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lunes, 15 de abril de 2013

El almacén y bar de don Eulogio Zepeda


Don Eulogio Zepeda llegó a la colonia junto con el siglo veinte. Compró una casa. Tiro paredes internas, unió habitaciones para formar un salón con salida directa a la calle. Lo llenó de estanterías de madera construidas rudimentariamente con su escaso conocimiento de carpintería. Estampó un almanaque en la pared  y un cartel al frente: Almacén y bar.
La comunidad lo miró hacer con recelo. Don Eulogio Zepeda era morocho, con bigotes a lo macho; rastra con monedas de plata en la cintura y facón en la espalda. De pocas palabras y mirada y gestos severos. Corpulento. Fuerte. Capaz de volver un toro sin más ayuda que su sus manos y su fuerza.
Cuando hubo terminado, se sentó a la puerta del negocio a esperar clientes.
El tiempo comenzó a transcurrir. Lento pero inexorable. Los días pasaban, y el morocho aguardaba inmutable. Pero nadie lo miraba siquiera. Nadie lo saludaba. Nadie le dirigía la palabra. Fuera porque no sabían hablar castellano o porque les provocaba recelo, la cuestión es que lo aislaron en la soledad de una espera inútil.
Porfiado, redobló la apuesta. Bajó lo precios. Ofreció bebidas gratis. Organizó torneos de truco, taba, chichón, bochas… Pero nada. El Almacén y bar continuó vacío de cliente, llenándose de polvo. Los bichos se hacían un festín con los fideos y los ratones con la yerba. El capital invertido se le escurría delante de los ojos.
-¡Y todo por estos rusos porfiados! –reflexionó un día en que tuvo que tirar varios paquetes de mercadería a la basura.
Pasaron los meses. Con ellos el verano, otoño, invierno, primavera…
Don Eulogio Zepeda mudó de carácter. Se volvió un hombre serio, parco, triste. Con los ojos inyectados en sangre. Bullía de furia. Casi un año y medio transcurrido y nadie había ingresado al negocio.
 -¡Tiré a la basura el capital que heredé de mi vieja!
Cansado, vencido y envejecido, por fin decidió cerrar el Almacén y bar. Acto seguido puso en venta la casa.
Los meses volvieron a pasar y con ellos las estaciones y nada. Cada vez bajaba más el precio de la casa y aun así nadie se interesaba en ella. Parecía maldita. Todos sus males habían comenzado el día que la compró y decidió mudarse a la colonia para hacerse rico entre esos rusos ignorantes –como él los llamaba en secreto.
Pero a pesar de que bajara el precio; no logro venderla.
Casi dos años sin hablar más que con unos pocos conocidos que llegaban de paso hacia la estación de tren de Coronel Suárez , Don Eulogio Zepeda lanzó un insulto que estremeció la colonia, montó en su caballo y se fue para siempre.
La casa empezó a envejecer y caerse a pedazos. Ladrillo a ladrillo. Transformándose en polvo. En olvido. Como la historia de Don Eulogio Zepeda que ya nadie recuerda.

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