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jueves, 14 de junio de 2012

Una tragedia que conmocionó a los habitantes de los pueblos alemanes...


Pedro y Andrés nacieron el 21 de marzo de 1925 en un hogar pobre, bajo el amparo de una casita de adobe y una familia numerosa que ya contaba con diez vástagos.  Se criaron a la buena de Dios, aprendiendo de sus hermanos mayores lo que sus padres no podían enseñarles por carecer de la preparación cultural necesaria y por falta de tiempo de tan ocupados que estaban pariendo y criando hijos. No obstante eso la experiencia les inculcó enseguida que para sobrevivir con dignidad en un ambiente hostil y competitivo, hay que luchar por los propios derechos sin fijarse en pequeñeces. Averiguaron pronto que el que se resigna a la suerte nunca recibe un buen pedazo de pan cuando la dicha es próspera o el mendrugo más grande cuando la cosa viene mala. Supieron dejar de lado los pruritos y olvidaron el sentimiento de hermandad y pelearon por lo que creyeron merecían de la vida. A veces, sin importarles si eran justos o no en sus actos. Ellos actuaban, jamás pensaban: eran puro instinto.
A los veinte años se enamoraron de la misma joven y descubrieron que poseían un corazón y que a causa de él podían llegar a sufrir. Porque ese órgano vital era capaz de sentir un sentimiento llamado amor. Y la revelación no les agradó. De todos modos no lograron evitar que el amor los devorara.
Ambos cortejaron a la joven y desde ese momento se volvió frecuente que la gente del pueblo comentara escandalizada alguna que otra pelea de los mellizos que, en varias ocasiones, concluían en tremendas golpizas o con los dos en la comisaría.
La muchacha, harta del escándalo, eligió a Pedro para casarse. Lo amaba. Andrés, indignado, prometió vengarse. Algunos vecinos de la colonia tomaron en broma este juramento; otros, sin embargo, conociendo la tenacidad y el amor propio del joven, le creyeron y la noche de la celebración de la boda temieron que desencadenara una desgracia. Pero no. Todo se resolvió en paz. Los novios se casaron, se trasladaron a vivir a la casa de los padres de la flamante esposa, donde residieron durante un año hasta que adquirieron su propia vivienda.
El tiempo pasó y llegaron los hijos: una nena y un nene. Pedro trabajaba en el campo, en cercanías del pueblo: se marchaba los lunes al amanecer y regresaba los sábados al atardecer. Amaba a sus hijos y adoraba a su esposa. Era feliz y se sentía feliz.
Pero un martes cualquiera esa dicha desapareció bajo el holocausto de una revelación. A la chacra donde trabajaba llegó una carta para él. La recibió perplejo. La abrió y leyó. Contenía apenas unas palabras escritas con torpeza pero cuánto dolor le causaron. “Tu mujer te engaña. Si querés saber con quién andá esta noche a tu casa. A las doce”.
Destrozó la hoja. Sus labios temblaron. Dio unos pasos sin atinar adónde dirigirlos. Un fuego interno lo consumió. Un monstruo llamado venganza comenzó a desarrollarse dentro de él.
Como en todas las circunstancias cruciales de su vida, dejó que el instinto decidiera cómo resolver el conflicto. Al anochecer ensilló el caballo y al galope lento marchó hacia el pueblo, llevando un revólver escondido bajo las ropas. Al llegar a cercanías de la localidad ató el animal a un poste del alambrado y a pié, se dirigió a su casa, ingresando por la parte trasera del patio, acurrucándose detrás de un montoncito de leña, cerca de la vivienda. No sabía qué esperaba, pero esperaba. Por momentos, no obstante, se sentía ridículo por desconfiar de su mujer, precisamente de ella, que nunca le había dado motivos.
A medianoche cuando ya empezaba a cabecear a causa del sueño, una sombra se aproximó a la ventana del dormitorio donde dormía su esposa. Todos sus sentidos se irguieron expectantes. Empuñó el revólver. El corazón latió angustiado temiendo que lo que expresaba la carta fuera verdad y se desvaneciera para siempre su felicidad. La sombra, al llegar a la ventana, dio unos golpecitos susurrando con dulzura el nombre de la dueña de casa.
Pedro ya no soportó la humillación y sin mediar palabra vació el cargador del revólver sobre el desconocido, que cayó exhalando un agónico suspiro de dolor. Aún absorto y confundido, se acercó y con estupor descubrió que era su hermano, que había matado a su propio hermano, a Andrés. Su alma gimió desahuciada. Furioso derribó la puerta e ingresó a la casa, enfrentó a su mujer que, sorprendida en la cama y al parecer ajena a lo que sucedía, sonrió aliviada al ver a su marido; y aunque enseguida se percató del rostro desencajado y las intenciones asesinas que irradiaban sus ojos, fue demasiado tarde para escapar o defenderse. La destrozó a golpes sin pronunciar una sola palabra.
Concluida la venganza, se sentó en una de las sillas de la cocina y no se movió de allí hasta que la policía se lo llevó. Murió varios años después de cumplir con la justicia sin volver a ver a sus hijos que nunca le perdonaron lo que hizo.
La sensación de tragedia fue aún mayor entre los habitantes del pueblo cuando con posterioridad supieron que todo se había desencadenado a raíz de lo que pretendió ser una inocente broma de Andrés que, mediante una carta falsa y una puesta en escena acorde a lo que expresaba la misiva, le quería hacer creer a su hermano que la esposa lo engañaba con él, para cumplir mediante un chiste de pesado gusto la venganza que prometió llevar a cabo el día de la boda de ambos, sin imaginar que Pedro no se detendría a pedir explicaciones sino que, como siempre lo había hecho a lo largo de toda su vida, actuaría instintivamente y sin reflexionar.