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lunes, 2 de mayo de 2011

El primer libro

Por Martha Schiel
Temperley


Nunca entendí muy bien por qué mi papá se enojaba tanto con nosotros cuando veía que olvidábamos un libro de la escuela sobre un sillón, sobre la mesa de la cocina o en cualquier otro lugar donde los chicos revolean su material de estudio cuando consideran que su tarea está terminada. Tampoco le gustaba que subrayáramos parte de los textos, aunque sea con lápiz (claro...era la forma de "rescatar las ideas principales", como nos decían nuestros profesores, para poder resumir y analizar una lectura).
No había en casa dinero suficiente para cosas extras... Sólo para que mi mamá se las pudiera arreglar para cocinar para la familia, ir a la escuela y una gaseosa los días domingos. Eso ya era una fiesta...
Sin embargo, de tanto en tanto, llegaba a casa un vendedor de libros. Le ofrecía el material a mi mamá, lo comentaba con mi papá y a los pocos días teníamos en casa colecciones ilustradas de enciclopedias, Atlas y todo un material maravilloso que todavía hojeo y conservo y que me acompañó durante toda mi adolescencia.
Cuando llegaba a casa "el señor de los libros" (así lo llamábamos) con bultos enormes sobre los que nos abalanzábamos para ver quién los abría más rápido, no se escuchaba en casa tanto barullo por algunos días, permanecíamos absortos, mirando las ilustraciones con los ojos desorbitados durante horas, mapas de colores, información y fotografías de lugares que no conocíamos, leyendas, historias...
¿Por qué esa manía con los libros? ¿Por qué ese gasto que contradecía nuestra condición de familia humilde? ¿Por qué tanta abundancia en ese material, cuando mi papa hubiera podido conformarnos con juguetes, paseos, como lo hacen la mayoría de los padres con sus hijos?
Un día me animé a conversarlo con mi mama. Ella intuía a que se debía: "Será que tu padre (me dijo) tuvo su primer libro estando en el último año de la escuela. Le llevó bastante ahorrar lo suficiente: cazaba liebres y las vendía… Así se lo pudo comprar: No quiere que les falte nada para que estudien. Él no pudo...".
Nunca más volví a mirar mis manuales de estudio ni esas enciclopedias que me caían del cielo sin siquiera tener que pedir que me las compraran, de la misma manera.

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