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sábado, 9 de junio de 2012

¡Y todo por diez vacas locas!


Los grises del atardecer alargaban las sombras, diluyendo las formas, borrando los contornos, amortajando el horizonte de sedas violáceas: sudario de nubes cubriendo el sol que agonizaba en la lejanía del horizonte.
Weis  Mary observando el prodigio miraba asociándolo con escenas vividas en los últimos días: acontecimientos signados por la tragedia que habían sumergido su alma –y con ella su existencia; su ahora incierto futuro- en un caos.
En la mente se reproducía sin orden ni contexto fiel de espacio-tiempo, el dramático instante en que acaeció el fallecimiento de su esposo, el velorio –tan doloroso-,  y el entierro de sus restos –otra tragedia tremendamente desgarradora y apocalíptica. Aún no comprendía, habiendo transcurrido una semana ya, de dónde había sacado tanto valor para soportar tanta desazón.
Pero la vida siempre continuaba. Siempre continúa. Pese al dolor... ¡pese a todo! Incluso, a la muerte misma.
Vestida completamente de luto, lo que, según la costumbre, significaba estar ataviada de negro de pies a cabeza, se retiró de la ventana, desentendiéndose del horizonte y su hechizo.
Suspiró profundamente y sentó, acongojada, junto a la cocina a leña. Era invierno y hacía frío. Un frío tan intenso que le parecía helaba también el alma.
El hondo silencio se deshizo bruscamente con la llegada de su cuñado que ingresó a la vivienda sin preámbulos: apenas golpeando la puerta y sin esperar que le abrieran o le permitieran ingresar, sentándose a la mesa, enfrente de la anciana. Quizás los ruidos que producía no eran excesivos, tampoco grosera la actitud, pero en el marco de casi beática serenidad en que se desarrollaban, semejaban un cataclismo.
Luego de un breve, difícil y tenso intercambio de palabras, la conversación ancló en el tema central de la reunión: las diez vacas que el cuñado debía restituirle. Diez cabezas de ganado que Weiss  Mary y su marido en alguna ocasión criaron en una estancia donde hacía dos tres años trabajaron y, habiendo sido despedidos, y no teniendo lugar donde conservarlas y alimentarlas, habían, acuerdo mediante, trasladado a los campos de su cuñado, quien se responsabilizó de las mismas. Fallecido el marido, ésta creyó oportuno venderlas para hacerse de dinero en efectivo para pagar unas deudas, entre ellas, las que ocasionó el funeral.
Con una mirada penetrante, pretendiendo dar a entender que no aceptaría ningún comentario ni queja, el cuñado explicó de manera autoritaria y elocuente:
-Gott,  Mary, todas las vacas murieron a causa de una peste!
-¡¿Las diez?!, exclamó Weiss  Mary sorprendida mientras sentía en el pecho que una amarga sensación de dolor e impotencia le oprimía el corazón.
Su cuñado permaneció impávido, mirándola fijamente. Apenas si pestañó.
-Bueno, ¡está bien!, alcanzó a murmurar Weiss  Mary con voz trémula, próxima al llanto. E invocando el conjuro de un deseo, surgido desde lo más profundo de su ser, balbuceó: ¡Con ese dinero obtenido con la venta de las vacas podés comprarte hoy o mañana tu ataúd! Al tiempo que le acercó la mano cerrada a la cara de su cuñado, con el dedo pulgar entre los dedos índice y medio.
Afuera había oscurecido. La noche anunciaba una tormenta que ya se vislumbraba en el horizonte, donde se dibujaban intermitentemente los espectrales garabatos de algún que otro rayo.
Dentro de la casa, Weiss Mary y su cuñado se despedían fríamente, sin mediar palabra.
Desde ese momento, la anciana consideraría a su cuñado fallecido el mismo día que su esposo. Nunca más volverían a hablarse... ¡y todo por diez vacas locas!