Hay un mundo que parece haberse desvanecido entre el polvo de los caminos y el silencio de las viejas aldeas. Un mundo donde el ritmo de la vida lo marcaba el sonido de las campanas, el crujido de los carros cargados de trigo y el murmullo de una oración rezada en un dialecto que hoy pocos logran pronunciar. Es el mundo de nuestros antepasados, los alemanes del Volga, una estirpe que aprendió a construir sobre la nada y a sostenerse en la fe cuando el horizonte se volvía oscuro.
A menudo pensamos que el tiempo es un río que se lo lleva todo: las casas de adobe con sus frentes impecables, las antiguas herramientas que labraron el destino y hasta las voces de aquellos abuelos de mirada profunda y pocas palabras. Pero el tiempo solo se lleva lo material. Lo que no pudo llevarse fue la esencia de un pueblo que, aún lejos de su tierra original, mantuvo intacto su código de honor, su amor por el trabajo y ese sentido de comunidad que los hacía ser uno solo ante la adversidad.
Escribí "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga" no para llorar lo perdido, sino para rescatar lo que todavía nos pertenece. En sus páginas intento desenterrar las vivencias que el olvido pretendió sepultar: las alegrías simples de las fiestas patronales, el rigor de los inviernos, el misterio de las tradiciones que pasaban de padres a hijos y esa fortaleza inquebrantable que les permitió echar raíces en una tierra extraña hasta hacerla propia.
Este libro es un viaje de regreso a casa. Es una invitación a caminar nuevamente por las calles de la aldea, a sentir el calor de la cocina a leña y a entender que, aunque los años pasen, la huella de nuestros ancestros es imborrable. Porque mientras alguien se detenga a leer sus historias, nada de lo que ellos fueron se habrá ido para siempre. Los invito a abrir estas páginas y a recuperar, juntos, ese legado que el tiempo no pudo vencer.

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