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lunes, 25 de abril de 2011

Epidemia

Por Martha Schiel
Temperley


Provincia de La Pampa. Fines de la década del ‘30. Un pueblo que recién comienza a hacerse notar en el mapa: Gral. Manuel Campos, poblado por un grupo de familias de espíritu intrépido que trabaja de sol a sol esperando poder arrancarle a la tierra el alimento necesario para sus hijos, en medio de la incertidumbre, sin saber si su esfuerzo se lo iba a llevar la sequía o el granizo.
Los más pequeños comienzan a enfermar ¿Qué será? El médico sentencia: difteria. Una enfermedad difícil de combatir en esa época, extremadamente contagiosa y que se llevaba a la mayoría de quienes la padecían. La casa de mi padre no fue la excepción. Él y algunos de sus hermanos enfermaron. Mi abuelo montó su caballo, recorrió una larga distancia con la esperanza de conseguir el remedio para una de sus hijas, que ya mostraba signos de debilidad y empeoraba día a día. Cuando regresó a su casa mi padre mostraba los mismos síntomas. Se lo llevó para hacerlo ver... El médico, sin poder hacer demasiado y ante la falta de medicamentos recomendó a mi abuelo: "Dele los remedios que se llevó para su hija al más chico, tiene más posibilidades de sobrevivir" Y así hizo mi abuelo. Debió elegir entre sus dos hijos y decidió seguir las instrucciones del médico. Mi padre salió adelante, su hermana, Paulina, de unos 11 o 12 años, falleció.
¿Por qué recordar? ¿Por qué recrear historias tan duras? Porque esas vivencias forjaron espíritus inquebrantables ante la adversidad, sabían que no contaban más que con ellos mismos para superarse, y no se rindieron. Con su dolor a cuestas, la fe puesta en Nuestro Señor, con esperanzas en la tierra y en su trabajo, enterraron y lloraron a sus muertos (mi abuela hoy descansa junto a su hija) y siguieron, con la fuerza de un tornado que arremete con todo lo que se atraviesa en su camino, abriéndose paso entre dificultades, lagrimas y penurias. ¡Y lo lograron! Sembraron una semilla en el corazón de sus hijos, la semilla del tesón, de no dejarse caer, de insistir y perseverar sin perder el rumbo cuando de alcanzar una meta se trata. ¿Cuál es esa meta? Nuestros hijos, nuestra familias, los vivos y los muertos (no por nada las civilizaciones de la antigüedad rendían culto a sus antepasados). Recordar. Memoria. O corremos el riesgo de convertirnos en hojas secas que el viento se lleva sin rumbo a cualquier parte.

Foto 1:
Leoncio Schiel, a la izquierda, Martha, en el centro, Adriana y a la derecha Alejandra.

Foto 2:
Arriba: Ana y Catalina Schiel; de pie a la izquierda Paulina Schiel; sentada Margarita Merkel (mi abuela) con su primer hijo José, en brazos; Catalina Konrad de Schiel (mi bisabuela); a su lado su hijo Juan (mi abuelo); Matias Schiel; abajo, sentados, de izquierda a derecha, Amadeo y Adán, es decir mi bisabuelo con sus hijos, nuera y su primer nieto.

2 comentarios:

  1. Muy bueno Martha, no tengo la mano que tenes vos para hacer un comentario que siga con la linea de pensamiento que desarrollaste, solo pense que no hicieron ningun piquete ni abasallaron los derechos de nadie para salir adelante. Alejandra Schiel

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  2. Viste Ale?? Así somos nosotras, cuando se nos complica, apostamos a nuestro esfuerzo y a salir adelante trabajando, no jodemos a nadie, vos lo sabés bien, ya me viste, ya te veo a vos y a tu esposo...nos perfeccionamos en nuestras profesiones para dar lo mejor de nosotros, trabajamos más y más, y siempre contentos por nuestros logros, los cinco, o no??? Te quiero con toda el alma!!!

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