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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Historia de vida de un alemán del Volga


La abuela hacía Kreppel y mientras los freía cantaba y reía. Y yo, observándola,  desde mi inocencia casi idiota de los diez años, me preguntaba, de qué se ríe si somos más pobres que el croto que vi pasar hace unos días rumbo a la nada, con un pedazo de pan duro y una botella de vino rancio en su bolsa de arpillera.
Pero abuela cantaba, contenta, mientras freía Kreppel y llenaba el ambiente de la cocina con olor a fritanga. Sin percatarse en lo más mínimo que yo la estaba observando con atención. Ella estaba en su mundo, dichosa de hacer Kreppel para sus nietos, sin importarle nada más que ese menester tan simple y tan gratificante, según sus sentimientos.
Afuera llovía, caía una lluvia de invierno, melancólica y triste, como  mi alma al descubrir la pobreza en la que vivíamos. Como mi corazón al reprocharle secretamente a abuela su total interés en las cosas materiales, sin importarle demasiado en el lugar en el que vivíamos sino solamente en hacernos felices y darnos de comer.
Sufría mucho. Sufrí mucho en mi infancia. Pero esa tarde, por un minuto, todo mi sufrimiento desapareció cuando abuela me dio un Kreppel, calentito, recién freído por sus tiernas y dulces manos, y me senté a la mesa a comerlo.
En ese instante crucial, mi corazón se inundó de alegría y captó el mensaje que trataba de transmitirnos diariamente, que la felicidad no está en la cosas materiales sino en lo que uno hace y siente.

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