Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior2026@gmail.com

viernes, 4 de septiembre de 2020

Soy descendiente de padres alemanes del Volga



Soy descendiente de padres alemanes del Volga, hijos nativos de Pueblo Santa María, una localidad donde florecen en los amplios patios jardines, huertas y árboles frutales, donde las personas son amables, honestas y trabajadores, donde la mayoría hablamos un dialecto alemán, dónde decimos Brot en vez de pan y Gutt Morgent en vez de buenos días, donde nos saludamos todos cuando nos cruzamos en la calle y la sonrisa y el buen humor es algo frecuente, como frecuente es el diálogo entre los vecinos, que nos conocemos todos de toda la vida.
Soy descendiente de padres alemanes del Volga, que se enamoraron y se casaron jóvenes, que lucharon trabajando a la par, codo con codo, que de la nada misma, con esfuerzo, sacrificio y coraje levantaron su casa, tuvieron dos hijos, un varon y una nena, y con el correr de los años y de la vida, forjaron transformando sus sueños en tangible realidad, siempre trabajando, siempre poniendo lo mejor de sí mismos en cada cosa que emprendían, predicando con el ejemplo, sin necesidad de recurrir a palabras grandilocuentes, sin sermones ni discursos, sin palizas ni castigos, porque tenían palabra, porque lo que decían lo hacían, porque eran seres humanos de bien, justos, honestos y laburantes. Sus manos olían a tierra fresca y a pan casero, tenían callos y cicatrices, es verdad, pero cuánta ternura y cuánto amor había en ellas. Ningún oro del mundo alcanzaría para pagar una sola caricia de sus manos trémulas y cálidas, esas manos que cuidaban, curaban, protegían y llenaban nuestros cuerpos de risas en las noches de tormenta.
Soy descendiente de padres alemanes del Volga, que dieron hasta lo imposible para que nosotros, sus dos hijos, pudiéramos ir a la escuela, algo que ellos no pudieron hacer, y tuviéramos una buena educación escolar y una buena formación para la vida, para que todo nos fuera más sencillo que a ellos, que la tuvieron que pelear y luchar tanto, quizás demasiado. Porque la existencia, su existencia, estuvo llena de sacrificios para darnos lo mejor. Y lo mejor para ellos no era lo material, sino el ejemplo, la honestidad, el trabajo, el esfuerzo y la dedicación puesta al servicio de lograr no solamente los sueños propios sino también los del prójimo. Por eso, todos nosotros, hijos descendientes de alemanes del Volga, tenemos un compromiso no solamente con nosotros mismos y la vida sino también con nuestros padres. Nuestros padres que no solamente nos dieron la vida sino que también nos dieron una historia y una cultura, una herencia colmada de pergaminos que nosotros tenemos que rescatar, conservar y difundir con el ejemplo y legar a nuestros descendientes. Por ellos, por nosotros y por nuestro futuro como pueblo y como descendientes de alemanes del Volga. (Autor: Julio César Melchior).

jueves, 3 de septiembre de 2020

4 de Septiembre: Día del Inmigrante


 “El Día del inmigrante en la Argentina, se celebra el 4 de septiembre de cada año desde que se lo estableció mediante el Decreto Nº 21.430 del año 1949, siendo presidente Juan Domingo Perón. Se eligió esa fecha para recordar la llegada de los inmigrantes al país en recuerdo de la disposición dictada por el Primer Triunvirato en esa fecha de 1812, que ofreciera “su inmediata protección a los individuos de todas las naciones y a sus familias que deseen fijar su domicilio en el territorio”.

Hoy es un día muy especial para todos los que somos descendientes de inmigrantes, en nuestro caso, inmigrantes de alemanes del Volga, porque le rendimos homenaje a todos esos pioneros de diferentes nacionalidades que vinieron a esta tierra en búsqueda de libertad y trabajo y terminaron construyendo esta patria, esta hermosa patria basada en la solidaridad, el respeto, el trabajo y el compromiso con el bien común.
Todos valores que hoy debemos conservar inalterables, junto con las tradiciones y costumbres que nos legaron, para terminar de forjar la Argentina que ellos soñaron para nosotros y nuestros descendientes.
¡Qué así sea!

lunes, 31 de agosto de 2020

Recordando a nuestras madres alemanas del Volga

 Mamá se levantaba bien temprano, generalmente a las cuatro de la madrugada, para ayudar a papá a ordeñar las vacas. Después encendía el horno de barro que estaba detrás de la casa y comenzaba a amasar el pan del día. Sus manos trabajaban la masa con el palote sobre una mesa de madera curtida, llena de años y de cicatrices. Amanecía y el rocío caía desde el cielo humedeciendo su cabello cano. Tanto en verano como en invierno, con heladas o sin ellas, mi madre siempre se las arregló para tener el pan sobre la mesa a la hora del desayuno. Ese pan rico para untar con manteca y miel y acompañar el chorizo seco, las morcillas y los dulces caseros.
En mi alma de niño todavía la veo a mi madre parada junto a la mesa, en la cocina, cortando rebanadas de pan recién horneadas para su marido y sus hijos; conservo en mi memoria el aroma a café con leche impregnando la casa; y el sol asomando en el horizonte, allá lejos, donde mora Dios. (Investigación y reconstrucción histórica: Julio César Melchior). (Para más historias, consultar mi libros "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga" o "La vida privada de la privada alemana del Volga")

Historia de Zulema, una abuela alemana del Volga

“Nací en una casita de adobe, con piso de tierra” –cuenta doña Zulema Jacob. “Los muebles eran de madera gastada, legado de la abuela” –agrega. “Éramos muy pobres” –afirma.

“En la cocina teníamos una mesa vieja, varias sillas, un banco largo, un estante de madera, donde poníamos los platos y los vasos, las ollas colgadas de la pared” -revela.
“Mi niñez no fue fácil pero sí muy feliz. Las tardes de verano las pasábamos en la quinta de verduras, regando, comiendo tomates frescos, y a la noche, andábamos por las calles atrapando bichitos de luz para poner en los frascos y usarlos como faroles” –se emociona- “mientras mis padres se sentaban en la vereda a conversar con los vecinos”.
“Éramos muy chicos. Yo tenía ocho hermanos y los vecinos de al lado tenían once hijos y los del otro lado, nueve o diez, ya no me acuerdo muy bien, pasó tanto tiempo” – se disculpa Zulema, que acaba de cumplir ochenta y siete años.
“Nuestros juegos eran sencillos y simples. Jugábamos a la escondida, a la mancha, a la rayuela, a la muñeca, todos juntos en la calle. Nadie tenía televisión ni radio. Los ricos sí tenían radio pero nosotros, la mayoría en la colonia, no. Los pobres apenas teníamos para comer” –remarca.
“Pero nunca nos faltó nada” aclara. “Nuestros padres nos dieron todo lo que pudieron. Eso sí, las verdaderas golosinas recién las probé cuando cumplí catorce años. Todavía recuerdo el sabor de los caramelos con relleno” –suspira.
“Tanta pobreza hizo que la familia se desintegrara muy pronto. Es una lástima. Porque todos nos casamos demasiado jóvenes” –reflexiona. “Yo me casé a los quince y a los veinte ya tenía tres hijos y uno más en camino. En total tuve trece hijos. Once vivos y dos fallecidos” –evoca.
Doña Zulema cuenta su vida con alegría. Es una mujer jovial. Siempre sonriente. Siempre atenta a su familia. Aunque vestida de negro, jamás muestra un rostro serio o un semblante triste. Sus ojos y su rostro siempre irradian felicidad.
“Sufrí pero también fui muy feliz” –sentencia.
Contar su historia de vida le hace bien. Se le nota.
(Investigación y reconstrucción histórica: Julio César Melchior). (Para más historias, consultar mi libros "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga" o "La vida privada de la privada alemana del Volga").

domingo, 30 de agosto de 2020

Historia de vida de doña Aurelia, una abuela alemana del Volga

"Tenía nueve años cuando tuve que dejar la escuela para ayudar a mi madre a cocinar, lavar la ropa y regar la quinta" -recuerda doña Aurelia. "No se consideraba necesario que las niñas concurrieran a la escuela. Una mujer debía saber cocinar, lavar, tejer, bordar y ayudar a su marido para ser una buena candidata para el matrimonio y una excelente madre para los futuros hijos de su esposo" -revela.
"Así que a los nueve años me quedé en casa a ayudar a mi mamá en todas las tareas domésticas. Éramos trece hermanos, cinco mujeres y ocho varones. Mi hermana mayor, ni siquiera asistió a primer grado inferior. No aprendió a leer ni a escribir ni a sumar. Sin embargo, fue una buena madre. Tuvo diez hijos luego de ayudar a criar a la mayoría de sus hermanos".
"Vivíamos en el campo. Mi papá hacía de todo: arar, sembrar, cosechar, de todo! Y mi madre también. Porque lo ayudaba en todo. Igual que todos mis hermanos y hermanas. Porque teníamos una quinta grande, árboles frutales, cerdos para la carneada, que había que alimentar, vacas lecheras, que había que ordeñar de madrugada, hiciera calor o frío, también teníamos gallinero, con gallinas, patos, pavos, gansos, de todo. Un puñado de ovejas. Conejos y un palomar, todo para consumo. La familia se abastecía de casi todo. Se compraba lo mínimo. Se iba al pueblo una vez cada seis meses, para las fiestas de Pascua y las de Kerb. El resto del año se trabajaba" -afirma doña Aurelia.
"Yo me casé a los dieciséis años y tuve cinco hijos. Cuando me casé nos mudamos a otro campo a trabajar de matrimonio. Yo de cocinera para los patrones y mi marido tenía que hacer de todo. Allí estuvimos veinte años. Fueron años difíciles. Había que aguantar porque queríamos construir nuestra casita. Y lo logramos. De a poquito fuimos levantando la cocina y un dormitorio. Después, le sumamos el baño, para dejar de usar la letrina. Y así fuimos consiguiendo todo: con mucho esfuerzo y sacrificio" -sostiene.
"Después trabajamos en otros lados, también haciendo de todo. Hasta que nos jubilamos y nos mudamos al pueblo. Mis hijos se fueron casando. Mi marido murió hace diez años. Y la vida sigue. Siempre continúa" -concluye doña Aurelia.
(Investigación y reconstrucción histórica: Julio César Melchior)
Para los que deseen conocer más historias sobre nuestras madres y abuelas, los invito a consultar mi libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga".

jueves, 27 de agosto de 2020

28 de agosto: aniversario del holocausto de los alemanes del Volga

El 28 de agosto de 1941 el gobierno ruso promulgó un decreto en virtud del cual toda la población alemana debía ser deportada hacia Kazajstán y Siberia. Los deportados fueron transportados lentamente en vagones para el ganado hacia Siberia, Asia Central y el alto Norte, pasando el Círculo Polar Ártico. Acusados de espías y agentes nazis, el ejército rojo inició las represiones; miles de personas fueron capturados y fusilados; toda la población fue deportada, arrancados de sus hogares; los cargaron como animales en vagones de carga, incluyendo todo habitante de ascendencia alemana aún los oficiales y soldados del ejército ruso de etnia alemana; los que no fueron fusilados, fueron condenados a trabajos forzados, muchos murieron de hambre y de frío.
Los hombres fueron obligados a realizar trabajos forzados, separados de sus familias por centenas o miles de kilómetros y sometidos a trabajos igualmente forzados. Los guardias soviéticos no se hacían problemas por la gran mortandad entre los trabajadores esclavos: los reemplazaban simplemente por otros nuevos.
Una tragedia que no debemos olvidar jamás. Mantengamos viva la memoria de todos aquellos mártires inocentes. Elevemos una plegaria en su memoria. (Autor: Julio César Melchior).

martes, 25 de agosto de 2020

Libros que rescatan, revalorizan y difunden la historia, cultura y tradiciones de los descendientes de alemanes del Volga

 Para poder adquirirlos, escribir al siguiente correo electrónico: juliomelchior@hotmail.com. Se pueden adquirir desde cualquier lugar del país. No deje de leerlos.

El rumor como control social en las comunidades de alemanes del Volga


 Los habitantes de la localidad eran descendientes de inmigrantes alemanes, que llegaron al país con una cohesión social firme, basada en dogmas religiosos, que tenían su raíz en tradiciones y costumbres milenarias, cuyos rastros se perdían en la noche de la Edad Media. También una historia común de lucha, esfuerzo y superación. Un pasado de aldea en la mítica Europa y la noble Rusia zarista, de los siervos incultos y los rebeldes cosacos. Habían emigrado dos veces. Primero de Alemania, su tierra natal, la que jamás olvidaron. Y luego de Rusia. País que dejaron sin llevarse nada. Porque nada asimilaron. Ni siquiera el idioma.
Cuando llegaron a la indómita pampa Argentina, a finales del siglo XIX, lo primero que hicieron fue levantar una cruz. Dios estaba por delante de todo. Después recién pensaban en ellos. El cuerpo podía esperar; el alma no. Así surgieron majestuosas iglesias, con altares de mármol de carrara y cálices de oro en el centro de pequeñas localidades. Grandes escuelas parroquiales. Y sacerdotes y monjas inquisidoras que velaban por la moral, la ética y el buen comportamiento social. El cura predicaba aprovechándose del sacramento de la confesión para enterarse de lo que sucedía y de lo que no pasaba también. Mentirle al sacerdote significaba arder eternamente en el infierno por lo que a nadie se le hubiese ocurrido pensarlo siquiera. Como tampoco no ir a confesarse. Era una obligación moral y un dogma de fe sagrado el ir a contarle todo al santo hombre de la iglesia.
Y el hombre de negro, con su sotana al viento, lo sabía todo. Era el comisario, el juez, el intendente. En una palabra, era Dios. Dios y todos los apóstoles juntos. Porque no había tema, no había asunto, ni público, ni privado, dónde su autoridad fuera apelable o siquiera pasible de opinión. Era la voz de Dios en la tierra. Y la conciencia de todos los hombres y mujeres, niños y niñas incluidos. Porque todo el mundo se confesaba.
Cuando en el secreto inviolable de su confesionario, el cura se enteraba que alguna mujer había dado el mal paso, él la condenaba a rezar treinta rosarios, veinte avemarías, dieciocho padrenuestros y una semana de ayuno, sin carne ni pan. Y si esto no alcanzaba para mitigar los deseos insanos de la oveja descarriada, ponía en marcha una argucia que nunca le fallaba. Echaba a correr el rumor: “María engaña a su marido, se acuesta con Juan”. Porque sabía que las quince viejas que se pasaban el día en la iglesia rezando para que no llegara el fin de la creación, enseguida iban a poner en marcha el andamiaje del control social y moral. A partir de saber la novedad, no solamente se la pasarían una a otra, sino que la desparramarían por todo el pueblo, y después se las ingeniarían para espiar a María y a Juan, haciéndoles notar que algo sabían y que con su proceder innoble estaban mancillando el buen nombre de la localidad. Y la pobre María terminaría por encerrar en cuatro paredes, y ocho llaves de castidad, sus deseos e impulsos sexuales, al igual que Juan, so pena ser desterrados a vivir apartados de aquellos santos varones y señoras de alcurnia, que tenían la frente limpia y el nombre sin mácula.
Pero hete aquí, que un día sucedió algo inaudito. El sacerdote se enteró en el confesionario que estaba corriendo por la vecindad un rumor que lo afectaba a él y a su buen nombre. Se decía que el cura se acostaba con la viuda Elisa. Por eso iba todas las semanas a visitarla y a llevarle la comunión. Y que era mentira que ella no podía salir de su casa porque estaba deprimida por la muerte de su marido.
Indignado, en la primera misa que ofició, el cura se encaramó en el púlpito, y en su sermón fustigó a su rebaño por hablar mal de ese pobre apóstol de la iglesia, que era él, ese hombre que renunció a las riquezas y bienes materiales para servirlos a ellos con humildad y entrega absoluta. Justamente a ellos, persistentes pecadores. ¿Y así le pagaban? ¿De esa manera tan atroz? ¿Tan diabólica? –preguntó a los gritos.
Sin embargo, transcurrido un mes, el cura hizo su valija. El obispo le notificó en una carta que, dado los rumores, era mejor que se marchara del pueblo. Su credibilidad había caído hasta abismos inverosímiles y esto le causaba mucho daño a la imagen de la Santa Madre Iglesia. Por supuesto que el obispo, otro santo varón, no lo iba a abandonar porque unos innobles pecadores mancillaran su buen nombre. Ya lo había designado a otra parroquia.
Antes de marcharse definitivamente del lugar, el cura pasó por casa de la viuda Elisa, a confesarla por última vez.
Autor: Julio César Melchior
(Para leer mas historias, consultar mi libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga").

¿Por qué nuestros ancestros deciden marcharse de Alemania?


A finales del siglo XVIII Alemania (por entonces el Sacro Imperio Romano Germánico) era una organización imperial apenas sostenida por la enorme cantidad de principados menores saqueados y arruinados por las sucesivas guerras que tuvieron como escenario su territorio. Las aldeas se erigían humeantes y desoladas, las campiñas, otrora florecientes y productivas, despojadas de toda su riqueza de tanto soportar sobre sus fértiles innumerables batallas y un sinnúmero de muertes: las tierras yacían yermas y vacías como desiertos. Las ciudades se encontraban arruinadas. La población había disminuido de manera considerable. El pueblo estaba sumido en la más absoluta miseria. En resumen: Alemania era un conjunto de principados destrozados por la guerra, los conflictos religiosos, la desigualdad social, las hambrunas y las pestes. Un territorio arruinado y un pueblo hambriento.
Los habitantes de las aldeas apenas conseguían sobrevivir llevando una existencia miserable e indigna, sobreviviendo a costa de tremendos sacrificios mientras la aristocracia residía en enormes y lujosas mansiones, disfrutaba de la fastuosidad y de los adelantos técnicos y científicos que podía dispensar el siglo XVIII, Siglo de las Luces o de la Ilustración, una edad iluminada por la razón, la ciencia y el respeto por la humanidad.
En circunstancias tan tristes y nefastas un anuncio a modo de pregón recorre Europa: un Manifiesto emitido por Catalina II La Grande de Rusia, fechado el 22 de julio de 1763 en San Petersburgo, ofrece a través de leyes extraordinarias la salvación a los desheredados y menesterosos aldeanos. El Edicto prometía a los colonos que desearan emprender la aventura colonizadora de transformar tierras incultas en un territorio civilizado, prerrogativas demasiado atractivas como para ser rechazadas, como la libertad y la tan ansiada paz para construir un presente sin guerras y sin hambre. Por eso no es de extrañar que el 80% de los alrededor de 30.000 europeos que emigraron a Rusia, entre los años 1763 y 1767, fueran de origen alemán.
Es en ese momento crucial de su historia cuando se inicia la epopeya de un numeroso grupo de familias alemanas que dos emigraciones y varias generaciones después serán conocidos mundialmente como descendientes de alemanes del Volga, radicándose, algunos de ellos, en la República Argentina. (Autor: Julio César Melchior).

viernes, 21 de agosto de 2020

Si vas de visita a mi pueblo, diles que los extraño y que jamás los olvidé

Si vas de visita a mi pueblo y recorres sus calles al atardecer, verás familias enteras sentadas en las
Iglesia Natividad de María Santísima, de Pueblo
María, Provincia de Buenos Aires
veredas tomando mate, a la sombra de los árboles, conversando en alemán. Verás a los niños jugar en libertad, sin miedo, corriendo detrás de la pelota. Verás un cielo de estrellas surgir lentamente en el horizonte, con la noche que llega y el día que se va con el sol, cobijada en los brazos de la luna. Verás lugares hermosos, en los que se conjuga el ayer con el hoy. Verás viviendas que se construyeron con el pueblo, en los lejanos años de la fundación. Con techos a dos aguas, corredores largos y amplios, cenefas, bombas de agua, jardines con todo tipo de flores, patios grandes, verdes, huertas, molinos. Una iglesia majestuosa. Una avenida ancha. Ramblas con árboles centenarios.
Si vas de visita a mi pueblo, saluda a mi gente, esa bella gente de alma generosa, manos extendidas, temerosa de Dios, trabajadora, honesta, sacrificada, que nunca baja los brazos. Que jamás deja de creer. Esa gente rubia de ojos claros que descienden de colonos que un día llegaron a esos lares desde las lejanas tierras del Volga, a forjar su ideal en este suelo argentino.
Si vas de visita a mi pueblo, diles que los extraño y que jamás los olvidé. Diles que sueño con volver y descansar junto a ellos. Diles que estoy regresando. Diles que ya reservé mi lugar, junto a mis padres y a mis abuelos, al lado de mis hermanos.
No te olvides de darles mi mensaje. Ellos sabrán comprender. Y echarán a volar las campanas para esperarme y acompañarme en mi último viaje.

lunes, 17 de agosto de 2020

Las recetas de la abuela

María Eugenia soñó con su abuela. La soñó frente a su cocina a leña revolviendo el contenido de una olla, en su casa, en la colonia, donde la vio por última vez cuando niña, antes de que sus padres decidieran emigrar a Capital Federal, en busca de un mejor futuro para sus hijos.
La abuela no dejaba de revolver mientras un rico aroma a arroz con leche se iba esparciendo por el ambiente. 
En la mesa de madera, siempre limpia, había una carpeta tejida a crochet en el centro y sobre ella, un pequeño florerito antiguo.
La rodeaban varias sillas. Un banco largo contra la pared. Un mueble pequeño, muy rudimentario, donde asomaban sus pocas pertenencias domésticas: unas ollas, una sartén, platos… 
Al despertar, María Eugenia sentió una profunda melancolía. Una nostalgia que se quedó en su interior a lo largo de todo el día. Y el siguiente. Y el siguiente. Y el siguiente. Decenas de recuerdos se le venían a la mente. Su abuela lavando ropa con ayuda de una tabla de lavar en una enorme palangana. Su abuela barriendo el patio con una escoba fabricada por el abuelo con ramas de los árboles. Su abuela planchando con una enorme plancha a carbón. Su abuela cocinando. Su abuela elaborando Wickelnudel, cocinando Maultasche, friendo Kreppel. Siempre su abuela en la mente. Su querida abuela, fallecida hace ya treinta años.
Con estos recuerdos dando vueltas en su interior, con una tristeza que se iba profundizando a medida que pasaban los días, se sentó frente a la computadora a buscar sin saber exactamente qué. 
Sin darse cuenta de lo que buscaba, encontró parte de sus raíces gastronómicas, su identidad y una manera de mantener vigente la memoria de su abuela. 
En la pantalla leyó:
-Libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior, rescata más de ciento cincuenta recetas tradicionales.
Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios mientras encargaba el libro. Su alma vibró de entusiasmo. 
-Voy a recuperar todas sus recetas. A aprender a cocinarlas. 
María Eugenia no veía la hora de tener el libro en sus manos para preparar Kreppel, Maultasche, Kleis, Wickelnudel… Estaba decidida. Aunque tuviera que repetir la receta una y otra vez. Ella estaba dispuesta a continuar el legado de su abuela. 
-El sueño fue un presagio -exclamó feliz. 

jueves, 13 de agosto de 2020

Se lanzó la décimo cuarta edición del libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior

 Fuente: lanuevaradiosuarez.com.ar

Con una larga lista de lectores en espera, ávidos por adquirir un ejemplar, salió a la venta la décimo cuarta edición del libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior, la obra que rescata las recetas de las comidas más tradicionales del pueblo de los alemanes del Volga. Un compendio histórico de más ciento cincuenta recetas que recoge los ingredientes secretos de las abuelas inmigrantes, arribadas de las aldeas ubicadas, allá lejos, a orillas del río Volga, en Rusia, para preparar los sabrosos e inolvidables Maultasche o Varenick, Wickelnudel, Füllsen, Kraut und Brei, Kleis, Dünne Kuche, por solo citar algunos de los tantos y tantos platos que componen la gastronomía tradicional de los alemanes del Volga.
El libro, compuesto de varios capítulos, también revela otros ingredientes secretos, por ejemplo, cómo elaborar quesos, licores, cervezas, dulces, chucrut, pepinos en conserva, entre otros muchos productos culinarios que preparaban las abuelas y los abuelos de antaño. Ya que, en tiempos idos, todo se hacía en casa. Nada se compraba en los almacenes. Porque todas las familias poseían una enorme huerta y árboles frutales, en los extensos terrenos, ubicados detrás de sus hogares. Como así también poseían algunas vaquitas lecheras y cerdos para las carneadas.
Sin lugar a dudas, un libro extraordinario del escritor Julio César Melchior, que merece con creces este éxito sensacional, por el trabajo de investigación, conservación y difusión que está realizando desde hace más de veintiséis años.

domingo, 9 de agosto de 2020

Me siento sumamente feliz: el blog superó las 3.800.000 visitas!

 Me siento sumamente feliz porque mi blog superó las 3.800.000 visitas: todo un récord! Más aún si tenemos en cuenta que es una página digital cuya única premisa es rescatar, revalorizar, conservar y difundir exclusivamente la historia, cultura, tradiciones y costumbres de los alemanes del Volga.

Este es el resultado de un paciente y cotidiano trabajo literario de diez largos años. Investigando, entrevistando, rescatando, escribiendo y publicando.
Al visitar el blog pueden encontrar y leer recuerdos de las aldeas del Volga, historias de fundaciones de aldeas y colonias, fechas, datos, nombres y apellidos de fundadores y primeros habitantes, historias de vida, de hombres, mujeres y niños, refranes, adivinanzas, juegos, travesuras infantiles y recetas gastronómicas. También detalles inéditos de costumbres y tradiciones sociales, culturales y religiosas.
Mi alegría es inmensa y deseo compartirla con todos ustedes y agradecer a todos aquellos que diariamente visitan el blog y se nutren de él.
Seguramente nuestros antepasados se sentirán sumamente orgullosos de nosotros.
¡Su memoria está más viva que nunca!

domingo, 26 de julio de 2020

Doña María Berta, una abuela alemana del Volga, nos revela su niñez

“Nos levantábamos a las cuatro de la mañana para ordeñar las vacas, mi padre, mi madre, mi hermano, mis tres hermanas y yo. Los pies hundidos en el fango hasta las rodillas, chapoteando en el barro, el excremento y el pis de los animales. En invierno soportando una helada tremenda: las vacas tenían el lomo blanco de escarcha. Bajo la lluvia, titiritando de frío. Terminábamos a las ocho y media. La mayor parte de la leche se vendía y un resto se utilizaba para elaborar crema, manteca y queso. Todo con artefactos que funcionaban de manera manual, con manivelas que había que hacer girar y girar y girar. Allí también colaboraban todos los hijos, sin importar la edad" -cuenta la abuela María Berta Stadelmann.
“Después, a los niños menores de la casa, nos mandaban a limpiar el chiquero y el gallinero. Teníamos que dejarlos bien limpios, para que los animales no se enfermaran de ninguna peste. Utilizábamos mucha agua, que obteníamos llevándola desde el tanque del molino con grandes baldes, y barríamos con escobas confeccionadas con ramas de árboles. Por supuesto, que también teníamos que recoger los huevos. Y a veces, cuando era época de sequía y la pastura escaseaba, hasta teníamos que sacar a pastorear los cerdos para que no se murieran de hambre. Un trabajo que no nos gustaba porque era muy difícil mantenerlos juntos. Siempre alguno se nos escapaba. Sobre todo cuando eran pequeños" -agrega.
“A la tarde nos tocaba la quinta. Trabajar con la pala, puntear la tierra, darla vuelta para sembrar verduras y hortalizas. Carpir con la azada para que estuviera limpia y ordenada. Rastrillar sacando las malezas secas. Regar llevando agua con los baldes" -relata.
“Aparte de todo eso, mi hermano tenía que ayudar a mi padre en el campo: arando, sembrando, cuidando los animales. Y mis hermanas y yo, teníamos que ayudar a mi madre en todos los quehaceres de la casa: preparar la comida, lavar la ropa de todos en la fuente con la tabla de lavar, coser y remendar las prendas que estaban rotas" -recuerda.
“No nos quedaba tiempo libre ni siquiera para jugar. Y ni que hablar para ir a la escuela. Mi hermano mayor fue hasta segundo grado. Mis hermanas hasta primero. Y yo apenas asistí medio año.
¡Así era la vida de antes!” -concluye. (Investigación y autor del texto: Julio César Melchior).

El día que me fui del Volga

Aquella mañana que marché de la aldea, abracé a mi madre, que lloraba desconsolada. Le dije adiós sabiendo que jamás volvería a verla. Intuí que la Argentina, esa tierra llena de promesas, quedaba demasiado lejos para prometer un regreso.
Le extendí la mano a mi padre, que la tendió temblorosa, mientras una lágrima rodaba, furtiva, por su mejilla.
Mis hermanitos observaban sin entender. Eran demasiado niños todavía para comprender palabras tales como adiós, exilio y desarraigo. Lloraban porque veían llorar y porque sus padres lloraban desconsolados como nunca los habían visto llorar jamás. Percibían la angustia que envolvía el aire y que se ahondó cuando puse en marcha el carro cargado con mis baúles y los caballos comenzaron a caminar, lentamente, camino del adiós.
Volví la cabeza y mi mirada, por última vez, vio la figura de mi padre y las manos de mi madre agitando su pañuelo mojado de llanto; y a mis hermanitos corriendo detrás de mí, despidiéndome. Los vi parados, sumidos en el dolor, empequeñecidos, derrotados por el destino, hasta que el carro se perdió en la distancia y su imagen se trocó en horizonte vacío, en ayer, un ayer a cada trote más lejano, melancólico y añorado. (Autor: Julio César Melchior).

martes, 7 de julio de 2020

Tambera. Quintera. Trabajadora rural. Huérfana de padre. Sin adolescencia. Historia de vida de una abuela alemana del Volga

Tambera. Quintera. Trabajadora rural. Huérfana de padre. Sin adolescencia. María Sauer falleció hace unos días en Capital Federal. Nos dejó su legado en una entrevista concedida unas antes de morir y esto es lo que nos contó:

“Mi papá murió cuando tenía trece años. Mi hermano mayor dieciséis y mi madre treinta y ocho. Éramos ocho hermanos y una mujer ordeñando en el tambo, a partir de las cuatro de la mañana, con las piernas metidas en el barro y bosta hasta las rodillas, con lluvia, con mucho frío. En invierno se nos congelaban las manos. Las vacas tenían el lomo blanco por las heladas. Pero la leche debía estar en los tarros para cuando pasara el carro que los buscaba para llevarlos a la fábrica de quesos, a las ocho y media.
“Mis hermanos menores lloraban. Estábamos a la intemperie. Nada importaba. No había queja posible: había que trabajar para sobrevivir. Teníamos una quinta de verduras enorme, que había que regar todos los días con baldes de veinte litros de agua, hacíamos conservas y dulces para todo el año. Carneábamos dos veces al año y hacíamos chorizos, jamones, de todo. Mamía cosía ropa para fuera. Horneábamos el pan en el horno de barro. Teníamos unas pocas ovejas para consumo. Un gallinero, que era un galponcito con aves y animales domésticos de todo tipo. Mamá vendía huevos, gallinas, pavos, gansos; lechones; leche, manteca, crema, ricota…
“Vivíamos cerca de la colonia, en un campo de ochenta hectáreas que nos dejó papá. En las que también se sembraba un poco de pastura y trigo.
“Mamá nunca se volvió a casar. Murió a los noventa y dos años, en la chacra donde enviudó y vivió toda su vida. Y de la cual partí para buscar trabajo en otras ciudades, hasta recalar en la Capital Federal. Donde vivo. Sola. Jamás me casé.
“Hice de todo para sobrevivir, igual que mi madre. Pero mi historia de grande no es tan importante. Lo importante es recordar la niñez y la vida que llevamos en aquellos lejanos tiempos. Tiempos de sacrificios; pero también de mucha felicidad. Porque éramos felices de estar en familia, todos juntos. Había unión. No importaba la pobreza. Lo más importante era la familia y la fe en Dios. Por eso todos salimos buenas personas”. (Autor: Julio César Melchior).
(Si quieren conocer más sobre la vida de nuestras abuelas consultar mi libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga").

sábado, 4 de julio de 2020

Historia de vida de una abuela alemana del Volga

“Mi papá me contó que vino a la Argentina con sus padres cuando tenía cinco años” revela Rosa Simon, de 90 años. “También me dijo que se acordaba del barco en el que viajaron” –agrega. “Y que vio llorar a su padre el día que sepultaron a su hermana, que murió en un accidente de carro, en el campo, cerca de la colonia”.
“Mi papá me contaba que los comienzos en la colonia fueron muy difíciles y muy duros, que no había nada. Solamente campo y más campo. Que llegaron aquí y enseguida empezar a trabajar y que siempre hicieron lo mismo: trabajar y trabajar. Año tras año. Toda la vida. Mi abuelo murió a los cuarenta y cinco años y mi papá a los cincuenta, muy jóvenes los dos. ¡Y yo llegué a los noventa! ¡Noventa años!” –repite. “¡Parece mentira! ¡No lo puedo creer” –enfatiza.
“Mi papá trabajó siempre en el campo. Me acuerdo que me contaba que al principio no había más que paja vizcachera y malezas. También que todo era pobreza. Que la vida que llevaban era muy humilde. Que no sobraba nada. Siempre fueron pobres. En el campo nunca quieren pagar nada. Cuando yo empecé a trabajar, ya desde muy chiquita, tampoco ganaba nada. Pero había que ayudar a la familia. ¡Cuánta gente rica se aprovechó de nuestra pobreza!” –remarca con dolor.
“Mi hermanito murió a los nueve años de frío. Vivíamos en el campo y estábamos en plena cosecha de maíz, durmiendo bajo los carros, y él se enfermó de gripe y su cuerpo nunca se recuperó. Mis padres nunca lo olvidaron. Sufrieron mucho. ¡Eran tiempos muy duros!” –sentencia.
“Mis padres tuvieron siete hijos en total. Los varones pudieron ir a la escuela pero las mujeres no. Solamente hicimos primer grado. Teníamos que ayudar en la casa” –recuerda.
“Como todas mis hermanas y mis amigas, yo también me casé muy joven. Tuve nueve hijos. Los criamos con mi marido. Tratamos de darles todo lo que pudimos, que no fue mucho. La vida del pobre nunca es fácil” –subraya.
“Recién pudimos comprarnos nuestra casa después de muchos años de casados. Acá nacieron y crecieron mis hijos y acá murió mi marido y acá voy a morir yo. Siempre en la misma casa y siempre en la colonia, mi colonia” –sostuvo Rosa Simon dos años antes de morir, el día que me contó su vida, y un año antes que una de sus hijas se la llevara a vivir con ella, a Bahía Blanca, lejos de su casa y lejos de su colonia. (Recopilación histórica: Julio César Melchior)
Para conocer más sobre las mujeres y las tradiciones de los alemanes del Volga, consulten mis libros "La vida privada de la mujer alemana del Volga" y "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga".

El triste final de la casa de mis bisabuelos

Mis tías, luego de mucho batallar con mi abuela, de ochenta y nueve años, lograron obtener la llave de la casa de mis bisabuelos, cerrada hacía más de veinte años. Para limpiarla –adujeron. Para hacer orden –sostuvieron. Ni lo uno ni lo otro. La verdadera razón de tanto interés repentino por la vivienda en la que habían desarrollado su vida mis bisabuelos, era arrasar con su memoria. Borrarlo todo. Tirar a la basura, quemar, destruir. Abrir todo. Violentar todo. Buscar. Husmear. Encontrar cosas útiles y tirar lo inútil. Que, según ellas, significaba tirar todo, absolutamente todo. Salvo, claro está, dos o tres nimiedades que tuvieran algún valor económico. Ni siquiera se salvaron los retratos de mis bisabuelos. ¿Para qué los querés si no sabés quiénes son? –me reprocharon cuando quise salvarlos. Los vi consumirse en el fuego angustiado. Lo único que remedaba sus facciones, desaparecía para siempre. Era como si nunca hubieran existido.
Mis tías y mis tíos sacaban y sacaban más y más cosas de la casa. Papeles amarillos, ropa, sábanas bordadas, cortinas tejidas a crochet, almohadones de plumas, colchones de lana de oveja… todo iba a parar sobre una gran fogata que ardía en el fondo de la casa. Emanaba humo negro, oscuro. De luto.
Yo era apenas un niño y presencié cómo arrasaron con todo. Destruyeron mis raíces. Mis recuerdos. Me dejaron las manos vacías. Lo que para mí hoy tiene un valor incalculable para ellos no significó nada. Todo les pareció vetusto. Viejo. Desechable. Lo pasado pisado –me dijo una de mis tías al descubrir mi mirada devastada que observaba horrorizado como tío Luis hachaba, haciendo pedazos, un ropero antiguo, una mesa gastada, sillas heredadas de generación en generación.
Era la época en que había que deshacerse de todo vestigio que nos remitiera a nuestro pasado alemán del Volga. Estaba mal visto. Era doloroso soportar como nos trataban. El prejuicio, la discriminación, la ignorancia de los demás, dolían mucho –se disculpó muchos años más tarde una de mis tías, anciana ya, que participó de la quema.
No pararon hasta que la casa estuvo vacía. Solo quedaron las manchas de humedad y los rectángulos oscuros en las paredes, dónde hubo cuadros colgados. Y un eco devastador repitiendo nuestras voces ajenas. Y detrás de ese eco, un silencio de tumba profanada.
-Así está mejor –exclamó satisfecha tía Bárbara, al recorrer la casa pasando revista.
Cumplida la misión decidieron que había llegado el momento de venderla. Todos tenemos nuestras propias casas –adujo tía Clara. ¿Para qué la queremos? ¿Para juntar mugre? –preguntó satisfecha de haber encontrado una excusa que no iba a discutir nadie.
Con tesón inquebrantable fueron horadando la resistencia de abuela. Ella no quería vender. Y era lógico que fuera así. Después de todo era la casa de sus padres, la casa dónde había nacido y había sido feliz. Pero, tanta insistencia, tanto martirizarla diariamente con “la casa se viene abajo”, que abuela terminó accediendo.
Y la vendieron. Y se repartieron el dinero.
Los nuevos propietarios la reformaron. Los que vinieron después también. La modernizaron –dijo tía Marta.
Y así fue como la casa de mis bisabuelos desapareció para siempre. Al igual que todo lo que había dentro. (Autor: Julio César Melchior).

domingo, 28 de junio de 2020

Cada 29 de junio se conmemora un nuevo aniversario de la fundación de la primera aldea alemana a orillas del río Volga

El 29 de junio pero de 1764 se produce uno de los acontecimientos más trascendentes en la epopeya migratoria desarrollada por nuestros ancestros: se funda Dobrinka, la primera aldea erigida a orillas del río Volga por los colonizadores alemanes que dejaron su tierra natal para seguir las promesas escritas en el Manifiesto lanzado un año antes por la zarina Catalina II “La grande”. Fue el inicio de una colonización que marcó y modificó el destino de varias generaciones de familias. Una historia que se redactó teniendo como premisas la resistencia y la fuerza de voluntad de un pueblo, su vocación de trabajo, sus convicciones, su fe en Dios y en sí mismo y su tesón de salir adelante enfrentando todas las dificultades y todos los contratiempos. Fundando aldeas, construyendo iglesias, levantando escuelas, forjando una sociedad y una cultura y sembrando trigo y haciendo surgir un vergel donde solamente había estepa y desolación.
Una historia que luego, más de cien años después, continuaron nuestros abuelos en la Argentina. (Autor: Julio César Melchior).

viernes, 26 de junio de 2020

Las noches de verano de nuestra infancia

La noche comenzaba a vestir de negro el atardecer. Una a una iban asomando las estrellas. En el horizonte surgía la luna, blanca, redonda y hermosa. Y en la calle de tierra de la antigua colonia, los vecinos se iban sentando en la vereda, trayendo sillas y banquitos de madera, a medida que las familias terminaban de cenar. Algunos integrantes traían consigo una fuente de semillas de girasoles recién tostados en la cocina a leña y otros, más allá, llegaban con la pava y el mate. Todos dispuestos a tomar fresco después de soportar una tórrida jornada de verano, calurosa e interminable en quehaceres domésticos y rurales.
Los niños salían en tropel rumbo a los baldíos, frascos en mano, a cazar bichitos de luz. Que eran la mayoría. Mientras otros, un grupo más pequeño, permanecía en la calle, jugando al fútbol con una pelota, que no era otra cosa más que una vieja media rellena de telas y papeles, o jugando a los Koser, la rayuela, la mancha, el huevo podrido, o un sinfín de juegos más.
Al transcurrir las horas, quizás algún anciano se retiraba a buscar su acordeón, para animar la noche con melodías y canciones que había traído consigo en el barco, cuando llegó del Volga.
Se comían girasoles, se tomaba mate, se hablaba en alemán, a veces, alguien compartía algún Dünne Kuche, Strudel o alguna otra torta tradicional que había sobrado el domingo, se contaban chistes, se reía, se cantaba, se era feliz, inmensamente feliz.
Hoy todo eso tal vez nos parece poco. Demasiado poco. Pero si nos ponemos a reflexionar un momento, nos daremos cuenta que era mucho. Que era todo. Que nuestros padres lo tenían todo. Por eso fueron tan felices. Por eso también nosotros, fuimos tan felices durante nuestra infancia. (Autor: Julio César Melchior).
(Para los que deseen leer más sobre el tema, consultar mis libros "La infancia de los alemanes del Volga" y "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga". Para más detalles escribir al siguiente correo electrónico: juliomelchior@hotmail.com).

lunes, 22 de junio de 2020

Nunca olvidé mi tierra

De tanto merodear la estación y escuchar relatos de sueños que se cumplían si uno juntaba coraje, hacía las valijas y partía rumbo al progreso, yo también junté valor, armé mis maletas, me subí a un vagón, me senté junto a la ventanilla y partí rumbo a Buenos Aires. De tanto pasar cerca de la colonia, el tren un día me llevó a la ciudad de Buenos Aires. La ciudad que mis ancestros señalaban como el antro de la perdición para los jóvenes y la misma ciudad de la que en todos los lugares huían, yéndose a vivir a sus propias comunidades, las que fundaban, empezando siempre de nuevo, en el medio de la nada.
Y me fui. Sin saber que al partir, no solo dejaba a mi madre en la estación agitando su pañuelo húmedo de llanto y a mi padre mirando el horizonte, serio, adusto y preocupado hasta el final de sus días, sino que también dejaba atrás, en la colonia, mis raíces, sin saber ni comprender que cada día que pasara, iba a olvidar un poco más mi lengua, mis costumbres y mis tradiciones. No por propia decisión, por supuesto que no, sino por la simple razón de que cada jornada que pasara iba a asimilar más y más los hábitos de los habitantes de la ciudad, hasta terminar integrándome plenamente a su estilo de vida. Y de tanto compartir esta nueva cotidianidad iba a terminar asimilándola como propia.
La colonia y su gente se irían diluyendo en el pasado, en un ayer lejano, cada vez más difuso, que sólo la nostalgia, muy de vez en cuando y muy de tarde en tarde en tarde, acompañada de cierta dosis de melancolía, mantendría latente en la memoria. Para recordarme, al escuchar el eco de alguna voz, sentir el aroma de alguna comida, que mi identidad no estaba allí, sino en otro lugar.
La vida pasaría. Los años se sucederían, unos tras otros, vertiginosos. Sin días libres. Corriendo detrás del trabajo y las responsabilidades cotidianas. Primero tras el deseo de tener una casa. Luego una esposa. Después hijos. Luego la familia. Después los nietos. Siempre surgía un objetivo nuevo. Siempre un paso más. Primero un deseo, luego otro y otro y otro. Hasta que llegó la vejez.
Ahora, en mi casa, anciano ya, con mi esposa fallecida, mis hijos casados, me descubro solo. Solo en medio de la ciudad inmensa. Profundamente solo. Solo y a la vez, rodeado de millones de personas. Y se me da por pensar en el pasado, en recordar a mi gente, a mi colonia, a añorar mi terruño. A tratar de recordar las antiguas canciones que cantaba mi padre y a rememorar los antiguos sabores de las comidas que cocinaba mi madre en la cocina a leña. Se me da por sentir una profunda nostalgia. Tan profunda que duele.
Tanto duele que, muchas veces, me surge el hondo deseo de volver a mi pasado, a ese lugar del que nunca debí partir. (Autor: Julio César Melchior).
(Para los que deseen leer más historias, consultar mi libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga).

domingo, 21 de junio de 2020

Carta para mi padre y para todos los padres

Caminás a mi lado en las noches oscuras, cuando mi alma se extravía en tribulaciones, sosteniendo mi mano, para no salirme del camino. Me protegés para que no tropiece y caiga y, si por no escucharte a tiempo, porque sé que a veces soy muy cabeza dura para oír consejos, trastabillo de todos modos, estás ahí para ayudarme y decirme: arriba, vos podés! Como cuando era niño y estabas ahí para enseñarme a caminar solo, apartando los objetos de mi camino para que no me lastimara. Como lo estuviste siempre, papá. En los días de risas, cuando estaban todos, y era sencillo estar, y en los otros, en los tristes, cuando era difícil permanecer y hasta los mejores amigos abandonaban el barco. Vos nunca lo hiciste. Por más dura que fuera la tormenta, nunca me dejaste solo. Jamás!
Y hoy que ya no estás, que te fuiste a descansar junto a Dios, luego de una larga y fructífera existencia, en la que sembraste vastos campos de trigales, trabajando en el campo, y construiste tu casa con tus manos, formaste una familia, tuviste hijos, los educaste con tu ejemplo y los formaste para la vida, me seguís acompañando desde el cielo. Estas presente en mi mirada, en mis actitudes, en mis gestos y en mis pensamientos.
Porque pienso en vos todos los días, no solamente en jornadas especiales como estas. Tu vida, tu obra y tu figura son demasiado inmensas como para reducirlas a una mera fecha festiva marcada en el almanaque. Sos mucho más que un domingo. Mucho más que una misa, mucho más que una visita al cementerio, mucho pero mucho más que todo eso junto, porque fuiste, sos y siempre serás, MI papá. Y por eso vivirás eternamente en mi. (Julio César Melchior).

jueves, 18 de junio de 2020

La abuela le enseña a su nieta a cocinar Kraut und Brei

-En la colonia hay muchas recetas que forman parte de nuestra identidad culinaria y que nos definen como descendientes de alemanes del Volga. Una de ellas es el Kraut und brei, que es un menú compuesto por el puré de papas, la carne de cerdo y el chucrut -leyó Alicia a su abuela, que la escuchaba atentamente.
-Así es! -confirmó la abuela. Antes se cocinaba mucho. Sobre todo en tiempo de las carneadas, cuando se reservaban los huesitos de cerdo con carne. Se los separaba especialmente para preparar el Kraut und Brei. A tu abuelo y a tu papá les encantaba. No importaba la cantidad que hiciera, nunca alcanzaba. Terminaban limpiando la fuente con el pancito.
-Pasa que cocinás muy rico, abuela. A vos todo te sale genial. Nunca nada te sale mal.
-Son años -comentó la abuela sonriendo.
-Y es muy difícil cocinar el Kraut und Brei? -preguntó la nieta.
-No! Para nada. Son muy pocos los ingredientes que se necesitan. Solamente precisás papás para elaborar el puré, huesitos con carne de cerdo, bien condimentados, de manera especial, y chucrut.
-Lo hacés tan fácil, abuela -opinó la nieta. Primero: de dónde sacó chucrut y segundo: de dónde saco huesitos de cerdo de una carneada, y encima, con carne, porque por lo que sé, es en ese momento que se condimentan con ese sabor tan único.
-Tranquila! En la colonia todavía se consigue todo eso. Cómo se nota que ya no vivís acá y que solamente venís de visita. Mucho estudio, mucha capital, mucho novio -bromeó la abuela.
-Podemos comprar todos los ingredientes? Vos me decís dónde venden y yo voy y los compro. Te parece? Y mañana o pasado, cocinamos Kraut und Brei. Sí?
-Sí! También invitamos a tu papá y a tu mamá, para que no se enojen. Y comemos todos juntos. Como en los viejos tiempos, cuando vos eras una niña y almorzábamos todos juntos los domingos acá en casa. Te acordás? Con tu abuelo, tus tíos, tus primos… Que tiempos hermosos -suspiró la abuela, recordando antiguos almuerzos a la par que ya comenzaba a planear todo lo que tenía que comprar para que el plato le saliera rico. Quería que el Kraut und Brei que iba a preparar para su nieta y el almuerzo, fueran inolvidables.
(Para los que deseen elaborar este plato tradicional, pueden consultar mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga").

Recuerdo de las carneadas de antaño, en las que colaboraban toda la familia y los vecinos

Las carneadas para consumo familiar empezaban casi de madrugada, cuando se encendía un gran fuego para calentar el agua que se iba a usar para limpiar el cerdo y todos se aprestaban para la faena preparando, cada uno, sus utensilios, herramientas y elementos de trabajo. La actividad era ocasión propicia para reunir a familiares, amigos y vecinos, que se acercaban a la casa a colaborar, transformando la carneada, que duraba dos o tres días, en un gran encuentro social, con música incluida, y suculentas comilonas. Nadie se negaba a aportar su granito de arena, porque el trabajo era mucho y debía llevarse a cabo durante un fin de semana, para no interferir en las labores rurales. Además, era una costumbre establecida, que todos los que ayudaban, se llevarán como obsequio carne y morcillas y chorizos para probar.
El proceso de la carneada comenzaba varios meses antes, cuando la familia adquiría un lechón, que era criado en el chiquero, que el padre construía en el fondo del patio con maderas y alambre tejido, generalmente en desuso, y era alimentado con las sobras y desperdicios de los alimentos que se consumían en el hogar y, ocasionalmente, se le agregaban cereales o forrajes que se obtenían de algún chacarero conocido.
Cuando el animal alcanzaba la mayoría de edad y el peso deseado, entre los doscientos kilos, un poco más, un poco menos, se tomaba la decisión de sacrificarlo, junto con un vacuno que se compraba para ese menester, para abastecer los sótanos de chorizos y jamones para pasar los crudos y fríos inviernos.
Generalmente la carneada se llevaba a cabo durante un fin de semana, para evitar que la misma interrumpiera el normal desarrollo de las actividades rurales, y participaban no solamente todos los integrantes de la familia sino parientes y vecinos.
El cerdo se degollaba con precisión, insertando el cuchillo en medio de la unión de la cabeza y el cuello, para lograr el desangrado. La sangre se recogía en un recipiente, que se colocaba debajo de la incisión, sin dejar de removerla para evitar que se cuaje. La misma se utilizaba elaborar la morcilla negra o blutwurst.
Una vez muerto el animal, se procedía a colocar el cerdo sobre una mesa para escaldarlo o pelarlo, es decir, quitar con abundante agua hirviendo, raspando con cuchillos y, a veces, la ayuda de otros utensilios, los pelos que recubren la piel hasta dejarla totalmente lisa y limpia.
El paso que seguía es el desposte, que no es otra cosa que descuartizar el cerdo clasificando y separando los diferentes cortes de carne de acuerdo al uso que se le iba a dar, por ejemplo, entre muchos otros, las patas para elaborar el jamón, y buena parte de las vísceras, el hígado, los riñones y diversos elementos de la cabeza del cerdo (como la lengua), que se cocinaban para formar parte de las morcillas, blanca y negra, y el queso de chancho. Porque todo se aprovechaba. Nada se tiraba.
Finalizado el proceso de fragmentación comenzaba el deshuesado (minucioso trabajo de limpieza de los huesos), cortando la carne en trozos pequeños para luego pasarlos por la picadora, condimentarlos en base a una receta que cada familia mantenía en riguroso secreto, y amasarlos con las manos en una enorme batea construía de madera, y empezar a elaborar los chorizos, sin olvidar que también se le agregaba carne de vaca a la preparación con la que se hacían los chorizos para secar, porque conjuntamente con el cerdo, también se carneaba un vacuno.
El armado de los chorizos se llevaba a cabo con tripas (generalmente de vaca) y una máquina que se llama embutidora. Las tripas son de varios metros, estas se cortan para dar el tamaño de rosca o chorizo.
Terminada la faena, los chorizos para secar, la morcilla negra, la morcilla blanca y los jamones, se colgaban del techo de los sótanos o en galponcitos especialmente acondicionados para este menester.
Además de todos estos clásicos embutidos, también se elaboraba Kalra y se derretía grasa, que luego era guardada para preparar la comida a lo largo del año, y los chicharrones obtenidos de su derretido, se incorporaban en el amasado de pan que se horneaba en la cocina a leña o en el horno de barro. Con la grasa, asimismo, se cocinaba jabón para lavar y que, en definitiva, se usaba para todos los quehaceres domésticos.
Lo habitual era que las familias carnearan dos veces al año pero, también había, pocas, es cierto, que lo hacían tres veces al año.
Si bien es cierto que esta costumbre se ha ido perdiendo, también es cierto, que en muchas colonias y aldeas, como en muchos campos, todavía se conserva y de desarrolla tal cual como en los viejos tiempos. (Autor: Julio César Melchior). (Para los que deseen leer más historias y tradiciones, los invito a consultar mi libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga").

Historia de doña María, una abuela alemana del Volga

Doña María cuenta que nació en 1943 en una pequeña casita de adobe y que su madre la trajo al mundo sin la ayuda de ninguna partera ni médico, como era común por aquellos años. La encargada de asistir a todos los partos y ayudar a dar a luz a las mujeres, era la suegra, que a fuerza de presenciar nacimientos había adquirido cierta experiencia. Los bebés nacían en casa y en alguna habitación alejada de los demás niños. A quienes se le decía que el nuevo hermanito había nacido de un repollo en la quinta, que lo había traído la corriente del agua del arroyo o que algún personaje, al pasar, lo había dejado en la casa, al cuidado de la familia.
También cuenta que tuvo doce hermanos y que la casita de adobe en la que nació y vivió hasta que se casó, a los quince años, solamente tenía una cocina y dos habitaciones. Y que el piso era de tierra. Los muebles muy escasos. Que lo más caro e importante que tenían era la cocina a leña. Todos los muebles los fabricó su padre en los tiempos libres que le dejaba el trabajo en el campo. También cuenta que faltaban camas pero que nunca nadie se quejó, que tuvo una infancia feliz. Sostiene que mientras iban naciendo más hijos, los más grandes ya se iban a trabajar a otros campos, con otros patrones, sobre todo los hombres, y las mujeres, generalmente se enviaban a trabajar a la ciudad, de sirvientas. "Antes -acota- los hijos teníamos que empezar a trabajar a los nueve o diez años para ayudar a mantener a toda la familia". Eso hizo que solamente los tres hermanos menores pudieran asistir a la escuela y completar la primaria. Los demás, apenas aprendieron a leer y escribir gracias a que la madre pudo enseñarles los rudimentos básicos para leer la Biblia y rezar.
"Vivíamos humildemente" -reconoce- "pero no éramos pobres porque nunca nos faltó un plato de comida ni tampoco jamás pasamos hambre. Mamá se las ingeniaba con lo que tenía a mano para que todos sus hijos crecieran fuertes y sanos. Ella criaba gallinas, patos, gansos, tenía una quinta de verduras, que todos ayudábamos a regar, y un cerdo siempre listo para la carneada. Se hacía chorizo dos o tres veces al año. Y el dulce casero, la manteca casera, al igual que los quesos y la miel, no faltaban nunca. Mi madre se levantaba a las cuatro de la mañana, junto con mi papá. Amasaba y horneaba el pan diario. Después ya comenzaba la jornada de cada día. Mientras mi padre se iba a arar, mi madre y mis hermanos ordeñaban las vacas".
"Yo empecé a ordeñar a los nueve años. Hacía un frío tremendo. Helara o lloviera, a las vacas había que ordeñarlas, porque de eso dependía no solamente nuestro sustento diario sino el ingreso de un dinero extra, porque el excedente de leche se vendía. Al igual que mamá vendía huevos, gallinas, patos, gansos. Vendía de todo! Nuestra casita estaba casi a las afueras de la colonia, eso permitía a las gallinas vagar libremente. Aunque antes, todo el mundo tenía gallinas y cerdos. A nadie le molestaba. La gente era más comprensiva y más solidaria" -sostiene.
"A la escuela fui solamente hasta segundo grado. En realidad, mucho no me gustaba. Las maestras eran muy severas. Ante cualquier error enseguida recurrían al puntero. A mí una vez me pegaron tanto sobre los dedos que me dolieron durante una semana entera. Encima tenía que fingir para que no se dieran cuenta en casa, porque si no también me hubieran castigado. Antes, el maestro siempre tenía razón. Fue difícil ordeñar con los dedos doloridos. Pero qué iba a hacer?".
"Dejé la escuela y me mandaron a trabajar cama adentro a casa de un matrimonio que tenía diez hijos. Yo tenía que cocinar, lavar y planchar, porque ellos tenían una tienda".
"Allí estuve hasta que me casé. Todavía era muy joven cuando conocí a mi marido. Él era amigo de mis hermanos. Nos gustamos y decidimos casarnos. Nos fuimos juntos a trabajar al campo, al día siguiente de habernos casado. No había dinero para fiesta de casamiento. Sí, tuve mi vestido blanco y una cena familiar en casa de mis padres. Uno de mis tíos tocó el acordeón. Se armó un lindo baile".
"Después fueron naciendo mis seis hijos. Dos pudieron terminar la secundaria. Los otros, lamentablemente, solamente la primaria. Siempre hubo tiempos difíciles. Sobre todo en el campo y para los peones. Cuando nos jubilamos nos vinimos a vivir a la colonia. A la casita que fuimos construyendo con mucho esfuerzo. Y aquí estamos, los dos solitos. Todos mis hijos se casaron e hicieron su vida. Algunos están lejos, otros cerca. Últimamente nos vemos poco. Es difícil que puedan coincidir todos. Así es la vida" -concluye doña María. "Y uno debe tomarla como venga". (Autor: Julio César Melchior). (Para conocer y profundizar el tema los invito a leer mis libros “La vida privada de la mujer alemana del Volga” y “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”).

martes, 16 de junio de 2020

Los inmigrantes alemanes del Volga

Bajaron del barco. Viajaron en tren. Llegaron a sus colonias. Levantaron sus casas de adobe. Sencillas y humildes. Ladrillo sobre ladrillo. Esfuerzo sobre esfuerzo. Araron la tierra. La sembraron. Cosecharon. Y la volvieron a arar, sembrar y cosechar. Hicieron todo eso y mucho más. Lo hicieron sin conocer una sola palabra de español. Hablaban, cantaban y rezaban en alemán. Y la nueva patria y Dios los entendieron y comprendieron. La Argentina los cobijó dándoles la oportunidad de un destino de prosperidad y Dios los protegió llenándoles las almas de gracia y las manos de abundancia.
Con el transcurso de los meses nacieron los hijos. Con los hijos surgió un hogar. Con el hogar una comunidad. Con la comunidad una colonia. Y con la colonia una iglesia, una escuela, herrerías, carpinterías, almacenes de ramos generales. Y con ella la esperanza y con la esperanza el amor y la felicidad.
(Para leer más historias de nuestros ancestros, consultar mi libro "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga". Para más información, escribir al correo electrónico juliomelchior@hotmail.com).