Rescata

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viernes, 25 de octubre de 2013

Memorias de Conrado Siebenhardt: ¡Pobres pero felices!

Una cocina a leña, bosta de vaca para quemar y calentar el ambiente, una mesa larga de madera, una banco contra la pared, una alacena antigua, unos cucharones, sartenes y cacerolas colgadas de la pared, una carpeta tejida a croché y sobre ella un adorno, una pava siempre hirviendo, con a punto para cualquier menester: desde tomar mate hasta desplumar una gallina.
Mi madre yendo y viniendo. Lavando ropa. Cocinando.  Siempre trabajando. Cantando en alemán. Feliz. Y en las noches rezando su rosario de perlas negras. Murmurando plegarias. Mirando el mañana. Seguramente soñando un futuro mejor para sus hijos pobres. Para sus hijos que, a los diez años, ya laburaban a la par de sus padres.
Esos son los recuerdos más entrañables de mi infancia.
Jugando con mis hermanos a los Koser, Loftipier y otros juegos tradicionales, más otros que inventábamos nosotros imitando las tareas rurales. Trepar árboles. Husmear los nidos de los pájaros. Cazar peludos para comer. O perdices. Y hasta palomas cuando la malaria era grande. Libres. Felices a pesar de la escasez de todo. Siempre corriendo. Por la colonia, por las calles de tierra, detrás de los carros, metiéndonos, sin permiso, en las quintas de los vecinos para robar alguna sandía. O corriendo por el campo, cazando mariposas, atrapando bichitos de luz. Jugando siempre jugando. Pobres pero felices.

¡Y mamá nunca volvió a sonreír!

Muchas noches vi llorar a mi madre mientras cenábamos lo que había. Poco y nada. Lloraba en silencio y en secreto; pero yo me daba cuenta. Veía su rostro triste, sus ojos húmedos y sus labios orando a Dios para que nos conceda una comida decente. Pero nadie la escuchaba. Estaba sola con nosotros cinco, sus hijos. Papá murió cuando éramos muy chicos y mamá muy joven.
Nos sacó adelante sola. Sufriendo mucho. Trabajábamos en un tambo: mamá y todos sus hijos, hasta el más pequeño, de ocho años. Todos ayudábamos a ordeñar. Nos levantábamos a las cuatro de la mañana. Con unas heladas que partían la tierra. Titiritábamos de frío. Las manos se nos congelaban. Algunos de mis hermanitos lloraban de dolor; pero no quedaba otra: había que trabajar; teníamos que ganarnos la comida.
Así estuvimos muchos años. Hasta que fuimos creciendo y entre todos los hermanos pudimos darle una mujer vida a mamá. Le compramos una casa. Comida digna. Las cosas comenzaron a marchar mejor.
Mamá hacía quinta en el fondo de la casa, no podía estar sin hacer nada. Era feliz. Reía. Cantaba.
Pero un día los hermanos comenzamos a casarnos. Era natural. Primero uno, después otro… Mamá lloró cada boda como si fuera un duelo porque con cada boda se iba quedando un poquito más sola. Y un día, efectivamente, se quedó sola. Totalmente sola en la casa. Fue cuando se casó el último hijo soltero. Quedó desolada. Huérfana. Desamparada. ¡Y nunca volvió a sonreír!

Las recetas de la abuela en un gran libro

Arde el fuego en la cocina a leña. La sopa exhala su vaho de vapor. El ambiente huele a caldo. Abuela cocina. Su casa es un hogar donde se comen las comidas más ricas. Ella sabe recetas que heredó de su madre y ésta, a su vez, de la suya, generación tras generación, durante centurias. Las llevaron de Alemania al Volga y del Volga las trajeron a la Argentina. ¿Dónde? En la memoria. Jamás estuvieron escritas en papel alguno. Simplemente las legaban.  Las transmitían demostrando cómo se hacían. Así sobrevivieron. Y así continuarán sobreviviendo, sostiene abuela.
¡Y tiene razón!

¡Nuestra identidad!

Bajaron del barco. Viajaron en tren. Llegaron a sus colonias. Levantaron sus casas de adobe. Sencillas y humildes. Ladrillo sobre ladrillo. Esfuerzo sobre esfuerzo. Araron la tierra. La sembraron. Cosecharon. Y la volvieron a arar, sembrar y cosechar. Hicieron todo eso y mucho más. Lo hicieron sin conocer una sola palabra de español.  Hablaban, cantaban y rezaban en alemán. Y la nueva patria y Dios los entendieron y comprendieron. La Argentina los cobijó dándoles la oportunidad de un destino de prosperidad y Dios los protegió llenándoles las almas de gracia y las manos de abundancia.
Con el transcurso de los meses nacieron los hijos. Con los hijos surgió un hogar. Con el hogar una comunidad. Con la comunidad una colonia. Y con la colonia una iglesia, una escuela, almacenes de ramos generales…
Y llegaron más familias. Y la colonia creció. Se levantaron casas de ladrillo, grandes, hermosas, con jardines. Se embriagaron de lujo. Nació el deseo de tener dinero. De poseer cosas materiales. Floreció el ansia de poder. Se formaron clases sociales. Ricos muy ricos y pobres muy pobres. Unos pocos pudieron estudiar. Muchos tuvieron que comenzar a trabajar desde niños. Se acrecentó la desigualdad. Se perdieron tradiciones, costumbres…  Se olvidó el origen. Empezó a desaparecer el idioma. La identidad tambaleó.
Hasta que un día unos pocos comprendieron lo que estaba sucediendo: las raíces culturales morían. Había que hacer algo. Y esos pocos hicieron.  Y todavía están haciendo. “Hay que conservar lo que aún tenemos y rescatar lo que ya perdimos”, decidieron. Eran pocos, es cierto. Pero su trabajo está dando frutos. La identidad se está recuperando. Están volviendo a ser lo que nunca debieron dejar de ser: alemanes del Volga. Descendientes de inmigrantes de alemanes de una aldea del Volga, con sus costumbres, tradiciones, cultura e historia. En suma: ¡con su identidad! ¡Nuestra identidad!

¿Qué clase de colonias se fundaron en el país durante la gran inmigración?

El reverendo Rhys junto a su familia, 
en una fotografía tomada en 1896
Es por demás conocida la historia de cómo se afincaron los alemanes del Volga en el distrito de Coronel Suárez. También sabemos el tipo de contrato que firmaron con Eduardo Casey y el acuerdo al que llegaron para fundaron una determinada clase de colonias. Pero asimismo es interesante extender la mirada y observar con criterio amplio qué acontecía en el resto del país y preguntarse: ¿qué clase de colonias propiciaba fundar el gobierno argentino al alentar el ingreso masivo de inmigrantes? La respuesta la encontramos en la obra del Reverendo William C. Rhys, escrita en 1902.

William C. Rhys llegó a la Argentina a fines del siglo XIX para hacerse cargo de la iglesia bautista en Chubut, donde permaneció quince años, sirviendo pastoralmente a la grey galesa. De regreso a su tierra natal, Gales, en 1902 escribió sus memorias, que recién fueron publicadas hace unos pocos años por uno de sus nietos.
En esta obra, titulada “La Patagonia que canta”, el reverendo, con abundantes datos recogidos en el lugar, traza la historia de los pioneros galeses que el 28 de julio de 1865 arribaron al país para colonizar una porción de tierra patagónica. De entre su pintoresco relato, donde revive la epopeya colonizadora de sus compatriotas, es interesante extraer un párrafo en el que reflexiona respecto a las clases de colonias que se establecían en la Argentina a finales del siglo XIX, durante el masivo arribo de inmigrantes.
El reverendo Rhys explica que eran tres. A saber: “1) Algunas son solamente especulaciones lucrativas de aventureros. Los hombres celebran contratos con el gobierno para asentar tantos hombres en tantas leguas de tierra. El gobierno asegura las mayores facilidades y parte de la concesión se divide en pequeños lotes, que son vendidos al precio más alto que se pueda obtener de los colonos. La parte restante de la concesión se reserva hasta que la colonia haya ganado un buen nombre y buenas perspectivas. Se ayuda a los colonos con comida, animales, implementos, semillas, alambrados, etcétera, y se les facilita el crédito. Esta clase de colonias por lo general es la ruina de los colonos pobres que, confiados en el éxito, son fácilmente inducidos a la especulación y arrastran el asfixiante peso de las deudas. Bajo esta carga, después de luchar contra algunas temporadas malas y otros incidentes desafortunados, comunes a las mejores colonias en estado embrionario, son aplastados y sucumben; los lotes, las mercancías y las mejoras vuelven a sus antiguos dueños. De esta forma hay muchos colonos trabajando para las compañías ferroviarias.
2) Las colonias establecidas directamente por el gobierno son de otra clase. La gente es inducida a colonizar mediante el ofrecimiento de una generosa porción de tierra y una asistencia sabia y limitada para comenzar. El progreso .de estas colonias es más lento y menos ostentoso al principio, pero también es menos desastroso para los colonos sin capital, que con el correr del tiempo suelen ser los más prósperos. Las desventajas radican en que estas colonias por lo general están ubicadas en distritos alejados de mercados convenientes, etcétera. Los especuladores tienen una manera sutil de conseguir las mejores tajadas de tierra para sus propias concesiones.
3) A la tercera clase pertenecen las colonias creadas por filántropos, por medio de las cuales buscan establecer una comunidad de acuerdo con alguna idea y así producir, desde cierto punto de vista, una sociedad modelo.
Estos hombres obtienen una concesión de tierra y la colonizan con inmigrantes especialmente conseguidos a ese fin. Algunos de estos colonos tienen éxito y otros no. Y en caso de fracasar, los filántropos son los que pierden.
Por otra parte, si estos fundadores y héroes bien intencionados tienen éxito, reciben como recompensa más aplausos que provecho y más gloria que ganancia. Sin embargo, generalmente la retienen hasta que dejan de estar sobre la tierra”.

jueves, 24 de octubre de 2013

La historia de la abuela Aurelia

Aurelia nos mira. Suspira hondo. Sus ojos color cielo se llenan de nubes: amargas secuencias que hilvana en un dejo de voz cansada y desbordada de angustia. Entre sus manos tiene una Biblia y entre sus dedos un rosario que reza en las largas horas de su eterna soledad en la que vive confinada después que la vida le quitó tres hijos y un marido.

“No es bueno para nadie envejecer tanto, uno se queda muy solo. Dios se va llevando lentamente a nuestros seres queridos y nos deja solos en el mundo, sin saber qué hacer y para qué seguir viviendo. Ni siquiera nos deja fuerzas en el cuerpo para seguir trabajando –reflexiona Aurelia con sus 90 años recién cumplidos.
“Mis días son largos, no se terminan nunca. No puedo hacer nada. Me cocina y me cuida una señora. Ya no puedo ni siquiera lavar mi ropa. No soy más que un estorbo que se arrastra por la cocina con su andador. Dios no debería permitir que una persona viva tanto –repite.
“Antes por lo menos podía trabajar. Hacía de todo. Con mi marido teníamos una quinta en el fondo del patio. Ahora está llena de yuyos. Me da tanta pena verla. Era tan lindo en verano regar la lechuga, los rabanitos, los zapallitos, el repollo para hacer chucrut y los pepinos para hacer conservas. Es triste vivir así. Ya estoy muy vieja para todo. Muy vieja y muy sola. ¿Para qué seguir viviendo de esta manera? –pregunta.

martes, 22 de octubre de 2013

El duro comienzo del abuelo al llegar a la Argentina

La calle es larga, ancha “igual que las del Volga” –piensa el colono que llega a la colonia desde Rusia. “La única diferencia es que todavía no ninguna casa de ladrillos”.
Y así es, la colonia apenas fue fundada hace unos años y el trabajo de la roturación de la tierra virgen se llevó los días y el tiempo libre para pensar en comodidades. Porque como le van a contar dos o tres horas después “los años vienen malos y la helada se ‘roba’ cosecha tras cosecha”.
“Estamos peor que cuando llegamos” –le confiesan. “No sólo que no logramos obtener un sólo buen grano de trigo sino que estamos muy endeudados con el gobierno”.
A pesar de todo el colono avanza con su enorme baúl de madera a cuestas. Camina lento, agotado después de cruzar el océano en un barquito de papel y haber transitado media Argentina en medio del humo y la tierra de un tren que corría cruzando la pampa desolada y deshabitada.
Lo reciben con júbilo, sin embargo. Le preguntan por la aldea natal, cómo están los familiares que optaron por quedarse allá… por la situación social y política: con la esperanza que el zar haya dado marcha atrás a los ukases que anularon el Manifiesto de Catalina.
Les cuenta, triste, sombrío, que todo sigue igual. Que el pueblo ruso va rumbo a una revolución. Que cada vez hay personas que se conocen como socialistas. Que la intolerancia va en aumento. Que casi todos los días hay manifestaciones públicos en las que mueren varias personas en manos de los soldados del zar. Que las aldeas del Volga se desangran de habitantes y que la mayoría ya emigró o va a hacerlo pronto.
Que ya no queda dónde regresar. Que ya no hay otra solución que vencer la indómita pampa argentina y soñar esperanzados que, de una vez por todas, “este suelo les trigo y con él una patria, con pan, una vida tranquila y prosperidad para las futuras generaciones”.

lunes, 21 de octubre de 2013

Nunca voy a olvidar a mi hermana

Mi hermanita era dos años menor que yo. Jugábamos a la escondida, a la payana, a la mancha. Reíamos juntos. Llorábamos juntos. Compartíamos nuestras aventuras, nuestras alegrías, nuestras angustias, nuestras esperanzas. Éramos inseparables. Nos queríamos mucho y nos prometimos no separarnos jamás. ¡Qué ingenuos que fuimos!
Un día, cuando mi hermana cumplió catorce años, papá la mandó a trabajar con una familia amiga a la Capital Federal. Lloramos mucho los dos. Ella no quería ir y yo no quería que se fuera. Pero papá no nos escuchó. Necesitaba el sueldo para mantener a la familia. Y vi como se alejaba en el tren llorando. El sufrimiento fue inmenso y desgarrador. Pero la distancia y la ausencia hicieron su trabajo demoledor: al principio nos escribimos, luego ni eso siquiera. Ella no tenía dinero suficiente para venir a visitarnos y yo no tenía plata suficiente para ir a verla. Un día supe que se casó. Después me casé yo. Cada uno comenzó a tener sus propios problemas y sus propios hijos y nos fuimos separando más y más y más.
Jamás volví a saber de ella. Me olvidé de mi pasado, sumergido como estaba en los  problemas cotidianos, hasta que un atardecer alguien me trajo la noticia de que mi hermana había muerto hacía un año ya. ¡Un año entero que mi hermana estaba bajo tierra y yo viviendo feliz, como si nada, sin sufrir su muerte, sin derramar siquiera una lágrima! ¡Tanto que la quería! ¡Tanto que nos quisimos! ¡Tan felices que fuimos en la niñez! Me arrepentí de no haberla buscado nunca, de haberme dejado llevar por la inercia de la vida y el destino. Lloré pera ya era tarde hasta para eso. Me duele en el alma la idea de que, por más que viva cien años, jamás voy a volver a ver a mi querida hermana Laura.

sábado, 19 de octubre de 2013

“Tuve una vida muy feliz” -cuenta la abuela Ana Catalina Denk

Ana Catalina Denk es la mayor de ocho hermanos. “Eso me condenó a ser una solterona” –afirma sin reproches. “Primero tuve que criar a mis hermanos y después tuve que hacerme cargo de mis padres cuando envejecieron” –revela contando su historia de vida. “Y lo hice con mucho amor”.


De edad avanzada, casi pisa los 90, Ana sonríe satisfecha de su vida, como diciendo “misión cumplida”.
Sus manos están enlazadas por un rosario de perlas negras. Explica que reza cuando está sola, de día, de noche, y que Dios la cuida. Que la protege. Lo cuenta porque vive sola. Se cocina su propia comida. Es fuerte. Es como un roble.
Sus hermanos, los que aún viven, la visitan diariamente. Tiene caramelos en los bolsillos para los niños de los vecinos que llegan a su casa para visitarla y la llaman abuela. Todos la quieren. La miman. Pese a no haberse casada jamás estuvo sola.
“Tuve una vida feliz” –sentencia cerrando la entrevista.

sábado, 12 de octubre de 2013

Traumática noche de bodas de una mujer alemana del Volga

Contada sin tabúes, de manera cruda, reveladora, real y objetiva. Espejo de muchas mujeres alemanas del Volga que debieron soportar idénticas experiencias de vida.

-Me llamaron a la cocina, donde papá y mamá estaban conversando con una familia vecina acompañada de uno de sus hijos, para presentarme a mi futuro marido. Me dijeron: “María, este es Juan y va a ser tu esposo”. Yo los miré desconcertada y asustada. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Juan no me gustaba ni un poquito y yo todavía no quería casarme. Tenía 15 años y muchas ganas de seguir jugando a las muñecas. Pero la decisión ya estaba tomada. En aquellos años ninguna chica se hubiera atrevido revelarse o protestarles a los padres. Todas las decisiones que tomaban eran para nuestro bien. Ellos sabían lo que hacían y jamás se equivocaban –cuenta María.
Las tradiciones y costumbres marcaban el ritmo social, familiar y la vida privada en que se desarrollaba la existencia de todos los habitantes de la localidad. Cada movimiento, cada decisión de sus integrantes, estaba regido por esquemas rígidos establecidos por la Iglesia: moral férrea y el espacio para la individualidad, escasa. La existencia privada y pública estaban signadas por el ojo censor del otro en la idea de una comunidad que lo veía todo a través de la mirada de Dios. Sin piedad ni concesiones. Sin tener en cuenta ningún tipo de atenuantes, por más valederos que pudieran parecer o ser. Nada justificaba el perdón de lo que se consideraba una falta. El que la cometía sabía a lo que se exponía. Y desobedecer a los padres era una de las faltas consideradas mayores.
María bajó la cabeza, escondió las lágrimas y se sentó a la mesa para escuchar cómo sus padres y sus suegros comenzaban a trazar su futuro: concertaron los días de visita de los novios; arreglaron los detalles de la celebración de la boda, con una gran fiesta familiar que se prolongaría durante tres días; fijaron el lugar dónde se iba a radicar el nuevo matrimonio; dónde iban a trabajar; lo que se esperaba de la esposa y del esposo; cuánto se iba a gastar y cuánto necesitaban para empezar a formar una familia.
El noviazgo empezó formalmente cuando María comenzó a recibir la visita de Juan los domingos, de cuatro a seis de la tarde.
-Los dos nos moríamos de vergüenza –recuerda María-. Ni siquiera nos conocíamos. No nos mirábamos a la cara. Mamá estaba siempre presente vigilando lo que hacíamos. Yo tenía que servir mate con Kreppel. Los minutos no pasaban más.
Los padres la habían colocado en un espacio nuevo: el de ser novia. Y debía comportarse como tal pero no sabía exactamente qué se esperaba de ella. Temerosa, llena de dudas e incertidumbre, cumplió con el protocolo.
Ni ella ni el novio tenían la posibilidad de modificar nada. El futuro de los dos estaba resuelto. Primero por los padres y luego por el sacerdote desde el momento en que, encaramado en el púlpito, anunció la buena nueva del casamiento de Juan y María.
Se casaron sin apenas darse un beso en la mejilla. Sin haber estados solos en ningún instante. Mientras se prolongó el noviazgo jamás se atrevieron a salir de la cocina de la novia como tampoco los abandonó la presencia supervisora de la madre.
María llegó a la noche de bodas virgen de todo conocimiento sexual.
-Cuando nos quedamos solos en el dormitorio me largué a llorar desconsoladamente –confiesa -. Me quería ir a mi casa, con mi mamá.
Estaba sola en el mundo en un lugar desconocido y con una persona totalmente ajena a ella, a la que solamente le había tomado la mano al salir de la iglesia: fue el único momento en que sintieron el calor de sus cuerpos.
Juan se desnudó. Cuando estuvo sin ropas se paró frente a ella, esperando lo mismo. María quedó horrorizada al posar su mirada entre las piernas de Juan. Fue un shock tremendo.
-Sentí miedo. Entré en un estado de pánico –revela-. Tenía miedo que me lastimara. No sabía que me esperaba. Nunca había vista a un hombre desnudo y lo que veía me daba terror. Fue la noche más terrible de mi vida.
No sabía qué hacer ni qué actitud asumir. Por lo que optó por no hacer nada. No se movió. Fue Juan quien la desvistió torpemente. La recostó sobre la cama e hizo lo que un hombre debía hacer: poseer a la mujer.
-Me quedé paralizada de miedo –evoca sin tabúes María-. Me dolió mucho. Sufrí. Grité de dolor. Me acuerdo de la sangre y todavía se me pone la piel de gallina. No sabía de dónde venía. Me asusté. Pensé que Juan me había perforado la panza. Quería irme a mi casa, con mi mamá; pero Juan se enojó mucho y me gritó: “Ahora yo soy el que manda”.
El sexo se transformó en algo malo y en un trámite para complacer al marido y de paso engendrar hijos. Nada más. No hubo belleza. No hubo ni un detalle sublime. No hubo afecto. No hubo ternura. Todo fue –y siguió siendo en lo sucesivo- meramente mecánico. Sin sentimientos de ningún tipo. Sin deseo. Sin lujuria. Sin éxtasis. Todos los días, toda la vida.

viernes, 4 de octubre de 2013

La sociedad de los alemanes del Volga y sus status sociales

 “La riqueza argentina modificó la sociedad de los alemanes del Volga: antes tan solidaria, ahora plagada de egoísmos e individualidades. La fortuna que rápidamente acumularon algunos inmigrantes, le quitó el rasgo solidario tradicional que mantuvieron los alemanes del Volga en Rusia, donde nadie era dueño de nada y todos eran propietario de todo. Solamente los más humildes y los que componían la “clase media”, según el criterio social de esta etnia, sostuvieron por mucho tiempo el valor fundamental de la solidaridad”

Aquí en la Argentina, como en Rusia, los alemanes del Volga permanecieron en comunidades totalmente cerradas, lo que les permitió conservar una autonomía propia, libertad de culto y de enseñanza, conservación del idioma, amén de otros privilegios. Mantuvieron inalterables el conocimiento, el credo, el arte, la moral, las costumbres y los hábitos y conductas que los identificaban como pueblo. Sin embargo, la sociedad que componían sufrió grandes transformaciones internas. Dejó de ser comunitaria para convertirse en una sociedad con distintos estatus sociales: la clase baja de ínfimos recursos residentes en las zonas más alejadas del centro de la localidad, que participaban de un estilo de vida de subsistencia; una clase media, compuesta por personas que trabajaban subordinadas a las ordenes de la clase alta en las estancias como peones, encargados, sirvientas, niñeras, etc.; y la aristocracia, formada por un grupo relativamente pequeño de familias que poseían considerables propiedades adquiridas por herencia familiar y que descendían directamente de los fundadores.
Este cambio radical en su comportamiento social fue posible porque aquí en la Argentina los alemanes del Volga se encontraron de pronto dueños de lo que poseían, en contraposición de lo que había sucedido en Rusia, donde el Imperio continuaba siendo dueño de todo lo que tenía el colono. Y como se sabe, la propiedad siempre otorga poder y su posesión coloca a sus propietarios por encima de sus semejantes, y en una esfera social, política, educativa y cultural más alta.
Para poder comprender a los alemanes del Volga en la Argentina es necesario concentrarnos en determinados aspectos que los caracterizan, por un lado nos encontramos con un fuerte etnocentrismo que los identificaba y les confería mayor cohesión como grupo generando en ellos una fuerte negación a adoptar rasgos culturales provenientes de otros grupos y por otro lado una gran exaltación por su raza, por lo que se negaban rotundamente a cualquier tipo de relación con latinos.
Estas características heredadas de los antepasados creaba profundas brechas entres éstos y los demás grupos que componían las localidades aledañas.
La vida cotidiana de las familias aristocráticas se manifestaba en el conjunto multitudinario de hechos, actos, relaciones y actividades llevadas a cabo en la vida social. Porque estas familias además de poseer las viviendas más suntuosas podían  darse el privilegio, a raíz de las horas de ocio que sustentaban con su capital y dinero, de llevar una vida social que las personas humildes no lograrían concretar jamás, porque tenían que ocupar su tiempo en el trabajo para ganarse el pan y el alimento diario.
La religión fue el elemento principal de cohesión de toda la comunidad y también un recurso muy poderoso en manos de las familias aristocráticas, cuyos hijos tenían acceso a una preparación cultural más elevada a la que conseguían acceder el resto de las personas, y por lo tanto más laica y filosóficamente acorde a los postulados modernistas que transformaron al siglo XX. La religión era además la generadora de una ideología que, por intermedio de los párrocos, nutría  a sus fieles de una publicación, “Der Volksfreund” , que generaba la conformación de campos políticos e influía en la determinación personal de los hombres de las familias más poderosas de las localidades.
La elite aristocrática compartía una cultura política que se manifestaba a través de determinadas actitudes que luego compartían todos los integrantes de la comunidad. Además, el carácter político de la sociedad se generaba al ser enunciado por las familias de clase alta que actuaban como dirigentes en la vida comunitaria de los pueblos.

jueves, 26 de septiembre de 2013

La dura vida de abuelo Anselmo

Por momentos divaga. Entonces se extravía en laberintos sin retorno aparente, en los que su mente cae presa de un caos inverosímil, como un esclavo sin conciencia que es llevado de las narices a un olvido caótico. Balbucea nombres de personas, lugares, fechas… Inicia anécdotas que nunca concluye. Como un sastre que pretende hacer un traje de lujo con trozos de tela vieja o un hombre que desea armar un rompecabezas sin ningún sentido de orientación. Por eso hay que armarse de paciencia, de comprensión, y esperar. Esperar a que regrese. Para que cuando esté nuevamente en el presente, nos cuente su vida. Y nosotros esperamos. Y cuando nos mira y nos reconoce, sus ojos brillan de alegría y entusiasmo y parece un hecho mágico que su lucidez sea plena. Un acontecimiento tan increíble que nos parece un mal chiste que lo tengan confinado en un geriátrico y que hace unos días haya cumplido 91 años.

Con voz clara y segura habla de sus padres. De su infancia humilde en las afueras de la colonia. De sus hermanos. De las largas noches de invierno alumbradas por la precaria luz de una lámpara a kerosén. De la poca comida que tenían. De lo felices que eran a pesar de todo. De lo dura que fue su niñez. De los retos de las hermanas religiosas. De cómo le pegaban sobre los dedos con el puntero.
Nos relata tantas pero tantas cosas de su hogar, que se emociona y llora. Las lágrimas caen de sus mejillas y él continúa contando sus vivencias. Una vez que comenzó a hablar coherentemente, nada lo detiene. Su mente y su memoria funcionan a pleno, hacen catarsis.
Se casó a los 19. Tuvo 13 hijos. 2 murieron siendo bebés.
“Siempre trabajé en el campo –afirma-. Fui muy feliz en el campo. Me gustaba mucho arar, sembrar y cosechar. Las cosechas de antes eran fabulosas, trabajaba mucha gente y lo hacía con alegría, cantando. ¡Eran otros tiempos! –suspira.
No deja de llorar. Habla y llora a la vez. Las lágrimas y las palabras alivian su alma. Es feliz contando su vida. Nos agradece que pueda hacerlo. Nos agradece millones de veces que lo hayamos visitado. Llora. Sonríe. Habla. Cuenta. Recuerda. Y de pronto se va nuevamente. Su mente se pierde. Y ya no regresa. Se queda en ese lugar ignoto al que nadie tiene acceso, donde viven su pasado y sus muertos.
La hija que nos acompañó también llora. Y nos mira dando por concluida la entrevista.
Y nos marchamos. Y Anselmo queda solo. Allá en su mundo, allá en su realidad, allá en el geriátrico, junto a otros abuelos igual de abandonados por sus seres queridos y la sociedad, que él.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Historia de vida de un abuelo alemán del Volga: Luis Agustín Lambrecht.

Trabajar desde niños. Obedecer a los padres sin contradecirlos. Casarse. Tener hijos. Criarlos y educarlos. Jamás pensar en sí mismos. Mandatos ancestrales que el hombre debía cumplir desde el momento que nacía y hacer cumplir desde el instante que se casaba. Una historia que desnuda una vida y nos acerca al pasado, para comprender el presente.

-Tenía diez años. Me acuerdo muy bien. Mi papá me mandaba a pastar las vacas por las calles rurales porque había sequía. Yo solito, con la única colaboración de un perro, cuidaba de cuarenta vacas lecheras. Era todo el capital que poseía mi padre. Papá era dueño de un tambo. Ordeñábamos bien temprano, de madrugada, porque las nueve había que llevar la leche a la quesería, una fábrica que existía cerca de la colonia tres. Tomaba el desayuno y a la calle. Me llevaba un poco de carne, pan y yerba. Encendía fuego en algún reparo que encontraba. A veces hacía tanto frío que titiritaba. Pero había que estar igual. Las vacas tenían que comer, no solamente para no morir de hambre, sino para dar más leche. Las heladas eran tremendas. Se me congelaban las manos y los pies. Los guantes y las medias de lana hilada que tejía mi madre no alcanzaban para mitigar el frío. Llega a casa al atardecer, encerraba las vacas en el corral, y me iba corriendo a sentarme al lado de la cocina a leña para calentar el cuerpo. Mamá me esperaba con mate cocido y Kreppel, chorizo casero y jamón. ¡Qué rico era comer aquellos manjares y ver a mi madre sonreír satisfecha! –cuenta don Luis.
 -Ese trabajo lo hice casi todos los años de mi niñez porque mi padre tenía poco campo y la cantidad de cabezas de ganado aumentaba con cada parición. Me conocía todos los secretos de los caminos… Dónde podía refugiarme si hacía mucho frío, si llovía, si soplaba viento… Donde había un nido con pichones… También conocía a todos los chacareros de la zona que pasaban saludándome y haciéndome bromas, cuando iban a la colonia. Era una época difícil pero yo era feliz.  Llevaba mi honda, cazaba pajaritos para comer. Me acuerdo de una vez en que, por correr detrás de una liebre con el perro, me descuidé y las vacas salieron corriendo en estampida, en una carrera loca que las llevó lejos, bien lejos. Me costó laburo y mucho llanto volver a juntar todas. Tenía mucho miedo a que mi padre se enterara y me castigara. Nunca más volví a cometer ese error. Uno aprende de las macanas que se manda –afirma.
-Cuando no tenía que estar en la calle con las vacas, tenía que ayudar a mi madre y a mi padre en las tareas domésticas y en el campo. Me gustaba más trabajar con mi mamá, ella no me gritaba y tampoco me pegaba. Papá se enojaba mucho y cuando se enojaba, era bravo. Me acuerdo de una vez en que me dijo que enlazara un carnero y yo enlacé una oveja. Me equivoqué feo y me dio miedo. Comencé a llorar. Cuando mi padre vio mi error y mis lágrimas, me retó furioso no solamente por la macana que había hecho sino porque lloraba como una mujer. Sacó su alpargata y me pegó. Me retaba y me pegaba una y otra vez –rememora.
-Trabajé con mis padres hasta que cumplí los quince años. Entonces le pedí permiso para buscar otro trabajo. Me dijo que sí; pero si me iba no podía regresar a trabajar nunca más con él. Acepté. Era duro. No se le movió un solo pelo cuando me lo dijo. Me dolió mucho. Pero nada podía ser peor que trabajar con él. Así que junte las pocas cosas que tenía y me fui para siempre –evoca en un quiebre emocional.
-Me fui del campo sin un peso. Mi papá no me dio nada. Tampoco me dio la mano para despedirme. Mamá lloraba mirando cómo sucedían las cosas. Cuando me ensillé el caballo y empecé a marcharme, papá estaba arando el campo, indiferente a lo que hacía yo. Seguramente estaba ofendido conmigo porque lo dejaba solo en la chacra con tres hijos pequeños. ¡Pero así es la vida! Uno no piensa cuando es joven. Quiere ser libre. Quiere tener su propia plata. Y a los meses la tuve. Porque enseguida empecé a trabajar en una estancia, a cincuenta kilómetros de casa. Los fijes de semana tenía dinero para ir a los bailes de la colonia. Paraba en la casa de los padres de un amigo. Íbamos a los bares- ¡Qué tiempos aquellos! –sonríe.
-Me agarraba unas curdas tremendas. Pero en aquellos años era algo normal.se tomaba mucho. Me acuerdo que más de una vez me llevaron a la estancia en carro porque ni siquiera podía subir al caballo de la curda que tenía encima. ¡Eso sí! –recalca- Los lunes a la mañana estaba en el trabajo. Jamás falté. Era muy cumplidor. Nunca le fallé al patrón –asegura.
-Veníamos a la colonia con mucha plata. Eran años en que se ganaba muy bien en el campo. Nos divertíamos a lo grande. Me acuerdo de las grandes fiestas Kerb. ¡La gente que había en la colonia en esos días! Asado, bailes y farra por todos lados. Todos contentos. En la Escuela Parroquial las religiosas preparaban kermeses. Había tantos juegos y tanta gente en el patio que era imposible caminar sin llevarse a alguien por delante. Me acuerdo del juego de las latas apiladas unas sobre otras que había que voltear con tres pelotas fabricadas con medias de hombre rellenas de telas o papel. Nos matábamos de risa. A veces también se proyectaba alguna película en el Salón Parroquial. ¡Era todo un acontecimiento y un lujo!  Las películas que recuerdo son las de Chaplin, El gordo y el flaco… ¡Qué divertidos que eran! Las películas de cowboy. El inolvidable John Wayne y sus duelos con los vaqueros malos y los indios apaches. ¡Qué linda época! –exclama satisfecho consigo mismo y sus recuerdos.
-Una de aquellas noches, en un baile, conocí a María, mi esposa. Estaba con su hermana y sus padres. Me gustó enseguida. Así que junté coraje y a los quinces días fui a ver a su padre para decirle que me quería casar con ella. Me dijo que sí; pero que tenía que esperar tres meses y que podía visitarla todos los domingos a la tarde, de cuatro a seis. Siempre que la visitaba estaba presente la mamá. En ningún momento pudimos mantener una conversación en privado. Transcurridos los tres meses, nos casamos y me la llevé al campo a trabajar de matrimonio. ¡Era brava la María! No le gustaba el campo. Me costó mucho domarla y hacerle entender que yo ahora era su marido y ella tenía que hacer lo que le decía. No hizo falta pegarle para que entendiera. Ella era mía. Unos pocos gritos bastaron para que entrara en razón. Nunca tuve quejas de ella. Fue una buena mujer. Me dio ocho hijos: tres mujeres y cinco varones. Todos sanos –revela orgulloso.
-A los doce años de casados pudimos juntar la plata para comprarnos una casa en la colonia. Era chica pero suficiente para nosotros. Los chicos empezaron a ir a la escuela. Los menores terminaron. Los mayores tuvieron que dejar para salir a trabajar. Todos tenían que aportar para poner la olla. Nadie comía de arriba. Había que ganarse la comida. Los más chicos ayudaban a mi esposa en la quinta de verduras: a regar, a carpir y a hacer chucrut, pepinos en conversa –acota con cierta displicencia, como dando a entender que esas eran tareas de mujeres.
-Yo seguí en el campo, laburando como una bestia durante toda mi vida. Si no trabajás no tenés plata y si no tenés plata no podés vivir ni mantener a tu familia.  Eso lo sabe cualquiera –sentencia.
-Trabajé hasta que me jubilé. Mis hijos, como todos los hijos, se casaron, se fueron de casa y se te he visto no me acuerdo.  Todos hicieron su vida. Uno vive en Buenos Aires, otro en Bolívar, y así –describe.
-Yo quedé viudo hace ocho años. Vivo solo y me las arreglo solo. No necesito de nadie. Nunca necesité de nadie. Siempre pude solo y también puedo ahora. Viví mi vida y no me quejo. Ahora solamente me queda esperar que Dios me llame” –concluye Luis Agustín Lambrecht.

La historia de la abuela Verónica

Doña Verónica dice que le dijeron que tenía que casarse, que esa era su misión en la vida. También dice que sus padres le dijeron que así lo ordenaba Dios y que había que obedecerle. Y agrega que les hizo caso porque los hijos deben obedecer a los padres siempre.

La casaron a los catorce años. Por civil e iglesia. Hubo fiesta durante tres días. La noche de bodas fue frustrante. Lloró las dos semanas siguientes hasta que se resignó o acostumbró, lo misma da. Tuvo dieciséis hijos. Uno detrás de otro. Todavía estaba amantando al último que ya estaba embaraza nuevamente. “José, mi sexto hijo, recién había cumplido los cuatro meses cuando me di cuenta que estaba embarazada otra vez”.
Los hijos eran recibidos como un regalo de Dios aunque el acto de engendrarlos le provocaba disgusto. “Una esposa debe complacer a su marido por más que no le guste ni medio –afirma-. Es la ley de Dios. El hombre manda y la mujer obedece” –sentencia.
De su noche de bodas revela que no estaba preparada. “No sabía lo que me esperaba. Cuando vi que mi marido cerraba la puerta de la pieza con llave me largué a llorar. Tuve miedo que nunca me dejara salir. Tenía miedo que me pegara. Tenía miedo de todo. El era un hombre grande, fuerte, de veintiocho años –cuenta.
 “Casi no me acuerdo de nada de esa noche  –concluye-. Solamente que no quería hacerlo, que tenía miedo y que a mi marido no le importó”.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Séptimo aniversario de Periódico Cultural “Hilando Recuerdos”

Tapa de Hilando Recuerdos, edición aniversario
Siete años manteniéndose fiel a un estilo: darle voz a los que jamás la tuvieron. Siete años definiendo la identidad de un pueblo: la de los descendientes de alemanes del Volga.

“Hilando Recuerdos”, el primer periódico cultural de los Pueblos Alemanes, que investiga y escribe Julio César Melchior, cumple siete años de vida. 
Más de un lustro rescatando y revalorizando la historia y la cultura de los descendientes de alemanes del Volga. Con sus tradiciones, costumbres, vivencias, anécdotas y fotografías antiguas; con investigaciones especiales sobre temas inéditos jamás tratados sobre esta etnia. 
A lo largo de su historia, Periódico Cultural Hilando Recuerdos fue galardonado por la Asociación Argentina de Descendientes de Alemanes del Volga, declarado de Interés Legislativo Cultural por la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, declarado de Interés Distrital por el Honorable Concejo Deliberante de Coronel Suárez, declarado de Interés Municipal por la Municipalidad de Coronel Suárez; y Julio César Melchior, autor del mismo, distinguido por el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires por su aporte a la literatura bonaerense.
Son siete años de trabajo mancomunado entre el escritor Julio César Melchior y su hermana María Claudia Melchior, que tiene a su cargo la producción y distribución. Siete años manteniéndose fiel a un estilo: darle voz a los que jamás la tuvieron. Siete años definiendo la identidad de un pueblo: la de los descendientes de alemanes del Volga.


María Claudia Melchior, productora -tiene a cargo la distribución y venta- y 
Julio César Melchior, escritor y director de Periódico Cultural Hilando Recuerdos.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Ir a América fue un hermoso y bello sueño

Nunca olvidó la mañana aquella, en que apesadumbrado y triste, besó a su madre en la frente, estrechó a su padre en un fuerte abrazo, y uno a uno les dijo adiós a sus hermanos, un adiós eterno como los días y como las horas que pasan y no vuelven, como el olvido que sepulta en el pasado hasta el recuerdo más querido y añorado.
Nunca olvidó la mañana aquella en que junto a otros emigrantes trepó al carro y al trote lento de los caballos abandonó la aldea. Mientras en el aire flotaba el ahogado silencio del llanto contenido de las madres, novias, hermanas... y de algunos que, mirando el suelo, no querían despedirse, porque sabían, porque intuían, porque comprendían, que nunca regresarían. Jamás lo lograrían. Nunca volverían a pisar el amado suelo, ni abrazar a los seres queridos que permanecían en el portal de la casa despidiéndolos.
Nunca olvidó la mañana aquella en que se alejó del Volga para siempre. Nunca. A pesar de que los años en la Argentina fueron dulces y prósperos. A pesar de levantar cosecha tras cosecha, de sembrar sueño tras sueño, ideal tras ideal, de construir un hogar, de tener hijos argentinos, nietos... Nada cambió. ¿O sí? Claro que cambió. Cambió su hogar, su terruño, su patria, que ahora se llama Argentina, la tierra de sus hijos, el país de sus descendientes... Todo cambió. Pero no cambiaron sus recuerdos ni su antigua angustia, esa angustia lejana que en madrugadas de insomnio le hace rememorar a sus padres y hermanos, que permanecieron allá lejos, allende el mar, en el Volga, esperando su regreso. Un regreso que esperaron en vano como en vano él esperó poder retornar un día para contarles que su sacrificio valió la pena, que “ir a América” no fue una locura, sino un hermoso y bello sueño.

martes, 17 de septiembre de 2013

Mi madre ya era muy viejecita...

Autor: José Ángel Buesa
Ya era muy viejecita... Y un año y otro año
se fue quedando sola con su tiempo sin fin,
sola con su sonrisa de que nada hace daño,
sola como una hermana mayor de su jardín.

Se fue quedando sola con los brazos abiertos,
que es como crucifican los hijos que se van,
con su suave manera de cruzar los cubiertos
y aquel olor a limpio de sus batas de holán.

Déjenme recordarla con su vals en el piano,
como yéndose un poco con lo que se le fue;
y con qué pesadumbre se miraba la mano
cuando le tintineaba su taza de café...

Se fue quedando sola, sola... Sola en su mesa,
en su casita blanca y en su lento sillón;
y si alguien no conoce qué soledad es ésa,
no sabe cuánta muerte cabe en un corazón.

Y diré que en la tarde de aquel viernes con rosas,
en aquel “hasta pronto” que fue un adiós final,
aprendí que unas manos pueden ser mariposas
-dos mariposas tristes volando en su portal.

Sé que murió de noche. No quiero saber cuándo.
Nadie estaba con ella, nadie, cuando murió:
ni su hijo Guillermo, ni su hijo Fernando,
ni el otro, el vagabundo sin patria, que soy yo.

Actos de Kerb 2013 de Pueblo Santa Trinidad

4, 5 y 6 de octubre
Cronograma de actividades: 

Viernes 4 de octubre:
16:30 Misa Acción de Gracias por el “50º Aniversario” del Jardín Nº 902 “Juana Manso”.
17:45 Acto protocolar. Presencia de la comunidad educativa y autoridades escolares.
20:30 Inauguración del frente del Club San Martín.

Sábado 5 de octubre:
10:00 Programa de La Nueva Radio Suárez desde la Delegación Municipal.
11:00 Inauguración del playón de la Capilla Espíritu Santo. Inauguración de las mejoras en la cancha de bochas del “Club San Martín”.
13:30 Torneo de Kosser “Kerb 2013”. Cantina a cargo de la Comisión de Festejos - Venta de Plantas. Organiza: Subcomisión de Hockey del Club San Martín.
16:00 Misa en honor a los difuntos en el Cementerio local. Comisión Parroquial. 
20:00 Festival Folclórico con grupos locales. Elección de la Reina de Santa Trinidad. Organiza: Subcomisión de la Escuelita de Fútbol del Club San Martín. 

Domingo 6 de octubre:
8:00 Salva de bombas y toque de sirena a cargo de los Bomberos Voluntarios de Coronel Suárez. Desayuno con los Bomberos.
10:30 Misa en Acción de Gracias.
11:30 Acto Protocolar en el SUM de la Escuela Nº 5. Habilitación del SUM. Entrega de distinciones y reconocimientos. Palabras centrales a cargo del Intendente Municipal Ricardo Moccero.
12:15 Inauguración de pavimento de las calles Pasaje Balbín, Pasaje Evita y Pasaje Islas Malvinas. Inauguración de Cordón Cuneta en el Barrio Solidaridad.
13:00 Almuerzo con Autoridades.
14:30 Desfile institucional.
16:00 Muestra Fotográfica en el Jardín Nº 902 “Juana Manso”. Venta de Tortas y Filsen en la Escuela Nº 5.
17:00 Muestra de pinturas del Taller de Adultos Mayores en la Delegación Municipal. 
17:00 Anfiteatro Municipal “Andrés Schwab”. Música Típica Alemana en vivo con “Los herederos del ritmo”, con servicio de cantina a cargo del Club San Martín. Rifa peso del cordero vivo. Organiza: Subcomisión de Bochas del Club San Martín. Juegos tradicionales de kermesse y ventas de plantas. Organiza: Subcomisión de Hockey del Club San Martín. Juegos inflables para chicos. Organiza: Subcomisión de la Escuela de Fútbol del Club San Martín. Exposición de Artesanos. Venta de Kreppel y empanadas. Organiza: Peña Tradicionalista.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Historia y significado de la fiesta Kerb: fiestas patronales de los alemanes del Volga

“Las celebraciones de Kerb eran grandiosas y se dividían en dos partes: la jornada en que se conmemoraba la consagración de la iglesia al santo patrono de la localidad y el fin de semana siguiente en que se realizaban las festividades sociales. Las colonias multiplicaban su cantidad de habitantes porque llegaban familiares de todos los rincones del país. Kerb y Pascua eran las dos únicas dos fechas del año en que toda la familia se reunía alrededor de la mesa paterna. Dábamos gracias a Dios mediante solemnes misas por todo lo que recibíamos en la vida diaria y también nos divertíamos organizando grandes eventos sociales. Era una celebración en la que reinaba la religiosidad más devota y la alegría más espontánea, con música y bailes”.

Memorias de Hans Rigelhof

Preludio de Kerb

A medida que la fecha de Kerb se acerca, las acti­vidades dentro de las viviendas se multiplican por doquier. Porque las amas de casa, herederas de costumbres que sus abuelas les legaron, llevan a cabo diferentes tareas para acondicionarlas mejor y darles un matiz más acogedor y bello.
Entre estas dife­rentes labores so­bresalen algunas que en sí mismas representan una curiosidad. Como el blanquear las paredes de las viviendas para embellecerlas e imprimirles un matiz más en­trañable y acogedor mediante la utilización de co­lores y texturas que sugieren la obediencia a un canon preestablecido por la tradición: antiguamente, la superficie de muros de las casas de adobe eran blanqueadas con cal viva apa­gada o, mejor aún, con el residuo del carburo cálci­co de los equipos de soldadura autógena. En las paredes interiores se ponía de manifiesto la gran creatividad de las abuelas alemanas del Volga, por­que para hacer más decorativo y alegre el ambien­te se tomaban ovillitos de lana destejida y se las mojaba en agua azul teñida con tintura para la ropa, y se las estam­paba sobre las paredes.
También se limpiaban y acondicionaban las vivien­das que poseían sus ladrillos exteriores a la vista, que pertenecían a familias más acomodadas: los techos de chapa se pintaban de co­lor rojo y las puertas, ventanas y pos­tigos de color verde, por lo que la imagen que ofrecían las colonias desde lejos eran las de unas pequeñas aldeas campesinas, de casitas muy blancas y techos rojos, agrupados como un rebaño a la sombra de la torre de la igle­sia en la ondulante sinfonía de verdes, azules y amarillos de la campiña pampeana en primavera, que hacía recordar a una vieja estampa europea.

Kerb

Las fiestas de Kerb eran grandiosas y se dividían en dos partes: la jornada en que se conmemoraba la consagración de la iglesia al santo patrono de la localidad y el fin de semana siguiente en que se realizaban las festividades sociales. El día en que la comunidad conmemoraba la consagración de la parroquia al santo patrono se formalizaba una procesión con el santo por las calles de la colonia y posteriormente una misa. Y en el fin de semana siguiente se efectuaba la celebración social, con grandes bailes que organizaban los clubes; partidos de fútbol; extraordinarios espectáculos  que distintas comisiones traían de diferentes lugares del país: como festivales de patín artístico con estrellas de relieve, show de todo tipo, con artistas de renombre,  y mil y una cosas más; multitudinarias quermeses que preparaban las escuelas parroquiales a cargo de las hermanas religiosas; todo era música; banderitas y lamparitas de colores cruzaban el patio de la escuela ornamentándola. Las calles bullían de gente. La familia se congregaba alrededor de la mesa para compartir una suculenta comida, consistente en asado al horno con papas, Fülsen, Strudel, entre otras delicias alemanas que cocinaban nuestras madres. La sobremesa se prolongaba con bulliciosas conversaciones, porque la mayoría de los integrantes de la familia solamente se reencontraban en esa fecha en particular; luego había música, baile, canto; y a la hora de la merienda llegaba el riquísimo Dinne Kuchen acompañado con mate o cerveza. Los lunes eran considerados feriados: por la mañana se iba al cementerio en procesión a rendirle homenaje a los colonos fallecidos, y por la tarde continuaban desarrollándose la quermese y los demás acontecimientos. En resumen, la fiesta de Kerb, en su faz social, se iniciaba el viernes y concluía el lunes a la noche con un multitudinario baile familiar.

Etimología de la palabra Kerb: Según el lingüista Prof. Arnd Schmidt, el vocablo Kerb deriva de la palabra Kircheweih, que significa bendición de la iglesia: Kirche: iglesia y weih: bendición.