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lunes, 27 de agosto de 2012

Historia real: El niño muerto


La anciana reza en silencio. Las manos dejan correr las cuentas del rosario. La mirada fija en Jesucristo, que la observa desde la cruz, en el altar de la iglesia de la colonia. La colonia, cuyos habitantes, también asisten a la misa de cuerpo presente del nieto. La iglesia está llena. Toda la comunidad está conmocionada y compungida por la muerte del niño y la manera trágica en que se produjo: un caballo lo mató de una patada en la frente.
El sacerdote también está conmovido, levanta los ojos al cielo, ora a Dios por el alma del pequeño difunto, y al bajarlos posa la vista en los rostros de la multitud que desborda la iglesia, y ve caras curtidas por el trabajo y el sacrificio impotentes ante la fatalidad del destino, tristes, profundamente tristes, y su corazón se contrae en un impulso de angustia que lo ahoga. Permanece mudo. La boca seca. Las palabras atragantadas. Una lágrima rueda por la mejilla. El féretro del niño lanza destellos de estrellas a la luz de las velas. La colonia está de luto. El cura logra continuar. Su voz es un débil murmullo. Las almas estás unidas por un mismo dolor.
El responso concluye. Los hombres toman el ataúd de las manijas. La madre cae en llanto desgarrador. Comienza la procesión al cementerio. Una cruz con el nombre del niño, varios estandartes, y el sacerdote van detrás. Cae una llovizna tenue. Moja los rostros y el cuerpo. Confunde en un abrazo lluvia y lágrimas. La procesión se desplaza lenta, al paso que impune el cura. Llegan al cementerio. Ingresan. Depositan el pequeño cajón en la fosa no menos pequeña. El sacerdote hace lo que la Iglesia y Dios le mandan. El sepulturero tira palabras de tierra sobre el cuerpo del niño. Lo sepulta. La multitud canta el Schiksal. La madre cae en un desmayo. Los familiares la socorren. La reaniman. Pero ella ya no desea vivir. Terminada la ceremonia tiran agua bendita sobre la tumba fresca en la que colocaron coronas de flores con leyendas como “Mamá y papá”.  Nadie quiere ser el primero en dejar el lugar. La madre no quiere irse, desea ser enterrada con su niño, con su pobre bebé que ahora yace bajo tierra para siempre. Solo. Muy solo.