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viernes, 20 de mayo de 2011

Hisotria de amor alemana del Volga: la oveja descarriada

-No importan las palabras, importan los sentimientos. Lo esencial es invisible a los ojos,” reflexionó el sacerdote en un tono paternalista mientras observaba al pobre colono que, taciturno y pensativo, parecía reconcentrado en sus propias cavilaciones buscando los vocablos adecuados para justificar la decisión que había tomado.
-Además- continuó- no le debés ningún tipo de explicaciones a nadie. La decisión es tuya. Sos el único responsable de tu vida y solamente vos tendrás que rendir cuentas frente a Dios el día de mañana cuando te presentes frente a él. No te angusties por lo que puedan decir los demás. Tampoco tengas en cuenta los estúpidos prejuicios que la mayoría de la colonia parece esgrimir en contra de tu resolución, que para mí es loable... –discurría el sacerdote sin demasiado convencimiento. Como ministro de la iglesia católica estaba obligado a estar de acuerdo con lo que pretendía hacer el colono; pero como hombre, nadie le podía negar la posibilidad de la duda y confesarse a sí mismo que él nunca se casaría con esa mujer. Es difícil rehabilitar a una pecadora y vivir con ella de cara a la sociedad. Nunca le perdonarán su pasado y por lo tanto, jamás le permitirán integrarse plenamente a la comunidad. Y lo que es peor aún, el estigma de su pasado manchará el destino de sus futuros hijos.
-Los que te critican en secreto –prosiguió expresando el cura- mofándose de ti, y los que se oponen a tu determinación, no saben lo que hacen- esa frase bíblica pronunciada en tono elocuente le parecía de una retórica discursiva brillante-. No saben lo que hacen –repitió asumiendo una actitud demasiada solemne y dramática aunque acorde a la trascendencia del momento histórico de su vida. Se sentía juez, tenía en sus manos el veredicto final. Sus fallos eran inapelables entre los colonos. Y lo sabía muy bien porque en más de una ocasión había utilizado ese poder inmiscuyéndose en cuestiones privadas o sociales en los que la parroquia nada tenía que ver imponiendo sus propias opiniones. La idiosincrasia y las costumbres del pueblo se lo permitían.
El colono escuchaba en silencio. En la profundidad de su mirada se veía el brillo esperanzador de las estrellas: tenía la certeza de que el párroco le infundía la fuerza espiritual necesaria para llevar a cabo lo que tanto deseaba y que tantas pero tantas dudas desencadenaba en su mente.
-Vas a encarrilar en el buen camino a una oveja descarriada ¡y eso es bueno! ¡muy bueno!, exclamó levantando los brazos al cielo-. Asimismo, casarse es una bendición. Una maravillosa bendición. Vas a cumplir con el mandato de Dios: ¡Id y multiplicaos! ¡Sí Señor!
Mientras el sacerdote llenaba el ambiente de la casa parroquial con palabras en las que él mismo no creía, envolviéndolos a ambos en un nimbo de misticismo falso, el colono suspiró aliviado agradeciéndole la comprensión y la paz interior que empezaba a nacer en su corazón, aplacando el martirio de la incertidumbre.
El cura hablaba y hablaba... su prédica se extendía hacia la diversidad de bienaventuranzas divinas y la plenitud espiritual que alcanza el alma humana que acata los mandamientos de la ley de Dios.
-¡Y tú eres un ejemplo para todos! –casi gritó señalándolo-. Vas a casarte con una mujer que esconde un espíritu y una nobleza interior que ni te imaginas... es un diamante en bruto. Y te será entregado a ti. Vos deberás pulirlo y transformarlo a los ojos de Dios. Es un alma... -hizo una pausa, tragó saliva para hallar en su imaginación delirante las palabras y las metáforas adecuadas, para luego agregar que- vos quedate con su alma, con esa imagen perfectible y digna de redención y que los demás se queden con la imagen imperfecta de la carne corrompida.
El colono se agitó incómodo.
-A pesar de todo eso... vas ser feliz-, vaticinó el sacerdote sintiéndose profeta.
El hombre incorporó esa profecía en su mente transformándola en convicción. Ya no tenía ninguna duda. El padre sabía lo que decía. Nunca se equivocaba. Por qué iba a equivocarse justamente con él.
Una semana después, el colono se casó con la mujer que amaba, persuadido que estaba salvando de las llamas del infierno a una pecadora. Se sentía en paz consigo mismo, con Dios y con la sociedad pese a que ésta, luego, le recordaría permanentemente el pasado de su mujer mediante actitudes discriminatorias. Y hasta el mismo cura le haría conocer sus prejuicios evitando su compañía con comportamientos muy poco ortodoxos para un sacerdote pero acordes con el sentimiento y las normas de la sociedad en la que vivían que no veía con buenos ojos a una madre soltera.
Con los años la pareja tuvo cinco hijos. Los hijos tuvieron sus propios hijos y hoy los bisnietos de aquel hombre y aquella mujer escuchan este relato de boca de una anciana muy anciana que, sin embargo, olvidó los nombres de los protagonistas de esta historia que sucedió en las colonias hace mucho pero mucho tiempo.

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