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miércoles, 27 de abril de 2011

Recuerdos de escuela primaria (Segunda Parte)

Cada año, cuando el otoño empezaba a mostrar sus tibios colores y las faenas agrícolas de verano concluían, la escuela comenzaba sus trabajos y docentes y alumnos retomaban la rutina diaria: cálculo, lectura, escritura, lecciones, geografía, historia, dibujo, trabajos manuales, y, sobre todas las cosas: catecismo.
Algunas familias eran muy humildes por lo que las Hermanas tenían que hacer un esfuerzo extra para adquirir libros de lectura, catecismo, cuadernos, tiza, tinta, y algún mapa o lámina didáctica. Y hasta, a veces, la clásica pizarra y plumines que se utilizaban por aquellos años.
Los comienzos fueron difíciles, de esfuerzo cotidiano y permanente. Educar y ayudar a los educandos en su vida diaria era alguno frecuente. Colaborar con los padres en la manutención de los hijos, y vestirlos, también.
Pero las religiosas dieron ejemplo de constancia, lucha y entrega. Y educaron a todo un pueblo. Todo un pueblo y su gente que les debe mucho de lo que es.


Recuerdan las mañanas de invierno, las manos escarchadas, las orejas rojas de frío, los labios titiritando, yendo a la escuela, rompiendo charcos de escarcha. El corazón contento; el alma feliz palpitando de expectativa ante un nuevo día que asomaba con el sol del amanecer… Y la maestra esperándonos en el patio.
La camp...ana, con su badajo de bronce, llamando a formar fila; a cantar “A mi bandera”. Y “entrar en silencio y sin hacer ruido” al aula. Sacar los útiles de los portafolios, sentir en el aire el aroma a tiza y pensar: “Ojalá que la maestra se olvide de tomarnos lección”.
Y de pronto llegaba la Directora Antonia. Nos poníamos de pié. Saludábamos: “¡Buenos días, Señora Directora!”. Comenzaba a formular algunas preguntas que la mayoría respondíamos con cierto temor a equivocarnos.
En esos momentos aprendimos lo que es el respeto a una autoridad y también que una autoridad puede manifestarse con su sola presencia, basada en conocimientos y experiencia. Que no necesita hacer abuso de poder ni ser autoritaria para ocupar el cargo. Que sólo basta con respetar y hacerse respetar. Dar y recibir amor. Por eso es que aprendimos a quererla tanto y a valorar todo lo que nos enseñó desde su lugar de Directora.
¡Gracias, Antonia, por los años que le dedicó a la Escuela y gracias por todo lo que nos enseñó!

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Eran otros tiempos...

El aroma atiza, los antiguos pupitres de madera, y todo un universo de reminiscencias poblando las aulas de la Escuela. La presencia de las Hermanas, tiernas y dulces. El libro de lectura. De catecismo. La Biblia. Las lecciones. La aritmética.; la gramática; el lenguaje... Los recreos jugando a la payana o a decenas de divertimentos que el tiempo se llevó y solamente perduran en el ayer de algún recuerdo. Los grupos de amigos tramando travesuras. Y una inocencia increíble. Niñas y niños que creían en la pureza de la vida, en los ángeles, en las hadas, en los reyes magos, y en un mundo de fantasía que la misma existencia se encargó en trocar en cruda realidad.
Eran otros tiempos, otro estilo de vida, más simple, más sencillo, quizás más feliz, porque se compartía lo que se tenía, porque los sueños se podían realizar, porque nada parecía imposible y porque en la niñez no existen los “no se puede”.

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La maestra

Es en la escuela otra madre
que orienta con sus consejos;
es experta sembradora
de nobles conocimientos;
es mano suave que guía
y es luz que alumbra senderos.
Es, en suma, la maestra,
manojo cálido y tierno
de bondadosa paciencia
y de maternal afecto.

Publio A. Cordero

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