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lunes, 14 de mayo de 2012

¡Así termina mi vida! -dice el abuelo.


He llegado a la vejez y en tardes de soledad y nostalgia me siento junto a la ventana a ver como pasa el invierno -la gramilla quemada por la helada, las hojas secas que el viento lleva a volar, el cielo nublado, difuminado en grises de plata… todo se combina para amortajar de tristeza mi pobre espíritu atribulado de soledad-. Y recuerdo fantasmas de personas que se fueron y ya no volverán jamás. Rememoro a mi pueblo, ese pueblo de antaño que ya no existe. Esa colonia que solamente sobrevive en mi memoria y llena mi alma de nostalgia y melancolía: por las cosas que desaparecieron bajo el peso del progreso y los seres que perecieron bajo el peso de los años.
De mi pueblo recuerdo infinidad de escenas. Tal vez cotidianas y comunes; pero profundamente mías.
Recuerdo las tardes de sol y de recreo jugando al fútbol; el campo donde se trillaba y se aventaban las parvas en el estío. ¿Dónde fue todo aquello? ¡Cómo ha cambiado todo esto en tan corto tiempo! Cómo se ha desmoronado y destruido la memoria. ¿Por qué muy pocos rememoran aquellos años y por qué aún menos le rinden tributo a aquel hermoso pasado?
Qué armonioso y original me parecía el pueblo en otro tiempo, con sus campos de trigales. Hoy la maquinaria ha invadido el terreno, borrando los vestigios de muchos sitios y muchas costumbres. Qué difícil es recordar cómo era todo aquello cuando ya nada existe. Qué difícil es recomponer lo que no está. Qué difícil es dar marcha atrás en el tiempo y volver a poblarlo y reconstruirlo. ¿¡Cómo se pudo destruir la memoria viva de semejante manera!?
¿Dónde queda el recuerdo de la infancia perdida? Mirar atrás es como un sueño. Cerrar los ojos y ver con el alma. ¿Será esto la nostalgia, mirar al fondo de las cosas y no encontrar nada más que imágenes de lugares y seres que no existen en la realidad?
 Allá lejos y en torno al arroyo o a lugares amados, se nos fueron pasando las tardes de domingo y de infancia. Se nos fueron yendo del nido de las manos las alondras y los gorriones. Marcharse del lugar donde uno ha nacido supone seguir habitando los santuarios de la memoria. Por eso estoy aquí, en esta tarde gris, reviviendo estos recuerdos.
         En verano pasábamos las tardes en plena libertad. En las quintas de verduras, en el campo, en el arroyo, en potreros jugando al fútbol. ¡Éramos tan niños! Y era toda nuestra diversión, toda nuestra alegría. ¡Los grillos ponían su acorde de sueño y melodía en la tarde. El aire impregnado de aromas frescos y frutales... el campo sereno. Las estrellas brillantes surgían silenciosas e impensables en el cielo...!
Sé que era algo así, pero ya no recuerdo... Han cambiado tantas cosas, tantas costumbres. El campo, el aire, el cielo. ¿Nosotros, los de entonces, somos los mismos? Debo reconocer que todo es lo mismo y nada es lo mismo.
 ¡Inexorablemente, el tiempo ha pasado! Los pájaros de la niñez se han marchado, se han extraviado en el adiós de los años que me condujeron a esta vejez y esta soledad.  ¿Qué me queda? ¿Olvido y destierro? Las costumbres, las culturas y los pueblos cambian. Triste y lamentable. Así terminan las crónicas. Así termina mi vida.