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viernes, 7 de septiembre de 2012

Silbando va el linyera...


Silbando va el linyera una melodía de notas rotas: cascada del alma que el viento lleva a volar. Armonías truncas que no alcanzan a ser canción. Sonidos dulces, amargos, alegres y tristes. Todo en una sincopa de sonidos incongruentes. Pero él no se da cuenta porque no sabe absolutamente nada de música. Y silbando va camino del atardecer, bajo un cielo de nubes y un horizonte multicolor.
Lleva ropas gastadas: un pantalón remendado y una camisa vieja. Polvo de muchos andares en la espalda y cicatrices de sueños destrozados en el rostro: filigranas de arrugas cuyo significado sólo él conoce. Jeroglíficos que el tiempo grabó mediante acciones y sentimientos humanos llamados amor, dolor, sufrimiento, felicidad, adioses, agonía… Y el olvido súbito de un pasado siguiendo el sendero de los rieles hacia todas partes y ningún lado en especial. Siempre mirando el horizonte; jamás volviendo la mirada al ayer.
Calza alpargatas con agujeros; un sombrero aplastado que alguna vez fue negro; y un pañuelo al cuello cual paisano desheredado. Un bulto de arpillera en el que lleva una pava ennegrecida y abollada, un mate de metal, una bombilla, un pedazo de pan duro, medio litro de vino, y todo el desamparo de un hombre sin hogar. Sin patria. Sin padres. Sin hermanos. Sin tierra natal a dónde regresar si algún día se cansa de caminar ni fracasos que lo aguarden para saldar cuentas. Él es su patria, su hogar, su familia. Si muere, muere su vida y muere su recuerdo. Y el mundo continuará girando como si nunca hubiera existido sobre la faz de la tierra.
Lo llaman alemán, ruso, rubio, croto, linyera. Algunos le temen. Otros utilizan su imagen para asustar a los niños. Otros se ensañan con su libertad, tildándolo de vago, haragán, loco, ladrón…  Y otros, más piadosos, le dan trozos de pan y carne fresca. Los hipócritas le entregan galleta dura, guiso de ayer, comida rancia. Lo ven pasar y lo consideran un despojo humano, un penitente que carga la humillación de la humanidad, un desertor de la sociedad y sus buenas costumbres. Nadie, o muy pocos, lo comprenden. Nadie sabe de su orfandad.
Y silbando va el linyera, sin camino ni huella, ajeno a los hombres, a la sociedad, y al mundo entero. Sin ayer ni mañana. Sin presente. Olvidado hasta de Dios mismo y de los curas, que lo ven pasar y se persignan orando entre dientes una plegaria en auxilio de la oveja descarriada que se atreve a desoír la voz del buen pastor que ordena trabajar, hacer producir la tierra, y procrear hijos en santo matrimonio.
Silbando va el linyera camino del adiós, rumbo al olvido. Ajeno a lo que piensan de él.