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sábado, 31 de marzo de 2012

Cuaresma: cuarenta días de ayuno

“Periodo de ayuno y penitencia observado según la tradición por los alemanes del Volga cristianos como preparación para Pascua. La duración del ayuno cuaresmal, durante el cual los fieles comían con mesura, fue establecido en el siglo IV y alcanzaba una duración de cuarenta días. El periodo de la cuarentena empezaba el Miércoles de Ceniza y se prolongaba, con la omisión de los domingos, hasta la víspera de Pascua. El Miércoles de Ceniza se llamaba así por la ceremonia de imponer la ceniza en la frente de todos los fieles como signo de penitencia.  Esta costumbre, introducida probablemente por el Papa Gregorio I, ha sido universal desde el Sínodo de Benevento (1091). Las cenizas obtenidas después de quemar las ramas de las palmas del Domingo de Ramos se bendicen en esa ocasión antes de misa. El sacerdote hacía una cruz en la frente de los demás oficiantes y de los fieles con la ceniza, mientras recitaba sobre cada uno la fórmula: “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”.

Párrafos de antiguos textos de la Iglesia

Cuarenta días de ayuno

En el período de Cuaresma (cuaren­ta días antes de la Semana Santa), se interrumpían en las colonias toda clase de espectáculos y casamientos, porque se considera­ban inadecuadas las diversiones, pues eran días de recogimiento y de fervor religioso. Grandes y chicos se prepara­ban para evocar la Pasión, Muerte y Resurrección que se conmemora en la Pascua.
La ley del ayuno la observa­ban los antiguos con sumo ri­gor. No contentos con cercenar la cantidad del alimento, se privaban totalmente de carnes, huevos, lacticinios, pescado, vino y todo aquello que el uso común conside­raba como una gratificación. Hacían sólo una comida dia­ria, después de la misa, que terminaba al declinar la tarde; y esa única comida so­lamente consistía en pan, le­gumbres y agua, y, a las veces, una cucharada de miel. Con la particularidad que ningu­no se eximía del ayuno, ni aún los jornaleros, ni los an­cianos, ni los mismos niños de más de doce años de edad; tan sólo para los enfermos se hacía una excepción, que debía ser refrenda­da por el sacerdote. A estas penitencias aña­dían otras privaciones, tales como la continen­cia conyugal, la supre­sión de las bodas y fes­tines, de las reuniones del Consejo del Pueblo, de los juegos, recreos públicos, caza, depor­tes, etc. De este modo se santificaba la Cuaresma no ya solamente en el templo, como aho­ra, sino también en los hogares, y hasta en to­dos los lugares tanto de trabajo como de diver­sión. Es decir, que el espíritu de Cuaresma tutelaba la vida de toda la sociedad cristiana aldeana.
Los templos se veían priva­dos durante los oficios cuaresmales del alegre Alelu­ya, del himno Angélico Gloria in excelsis, de la festiva despedida Ite missa est, de los acordes del órgano, de los floreros, iluminaciones y de­más elementos de adorno, los crucifijos y las imágenes, que se cubrían con telas de color morado. El contenido exte­rior de la liturgia acentuaba los cantos graves y melancólicos del repertorio gregoriano y el frecuente arrodillarse para los rezos corales.
La oración cuaresmal por excelencia era la Santa Misa, precedida de una procesión.
Las limosnas se hacían en favor de las viudas, huérfanos y menesterosos, con quienes también ejercitaban a porfía otras obras de caridad.