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miércoles, 13 de abril de 2011

Los chorizos del cura

El sacerdote observó con satisfacción y deleite la gran cantidad de chorizos que la comunidad le había acercado como primicias de la carneada que los colonos habían realizado durante los últimos días y que colgaban en hilera en el techo del galpón construido al lado de la casa parroquial.
Pero el orgullo se desvaneció rápidamente, cuando con el correr de las jornadas notó que los embutidos comenzaban a desaparecer de los travesaños del techo donde colgaban.
Puesto a investigar y vigilar desde las tinieblas de las horas más tempranas del amanecer y oscuras del anochecer, descubrió al osado personaje que se atrevía a violar sus sagradas posesiones que, según su creencia personal, contaban con la protección divina y todo aquel que se atrevía a tomar aunque sea un solo embutido, por más hambre que tuviera, estaba cometiendo una de las violaciones más ultrajantes contra la fe cristiana: le robaba el alimento al representante de Dios sobre la tierra, lo que significaba –según la sabiduría del cura- hurtarle el sustento a Dios. Situación que se complicaba porque el autor de la audaz fechoría era el sacristán. A quien la parroquia abonaba tres pesos para cumplir con las tareas de servir durante los servicios litúrgicos y mantener limpia y en orden la iglesia. Dinero que, sin embargo, no le alcanzaba al pobre hombre para sobrevivir con su familia. Pero este razonamiento ni se le cruzaba por la cabeza al humillado sacerdote: el sacristán era culpable y merecía un escarmiento y él se encargaría de dárselo. No ahora, claro que no, sería demasiado sencillo. No. Actuaría con sutileza, acorde con su inteligencia. No por nada todos los feligreses acudían a él cuando algún problema ocurría en la pequeña localidad. Lo tenía decidido: lo haría declararse culpable en los próximos días cuando todos debían confesarse, porque era obligación cristiana de la colonia concurrir al confesionario y sentarse frente al religioso para contarle los pecados cometidos y solicitarle el perdón, una vez al mes.
Con paciencia monacal, aunque a veces perturbada por la desagradable incertidumbre de tener que observar como sus chorizos desaparecían por las noches, el sacerdote esperó el día de la confesión.
Las personas se fueron confesando una a una hasta que llegó el turno del sacristán que, pese a la avidez del representante de Dios sobre la tierra por conocer los pecados que el hombre iba a contar, concluyó de referirlos sin hacer mención al robo de los chorizos.
-¿Es todo?, preguntó el cura.
-¡Sí!, respondió el sacristán.
-¿Estás totalmente seguro que es todo?, volvió a interrogar el cura.
-¡Sí!, completamente.
El sacerdote, no pudiendo creer que alguien se atreviera a mentirle y lo que aún consideraba más grave, callarse un pecado que consideraba mortal, decidió preguntarle:
-¿Quién se roba los chorizos del cura?
-No le escucho, Padre, adujo el sacristán.
El sacerdote repitió la pregunta.
A lo que el sacristán volvió a excusarse pretextando que no lo escuchaba.
-¡Pero cómo puede ser!, -estalló el párroco-, si yo te escucho perfectamente de este lado del confesionario. Hagamos un cambio –propuso-, sentate vos en mi lugar que yo ocuparé el tuyo.
Así lo hicieron.
El sacristán se sentó dentro del confesionario y al comprobar que el cura ya se había arrodillado cómodamente en el lugar que él ocupara previamente, le preguntó:
-¿Quién se acuesta con la mujer del sacristán cuando el sacristán no está en casa?
-¡Tenés razón!, -respondió nervioso el cura-, de este lado no se oye nada, dando por concluida la confesión y perdonados todos los pecados del sacristán.

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