Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

martes, 25 de abril de 2023

La abuela Rosa le enseña a su nieta a elaborar el tradicional budín de pan de los alemanes del Volga

 -Abuela, me hacés Füllsen? -pregunta Marisa, de veintitrés años. A vos siempre te sale tan rico! Te acordás cuando era chiquita y me quedaba a dormir con vos y me cocinabas todo lo que te pedía? Me hacías Wickel Nudel, Kreppel y Füllsen. Cómo nos peleábamos con mis hermanos para quedarnos con el último Wickel Nudel! Te acordás, abuela? Vos feliz y el abuelo mirando serio, porque no le gustaba que hiciéramos lío en la mesa, cuando comíamos. A veces, nos decía: 'chicos, chicos, estamos en la mesa. Pórtense bien. Así los educa su madre?’. Y mis hermanos y yo, nos quedábamos quietitos, porque sabíamos que con el abuelo no se jugaba.
-Pero era muy bueno con ustedes -lo disculpó la abuela. Los quería mucho. Los llevaba a la huerta para que lo ayuden a regar y…
-Y le sacábamos canas verdes -rió la nieta.
-Es que ustedes también eran muy schlim -interrumpió la abuela para decir que eran muy traviesos en su idioma cotidiano, el dialecto heredado de sus ancestros. Le pisaban los canteros de repollo, arrancaban los tomates cuando todavía estaban verdes y tu hermano Alberto, agarraba la azada y empezaba a carpir todo lo que encontraba en su camino, sin discriminar entre lo que eran plantas de yuyos y verduras.
-Pobre abuelo -suspiró la nieta, mirando la fotografía que había sobre el aparador, seguramente rememorando el día de su muerte, ocurrida un atardecer de hace cinco años.
-Bueno… basta de recuerdos! -exclamó la abuela. Preparamos el Füllsen?
-Sí! Dale! Yo te ayudo. Voy a la despensa a buscar el pan seco y empiezo a cortarlo.
La abuela fue al gallinero a buscar huevos frescos con un balde. Al regresar puso varios sobre la mesa. También buscó los ingredientes: leche, azúcar, manteca, crema y pasas de uva.
-Abuela, quién te enseñó a hacer Füllsen?
-Mi mamá -respondió la abuela. Y ella aprendió de su madre. Es una receta muy antigua que nuestra familia trajo del Volga. Te voy a mostrar algo. Enseguida vuelvo.
La abuela fue a su pieza y volvió con un libro.
-Mirá -murmuró emocionada, mientras le extendía la obra. En este libro está la receta de la familia -reveló.
-”La gastronomía de los alemanes del Volga” -leyó la nieta. Y esto? -preguntó sorprendida.
-Es un libro con todas las recetas tradicionales de nuestra gente. Lo escribió Julio César Melchior.
-Qué lindo! -suspiró la nieta. Y está tu receta?
-Sí, querida. Julio me entrevistó. Vino acá a casa con una balanza -sonrió. Sí, Marisa, con una balanza. Y sabés por qué? Porque yo le contaba la receta como la aprendí, a ojo. Un puñado de pan, unas pasas de uva y así es difícil que la gente aprenda a hacer una receta. Por eso, tuve que preparar un Füllsen para que Julio pudiera pesar todo. Después lo invité a almorzar. Me salió riquísimo!
La nieta acercó el libro a su pecho emocionada. Entre sus páginas latía un pedacito de historia familiar. Después abrazó a la abuela.
-Bueno! Bueno! Seguimos con el Füllsen? Ya son más de las diez. No vamos almorzar solamente Füllsen? Hay que preparar algo más. Ya veremos! De hambre no nos vamos a morir.
La abuela comenzó a unir, uno a uno, todos los ingredientes, mientras su nieta miraba maravillada.
-Parece tan simple -pensó Marisa. Y sin embargo, no es tan fácil como parece.

miércoles, 19 de abril de 2023

Las mujeres alemanas del Volga eran excelentes costureras

 Las mujeres alemanas, además de ocuparse de los quehaceres domésticos, la crianza de los
hijos, las tareas en la huerta y trabajar a la par del hombre en las labores agrícolas, también tenían a su cargo la confección de la ropa que usaban todos los integrantes de la familia.
Generalmente cosían durante la noche, a la luz de las lámparas, después de dar por terminadas las labores diarias, cuando los maridos fumaban sus pipas y los niños realizaban sus tareas escolares.
Su creatividad e ingenio eran grandes como asimismo era enorme su capacidad para aprovechar todas la telas que tenían a mano, como la tela blanca de las bolsas en las que se compraba el azúcar, la tela de arpillera, por citar solamente unos pocos ejemplos. Lo mismo sucedía con las prendas que quedaban chicas o ya estaban demasiado remendadas. Todo se transformaba.
Las mujeres aportaban muchísimo a la economía del hogar, tanto por lo que producían con su trabajo como por lo que ahorraban cuidando el dinero. Sobre sus espaldas descansaba el hecho de que una familia pudiera progresar y salir de la pobreza.

Mujeres a las que rindo homenaje en mi libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga", que pueden adquirir y recibirlo en su domicilio por Correo Argentino. Escribir a correo electrónico a historiadorjuliomelchior@gmail.com o al WhatsApp al 01122977044.

Los panqueques de mamá

Cuando mamá hacía panqueques en la cocina a leña, la casa se llenaba de un aroma inconfundible, un aroma que para siempre quedó asociado en mi memoria a la palabra hogar. Al recuerdo permanente de sus cabellos canos, sus ojos claros y su sonrisa transparente, de aquella época en la que preparaba los panqueques para mis hijos, esos mismos panqueques que hizo durante toda la niñez para mí y mis hermanos.
Aún hoy, cuarenta años después, conservo en mi memoria aquel aroma, aquel crepitar del fuego de la cocina a leña calentando todos los ambientes de la humilde casa.
Aún recuerdo el aroma de la felicidad, la dicha de la familia. Recuerdo a mamá, a papá, a mis hermanos… Todo un mundo que hoy ya no existe y que, para no perderlo para siempre en el olvido, rescato en mis libros "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", "La infancia de los alemanes del Volga ", "La gastronomía de los alemanes del Volga" y "La vida privada de la mujer alemana del Volga" que pueden recibir en su domicilio escribiendo al correo electrónico historiadorjuliomelchior@gmail.com o por WhatsApp al 01122977044.

Las recetas de la abuela y sus ingredientes secretos

 Con el aroma insuperable de las comidas de las abuelas, siguiendo paso a paso los ingredientes y las mismas recetas que ellas prepararon durante toda su vida, sin olvidar jamás el legado gastronómico de sus ancestros, todos oriundos de las aldeas fundadas en la región del Volga, en la lejana Rusia.
Recetas que primero hornearon en los hornos de barro, luego en las cocinas a leña, con ingredientes naturales, surgidos de la tierra que ellas mismas trabajaron con sus manos, preparando con productos cotidianos manjares diversos e inolvidables al paladar.
Todas ellas impresas en el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", una obra que rescata más de 150 recetas tradicionales, en diez capítulos con fotografías de las comidas más relevantes.
Es un homenaje a las abuelas y una manera tangible de mantener viva la memoria de todas ellas y su inmenso legado cultural, que se complementa con el libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga", una obra que por primera vez se ocupa de rescatan toda su existencia, desde el momento que nacían hasta el último día de sus vidas.

Los libros los pueden adquirir al correo electrónico historiadorjuliomelchior@gmail.com o escribiendo al 01122977044 y recibirlos en el domicilio por Correo Argentino.

lunes, 17 de abril de 2023

El amor eterno de mis padres

 Mis padres siempre labraron las tierras de otros dueños. Mi padre era peón rural, capataz en una estancia, y mi madre, cocinera para infinidad de peones, que rotaban, de acuerdo a la época del año, dependiendo si era tiempo de arada, siembra o trilla. Los dos trabajaron durante toda su vida. Mi padre, desde los nueve años. Mi padre desde los quince. Mi padre pudo cursar la escuela hasta cuarto grado y mi madre, solamente hasta segundo.
Trabajaron jornada tras jornada, de sol a sol, de lunes a sábado, en ocasiones, también los domingos, en primavera, verano, otoño e invierno. A veces hacía tanto calor que rajaba la tierra. Otras tanto frío, que la escarcha cubría todo hasta las doce del mediodía.
Jamás se quejaron de su destino. Jamás se lamentaron. Jamás tomaron la vida cotidiana como una tragedia. Para ellos, la vida siempre fue una celebración, una alegría. El amor y la conformación de una familia, tener una casa, un hogar, hijos, era la felicidad suprema. Y en pos de esa felicidad suprema, la máxima bendición de Dios, lo dieron todo de sí mismos. Lo entregaron absolutamente todo. Y fueron dichosos haciéndolo. Inmensamente dichosos. Tener hijos, acompañarlos en su crecimiento, velar por su educación, tanto familiar como escolar, apoyarlos en sus emprendimientos, contenerlos cuando algún fracaso hacía tambalear sus sueños, estar siempre presentes, siempre, desde el día que nacían hasta el último momento de sus propias existencias.
Mis padres fueron profundamente felices. Se amaron durante cincuenta y seis años. En la alegría y en la tristeza. En la salud y en la enfermedad. En la abundancia y en la carencia. Su amor jamás se extinguió. Lo alimentaron y lo hicieron crecer y más fuerte con los años. Y mi madre lloró mares de lágrimas el día que sepultaron a mi padre. Aún hoy, casi dos años después, aún lo llora como el primer día. Ambos se amaron y se aman. Su amor lo trasciende y lo supera todo, hasta la muerte. Porque se seguirán amando más allá de esta vida. Porque se amarán durante toda la eternidad de los tiempos. 

Las cenefas, una identidad arquitectónica de los alemanes del Volga

Las cenefas, que eran una ornamentación fabricada en madera o chapa, que se colocaba a lo
largo de los techos de la galería, con un diseño único para cada vivienda, era no sólo un elemento arquitectónico distintivo de las viviendas tradicionales fabricadas en L de los alemanes del Volga en las colonias, sino también un sello distintivo e identificatorio de cada familia, ya que no había dos casas que repitieran
el mismo dibujo.
Se dice que la palabra cenefa viene del árabe y que significa "orla, adorno o elemento decorativo –generalmente cíclico, listado o repetido– usado en la arquitectura, entre otras artes, y que suele presentarse en forma de tira".
Pero entre los alemanes del Volga era mucho más que eso.
El diseño de cada cenefa colocada en la vivienda familiar era única y no se repetía en otra casa. Cada apellido tenía su modelo. Para eso se conjugaban en la creatividad el propietario y los carpinteros de la localidad, que eran grandes ebanistas.

miércoles, 5 de abril de 2023

El dolor de nuestros ancestros

 Al embarcar en el puerto de Bremen, en Alemania, tuvo la absoluta certeza de que jamás iba tener la oportunidad de regresar a Kamenka, la aldea en la que quedaban sus padres aguardando un retorno imposible. Lo sabía porque la distancia a América era enorme, alrededor de un mes, el valor del pasaje exorbitante, y porque tampoco sabía cómo le iba a ir en el nuevo país, la Argentina. Lo desconocía todo de esa nación. Le habían hablado de que era un país con tierras prósperas para la siembra de trigo, con campos vírgenes casi infinitos esperando ser colonizados, de aldeas fundadas hacía poco y que ya progresaban y crecían con la llegada de más y más contingentes de volguenses, pero nada más. Era suficiente para alimentar sus deseos de emigrar buscando un horizonte mejor, libre, sin hambre y sin guerras, pero, a la vez poco, para proyectar un retorno a la casa de su infancia, al hogar de sus padres, buscarlos y llevarlos consigo. Por eso se preguntaba: conseguiría hacer una pequeña fortuna para regresar a buscarlos y darles una mejor vida antes de que fallecieran? Los veía tan grandes, tan desamparados y tan solos, parados en el portal, despidiendo a sus hijos, apoyándolos con alegría, con fortaleza, pero escondiendo llantos, tristeza, porque quizás, ellos también comprendían que el adiós era para siempre. El clima en Rusia, y por lo tanto en el Volga, día a día se volvía más y más violento y difícil de sobrellevar.
Al alejarse del puerto, unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Era el adiós definitivo a su hogar, a su infancia y a su tierra natal. A su aldea y a sus amados padres.

Los mimos de mamá

 En la niñez mamá nos mimaba elaborando ricas comidas alemanas. Las preparaba sobre la mesa de madera y las cocinaba en la cocina a leña. Nuestro hogar estaba impregnado de aromas que la memoria no olvidará jamás. Cuando nos sentábamos a comer mamá servía Kleis, Wückel Nudel, Supp, y a la hora de la merienda Kreppel, Dünne Kuchen, Strudel. Pese a que éramos pobres, nunca nos faltó un plato de comida. Mamá se las ingeniaba siempre para que el magro sueldo de papá, ganado con sudor y honradez, alcanzara para alimentarnos aun en los tiempos más duros, que los hubo y muchos. Recuerdo aquellos años y mis ojos se llenan de lagrimas. Las mismas lágrimas de gratitud, de admiración, de respeto, que me acompañaron a lo largo de los años que transité para dar forma al libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", en el que rescato todas esas recetas que nos alimentaron durante nuestra infancia. Esas inolvidables recetas que cocinaban nuestras madres.

jueves, 30 de marzo de 2023

Los bailes de los sábados en las colonias de antaño

 Las muchachas iban y venían a lo largo de la amplia galería de la casa. Dos arrojaban agua sobre las baldosas que sacaban de la bomba y otras dos barrían frenéticamente con la escoba, limpiando a conciencia. Conversaban y reían, felices. Hacían planes para el atardecer. Rosa soñaba en voz alta: “ojalá que venga Juan”. “Si se entera papá que estás pensando en él, te va a encerrar en el cuarto y te vas a quedar sin bailar” -opinó Luisa seriamente. “Vamos, vamos, que todavía tenemos que barrer el patio y ordenar la cocina” - las apuró Berta. Sí, vamos! Que después hay ayudarle a cocinar a mamá” -acotó María.
Y así fue. Al rato asomó doña Filomena rezongando porque ya era tarde y nadie estaba haciendo nada en la cocina. La norma en la casa era almorzar a las doce en punto del mediodía, cuando sonaban las campanas de la iglesia: momento en que todos paralizaban su actividad para rezar el Ángelus. Y las muchachas sabían que las costumbres se cumplían a rajatabla. Por eso, sin refunfuñar pero sí controlando a duras penas su ansiedad, obedecieron a su madre. Rosa comenzó a pelar papas, Berta cebollas y Luisa comenzó a reunir ingredientes para preparar una pasta, mientras María se dirigía a la quinta a buscar las verduras que faltaban para elaborar el menú.
Luego del almuerzo, la vivienda quedó en silencio. Poco importaba que fuera sábado y las muchachas tuvieran planes para esa jornada. Nada alteraba el orden habitual de los habitantes de la casa. A nadie se le hubiese ocurrido revelarse ni contradecir las normas. Por respeto a los padres y a las buenas costumbres.
Los sábados a la tarde, después de la siesta y del mate, venía el momento del baño. Se calentaba agua en la cocina a leña en cuanta pava y tarro hubiera en la casa. La tina era un enorme fuenton confeccionado de chapa en la localidad y el cuerpo y la cabeza se lavaban con jabón casero que elaboraba la abuela tras cada carneada.
Habiéndose bañado y concluida la cena, que se desarrollaba con el toque de las campanas de la iglesia, a la hora del atardecer, las muchachas, que vivían en la calle central del pueblo y eran hijas de una familia de un pasar económico holgado, sacaron la radio a la galería. La trasladaron entre Berta y María y con esfuerzo la colocaron sobre una mesita instalada en un rincón, para que no moleste, en el momento de bailar. La encendieron y subieron el volumen.
Ahora solo cabía esperar que llegaran las primas, los primos y las amigas y los amigos invitados. Y todo estaría listo para otro sábado de baile y diversión.

martes, 21 de marzo de 2023

Recuerdos que mi madre me contó en su vejez

 Mi madre me contó en su vejez que cuando ella era niña, en tiempos de Cuaresma, se mantenía un estricto ayuno y abstinencia los días miércoles y viernes, esto incluía nada de carne, absolutamente nada, y comer poco, lo necesario para alimentar el cuerpo. También eran días de profundo silencio interior que se extendía no solamente hacia todos los integrantes de la casa sino que el silencio también debía reinar en todos los rincones del hogar. Los platos que más se elaboraban durante esos días eran los Kleis y los Maultasche, los Kleis recubiertos con trocitos de pan duro rehogados en grasa y los Maultasche rellenos de ricota.
También me contó que eran días de honda comunicación con Dios, días en que se rezaba mucho y los niños debían tener mesura en sus risas y en sus juegos. Cosas que luego se profundizaban aún más el día Viernes Santo en donde la casa debía permanecer en penumbras, casi en silencio y todos los integrantes de la familia estaban de luto porque a las tres de la tarde de ese día se rememoraba la crucifixión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Aparte –dice- la Cuaresma y la Pascua eran días de asistir a misa, ningún niño escapaba a esa obligación. Y agrega que a lo largo de todo el año “si yo faltaba a misa las hermanas religiosas de la escuela me ponían una falta en el boletín. Así de estrictos eran antes nuestros padres -sostiene- y de creyentes en Dios. Ellos tenían a Dios presente a toda hora, las campanas de la torre de la iglesia anunciaban el amanecer, las doce del mediodía y el anochecer, y en cada ocasión, todos debíamos dejar lo que estábamos haciendo, persignarnos y rezar el Ángelus. Lo mismo que rezar antes de cada comida y, de noche, como sobremesa leíamos la Biblia y cantábamos canciones religiosas.
Mi madre también reflexionó con honda tristeza, que sentía mucha pena que todas estas costumbres y tradiciones se fueran perdiendo, costumbres y tradiciones que para ella y todos los alemanes del Volga forman parte de su identidad, de su forma de ser, y le daban sentido a sus vidas. Mientras me decía esto, sus ojos se llenaban de lágrimas, sus dedos, entrelazados con su rosario negro que siempre llevaba en sus manos, temblaban.

Al recordar estas palabras que mi madre un día me contó comencé a rescatar, revalorizar y escribir libros que recuperaran para siempre todos estos recuerdos y todas estas tradiciones y costumbres, porque son parte de nosotros mismos. Porque nos hacen comprender quiénes somos y porque somos como somos. Y porque debemos sentir orgullo de ser descendientes de alemanes del Volga. Esos libros son: “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, “La vida privada de la mujer alemana del Volga” y “La infancia de los alemanes del Volga”. Autor: Julio César Melchior. Los libros los pueden adquirir escribiendo a juliomelchior@hotmail.com o al WhatsApp 01122977044.

sábado, 11 de marzo de 2023

El Tros Tros Trillie, una canción que nos hizo feliz

 Esta canción nos ha acompañado por generaciones. Las abuelas, madres, y las que serán madres en un futuro se divirtieron con el Tros Tros Trillie en la falda de alguna de estas mujeres que nos han cantado. Momentos inolvidables que nos llenaron y nos llenan de felicidad. Porque la felicidad es eso, no? La simpleza que nos brinda alguien que nos ama. El amor trocado en juegos, en canciones, en momentos que quedan para siempre.

Si desean revivir esos momentos, recordar a esas personas y volver a sonreír aunque mas no sea por un ratito, no dejen de consultar el libro "La infancia de los alemanes del Volga" que está escrito en dialecto y en español. Para recordar nuestra lengua materna y la etapa en que fuimos amados por quienes nos dieron la vida. Lo pueden adquirir escribiendo al WhatsApp 01122977044 o al correo electrónico juliomelchior@hotmail.com.

¿Quién se acuerda de los fideos caseros (Trucke Nudel)?

 La abuela elaboraba, generalmente los domingos, unos Trucke Nudel riquísimos. Era una receta simple y sencilla de hacer. La había heredado de sus ancestros. Mi memoria de niño recuerda que solamente utilizaba harina, dos o tres huevos y algún que otro ingrediente más. Amasaba dos o tres bollos sobre la larga mesa de madera de la cocina, los estiraba con el palo de amasar espolvoreándolos con abundante harina hasta lograr una masa casi redonda de unos pocos milímetros de altura y después los colocaba sobre el respaldo de una silla, que sacaba al patio para que la masa se seque. Una vez transcurrido el tiempo que ella calculaba con exactitud, sin contar con reloj ni ningún asesoramiento tecnológico, introducía la silla, tomaba cada masa estirada, la enrollaba y cortaba los fideos para ponerlos a hervir en una olla.
Mientras tanto en una sartén colocaba uno poco de grasa para freír trocitos de pan o cebolla picada, que volcaba sobre los fideos una vez que estaban cocinados y servidos en una fuente, listos para llevar a la mesa.

Las comidas y los recuerdos son nuestra identidad. Nuestras raíces. Nuestra cultura. Conocer la gastronomía de un pueblo es conocer una parte de su historia. Es por eso que el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga" rescata mas de 150 recetas tradicionales de la cocina de los alemanes del Volga. No sólo para atesorar nuestros sabores de la infancia sino también para conocer nuestra cultura, nuestra historia y nuestras raíces. Esta receta original, la pueden encontrar completa, junto con 150 más en mi libro “La gastronomía de los alemanes del Volga” que pueden recibir a domicilio a través de Correo Argentino escribiendo a juliomelchior@hotmail.com o al WhatsApp 01122977044.

miércoles, 8 de marzo de 2023

Dedicado a las mujeres alemanas del Volga

Mi homenaje a las mujeres que engrandecieron mi vida, la llenaron de silenciosa ternura, de un profundo respeto a los demás, de cuidados en las eternas noches de campo haciendo de madre y padre, de amor en los pequeños gestos volviéndolos infinitos, de olor a hogar y calor maternal. A las mujeres de mi vida que amaré por siempre y de las que siento profundo orgullo porque ellas me educaron en la infancia, en la niñez, en la adolescencia y me transmitieron todos sus conocimientos en la adultez. Para que el mundo entero las conozca y las valore como lo que son: el gran tesoro de nuestra cultura, es que quise volcar en este libro todo lo que encierra la mujer alemana del Volga. Es mucho más que un libro, es el alma misma de las mujeres de las cuales desciendo y por las que hoy soy quien soy.
El libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga" lo pueden recibir a domicilio por Correo Argentino. Para poder adquirirlo se pueden comunicar al correo electrónico juliomelchior@hotmail.com o por WhatsApp 01122977044.

martes, 7 de marzo de 2023

Los niños del tambo

 El padre, la madre y sus cinco hijos salen de la casa rumbo al tambo iluminados por la precaria luz del farol. Llovizna. Hace frío. Es invierno. Las vacas mugen esperando ser ordeñadas. La familia se acerca a ellas chapoteando lodo, que es una mezcla de barro, bosta y orina de vaca, hundiendo los pies casi hasta las rodillas. El reloj marca las cuatro de la mañana. Como todas las mañanas. Como a lo largo de todo el año. Hay que terminar de ordeñar antes de las ocho de la mañana, para tener la leche en los tarros puestos en la tranquera que da a la calle para que el carro los pueda recoger y llevar a la quesería, fabrica que está emplazada a unos diez kilómetros de allí.
El niño más pequeño tiene ocho años y siente que sus manitas aterridas de frío, a veces tiembla, a veces llora, a veces quisiera regresar a la cama, meterse entre el acolchado de lana que le confeccionó especialmente la abuela. Pero no se puede. No se debe. La familia necesita cada peso que ingresa para sobrevivir. No sobra nada. No falta nada pero tampoco sobra nada. Para eso todos, absolutamente todos tiene que trabajar en el tambo. Y el tambo tiene que producir a pleno.

Gracias a los lectores que me hacen llegar fotografías del momento en que reciben mis libros. Gracias por tanto respeto, cariño y admiración

Muchos lectores, de todas partes de Argentina, recibiendo sus libros para leer, recordar y conocer sobre la historia, cultura y tradiciones de los alemanes del Volga. Una forma de difundir, legar y atesorar nuestras raíces. Muchas gracias por confiar en mis trabajos literarios desde hace tantos años.

miércoles, 22 de febrero de 2023

La tradición de Aschermittwoch

 Es día de ayuno y abstinencia rigurosos, que todos los aldeanos respetan ingiriendo una sola comida en toda la jornada sin nada de carne.
La comunidad comienza a vivir la Cuaresma, los cuarenta días en los que los católicos se preparan para la pasión, muerte y resurrección de su Salvador, el Domingo de Pascua.
Los fieles deben confesar sus pecados y después pedir perdón a Dios con una serie de obligaciones que demuestran la intención de querer cambiar, ofreciendo algún sacrificio y renuncia como muestra de arrepentimiento.
Es un recordatorio de la fragilidad de la vida y la proximidad de la muerte que pretende hacer que los fieles tengan presente la necesidad de comportarse como buenos cristianos para ser merecedores de acceder al Reino de los Cielos y vivir eternamente junto a su Creador.
Durante la tarde la aldea entera asistirá a la iglesia a participar de una celebración litúrgica en la que se realizará la imposición de la ceniza. Cenizas que se obtienen a partir de la quema de los ramos del Domingo de Ramos del año anterior, bendecidas y colocadas por el sacerdote sobre la frente, trazando una cruz, mientras murmura unas palabras del Evangelio.
En el día de hoy, en que se celebra Miércoles de Ceniza, los fieles inician el camino a la Semana Santa y la Pascua de Resurrección.

lunes, 20 de febrero de 2023

La ceremonia del té entre los alemanes del Volga

 Los alemanes del Volga que arribaron a la Argentina trajeron consigo la ceremonia del té al estilo ruso que habían incorporado a sus hábitos diarios luego de más de cien años de vivir en sus aldeas fundadas en las lejanas tierras del zar.
Compartiendo una taza de té surgían conversaciones de toda índole, fiestas, reuniones, con sus tristezas y alegrías, llegando a simbolizar hospitalidad para con el huésped, historias y tradición para con los niños, y conversación para con los afectos.
La ceremonia del té se desarrollaba en torno al samovar, un utensilio típico de Rusia para hervir agua y conservarla caliente, que se colocaba en el centro de la mesa, que consiste en un recipiente de cobre u otro metal con una canilla en su parte inferior para servir el agua y una concavidad en la parte superior donde se coloca la tetera.
El agua se calentaba con carbón y maderas que ardían lentamente, para mantener la temperatura constante en un tubo ubicado en el centro. Mientras que en la parte superior del samovar se apoyaba una pequeña tetera con té en hebras muy concentrado, es decir, con bastantes hebras y poca agua, para hidratarlas.
Finalmente se tomaba la taza, se echaba un poco de té y se diluía con el agua caliente que se extraía del grifo del samovar hasta obtener la infusión deseada. Que bebían sosteniendo un terrón de azúcar entre los dientes.
En la Argentina cambiaron la ceremonia del té por la del mate, conservando, sin embargo, la costumbre de diluir el terrón de azúcar en la boca.

domingo, 5 de febrero de 2023

La tormenta

 Mi madre salió al patio. Miró hacia el cielo. Y con rostro serio y el cuerpo palpitando de angustia, susurró temerosa: "Kommt windt".
Y todos comprendimos, desde el más pequeño al mayor de sus hijos, que se aproximaba una gran tormenta. Certeza que pudimos confirmar a medida que transcurrieron los minutos: nubes enlutadas, tenebrosas, dramáticamente coloreadas de un azul negruzco, se acercaban. Con ellas, paulatinamente, también arribaba la noche. Pese a que aún restaban algunas horas para que atardeciera.
Con el corazón sobresaltado, observamos atónitos, como mamá corría de aquí para allá, cerrando postigos, asegurando puertas, guardando palanganas, bajando ropa del tendal, y mil tareas más que realizaba casi corriendo. No se quedó en esos menesteres, sino que luego comenzó a tratar de encerrar en el gallinero a los pollitos, seguramente para resguardarlos de la lluvia, pensamos inocentemente nosotros.
Viendo su nerviosismo y comprobando como el día se iba transformando en noche cerrada y como un viento suave, aunque cada vez más prolongado e intenso, empezaba a soplar, decidimos buscar refugio junto a ella. Fue cuando principiaron a caer las primeras gotas de lluvia, grandes, ruidosas, sobre la tierra reseca donde abrían pequeños cráteres. Mientras en el horizonte, los destellos de truenos vociferaban la furia interna de la tormenta que inexorablemente se aproximaba.
Y no hubo más remedio que abandonar a los pobres pollitos.
-Vamos, adentro de la casa, chicos, rápido -nos suplicó mamá con voz sofocada.
Entramos corriendo a casa, mientras el viento y la lluvia llegaban a toda prisa. Detrás nuestro, pudimos percibir la ira de la tempestad que, descontrolada, se abalanzaba sobre nuestro hogar. Las chapas tronaron a causa del enorme caudal de agua que caía del cielo, en tanto el viento las sacudía sin ningún tipo de piedad.
Al ingresar a casa, mamá ordenó que nos metiéramos bajo la mesa. Sí bien en ese momento no comprendimos por qué, igualmente acatamos lo que había dicho. Nuestras pequeñas mentes, presas de miedo, ya no pensaban, y el alma, desesperada, sólo anhelaba protegerse en el regazo de mamá. Que, igual que nosotros cuatro, también estaba bajo la mesa.
Nos abrazamos a ella. Mi hermano Pedro lloraba. Juana temblaba como una hoja. Luis estaba petrificado a causa del miedo. Y yo sufría en silencio, deseando que todo terminara pronto. Bien o mal, pero que acabara.
El techo de la casa crujió. Pareció agitarse. Como si se abriese y cerrase. Pero eso era imposible.
Mamá sacó el rosario que siempre llevaba en el bolsillo de su delantal gris y empezó a rezar en voz baja. Aunque intentaba disimularlo, advertí que lloraba en silencio. Me di cuenta de ello por el agitar de su cuerpo, ya que era imposible verla, dado la oscuridad que había, pese a que, de acuerdo al reloj, todavía era de día.
Un estruendo colosal nos arrancó un grito a todos. Luego vino un breve silencio y después... desconcertados vimos como el agua del vendaval caía del cielo precipitándose alrededor de la mesa... ¡en la mesa de la cocina! Los truenos retumbaban aterradoramente.
Volvió a escucharse un estruendo. No tan tremendo, es cierto, pero volvió a castigamos en forma demoledora. Gritamos, lloramos... escuchando y adivinando lo que sucedía no sólo alrededor nuestro sino sobre nuestras cabezas, con el techo.
Mamá nos abrazó fuerte, muy fuerte. Seguramente intuía que el primer estruendo que habíamos escuchado tuvo lugar cuando el viento se llevó el techo... y el segundo, una de las paredes de la casa. Lo que significaba que el final podía estar próximo.
Y así fue.
Un trueno desgarró el aire, iluminando espectralmente el lugar, para que pudiéramos observar el destrozo: ya no había techo; la habitación era un caos: trozos de madera, adobe, platos diseminados por doquiera, y la lluvia que caía dentro de la casa como si se hubiera desencadenado el diluvio universal.
Y el viento que no cesaba.
Lloramos. Rezamos. Le imploramos a Dios, pidiéndole perdón si le habíamos ofendido. Lloramos gritando.
Las cosas continuaron derrumbándose. Algún ladrillo de adobe. El aparador que se deshizo bajo el peso de los escombros que seguían cayendo del techo...
Fue tanto el miedo que sentí que no recuerdo lo que aconteció después. No sé sí me desmayé o directamente lo olvidé. Mi memoria se detiene ahí y vuelve a retomar la historia varias horas más tarde, cuando papá, de regreso del trabajo en el campo, ya me había rescatado. Estaba en brazos de abuela. Seguro de que todo había concluido, pregunté por mamá. Todos bajaron la mirada. Papá apartó el rostro. Traté de buscarlo con la mirada, pero desapareció tras la puerta de la cocina, dejándome solo con los abuelos. Intuyendo la respuesta, y próximo al llanto, pregunté por mis hermanos. Abuela comenzó a llorar silenciosamente. Abuelo, sacudiendo la cabeza, también se perdió tras la puerta de la cocina, dejándonos solos a abuela y a mí.

domingo, 29 de enero de 2023

Los regalos que hicieron llorar a la abuela

 La abuela sonrió cuando su nieta le entregó el regalo. Pero fue una sonrisa incómoda. No estaba acostumbrada a recibir obsequios. Nunca supo cómo reaccionar frente a este tipo de demostraciones de afecto. Algo lógico, teniendo en cuenta que ella era de una época en que las demostraciones de cariño eran escasas y nadie regalaba obsequios sofisticados, envueltos en envolturas bonitas, con moños de colores.
La abuela tomó el regalo tímidamente, casi temblando. Pequeñas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
La nieta la abrazo fuerte, muy fuerte. La abuela primero no supo cómo reaccionar. Luego, paulatinamente, venciendo sus propios temores y vergüenza, respondió al gesto.
Acto seguido abrió el obsequio. Lo hizo con sumo cuidado, tratando de no dañar ni la bolsa ni el papel.
-Hay que romper, abuela. Trae suerte.
-Me da pena romper el papel. Es tan lindo -se excusó la abuela.
Nieta y abuela abrieron el regalo. Cada una siguiendo su criterio.
De entre la bolsita, el papel y el moño rojo asomaron dos libros, cuyos títulos sorprendieron a la abuela: "La gastronomía de los alemanes del Volga" y "Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior.
Los tomó y los acercó a su pecho. Un cúmulo de recuerdos llenaron su memoria de imágenes. Del pasado llegaron escenas de su madre cocinando comidas tradicionales y de su padre trabajando el campo.
Esta vez fue la abuela quien abrazó a su nieta, emocionada y desbordada por la nostalgia e inmensamente feliz.

Un domingo en familia en la colonia

 Sobre la cocina a leña varias ollas exhalan vapores y aromas disímiles. El fuego, en su interior, crepita. Abuela abre la puerta del horno, observa la fuente en la que descansa un lechón rodeado de papas, da unos pinchazos aquí y allá con el tenedor, para finalmente decidir que todavía le falta un poco. Luego toma una cuchara de madera y revuelve el contenido de una cacerola. Se nota a primera vista que sabe lo que hace. No necesita ninguna receta escrita. Todo lo lleva grabado en su memoria. Tampoco necesita balanza para pesar los ingredientes, sus manos y sus cálculos siempre resultan perfectos.
Es domingo, día de reunión familiar. Primero asistir a misa, a las diez de la mañana, en la iglesia de la colonia, después todos a almorzar a casa de abuela. Los hijos, nueras, nietos. Un universo de personas que se sentarán en torno de la larga mesa familiar, con abuelo presidiendo la cabecera. Hablarán todos a la vez. Habrá recuerdos. Anécdotas. Risas. Alguna lágrima. Y después, si abuelo si tiene ganas y el cuerpo le da, aparecerá el acordeón y surgirán las canciones alemanas.
Abuela vuelve a revolver el contenido de la olla con la cuchara de madera. La coloca sobre la mesa y se acerca a la ventana para observar si ve gente en la calle, retornando de la iglesia. No ve a nadie. Eso le da tiempo para salir al patio, tomar la palangana e ir a la bomba a llenarla de agua, para lavar unas prendas y colgarlas en el tendal, allá en el fondo, cerca de la quinta, donde florecen las verduras y los frutales.
Al volver, ingresa al galponcito de chapa y sale con el brazo cargado de astillas de eucalipto, para alimentar el fuego de la cocina a leña.
Alguien pasa por la calle y la saluda. Ella responde con una sonrisa.
-Terminó la misa -piensa. Ahora vendrán mis hijos.
Y así es. Llegan los hijos y las nueras, pero también abuelo y los nietos, que ingresan corriendo al patio a abrazarla y llenarla de besos.

Recuerdos de una tradicional carneada

 Toda la familia participó, trabajó y colaboró en esta tradicional costumbre de los alemanes del Volga: Omar eberle, Marcela Ledesma, Natalia y Anabela Eberle, Sonia Eberle, Amanda Graff, José Luis Rincón, Juliana Rincón, Ernestina Eberle, Jorge Streitenberger, Daniel Distel, Silvana Rohwein, Fransico Distel, Santiago y Agustín Herr, Jaquelina Guarnieri y Sebastián Montenegro.

Los Wickelnudel de la abuela

 -Llegaste justito Camila para ayudarme a cocinar Wickelnudel. ¿Me vas a ayudar? -preguntó la abuela a su nieta, que acababa de llegar con la mochila con la que se movía habitualmente de acá para allá, arrastrando libros de estudio.
-Sí! -respondió la nieta entusiasmada. Así aprendo a cocinarlos. Mamá nunca me deja entrar a la cocina cuando está cocinando porque dice que mi función en la casa es estudiar y recibirme.
-¡Y tiene razón! -agrega la abuela. Tenés que estudiar para ser una buena médica.
-Pero las médicas también cocinan -opinó la nieta. ¿O caso las médicas no comen, abuela?
-Sí, Camila, comen; pero tienen empleadas que les preparan la comida.
-Pero yo quiero aprender las recetas alemanas. En las grandes ciudades nadie las sabe cocinar. Y en las colonias, a veces también pasa, porque nuestras madres no nos enseñan a cocinar desde chicas como hicieron ustedes, abuela, con ellas.
-Era otra época, Camila. Tenían que aprender obligadas porque tenían que salir a trabajar desde muy pequeñas. Tu mamá empezó a trabajar a los doce años. ¡Pobrecita! Con tu abuelo tuvimos trece hijos y dos fallecidos. Había que alimentar a tanta gente. Hoy las cosas cambiaron: todos tienen solamente uno o dos hijos, entonces todo se vuelve más sencillo. Los pueden mandar a estudiar. Algo imposible para tu madre. Ninguno de tus tíos pudo terminar la primaria. Todos tuvieron que salir a trabajar al campo. Tu abuelo murió muy joven y eso lo hizo todo aún más difícil. Pero dejemos eso, es historia pasada -se interrumpió abuela. ¿Vamos a cocinar Wickelnudel? ¿Sí? Bueno, vos andá preparando unos ricos mates, así no te aburrís mientras mirás.
La nieta obedeció. Fue a la alacena, sacó la yerba, el mate y todo lo necesario para prepararlo.
La abuela limpió la mesa de madera y sobre una tabla de madera empezó a cortar un pequeño corte de carne en trozos, después pico una cebolla, dos zanahorias y tres papas.
-Esto, y algunas cositas más, es para el estofado donde se van a cocinar los Wickelnudel. Ah! También hay que salar y condimentar bien para que la salsita salga rica. Todo esto lo ponemos a rehogar en una olla con unos chorros de aceite, sobre la cocina a leña. Y lo dejamos ahí, revolviendo de vez en cuando.
-Pero, abuela, no estás diciendo las proporciones. ¿Cuánto de carne?¿Cuántas zanahorias?
-Más o menos, medio kilo de carne. Si tenés menos no importa. Hay que saber arreglárselas como lo hacían nuestros antepasados, que siempre les faltaba de todo. Mi madre, a veces, cocinaba Wickelnudel sin carne. Le agregás dos o tres zanahorias. Una o dos cebollas, de acuerdo al tamaño. Eso lo vas a ver a medida que las vas cortando. Algunas papas. Unas pizcas de condimentos. De los que más te gusten, para que tome rico sabor.
-Uh! Pero así es muy difícil, abuela -se quejó la nieta. Cómo voy a saber cuál es la cantidad necesaria de cada cosa, si nunca preparé una salsa en mi vida.
-Ya vas a aprender -Camila. Ya vas a aprender. Paciencia.
Camila no estaba tan convencida. La abuela se desenvolvía con tanta seguridad.
-Ahora a preparar la masa -exclamó la abuela.
-Sí! -los Wickelnudel!
La abuela limpió bien la mesa, primero con un trapo húmedo y luego seco. Espolvoreó un poco de harina y mientras elaboraba la masa, explicaba:
-Arrojás un montoncito de harina bastante generoso. Le agregás levadura. Una pizca de sal. Uno o dos huevos. Un poco de leche. Unís todo y amasás. Una vez que tenés una masa homogénea la ponés sobre la mesa y la aplanás con el palo de amasar. La enrollás. La untás con aceite. Y la cortas en rollitos de unos cinco centímetros, más o menos. Y finalmente, la dejás reposar durante un rato.
-Me quedó reclara -comentó la nieta con una sonrisa de joven para nada conforme con la explicación. Es imposible que yo haga eso. Uno o dos huevos, tres o cuatro cebollas, más o menos un kilo de harina y no sé qué más!
-No! Un kilo no! -corrigió la abuela. Es demasiado.
-Y después? -preguntó la nieta.
-Paciencia, Camila. En la cocina todo se hace con mucha paciencia y tiempo, para que las cosas salgan ricas. Pero te cuento: después de que hayan pasado unos minutos, colocamos los Wickelnudel sobre la salsa de carne y verduras que preparamos en la olla, que no tiene que ser muy líquido porque la masa se tiene que cocinar al vapor. Si es muy líquido tenés que retirarle un poco de jugo. Colocás los Wickelnudel y los tapás. Se cocina sin quitar la tapa de la cacerola a fuego muy bajo.
-Parece tan fácil cuando te miro mientras los preparás y, sin embargo, es tan difícil. No a todo el mundo le salen los Wickelnudel tan ricos como a vos. Quedé mareada con todo lo que hiciste. Es un lío las cantidades y las proporciones.
-No te preocupes -la consoló la abuela y fue a la pieza a buscar un regalito envuelto en papel de librería.
Qué raro! -pensó la nieta. La abuela yendo a una librería. Justamente ella, que solamente leía la Biblia y, de vez en cuando, algún diario local que le prestaba la vecina. Ella prefería la radio como soporte informativo. Allí también se enteraba quién fallecía en el pueblo.
-Es para vos -dijo sonriente la abuela.
-Para mí? -preguntó desconcertada la nieta.
-Sí, Camila. Abrilo. Hay que romper el papel porque trae suerte. No te olvides.
Así lo hizo la nieta. Y descubrió el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior.
La nieta lo ojeó. Sus ojos se iluminaron. Abrazó a su abuela fuerte, muy fuerte, estampando un beso sonoro en la mejilla.
-Es para que aprendas a cocinar nuestras recetas. Hay más de ciento cincuenta. Explicadas paso a paso. Es un muy buen libro, que rescata nuestras comidas. Te va a encantar.
-Gracias! Gracias! Gracias! Sos un amor, abuela! Estás en todos los detalles.
La abuela emocionada empezó a limpiar la mesa, para que su nieta no se diera cuenta que estaba a punto de llorar de alegría.

Venimos de una aldea alemana del Volga

Fotografía de: descubrirturismo.com
 Nacimos y crecimos en una aldea fundada por alemanes del Volga incorporando hábitos, costumbres, tradiciones y los valores de nuestros mayores. Nuestra vida diaria era esa. La de ellos. Trabajar sin descanso de sol a sol. La vida sencilla en un hogar humilde pero construyendo lazos indestructibles pues la familia, la amistad, la palabra y el compartir, eran los pilares de la vida en comunidad.
La fe religiosa era otro lazo que se creaba para siempre y era la fuente donde recurrir cuando estas los abandonaban y de donde se aferraban en tiempos de desesperanza.
Crecimos viendo todo esto. Incorporándolo sin darnos cuenta. Siendo dignos retoños de aquellos aventureros que soñaron un futuro mejor para nosotros…
Y lo lograron! Nos legaron con el ejemplo, el sudor y las manos curtidas toda su historia.
Pero nosotros crecimos y, como ellos, nos fuimos en busca de un futuro mejor. Nos fuimos a estudiar, a trabajar, a hacer nuestra vida fuera de la aldea o colonia, pues el mundo cambia, avanza, crece y el trabajo rural ya no era suficiente.
Mamá y papá se quedaron solitos, en su casita de adobe. Sin la posibilidad de compartir sus vidas con sus nietos.
Los nietos nacieron en ciudades más grandes, con otro confort y comodidades. Con otras costumbres o sin ellas directamente. Sólo vieron a sus abuelos dos o tres veces. Sólo conocieron la historia de sus abuelos a través de nosotros.

lunes, 23 de enero de 2023

¿Quién se acuerda de los fideos caseros (Trucke Nudel)?

La abuela elaboraba, generalmente los domingos, unos Trucke Nudel riquísimos. Era una receta simple y sencilla de hacer. La había heredado de sus ancestros. Mi memoria de niño recuerda que solamente utilizaba harina, dos o tres huevos y algún que otro ingrediente más. Amasaba dos o tres bollos sobre la larga mesa de madera de la cocina, los estiraba con el palo de amasar espolvoreándolos con abundante harina hasta lograr una masa casi redonda de unos pocos milímetros de altura y después los colocaba sobre el respaldo de una silla, que sacaba al patio para que la masa se seque. Una vez transcurrido el tiempo que ella calculaba con exactitud, sin contar con reloj ni ningún asesoramiento tecnológico, introducía la silla, tomaba cada masa estirada, la enrollaba y cortaba los fideos para ponerlos a hervir en una olla.
Mientras tanto en una sartén colocaba uno poco de grasa para freír trocitos de pan o cebolla picada, que volcaba sobre los fideos una vez que estaban cocinados y servidos en una fuente, listos para llevar a la mesa.
Esta receta original, la pueden encontrar completa, junto con 150 más en mi libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”. Para más información comunicarse al 011 22977044.

¿Se acuerdan del Tros Tros Trillie que nos cantaba la abuela?

 ¿Quién se acuerda de esas largas y frías noches de invierno, cuando la abuela nos sentaba sobre su falda y haciendo saltar sus rodillas, imitando el trotar de un potrillito nos cantaba “Tros Tros Trillie/ der Bauer hat ein Fihllien…”, cada vez con más velocidad mientras el potrillito brincaba más y más, y nuestras risas aumentaban y aumentaban hasta llegar a la carcajada… hasta que de pronto, sorpresivamente, y sin previo aviso el potrillito intentaba desmontarnos con un brinco aún más fuerte que los anteriores, asustando nuestra alma de niño y temiendo caer al piso de espaldas…pero eso nunca sucedía, porque ahí siempre estaban los brazos y las tiernas manos salvadoras de la abuela, que nos rescataban a último momento y nos abrazaba riendo?
Pensando e imaginando en qué remotos lugares de la historia, con potreros llenos de pasto de brotes tiernos y agua fresquita, trotarán todos aquellos potrillitos que llenaron nuestra infancia y nuestras largas noches de invierno sentados en la falda de la abuela, llenando la cocina de risas, mientras mamá tejía o bordaba, papá jugaba a las cartas con sus hijos varones y las hijas mujeres también realizaban tareas hogareñas igual que mamá, es que un día decidí comenzar a investigar y reunir material para escribir mi libro “La infancia de los alemanes del Volga”, en memoria de todos esos potrillitos que quedaron allá lejos en el tiempo, en algún lugar hermoso de nuestro recuerdo trotando sin fin, al compás de las piernas de la abuela, esa abuela dulce y tierna que hoy también extrañamos y que, como el potrillito, también rescato en mi libro, al igual que toda la idiosincrasia y vivencias que hacían a nuestra infancia de antaño. Esa infancia simple, clara y transparente, humilde pero honrada, con padres y abuelos trabajadores, con casitas de adobe y techos cubiertos de paja, una chimenea exhalando humo y una aldea o colonia que recién nacía. Autor: Julio César Melchior.
Para mayor información sobre el libro "La infancia de los alemanes del Volga" comunicarse por mensaje privado al correo electrónico juliomelchior@hotmail.com o al Whatsapp al 011 2297 7044.

miércoles, 18 de enero de 2023

Los días felices

 La felicidad en las aldeas y colonias de antaño era sencilla. Tan sencilla como el pan diario que nunca faltaba sobre la mesa familiar. Mamá amasando cosas ricas. Papá trabajando en el campo. Los hijos jugando en los baldíos. Libres. Totalmente libres. En un universo de inocencia imposible de imaginar hoy.
Los sueños eran otros. Las ilusiones también. Ni que hablar de los valores. Había educación, respeto. Se honraba la palabra. Se trabajaba para crecer para desarrollarse como personas. Había un sentido profundo de familia, de comunidad, de sociedad. El vecino estaba al nivel de un familiar, el amigo a la altura de un hermano. El amor era para siempre. El olvido no existía. Así pasaran diez, veinte años, la puerta permanecía abierta, los brazos extendidos, la mesa puesta, esperando el regreso.

jueves, 5 de enero de 2023

“La vida privada de la mujer alemana del Volga”, a punto de agotarse en su cuarta edición

 Una obra que mereció múltiples reconocimientos y continúa siendo el centro de varios estudios académicos. Cosechando lectores en todo el país y el extranjero. Un libro que trasciende las fronteras meramente históricas para abarcar aspectos filosóficos y sociológicos de la vida diaria de la mujer. Para conocer, entender y comprender no solamente la historia de las mujeres alemanas del Volga, sino para saber, entender y comprender por qué algunas cosas fueron y son todavía en la actualidad como son. 

El autor nos presenta en esta obra un profundo estudio del rol que le tocó desarrollar a la mujer en la historia y cultura del pueblo de los alemanes del Volga. La describe sin tabúes. Con valentía. Para mostrar cuánto sufrieron las mujeres a lo largo de la historia y cuánto pero cuánto tiempo nos hemos olvidado de ellas, precisamente ellas, que nos dieron la vida y nos lo entregaron todo, sin pedir nada a cambio jamás. Por suerte, esta obra repara ese olvido y lo repara con creces.
Coloca a la mujer alemana del Volga en el centro de la historia y reconstruye, mediante una exhaustiva investigación, los pasos que ha debido transitar para conformar la identidad personal y de género que la identifica, permitiendo comprender el porqué de sus comportamientos, actitudes y formas de ver y encarar la vida que tuvo no solamente en el pasado, sino también en la actualidad y, por qué no decirlo, nos permitirá comprender mejor la idiosincrasia de las sociedades alemanas del Volga.
Reconstruye su pasado haciendo una descripción de cómo se desarrolló y conformó su yo privado. Lo presenta en detalle. Indaga en los espacios, a veces muy restringidos, de su vida, y en la responsabilidad, o no, que tuvo, en sus actos, en un universo social basado en el poder del patriarca, en donde el hombre tiene el control de todo y es el centro alrededor de cuyo eje giran las premisas de la ética y la moral, las costumbres y las tradiciones, y las mujeres son consideradas meras actrices secundarias, sin ideas, sin sentimientos, y sin deseos propios. Permanentemente condenadas a interpretar el papel de hijas, esposas, madres y abuelas y, en cada caso, ser ejemplo de virtud. Siempre inmaculadas y puras. Siempre amenazadas con el escarnio familiar y público y a ser condenadas al aislamiento social.
Por todo esto, el libro “La vida privada de la mujer alemana del Volga” volvió a agotar una nueva edición, en este caso la cuarta.