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jueves, 18 de julio de 2013

Diálogo de dos abuelos en el geriátrico

-¡Carencias! –dijo-. ¡Eso es lo que tuvimos siempre! ¡Nos faltó de todo! El que niega que en nuestra infancia nos faltó de todo es un mentiroso –enfatizó-. No teníamos ni para comer. No teníamos suficiente comida –repitió-, no teníamos muestras de cariño, no teníamos juguetes de verdad, no teníamos razón jamás ni la oportunidad de abrir la boca. La palabra de papá era santa y no se ponía en duda nunca aunque después quedara demostrado que estaba equivocado. Nada fue sencillo en nuestra niñez. Ni un beso, ni uno solo, ¡carajo! ¿Es mucho pedir un beso, una muestra de ternura y compresión? ¡Éramos niños! Un beso en la mejilla era debilidad y un beso en la boca un asco. Mirar a un chica era pecado. Llorar por una golosina nos conducía al infierno donde nos esperaban las llamas eternas del diablo. Llorar por un juguete significaba recibir una paliza de la que no te olvidas en toda tu vida. ¡Por pretencioso y maricón! –remarcó-. Los hombres no lloran. Las mujeres tampoco. Había que ser fuerte y trabajar, ¡carajo!
-Pero éramos felices –protestó don Juan.
-Porque no conocíamos otra cosa. Éramos conformistas, que no es lo mismo. ¡Con – for – mis – tas! Eso es lo que éramos.
-No éramos conformistas. No nos quedábamos quietos viendo el tiempo pasar sin hacer nada. Todo lo contrario: éramos muy creativos. Fabricábamos nuestros propios juguetes.
-¿Con qué? O ya te olvidaste que lo hacíamos con desperdicios, con restos de porquería que dejaban a nuestro alcance nuestros mayores: madera, clavos, chapa, latas y otras basuras que no les servían a nadie. Jamás nos dieron algo de valor para jugar. No confiaban en nosotros. Esa es la realidad. No nos daban nada. Tenían miedo que lo rompiéramos. Todo estaba fuera de nuestro alcance. Desde lo material hasta lo afectivo. Era el colmo de la discriminación y la desdicha. Nos discriminaban de todos lados porque éramos niños. ¿O ocaso a vos te regalaron algo alguna vez o te hicieron una caricia, una demostración de afecto o ternura? ¿No es cierto que no?
-¡Eso es mentira! –gritó don Juan-. ¡Mis padres no me discriminaban!
-¿Mentira? ¿No te acordás que los niños molestaban en todos lados? ¡Los adultos no nos querían cerca! No nos dejaban participar absolutamente de nada. Ni siquiera de las reuniones familiares. ¿O te olvidás que cuando había visitas en casa nos recluían en otra habitación para que no escucháramos las conversaciones que mantenían? En las comidas tampoco se nos permitía participar del diálogo familiar. Si nos atrevíamos a decir algo, nos fulminaban con la mirada. Papá solamente era accesible para pegarnos si nos mandábamos una macana o una travesura fulera. Mamá hacía lo suyo para que no lo quisiéramos, repitiendo: “Ya vas a ver cuando se lo cuente a tu padre”. Y cuando venía papá, temblábamos de terror, suplicándole a Dios que mamá no le contara nada.
-¡Sos demasiado injusto! Sos un desagradecido. Un resentido –se enojó don Juan.
-¿Resentido? Describo la realidad. Nos castigaban por cualquier tontería. Todo era pecado. Por cualquier estupidez nos amenazaban con que íbamos a terminar ardiendo en el fuego eterno del infierno y con el castigo de Dios. Más que amar a Dios nos enseñaron a tenerle un miedo atroz. ¿O te olvidás el pánico que nos invadía cuando mamá nos decía: “Jesusito te va a castigar. Te van a clavar un clavo como a Él”. Y nosotros temblábamos cada vez que mirábamos la cruz. Encima nos decían que Dios estaba en todos lados y que veía cada cosa que hacíamos. Y así nos llenaron de culpas. De miedos. De incertidumbre. De ansiedad. De angustia.
-¡Sos un delirante! –le espetó Juan.
-¡Y como si todo eso no fuera suficiente, a los nueve años ya nos mandaban a trabajar! ¡A la – bu – rar! ¡Fuera de la escuela y al campo, carajo! ¡Nada de estudiar! Estudiar no servía para nada. Trabajar sí porque aportada dinero para mantener la casa y alimentar la desproporcionada cantidad de hijos que tenían todos. ¡Hasta eso! Se daban el lujo de tener más hijos de los que podían mantener. Y nos mandaban a trabajar sin despedirnos, sin darnos un beso. ¡Nada! Nos íbamos como guachos con nuestros ataditos de ropa a una estancia que no conocíamos con peones más grandes que nosotros, que también nos eran ajenos. Llevábamos dos o tres prendas remendadas y gran cantidad de llanto que vertíamos de noche, en secreto. ¡Ah! Me olvidaba. ¡Eso sí! El sueldo había que llevarlo a casa y entregarlo enterito a mamá. Ella nos compraba la ropa y nos daba unos pesitos para nuestros gastos. ¡Así hasta que nos casábamos! Y después había que entregarlo a la esposa: ella administraba el dinero del hogar.
-¡Por eso estás acá! ¡Estás viejo, loco y rezongón! ¿Quién te soporta a vos en una casa de familia, decime? Ahora entiendo por qué tus hijos te metieron en este lugar –sonrió maliciosamente don Juan.
-¡Mi familia…! Ni bien se murió mi esposa y me quedé solo, aprovecharon la primera excusa para proclamar a los cuatro vientos que estaba viejo. Se lo contaron a todo el mundo. ¿Y sabés por qué? Para calmar sus consciencias. Para acallar el qué dirán. Para mantener las apariencias. Y ni bien lograron meterme acá, vendieron mi casa y las setenta hectáreas de campo que tenía. Que había heredado de mi padre y él de su padre. Se repartieron la guita y a mí me olvidaron. ¡Esa es mi familia!
Esta vez don Juan no dijo nada. No había cómo contradecir una verdad absoluta. Una verdad que se parecía mucho a la que él había vivido.

1 comentario:

  1. Pobres abuelos que vida, asi era la cultura, frios distantes, no tengo tantos años y debo decir que de grande descubri otro Dios ,aquel que me amaba y siempre me daba la oportunidad de ser mejor cristiano, , recuerdo las noches sin dormir cuando le sacábamos a la abuela los cuadraditos de azúcar que guardaba en la despensa jajaj.

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