Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

viernes, 14 de junio de 2013

Historia de inmigrantes

Un relato estremecedor. El devenir cotidiano de varias generaciones de habitantes de las colonias, comenzando por los primeros inmigrantes que las fundaron. Sus miedos, angustias y decepciones. Su fuerza de voluntad, convicción y deseos de progresar en la vida, que les permitió salir adelante frente a todas las adversidades que el destino les fue colocando en el camino.

-Mi abuelo me contó que nació en Kamenka y que vino a la Argentina cuando tenía quince años. Junto a sus padres y seis hermanos. Llegaron en barco a Buenos Aires. Allí los esperaba un amigo que ya estaba afincado aquí hacía diez años. Él también había venido del Volga con su esposa y sus hijos. Todos tomaron el tren y se vinieron a las colonias. Era el año 1905 –evoca don Federico.
-Cuando llegaron a la colonia mi bisabuela comenzó a llorar desesperadamente. El lugar la decepcionó mucho. Aquí no había más que un montón de casitas pobres en el medio de la inmensidad de la pampa. Nunca se repuso de esa primera impresión y nunca se adaptó ni olvidó su aldea natal, donde quedaron para siempre sus padres y hermanos. Mi abuelo empezó a trabajar en el campo. No tuvo tiempo para pensar ni para poner triste. Hizo de todo. Me contó que aró, sembró, cosechó… Fue albañil… Ayudante de panadero, de carnicero y de cuanto patrón le pagara un sueldo. Con el correr de los años y la solidaridad de los colonos logró juntar cierta fortuna. Tuvo casa propia y un poco de campo. El suficiente para vivir bien. Eran años prósperos en los que con cuarenta hectáreas se podía mantener a una familia y llevar una vida de rico –asevera don Federico agregando enseguida que- Pero había que trabajar duro, muy duro. Mi abuelo trabajaba desde las cuatro de la mañana hasta las altas horas de la noche. Criaba vacas, ovejas, cerdos, gallinas, pavos y lo hacía todo él con la esposa y la ayuda de los hijos.
-Mi abuelo murió en 1955, a los 65 años. Tuvo dieciséis hijos: diez varones y seis mujeres. Ni bien murió mi abuelo, los mayores vendieron el campo y se repartieron la plata. Mi abuela se tuvo que ir a vivir a la casa del hijo más grande, que en aquel entonces tenía nueve hijos. Los demás se dispersaron. Algunos se fueron a buscar trabajo a Punta Alta, Bahía Blanca, Río Negro; otros, como mi padre, marcharon a Buenos Aires. Mi padre nunca se adaptó a la vida en la Capital. Yo fui el único de sus cinco hijos que nació en la colonia.  A mí me gustaba la colonia. Acá tenía a mis amigos. Acá la vida era diferente. Había más libertad. La gente es más honesta, más solidaria. ¡Era otro mundo! –afirma con un dejo de nostalgia en la voz.
-En Buenos Aires mi padre trabajó en una fábrica. Pasó toda su vida metido ahí. Tuvo siete hijos: cuatro varones y tres mujeres. Al principio veníamos todos los años a la colonia, hasta que murieron mis abuelos. Después cada vez menos. Mis padres se hicieron grandes, algunos familiares de acá fallecieron. Y lentamente la unión se fue cortando. Y la distancia y el tiempo hicieron el resto –reconoce don Federico Schwab sin ocultar su mirada que es una mezcla de tristeza y resignación.

-Mi padre murió a los ochenta años y mi madre a los ochenta y cinco. Los sepultamos allá, en Buenos Aires. Mis hermanos que nacieron en la Capital se opusieron para que los traiga y los sepulte en la colonia. Los entiendo, porque para ellos, Buenos Aires es su hogar. Ellos nunca llegar a amar a la colonia como yo, que vengo cada vez que puedo. Claro que cada vez es más difícil. Los años pasan para todos. Casi no me quedan amigos con vida de aquellos años de infancia. La mayoría murieron y otros, al igual que yo, partieron junto a sus padres a otros lugares. A muchos de mis primos ni los conozco. Así que, quizás, esta sea una de las últimas visitas que hago. Además la colonia está tan diferente. Está hermosa, más hermosa que nunca. ¡Ojalá mis padres pudieran verla! Se sentirían muy orgullosos de su pueblo y de su gente. Pero creció tanto que ya no la reconozco. Existen otras cosas, otras caras, otra gente, es otra la colonia. Es igual pero distinta. ¡Todo cambió tanto pero tanto! 

Albino Lang, con la música en el alma



Los bailes familiares con grandes orquestas. El sentir popular de los alemanes del Volga.


Dicen que el que toca nunca baila, y debe ser verdad. Así lo ratifica por lo menos Albino Lang, quien con su pinta de alemán de ojos celestes, alto, recto, debe haber estado muy buen mozo en su traje de música en cada ocasión en las que se presentó con la orquesta de los hermanos Gangone, con Juvencia o con otros conjuntos con los que tocó en salones de toda la zona. 
Es que a pesar de todos los suspiros que debe haber arrancado a las chicas de entonces, no tenía permiso más que para dar apenas una vueltitas por la pista y enseguida tenía que volver al piano o al bandoneón.
Recuerda que la primera vez que tocó tenía 14 años y entonces no dio lugar para mucha conquista, porque sus pantalones cortos (recién se podía usar pantalones largos a partir de los 15 años) denunciaban que era un chico todavía. 
En aquellos años todos los salones tenían piano para las orquestas: Independiente de San José, el Club Germano, Blanco y Negro, el Club de Colina y tantos otros lugares por lo que la orquesta típica de Salvador y Pedro andaba llevando su música.
En esos tiempos, al primer rasguido de la guitarra, cuando el fuelle del bandoneón comenzaba a soltar los primeros aires, la pista se llenaba de gente sin contemplaciones.
Eran épocas en que los jóvenes iban al baile con sus padres y era ahí donde se divisaba a las chicas solteras, allí es donde se ubicaban a unos metros los varones solteros. 
Ojitos va, ojitos viene, hasta que las miradas coincidían, oportunidad en la que el varón hacía una cabeceada invitando a ir a la pista. 
Si la chica movía la cabeza asintiendo, entonces, rápido el varón se dirigía a buscar a la dama a la mesa en la que estaba con sus padres. 
La cosa se complicaba si había dos chicas cerca que habían interpretado como propia la invitación y entonces el hombre debía escoger a alguna de las dos, prometiéndole alguna pieza en la siguiente entrada a la que se quedaba sentada.

Albino Lang tiene en su memoria miles de anécdotas de esta época de oro de las grandes orquestas de Coronel Suárez; y cada vez que puede las trae al presente para permitirnos disfrutar con los momentos más lindos, de otros tiempos ya pasados.

Marcelo Fhur recuerda las carneadas entre familiares y vecinos que se hacían hace muchos años


Era una fiesta que duraba entre dos y tres días.

Es un querido vecino de Coronel Suárez y de los Pueblos Alemanes. Se le conoce su acción institucional a través del Rotary Club Las Colonias y desde hace unos años es uno de los más entusiastas organizadores de la Fiesta del Acordeón, que ya se viene ahora en una nueva edición en el próximo mes de septiembre. 
Cada vez que puede además despunta el vicio de una de sus pasiones: tocar el bandoneón; y tiene consigo una catarata de buenos recuerdos en torno a la vida de antes en los Pueblos Alemanes o de las costumbres que los descendientes de alemanes llevaron hacia los lugares que escogieron para vivir.
Por eso fuimos en su búsqueda para que nos cuente de una práctica que hace unos cuantos años atrás era muy común en todos los hogares: la de la carneada.
Relata que se vivía como una fiesta entre familiares y amigos que se predisponían a ayudar, con el compromiso que después se retribuyera ese apoyo. 
Generalmente el o los cerdos (a veces eran dos ejemplares grandes y una vaca lo que se faenaba para hacer las facturas de cerdo) se criaban en los campos o en las chacras, en la parte de atrás de las viviendas que contaban con enormes terrenos disponibles. 
Recuerda que la mañana comenzaba con la faena, seguía con la tarea de pelar los chanchos (que se hacía pasándolos por agua caliente en su punto justo en enormes bateas) y luego continuaba con el desposte de los animales.
Mientras las mujeres, que se libraban de las tareas más pesadas, pero esto no quiere decir que laboraban menos, ya iban preparando todo lo necesario, como por caso la salmuera en la cual se dejaban por unos 20 días o 1 mes los huesitos de cerdo que luego se hervían y se comían con chucrut.
Marcelo Fhur aclara: los alemanes tenemos la costumbre de conservar los huesitos y también los jamones en salmuera, cubiertos hasta arriba, guardados primero en cajones de madera y luego, cuando hubo el material, en tambores de plástico, que daban mejor resultado. En cambio los criollos lo que hacían era ponerlos en baúles de madera todo cubiertos con sal gruesa.
Era una fiesta que duraba entre dos y tres días en la que participaban familias completas, con muchos momentos de trabajo y también de disfrute: cuando se comían los costillares asados, cuando se probaba la morcilla blanca o negra y cuando se hacía a las brazas el primer chorizo que salía de la máquina para probar si estaba bien de condimentos.
La carneada, una tradición que todavía se practica en algunos hogares de la ciudad y de los Pueblos Alemanes, pero que antes era una práctica común en casi todos los hogares.

jueves, 13 de junio de 2013

El verdadero valor de las cosas

El verdadero valor de las cosas está en lo cotidiano, en los hechos simples de
la vida diaria. En los gestos que se tributan a los hijos, la ternura que se entrega a los padres; en el brillo de una mirada arrullando nuestra tristeza; la sonrisa de un alma compartiendo nuestra alegría; y tantas pero tantas vivencias sencillas que de tan sencillas y cotidianas olvidamos que son lo más importante de la existencia y que serán lo único harán que trascender nuestra vida. Porque cuando ya no estemos en este universo caótico nadie recordará el grosor de nuestra billetera como tampoco recordará las posesiones materiales que pudimos llegar haber poseído alguna vez; pero sí, todos, absolutamente todos a los que amamos, tendrán presente eternamente el amor que habremos sido capaces de entregar sin pedir ni exigir nada a cambio. Ese amor puro, franco, que se da con el corazón, sin palabras ni ostentación, nada más que con una entrega silenciosa y solidaria, con una profunda convicción y sentimientos desinteresados.
Sólo el amor, sólo la familia, nos mantendrán vivos. Y sólo así sabremos que hemos vivido plenamente. Tan plenamente como nuestros ancestros, nuestros abuelos, nuestros padres... que siempre, minuto a minuto, cotidianamente, nos demostraron con el ejemplo lo que significa ser mujeres y hombres de bien. Respetables y honestos.
Sigamos su ejemplo de vida y llegaremos, al igual que ellos lo hicieron, a la felicidad suprema de saber que no hemos vivido en vano.

miércoles, 12 de junio de 2013

Invertir en la familia es asegurar el mejor desarrollo de la sociedad

Enseñar a ser responsables

 Por Luis Fuertes
  

Últimamente, y cada día que pasa con mayor frecuencia, oímos a muchos matrimonios quejarse de que sus hijos no les obedecen y que están en casa como si fuera en un hotel de cinco estrellas. Dicen los padres que es por las influencias externas, por la mala educación de los amigos, por los cambios que ha experimentado la sociedad, por el exceso de información que hay en el ambiente... pero se olvidan de enumerar la causa más importante: la falta de responsabilidad con la que hoy educamos a nuestros hijos. Desde una sociedad basada en el consumismo más feroz, se ha sustituido la familia por una especie de “fábrica de seres egoístas” que sólo piensan en sus derechos.
Y es que, ya desde pequeñitos, estamos acostumbrando a nuestros hijos a que no les falte nada, a que cualquier capricho que tengan lo consigan sin esfuerzo, a que no padezcan el más mínimo sufrimiento, a sobreprotegerles ante cualquier adversidad que se les presente y a que, en definitiva, abominen de todo aquello que tenga que ver con sus responsabilidades. Y son esas responsabilidades las que debemos fomentar en el ámbito familiar, ya que al fin y al cabo, nuestros hijos forman parte de la unidad familiar y deben colaborar en el buen funcionamiento de la misma. Así, debemos enseñarles a cooperar en los trabajos ordinarios que se dan en el funcionamiento diario de cada familia mediante la asignación de encargos adecuados a su edad. Con ello estaremos ayudando a nuestros hijos en el desarrollo de su personalidad, fomentando su sociabilidad, estimulando el aprendizaje del trabajo en equipo, potenciando la importancia del esfuerzo, y, sobre todo, enseñando a nuestros hijos a ser responsables siendo generosos y agradecidos mientras piensan en los demás.

¿Te acuerdas del delantal de la abuela?







Gentilmente enviado por 
Graciela Hernández

             La principal función del delantal de la abuela era proteger el vestido que estaba debajo, pero además servía de agarradera para retirar la sartén más que caliente del fuego.
Era una maravilla secando las lágrimas de los niños, y en ciertas ocasiones, limpiando sus caritas sucias. 
El delantal servía para transportar desde el gallinero los huevos, los pollitos que necesitaban terapia intensiva, y a veces los huevos golpeados que terminaban en la hornalla.
Cuando llegaban visitas, el delantal de la abuela servía de refugio a los niños tímidos, y cuando hacía frío, la abuela se envolvía los brazos en él. 
Aquel viejo delantal, agitado sobre el fuego, oficiaba de fuelle. Y él era el que cargaba con las papas y la leña hasta la cocina. 
Servía también de canasto para llevar las verduras desde la huerta. Después de usarse en la cosecha de las arvejas, le tocaba el turno con los repollos.
Con él se recogían los frutos que caían de los árboles al terminar el verano. 
Cuando alguien llegaba inesperadamente, era sorprendente la rapidez con que el viejo delantal podía sacar el polvo de los muebles. 
Cuando se acercaba la hora de comer, la abuela salía a la puerta y agitaba el delantal, y entonces los hombres que estaban en los campos comprendían de inmediato que el almuerzo estaba listo.
La abuela también lo usaba para colocar en la ventana la torta recién sacada del horno, para que se enfriara.
Actualmente, por el contrario, la nieta coloca la torta en el mismo lugar, pero para que se descongele. 
Pasarán largos años antes de que alguien invente un objeto que pueda reemplazar aquel viejo delantal que tantas funciones cumplía…

domingo, 9 de junio de 2013

La cocina de la casa de mi infancia

Sobre la cocina a leña hervía el agua con los Kleis. Al lado, en una sartén, se doraban las cebollas con trocitos de pan duro. En el horno se asaba la carne. Todo a la vez y en perfecta armonía. Un conjunto de aromas y sabores que mamá sabía amalgamar correctamente y que después degustaba toda la familia sentada alrededor de la enorme mesa de madera, en la cocina, que quedaba chica.
Papá se sentaba en la punta: presidía la mesa siempre. Rezaba una oración agradeciendo a Dios el plato de comida.  Solamente mamá y él tenían permiso para conversar, los hijos debíamos permanecer callados y responder únicamente si se nos consultaba. Y ojo con discutir o pelear durante la comida. Si por descuido u olvido hacíamos eso, papá nos cerraba la boca con la mirada. Ni siquiera mis hermanos mayores tenían autoridad para contradecirlo. Había que bajar la cabeza y obedecer –confiesa.
¡Éramos felices! ¡Qué rica era la comida que preparaba mamá! Los Kleis con la cebolla y los trocitos de pan dorados bañados en mucha crema de leche eran una delicia! ¡Un manjar! La fuente siempre quedaba vacía. Nunca sobraba nada. Mamá se ponía contenta por eso. Cocinar para su marido y sus hijos era su máximo placer.
Después de comer las mujeres ayudaban a mamá a limpiar la mesa y lavar los platos mientras los varones nos íbamos al campo a trabajar con papá.

sábado, 8 de junio de 2013

50 años de la creación del Jardín Parroquial San José

La institución nació para alfabetizar en el idioma español a los hijos de alemanes del Volga. El recuerdo imborrable de las primeras Hermanas, concurrentes y egresados, en un marco pleno de reconocimientos y emociones. Susana Christiani, Olga Grunewald, Carlos Kaiser, Miguel Dietrich, la Inspectora Susana Bergnes y el Intendente Moccero fueron los principales oradores.

El Jardín del Colegio Parroquial San José cumplió el miércoles 50 años de su creación y en consecuencia se llevó a cabo un acto protocolar en el Salón Parroquial de la localidad que estuvo imbuido de emociones y reconocimientos frente a toda la comunidad educativa que se reunió con motivo de este importante acontecimiento.
En diálogo previo con Susana Christiani, la Directora de este nivel en esa institución educativa dijo que este es un año especial, porque serán varios los momentos de festejo de estas Bodas de Oro. 
Ya se produjo un adelanto en el marco de la Kerb de San José, cuando se mostraron las fotos históricas de los primeros momentos de la inauguración del Jardín y los diferentes grupos de egresados, fotos que acercaron los ex alumnos de la institución, quienes ahora son padres y abuelos en algunos casos, que llevan a sus hijos y nietos para la continuidad educativa en la institución que conocen y quieren.
Indicó que el Jardín surgió ante la preocupación de los padres que entendían como necesaria una alfabetización más temprana en el idioma español, para que después sus hijos no tuvieran inconvenientes a la hora de ingresar a la escuela primaria. 
Es que la mayoría provenía de familias donde el idioma alemán era habitual y tenían muy poca práctica en español. Eso se los dio el Jardín de Infantes a través de las actividades diarias de aprendizajes, rodeados de mucho juego y entretenimiento.
En la formación del nivel inicial estuvieron los padres que bregaban por contar con este nivel educativo, las autoridades del momento y también la Hermana Joela, que hizo lo suyo para que pueda inaugurarse el Jardín.
Por supuesto que en el recuerdo de las primeras generaciones de egresados se encuentra la Hermana Rosa, Rosa Felice y Clara Celia, entre otras. 
Hoy la institución cuenta con cuatro salas, instalaciones modernizadas y acordes a los requerimientos actuales, con un cuerpo de docentes y profesores que están a disposición para los aprendizajes de los pequeños.

En la parte final del acto hubo instituciones que se adhirieron con la entrega de presentes recordatorios como es el caso de Rotary Club Las Colonias, Escuela Parroquial Santa María, Cooperativa Eléctrica del Pueblo San José y Consejo Escolar, entre otros organismos representativos de la comunidad.

Bodas de Oro del Jardín de Infantes de la Escuela Parroquial de Pueblo San José

 Elocuentes mensajes de las autoridades, el reencuentro de los egresados, reconocimientos y el recuerdo permanente a las Hermanas Religiosas. Cálido acto protocolar con masiva asistencia de autoridades y público en general, con una comunidad educativa comprometida absolutamente.

El acto protocolar se cumplió en las instalaciones del Salón Parroquial del Pueblo San José, que se encontraba colmado a partir de 50 años de historia y que se inició el lunes pasado con la santa misa en acción de gracias, ahora la ceremonia y a fin de mes, el sábado 29, será la gran cena del reencuentro para una entidad con una rica historia que ha quedado documentada en un libro editado especialmente para este gran acontecimiento.
Estuvieron presentes el Intendente Municipal Ricardo Moccero, altas autoridades educativas, Inspectores y funcionarios del área, autoridades municipales y vecinos en general que se han visto comprometidos para estar junto al querido establecimiento.
Un acto lindo, calido, con el rigor de las palabras alusivas, pero no faltaron los especiales reconocimientos para el primer grupo de alumnos, los primeros egresados, sus docentes, familiares, todos los cuales conformaron un panorama emotivo de gran significación.
Tras el inicio con el ingreso de las Banderas de Ceremonias de la entidad anfitriona, las escuelas hermanas que se asociaron al festejo y la interpretación del Himno Nacional Argentino, se descubrieron las placas alegóricas recordando la imagen siempre protectora de la inolvidable Hermana Joela, otra de los ex alumnos y ex directivos, del actual personal y otra placa simbólica de la Unión Padres de Familia de la Escuela Parroquial del Pueblo San José.
Pronunciaron los mensajes formales la Directora Susana Christiani, la ex Directora de la Escuela Parroquial y siempre recordada por diferentes generaciones Olga Grunewald y finalmente el ex alumno Carlos Kaiser, para posteriormente los alumnos actuales del Jardín ofrecieran un numero sobre la “Ronda Grande”, que provocó la alegría y emoción de todos los presentes que colmaron el Salón Parroquial del Pueblo San José.
Se entregaron presentes recordatorios al primer grupo perteneciente a la promoción que cumple 25 años de egresados, a ex docentes y colaboradores de la entidad, mientras en la parte final del acto hablaron Miguel Dietrich, el Representante Legal del establecimiento, el Intendente Municipal Ricardo Moccero y la Inspectora Susana Bergnes, quienes dejaron en claro la trascendencia que ha tenido en el Pueblo San José la formación desde el servicio de inicial del Jardín donde las Hermanas, con su empuje característico, han sido las verdaderas artífices y hoy, a 50 años de aquel desafío, se ha tenido muy presente la misión evangelizadora y educativa.
No faltó el “Feliz cumpleaños” para el cierre, ante la emoción de los asistentes, todos integrantes de la comunidad educativa, quienes después del lindo acto que se preparó con gran amor y dedicación se preparan para la gran cena del reencuentro del sábado 29 de junio.
A continuación brindamos un detalle del primer grupo de inicial, los egresados en 1987 que cumplen 25 años, como así también docentes y Hermanas Misioneras Siervas del Espíritu Santo. 
Primer grupo de nivel inicial, según datos recopilados por los archivos formarían parte del mismo Beilman Juan Carlos, Beilman Rubén, Globertanz Juan, Kaiser Juan Carlos, Meier Roberto Daniel, Páez Héctor, Roth Carlos Raúl, Roth Luis Daniel, Schmidt Pedro Andrés, Schell Roberto Horacio, Schoh Horacio, Schwab Adalberto, Schwab Cesar, Schwab Hugo, Schwab Raúl, Wagner Juan Carlos, Beilman Carmen, Bineder Laura Inés, Bohn Olga, Fogel Susana, Hoffmann Maria Susana, Fuhr Elsa, Globertanz Ester, Roth Nelida, Sanferreiter Nelida, Saetz Olga, Schwab Maria Graciela, Schwab Maria Inés, Schwindt Susana.
Egresados 1987 - 25 años: Beilman Rodrigo, Franco Nazareno, Frank Gonzalo, Frank Hernán, Fuhr Diego, Gotfriedt José, Hernández Roberto, Krotter Juan, Martel Mariano, Pisoli Mauro, Rogel Andrés, Rolhaiser Lucas, Rolhaiser Mariano, Ruiz Ignacio, Schamberger Mariano, Schifelbain Guillermo, Schwab Mauro, Walter Alfredo, Weinbender Gonzalo, Wesner Lucas, Desch Luciana, Dome Jacqueline, Duckart Mariana, Franke Juliana, Globertanz Betiana, Kette Eugenia, Popp Sofía, Sieben Lorena, Streitenberger Carolina y Zabalegui Soledad.
Docentes y Hermanas Misioneras: Hermanas Joela, Benita, Rosa, Clara Celia, Rosa y Rosa Felice.
Docentes Laicas: Eva Gunther, Olga Grunewald, Maria Susana Hoffmann, Nelly Biagioli, Analía Salotti, Marisa Ferrari, Nora Bertoni, Nora Hornos, Alcira Gunther, Miriam Natale, Adriana Haack y Maria Luisa Marsch.

viernes, 7 de junio de 2013

EXTRAORDINARIAS FOTOGRAFÍAS DE LA CELEBRACIÓN DE CORPUS CHRISTI TRADICIONAL EN PUEBLO SANTA MARÍA

Gentileza de María Luján Streitenberger
Directora Escuela Parroquial Santa María

Desde el equipo directivo de la Escuela Parroquial Santa María, queremos felicitar por este medio a todos los niños que  con su presencia y participación en la Fiesta de Corpus Christi, demostraron  cuánto quieren  a Jesús, nuestro amigo!
Agradecemos de manera especial a las docentes que prepararon como cada año el Kapelle, tradición recuperada hace varios años por nuestra Institución… También agradecemos a las docentes que acompañaron de manera comprometida a los niños en este día tan especial!!Muchas gracias desde ya, a los padres y familiares que, cumpliendo con lo que Cristo nos pide, y siguiendo con una tradición religiosa tan importante para nuestro pueblo, participaron también de la Santa Misa y Procesión, inculcando en nuestros menores el amor a Cristo Jesús, desde el ejemplo, y no sólo con la palabra…

Sigamos creciendo como cristianos en este Año de la Fe!!!!



   


miércoles, 5 de junio de 2013

Soy el octavo de catorce hijos... (Historia de vida)

Nací en la colonia. Soy el octavo de catorce hijos. A los diez años sufrí el desarraigo que me marcó para toda la vida: mis padres dejaron mi pueblo natal para mudarse a La Pampa.  Fue devastador, difícil y duro. Me sentí muy solo e incomprendido. Nadie me escuchaba ni tenía en cuenta mis opiniones ni las de mis hermanas. Mis padres tomaron la decisión y allá fuimos. A la inmensidad de La Pampa, a vivir en una casa en el medio de la nada, a trabajar suelo virgen, algo que con los meses se transformó en un suplicio para todos. Porque mi padre arrendó unas hectáreas de campo imposibles de roturar, donde apenas llovía, y el arado no lograba hundir sus rejas. Y donde uno salía de la casa, nuestro humilde ranchito de adobe, enclavado en la mayor intemperie imaginable, para ver un horizonte vacío y soledad por doquiera.
Así trabajamos el campo, que es una manera de decir. Produciendo poco, casi nada. Contando las chirolas que ganábamos. Comiendo los alimentos más económicos. A veces, la misma comida durante la cena y almuerzo semanas enteras. Y como si la mala tierra no fuera suficiente, llegaban las langostas, que se devoran la quinta de verduras que mi madre, a puro sacrificio, lograba hacer producir, y las heladas, que lo quemaban todo, absolutamente todo. Ni jardín teníamos.
La cruel realidad nos hizo desistir de todo intento de hacer floreciente aquel páramo. El viento soplaba día y noche. La tierra nos envolvía con su polvillo de suciedad. Deambulábamos como alienados esperando un milagro que jamás se produjo.
Cansado, abrumado, derrotado, mi padre tomó la decisión de retornar a la colonia más pobres que cuando nos fuimos. Y cinco años más viejos. Cinco años que parecían veinte por todo lo que habíamos padecido y maldecido. Sin casa donde vivir. Sin hogar donde sentarse junto a una cocina de leña y soñar con mañana mejor.

Nos cobijo abuelo, el padre de mamá. Nos dio donde vivir y qué comer. Papá estaba desahuciado.  Nunca volvió a ser el mismo. La frustración y la derrota lo fue consumiendo, y si bien consiguió trabajo a los pocos meses, murió seis años después, sintiéndose un fracasado.

Me casé con lo puesto. (Historia de vida)

Yo me casé con lo puesto. Después de la ceremonia religiosa comimos un asado en casa de mis padres. Mi tío tocó el acordeón, bailamos un poco, y enseguida nos fuimos al campo a trabajar. Los viajes de boda no existían, tampoco teníamos dinero. Así es que pasé mi primera noche con mi marido en la chacra en la que fuimos a trabajar de matrimonio. Mi marido como mensual y yo como cocinera. Tenía que cocinar para diez peones. Con apenas diecisiete años ya tenía tanta responsabilidad. Y de un día para el otro. Me acuerdo que tenía mucho miedo que se me quemara la comida o me saliera mal. Pero, por suerte y gracias a Dios, todo salió bien.
Empezamos muy de abajo, sin nada. La cama nos la regaló un tío de mi marido. El colchón mi papá. Y así. Fuimos reuniendo cosas prestadas hasta que, de a poco, pudimos empezar a comprar nuestros propios muebles. Vivíamos en casa de mis padres. En una habitación que era cocina y pieza. El baño quedaba como a veinte metros de la casa, casi al fondo del patio.
Pero en esa vivienda solamente pasábamos tres días al mes, porque veníamos de visita del campo a la colonia, una vez cada treinta días, más o menos: llegábamos los sábados a la mañana y nos íbamos los lunes a la mañana. Ahí vivimos durante veinte años hasta que por fin pudimos ahorrar unos pesos y comprarnos nuestra propia casa. Para ese entonces ya teníamos ocho hijos, el mayor de diecinueve trabajaba a la par de mi marido.
Nuestra vida fue dura, muy dura. Pero no me quejo. A pesar de todo, fuimos felices. No nos sobró nada. Pero tampoco nos faltó nada. No había lujos, sólo teníamos lo necesario para vivir y eso alcanzaba. ¿Para qué más?

Die Wochentage: Los días de la semana en alemán

Montag………………Lunes

Dienstag……………..Martes

Mittwoch…………….Miércoles

Donnerstag…………..Jueves

Freitag……………….Viernes

Samstag……………..Sábado

Sonntag……………..Domingo

En el gris del atardecer

En el gris del atardecer
desfallecen los minutos
en melancólicos suspiros,
deshojando las horas
que en pétalos de olvido
lloran tu ausencia.

Mientras mi alma,
huérfana de ti,
liba el amargo néctar
de la rosa del tiempo,
que gime de ayeres
que nunca volverán.

Y mirando el ocaso,
veo irse el día
como el partir de un velero
rumbo a la eternidad,
buscando en el más allá
la felicidad perdida.

martes, 4 de junio de 2013

Historia de vida de un descendiente de alemanes del Volga


 -Tenía diez años. Me acuerdo muy bien. Mi papá me mandaba a pastar las vacas por las calles rurales porque había sequía. Yo solito, con la única colaboración de un perro, cuidaba de cuarenta vacas lecheras. Era todo el capital que poseía mi padre. Papá era dueño de un tambo. Ordeñábamos bien temprano, de madrugada, porque las nueve había que llevar la leche a la quesería, una fábrica que existía cerca de la colonia tres. Tomaba el desayuno y a la calle. Me llevaba un poco de carne, pan y yerba. Encendía fuego en algún reparo que encontraba. A veces hacía tanto frío que titiritaba. Pero había que estar igual. Las vacas tenían que comer, no solamente para no morir de hambre, sino para dar más leche. Las heladas eran tremendas. Se me congelaban las manos y los pies. Los guantes y las medias de lana hilada que tejía mi madre no alcanzaban para mitigar el frío. Llega a casa al atardecer, encerraba las vacas en el corral, y me iba corriendo a sentarme al lado de la cocina a leña para calentar el cuerpo. Mamá me esperaba con mate cocido y Kreppel, chorizo casero y jamón. ¡Qué rico era comer aquellos manjares y ver a mi madre sonreír satisfecha! –cuenta don Luis.
 -Ese trabajo lo hice casi todos los años de mi niñez porque mi padre tenía poco campo y la cantidad de cabezas de ganado aumentaba con cada parición. Me conocía todos los secretos de los caminos… Dónde podía refugiarme si hacía mucho frío, si llovía, si soplaba viento… Donde había un nido con pichones… También conocía a todos los chacareros de la zona que pasaban saludándome y haciéndome bromas, cuando iban a la colonia. Era una época difícil pero yo era feliz.  Llevaba mi honda, cazaba pajaritos para comer. Me acuerdo de una vez en que, por correr detrás de una liebre con el perro, me descuidé y las vacas salieron corriendo en estampida, en una carrera loca que las llevó lejos, bien lejos. Me costó laburo y mucho llanto volver a juntar todas. Tenía mucho miedo a que mi padre se enterara y me castigara. Nunca más volví a cometer ese error. Uno aprende de las macanas que se manda –afirma.
-Cuando no tenía que estar en la calle con las vacas, tenía que ayudar a mi madre y a mi padre en las tareas domésticas y en el campo. Me gustaba más trabajar con mi mamá, ella no me gritaba y tampoco me pegaba. Papá se enojaba mucho y cuando se enojaba, era bravo. Me acuerdo de una vez en que me dijo que enlazara un carnero y yo enlacé una oveja. Me equivoqué feo y me dio miedo. Comencé a llorar. Cuando mi padre vio mi error y mis lágrimas, me retó furioso no solamente por la macana que había hecho sino porque lloraba como una mujer. Sacó su alpargata y me pegó. Me retaba y me pegaba una y otra vez –rememora.
-Trabajé con mis padres hasta que cumplí los quince años. Entonces le pedí permiso para buscar otro trabajo. Me dijo que sí; pero si me iba no podía regresar a trabajar nunca más con él. Acepté. Era duro. No se le movió un solo pelo cuando me lo dijo. Me dolió mucho. Pero nada podía ser peor que trabajar con él. Así que junte las pocas cosas que tenía y me fui para siempre –evoca en un quiebre emocional.
-Me fui del campo sin un peso. Mi papá no me dio nada. Tampoco me dio la mano para despedirme. Mamá lloraba mirando cómo sucedían las cosas. Cuando me ensillé el caballo y empecé a marcharme, papá estaba arando el campo, indiferente a lo que hacía yo. Seguramente estaba ofendido conmigo porque lo dejaba solo en la chacra con tres hijos pequeños. ¡Pero así es la vida! Uno no piensa cuando es joven. Quiere ser libre. Quiere tener su propia plata. Y los meses la tuve. Porque enseguida empecé a trabajar en una estancia, a cincuenta kilómetros de casa. Los fijes de semana tenía dinero para ir a los bailes de la colonia. Paraba en la casa de los padres de un amigo. Íbamos a los bares- ¡Qué tiempos aquellos! –sonríe.
-Me agarraba unas curdas tremendas. Pero en aquellos años era algo normal.se tomaba mucho. Me acuerdo que más de una vez me llevaron a la estancia en carro porque ni siquiera podía subir al caballo de la curda que tenía encima. ¡Eso sí! –recalca- Los lunes a la mañana estaba en el trabajo. Jamás falté. Era muy cumplidor. Nunca le fallé al patrón –asegura.
-Veníamos a la colonia con mucha plata. Eran años en que se ganaba muy bien en el campo. Nos divertíamos a lo grande. Me acuerdo de las grandes fiestas Kerb. ¡La gente que había en la colonia en esos días! Asado, bailes y farra por todos lados. Todos contentos. En la Escuela Parroquial las religiosas preparaban kermeses. Había tantos juegos y tanta gente en el patio que era imposible caminar sin llevarse a alguien por delante. Me acuerdo del juego de las latas apiladas unas sobre otras que había que voltear con tres pelotas fabricadas con medias de hombre rellenas de telas o papel. Nos matábamos de risa. A veces también se proyectaba alguna película en el Salón Parroquial. ¡Era todo un acontecimiento y un lujo!  Las películas que recuerdo son las de Chaplin, El gordo y el flaco… ¡Qué divertidos que eran! Las películas de cowboy. El inolvidable John Wayne y sus duelos con los vaqueros malos y los indios apaches. ¡Qué linda época! –exclama satisfecho consigo mismo y sus recuerdos.
-Una de aquellas noches, en un baile, conocí a María, mi esposa. Estaba con su hermana y sus padres. Me gustó enseguida. Así que junté coraje y a los quinces días fui a ver a su padre para decirle que me quería casar con ella. Me dijo que sí; pero que tenía que esperar tres meses y que podía visitarla todos los domingos a la tarde, de cuatro a seis. Siempre que la visitaba estaba presente la mamá. En ningún momento pudimos mantener una conversación en privado. Transcurridos los tres meses, nos casamos y me la llevé al campo a trabajar de matrimonio. ¡Era brava la María! No le gustaba el campo. Me costó mucho domarla y hacerle entender que yo ahora era su marido y ella tenía que hacer lo que le decía. No hizo falta pegarle para que entendiera. Ella era mía. Unos pocos gritos bastaron para que entrara en razón. Nunca tuve quejas de ella. Fue una buena mujer. Me dio ocho hijos: tres mujeres y cinco varones. Todos sanos –revela orgulloso.
-A los doce años de casados pudimos juntar la plata para comprarnos una casa en la colonia. Era chica pero suficiente para nosotros. Los chicos empezaron a ir a la escuela. Los menores terminaron. Los mayores tuvieron que dejar para salir a trabajar. Todos tenían que aportar para poner la olla. Nadie comía de arriba. Había que ganarse la comida. Los más chicos ayudaban a mi esposa en la quinta de verduras: a regar, a carpir y a hacer chucrut, pepinos en conversa –acota con cierta displicencia, como dando a entender que esas eran tareas de mujeres.
-Yo seguí en el campo, laburando como una bestia durante toda mi vida. Si no trabajás no tenés plata y si no tenés plata no podés vivir ni mantener a tu familia.  Eso lo sabe cualquiera –sentencia.
-Trabajé hasta que me jubilé. Mis hijos, como todos los hijos, se casaron, se fueron de casa y se te he visto no me acuerdo.  Todos hicieron su vida. Uno vive en Buenos Aires, otro en Bolívar, y así –describe.

-Yo quedé viudo hace ocho años. Vivo solo y me las arreglo solo. No necesito de nadie. Nunca necesité de nadie. Siempre pude solo y también puedo ahora. Viví mi vida y no me quejo. Ahora solamente me queda esperar que Dios me llame” –concluye Luis Agustín Lambrecht.

Autor: Julio César Melchior.-

sábado, 1 de junio de 2013

Avanza la construcción del salón de fiestas del Centro de Jubilados de San José

 El jueves por la mañana, como casi todos los días, Héctor Melgor estaba en la obra que está en pleno proceso de construcción y que se encuentra emplazada al lado de la sede social del Centro de Jubilados de Pueblo San José, entidad que preside.

Se trata de la edificación del salón de fiestas que es el resultado del trabajo manual de algunos de los miembros de la Comisión, con Melgor encabezando la iniciativa.
A la pregunta de qué siente cuando entra a la obra que han levantado con sus propias manos, Melgor responde, emocionándose, que “quiero solamente que nos retribuyan esto con afecto”.
Han levantado paredes, realizado el revoque grueso, colocado ventanas y puertas. Han trabajado incesantemente en cada uno de los detalles, hicieron las cabreadas del enorme salón y colocaron el techo.
Cuenta el Presidente del Centro de Jubilados que “ahora vienen los detalles y, entre ellos, lo más caro es hacer el contrapiso y luego colocar el piso”. 
Esta parte de la obra está presupuestada en alrededor de $30.000 con precios de hoy y por eso no dejan de gestionar subsidios o algún tipo de ayuda que pueda llegar desde organismos nacionales.
En esta semana concurrieron a una reunión en Pigüé con autoridades del PAMI y allí fueron con una carpeta con informes de la obra que están llevado adelante y se trajeron de vuelta la promesa de un subsidio para ayudar a esta enorme construcción.
Si bien las expectativas estaban puestas en poder verla terminada para fin de este año, la realidad es que no hay seguridad que se pueden reunir los dineros necesarios para ello. 
Pero el sueño de ver terminado el salón de fiestas no decae y, lejos de eso, se acerca a su concreción cada día un poco más por el esfuerzo y la constancia de los hombres que han sido la mano de obra y la inspiración para esta realización.

Una nota con Manuel Ángel Valea sobre las tradiciones en nuestras colonias

Recuerdos de la niñez de antes, del concepto de familia, de la conciencia de trabajo y dignidad por sobre todas las cosas.

Manuel Valea nació en Pueblo San José. Aunque su apellido es bien gallego su abuelo se instaló con un almacén de ramos generales en la segunda Colonia Alemana. 
En aquellos años las calles eran de tierra, el trabajo de todos era diario, las tradiciones estaban bien presentes y el respeto de los más chicos hacia los adultos no se discutía.
Sentado en el living de la casa paterna, en la misma vivienda donde en una de cuyas habitaciones nació, en los años en que la partera, Antonia Querejeta de Pisano en su caso, concurría a los domicilios para atender los partos, recuerda los años de su niñez.
“Nos hacíamos las hondas no de hierro sino que buscábamos una buena horqueta de los árboles (rama en forma de v), le pedíamos un pedazo de goma al gomero del barrio y al zapatero un pedazo de cuero. De la misma manera en forma creativa nos fabricábamos caballitos con los huesos de los caballos y autos con los cajones de dulce de membrillo, a los que les hacíamos ruedas de troncos. Y no éramos ningunos mansos: como han pasados los años y ya estoy lejos de la posibilidad de alguna penitencia lo puedo contar. No usábamos piedras para tirar con la honda, usábamos una especie de balín que venían como parte del seguro en los tambores de combustible y que el abuelo Manuel descartaba a medida que iba utilizando”, contó “Nene” Valea.
Luego nos explicó que “debimos haber roto más de una vez algún vidrio que nos valía por supuesto una penitencia severa en casa. La más leve era quedarse sin jugar por unos cuántos días; pero había otras, quedarnos sin postre un mes por ejemplo, y por supuesto que debíamos permanecer en la mesa hasta que nos daban autorización para levantarnos, aunque se estuviera sirviendo el postre preferido nuestro que no podíamos disfrutar por el castigo”.
En la segunda parte de la nota, Manuel Valea habla de la admiración que siente por este pueblo trabajador. 
Indica que “no me corresponden las generales de la ley, lo veo desde afuera, porque soy un gallego implantado en las Colonias y en San José, que siento como mi pueblo. No en vano cuando Nicolás Avellaneda, el Presidente más joven que tuvo nuestro país, con una extraordinaria visión de futuro, envió a las colonias alemanas que estaban a orillas del Río Volga a un emisario para invitarlos a venir a trabajar la tierra sabía que estaba convocando a gente muy laboriosa. Habían hecho de un desierto en Rusia un verdadero vergel” señaló con un tono casi nostálgico.
Manuel concluyó afirmando que “yo estoy convencido en el empuje y la convicción para conseguir lo que uno se propone, lo que hace a la pujanza del Distrito lo hemos conseguido con el espíritu que impregnaron las Colonias Alemanas, por eso nuestro Partido se puede ver más floreciente que otros pueblos de la zona. Esto es producto de lo que nos enseñaron los alemanes del Volga”.