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jueves, 29 de septiembre de 2011

Cuando la vida se acaba


Estaba solo. Solo y cansado. Abrumadoramente cansado. Los años le pesaban. Tenía que aceptarlo: ya no era joven. Había cumplido setenta. Setenta años y estaba solo. Desdichadamente solo. Como todos. Como nadie. Solo. Su pasado era un recuerdo; su presente un universo de soledad; y su futuro, la nada. Pasado y futuro los había sepultado hacía unas horas en el mismo féretro donde descansaba su esposa. Su existencia actual era una sepultura.
Estaba sentado a la mesa de la cocina, frente a una botella de vino vacía y un vaso a medio llenar. En penumbras. La mirada abismada en sí mismo. La cara roja, perlada de transpiración. De cuando en cuando apretaba las mandíbulas. Único movimiento. Ese y el pestañeo. Únicos indicios de vida. Casi una estatua. Una esfinge inmemorial, eterna, ajena a todo. A las tempestades, al paso del tiempo, a la historia... inmutable. Inexpugnable en su silencio.
Bebió el último vaso de vino, temblorosa y torpemente. De un trago. Brusco y seco. En un gesto desesperado y doloroso. Para retornar a la quietud. Neutra. Estoica.
Transcurrió media hora y la cabeza comenzó a inclinarse sobre la mesa, lenta, inexorable y fatídicamente. Un ronquido profundo y otra vez el silencio. Un silencio absoluto.
A su alrededor, la cocina, a oscuras, reproducía amarillentas fotografías colgadas de la pared: padres, esposa... un hijo... todos muertos. Muertos como él.

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