Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

domingo, 29 de enero de 2023

Los regalos que hicieron llorar a la abuela

 La abuela sonrió cuando su nieta le entregó el regalo. Pero fue una sonrisa incómoda. No estaba acostumbrada a recibir obsequios. Nunca supo cómo reaccionar frente a este tipo de demostraciones de afecto. Algo lógico, teniendo en cuenta que ella era de una época en que las demostraciones de cariño eran escasas y nadie regalaba obsequios sofisticados, envueltos en envolturas bonitas, con moños de colores.
La abuela tomó el regalo tímidamente, casi temblando. Pequeñas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
La nieta la abrazo fuerte, muy fuerte. La abuela primero no supo cómo reaccionar. Luego, paulatinamente, venciendo sus propios temores y vergüenza, respondió al gesto.
Acto seguido abrió el obsequio. Lo hizo con sumo cuidado, tratando de no dañar ni la bolsa ni el papel.
-Hay que romper, abuela. Trae suerte.
-Me da pena romper el papel. Es tan lindo -se excusó la abuela.
Nieta y abuela abrieron el regalo. Cada una siguiendo su criterio.
De entre la bolsita, el papel y el moño rojo asomaron dos libros, cuyos títulos sorprendieron a la abuela: "La gastronomía de los alemanes del Volga" y "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior.
Los tomó y los acercó a su pecho. Un cúmulo de recuerdos llenaron su memoria de imágenes. Del pasado llegaron escenas de su madre cocinando comidas tradicionales y de su padre trabajando el campo.
Esta vez fue la abuela quien abrazó a su nieta, emocionada y desbordada por la nostalgia e inmensamente feliz.

Un domingo en familia en la colonia

 Sobre la cocina a leña varias ollas exhalan vapores y aromas disímiles. El fuego, en su interior, crepita. Abuela abre la puerta del horno, observa la fuente en la que descansa un lechón rodeado de papas, da unos pinchazos aquí y allá con el tenedor, para finalmente decidir que todavía le falta un poco. Luego toma una cuchara de madera y revuelve el contenido de una cacerola. Se nota a primera vista que sabe lo que hace. No necesita ninguna receta escrita. Todo lo lleva grabado en su memoria. Tampoco necesita balanza para pesar los ingredientes, sus manos y sus cálculos siempre resultan perfectos.
Es domingo, día de reunión familiar. Primero asistir a misa, a las diez de la mañana, en la iglesia de la colonia, después todos a almorzar a casa de abuela. Los hijos, nueras, nietos. Un universo de personas que se sentarán en torno de la larga mesa familiar, con abuelo presidiendo la cabecera. Hablarán todos a la vez. Habrá recuerdos. Anécdotas. Risas. Alguna lágrima. Y después, si abuelo si tiene ganas y el cuerpo le da, aparecerá el acordeón y surgirán las canciones alemanas.
Abuela vuelve a revolver el contenido de la olla con la cuchara de madera. La coloca sobre la mesa y se acerca a la ventana para observar si ve gente en la calle, retornando de la iglesia. No ve a nadie. Eso le da tiempo para salir al patio, tomar la palangana e ir a la bomba a llenarla de agua, para lavar unas prendas y colgarlas en el tendal, allá en el fondo, cerca de la quinta, donde florecen las verduras y los frutales.
Al volver, ingresa al galponcito de chapa y sale con el brazo cargado de astillas de eucalipto, para alimentar el fuego de la cocina a leña.
Alguien pasa por la calle y la saluda. Ella responde con una sonrisa.
-Terminó la misa -piensa. Ahora vendrán mis hijos.
Y así es. Llegan los hijos y las nueras, pero también abuelo y los nietos, que ingresan corriendo al patio a abrazarla y llenarla de besos.

Recuerdos de una tradicional carneada

 Toda la familia participó, trabajó y colaboró en esta tradicional costumbre de los alemanes del Volga: Omar eberle, Marcela Ledesma, Natalia y Anabela Eberle, Sonia Eberle, Amanda Graff, José Luis Rincón, Juliana Rincón, Ernestina Eberle, Jorge Streitenberger, Daniel Distel, Silvana Rohwein, Fransico Distel, Santiago y Agustín Herr, Jaquelina Guarnieri y Sebastián Montenegro.

Los Wickelnudel de la abuela

 -Llegaste justito Camila para ayudarme a cocinar Wickelnudel. ¿Me vas a ayudar? -preguntó la abuela a su nieta, que acababa de llegar con la mochila con la que se movía habitualmente de acá para allá, arrastrando libros de estudio.
-Sí! -respondió la nieta entusiasmada. Así aprendo a cocinarlos. Mamá nunca me deja entrar a la cocina cuando está cocinando porque dice que mi función en la casa es estudiar y recibirme.
-¡Y tiene razón! -agrega la abuela. Tenés que estudiar para ser una buena médica.
-Pero las médicas también cocinan -opinó la nieta. ¿O caso las médicas no comen, abuela?
-Sí, Camila, comen; pero tienen empleadas que les preparan la comida.
-Pero yo quiero aprender las recetas alemanas. En las grandes ciudades nadie las sabe cocinar. Y en las colonias, a veces también pasa, porque nuestras madres no nos enseñan a cocinar desde chicas como hicieron ustedes, abuela, con ellas.
-Era otra época, Camila. Tenían que aprender obligadas porque tenían que salir a trabajar desde muy pequeñas. Tu mamá empezó a trabajar a los doce años. ¡Pobrecita! Con tu abuelo tuvimos trece hijos y dos fallecidos. Había que alimentar a tanta gente. Hoy las cosas cambiaron: todos tienen solamente uno o dos hijos, entonces todo se vuelve más sencillo. Los pueden mandar a estudiar. Algo imposible para tu madre. Ninguno de tus tíos pudo terminar la primaria. Todos tuvieron que salir a trabajar al campo. Tu abuelo murió muy joven y eso lo hizo todo aún más difícil. Pero dejemos eso, es historia pasada -se interrumpió abuela. ¿Vamos a cocinar Wickelnudel? ¿Sí? Bueno, vos andá preparando unos ricos mates, así no te aburrís mientras mirás.
La nieta obedeció. Fue a la alacena, sacó la yerba, el mate y todo lo necesario para prepararlo.
La abuela limpió la mesa de madera y sobre una tabla de madera empezó a cortar un pequeño corte de carne en trozos, después pico una cebolla, dos zanahorias y tres papas.
-Esto, y algunas cositas más, es para el estofado donde se van a cocinar los Wickelnudel. Ah! También hay que salar y condimentar bien para que la salsita salga rica. Todo esto lo ponemos a rehogar en una olla con unos chorros de aceite, sobre la cocina a leña. Y lo dejamos ahí, revolviendo de vez en cuando.
-Pero, abuela, no estás diciendo las proporciones. ¿Cuánto de carne?¿Cuántas zanahorias?
-Más o menos, medio kilo de carne. Si tenés menos no importa. Hay que saber arreglárselas como lo hacían nuestros antepasados, que siempre les faltaba de todo. Mi madre, a veces, cocinaba Wickelnudel sin carne. Le agregás dos o tres zanahorias. Una o dos cebollas, de acuerdo al tamaño. Eso lo vas a ver a medida que las vas cortando. Algunas papas. Unas pizcas de condimentos. De los que más te gusten, para que tome rico sabor.
-Uh! Pero así es muy difícil, abuela -se quejó la nieta. Cómo voy a saber cuál es la cantidad necesaria de cada cosa, si nunca preparé una salsa en mi vida.
-Ya vas a aprender -Camila. Ya vas a aprender. Paciencia.
Camila no estaba tan convencida. La abuela se desenvolvía con tanta seguridad.
-Ahora a preparar la masa -exclamó la abuela.
-Sí! -los Wickelnudel!
La abuela limpió bien la mesa, primero con un trapo húmedo y luego seco. Espolvoreó un poco de harina y mientras elaboraba la masa, explicaba:
-Arrojás un montoncito de harina bastante generoso. Le agregás levadura. Una pizca de sal. Uno o dos huevos. Un poco de leche. Unís todo y amasás. Una vez que tenés una masa homogénea la ponés sobre la mesa y la aplanás con el palo de amasar. La enrollás. La untás con aceite. Y la cortas en rollitos de unos cinco centímetros, más o menos. Y finalmente, la dejás reposar durante un rato.
-Me quedó reclara -comentó la nieta con una sonrisa de joven para nada conforme con la explicación. Es imposible que yo haga eso. Uno o dos huevos, tres o cuatro cebollas, más o menos un kilo de harina y no sé qué más!
-No! Un kilo no! -corrigió la abuela. Es demasiado.
-Y después? -preguntó la nieta.
-Paciencia, Camila. En la cocina todo se hace con mucha paciencia y tiempo, para que las cosas salgan ricas. Pero te cuento: después de que hayan pasado unos minutos, colocamos los Wickelnudel sobre la salsa de carne y verduras que preparamos en la olla, que no tiene que ser muy líquido porque la masa se tiene que cocinar al vapor. Si es muy líquido tenés que retirarle un poco de jugo. Colocás los Wickelnudel y los tapás. Se cocina sin quitar la tapa de la cacerola a fuego muy bajo.
-Parece tan fácil cuando te miro mientras los preparás y, sin embargo, es tan difícil. No a todo el mundo le salen los Wickelnudel tan ricos como a vos. Quedé mareada con todo lo que hiciste. Es un lío las cantidades y las proporciones.
-No te preocupes -la consoló la abuela y fue a la pieza a buscar un regalito envuelto en papel de librería.
Qué raro! -pensó la nieta. La abuela yendo a una librería. Justamente ella, que solamente leía la Biblia y, de vez en cuando, algún diario local que le prestaba la vecina. Ella prefería la radio como soporte informativo. Allí también se enteraba quién fallecía en el pueblo.
-Es para vos -dijo sonriente la abuela.
-Para mí? -preguntó desconcertada la nieta.
-Sí, Camila. Abrilo. Hay que romper el papel porque trae suerte. No te olvides.
Así lo hizo la nieta. Y descubrió el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior.
La nieta lo ojeó. Sus ojos se iluminaron. Abrazó a su abuela fuerte, muy fuerte, estampando un beso sonoro en la mejilla.
-Es para que aprendas a cocinar nuestras recetas. Hay más de ciento cincuenta. Explicadas paso a paso. Es un muy buen libro, que rescata nuestras comidas. Te va a encantar.
-Gracias! Gracias! Gracias! Sos un amor, abuela! Estás en todos los detalles.
La abuela emocionada empezó a limpiar la mesa, para que su nieta no se diera cuenta que estaba a punto de llorar de alegría.

Venimos de una aldea alemana del Volga

Fotografía de: descubrirturismo.com
 Nacimos y crecimos en una aldea fundada por alemanes del Volga incorporando hábitos, costumbres, tradiciones y los valores de nuestros mayores. Nuestra vida diaria era esa. La de ellos. Trabajar sin descanso de sol a sol. La vida sencilla en un hogar humilde pero construyendo lazos indestructibles pues la familia, la amistad, la palabra y el compartir, eran los pilares de la vida en comunidad.
La fe religiosa era otro lazo que se creaba para siempre y era la fuente donde recurrir cuando estas los abandonaban y de donde se aferraban en tiempos de desesperanza.
Crecimos viendo todo esto. Incorporándolo sin darnos cuenta. Siendo dignos retoños de aquellos aventureros que soñaron un futuro mejor para nosotros…
Y lo lograron! Nos legaron con el ejemplo, el sudor y las manos curtidas toda su historia.
Pero nosotros crecimos y, como ellos, nos fuimos en busca de un futuro mejor. Nos fuimos a estudiar, a trabajar, a hacer nuestra vida fuera de la aldea o colonia, pues el mundo cambia, avanza, crece y el trabajo rural ya no era suficiente.
Mamá y papá se quedaron solitos, en su casita de adobe. Sin la posibilidad de compartir sus vidas con sus nietos.
Los nietos nacieron en ciudades más grandes, con otro confort y comodidades. Con otras costumbres o sin ellas directamente. Sólo vieron a sus abuelos dos o tres veces. Sólo conocieron la historia de sus abuelos a través de nosotros.

lunes, 23 de enero de 2023

¿Quién se acuerda de los fideos caseros (Trucke Nudel)?

La abuela elaboraba, generalmente los domingos, unos Trucke Nudel riquísimos. Era una receta simple y sencilla de hacer. La había heredado de sus ancestros. Mi memoria de niño recuerda que solamente utilizaba harina, dos o tres huevos y algún que otro ingrediente más. Amasaba dos o tres bollos sobre la larga mesa de madera de la cocina, los estiraba con el palo de amasar espolvoreándolos con abundante harina hasta lograr una masa casi redonda de unos pocos milímetros de altura y después los colocaba sobre el respaldo de una silla, que sacaba al patio para que la masa se seque. Una vez transcurrido el tiempo que ella calculaba con exactitud, sin contar con reloj ni ningún asesoramiento tecnológico, introducía la silla, tomaba cada masa estirada, la enrollaba y cortaba los fideos para ponerlos a hervir en una olla.
Mientras tanto en una sartén colocaba uno poco de grasa para freír trocitos de pan o cebolla picada, que volcaba sobre los fideos una vez que estaban cocinados y servidos en una fuente, listos para llevar a la mesa.
Esta receta original, la pueden encontrar completa, junto con 150 más en mi libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”. Para más información comunicarse al 011 22977044.

¿Se acuerdan del Tros Tros Trillie que nos cantaba la abuela?

 ¿Quién se acuerda de esas largas y frías noches de invierno, cuando la abuela nos sentaba sobre su falda y haciendo saltar sus rodillas, imitando el trotar de un potrillito nos cantaba “Tros Tros Trillie/ der Bauer hat ein Fihllien…”, cada vez con más velocidad mientras el potrillito brincaba más y más, y nuestras risas aumentaban y aumentaban hasta llegar a la carcajada… hasta que de pronto, sorpresivamente, y sin previo aviso el potrillito intentaba desmontarnos con un brinco aún más fuerte que los anteriores, asustando nuestra alma de niño y temiendo caer al piso de espaldas…pero eso nunca sucedía, porque ahí siempre estaban los brazos y las tiernas manos salvadoras de la abuela, que nos rescataban a último momento y nos abrazaba riendo?
Pensando e imaginando en qué remotos lugares de la historia, con potreros llenos de pasto de brotes tiernos y agua fresquita, trotarán todos aquellos potrillitos que llenaron nuestra infancia y nuestras largas noches de invierno sentados en la falda de la abuela, llenando la cocina de risas, mientras mamá tejía o bordaba, papá jugaba a las cartas con sus hijos varones y las hijas mujeres también realizaban tareas hogareñas igual que mamá, es que un día decidí comenzar a investigar y reunir material para escribir mi libro “La infancia de los alemanes del Volga”, en memoria de todos esos potrillitos que quedaron allá lejos en el tiempo, en algún lugar hermoso de nuestro recuerdo trotando sin fin, al compás de las piernas de la abuela, esa abuela dulce y tierna que hoy también extrañamos y que, como el potrillito, también rescato en mi libro, al igual que toda la idiosincrasia y vivencias que hacían a nuestra infancia de antaño. Esa infancia simple, clara y transparente, humilde pero honrada, con padres y abuelos trabajadores, con casitas de adobe y techos cubiertos de paja, una chimenea exhalando humo y una aldea o colonia que recién nacía. Autor: Julio César Melchior.
Para mayor información sobre el libro "La infancia de los alemanes del Volga" comunicarse por mensaje privado al correo electrónico juliomelchior@hotmail.com o al Whatsapp al 011 2297 7044.

miércoles, 18 de enero de 2023

Los días felices

 La felicidad en las aldeas y colonias de antaño era sencilla. Tan sencilla como el pan diario que nunca faltaba sobre la mesa familiar. Mamá amasando cosas ricas. Papá trabajando en el campo. Los hijos jugando en los baldíos. Libres. Totalmente libres. En un universo de inocencia imposible de imaginar hoy.
Los sueños eran otros. Las ilusiones también. Ni que hablar de los valores. Había educación, respeto. Se honraba la palabra. Se trabajaba para crecer para desarrollarse como personas. Había un sentido profundo de familia, de comunidad, de sociedad. El vecino estaba al nivel de un familiar, el amigo a la altura de un hermano. El amor era para siempre. El olvido no existía. Así pasaran diez, veinte años, la puerta permanecía abierta, los brazos extendidos, la mesa puesta, esperando el regreso.

jueves, 5 de enero de 2023

“La vida privada de la mujer alemana del Volga”, a punto de agotarse en su cuarta edición

 Una obra que mereció múltiples reconocimientos y continúa siendo el centro de varios estudios académicos. Cosechando lectores en todo el país y el extranjero. Un libro que trasciende las fronteras meramente históricas para abarcar aspectos filosóficos y sociológicos de la vida diaria de la mujer. Para conocer, entender y comprender no solamente la historia de las mujeres alemanas del Volga, sino para saber, entender y comprender por qué algunas cosas fueron y son todavía en la actualidad como son. 

El autor nos presenta en esta obra un profundo estudio del rol que le tocó desarrollar a la mujer en la historia y cultura del pueblo de los alemanes del Volga. La describe sin tabúes. Con valentía. Para mostrar cuánto sufrieron las mujeres a lo largo de la historia y cuánto pero cuánto tiempo nos hemos olvidado de ellas, precisamente ellas, que nos dieron la vida y nos lo entregaron todo, sin pedir nada a cambio jamás. Por suerte, esta obra repara ese olvido y lo repara con creces.
Coloca a la mujer alemana del Volga en el centro de la historia y reconstruye, mediante una exhaustiva investigación, los pasos que ha debido transitar para conformar la identidad personal y de género que la identifica, permitiendo comprender el porqué de sus comportamientos, actitudes y formas de ver y encarar la vida que tuvo no solamente en el pasado, sino también en la actualidad y, por qué no decirlo, nos permitirá comprender mejor la idiosincrasia de las sociedades alemanas del Volga.
Reconstruye su pasado haciendo una descripción de cómo se desarrolló y conformó su yo privado. Lo presenta en detalle. Indaga en los espacios, a veces muy restringidos, de su vida, y en la responsabilidad, o no, que tuvo, en sus actos, en un universo social basado en el poder del patriarca, en donde el hombre tiene el control de todo y es el centro alrededor de cuyo eje giran las premisas de la ética y la moral, las costumbres y las tradiciones, y las mujeres son consideradas meras actrices secundarias, sin ideas, sin sentimientos, y sin deseos propios. Permanentemente condenadas a interpretar el papel de hijas, esposas, madres y abuelas y, en cada caso, ser ejemplo de virtud. Siempre inmaculadas y puras. Siempre amenazadas con el escarnio familiar y público y a ser condenadas al aislamiento social.
Por todo esto, el libro “La vida privada de la mujer alemana del Volga” volvió a agotar una nueva edición, en este caso la cuarta.

domingo, 1 de enero de 2023

Wünsche gehen: una antigua tradición de Año Nuevo de los alemanes del Volga

 Cuando éramos niños, el día de Año Nuevo era para nosotros una jornada de fiesta. Salíamos a visitar a toda la parentela vor wünsche. Entrábamos en todas las casas para desear un feliz comienzo de año a todos los integrantes de cada familia, y ellos, a cambio, nos obsequiaban caramelos y masitas. Para los niños humildes de la colonia era, quizás, la única fecha del año en que recibían una golosina. Por eso no dejábamos de visitar ningún pariente ni amigo. Con cada regalo armábamos un paquetito que llamábamos Pindllie: poníamos las golosinas en el centro de un pañuelo y uníamos sus cuatro puntas mediante un nudo”.

Wünsche gehen und gross neusjahr


El primer día del año los niños se levantaban bien temprano a la mañana, casi con el amanecer, para saludar a sus padres deseándoles feliz año nuevo, recitando un poema varias veces centenario y de autor desconocido, que dice así: Vater und Mutter ich wünsche euch glückseeliges neusjahr, langes leben und Gesundkeit; frieden und einigkeit und nach eren Tod die ewige klückseeligkeit”. “Das wüsnsche mir dir auch”, respondían mama y papá mientras les obsequiaban golosinas.
Cumplido este ritual, los pequeños salían a visitar a parientes y amigos para también desearles la felicidad en el año nuevo que comenzaba. Pero esta ocasión el poema era otro: glück und segen / auf allen Wgen! / Frieden im Haus / jahrein, jahraus! / In gesunden und kranken Tagen / kraft genung, Freud und Leid tragen! / Stets im Kasten ein stücklein Brot, / das geb’ uns gott!
Al finalizar la jornada todos los niños de la colonia, sobre todo los más humildes, se sentían dichosos con la enorme cantidad de golosinas que lograban reunir tras una larga jornada de “trabajo”, visitando tíos, abuelos y demás parientes.
La tradición se completaba el Día de Reyes con el gross naeusjahr (Año Nuevo Grande), cuando los que salían a expresar sus augurios de felicidad en el año que se iniciaba eran las personas mayores. Pero estos, en lugar de ser recibidos con golosinas, eran agasajados con sendas copitas de licor. Por lo que a medida que avanzaba la jornada y la visita de las casas se repetía una tras otra, con parientes y amigos, y con ellas, una tras otra las copitas de licor, la borrachera comenzaba a surgir, y con ella los cánticos satíricos. (Julio César Melchior).
Wünsche gehen und gross neusjahr
El primer día del año los niños se levantaban bien temprano a la mañana, casi con el amanecer, para saludar a sus padres deseándoles feliz año nuevo, recitando un poema varias veces centenario y de autor desconocido, que dice así: Vater und Mutter ich wünsche euch glückseeliges neusjahr, langes leben und Gesundkeit; frieden und einigkeit und nach eren Tod die ewige klückseeligkeit”. “Das wüsnsche mir dir auch”, respondían mama y papá mientras les obsequiaban golosinas.
Cumplido este ritual, los pequeños salían a visitar a parientes y amigos para también desearles la felicidad en el año nuevo que comenzaba. Pero esta ocasión el poema era otro: glück und segen / auf allen Wgen! / Frieden im Haus / jahrein, jahraus! / In gesunden und kranken Tagen / kraft genung, Freud und Leid tragen! / Stets im Kasten ein stücklein Brot, / das geb’ uns gott!
Al finalizar la jornada todos los niños de la colonia, sobre todo los más humildes, se sentían dichosos con la enorme cantidad de golosinas que lograban reunir tras una larga jornada de “trabajo”, visitando tíos, abuelos y demás parientes.
La tradición se completaba el Día de Reyes con el gross naeusjahr (Año Nuevo Grande), cuando los que salían a expresar sus augurios de felicidad en el año que se iniciaba eran las personas mayores. Pero estos, en lugar de ser recibidos con golosinas, eran agasajados con sendas copitas de licor. Por lo que a medida que avanzaba la jornada y la visita de las casas se repetía una tras otra, con parientes y amigos, y con ellas, una tras otra las copitas de licor, la borrachera comenzaba a surgir, y con ella los cánticos satíricos. (Julio César Melchior).



lunes, 19 de diciembre de 2022

Los terrones de azúcar

El uso cotidiano de los terrones de azúcar era una costumbre muy arraigada entre las aldeas y colonias fundadas por alemanes del Volga. La trajeron consigo conjuntamente con la tradición de beber té al emigrar de las aldeas de Rusia. Una vez establecidos aquí y habiendo adoptado algunas costumbres de estas tierras, trasladaron su uso al mate. Siendo frecuente desde entonces, ver a un grupo de inmigrantes alemanes del Volga tomando mate, mientras
disolvían sobre la lengua un pedacito de azúcar que previamente habían cortado del terrón, partiéndolo en trocitos.

Historia del terrón de azúcar

El terrón de azúcar surgió en 1843 como alternativa a las antiguas barras de azúcar que podían alcanzar un metro y medio de largo y resultaban complicadas y hasta peligrosas de manipular a la hora de fraccionar para preparar alimentos o un simple té, tal como descubrió en carne propia Juliana Radová, que se cortó un dedo al partir una de aquellas barras.
La historia cuenta que "el primer terrón de azúcar del mundo fue creado en Dačice, en una refinería local de azúcar. Su creador fue el director de la refinería, Jakub Krištov Rad, luego de que, en 1841, su mujer, Juliana Radová, se lastimara cortando una antigua barra de azúcar”.
Fue entonces que Jakub Krištov Rad, de origen suizo, construyó una prensa especial que producía terrones de azúcar y en 1843 recibió el privilegio de producir terrones de azúcar y en 1844, finalmente, su invento fue patentado, revolucionando la historia de este clásico producto.

sábado, 10 de diciembre de 2022

Palabras rusas que los alemanes del Volga incorporaron a su dialecto

 Los alemanes del Volga incorporaron varias palabras a su dialecto, durante su permanencia en Rusia. Palabras que todavía hoy utilizamos en el habla diaria en mi familia como así también en varias aldeas y colonias de la Argentina. En pueblo Santa María es común ver a personas realizando las compras en el dialecto que heredaron de sus ancestros.
Poco a poco iremos recordando algunas de las palabras que los alemanes del Volga incorporaron del idioma ruso.
Aquí va la primera entrega.

La visita del Pelznickel

 Los padres y once hijos, cinco mujeres y seis varones, rezan en voz alta sentados alrededor de la mesa familiar en la colonia. Es Nochebuena. Hace dos horas que Jesús nació en un humilde pesebre, en Belén. Fuera todo es silencio. Noche oscura en la colonia. De vez en cuando se escucha el ladrido de un perro. A lo lejos. A lo lejos, de pronto, un ruido de cadenas. Se acerca. El ruido se acerca. Los niños callan su rezo. Escuchan atentos. Se miran. Se observan. Petrificados. El miedo les va cubriendo los ojos. Fuera continúa el ruido de cadenas. Luego una voz. Fuerte. Más fuerte. Gritos guturales. Ruidos de cadenas y una voz de hombre. Parece enojada. Molesta. En la casa todo está suspendido. Los niños petrificados. Hasta que se abre la puerta y… Allí está él: Der Pelznickel! Un anciano de barba desgreñada enfundado en un sobretodo viejo, arrastrando cadenas.
- Wo sei die schlime gele?- pregunta.
Los niños responden con una reacción: se levantan de sus sillas impulsados por el miedo. La cocina es un caos, caen las sillas. Un niño se esconde bajo la mesa, otro en la falda de la madre, otro en la habitación y los otros dónde pueden.
Pero no hay cómo escapar. Der Pelznickel los llama uno a uno. Los acusa de travesuras cometidas a lo largo del año. Parece saberlo todo. Ningún niño se imagina que sus padres le contaron. Les ordena que se arrodillen. Los niños obedecen. Les ordena rezar. Y los niños rezan.
Se escucha la voz del Pelznickel. También el rezo y el llanto de los niños. Uno a uno son interrogados. Uno a uno se arrodillan y rezan. Hasta que todos cumplen con el ritual.
Finalizada la ceremonia, el Pelznickel se va. Se marcha hasta la próxima Navidad.

lunes, 5 de diciembre de 2022

¿Cómo festejaban Navidad los alemanes del Volga?

 “Los niños de las colonias esperábamos la llegada de la Navidad, en especial la Nochebuena, en un clima que nos mantenía inmersos entre la congoja y la felicidad. La congoja porque todos, sin excepción, sabíamos que desde alguna remota región arribaría el Pelznickel y que entraría a nuestro hogar golpeando sus cadenas y lanzando al aire sus guturales y estentóreos gritos: vestido con un sobretodo oscuro, desaliñado, barba enmarañada, para recriminarnos las travesuras cometidas durante el año y revisarnos las uñas. Y felicidad, porque también aguardábamos la llegada del Chriskindle que, por el contrario, nos bendecía con su remanso de felicidad: era como un hada buena representando al Niño Jesús que nos trataba con cariño y nos llenaba las manos de golosinas

En Nochebuena asistíamos a la Misa de Gallo, donde cantábamos el Stille Nacht y el Grosser Gott, y a su regreso toda la familia se sentaba alrededor de la mesa, rezábamos el Padrenuestro y cenábamos. Finalizada la cena bailábamos valses y polcas y el 25 al mediodía se reunía la gran familia, padres, abuelos, nueras, yernos, nietos, un mundo de gente, para degustar cosas navideñas preparadas en el hogar. Era una fiesta muy hermosa”.

La celebración de la Navidad en las aldeas del Volga, en Rusia

La celebración de la Navidad en las aldeas Volguenses –cuentan los historiadores Popp y Denig- fue siempre la recordación festiva más importante y más esperada del año; ya sea por su significado y motivación o por coincidir con una fecha en que la gente estaba más desocupada de las obligaciones del campo. Por ocurrir en pleno invierno, toda la población se mantenía en su hogares y todos tomaban parte activa de la celebración; las representaciones alusivas al nacimiento del Niño Dios en las iglesias se revestían del máximo esplendor. Los niños tenían una especial intervención y recibían un regalo peculiar; era también motivo para lucir vestimentas nuevas.
Previamente a dicha fecha se limpiaban a fondo y pintaban todas las piezas de la casa y el grupo familiar reunido realizaba su propia instalación del “Nacimiento de Jesús”, de acuerdo a las costumbres y tradiciones; la Navidad en el Volga tenía la virtud de reunir lo más excelso del espíritu cristiano –el nacimiento del Salvador- con lo temporal , expuesto en la fiesta misma, en los regalos para premiar el comportamiento de los niños, la exhibición de los mejor de la casa y el lucimiento de la vestimenta, zapatos, sombreros, etc. Navidad significaba la fecha cumbre y divisoria del año, antes y después de Navidad.

La celebración de la Navidad en los pueblos alemanes de antaño, en Argentina

La fiesta comenzaba a medianoche con la Misa de Gallo (Mette, en dialecto), por supuesto, sin la clásica comilona moderna, ya que por ese tiempo la Iglesia era mucho más rigurosa y señalaba la víspera de Navidad con ayuno y abstinencia, que era cumplida rigurosamente por todos los habitantes de las colonias –recuerda el Padre Brendel.
En la oscuridad aparecía la iglesia rodeada de farolitos chinescos encendidos, que llenaba el ambiente de alegría, y allí, en la media luz de las velas y lámparas de kerosén, se cantaban los cánticos consagrados y comulgaba toda la población.
El tiempo anterior a la misa nocturna tenía su complemento propio –prosigue en sus memorias el Padre Brendel. Llegaba el Chriskindle (el Niño Dios), simbolizado por alguna muchacha vestida de hada y sacudiendo a falta de campanillas un cencerro campero y penetrando en los ya prevenidos hogares. La dulce figura impresionaba hondamente a los pequeños; pero la cosas cambiaban cuando repentinamente irrumpía en la habitación el Pelznickel (Nicolás el velludo), representación del demonio –al decir del Padre Brendel- molesto por el advenimiento del Salvador, quien envuelto en pieles y arrastrando una cadena de las de tiro, acusaba de faltas previamente conocidas, a los pequeños, los que eran defendidos por el hada navideña y arrojado el Pelznickel, quien se iba entre rugidos y golpes de cadena. La escena terminaba con reparto de golosinas que consolaban a los infantes del rato del Pelznickel.
Y así, por las calles de las colonias, llegaba el Christkindle, acompañado por un farol a kerosén, y a una media cuadra detrás, escandalizando a toda la comunidad con sus rebuznos golpes de cadena, venía el Pelznickel… sudando bajo un sobretodo del tiempo de la arada, lleno de lana y peletería.

Stollen, el pan dulce alemán (historia y receta)

 El Stollen, también llamado Christollen, Weihnachtsstollen o Striezel es un pan dulce típico alemán. Por su forma debe recordar al niño Jesús recién nacido envuelto en pañales. Por eso su capa externa de azúcar glaseada.

Los orígenes del Stollen se remontan muy atrás en la larga tradición de la cocina alemana. Por eso no es de sorprender que la primera mención que se hace de este pan dulce en un documento escrito date del año 1329, en Naumburgo, a orilla del Saale, como un regalo ofrecido a un obispo. Claro que, por aquel entonces, era un pan mucho más liviano, ideal para los ayunos de adviento.
Recordemos que, por aquellos años, las tradiciones católicas no permitían la ingesta de leche y de manteca durante los períodos de ayuno. Por eso es que la masa de los primeros Stollen sólo podía ser elaborada con ingredientes sencillos, como agua, avena y aceite de nabos.
Esta forma de elaboración primitiva desagradaba profundamente a los nobles de la época debido a su sabor austero, por lo que en 1440 rogaron al príncipe Ernesto de Sajonia y a su hermano, el duque Alberto, que intercediera ante el Papa Nicolás V para que fuera posible incluir la manteca en la receta del Stollen. Pero el Papa rechazó rotundamente la petición.
El primer Papa que permitió por fin incluir este alimento en el ayuno de Adviento fue Inocencio VIII que en 1491 escribió una carta autorizando su uso, que fue llamada “Carta de la manteca” ( Butterbrief), poniendo como condición que se sustituyera el aceite por la manteca. La Butterbrief tenía aún algunas exigencias más insólitas: cada vez que se elaboraba un Stollen, debería pagarse una cantidad a la Iglesia para construir la catedral de Freiberg. La Butterbrief también establecía en sus comienzos que sólo los nobles y algunos de sus allegados podían probar este pan dulce, pero no pudieron impedir que pronto se extendiera al pueblo este permiso.

La influencia de Dresden

La tradición oral cuenta que un pastelero de la corte ( Hofbäcker) llamado Heinrich Drasdo en Torgau ( Sajonia) fue el primero en añadir frutos secos a la fórmula porque lo encontraba demasiado sencillo para ser un pan dulce navideño. Y así se “enriqueció” hasta llegar a la forma conocida en la actualidad, y al mismo tiempo el Dresden Stollen fue conocido primero en Sajonia y posteriormente en toda Alemania.
Como dato adicional podemos agregar que existen varias variantes de Stollen, como por ejemplo, entre muchos otros tipos, el MandelStollen ( de almendras), ButterStollen ( de manteca), MarzipanStollen ( de mazapán), MohnStollen ( de semilla de amapola), Nuss-Stollen ( de nueces).
Obviamente que el Stollen clásico sigue siendo el DresdenStollen. La tradición dice que tras haber sido cocinado en el horno, el Stollen debe reposar tres semanas en un sitio fresco, para que las frutas vayan dando el aroma y el sabor por su interior.

Y como broche final, a continuación la receta de un Stollen alemán :

Ingredientes:
1 kilo de harina de trigo
80 grs de levadura fresca
1 pizca de azúcar blanca
1 cucharada de leche tibia
250 grs de manteca
200 grs de pasas de uva
100 grs de almendras peladas y picadas
100 grs de cáscara de limón cristalizada
100 grs de cáscara de naranja cristalizada
Media cucharadita de sal
200 grs de azúcar blanca
2 yemas de huevo
2 cucharadas de manteca derretida
Azúcar impalpable para espolvorear

Preparación:
Colocar la harina en un tazón grande y deshacer la levadura encima. Espolvorear con la pizca de azúcar y agregar la cucharada de leche tibia. Tapar y dejar reposar durante una hora en un lugar tibio.
Calentar 375 ml de leche con 250 gras de manteca hasta que esta última se haya derretido. Verter dentro del tazón con la harina y la levadura, y agregar las almendras, las cáscaras cristalizadas, la sal, el azúcar y las yemas. Mezclar con las manos hasta formar una masa suave, después incorporar las pasas de uva. Volver a cubrir el tazón y dejar reposar en un lugar tibio durante otra hora o hasta que la masa haya duplicado su volumen.
Darle una forma alargada y colocar sobre una placa para llevar al horno.
Hornear en horno precalentado a 190° entre 45 a 60 minutos.
Retirar del horno y barnizar con dos cucharadas de manteca derretida.
Espolvorear con azúcar impalpable mientras aún está caliente.

martes, 8 de noviembre de 2022

La infancia de don Federico, que asistió a la escuela primaria en sulky

Cuando era niño iba a la escuela en sulky con mis tres hermanos. La escuela quedaba a diez kilómetros, aproximadamente. Durante el invierno mamá nos cubría las piernas con una gruesa manta para protegernos de las frías heladas. En la cabeza usábamos gorros de lana y guantes en las manos, todo tejido por ella, durante las noches, a la luz de un farol a kerosen -cuenta don Federico.

En la escuela había una única maestra, que cubría todos los cargos. Era directora, secretaria y maestra de aula. Todos los grados estaban en un mismo salón. Vivía en la escuela. Llegaba los lunes a la mañana temprano desde la ciudad y se marchaba los viernes a la tarde.
Muchos alumnos desayunaban en la escuela, porque venían desde muy lejos, algunos hasta de quince kilómetros. Por eso, muchos no cursaban más allá de segundo o tercer grado. Nuestros padres nos hacían abandonar a causa del intenso frío que debíamos soportar y también, porque nos necesitaban para trabajar en el campo o en la casa, en la huerta familiar, sobre todo durante la arada, siembra y cosecha de maíz y girasol, que se prolongaban durante varios meses -recuerda don Federico.
Antes de salir rumbo a la escuela teníamos que ayudar en el ordeñe de las vacas lecheras, que eran muchas. Allí colaboraba toda la familia, desde los hijos más pequeños hasta las personas más grandes que habitaban en la casa, como mis tíos y abuelos. Todos tenían que aportar en la manutención del hogar. Éramos once hermanos. Era una época muy difícil. La pobreza era muy grande. Mis padres criaban todo tipo de animales domésticos para vender. Desde gallinas hasta lechones. Pero nada era suficiente -afirma.
A los nueve años ya dejé la escuela y me fui a trabajar con mi hermano. Lo ayudaba en la crianza de animales en una estancia enorme en la que trabajaba. Él tenía dieciséis años. El trabajo era muchísimo. Salíamos al campo a las cuatro de la mañana y regresábamos al anochecer. Almorzábamos un churrasco en medio del campo, a la sombra de un árbol, cuando había.
Después la vida hizo lo suyo. La escuela fue quedando atrás, muy lejos, en el recuerdo, al igual que mis padres y mis hermanos -concluye don Federico. Más historias en los libros "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga" y "La infancia de los alemanes del Volga", que se envían a todo el país por correo.

viernes, 4 de noviembre de 2022

Ya salió la 16° edición del libro de gastronomía alemana de Julio César Melchior: “Debe haber libros de mi autoría en lugares inimaginables”

El escritor Julio César Melchior publicó una nueva edición del libro de gastronomía de los alemanes del Volga: “En su 16° edición, el libro marcha muy bien y estoy muy contento” confirmó en el aire de La Nueva Radio Suárez, donde dio detalles de la repercusión y objetivos del escrito.

Contó el escritor que, si bien marcha muy bien la recepción, se hace cuesta arriba el costeo desde lo económico, aunque sobre el contenido refirió: “La elaboración de licores, quesos, encurtidos y un montón de otras cosas es lo que hace que este libro sea tan deseado” dijo, opinando que “obtiene cada vez más fuerza porque se va transpolando a otras culturas”.
En ese punto, consultado al respecto, Melchior reafirmó que sus expectativas se renuevan anhelando que su libro llegue a otras latitudes: “Hace algunos meses, lanzamos una edición en inglés que también marcha muy bien” dijo, señalando que Canadá y Estados Unidos, además de Australia e Inglaterra, son algunos de los países a los que más libros viajaron.
“Ha recorrido prácticamente el mundo. Debe haber libros de mi autoría en lugares inimaginables” dijo, reconociendo el poder del boca en boca, además de la difusión de relevancia que dan las redes sociales.
Por otro lado, anticipó que está trabajando en otro proyecto vinculado también a los alemanes del Volga, aunque hay uno que puede llegar a conocerse más pronto, pero sobre el que no anticipó nada más que no tiene que ver con esa cultura: “Fue escrito en la época más cruda de la pandemia, pero lo presté para que lean y todos me insistieron para que lo publicara” señaló, marcando que tiene que ver con poesía: “Es una apuesta fuerte” describió, dejando ver que “a algunos los va a sorprender, porque no tiene que ver con la forma en que suelo escribir”.
Además, contó el escritor que su interés en continuar dictando las charlas que ofrecía previo a la pandemia continúa tan intenso como antes, y si bien marcó que, primero, debe tomar un tiempo para resolver problemas personales, su idea es poder volver al ruedo.
Mientras tanto, su libro continúa siendo un puente para transpolar las costumbres y culturas de los alemanes del Volga: “Siempre quise generar interés de ser leído en alguien que no tiene nada que ver con las Colonias” dijo, opinando que, finalmente, lo logró.

lunes, 31 de octubre de 2022

Ir a la escuela en sulky

El sulky es un pequeño carruaje, por lo general para dos pasajeros, que se utilizaba como una forma de transporte rural, ponderado por su sencilla construcción, escaso peso, de dos ruedas grandes, y tirado por un sólo caballo.
"Versátil, fuerte, liviano, de costo accesible y relativamente cómodo, sirvió tanto para afrontar un largo viaje como para llevar cada día los chicos a la escuela. Su único motor era un caballo, por lo general un animal de silla, que por su mansedumbre había sido iniciado en el arte del buen tiraje con el mismo sulky. -cuenta Alberto Martín Labiano.
Muchos niños alemanes del Volga asistieron a la escuela transportados por un sulky, mientras sus padres trabajaban de puesteros o peones en un establecimiento rural solitario, ubicado en algún lugar perdido en la inmensa pampa argentina. Viajaban con las piernas protegidas con una gruesa manta a causa de las heladas, durante los crudos inviernos, y las cabezas cubiertas con una lona, fabricada con arpillera o algún otro material sobrante de la chacra, para guarecerse de la lluvia, durante los trayectos que solían representar varias leguas, entre la ida y el regreso.
Motivo por el cual muchos de aquellos niños, sobre todo las niñas, no cursaron más allá de segundo o tercer grado. Como mi abuela y sus hermanos, que recuerdan que su madre dejó de enviarlos a clase porque sentía mucha pena verlos regresar de la escuela ateridos de frío, las manos y las orejas coloradas, casi violáceas.
Son historias cotidianas que pueden leerse en mis libros "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga" y "La infancia de los alemanes del Volga".
Asimismo el sulky era utilizado para otros menesteres, sostiene Alfonso Millenpeier.
Rememora que "se usaba para realizar las compras en los pueblos o en la estación de trenes, en las grandes cooperativas y los almacenes de ramos generales, también para ir de visita los domingos, cuando las familias que trabajaban cerca, los esperaban con una fuente llena de girasoles recién tostados en la cocina a leña, mate y Dünnekuchen".
Seguramente muchos de mis lectores atesoran sus propias vivencias, imágenes y recuerdos ligados a este noble transporte.

Ordeñar las vacas en los crudos inviernos

 La mayoría de las familias alemanas del Volga nacieron, crecieron y desarrollaron sus vidas en el campo. Como mi abuela Ana, que nació en un puesto de una extensa estancia, en el sur de la provincia de Buenos Aires, donde nació y se crió, junto a sus padres. El puesto era una casa de adobe, con una cocina y dos dormitorios con piso de tierra, un Nuschnick alejado de la vivienda, un molino, un tanque y un pequeño monte de eucaliptus que los proveía de leña para la cocina a leña, que utilizaban para cocinar, tanto en invierno como en verano, sin importar el calor.
El patrón, que residía en la ciudad, y solo se aparecía por el lugar para pagar el sueldo del padre de familia, les permitía criar algunas vacas, tener un gallinero y algunos animales domésticos para vender.
El peón debía ocuparse de todas las tareas rurales y su esposa ser su ayudante, por más que nadie se acordará de ella para pagarle un sueldo por aquellos años. Sobre las espaldas de ambos cargaban todas las responsabilidades que había que realizar para mantener el establecimiento produciendo. Absolutamente todas. Y una tarea más ardua que la otra.
Como ordeñar las vacas. Que eran muchas. Levantarse a la madrugada en compañía de los niños, varones y mujeres. Frías madrugadas de invierno, con el suelo y el agua escarchados. Las manos, las caras y las orejas moradas. Los dientes tiritando. Los pies chapoteando en el lodo. Ordeñando desde las tres o cuatro de la madrugada para terminar alrededor de las ocho, cuando pasaba el recolector de los grandes tarros de leche para llevarlos a los pueblos y la fábrica más cercana.

lunes, 24 de octubre de 2022

Desde hoy está disponible la 16ta. edición del libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior

El libro, que ya es un ícono en lo que hace al rescate, la revalorización y la difusión de la historia y cultura de los descendientes de alemanes del Volga, conjuntamente con otros dos libros del autor, "La vida privada de la mujer alemana del Volga" y "La infancia de los alemanes del Volga", sale a la venta con decenas de ejemplares reservados
desde hace semanas, camino a volver a repetir el mismo éxito de siempre y agotarse en muy poco tiempo, luego de haber sido lanzada, hace apenas dos meses, una edición en inglés.

El libro es el resultado de un minucioso trabajo de investigación de cinco largos años, en que el escritor recopiló más de 150 recetas tradicionales que forman parte del legado gastronómico de los descendientes de alemanes del Volga desde hace siglos, quizá milenios, ya que los orígenes de algunos platos se pierden más allá de la Edad Media.
La obra contiene fotografías a color de las comidas más emblemáticas mostrando el paso a paso de su elaboración, como los Wickelnudel, Maulatsche, Varenik, Dünnekuche, Kreppel, Strudel, Füllsen y panes caseros, entre otras.
Son diez capítulos de comidas caseras, panes, dulces y salados, panes dulces de Navidad, dulces de frutas y verduras, mermeladas, encurtidos, conservas, cervezas, licores, guindados, quesos… y 150 recetas tradicionales más.
El libro se puede adquirir desde cualquier lugar del país por correo y en Coronel Suárez en librerías. También comunicándose al WhatsApp 01122977044 o enviando un correo electrónico a juliomelchior@hotmail.com.
Una oportunidad imperdible de tener en sus manos este libro que rescata la mayoría de las recetas de las abuelas y abuelos alemanes del Volga.