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sábado, 14 de enero de 2012

Una historia escalofriante que esperamos jamás se repita


La luz mortecina de la madrugada difuminaba los rostros haciéndolos desaparecer en las sombras. No se distinguían facciones ni rasgos personales de carácter. Apenas si el perfil de una nariz, el abrir de las bocas ocupadas en oxigenar los ahogados cuerpos. Dos cuerpos, sombras diluidas en las sobras de la noche que no terminaba de marcharse y el día que no culminaba de llegar, que se movían cerca de unos ligustros jamás podados de un baldío. Ambos cavaban. Con celeridad. Nerviosos. Los músculos tensos, crispados y sudorosos de frío y miedo.
Eran dos hombres. Uno vestido de paisano y el otro de traje y corbata. Ninguno de los dos hablaba. Sólo estaban concentrados en hacer el pozo. “¿Para qué? ¿Qué secreto tan misterioso podía unir a dos hombres socialmente tan dispares, a juzgar por sus ropas, para cavar un hoyo en la madrugada?”, se preguntó la vecina que los espiaba desde detrás del parral del corredor de su casa.
Los hombres continuaban hundiendo la pala, sacando tierra hasta quedar exhaustos. La respiración de ambos rasgaba el silencio como el aleteo de dos vampiros que ven próximos el amanecer y con él la muerte. Ese rumor de ultratumba encoge el corazón de la vecina que, medrosa, se persigna. Piensa en un crimen. Idea que deshecha enseguida, cuando el hombre de traje arroja un bulto del tamaño de un pequeño zapallo dentro del hoyo. “¡Son ladrones!”, deduce. “Le robaron a alguien y esconden el dinero... o las joyas”, reflexiona, imaginando que robaron en el almacén de ramos generales cuyo propietario se jactaba cotidianamente de los rico que es... o en la iglesia, piensa después: los cálices son de oro... La vecina vuelve a persignarse.
Los hombres sepultan el bulto. “¡Listo!”, exclama como una orden, seca y amarga, el muchacho vestido de traje que parece oficiar de jefe. “Vamos, se hace tarde. Ya amanece”, agrega, señalando hacia el horizonte. Y así es. Ambos desaparecen diluyendo sus cuerpos entre las sombras que proyectan los ligustros.
La vecina vacila. Despacio, muy lentamente, retorna a la cocina. “¿Qué habrán enterrado allí?”, se pregunta mientras se sienta a deliberar qué hacer pero, por sobre todas las cosas, qué camino seguir para saber lo que esos dos hombres escondieron. ¿Llamar a la policía? ¿Desenterrar ella misma el bulto? La curiosidad le aguijonea el alma como una abeja en el paroxismo de la excitación frente a una flor inimaginablemente dulce.
A la diez de la mañana ya no soportó más. La curiosidad la empujó al puesto de vigilancia de la colonia, donde un policía apenas despabilado (la noche de timba había sido demasiado larga) tomó nota de la declaración. A las doce del mediodía dos agentes se hicieron presentes en el lugar donde la vecina les indicó. Observaron el sitio; realizaron breves comentarios sobre la tierra recién removida; intercambiaron opiniones; reflexionaron;  hasta que, por fin, luego de una espera demasiado larga, según estimaba la vecina, tomaron una decisión: ver si allí había algo enterrado.
Mandaron a la vecina a buscar una pala. Ambos adujeron que ninguno podía dejar el lugar en tanto y en cuanto no se resolviera el misterio. El menor de los agentes desenterró el “tesoro”: un bulto envuelto en una sábana ensangrentada. La vecina gritó. Uno de los policías la tomó del brazo furioso, haciéndola callar. El otro desenvolvió el paquete. Al quedar expuesto el contenido, la vecina se desmayo. Entre los pliegues del trapo asomó el cuerpo sin vida de una criatura bañada en sangre y placenta.
El misterio nunca fue develado. Tampoco nadie de la colonia se enteró de lo ocurrido esa noche ni ese mediodía. Los policías, todavía demasiado jóvenes, volvieron a enterrar el recién nacido so pretexto de “no querer líos con el comisario y menos con el juez”. Opinión que compartió la vecina. “¡Además... no hay nada que se pueda hacer por este pobre angelito”, justificó la mujer, temiendo que los policías se arrepintieran. Ella no quería que el caso se supiera porque temía que los dos hombres que enterraron el recién regresaran para degollarla. En su mente febril, ya se veía descuartizada, tirada en la cama, inundada en sangre, con la cabeza colgando del pescuezo.
Nunca se supo nada del asunto hasta hoy, en que el único sobreviviente de los policías, se animó a relatar el hecho, en la convicción y seguridad que ninguno de los dos hombres que enterraron el recién nacido, aquella lejana noche de 1949, vive.