Recordar a la abuela es abrir un portal a un tiempo donde el amor tenía sabor a pan recién horneado. Es evocar una presencia que todavía habita en los detalles de las casas antiguas, en el crujir de un piso de madera o en el rincón donde alguna vez descansó su delantal gris. Allí aparece su imagen eterna, con su vestido negro y esa manera jovial de caminar, siempre al servicio de la familia, como si el cansancio no existiera para un corazón tan grande. La vemos viejecita, con el rostro surcado por arrugas que son mapas de su historia y unos ojos celestes que irradiaban una ternura capaz de calmar cualquier tormenta, parada frente a la cocina a leña friendo Kreppel o arrullando con delicadeza a un nieto recién nacido.Esa mujer nos pobló el alma con historias de aldeas lejanas y de un río llamado Volga que corría por sus venas tanto como por sus relatos. Siempre presente, siempre sabia, nos legó pergaminos de sabiduría en actos cotidianos, simples pero cargados de una inteligencia profunda. Sus canciones aún resuenan en nuestros oídos, abrigando las noches de nostalgia y amparando esos atardeceres de soledad donde su recuerdo se vuelve refugio. La abuela construyó un monumento de sí misma; fue un ser inmenso, de espíritu inquebrantable, a quien nada pudo doblegar. Era capaz de enfrentar cualquier labor y resolver los problemas más complejos con una determinación de hierro, sin que el idioma fuera una barrera. Aunque solo hablara en alemán, su fe, sus gestos y su actitud ante la vida hablaban un lenguaje universal que nada podía detener.
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