Para los que están, para los que se fueron, para los que regresaron, para los que se fueron y ya no pudieron regresar; para los que murieron antes de concretar sus sueños, para los que lo logaron, para los que lo intentaron y no pudieron; para los que son felices, para lo que lo fueron y ya no lo son, para los que esperan serlo; para los niños, los jóvenes, los adultos, los ancianos; para los que llevan grabados en el alma (y los recuerdan con cariño) sus años de estudio en las escuelas de las colonias, para los que los olvidaron y los desean recordar. Para todos ellos está página.
Las puertas están abiertas de par en par, sólo es cuestión de animarse
e ingresar y leer. Las manos están tendidas y el corazón abierto. Sean bienvenidos para recordar a las Hermanas
religiosas, docentes, ex docentes, alumnos, ex alumnos, colaboradores, padres,
amigos…
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Ángeles
de guardapolvo blanco
Uno crece. Los años transcurren. La vida nos golpea, nos enseña. Se da
cuenta que todo pasa por algo. Va acumulando experiencias. Tal vez forma
pareja, tiene hijos… Logra concretar sueños, objetivos… A veces se siente
triste; otras plenamente feliz. Y sin embargo, nunca olvida lo que vivió en su
niñez y en sus años de escuela primaria. Más aún, con el paso del tiempo, estos
recuerdos parecen reforzar su legado: por las enseñanzas que nos dejaron esos
años, por las maestras que nos enseñaron no solamente a sumar y restar y
dividir y escribir, sino también porque nos enseñaron lo que está bien y lo que
está mal. Esas maestras que educaron con el ejemplo. Y forjaron nuestro
espíritu. Nos hicieron comprender que ser mujeres y hombres de bien era lo que
debía ser. Y se hicieron nuestras amigas, nuestras compinches… porque nos
comprendían, nos entendían… porque sabían cómo pensábamos, cómo sentíamos…
porque sabían de nuestra idiosincrasia particular de ser de las colonias
alemanas… porque eran madres antes que nada… y porque eran ángeles de
guardapolvo blanco.
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Los
libros de lectura
No sé por qué uno olvida los títulos de ciertos libros de lectura que
usa en la escuela y por qué a otros los recuerda con tanto afecto y ternura.
Pero esta mañana me dio cierta añoranza al rememorar mis libros de lectura.
Esos libros que antaño pasaban de hermano en hermano y luego continuaban
acompañando a los primos, amigos, etc. Eran libros eternos. Los cuidábamos
porque tenían que perdurar varios años.
El que más recuerdo, diría que puedo repetir de memoria todas las
páginas, incluyendo las imágenes, es “Flores y espigas”, el libro que utilicé
en cuarto grado. No tenía una sola fotografía, como los libros de ahora, pero
tenía unos dibujos que transmitían, al menos a mí, cierta dosis de melancolía,
con sus trazos y sus colores apagados, entre mezcla de nostalgia de un mundo
perdido y un mañana todavía lejano.
Lo llevé durante muchos años conmigo hasta que en una de las tantas
mudanzas se perdió en el ayer de mi niñez.
¡Cuánto daría por volver a ojear uno y ver surgir ante mis ojos los
recuerdos de un tiempo que ya no regresará como no regresarán los sueños que
soñaba mientras lo leía sentado en mi pupitre del aula de cuarto grado!
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Mi
primer amor
Risas y llantos. Alegrías y tristezas. Arrullos del alma que acunan el
recuerdo de mis años de estudiante. Un pupitre de tercer grado y dos iniciales
grabadas: el primer amor. El primer suspiro, la primera lágrima y una espera
interminable de algo que todavía no sabemos qué es.
Los años pasaron. Transcurrió la vida. Soñamos. Trabajamos. Concretamos
proyectos. Vivimos. Y hoy recordamos. No importan las distancias en tiempo, no
importan los otros amores que llegaron después, quizás más importante y
trascendentes, las dos iniciales en el pupitre seguramente perduran en algún
lugar como en mi memoria, de manera perenne y sagrado.
Y ella, hoy mujer, nunca sabrá que un día la amé como sólo puede amar
un niño de 8 años.
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Las docentes
llan en
nuestra memoria como un tesoro que nunca dejaremos en el olvido, porque forman
parte de lo más importante que vivimos en nuestra humilde niñez de niños de la
colonia. Porque la escuela fue nuestro hogar, nos instruyó pero también nos
educó y nos formó como seres humanos. Nunca olvidemos esto. Y nunca olvidemos
todo lo que le debemos a las docentes que tuvimos durante nuestro paso por la Escuela Parroquial.
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