durante todo el día, la Casa del Fundador mantendrá abiertas las puertas del predio para visitas guiadas en la casa Museo.
Además, la Escuela Parroquial Santa María realizará una intervención del frente de la Institución, a cargo del Nivel Inicial; y el Taller Protegido una venta de Kreppel de levadura en sus instalaciones.
Ese mismo día, desde las 13.30 horas, habrá un Torneo de Kosser en la Plaza del Inmigrante Paseo ‘Juan Carlos Roth’; mientras que, a las 14 horas, se presentará el Bibliomóvil frente al Centro Cultural ‘Héctor Maier Schwerdt’, proponiendo diferentes actividades en conjunto con la Biblioteca ‘Juan Carlos Graff’.
Desde las 16 horas, se realizará un Circuito Histórico Arquitectónico, punto de encuentro Plaza Andenkenplatz; y a las 18.30 horas, la apertura y visitas guiadas al Museo. Organiza: Asociación de Turismo Comunitario.
Domingo 19 de septiembre: se desarrollarán los actos centrales de la Kerb, comenzando a las ocho de la mañana con el toque de sirenas, el saludo de campanas e izamiento del pabellón nacional en el mástil patrio.
Se continuará a las diez con una Santa Misa en Acción de Gracias, continuando con el acto oficial frente al Templo Parroquial, en el que se hará una entrega floral al pie del monumento a la Santísima Virgen María.
Habrá también entrega de reconocimientos, palabras alusivas a la fecha y un mensaje a la comunidad del intendente municipal, Lic. Ricardo Alejo Moccero. Organiza: Gobierno Municipal de Coronel Suárez y Delegación Santa María.
A las 11.30 horas, tendrá lugar el descubrimiento de una placa en el edificio del Taller Protegido en homenaje a Zully Kippes, a cargo del Rotary Club Las Colonias; mientras que a las doce del mediodía se prevé un refrigerio para las autoridades, invitados especiales y Banda Municipal, que organizan, también, el Gobierno Municipal y la Delegación de Pueblo Santa María.
A las 12.30 horas del propio domingo 19 de septiembre, tendrá lugar el almuerzo en el Salón Polideportivo del Club El Progreso, con un menú típico y capacidad limitada. Es necesario llevar vajilla. Organiza: Club El Progreso.
En simultáneo se dará un almuerzo en UNSER BAR, con reserva de tarjetas; y un almuerzo de Kerb con menú tradicional en la Casa del Fundador. También con capacidad limitada y previa reserva.
Desde las 14.30 horas se desarrollará el desfile Cívico sobre la Avenida 11 de mayo, con la participación de la Banda Municipal ‘Bartolomé Meier’. Organiza el Gobierno Municipal de Coronel Suárez y la Delegación Santa María.
Luego del desfile se podrá disfrutar de la siguiente actividad institucional: E.P.B. Nº 4: actuación de la Banda Municipal ‘Bartolomé Meier’ en el patio del frente de la Escuela. Servicio de cantina con kiosco, venta de tortas y gaseosas, entre otros. Exposición de costumbres de los Alemanes del Volga;
Escuela Parroquial con venta de comida rápida y bebidas a cargo de Unión Padres de Familia;
E.E.S. Nº 2: Venta de bebidas, helados, Dünne Kuchen y choripanes;
Jardín 915: Kiosco, panchos, Derkreppel;
Apertura y visitas guiadas al Museo;
Actuación del Grupo “Tanz Mit Uns; presentación del Ballet ‘Alles Froh´’ y actuación del grupo ‘The Colliers’
Venta de gastronomía alemana más artesanos y la cuarta fecha de fútbol de la Liga Regional en el Estadio 21 de agosto, con el enfrentamiento de El Progreso vs. Boca Juniors.
Finalmente, el sábado 25 y domingo 26 de septiembre: la Casa del Fundador organizará una visita de “Circuitos Viajes y Turismo” (Pigüé, Bahía Blanca, La Madrid y Capital Federal). Un recorrido por la Casa Museo explicando la forma de vida de los primeros colonos.
Domingo 26 de septiembre: Torneo de bochas 83° Aniversario. Será por tríos con Clubes invitados. Organiza: Sub Comisión de Bochas Club El Progreso.

¿Qué son las fiestas Kerb que celebran los descendientes de alemanes del Volga?

Con motivo de celebrarse este fin de semana en pueblo Santa María (partido de Coronel Suárez) la tradicional fiesta de Kerb tan cara a los sentimientos de los descendientes de alemanes del Volga , nos parece oportuno recordar el origen y el significado de esta fiesta inmemorial.

Las fiestas de Kerb eran grandiosas y se dividían en dos partes: la jornada en que se conmemoraba la consagración de la iglesia al santo patrono de la localidad y el fin de semana siguiente en que se realizaban las festividades sociales. El día en que la comunidad conmemoraba la consagración de la parroquia al santo patrono se formalizaba una procesión con el santo por las calles de la colonia y posteriormente una misa. Y en el fin de semana siguiente se efectuaba la celebración social, con grandes bailes que organizaban los clubes; partidos de fútbol; extraordinarios espectáculos que distintas comisiones traían de diferentes lugares del país: como festivales de patín artístico con estrellas de relieve, shows de todo tipo con artistas de renombre, eventos culturales y mil y una cosas más; multitudinarias quermeses que preparaban las escuelas parroquiales a cargo de las hermanas religiosas; todo era música; banderitas y lamparitas de colores cruzaban el patio de la escuela ornamentándola. Las calles bullían de gente. La familia se congregaba alrededor de la mesa para compartir una suculenta comida, consistente en asado al horno con papas, Füllsen, Strudel, entre otras delicias alemanas que cocinaban nuestras madres. La sobremesa se prolongaba con bulliciosas conversaciones, porque la mayoría de los integrantes de la familia solamente se reencontraban en esa fecha en particular; luego había música, baile, canto; y a la hora de la merienda llegaba el riquísimo Dünne Kuche recubierto con miel acompañado con mate o cerveza. Los lunes eran considerados feriados: por la mañana se iba al cementerio en procesión a rendirle homenaje a los colonos fallecidos, y por la tarde continuaban desarrollándose la quermese y los demás acontecimientos. En resumen, la fiesta de Kerb, en su faz social, se iniciaba el viernes y concluía el lunes a la noche con un multitudinario baile familiar.



miércoles, 15 de septiembre de 2021

¿Se acuerdan de los Loftipier, antiguo juego infantil de los alemanes del Volga?

Se necesitan dos latas (antiguamente se utilizaban las de aceite, de cuatro litros) a las cuales se le realizaban dos agujeros a ambos lados y un hilo de algo más de un metro de largo, cuyas puntas se atan en los agujeros antes efectuados.
El jugador se para sobre las latas y ayudado con los hilos, que son tensados con las manos, levantando y bajando las piernas como si fueran títeres, camina sosteniendo el equilibrio.
Para conocer mas juegos tradicionales de nuestros ancestros no dejen de consultar el libro "La infancia de los alemanes del Volga".
Para más información comunicarse al correo electrónico: bloghilandorecuerdos@gmail.com.

Recuerdos de nuestra infancia

En nuestra infancia, en la colonia,
jugábamos al fútbol en los baldíos,
hacíamos renegar a doña Anna
rompiéndole de un pelotazo
los vidrios de las ventanas de la cocina,
trepábamos árboles añejos,
buscando huevos en los nidos,
nos metíamos en la huerta del vecino
a hurtarle las ciruelas durante la siesta
y al regresar a casa, nos esperaban,
mamá con un sermón en los labios
y papá con la alpargata en la mano.

En la escuela, durante los recreos,
jugábamos a las bolitas,
llenando el patio de hoyos
y el guardapolvo de tierra,
también jugábamos a la mancha
y a la escondida,
a la payana con cinco piedritas,
al trompo y a las figuritas,
y con tiza dibujábamos una rayuela,
para saltar de baldosa en baldosa,
hasta llegar al cielo,
dónde nos esperaba la señorita.

martes, 14 de septiembre de 2021

La abuela Rosa le enseña a su nieta a elaborar el tradicional budín de pan de los alemanes del Volga

-Abuela, me hacés Füllsen? -pregunta Marisa, de veintitrés años. A vos siempre te sale tan rico! Te acordás cuando era chiquita y me quedaba a dormir con vos y me cocinabas todo lo que te pedía? Me hacías Wickel Nudel, Kreppel y Füllsen. Cómo nos peleábamos con mis hermanos para quedarnos con el último Wickel Nudel! Te acordás, abuela? Vos feliz y el abuelo mirando serio, porque no le gustaba que hiciéramos lío en la mesa, cuando comíamos. A veces, nos decía: 'chicos, chicos, estamos en la mesa. Pórtense bien. Así los educa su madre?’. Y mis hermanos y yo, nos quedábamos quietitos, porque sabíamos que con el abuelo no se jugaba.
-Pero era muy bueno con ustedes -lo disculpó la abuela. Los quería mucho. Los llevaba a la huerta para que lo ayuden a regar y…
-Y le sacábamos canas verdes -rió la nieta.
-Es que ustedes también eran muy schlim -interrumpió la abuela para decir que eran muy traviesos en su idioma cotidiano, el dialecto heredado de sus ancestros. Le pisaban los canteros de repollo, arrancaban los tomates cuando todavía estaban verdes y tu hermano Alberto, agarraba la azada y empezaba a carpir todo lo que encontraba en su camino, sin discriminar entre lo que eran plantas de yuyos y verduras.
-Pobre abuelo -suspiró la nieta, mirando la fotografía que había sobre el aparador, seguramente rememorando el día de su muerte, ocurrida un atardecer de hace cinco años.
-Bueno… basta de recuerdos! -exclamó la abuela. Preparamos el Füllsen?
-Sí! Dale! Yo te ayudo. Voy a la despensa a buscar el pan seco y empiezo a cortarlo.
La abuela fue al gallinero a buscar huevos frescos con un balde. Al regresar puso varios sobre la mesa. También buscó los ingredientes: leche, azúcar, manteca, crema y pasas de uva.
-Abuela, quién te enseñó a hacer Füllsen?
-Mi mamá -respondió la abuela. Y ella aprendió de su madre. Es una receta muy antigua que nuestra familia trajo del Volga. Te voy a mostrar algo. Enseguida vuelvo.
La abuela fue a su pieza y volvió con un libro.
-Mirá -murmuró emocionada, mientras le extendía la obra. En este libro está la receta de la familia -reveló.
-”La gastronomía de los alemanes del Volga” -leyó la nieta. Y esto? -preguntó sorprendida.
-Es un libro con todas las recetas tradicionales de nuestra gente. Lo escribió Julio César Melchior.
-Qué lindo! -suspiró la nieta. Y está tu receta?
-Sí, querida. Julio me entrevistó. Vino acá a casa con una balanza -sonrió. Sí, Marisa, con una balanza. Y sabés por qué? Porque yo le contaba la receta como la aprendí, a ojo. Un puñado de pan, unas pasas de uva y así es difícil que la gente aprenda a hacer una receta. Por eso, tuve que preparar un Füllsen para que Julio pudiera pesar todo. Después lo invité a almorzar. Me salió riquísimo!
La nieta acercó el libro a su pecho emocionada. Entre sus páginas latía un pedacito de historia familiar. Después abrazó a la abuela.
-Bueno! Bueno! Seguimos con el Füllsen? Ya son más de las diez. No vamos almorzar solamente Füllsen? Hay que preparar algo más. Ya veremos! De hambre no nos vamos a morir.
La abuela comenzó a unir, uno a uno, todos los ingredientes, mientras su nieta miraba maravillada.
-Parece tan simple -pensó Marisa. Y sin embargo, no es tan fácil como parece.

Los dos tipos de Strudel de los alemanes del Volga

-Para nosotros en la colonia, existe el Strudel y el gedehnte -explica la abuela Ana, de setenta, a su nieta, Micaela, de veinte. El Strudel se prepara con levadura y tiene una variedad infinita de rellenos: de manzana, zapallo, chucrut, dulce y varios más. Mientras que el gedehnte se hace con masa filo, una masa muy muy finita, casi transparente, que tenés que trabajar con las manos y con delicadeza, para que no se rompa. Y se rellena de manzana o de zapallo.
-Es verdad, abuela. No me acordaba de ese detalle. Hace tanto tiempo que mamá no cocina un gedehnte. De vez cuando hace algún tipo del Strudel de levadura. Pero del otro, hace añares que no hornea uno.
-Y para qué están las abuelas? Me ayudás y preparamos uno juntas para la cena? -preguntó sonriendo la abuela.
-Ahora?
-Sí! Ahora! Andá a la despensa a buscar varias manzanas y empezá a pelarlas que yo voy encendiendo la cocina a leña, para ir calentando el horno.
Así lo hicieron: abuela y nieta prepararon un gedehnte exquisito, para chuparse los dedos.

Las recetas de la abuela

María Eugenia soñó con su abuela. La soñó frente a su cocina a leña revolviendo el contenido de una olla, en su casa, en la colonia, donde la vio por última vez cuando niña, antes de que sus padres decidieran emigrar a Capital Federal, en busca de un mejor futuro para sus hijos.
La abuela no dejaba de revolver mientras un rico aroma a arroz con leche se iba esparciendo por el ambiente.
En la mesa de madera, siempre limpia, había una carpeta tejida a crochet en el centro y sobre ella, un pequeño florerito antiguo.
La rodeaban varias sillas. Un banco largo contra la pared. Un mueble pequeño, muy rudimentario, donde asomaban sus pocas pertenencias domésticas: unas ollas, una sartén, platos…
Al despertar, María Eugenia sentió una profunda melancolía. Una nostalgia que se quedó en su interior a lo largo de todo el día. Y el siguiente. Y el siguiente. Y el siguiente. Decenas de recuerdos se le venían a la mente. Su abuela lavando ropa con ayuda de una tabla de lavar en una enorme palangana. Su abuela barriendo el patio con una escoba fabricada por el abuelo con ramas de los árboles. Su abuela planchando con una enorme plancha a carbón. Su abuela cocinando. Su abuela elaborando Wickelnudel, cocinando Maultasche, friendo Kreppel. Siempre su abuela en la mente. Su querida abuela, fallecida hace ya treinta años.
Con estos recuerdos dando vueltas en su interior, con una tristeza que se iba profundizando a medida que pasaban los días, se sentó frente a la computadora a buscar sin saber exactamente qué.
Sin darse cuenta de lo que buscaba, encontró parte de sus raíces gastronómicas, su identidad y una manera de mantener vigente la memoria de su abuela.
En la pantalla leyó:
-Libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior, rescata más de ciento cincuenta recetas tradicionales.
Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios mientras encargaba el libro. Su alma vibró de entusiasmo.
-Voy a recuperar todas sus recetas. A aprender a cocinarlas.
María Eugenia no veía la hora de tener el libro en sus manos para preparar Kreppel, Maultasche, Kleis, Wickelnudel… Estaba decidida. Aunque tuviera que repetir la receta una y otra vez. Ella estaba dispuesta a continuar el legado de su abuela.
-El sueño fue un presagio -exclamó feliz.

Los Wickelnudel de la abuela

-Llegaste justito Camila para ayudarme a cocinar Wickelnudel. ¿Me vas a ayudar? -preguntó la abuela a su nieta, que acababa de llegar con la mochila con la que se movía habitualmente de acá para allá, arrastrando libros de estudio.
-Sí! -respondió la nieta entusiasmada. Así aprendo a cocinarlos. Mamá nunca me deja entrar a la cocina cuando está cocinando porque dice que mi función en la casa es estudiar y recibirme.
-¡Y tiene razón! -agrega la abuela. Tenés que estudiar para ser una buena médica.
-Pero las médicas también cocinan -opinó la nieta. O caso las médicas no comen, abuela?
-Sí, Camila, comen; pero tienen empleadas que les preparan la comida.
-Pero yo quiero aprender las recetas alemanas. En las grandes ciudades nadie las sabe cocinar. Y en las colonias, a veces también pasa, porque nuestras madres no nos enseñan a cocinar desde chicas como hicieron ustedes, abuela, con ellas.
-Era otra época, Camila. Tenían que aprender obligadas porque tenían que salir a trabajar desde muy pequeñas. Tu mamá empezó a trabajar a los doce años. Probrecita! Con tu abuelo tuvimos trece hijos y dos fallecidos. Había que alimentar a tanta gente. Hoy las cosas cambiaron: todos tienen solamente uno o dos hijos, entonces todo se vuelve más sencillo. Los pueden mandar a estudiar. Algo imposible para tu madre. Ninguno de tus tíos pudo terminar la primaria. Todos tuvieron que salir a trabajar al campo. Tu abuelo murió muy joven y eso lo hizo todo aún más difícil. Pero dejemos eso, es historia pasada -se interrumpió abuela. Vamos a cocinar Wickelnudel? Sí? Bueno, vos andá preparando unos ricos mates, así no te aburrís mientras mirás.
La nieta obedeció. Fue a la alacena, sacó la yerba, el mate y todo lo necesario para prepararlo.
La abuela limpió la mesa de madera y sobre una tabla de madera empezó a cortar un pequeño corte de carne en trozos, después pico una cebolla, dos zanahorias y tres papas.
-Esto, y algunas cositas más, es para el estofado donde se van a cocinar los Wickelnudel. Ah! También hay que salar y condimentar bien para que la salsita salga rica. Todo esto lo ponemos a rehogar en una olla con unos chorros de aceite, sobre la cocina a leña. Y lo dejamos ahí, revolviendo de vez en cuando.
-Pero, abuela, no estás diciendo las proporciones.¿ Cuánto de carne?¿Cuántas zanahorias?
-Más o menos, medio kilo de carne. Si tenés menos no importa. Hay que saber arreglárselas como lo hacían nuestros antepasados, que siempre les faltaba de todo. Mi madre, a veces, cocinaba Wickelnudel sin carne. Le agregás dos o tres zanahorias. Una o dos cebollas, de acuerdo al tamaño. Eso lo vas a ver a medida que las vas cortando. Algunas papas. Unas pizcas de condimentos. De los que más te gusten, para que tome rico sabor.
-Uh! Pero así es muy difícil, abuela -se quejó la nieta. Cómo voy a saber cuál es la cantidad necesaria de cada cosa, si nunca preparé una salsa en mi vida.
-Ya vas a aprender -Camila. Ya vas a aprender. Paciencia.
Camila no estaba tan convencida. La abuela se desenvolvía con tanta seguridad.
-Ahora a preparar la masa -exclamó la abuela.
-Sí! -los Wickelnudel!
La abuela limpió bien la mesa, primero con un trapo húmedo y luego seco. Espolvoreó un poco de harina y mientras elaboraba la masa, explicaba:
-Arrojás un montoncito de harina bastante generoso. Le agregás levadura. Una pizca de sal. Uno o dos huevos. Un poco de leche. Unís todo y amasás. Una vez que tenés una masa homogénea la ponés sobre la mesa y la aplanás con el palo de amasar. La enrollás. La untás con aceite. Y la cortas en rollitos de unos cinco centímetros, más o menos. Y finalmente, la dejás reposar durante un rato.
-Me quedó reclara -comentó la nieta con una sonrisa de joven para nada conforme con la explicación. Es imposible que yo haga eso. Uno o dos huevos, tres o cuatro cebollas, más o menos un kilo de harina y no sé qué más!
-No! Un kilo no! -corrigió la abuela. Es demasiado.
-Y después? -preguntó la nieta.
-Paciencia, Camila. En la cocina todo se hace con mucha paciencia y tiempo, para que las cosas salgan ricas. Pero te cuento: después de que hayan pasado unos minutos, colocamos los Wickelnudel sobre la salsa de carne y verduras que preparamos en la olla, que no tiene que ser muy líquido porque la masa se tiene que cocinar al vapor. Si es muy líquido tenés que retirarle un poco de jugo. Colocás los Wickelnudel y los tapás. Se cocina sin quitar la tapa de la cacerola a fuego muy bajo.
-Parece tan fácil cuando te miro mientras los preparás y, sin embargo, es tan difícil. No a todo el mundo le salen los Wickelnudel tan ricos como a vos. Quedé mareada con todo lo que hiciste. Es un lío las cantidades y las proporciones.
-No te preocupes -la consoló la abuela y fue a la pieza a buscar un regalito envuelto en papel de librería.
Qué raro! -pensó la nieta. La abuela yendo a una librería. Justamente ella, que solamente leía la Biblia y, de vez en cuando, algún diario local que le prestaba la vecina. Ella prefería la radio como soporte informativo. Allí también se enteraba quién fallecía en el pueblo.
-Es para vos -dijo sonriente la abuela.
-Para mí? -preguntó desconcertada la nieta.
-Sí, Camila. Abrilo. Hay que romper el papel porque trae suerte. No te olvides.
Así lo hizo la nieta. Y descubrió el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior.
La nieta lo ojeó. Sus ojos se iluminaron. Abrazó a su abuela fuerte, muy fuerte, estampando un beso sonoro en la mejilla.
-Es para que aprendas a cocinar nuestras recetas. Hay más de ciento cincuenta. Explicadas paso a paso. Es un muy buen libro, que rescata nuestras comidas. Te va a encantar.
-Gracias! Gracias! Gracias! Sos un amor, abuela! Estás en todos los detalles.
La abuela emocionada empezó a limpiar la mesa, para que su nieta no se diera cuenta que estaba a punto de llorar de alegría.

lunes, 13 de septiembre de 2021

El verdadero valor de las cosas está en lo cotidiano

El verdadero valor de las cosas está en lo cotidiano, en los hechos simples de la vida diaria. En los gestos que se tributan a los hijos, la ternura que se entrega a los padres; en el brillo de una mirada arrullando nuestra tristeza; la sonrisa de un alma compartiendo nuestra alegría; y tantas pero tantas vivencias sencillas que de tan sencillas y cotidianas olvidamos que son lo más importante de la existencia y que serán lo único que harán trascender nuestra vida. Porque cuando ya no estemos en este universo caótico nadie recordará el grosor de nuestra billetera como tampoco recordará las posesiones materiales que pudimos haber poseído alguna vez; pero sí, todos, absolutamente todos a los que amamos, tendrán presente eternamente el amor que habremos sido capaces de entregar sin pedir ni exigir nada a cambio. Ese amor puro, franco, que se da con el corazón, sin palabras ni ostentación, nada más que con una entrega silenciosa y solidaria, con una profunda convicción y sentimientos desinteresados.
Sólo el amor, sólo la familia, nos mantendrán vivos permanentemente y nos educarán en la fe en Dios. Y sólo así sabremos que hemos vivido plenamente. Tan plenamente como nuestros ancestros, nuestros abuelos, nuestros padres... que siempre, minuto a minuto, cotidianamente, nos demostraron con el ejemplo lo que significa ser mujeres y hombres de bien. Respetables y honestos.
Sigamos su ejemplo de vida y llegaremos, al igual que ellos lo hicieron, a la felicidad suprema de saber que no hemos vivido en vano.

Para todos los descendientes de alemanes del Volga

En mis libros sobrevive toda la
historia, cultura, costumbres y tradiciones
 de los  alemanes del Volga.

Para más información comunicarse al correo electrónico: bloghilandorecuerdos@gmail.com.
Soy descendiente de alemanes del Volga en segunda generación. Mi abuelo arribó al país en 1905, proveniente de Kamenka, una aldea ubicada a orillas del río Volga, en Rusia. Nací y viví mi infancia, adolescencia y la mayor parte de mi mayoría de edad, en Pueblo Santa María, una localidad fundada y habitada por alemanes del Volga. De mi abuelo y de mi padre aprendí a hablar y a cantar en alemán, a conservar antiguas costumbres y tradiciones familiares y sociales, a degustar y a preparar exquisitas comidas típicas, a asistir los domingos a misa y a celebrar las fiestas eclesiásticas con devoción y alegría, a respetar al prójimo y a los mayores, fuente de sabiduría y conocimiento, aprendí que el trabajo es algo digno, que solamente trabajando se logra progresar en la vida, que el respeto se gana con educación y buenas acciones, que la familia es el bien supremo al que debe aspirar todo ser humano.
Soy todo eso, y todo lo que también aprendí de mis familiares, de mis amigos, de mis vecinos, de cada habitante de esta colonia, un lugar dónde todos nos conocemos, dónde siempre hay una mano amiga a la que recurrir en los momentos difíciles, dónde no existe la soledad, dónde las personas duermen con las puertas abiertas y siempre hay un plato de comida esperando para el hijo pródigo que desee regresar o para el amigo que nos desee visitar.
Todo esto que aprendí, más lo que investigué en largos años de entrevistas, de hurgar en el pasado de todas esas personas que forjaron nuestra historia e identidad, esos abuelos y abuelas que trajeron sus baúles y sus almas llenos de vivencias, de anécdotas, de sufridos sacrificios, de empezar de nuevo en la tierra de este país generoso y pródigo, que los recibió con los brazos abiertos, como una madre que recibe a sus hijos, luego de una larga e interminable espera, todo eso, lo escribí en mis libros. Lo rescaté para la posteridad. Lo escribí para que mi abuelo, mi padre, nuestros abuelos, nuestros padres, vivan eternamente en la memoria de la historia de nuestro pueblo, el pueblo de los descendientes de los alemanes del Volga.