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domingo, 22 de mayo de 2011

Mi hija

Miró hacia la calle. La oscuridad de la noche apenas le permitió distinguir la bomba de agua que se erguía enhiesta frente al corredor de la casa. Nada parecía moverse. El perro dormía en un rincón, acurrucado sobre el cuero de oveja.
Apartó la vista de la ventana y la mirada tropezó con la imagen de la ancina, que murmuraba una plegaria mientras entre las manos temblorosas sostenía un rosario. Más allá, su hijo menor dormía recostado en dos sillas agrupadas junto a la pared una al lado de la otra.
La cocina estaba iluminada por la luz mortecina de una lámpara a kerosén que pendía del techo. La mesa puesta, los platos servidos con guiso de arroz... Las sillas desparramadas como al descuido, como si una trágica novedad hubiera alborotado a la familia que hasta hace apenas unos momentos cenaba.
Lentamente colocó cada silla en su lugar. Reunió los platos en una pila, vaciando el contenido en la fuente que estaba en el centro de la mesa; juntó los cubierto. Despacio. Como pensando cada gesto. Ni un suspiro, ni una palabra, ni un ruido: sólo el breve rumor de los cubiertos dejaba oír su eco como una agonía en el abismo del silencio nocturno y sepulcral.
La anciana comenzó a sollozar quedamente. Dejó de rezar, se cubrió el rostro y murmuró “mi hija, mi pobre hija”.
El hombre, abatido, se derrumbó sobre una silla. Sus pupilas brillaron. Una lágrima rodó por la mejilla. Suspiró hondo.
El reloj de pared señaló las diez. Cada eco retumbó en la sala como el golpe de un martillazo hundiendo los clavos de la tapa de un féretro.
Se levantó de la silla. Caminó hacia el cuarto; abrió la puerta y... no pudo contener el llanto que emergió de su alma como un torrente.
Sobre la cama matrimonial, su mujer, con la mirada desorbitada, presa de una histeria próxima a la locura, los pechos desnudos, intentaba porfiadamente, darle de mamar a un niño envuelto en sangre, que hacía casi una hora había nacido muerto.

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