Gracias por acompañarme en este camino. Unidos
en rescatar y conservar nuestro origen, historia y cultura.
Historia, costumbres y tradiciones de los alemanes del Volga. Investiga y escribe: Julio César Melchior
Rescata
Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com
domingo, 10 de julio de 2016
Cuatro libros que rescatan la historia de los alemanes del Volga
Historia de los alemanes del Volga, La
gastronomía de los alemanes del Volga", Lo que el tiempo se llevó de los
alemanes del Volga y La vida privada de la mujer alemana del Volga. Se pueden
adquirir por correo, desde cualquier lugar del país. Consultar:
juliomelchior@hotmail.com.
Las rogativas: una tradición milenaria de los alemanes del Volga
Las Rogativas se definen como la visita
en procesión para celebrar una ceremonia litúrgica frente a tres cruces
enclavadas en tres puntos cardinales en las afueras de la colonia y que, en su
conjunto, representan a la Santísima Trinidad. La procesión,
precedida por un sacerdote, los monaguillos y el Schulmeister, portando una
cruz, parte de la iglesia durante las tres mañanas siguientes a la
conmemoración del Día de los Fieles Difuntos, para dirigirse a una de las
cruces, en tres jornadas sucesivas, erigida a uno de los laterales de las
calles de acceso a la localidad, para celebrar una ceremonia religiosa en
Acción de Gracias por los dones recibidos durante el año fenecido y solicitar
que la próxima trilla sea buena y que Dios prosiga bendiciendo a la comunidad
con su gracia divina. La procesión retorna, cantando y rezando, a la iglesia,
donde el sacerdote oficia una misa.
Un antiguo cuadernillo rememora que “los
colonos se dirigen en procesión a las cruces, imbuidos de un profundo
misticismo, y acompañados de las letanías de los santos; mientras que ya en el
lugar, frente a Jesús crucificado, el sacerdote, luego de expresadas las
letanías, oraciones y cantos, rocía con agua bendita los campos en señal de
gratitud por los dones recibidos y en solicitud de buena cosecha. Y al término
de la procesión oficia una misa en la parroquia.
La tradición proviene de antaño
–continúa revelando el texto-, cuando San Gregorio Magno en el 590, las fijó
para otorgarle mayor trascendencia a los festejos de la conmemoración de la
entrada de San Pedro a Roma. Otros relatos, sin embargo, sostienen que el Papa
lo hizo para sustituir las celebraciones paganas llamadas “Robigalia” (en honor
al dios “Robigus”) que antiguamente efectuaban los labradores romanos, con
procesión por los campos, para interesar la deidad a favor de los sembrados”.
viernes, 8 de julio de 2016
Receta de Dünne Kuche o Riwwel Kuche
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(Estas recetas y muchas más, se pueden encontrar
en el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior. Se adquiere por correo mediante el sistema de contra reembolso: Ud. hace el pedido y recién paga cuando lo tiene en sus manos. Para ello comunicarse a juliomelchior@hotmail.com.). |
Ingredientes para
la masa:
1 Kilo de harina
2 cucharadas de levadura
1/2 litro leche rebajada con agua tibia
4 yemas de huevos
3 cucharadas de crema
100 gramos de manteca
8 cucharadas de azúcar
1 pizca de sal
Ingredientes para
los Riwwel:
200 grs. de crema
2 yemas
150 gramos de manteca
3 cucharadas de harina
6 cucharadas de azúcar
Preparación:
Poner en un bol la
harina, la levadura, las yemas, la sal y de a poco la leche mezclada con agua
tibia. Mezclar todos los ingredientes hasta obtener una masa liviana. Dejar
levar y luego volcar a la asadera; dejar levar nuevamente.
Los Riwwel se
elaboran en una sartén con los 200 grs. de crema, las 2 yemas, los 150 grs. de
manteca, las 3 cucharadas de harina y las cucharadas de azúcar.
Los Riwwel se colocan
sobre la masa antes de llevarla a hornear.
miércoles, 6 de julio de 2016
Historia de vida del abuelo Agustín Hoffmann
Vivir era una responsabilidad desde el
momento que nacíamos. No solamente debíamos ser responsables de nosotros
mismos, sino que cargábamos con el peso de toda la familia desde niños. Cada
integrante del grupo familiar tenía que aportar lo suyo para el sustento
diario. Llevar alimentos a la mesa era toda una odisea. Éramos muchos:
hermanos, mamá, papá, abuelos, algunos tíos, todos viviendo bajo el mismo
techo.
Nosotros éramos catorce hermanos. Mamá y
papá. Dos tías y tíos. Varios primos. Abuelos. Todos sentados alrededor de una
mesa de madera grande. Todos sufriendo calladamente la miseria de ser pobres.
En una casa donde, a veces, faltaba hasta lo más indispensable. Era duro
acostarse y levantarse con hambre. Pero… ¡ojo! ¡Jamás se nos cruzó por la
cabeza salir a la calle a pedir limosna! Eso se consideraba indigno para una
familia trabajadora y honesta. Era una humillación. Si nos daban, por supuesto,
aceptábamos el obsequio; pero pedir nunca.
El dolor me hizo fuerte. El sacrificio
me hizo tener más fe en Dios, que nunca nos abandonaba: apretaba pero no
ahogaba, siempre nos tiraba un salvavidas. Siempre había una luz al final de la
oscuridad. Siempre salimos adelante. Superando mil y una dificultades,
incluyendo la muerte de seres queridos. Pero nada ni nadie logró doblegarnos.
Trabajamos. Luchamos. Sufrimos. Hicimos mucho sacrificio. Y un día, con tesón,
apretando los dientes y el cinturón, logramos sonreír: conseguimos nuestra
casa. Mejoramos nuestra vida. Y a partir de allí, a medida que mis hermanos
iban creciendo, pudimos darles una vida mejor a mis padres y abuelos.
Así crecí. Me hice hombre. Tengo las
manos curtidas, el corazón duro. Trabajo desde los ocho años. No fui a la
escuela. No había tiempo. De niño lloré todo lo que tenía que llorar. Nadie me
consoló; nadie me abrazó ni me dio ternura. Siempre estuve solo. Solo en el
medio de una gran familia que se amaba mucho pero que no lo demostró en ningún
momento. Según mi padre, no hubo tiempo para perder en cursilerías, había que
utilizarlo para solucionar cuestiones más urgentes, como sobrevivir. Trabajar
era lo más importante porque aportaba el dinero para comprar comida.
A simple vista parece que no hubiera
tenido infancia. Pero, sin embargo, la tuve. Tampoco puedo decir que fui
infeliz porque, a mi manera, fui feliz, muy feliz. Eran otros tiempos, con
otros códigos. Recuerdo aquellos años con mucha nostalgia y volvería a vivirlos
con mucha alegría. Extraño tanto a mis padres. Las cenas con ellos, con mis
hermanos, mis tíos, mis abuelos, sentados alrededor de la enorme mesa de
madera, conversando a los gritos, o rezando, o cantando al compás del acordeón.
Sí, a pesar de todo, fui muy feliz y muy afortunado de la vida que Dios me dio.
lunes, 4 de julio de 2016
Se llevó a cabo un gran venta de Strudel de manzana y Kreppel
Fuente: lanuevaradio.com.ar
Unión
Padres de Familia de la Escuela Parroquial Santa María llevó a cabo una
impresionante puesta en escena de preparación de clásicos de la gastronomía
alemana. El chef Javier Graff preparó casi 400 porciones de Strudel de
manzana, bien a la usanza alemana, el autentico. Y desde luego los Kreppel.
En un domingo gris y lluvioso, tuvieron una salida excepcional.
El domingo,
y como se había anunciado, en un gran dispositivo de organización, Unión Padres de Familia de la Escuela
Parroquial del Pueblo Santa María, que preside Gustavo Di Battista, secundado
por un grupo numeroso y eficiente de hombres y mujeres, montaron una batería de
cocina en las instalaciones de la Sociedad Alemana, en la calle Sarmiento,
cedida especialmente al efecto, ya que las inclemencias del tiempo hacían
imposible la venta en la Plaza Tambor de Tacuarí.
El público
asistió temprano para asegurarse sobre todo las porciones deliciosas de Strudel
de manzana elaborado con una masa súper fina, apropiada para este tipo de
platos, conformando además un relleno exquisito de crema, manzana, azúcar, es
decir, casi se transforma en una obra de arte donde atentamente el chef Javier
Graff se ocupó de la preparación que comenzó dos días antes, por lo menos, en
las instalaciones de Weimannhaus, el salón de eventos de Pueblo Santa María.
Después la
masa para los Kreppel, con una técnica muy especial que seguramente algún
secretito debe haber para lograr una masa única, livianita, con un toque de
sabor diferente. Después vino lo que significa verdaderamente manos a la obra,
es decir, estirar la masa, cortar los Kreppel y a la olla con grasa bien
caliente, y listo. Kreppel que se vendieron durante todo el día hasta la tarde,
donde la gente siguió llegando para acompañar este obra a beneficio de la Unión
Padres de Familia de la Escuela Parroquial de Pueblo Santa María.
Avanzaba el
mediodía y la mitad del Strudel elaborado ya estaba vendido, por lo cual la
gente ingresaba por la explanada del edificio, se encontraba con un mostrador
atendido por el Oficial de Policía de Santa María Facundo Agüero, Gustavo Di
Batista, el Dr. Fernando Migliavaca y Oscar Mellinger quienes atendían al público,
entregaban la mercadería y cobraban, mientras en la cocina un batallón de
vecinos de aquella localidad ponían literalmente manos a la masa.
Un
agradecimiento inmenso para toda la gente que compró y destacar como siempre el
magnífico equipo de trabajo integrado por integrantes de la Unión Padres de
Familia de la Escuela Parroquial Santa María.
En las
primeras horas de la tarde los Strudel se vendieron todos y seguían elaborando
para las 16.30 horas Krepel ante la demanda de la gente en un día que resultaba
ideal para acompañar los mates o la merienda en la tarde del domingo.
Los
integrantes de la UPDF son Miguel Angel Krieger, Fernando Migliavaca, Javier
Graff, Oscar Mellinger, Pablo Span, Sebastián Borsini, Pedro Raising, Facundo
Agüero, Gustavo Reeb, Diego Schwerdt, Leonardo Balquinto, Juan Carlos Roth,
Martín Graff, Diego Waibender, Rodrigo Linder, Natalia Strevebnsky, Marianella
San Clemente, Silvina Hegell y Eugenia de Reeb todos los cuales integran el
equipo de cocina preparando los Krepel.
La
elaboración de los 400 Strudel se llevó a cabo en la casa de eventos de Javier
Graff Weimannhaus en Pueblo Santa María y se utilizaron 300 kilos de manzana,
40 kilos de azúcar, 40 litros de crema, 30 kilos de harina y seis docenas de
huevos, se entregaban en una caja debidamente cerrada, conservada, con todos
los cuidados de seguridad e higiene.
domingo, 3 de julio de 2016
El lunes se producirá el lanzamiento de la cuarta edición del libro “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga” del escritor Julio César Melchior
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| Para más información: comunicate a juliomelchior@hotmail.com |
“Lo que el tiempo se llevó de los
alemanes del Volga” es una obra literaria que, mediante distintas formas
narrativas, recrea con fidelidad histórica, la idiosincrasia social y cultural
de los pueblos alemanes, además de rescatar con veracidad y detalle, aspectos
desconocidos de la vida diaria en estos pueblos en épocas pretéritas. Dejando
en claro en cada página, que la premisa fundamental es erigir un homenaje a
todas las familias, y personas individuales, conocidas y desconocidas, que
escribieron la historia cotidiana de las colonias.
El libro está dividido en dos secciones
de ocho capítulos cada una. En la primera se rescatan aspectos de la infancia
de los abuelos de los pueblos alemanes, sus años de escuela primaria, el
recuerdo de sus padres, el amor por la familia, los trabajos en el hogar, en el
campo, historias de vida, vivencias, anécdotas,
aspectos desconocidos de su diario vivir y actuar ante situaciones
concretas, y su adiós de la aldea natal, allá lejos en el Volga. Y en la
segunda se rescatan tradiciones y cincuenta fotografías antiguas: la identidad
de los alemanes del Volga, su forma de vestir, su perfil humano, basado en el
respeto, la honradez, el trabajo y la fe en Dios, la educación, que estaba en
manos de las hermanas religiosas, la manera de festejar los casamientos, de
vivir la amistad, la música, entre otros.
“Lo que el tiempo se llevó de los
alemanes del Volga”, en su cuarta edición, es un libro para coleccionar y
atesorar. Y estará a la venta a partir del lunes.
Será la tercera obra consecutiva del
escritor Julio César Melchior que se reedita en apenas un año, en el que
también vieron la luz y alcanzaron enorme éxito y repercusión nacional, la
segunda edición de “Historia de los alemanes del Volga”, la tercera de “La vida
privada de la mujer alemana del Volga” y la décima de “La gastronomía de los
alemanes del Volga”, que ya está próxima a agotarse nuevamente.
sábado, 2 de julio de 2016
La Strudelfest de Pueblo Santa María será promocionada por el chef Javier Graff en la Feria Caminos y Sabores, en la Rural, en Buenos Aires
Fuente: lanuevaradio.com.ar
El chef Javier
Graff contó que “vamos a estar presentes el sábado 9 en un lugar central, en un
auditorio, haciendo una especie de clínica de Strudel. Voy a llevarlo en tres
etapas: voy a llevar Strudel listos, ingredientes crudos y masa ya preparada,
como para armarlo en el momento. En una hora tengo que hacer todo. Estamos en
esto, en plenos preparativos. Esto nos demanda una ansiedad importante, porque
hay que tener en cuenta que por la feria pasan entre 30 y 40 mil personas por
día. Es una feria muy importante de gastronomía”.
Por otra
parte este domingo se venden porciones de Strudel y Kreppel bajo la
organización de la Unión Padres de Familia de la Escuela Parroquial Santa María,
desde las 10 hs. en la Sociedad Alemana.
El
reconocido chef Javier Graff, de Weimannhaus, visitó La Nueva Radio Suárez para
hablar de dos temas muy importantes.
Por un lado
la venta de Strudel y Kreppel que estará llevando a cabo Unión Padres de
Familia de la Escuela Parroquial Santa María este domingo en el salón de la
Sociedad Alemana, sobre la calle Sarmiento de Coronel Suárez.
A partir de
las 10 de la mañana comenzará la venta de estas dos exquisiteces de la
gastronomía alemana.
El chef,
junto a un grupo de colaboradores, está ya preparando el Strudel, disponiendo
decenas de porciones que se pueden ir reservando a través de Facebook a las
páginas de Unión Padres o bien del propio Javier Graff.
“Venimos
muy bien con las reservas, creemos que vamos a hacer alrededor de 400
porciones. Esto no implica que tendremos 400 compradores, porque muchos compran
de a dos o tres porciones. Son 320 kilos de manzana que ya empezamos a
trabajar, junto con la gente de la Comisión”. El viernes empezaban con el
estirado de la masa y con la cocción de este particular postre.
Para
quienes les parezcan muchas porciones, hay que recordar que en una venta
anterior “vinimos con 300 Strudel y en menos de 20 minutos, entre las reservas
y con los ocasionales compradores, nos quedamos sin Strudel. Fueron 20 minutos
reloj, por lo que la demanda es tremenda”.
Javier
Graff fue portador también de otra gran noticia: “gracias a que Santa María
pertenece al programa Pueblos Turísticos existe una feria muy conocida en el
ambiente gastronómico y turístico que es Caminos y Sabores, que se lleva a cabo
en Palermo todos los años. Gracias a la gestión de ellos, con la oficina de
Turismo de Coronel Suárez y con el Secretario de Producción Ignacio Fidelle,
tenemos la oportunidad de estar en esta feria, presentando nuestro pueblo,
nuestra fiesta”.
Javier Graff contó que “vamos a estar presentes el sábado 9 en un lugar
central, en un auditorio, haciendo una especie de clínica de Strudel, con toda
la prensa que eso significa: prensa de turismo, canales abiertos de aire, etc.
Vamos a estar haciendo la presentación del Strudel y de la fiesta. Es como una
clase de cocina para un grupo reducido, alrededor de 120 personas, en el cual
me asignan una hora y voy a explicar el proceso. Voy a llevarlo en tres etapas:
voy a llevar Strudel listos, ingredientes crudos y masa ya preparada, como para
armarlo en el momento. En una hora tengo que hacer todo. Estamos en esto, en
plenos preparativos. Esto nos demanda una ansiedad importante, porque hay que
tener en cuenta que por la feria pasan entre 30 y 40 mil personas por día. Es
una feria muy importante de gastronomía”.
viernes, 1 de julio de 2016
Historia de vida de una abuela alemana del Volga
Tenía catorce años cuando mis padres
arreglaron mi matrimonio y quince cuando nació mi primer hijo –revela Ofelia
Stadelmann. Tuve dieciséis hijos (once vivos y cinco fallecidos
prematuramente). Todos nacieron en mi casa. Sin médico. Algunos partos fueron
tremendamente dolorosos –recuerda.
“Mi marido era veinte años mayor que yo.
Viudo y con siete hijos. Me pedía varones todo el tiempo. Quería muchos
descendientes machos, como él decía, para que lo ayudaran en los trabajos de la
chacra. Se ponía triste cuando nacía una nena. ‘Otra boca más para alimentar
que no va a producir nada’ –me decía. ‘Las mujeres no sirven para nada –aseguraba.
No sirven para trabajar en el campo, no sirven para trabajar con los animales,
no sirven para hacer trabajos de hombres. Solamente sirven para traer machos a
la casa. Nada más. Y engendrar hijos a escondidas de los padres’.
“A las mujeres las mandaba a trabajar
desde muy chicas a la huerta, a ordeñar, cuidar los cerdos, alimentar todos los
animales domésticos de la granja. Decía que las mujeres no tienen que estudiar.
‘Ahora las mantengo yo y después las va a mantener el marido’ –explicaba.
“Tenía un carácter bravo. Enseguida se
enojaba si una lo contradecía. A veces nos amenazaba con la fusta. Pero en el
fondo era una buena persona. Honesta. Nunca nos faltó nada. Iba todos los
domingos a misa. Colaboraba en la parroquia y las escuelas. Los vecinos lo
querían. Fue un buen padre y un buen esposo. Antes todos eran hombres rectos.
Así era la vida.
“No creía mucho en los médicos. Por eso
a todos mis hijos los tuve en mi casa, con la ayuda de mi suegra. Nacieron en
nuestra habitación matrimonial. Algunos partos fueron muy largos y dolorosos.
Mi suegra siempre me decía que me porté como una nena por gritar tanto. Eran
otras épocas. Hoy todo es distinto.
“A pesar de que no pude elegir a mi
marido y de que me mis padres me casaron muy joven, no me puedo quejar de mi
matrimonio ni de mi esposo. Nunca me hizo faltar nada ni tampoco a mis hijos. Todos
salieron buenas personas, trabajadoras, honestas. Todos están casados y con hijos”
–concluye Ofelia Stadelmann.
miércoles, 29 de junio de 2016
Se llevará a cabo una gran venta de Kreppel y Strudel a beneficio de la Escuela Parroquial Santa María
Fuente: lanuevaradio.com.ar
Este
domingo, a partir de las 10 horas, Unión Padres de Familia de la Escuela
Parroquial Santa María realizará, a pedido del público, una nueva venta de Kreppel
y de Strudel de manzana elaborado por el chef Javier Graff, en la Plaza Tambor
de Tacuarí.
Lo
recaudado, como siempre, es para solventar gastos de la escuela y seguir
avanzando con las obras que la institución necesita, ya que hay muchas mejoras
proyectadas.
“Agradecemos
desde ya la colaboración de todos en cada una de las ventas realizadas, pues de
esto depende que podamos seguir creciendo como institución” –expresan las
autoridades de la misma.
Se presentará una obra de teatro a beneficio en Pueblo Santa María
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| Grupo de teatro de Pueblo Santa María |
Será el 5
de agosto, a las 19:30 horas, en el Salón Parroquial "Juan Peter",
con la puesta en escena de la obra “La Casa de Bernarda Alba”, que estará a
cargo de un grupo de artistas de la comunidad que actuará de manera totalmente
gratuita y a beneficio de esta causa benéfica.
Las entradas
están a la venta de manera anticipada a un valor de $40.
Lo
recaudado se donará para el mantenimiento y restauración del Salón Parroquial.
martes, 28 de junio de 2016
Un homenaje del escritor Julio César Melchior para las mujeres alemanas del Volga
Por María Rosa
Silva Streitenberger
La mujer alemana del Volga siempre fue
más fuerte de lo que ella creía y de cómo la veía la sociedad patriarcal.
Siempre estuvo bajo el ala del hombre. De niña bajo las órdenes del padre. En
el matrimonio bajo las decisiones y antojos del esposo. Si enviudaba bajo la
mirada de Dios. Cuando anciana bajo la tutela de los hijos ya que al no existir
jubilación y tampoco poder heredar, debía ser responsabilidad de los hijos
hasta la muerte.
Se necesita temple para delegar la
propia vida en pos de dictámenes de otra persona y así, de todos modos,
sentirse plena. Fuerza de voluntad, coraje para enfrentar cualquier designio y
llevar adelante una vida digna, trabajando a la par del hombre pero realizando
además incontables tareas en el hogar, todas a pulmón y aún así ser considerada
un ser inferior. La fuerza la obtenían día a día a través del amor. Amor a los
hijos, a la vida, a la providencia, que aunque a veces era casi nula, ellas con
su ingenio hacían magia y siempre cubrían las necesidades del hogar, aunque el
precio sea sacrificarse para ello.
En nombre de todas esas mujeres, de
quienes desciende y para los que no han sabido entenderlas y conocerlas el
escritor Julio César Melchior escribió el libro La vida privada de la mujer alemana del Volga.
lunes, 27 de junio de 2016
El abuelo Ignacio Strevensky nos cuenta su vida
Las fotografías hablan. Cuentan la
historia en imágenes. Muestran la realidad que las palabras no alcanzan a
describir. Y don Ignacio lo sabe. Por eso las guarda, las cuida y las protege.
Porque rememoran cada momento de su vida. Porque son un testimonio fehaciente
de que alguna vez vivió todo lo que recuerda.
Don Ignacio nos recibe en pantuflas. Las
arrastra como los casi noventa años que carga sobre sus espaldas. Con pesadez y
resignación. Los días no transcurrieron en vano. Dejaron su impronta en su
cuerpo y en su espíritu. Tembloroso y endeble, sonríe, sin embargo, sin
reproches a la vida, y se sienta a la mesa, frente a un sobre color amarillo
sucio, viejo y rasgado, de donde extrae fotografías color sepia, blanco y negro
y pálidas imágenes en color. Todo el tesoro material que la vida le permitió
acumular. Dice que no tiene otros bienes más que esos recuerdos que se van
borrando a pesar del cuidado que les confiere. Acota que no tiene ni casa ni
familia, que vive de prestado en el geriátrico que lo cobija y que de allí lo
van a sacar muerto. Deja bien en claro que tiene asumido el final de su
destino.
Con precisión y detalle explica quiénes
aparecen retratados en las fotografías: su madre, que lo quería mucho, que
jamás le pegó, que le enseñó a rezar, que todos los domingos lo mandaba a misa,
que cocinaba Wicklnudel, Maultasche, Klees… Que horneaba el Kalach y los
Dünnekuche en el horno de barro. Cómo se las arregló para criar y educar
decentemente dieciséis hijos. Y su padre, de carácter autoritario. Gritón y
mandón. Que no lo dejaba jugar. Que siempre lo tenía que ver haciendo algo
útil: carpir la quinta, regar las verduras, limpiar el chiquero, el gallinero,
darle de comer a los cerdos y las gallinas, encerrar y ordeñar las vacas de
madrugada. “Mamá y papá eran dos universos bien distintos. Al lado de mamá, agarrado
de su delantal, uno se sentía seguro y protegido. Con papá uno sentía miedo.
Nos retaba por todo. Nos pegaba si nos portábamos mal: me castigó muchas veces
con el cinturón –confiesa don Ignacio- porque no había cumplido con la tarea
como él lo esperaba que lo hiciera. Era muy severo y meticuloso. Todo tenía que
hacerse como él quería. Si él decía que un cosa era blanca, tenía que ser
blanca. No había lugar para la duda”.
Habla de sus hermanos. De una casa
humilde. De la comida que nunca alcanzaba. Del sacerdote que se metía en todo.
De las religiosas que lo maltrataban en la escuela pegándole con el puntero o
haciéndolo arrodillar sobre sal gruesa. De la comunidad que era muy solidaria y
generosa. Más sencilla que la actual. Que la envidia no existía. Que los
vecinos se ayudaban unos a otros. Que los vecinos se visitaban. Que la palabra
empeñada tenía valor de documento escrito y firmado. Que se era feliz con lo
que se tenía “y no como hoy que todo el mundo tiene y desea más de lo que puede
disfrutar y, sin embargo, nunca le alcanza”.
Las fotografías, sus miradas, sus
gestos, sus tonos de voz, transmiten diferentes experiencias, recuerdos,
conocimientos y sensaciones. Cuenta que la vida fue dura con él pero que le
enseñó mucho. Le enseñó a valorar lo que tiene. Poco o mucho es suyo y tuvo que
luchar para tenerlo.
Va desgranando su niñez: cuando tomó la
primera comunión, la confirmación, las clases de alemán, los nombres de las
hermanas religiosas que le enseñaron a leer y escribir, alguna que otra travesura.
Se extravía en detalles nimios pero regresa a lo sustancial. La memoria emotiva
le juega una mala pasada. Está feliz porque una persona le presta atención y
escucha las historias que tiene para contar.
Así se va la tarde y con ella un
recorrido retrospectivo por la vida de don Agustín. Con sus angustias y
alegrías. La muerte de sus padres. De alguno de sus hermanos. La felicidad de
una novia y la tristeza de un hijo que no pudo nacer. La dicha de saber que amó
y lo amaron. La melancolía de la soledad y el olvido de la vida, que le quitó a
su esposa y lo confinó a un geriátrico.
viernes, 24 de junio de 2016
Tener un “fóbal de cuero número cinco” era el sueño de los niños de las colonias
Los objetos que acompañan nuestra vida
hablan de nosotros, de nuestros gustos, costumbres, recursos y carencias;
suelen traernos la memoria de los antepasados; de sus antiguos poseedores o de
quienes nos los regalaron; y, en todos los casos, aunque no siempre seamos
conscientes de ello, nos vinculan con las personas, generalmente desconocidas,
que los inventaron y fabricaron. Los objetos pueden contar nuestra historia,
pero a la vez cada uno de ellos resume en sí mismo una historia. Además de ser
biográficos, son manifestaciones de una cultura.
En este caso en particular, presentamos
un artículo sobre un objeto de juego común entre los niños de todas las épocas,
que es la pelota. Y lo presentamos desde un atractivo cuento de Felisberto
Hernández.
La
pelota (Por Felisberto
Hernández.)
Cuando yo tenía ocho años pasé una larga
temporada con mi abuela en una casita pobre. Una tarde le pedí muchas veces una
pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén. Al principio
mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después me
amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita —pronto para
correr— yo le volví a pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y
cuando ella se levantó de la máquina donde cosía, yo salí corriendo. Sin
embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a sacar trapos.
Cuando me di cuenta que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho
fastidio. Jamás esa pelota sería como la del almacén. Mientras ella la forraba
y le daba puntadas, me decía que no podía comprar la otra y que no había más
remedio que conformarse con ésta. Lo malo era que ella me decía que la de trapo
sería más linda; era eso lo que me hacía rabiar. Cuando la estaba terminando,
vi cómo ella la redondeaba, tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una
sonrisa; pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el
trapo blanco del forro se ensució de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía
la forma: me daba angustia de verla tan fea; aquello no era una pelota; yo
tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo. Después de haberle dado
las más furiosas "patadas" me encontré con que la pelota hacía
movimientos por su cuenta: tomaba direcciones e iba a lugares que no eran los
que yo imaginaba; tenía un poco de voluntad propia y parecía un animalito; le
venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de que yo
jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de
pronto parecía que iba a parar, pero después resolví dar dos o tres vueltas
mis. En una de las veces que le pegué con todas mis fuerzas, no tomó dirección
ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad vertiginosa. Quise que eso se
repitiera pero no lo conseguí. Cuando me cansé, se me ocurrió que aquel era un
juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota
era lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento.
Entonces la abandoné en la mitad del patio. Después volví a pensar en la del
almacén y a pedirle a mi abuela que me la comprara. Ella volvió a negármela
pero me mandó a comprar dulce de membrillo. (Cuando era día de fiesta o
estábamos tristes, comíamos dulce de membrillo). En el momento de cruzar el
patio para ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise
pegarle una "patada" bien en el medio y bien fuerte; para conseguirlo
tuve que ensayarlo varias veces. Como yo iba al almacén, mi abuela me la quitó
y me dijo que me la daría cuando volviera. En el almacén no quise mirar la
otra, aunque sentía que ella me miraba a mí con sus colores fuertes. Después
que nos comimos el dulce yo empecé de nuevo a desear la pelota que mi abuela me
había quitado; pero cuando me la dio y jugué de nuevo me aburrí muy pronto.
Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la calle tirarle
un pelotazo. Esperé sentado encima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para
seguir jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca: había quedado
chata como una torta, Al principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza,
la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que hacía al caer contra el piso
de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda.
Cuando me volvió el cansancio y la
angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una pelota, que era una
torta y que si ella no me compraba la del almacén yo me moriría de tristeza.
Ella se empezó a reír y a hacer saltar su gran barriga.
Entonces yo puse mi
cabeza en su abdomen y sin sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela
me arrimó. La barriga era como una gran pelota caliente que subía y bajaba con
la respiración. Y después yo me fui quedando dormido.
jueves, 23 de junio de 2016
Mi homenaje a las mujeres alemanes del Volga
Crecí
entre mujeres alemanas del Volga. Mi madre, mis abuelas y tías, mi hermana. A
todas ellas las caracterizan la entrega a su familia, la sencillez, la
importancia de compartir, la entrega a sus afectos y a la comunidad. El amor al
prójimo. No desear y correr tras lo material sino disfrutar de lo cotidiano.
Todo esto lo heredaron de sus antepasados. Para ellas escribí este libro. Para
que las conozcan, entiendan y sepan que a pesar de no demostrar con palabras o
abrazos el amor,
nos lo brindaron de mil maneras diferentes. Su incondicional vida puesta al
servicio de la familia y de quien necesite. No es fácil de comprender hoy día
donde los códigos dictan otras formas de convivencia. En este libro cuento los distintos
aspectos que regían la vida femenina y que ellas, en silencio y por su profundo
amor, acataron por siglos. NO SE LO PIERDAN.
(Para más información comunicarse:
juliomelchior@hotmail.com)
miércoles, 22 de junio de 2016
Doña Ofelia kesler
Puso a
hervir agua en una cacerola, le agregó sal gruesa. En la sartén, también sobre
la cocina a leña, puso a freír trocitos de pan. Regresó a la mesa. Acomodó la
masa. Espolvoreó harina. Descolgó el palo de amasar de la pared. Doña Ofelia
cocina un plato tradicional. Lo prepara como lo elaboraba su madre, que lo
heredó de sus ancestros. Con mucho amor. Para su familia. Para sus hijos. Para
sus nietos.
Pañuelo
en la cabeza. Una canción alemana en los labios. Un brillo especial en los
ojos. Satisfacción y orgullo.
-"Cocina
mejor que cuando era joven", opinan sus hijos.
-"Abuela
es una genia", sostienen sus nietos.
martes, 21 de junio de 2016
Receta de los Der Kreppel
Esta
receta fue legada por doña Irma Kraft a su nieta Juliana Witkowski, que la
comparte con nosotros. Y nosotros la
publicamos para mantener vigente este legado gastronómico y para rendirle
homenaje a doña Irma y reconocer el trabajo de conservación realizado por su
nieta Juliana.
Ingredientes:
Harina común 1 kg.
6 huevos
1/2 taza aceite
1/2 taza alcohol (de farmacia)
1/2 taza de leche
4 cucharadas de azúcar
Pizca de sal
Preparación:
Se hace
la masa y se estira con palote bien fino, se corta en rectángulos y se hacen
varios cortes al medio, luego se pliegan al ponerlos en la grasa para freír.
domingo, 19 de junio de 2016
sábado, 18 de junio de 2016
Historia de una mujer alemana del Volga bautizada con el nombre de “Mala” Siebenhardt
Un profundo y
protocolar silencio reinaba en la sala donde funcionaba la oficina del Registro
Civil. Fuera por respeto al lugar y a la investidura de la persona que lo
presidía o porque quien se encontraba sentado detrás del enorme escritorio
cumpliendo una función que creía fundamental para el gobierno nacional y las
futuras generaciones del país sólo hablaba español y el joven que esperaba ser
atendido sólo sabía expresarse correctamente en alemán, lo cierto era que podía
escucharse nítidamente el zumbar de las moscas que, molestas e insistentes,
osaban posarse sobre los pulcros documentos que se encontraban dispersos sobre
el escritorio.
El empleado del
Registro Civil levantó la miraba, apartando la atención del acta matrimonial
que revisaba para posarla sobre el individuo que aguardaba frente a él. Sin
intercambiar palabra, supo de inmediato para qué venía. Lo delataba el pequeño
bulto, primorosamente envuelto, que la mujer que lo acompañaba traía en brazos,
tiernamente acomodado junto a su seno.
-¿Viene a anotar a
su hijo?, inquirió sin demasiada gentileza protocolar, dejando en evidencia
–mediante una deslucida dicción- que la preparación intelectual distaba mucho
de ser no ya la ideal si no la básica para realizar el menester que debía
llevar a cabo.
El colono asintió
con la cabeza, intimidado quizá, por la actitud presumida y el alarde de
autoridad que hacía gala el funcionario de gobierno que, mediante gestos
ampulosos y soberbios, atrajo hacia sí el libro en el que registraba los
nacimientos y después de hojearlo con rapidez, lo abrió en dos, comenzando a
llenar un acta mientras se formulaba a sí mismo las preguntas de siempre:
“¿día? ¿mes? ¿año?”. Mientras de soslayo, y manteniendo una actitud de hombre
superior, acorde al estatus social y cultural que en su delirio de poder
imaginaba poseer, escudriñaba al padre del recién nacido, que a simple vista se
veía que era uno de esos rusosalemanes que unos años atrás colonizaron la
región, estableciendo tres colonias. “Lo delata la manera de vestir”, pensó.
“Tan anacrónica y particular”. “Y para colmo, no entienden casi nada de
castellano. Con suerte, apenas comprenden unas pocas palabras”, reflexionó
imaginándose la tediosa labor que le aguardaba.
Sin embargo, el
trámite se desarrolló de manera relativamente normal hasta el instante de
inscribir el nombre de la criatura.
-¿Nombre de la
criatura?, preguntó.
El colono,
sorprendido ante el énfasis con que fue formulada la pregunta, respondió en
alemán:
-Mole Siebenhardt.
El empleado,
habituado a este tipo de contratiempos, descifró el apellido. Lo había
escuchado en más de una ocasión. Pero el nombre le resultó totalmente
desconocido.
-¿Cómo dijo?,
insistió mirándolo fijamente a los ojos.
-Mole Siebenhardt,
volvió a ratificar el hombre en alemán.
Viendo que
resultaba inútil persistir en el intento de entender el nombre, bien porque el
rusoalemán no sabía expresarlo en español, lo que era probable, o porque
se sintiera cohibido ante su aplomo y viril autoridad, lo que también era
posible, dado el aislamiento en que viven en sus colonias y el total
desconocimiento que tienen de las leyes argentinas, el empleado del Registro
Civil optó por escribir en el acta de nacimiento lo que creyó justo o lo que
imaginó comprender, y se abocó, fastidiado con la falta de cultura de los
inmigrantes que, según él, invadían el país, a continuar con el trámite. No sin
antes esbozar una leve sonrisa de superioridad. Sin sospechar siquiera el
ridículo que estaba haciendo y que su ineptitud quedaría para siempre en
evidencia en el acta que estaba confeccionando. Porque desde ese día, la
niña que sus padres bautizaron como Amalia, pasó a quedar registrada como Mala.
El funcionario, que no conocía ni una sola palabra de la lengua alemana, pese a
atender diariamente a infinidad de descendientes de alemanes del Volga y a
convivir con ellos, jamás se enteró, por ignorancia intelectual y prejuicios
étnicos, de la barrabasada que cometió al confundir un sustantivo propio con un
adjetivo común y corriente.
jueves, 16 de junio de 2016
Receta de torta 80 golpes (Achtzig Schlag)
Ingredientes:500 gramos de harina
30 gramos de levadura
3 cucharadas de azúcar
3 cucharadas de aceite
1 huevo
Esencia de vainilla
Cantidad
necesaria de leche
Para el relleno:
200 gramos de manteca
Para el relleno:
200 gramos de manteca
20
cucharadas de azúcar
Preparación:
Colocar la harina en un
bol y hacer un hueco en el centro, donde se incorpora el huevo, la levadura desgranada,
el azúcar, el aceite y la esencia de vainilla; se comienza a unir con la harina
de los bordes y se va agregando leche tibia hasta formar una masa blanda pero
que no se pegue en las manos.
Volcar la masa en la mesa
y una vez que esté bien unida, darle 80 golpes arrojando la masa sobre la mesa.
Tomar el palote y estirar la masa lo más fina posible.
Untar la masa con la
manteca que debe estar a temperatura ambiente y mezclada con azúcar.
Enrollar la masa bastante
ajustadadamente, cortar en trozos de 5 cm. (depende del alto del molde), colocarlos
parados y a cierta distancia entre sí en un molde de 30 cm. de diámetro
enmantecado.
Dejar levar hasta que se
hayan unido todos los rollitos, llevar a horno moderado durante 35´ a 40´.
Desmoldar enseguida que se
retira del horno.
(Estas recetas y muchas más, se pueden encontrar en el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior. Se adquiere por correo mediante el sistema de contra reembolso: Ud. hace el pedido y recién paga cuando lo tiene en sus manos. Para ello comunicarse a historiadorjuliomelchior@gmail.com).
(Estas recetas y muchas más, se pueden encontrar en el libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", del escritor Julio César Melchior. Se adquiere por correo mediante el sistema de contra reembolso: Ud. hace el pedido y recién paga cuando lo tiene en sus manos. Para ello comunicarse a historiadorjuliomelchior@gmail.com).
miércoles, 15 de junio de 2016
¿Qué tipo de colonias se fundaron en el país durante los años en que llegaron los alemanes del Volga?
Es por demás conocida la historia de
cómo se afincaron los alemanes del Volga en el país. También sabemos el tipo de
contrato que firmaron y el acuerdo al que llegaron para fundar una determinada
clase de colonias. Pero asimismo es interesante extender la mirada y observar
con criterio amplio qué acontecía en el resto del país y preguntarse: ¿qué
clase de colonias propiciaba fundar el gobierno argentino al alentar el ingreso
masivo de inmigrantes? La respuesta la encontramos en la obra del Reverendo
William C. Rhys, escrita en 1902.
William C. Rhys llegó a la Argentina a
fines del siglo XIX para hacerse cargo de la iglesia bautista en Chubut, donde
permaneció quince años, sirviendo pastoralmente a la grey galesa. De regreso a
su tierra natal, Gales, en 1902 escribió sus memorias, que recién fueron
publicadas hace unos pocos años por uno de sus nietos.
En esta obra, titulada “La Patagonia que
canta”, el reverendo, con abundantes datos recogidos en el lugar, traza la
historia de los pioneros galeses que el 28 de julio de 1865 arribaron al país
para colonizar una porción de tierra patagónica. De entre su pintoresco relato,
donde revive la epopeya colonizadora de sus compatriotas, es interesante
extraer un párrafo en el que reflexiona respecto a las clases de colonias que
se establecían en la Argentina a finales del siglo XIX, durante el masivo
arribo de inmigrantes.
El reverendo Rhys explica que eran tres.
A saber: “1) Algunas son solamente especulaciones lucrativas de aventureros.
Los hombres celebran contratos con el gobierno para asentar tantos hombres en
tantas leguas de tierra. El gobierno asegura las mayores facilidades y parte de
la concesión se divide en pequeños lotes, que son vendidos al precio más alto
que se pueda obtener de los colonos. La parte restante de la concesión se
reserva hasta que la colonia haya ganado un buen nombre y buenas perspectivas.
Se ayuda a los colonos con comida, animales, implementos, semillas, alambrados,
etcétera, y se les facilita el crédito. Esta clase de colonias por lo general
es la ruina de los colonos pobres que, confiados en el éxito, son fácilmente
inducidos a la especulación y arrastran el asfixiante peso de las deudas. Bajo
esta carga, después de luchar contra algunas temporadas malas y otros
incidentes desafortunados, comunes a las mejores colonias en estado
embrionario, son aplastados y sucumben; los lotes, las mercancías y las mejoras
vuelven a sus antiguos dueños. De esta forma hay muchos colonos trabajando para
las compañías ferroviarias.
2) Las colonias establecidas
directamente por el gobierno son de otra clase. La gente es inducida a
colonizar mediante el ofrecimiento de una generosa porción de tierra y una
asistencia sabia y limitada para comenzar. El progreso .de estas colonias es
más lento y menos ostentoso al principio, pero también es menos desastroso para
los colonos sin capital, que con el correr del tiempo suelen ser los más
prósperos. Las desventajas radican en que estas colonias por lo general están
ubicadas en distritos alejados de mercados convenientes, etcétera. Los
especuladores tienen una manera sutil de conseguir las mejores tajadas de
tierra para sus propias concesiones.
3) A la tercera clase pertenecen las
colonias creadas por filántropos, por medio de las cuales buscan establecer una
comunidad de acuerdo con alguna idea y así producir, desde cierto punto de
vista, una sociedad modelo.
Estos hombres obtienen una concesión de
tierra y la colonizan con inmigrantes especialmente conseguidos a ese fin.
Algunos de estos colonos tienen éxito y otros no. Y en caso de fracasar, los
filántropos son los que pierden.
Por otra parte, si estos fundadores y
héroes bien intencionados tienen éxito, reciben como recompensa más aplausos
que provecho y más gloria que ganancia. Sin embargo, generalmente la retienen
hasta que dejan de estar sobre la tierra”.
¿Qué significaba ser niño en la época de nuestros abuelos?
![]() |
Los niños tenían que comenzar a desarrollar trabajos de adultos
desde muy pequeños para colaborar en la economía del hogar.
Fotografía de Lewis Hine
|
Realizar un estudio
sociológico para responder a esta pregunta -¿Qué significaba ser niño en la época de nuestros abuelos?- no es tarea sencilla. Porque
no existen datos escritos respecto a estudios previos que se puedan tomar como base
ni tampoco hay evidencia de que alguien se haya planteada este interrogante con
anterioridad. Asimismo es muy difícil encontrar en la sociedad de hoy
parámetros válidos para entender la función de los niños y los jóvenes en la
sociedad de los alemanes del Volga de los primeros años de las colonias.
La niñez como etapa de juegos, de socialización a través del contacto con otros
niños y con adultos, de aprendizaje elemental, de estímulo a la inteligencia,
de afecto, cariño y abrigo, es algo que surge con las ideas contemporáneas que
asimilaron sus descendientes en la República Argentina.
La niñez constituía
un lapso de la vida desdibujado y hasta contradictorio -al menos con lo que hoy
considerarnos la niñez-, en tanto se esperaba de ella una conducta adulta o
casi adulta. Ello se probaría con el esfuerzo laboral que los niños -por lo menos
los de las clases populares- debían realizar desde muy pequeños y la sociedad
les exigía un comportamiento adulto que se expresaba en una disponibilidad para
el trabajo de un modo u otro. No es que los niños no gozaran de sus juegos,
simplemente tenían un espacio limitado entre otras obligaciones, como por
ejemplo, ayudar desde pequeños a sus padres.
Del estatus del niño
podría sintetizarse en el concepto de "transición a la adultez", que
es el que mejor calza para definir la etapa de la adolescencia. Es decir, más
que de un período importante de la vida de todos los individuos, se trataba de
una edad de pasaje a la mayoría de edad, que era lo que verdaderamente contaba.
Pareciera que en sí mismo, el lapso de vida infantil no tuviera sentido más que en su prospección adulta, es decir, como una necesaria transición para transformarse en una persona mayor.
Estas consideraciones no quieren reflejar necesariamente que en el pasado los niños no fueran queridos o no recibieran afecto. Los hombres y las mujeres somos moldeados desde nuestra llegada al mundo psicológicamente por una constelación de valores, sentimientos, contacto físico y social, creencias y tradiciones, que son cambiantes. Los sentimientos, el afecto, el amor o ¡a ternura se transmitían (de otro modo, y de acuerdo con los moldes y representaciones sociales en que fueron socializados los individuos en esa sociedad, en la que los roles femeninos y masculinos, de padres e hijos, de jóvenes y viejos, eran definidos de acuerdo con las pautas prevalecientes. Surge con claridad que el niño no ocupaba un lugar central en la familia y la sociedad como hoy lo ocupa, sujeto privilegiado en los desvelos de los progenitores y de los educadores.
Pareciera que en sí mismo, el lapso de vida infantil no tuviera sentido más que en su prospección adulta, es decir, como una necesaria transición para transformarse en una persona mayor.
Estas consideraciones no quieren reflejar necesariamente que en el pasado los niños no fueran queridos o no recibieran afecto. Los hombres y las mujeres somos moldeados desde nuestra llegada al mundo psicológicamente por una constelación de valores, sentimientos, contacto físico y social, creencias y tradiciones, que son cambiantes. Los sentimientos, el afecto, el amor o ¡a ternura se transmitían (de otro modo, y de acuerdo con los moldes y representaciones sociales en que fueron socializados los individuos en esa sociedad, en la que los roles femeninos y masculinos, de padres e hijos, de jóvenes y viejos, eran definidos de acuerdo con las pautas prevalecientes. Surge con claridad que el niño no ocupaba un lugar central en la familia y la sociedad como hoy lo ocupa, sujeto privilegiado en los desvelos de los progenitores y de los educadores.
lunes, 13 de junio de 2016
Un recuerdo para mi madre
calles
de barro en invierno,
otrora
era el camino,
que
seguía para llegar a casa,
después
de un largo día de trabajo,
siendo
todavía un niño.
Y mi
madre me esperaba,
sola
en la casa grande,
viuda
y con trece hijos,
la
comida servida,
sonriente
y feliz,
mes
tras mes,
año
tras año.
Hasta
que un día llegué
y la
mesa no estaba puesta,
y
pregunté por mi madre
a
mi hermano mayor,
quien
con los ojos llorosos,
abrazándome,
me respondió:
¡tu
madre ha muerto!
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