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miércoles, 11 de enero de 2012

La mujer alemana del Volga de “clase alta”

La mujer no sólo se encarga de la economía doméstica, sino que también dirige la educación de sus hijos. Les brinda una educación esmerada y en su propia casa, según la tradición, elige y vigila a los sucesivos maestros particulares de las niños o la escuela a la que han de concurrir, les enseña todas las artes de su posición social, y, por supuesto, dispone todas sus salidas, al almacén, a ver a la familia, a la iglesia, más el paseo familiar de los domingos.
De hecho, vive frecuentes momentos de intimidad con sus hijos en el ámbito familiar, sin descuidar el orden constante del hogar; ya que todo el problema de la vida doméstica consiste en delimitar las libertades y aislamientos posibles.
Si se lee la correspondencia de la época o se presta atención a los relatos que de las personas ancianas que rememoran tanto los tiempos remotos vividos en el bajo Volga, en Rusia como en las colonias en la Argentina, se tiene la impresión de que las mujeres de fortuna disponían de márgenes de maniobra más amplios que las de posición humilde, lo cual les permitía en ocasiones librarse de las imposiciones del papel que se les asignaba. Por ejemplo,  según la costumbre es la mujer quien elige a sus sirvientas. En el nivel social acaudalado es ella la que escoge a sus criadas a quienes exige ser bien parecidas y solteras, a condición de controlar exactamente lo que gastan y de no dejarles demasiado en el bolsillo. Naturalmente, es derecho de la mujer corregirles en el ámbito privado: “acechar” a su sirvienta desleal para obligarla a confesar y para hacer que restituya lo que ha robado. Bien es verdad, también, que dirige su trabajo y vive con ellas en un ambiente de familiaridad que puede llegar a la complicidad.