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martes, 21 de febrero de 2017

Historia de vida de una abuela que nació en la colonia y la enviaron de niña a trabajar a Buenos Aires

“La casa de mis padres era de adobe y estaba en el medio del campo, donde trabajaban. El patrón les había dado permiso para levantar una cocina, una pieza y, a varios metros de distancia, un Nuschnick. La construyeron ellos dos solos, con sus manos. Allí nací yo y mis trece hermanos. Todos en la misma pieza. Pero nunca llegamos a estar todos juntos, durmiendo o manteniendo un almuerzo en familia, porque a los nueve o diez años, ya teníamos que salir a trabajar a las estancias vecinas para ganarnos el alimento y aportar dinero en la casa, para ayudar a criar a tantos hijos” –evoca doña Felisa.

“El agua había que buscarla en un molino, que estaba a cien metros de distancia de la casa. Para cocinar, bañarse, lavar la ropa y los pisos. Había que buscarla en baldes. Que eran pesados. Muchas veces llevábamos dos, uno en cada mano. Cerca del molino mis padres tenían una quinta de verduras, grande, en la que teníamos que ayudar todos, desde muy pequeños. Mis padres estaban obligados a hacer esa quinta porque el patrón solamente les daba la carne y nada más, todo lo demás tenían que conseguirlo mis papás. Además mi madre tampoco tenía un sueldo. ¿Pero adónde se iban a quejar? Antes era así. El rico siempre tenía la razón. Y la pobreza era grande” -sostiene.
“A los once años me mandaron a trabajar de cocinera a Buenos Aires, junto con mi hermana. Nunca más pudimos regresar a casa. Todos los meses mandábamos el dinero de nuestros sueldos. No nos quedábamos con nada. Cómo no fuimos a la escuela le pedíamos a una mucama que trabajaba en la misma casa de familia que nosotros, que nos escriba las cartas que mandábamos a casa. Mis papás, a su vez, que no sabían leer en castellano, le pedían a alguien que se las lea y que nos responda” –rememora.
“Fueron años muy duros. Estábamos solas. Recuerdo que cuando nos mandaron a Buenos Aires, casi ni sabíamos hablar en castellano. Lloramos mucho. Mucho” –agrega.
“Trabajamos siempre en el mismo lugar hasta que nos casamos. Primero mi hermana y después yo, a los diecisiete años. Mi marido tenía treinta y dos. No tuvimos hijos porque mi marido era viudo y el único hijo que tuvo murió a los tres años, por eso no quería tener más hijos. Había sufrido mucho. Entonces me quedé a vivir en Buenos Aires Mi marido nunca quiso ir a la colonia a conocer a mi familia. Así fue como perdí todo contacto. Ni siquiera pude despedirme de mis padres el día que murieron. Antes era así, la mujer tenía que obedecer al marido” –acota con tristeza.
“Nos casamos y me fui a vivir a su casa. El trabajaba en una fábrica y yo cocinaba y limpiaba la casa. Fue muy bueno conmigo. En el verano nos íbamos a Córdoba, a visitar a su hermana. Ella sí tenía hijos. Era una linda época. Pero todo lo bello termina. Mi marido murió de un infarto y yo me quedé sola, sin nadie, sin familia, en medio de Buenos Aires, donde no conocía a casi nadie” –cuenta con los ojos llenos de lágrimas.
“Y yo me fui haciendo grande. Hasta que un día me di cuenta que ya no podía arreglármelas sola en casa. Ya estaba muy vieja. Entonces me vine aquí, al hogar, donde deben estar los viejos. Hace cinco años que estoy acá. En la colonia ni se deben acordar de mí. Me fui hace tanto tiempo y la última vez que tuve noticias de allá fue cuando murió uno de mis hermanos, hace veinticinco años, más o menos. Seguramente si alguien se acuerda de mí pensará que ya me morí. Por eso no pongas mi apellido cuando escribas mi historia” –pidió. “No quiero que nadie de allá sepa que terminé sola y en un hogar para viejos”.

3 comentarios:

  1. Cuantas historias habrá como esta, que tristeza!!

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  2. Es necesario que se contacte con su familia, aunque no se publique su apellido.

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  3. Que tristeza vivir como ella... Perder sus raíces es como perder tu propia identidad... Yo buscaria a mi familia o pediría ayuda para encontrarla SOBRINOS!!!! 😍

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