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viernes, 19 de abril de 2013

Recuerdos de escuela primaria


Para los que están, para los que se fueron, para los que regresaron, para los que se fueron y ya no pudieron regresar; para los que murieron antes de concretar sus sueños, para los que lo logaron, para los que lo intentaron y no pudieron; para los que son felices, para lo que lo fueron y ya no lo son, para los que esperan serlo; para los niños, los jóvenes, los adultos, los ancianos; para los que llevan grabados en el alma (y los recuerdan con cariño) sus años de estudio en las escuelas de las colonias, para los que los olvidaron y los desean recordar. Para todos ellos está página.
Las puertas están abiertas de par en par, sólo es cuestión de animarse e ingresar y leer. Las manos están tendidas y el corazón abierto.  Sean bienvenidos para recordar a las Hermanas religiosas, docentes, ex docentes, alumnos, ex alumnos, colaboradores, padres, amigos…

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Ángeles de guardapolvo blanco

Uno crece. Los años transcurren. La vida nos golpea, nos enseña. Se da cuenta que todo pasa por algo. Va acumulando experiencias. Tal vez forma pareja, tiene hijos… Logra concretar sueños, objetivos… A veces se siente triste; otras plenamente feliz. Y sin embargo, nunca olvida lo que vivió en su niñez y en sus años de escuela primaria. Más aún, con el paso del tiempo, estos recuerdos parecen reforzar su legado: por las enseñanzas que nos dejaron esos años, por las maestras que nos enseñaron no solamente a sumar y restar y dividir y escribir, sino también porque nos enseñaron lo que está bien y lo que está mal. Esas maestras que educaron con el ejemplo. Y forjaron nuestro espíritu. Nos hicieron comprender que ser mujeres y hombres de bien era lo que debía ser. Y se hicieron nuestras amigas, nuestras compinches… porque nos comprendían, nos entendían… porque sabían cómo pensábamos, cómo sentíamos… porque sabían de nuestra idiosincrasia particular de ser de las colonias alemanas… porque eran madres antes que nada… y porque eran ángeles de guardapolvo blanco.

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Los libros de lectura

No sé por qué uno olvida los títulos de ciertos libros de lectura que usa en la escuela y por qué a otros los recuerda con tanto afecto y ternura. Pero esta mañana me dio cierta añoranza al rememorar mis libros de lectura. Esos libros que antaño pasaban de hermano en hermano y luego continuaban acompañando a los primos, amigos, etc. Eran libros eternos. Los cuidábamos porque tenían que perdurar varios años.
El que más recuerdo, diría que puedo repetir de memoria todas las páginas, incluyendo las imágenes, es “Flores y espigas”, el libro que utilicé en cuarto grado. No tenía una sola fotografía, como los libros de ahora, pero tenía unos dibujos que transmitían, al menos a mí, cierta dosis de melancolía, con sus trazos y sus colores apagados, entre mezcla de nostalgia de un mundo perdido y un mañana todavía lejano.
Lo llevé durante muchos años conmigo hasta que en una de las tantas mudanzas se perdió en el ayer de mi niñez.
¡Cuánto daría por volver a ojear uno y ver surgir ante mis ojos los recuerdos de un tiempo que ya no regresará como no regresarán los sueños que soñaba mientras lo leía sentado en mi pupitre del aula de cuarto grado!

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Mi primer amor

Risas y llantos. Alegrías y tristezas. Arrullos del alma que acunan el recuerdo de mis años de estudiante. Un pupitre de tercer grado y dos iniciales grabadas: el primer amor. El primer suspiro, la primera lágrima y una espera interminable de algo que todavía no sabemos qué es.
Los años pasaron. Transcurrió la vida. Soñamos. Trabajamos. Concretamos proyectos. Vivimos. Y hoy recordamos. No importan las distancias en tiempo, no importan los otros amores que llegaron después, quizás más importante y trascendentes, las dos iniciales en el pupitre seguramente perduran en algún lugar como en mi memoria, de manera perenne y sagrado.
Y ella, hoy mujer, nunca sabrá que un día la amé como sólo puede amar un niño de 8 años.

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Las docentes

En cada ex alumno sobrevive la imagen de una docente que nos guía en la vida y un cúmulo de remembranzas que nos dejó nuestro paso por la escuela. La docente nos ilumina el alma, y en momentos difíciles, todavía nos aconseja, con aquellos ejemplos y consejos que nos dio cuando éramos sus alumnos. Y las remembranzas brillan en nuestra memoria como un tesoro que nunca dejaremos en el olvido, porque forman parte de lo más importante que vivimos en nuestra humilde niñez de niños de la colonia. Porque la escuela fue nuestro hogar, nos instruyó pero también nos educó y nos formó como seres humanos. Nunca olvidemos esto. Y nunca olvidemos todo lo que le debemos a las docentes que tuvimos durante nuestro paso por la Escuela Parroquial.

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