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lunes, 18 de junio de 2012

¿Por qué dejamos de disfrutar tantas cosas bellas pensando en el futuro?

Fotografía gentileza
de Teresita Mason.

¿Por qué perdimos tantas pero tantas cosas bellas de nuestra niñez en aras de un mañana lejano sustentado sobre sueños materiales?  ¿Por qué olvidamos nuestra inocencia en el baúl de los recuerdos de la abuela, entre encajes de seda, caricias y ternura, buscando crecer de prisa?  ¿Por qué dejamos de jugar tan pronto para parecer grandes y empezar a vivir la vida en sociedad, dejando de lado la risa franca, las travesuras ingenuas y las diabluras de la hora de la siesta? ¿Por qué dejamos en el pasado los consejos de mamá, las enseñanzas de papá, sin advertir en ningún instante que, cuando necesitáramos de ellos, los dos ya estarían muertos?  ¿Por qué nos alejamos de nuestros hermanos, cortando lazos a veces para siempre, en pos de un camino que soñamos necesario para nuestro crecimiento, sin tener en cuenta  que no era preciso decir adiós para siempre para triunfar lejos del terruño natal? ¿Por qué buscamos la felicidad fuera sino la tenemos dentro, en el corazón?
Es una pena que uno encuentre todas estas respuestas cuando ya sea demasiado tarde, cuando ya vivió parte de su existencia y ya no queda tiempo suficiente para recomponer errores, curar heridas, abrazar a seres queridos, en una palabra, regresar. Ya es tarde porque muchos ya no están. Porque mamá y papá fallecieron. Porque la casa familiar se vendió. Y porque sólo queda lugar para los recuerdos y la tristeza.