
Los
gritos continuaron implacables hasta que llegó doña Berta, con su habitual
atuendo negro y sus casi ochenta años a cuestas, y todas las mujeres que
estaban dentro salieron corriendo al patio a buscar palanganas, agua y a bajar
alguna toalla del tendal.
Los niños cada vez entendían menos. Qué estarían haciendo dentro de la casa para necesitar tantas palanganas, agua y toallas? -se preguntaban anonadados. Qué nueva manera de curar había descubierto doña Berta? Ellos sabían que curaba el empacho, el mal de ojo y que entregaba yuyos para diferentes dolencias pero jamás supieron de algo así.
Los niños cada vez entendían menos. Qué estarían haciendo dentro de la casa para necesitar tantas palanganas, agua y toallas? -se preguntaban anonadados. Qué nueva manera de curar había descubierto doña Berta? Ellos sabían que curaba el empacho, el mal de ojo y que entregaba yuyos para diferentes dolencias pero jamás supieron de algo así.
Media
hora después, los gritos pasaron a ser cada vez más pausados y menos terribles.
Paulatinamente el dolor de panza se le está pasando -pensaron los niños al
advertir que las mujeres que los mantenían lejos de la casa, también respiraban
aliviadas.
Y súbitamente los gritos cesaron. El silencio fue
tal, que todos se miraron temiendo una fatalidad. Las mujeres comenzaron a
observar la casa. Los niños hicieron lo mismo. Nada. Silencio absoluto. Total.
Una lágrima amarga empezó a caer… pero, a mitad de camino, se transformó en
alegría, cuando escucharon el llanto de un bebé. (Autor: Julio César Melchior).
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