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sábado, 17 de septiembre de 2011

Hans-Peter, el indomable


Hans-Peter era un viejo cascarrabias. Protestón y de pocas pulgas. Solterón, vivía en una casa de adobe que en cualquier momento podía caerle encima. Pero no le importaba. Dormía con la puerta abierta porque era imposible cerrarla y porque compadreaba que no le tenía miedo a nada y a nadie.
Boca sucia como pocos. Borracho como muchos. Vivía de pelea en pelea, repartiendo y recibiendo palizas. Hasta que una noche de copas, un negro grandote, le lavó la boca de insultos y le curó las ganas de emborracharse para toda la vida.
Desde ese momento fue otro. La humillación modificó sus hábitos. Comenzó a asistir a misa. Se hizo amigo del cura. Se alejó de los bares y se acercó al club. Frecuentó los bailes y a los sesenta se casó con una viuda. La viuda terminó de amansarlo por completo. Lo hizo trabajar en la chacra y en la cama. Y veinte años después, a los ochenta, Hans-Peter, murió feliz en la gracia de Dios y seguramente  fue al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre.

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