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miércoles, 15 de febrero de 2012

La triste historia de Susana


En la mente no tenía ideas ni palabras sino imágenes bogando en un mar de abismos insondables. Y cada una de ellas traía l remembranza de una sensación que la sobrecogía de angustia. Un golpe en el vientre... otro... otro... y otro... Hasta que escupió sangre. Es todo lo que recordaba. Un desmayo había puesto un vacío en el tiempo reciente. Después... después esto. Acurrucada en un rincón de la cocina, arrojada en el piso, la cara ensangrentada, temblando de frío y miedo, un miedo irracional y devastador. ¿Por qué? ¿Qué había sucedido? Sola. Abandonada en la oscuridad. ¿Por quién? No sabe ni lo sabrá nunca: agoniza. Apenas respira: la sangre la ahoga. Está muriendo; pero no lo sabe ni lo sabrá jamás. Murmura un nombre. Un sonido leve, desgarrante, rasga sus entrañas, se abre camino en la garganta destrozada y palpita en los labios desbordando sílabas de saliva y sangre. “En... rique”. Los dedos se crispan. El cuerpo se estremece y... nada. Silencio.
Susana murió molida a golpes la noche del 30 de octubre de 1945. Los hijos la encontraron al levantarse a las cuatro de la madrugada para ordeñar las vacas. El padre había desaparecido. Nunca lo ubicaron.  Jamás se supo el motivo de la tragedia. La policía ni se interesó en el caso. “¿Para qué”, se encogió de hombros varios años después el comisario. “En aquel tiempo no se le daba tanta trascendencia a ese tipo de hechos. Sí, no me mire con esa cara. Mujer y pobre. Antes eso era una desventaja hasta en la hora de la muerte. El marido siempre tenía razón. Sus motivos habrá tenido”.
La muerte de Susana fue olvidada de la misma manera que su tumba. Nadie puede decir con exactitud dónde la sepultaron. Su marido nunca retornó a la colonia y los hijos, uno a uno, se fueron marchando a hacer sus vidas lejos de los malos recuerdos.