Rescata

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jueves, 28 de marzo de 2013

Die Klapperer (Antigua tradición de Semana Santa)


“Los chicos de la colonia soñaban con ser "campaneros de Semana Santa" (Klapperer) y hasta los más pequeños importu­naban a sus padres para sonsacarles el permiso, e iban confiados a algún amigo mayor que ellos. Y ahí se desplazaba el grupo, siguiéndole a prudencial distancia los perros fíeles, cuyos amos eran una máquina de ruido. La muchachada se la  pasaba en la calle matraca al hombro, anunciando a viva voz los horarios de las misas, y comunicando que su llamado correspondía a los tres consabidos toques de las campanas, rubricando el pregón con: Zum ersten mal, zum zweiden mal, zum dritten mal!" (¡Primera, segunda y tercera!) y cerrando el todo, con un ensordecedor ruido de los instrumentos especiales”.

Padre José Brendel

Die Klapperer

La Semana Santa llamada aún con el vocablo del alemán an­tiguo Karwoche, tenía a mal traer con mucha anticipación a to­da la muchachada coloniense de los primeros años de las colonias.
Ya meses antes, se trabajaba en la fabricación de matracas e instrumentos de propia invención (Raschpel), para intervenir en la Agrupación de campaneros que suplirían el silencio de las cam­panas entre el Jueves y el Sábado Santo, o como se decía "die Klocken fliegen fort" (se vuelan las campanas).
Llegado el momento, se reunía el grupo en la Parroquia, para ser admitido oficialmente con derechos y obligaciones en la Co­fradía, y para recibir las instrucciones de caso, y presentar al sacerdote las armas de combate, que eran poderosas matracas, capaces de hacer callar a una chicharra. En número de hasta cua­renta se salía a anunciar los diversos actos del programa y el Án­gelus, que era especialmente importante, porque había que le­vantarse de madrugada, recorriendo las calles en penumbras, can­tando el Ave Maria Gracia plena! Con ese motivo, fuera de las horas rituales en el templo, la muchachada se las pasaba en la calle matraca al hombro, anunciando a viva voz los horarios, y comunicando que su llamado correspondía a los tres consabidos toques de las campanas, rubricando el pregón con: Zum ersten mal, zum zweiden mal, zum dritten mal!" (¡primera, segunda y tercera!) y cerrando el todo, con un ensordecedor ruido de los instrumentos especiales.
De madrugada, el punto de reunión era el viejo y abandona­do salón capilla, y allí al alba, y a la luz de una vela, medio dor­midos aún, esperaba la trupp el momento de salida, que daría el Schulmeister. El salón distaba un buen tiro de honda de la iglesia, lo que atemperaba el bullicio de los muchachos, a pesar de los que gritaban más, exigiendo a veces la dictatorial intervención del Padre, con algún "sopapo" perdido, con lo que a la postre no se remediaba nada.
Los chicos de la colonia soñaban con ser "campaneros de Semana Santa" (Klapperer) y hasta los más pequeños importu­naban a sus padres para sonsacarles el permiso, e iban confiados a algún amigo mayor que ellos. Y ahí se desplazaba el grupo, siguiéndole a prudencial distancia los perros fíeles, cuyos amos eran una máquina de ruido.
Todo ese trabajo —pues no dejaba de serlo— tenía una re­compensa. El Domingo de Pascua y después de la Misa Mayor, volvía a congregarse la trupp, ya fuera de servicio, y arrastrando un carrito no mayor que un coche de bebé, rehacían el habitual recorrido, interesadamente, para recoger su recompensa. Se iba de casa en casa, entrando en todos los patios, para desear las Fe­lices Pascuas a la gente que se divertía con ellos y los esperaba, e inclusive les pedía la repetición de sus pregones, sobre todo el del ÁNGELUS, que cantaban a voz en cuello, mientras el ruido subía en crescendo y al ritmo de las dádivas de monedas y huevitos de Pascua que daban los dueños de casa, y los que al fin del re­corrido, eran repartidos en total entre los componentes de la agrupación.
Ya antes de entrar en un patio, el encargado de las finanzas hacía cálculos de lo que dará Don Fulano, si mucho o poco, y se­gún la intención se atacaba en tono mayor o menor, con todas las repeticiones que se pidieran, y que a veces eran muchas y pro­vechosas. De paso se iba comiendo torta pascual, entre canto y canto, ruido y ruido . . . por primera, segunda y tercera vez…

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Cena aniversario por los 126 años de la fundación de Pueblo San José



Desde hace unos años la comunidad de Pueblo San José se ha propuesto diferenciar el festejo de la fundación de la localidad de las tradicionales Kerb. Por eso cada 13 de abril se llevan a cabo, además del acto protocolar, otras actividades de tipo social

En esta ocasión el aniversario es justo el día sábado y es la Comisión Parroquial de esta Colonia Alemana la encargada de organizar la cena y baile.
Hablamos con Clemente Schwerdt, integrante de la Comisión, quien dijo que la ocasión servirá también para organizar la calefacción nueva que se ha incorporado al salón parroquial, como una de las obras de mejoras que se vienen instrumentando.
La cena será la típica, habrá además buena música para bailar con Fabián Díaz, su grupo y la voz de Silvina. Las tarjetas se venden a $100 por persona y pueden reservarse ante los miembros de la Comisión organizadora.
Los que concurran, además de estar pasando un muy buen momento, estarán colaborando con las obras de mejoras en el salón parroquial.

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miércoles, 27 de marzo de 2013

Elisabeta Perpetua Waimann de Streitenberger luce con orgullo la distinción de Mujer del Año


Elegida por el Pueblo de Coronel Suárez, Elisabeta Perpetua Waimann de Streitenberger, con sus 86 años continúa trabajando para su comunidad.
  
Llegada recientemente de Mar del Plata, aún se emociona por la distinción recibid “Yvonne Trillia de Leschot”, el último 8 de marzo en la ceremonia en el marco del Día Internacional de la Mujer.
a, valorando y agradeciendo el amor de su comunidad que la nominó para el galardón
“Esa noche quedará en el recuerdo de muchos, el homenaje estuvo muy emotivo, especialmente para su familia y para los que la quieren bien. Hoy por hoy, después de dos semanas, la abu sigue cosechando buenos augurios y deseos de todos los que la ven”, expresó Victoria Distel, nieta de doña Elisabeta que gentilmente envió al Intendente Ricardo Moccero la foto de la Mujer Destacada por sus Acciones Solidarias 2013.

Información brindada por la Oficina de Prensa de la Municipalidad de Coronel Suárez.

La anciana hila que te hila en la rueca


Hila que te hila
su vellón de lana,
en la rueca
la anciana.

Hila que te hila,
los recuerdos van,
los recuerdos vienen,
en su memoria.

Hila que te hila,
surca el mar,
llora el adiós,
deja el hogar.

Hila que te hila,
llega a la Argentina
desolada y triste,
y sin embargo no se detiene.

Hila que te hila
su vellón de lana,
en la rueca
la anciana.

Mientras llora su ayer,
su aldea natal,
que dejó allá lejos,
allende el mar.

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martes, 19 de marzo de 2013

Una mujer alemana del Volga fue bautizada como Mala


Un profundo y protocolar silencio reinaba en la sala donde funcionaba la oficina del Registro Civil. Fuera por respeto al lugar y a la investidura de la persona que lo presidía o porque quien se encontraba sentado detrás del enorme escritorio cumpliendo una función que creía fundamental para el gobierno nacional y las futuras generaciones del país sólo hablaba español y el joven que esperaba ser atendido sólo sabía expresarse correctamente en alemán, lo cierto era que podía escucharse nítidamente el zumbar de las moscas que, molestas e insistentes, osaban posarse sobre los pulcros documentos que se encontraban dispersos sobre el escritorio.
El empleado del Registro Civil levantó la miraba, apartando la atención del acta matrimonial que revisaba para posarla sobre el individuo que aguardaba frente a él. Sin intercambiar palabra, supo de inmediato para qué venía. Lo delataba el pequeño bulto, primorosamente envuelto, que la mujer que lo acompañaba traía en brazos, tiernamente acomodado junto a su seno.
-¿Viene a anotar a su hijo?, inquirió sin demasiada gentileza protocolar, dejando en evidencia –mediante una deslucida dicción- que la preparación intelectual distaba mucho de ser no ya la ideal si no la básica para realizar el menester que debía llevar a cabo.
El colono asintió con la cabeza, intimidado quizá, por la actitud presumida y el alarde de autoridad que hacía gala el funcionario de gobierno que, mediante gestos ampulosos y soberbios,  atrajo hacia sí el libro en el que registraba los nacimientos y después de hojearlo con rapidez, lo abrió en dos, comenzando a llenar un acta mientras se formulaba a sí mismo las preguntas de siempre: “¿día? ¿mes? ¿año?”. Mientras de soslayo, y manteniendo una actitud de hombre superior, acorde al estatus social y cultural que en su delirio de poder imaginaba poseer, escudriñaba al padre del recién nacido, que a simple vista se veía que era uno de esos rusosalemanes que unos años atrás colonizaron la región, estableciendo tres colonias. “Lo delata la manera de vestir”, pensó. “Tan anacrónica y particular”. “Y para colmo, no entienden casi nada de castellano. Con suerte, apenas comprenden unas pocas palabras”, reflexionó imaginándose la tediosa labor que le aguardaba.
Sin embargo, el trámite se desarrolló de manera relativamente normal hasta el instante de inscribir el nombre de la criatura.
-¿Nombre de la criatura?, preguntó.
El colono, sorprendido ante el énfasis con que fue formulada la pregunta, respondió en alemán:
-Mole Siebenhardt.
El empleado, habituado a este tipo de contratiempos, descifró el apellido. Lo había escuchado en más de una ocasión. Pero el nombre le resultó totalmente desconocido.
-¿Cómo dijo?,  insistió mirándolo fijamente a los ojos.
-Mole Siebenhardt, volvió a ratificar el hombre en alemán.
Viendo que resultaba inútil persistir en el intento de entender el nombre, bien porque el rusoalemán no sabía  expresarlo en español, lo que era probable, o porque se sintiera cohibido ante su aplomo y viril autoridad, lo que también era posible, dado el aislamiento en que viven en sus colonias y el total desconocimiento que tienen de las leyes argentinas, el empleado del Registro Civil optó por escribir en el acta de nacimiento lo que creyó justo o lo que imaginó comprender, y se abocó, fastidiado con la falta de cultura de los inmigrantes que, según él, invadían el país, a continuar con el trámite. No sin antes esbozar una leve sonrisa de superioridad. Sin sospechar siquiera el ridículo que estaba haciendo y que su ineptitud quedaría para siempre en evidencia en el acta que estaba confeccionando. Porque desde ese día, la  niña que sus padres bautizaron como Amalia, pasó a quedar registrada como Mala. El funcionario, que no conocía ni una sola palabra de la lengua alemana, pese a atender diariamente a infinidad de descendientes de alemanes del Volga y a convivir con ellos, jamás se enteró, por ignorancia intelectual y prejuicios étnicos, de la barrabasada que cometió al confundir un sustantivo propio con un adjetivo común y corriente.

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Historia de vida de un abuelo alemán del Volga


Vivíamos en una casa de adobe muy precaria. Cuando soplaba viento fuerte nos metíamos debajo de la mesa y de las camas del miedo que teníamos de que se volara el techo. Las chapas hacían un ruido terrible. Pasamos muchas madrugadas temblando de pánico. Éramos tan pobres que tengo que confesar que pasamos frío y hambre. Comíamos pan casero untado con grasa espolvoreada con azúcar, cuando había azúcar y sino así no más. Varias noches vi llorar a mi madre en silencio mientras veía como sus hijos nos repartíamos la poca comida que había para cenar. A veces, muchas veces, no alcanzaba para llenar la panza de todos. Mamá y papá se quedaron muchas noches sin cenar. Nunca voy a olvidar sus miradas tristes y sus ojos llenos de lágrimas, sufriendo de hambre, de dolor y de impotencia por no poder darnos una niñez mejor. Mi pobre padre trabajaba todo el día en un campo cerca de la colonia pero lo que le pagaban no alcanzaba para alimentarnos y vestirnos a todos: mamá, papá y diez hijos. Además, los ricos de la colonia tampoco eran tan generosos como para pagar un sueldo acorde a lo que papá laburaba. A veces, nos ayudaban los vecinos, con lo que les sobraba, que tampoco era tanto. Llegaban con fuentes de guiso, sopa, chorizos o pedazos de carne de alguna carneada. Esos días eran de fiesta para nosotros. Comíamos hasta reventar.
La ropa pasaba de un hermano a otro y hasta que llegaba a mí, los pantalones lucían grandes remiendos y las alpargatas enormes agujeros tapados con cartón. En invierno pasamos frío. Jamás tuvimos suficiente leña. Nunca pudieron comprarme un saco. Y de noche, en la cama, nos abrigábamos con mantas que mamá cocía con tela de bolsas de arpillera. Los colchones estaban rellenos de lana de oveja y otros, simplemente de paja de trigo. Los varones dormíamos en una sola cama y las mujeres en otra. Nos dábamos calor unos a otros. Tampoco había demasiado lugar. La casa era pequeña. Una cocina y dos ambientes. El lujo no existía. Una cocina a leña para cocinar y calentar el ambiente cuando sobraba leña, una mesa de madera grande, unas cuantas sillas, un mueble fabricado por papá para guardar los enseres de cocina y apenas una o dos chucherías más. Del techo colgaba una lámpara a kerosén para alumbrar las oscuras noches de invierno.
Sufrí mucho y, sin embargo, recuerdo mi infancia con cariño. Siento nostalgia al hablar de ella. Añoro aquellos años en que la vida era simple y en que éramos felices con poco o casi nada. Recuerdo que recibir un plato de comida de un vecino de algo que no comíamos hacía tiempo, se transformaba en una fiesta. Valorábamos mucho todo. Sabíamos que todo costaba mucho sacrificio. Las cosas no caían del cielo. Había que trabajar y esforzarse para tenerlo. Y había que hacerlo desde muy niño. Yo empecé a trabajar en el campo a los ocho años. Ayudaba a mi padre en todo lo que podía. Terminaba cansado. Destrozado. Pero no me quejaba porque sabía que ese era mi deber y eso era lo que se esperaba de mí. 

lunes, 18 de marzo de 2013

Karina Lorena Schwerdt: una artista plástica camino al éxito


Karina Schwerdt es oriunda de Pueblo Santa María, Partido de Coronel Suárez, Pcia. de Buenos Aires, hija de padres descendientes de alemanes del Volga, profesional con estudios académicos universitarios, y artista plástica con estilo e identidad propia.

Sus pinturas, de inspiración personal y aire surrealista, trascienden la tela e impactan en el observador, transmitiendo un mensaje claro y transformador, donde resalta la idea de cambiar  la sociedad decadente en la que vivimos (la humanidad en su consciencia irracional de no ver y no analizar las cosas y los hechos tal cómo son), en su pensamiento, en su manera de razonar y ver la realidad cotidiana, una realidad cada vez más sepultada bajo los escombros de la no libertad, de no saber ver y comprender quiénes somos y para qué existimos.
Quienes conocemos y admiramos sus obras, sabemos con certeza que Karina Schwerdt  está llamada a recorrer el camino del éxito, un éxito que seguramente, si se lo propone férreamente, no tendrá límites ni techo. Porque talento, inspiración  y calidad humana le sobran.

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jueves, 7 de marzo de 2013

El escritor Julio César Melchior realizando actividades culturales en Capital Federal

El escritor Julio César Melchior se encuentra en Capital Federal concretando la venta de varios ejemplares de su libro “Historia de los alemanes del Volga” a una importante librería especializada que luego distribuirá la obra a diferentes universidades del país.

La obra del escritor Julio César Melchior ha merecido varios reconocimientos como asimismo el escritor por sus más de veinte años dedicados a rescatar la historia y cultura de los descendientes de alemanes del Volga y “por su meritoria trayectoria literaria, basada en una investigación seria, documentada, y en una prosa con estilo e identidad propia. Un sello que lo identifica y lo coloca dentro del marco de los escritores más distinguidos de la zona de Coronel Suárez. Lo que se ve ratificado con este nuevo logro en su carrera literaria” –como publicó un medio periodístico que lo entrevistó recientemente en Capital Federal.


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lunes, 4 de marzo de 2013

La mujer, para casarse, tenía que saber hacer casi de todo


 La mujer para casarse tenía que ser trabajadora. Saber cocinar, coser, realizar todas las actividades del hogar; colaborar con el marido en los quehaceres rurales…  También tenía que destacarse en sus virtudes personales, en el temor y la fe en Dios, el respeto y la sumisión al esposo y mantener vigentes las tradiciones ancestrales en el seno familiar.

 La mujer cargaba sobre sus espaldas todo el peso de la familia. Por eso conversar con mujeres de edad avanzada significa rescatar y revalorizar y distintas pinceladas de la historia cotidiana de los pueblos alemanes. Ellas nos pueden pintar un cuadro intensamente real de cómo se desarrollaba la vida femenina en los primeros tiempos de las colonias y cómo se desenvolvían sus existencias en una sociedad basada en férreas tradiciones religiosas y arraigadas costumbres machistas y para nada igualitarias.
 “Los sábados mamá nos hacía levantar temprano –recuerda una abuela de noventa años- y había que realizar las tareas de la casa; nosotros teníamos un patio amplio, y como yo era la más pequeña tenía que barrerlo y limpiar los gallineros. Entre todas las hermanas mujeres teníamos que lavar la ropa de toda la familia. Coserla, remendarla, plancharla... porque el lunes los hermanos y papá volvían a sus tareas rurales, en las que también teníamos que colaborar, ayudando en lo que podíamos. En los atardeceres teníamos que regar la quinta con grandes baldes llenos de agua que eran pesadísimos. Además teníamos que carpirla y mantenerla limpia de yuyos. En una palabra: las mujeres, tanto hijas como mamá, hacíamos todas las tareas domésticas más todo el trabajo que nos exigía realizar papá en el campo, donde trabajábamos a la par de él”.
La mujer se pasaba la mayor parte de su juventud embarazada. Cada matrimonio tenía por regla general más de diez hijos. Pero el estar embarazada no la liberaba de realizar las labores que le exigía el marido. Porque él era el jefe de familia y se hacía lo que él decía. Su opinión era sagrada y no se discutía jamás. Esto era así porque en los pueblos alemanes la sociedad se regía por el sistema patriarcal, con códigos que en la actualidad se considerarían machistas y nada igualitarios para la mujer pero que en aquellos años eran aceptados y moneda corriente en la mayoría de las culturas inmigratorias.
“El papel de la mujer era servir a todos los que compartían la familia y su actividad se orientaba a cuidar, alimentar, educar, atender en las enfermedades y acompañar en la hora postrera. Era la ama de casa –reflexionan los historiadores Generoso Stang y Orlando Britos – pero al mismo tiempo estaba sujeta a la misión que se le asignaba. Estaba dotada de autoridad para llevar a cabo su misión de cuidar la economía familiar; dedicarse a la educación de los niños, especialmente a las hijas mujeres a quienes debía instruir en las tareas propias de una mujer; enseñándoles los caminos para administrar su hogar, los conocimientos de cocina, sin descuidar en lo más mínimo la educación religiosa”.
“La mujer se pasaba el día trabajando: elaborando los alimentos; la vestimenta para los integrantes del hogar; hilaba lana; tejía; bordaba” y, como ya dijimos, colaboraba en mil quehaceres más trabajando casi a la par del marido. No era una vida sencilla pero, a su manera, fue feliz. Al menos es lo que sostienen la mayoría de ellas al ser consultadas.

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La comadrona


Nadie supo por que bebió tanto esa noche y por qué estaba tan triste. Tampoco nadie intentó preguntarle. Menos aún cuando advirtieron que no tenía ánimo para hablar ni deseos de contar nada. Se paró frente al mostrador del bar y pidió un vaso y una botella de ginebra. Todos se miraron sorprendidos y pensaron al unísono que raro, Santiago no bebe nunca, pero nadie se atrevió a decir nada.
Transcurrido el momento de sorpresa, todos volvieron a lo suyo: unos a beber rumiando penas de amor, otros a beber por beber nomás, y otros a continuar jugando su partida habitual de naipes. Todos se desentendieron de Santiago. A nadie le importó el amargo desamparo que lo embargaba. Nadie se dio cuenta que su alma chapoteaba en el lodo rememorando una y otra vez un hecho que para él era el fin del mundo. No veía más que esa única escena, un cuadro representado en un escenario cotidiano y familiar: en la habitación de su casa, más exactamente sobre la cama matrimonial. Una y otra vez veía la sangre, las enormes manchas de sangre brotando de entre las piernas de su esposa y otra y otra vez veía también las manos groseras y torpes de la comadrona cortando el cordón umbilical de un niño que no lloraba, que ni siquiera gemía, que no hacía movimiento alguno.
Bebió el vaso de ginebra con desesperación, buscando perder la memoria en la niebla del alcohol.
Pero la imagen reaparecía con más nitidez. Volvió a ver cómo su mujer agonizaba, crispando los dedos, aferrando la sábana, en un último intento por inspirar la bocanada de aire que la conservara con vida. Volvió a ver cómo el cuerpo se contraía de dolor, desgarrado por dentro; y cómo, ese mismo cuerpo, se fue apagando lentamente, en un hilo de voz cargado espanto.
“Fue un parto difícil”, se disculpó la comadrona. Estaba acostumbrada a ver morir mujeres que daban a luz. Formaba parte de su oficio. Como formaba parte de su oficio recostar junto a la mujer sin vida al bebé también sin vida y comenzar a higienizarlos para luego dar parte a las autoridades y a la casa funeraria.


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Letra de la canción Por la simpleza de mi gente de Sergio Denis (Héctor Hoffmann)


Por Sergio Denis (Héctor Hoffmann)
Podría contar tantas cosas del pueblo donde nací,  
de la simpleza de mi gente,  
de su humildad, de su trabajo...  
de sus ambiciones postergadas,  
de su silencio, de su amor.  
Podría hablar de la inmensidad de un amanecer,  
de la tristeza de un tren partiendo  
llevándose un amigo muy lejos, quien sabe adonde...  
del primer amor, una flor entre las manos  
esperando a la salida del colegio,  
un banco de la plaza y el cine los domingos,  
de todo un mundo de ilusiones  
que el mismo lugar transforma en realidad o en olvido.  
Y mi gente, me dio tantas cosas  
como ellos nunca sabrán,  
aprendí tanto de mi abuelo arando su tierra,  
de mi padre trabajando la madera,  
del amor de mi madre por nuestra casa...  
de vivir entre calles de tierra,  
de compartir la alegría de mis hermanos,  
de sonar en mil noches perdidas  
con futuros inciertos...  
Podría hablar de tantas cosas,  
del potrero y mi camiseta de fútbol,  
del día más feliz de mi infancia,  
cuando los camellos se comieron todo el pasto,  
se tomaron toda el agua,  
y el negro Baltazar nos dejo un mecano...  
Y mis pantalones largos,  
y la escuela secundaria,  
y los bailes de estudiantes,  
y mi primera guitarra,  
y salvador Gangone tocando su violín,  
y mi amor eterno por la profesora de matemáticas,  
y yo siempre buscando el camino,  
siempre buscando el camino.  
Porque soy el sueno que una vez  
soñaron los míos alcanzar...  
porque soy mi pueblos,  
con mi pueblo volveré,  
yo volveré...

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domingo, 3 de marzo de 2013

Historia de vida de un descendiente de alemán del Volga


Nací en la colonia. Soy el octavo de catorce hijos. A los diez años sufrí el desarraigo que me marcó para toda la vida: mis padres dejaron mi pueblo natal para mudarse a La Pampa.  Fue devastador, difícil y duro. Me sentí muy solo e incomprendido. Nadie me escuchaba ni tenía en cuenta mis opiniones ni las de mis hermanas. Mis padres tomaron la decisión y allá fuimos. A la inmensidad de La Pampa, a vivir en una casa en el medio de la nada, a trabajar suelo virgen, algo que con los meses se transformó en un suplicio para todos. Porque mi padre arrendó unas hectáreas de campo imposibles de roturar, donde apenas llovía, y el arado no lograba hundir sus rejas. Y donde uno salía de la casa, nuestro humilde ranchito de adobe, enclavado en la mayor intemperie imaginable, para ver un horizonte vacío y soledad por doquiera.
Así trabajamos el campo, que es una manera de decir. Produciendo poco, casi nada. Contando las chirolas que ganábamos. Comiendo los alimentos más económicos. A veces, la misma comida durante la cena y almuerzo semanas enteras. Y como si la mala tierra no fuera suficiente, llegaban las langostas, que se devoran la quinta de verduras que mi madre, a puro sacrificio, lograba hacer producir, y las heladas, que lo quemaban todo, absolutamente todo. Ni jardín teníamos.
La cruel realidad nos hizo desistir de todo intento de hacer floreciente aquel páramo. El viento soplaba día y noche. La tierra nos envolvía con su polvillo de suciedad. Deambulábamos como alienados esperando un milagro que jamás se produjo.
Cansado, abrumado, derrotado, mi padre tomó la decisión de retornar a la colonia más pobres que cuando nos fuimos. Y cinco años más viejos. Cinco años que parecían veinte por todo lo que habíamos padecido y maldecido. Sin casa donde vivir. Sin hogar donde sentarse junto a una cocina de leña y soñar con mañana mejor.
Nos cobijo abuelo, el padre de mamá. Nos dio donde vivir y qué comer. Papá estaba desahuciado.  Nunca volvió a ser el mismo. La frustración y la derrota lo fue consumiendo, y si bien consiguió trabajo a los pocos meses, murió seis años después, sintiéndose un fracasado.

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Sprichwörter: Was die Leute vom der Arbeit sagen


Wo die Arbeit zieht ins Haus,
läuft die Armut bald hinaus.

Fang deine Arbeit munter an,
dann ist si auch schon halb getan.

Was du heute kannst besorgen,
das verschiebe nicht auf morgen.

“Morgen, morgen, nur nicht heute!”
sprechen alle faulen Leute.

Auf einen Hieb fällt kein Baum.

Hans Gutgenug, der faule Knecht,
macht seine Sach’ nur halb und schlecht.

………………………………………………………………….

Refranes…

Lo que la gente dice del trabajo

En la casa donde ingresa el trabajo,
la pobreza pronto se marcha.

Comienza tu trabajo con alegría,
y ya estará la mitad de la tarea concluida.

Lo que puedas realizar hoy,
no lo dejes para mañana.

“Mañana, mañana, no hoy,”
expresan todos los haraganes.

Un árbol nunca cae de un sólo golpe.

El peón perezoso
hace sus cosas solamente a medias y mal.

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Desventuras eran las de antes: Noche de lluvia


Silva el viento. Es un silbido agudo, desgarrador, como el chillido de un niño en agonía.  Que penetra en el alma de Joseph al cruzar el cementerio para acortar el camino a casa.
Las nubes, negras, espectrales, cubren la luna. La noche se vuelve oscura. Un cielo cerrado a la mirada.
Joseph tropieza con las tumbas. El miedo se apodera de su cuerpo. Titubea. Ya no está tan seguro de sí mismo.
Cae una gota de lluvia. Luego otra. Por fin el diluvio.
Joseph principia a correr y cae… hondo, profundo… al agua. Es un hoyo. “¿Una tumba abierta?”, se pregunta. Tantea con las manos y… toca un féretro.
Intenta salir, escapar, huir… Pero no lo logra.
Resignado. Empapado. Titiritando de frío y pánico se dispone a pasar la noche dentro de una tumba, sentado sobre un ataúd, con el agua hasta los tobillos.

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La mano del tiempo


Las horas transcurren lentas pero inexorables. Y en ese fluir sin piedad, ajenas e indiferentes, arrastran mi vida hacia la vejez. Esa vejez que un día llegará, casi sin darme cuenta y, casi sin darme cuenta también, me conducirá al final de mi destino. Y serán las horas, una en particular, que sellará mi ataúd con sus clavos de eternidad, sepultándome bajo tierra, donde descansan los hombres que un día han sido.
Con esa certeza escucho el tic-tac del reloj de pared. Sabiendo que cada movimiento del péndulo es un adiós de la mano del tiempo, que me va despidiendo.

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Fotografías de tortas tradicionales de los alemanes del Volga

Fotografías de:
Omar Jorge Reinoso Iurescia,  Lucho Ruhl, 
Natalio Rudy Ruhl, Isidoro Miguel Ulman.
Libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", de Julio César Melchior. Contiene 150 recetas tradicionales de los alemanes del Volga. Se puede adquirir desde cualquier punto del país por el sistema de contra re embolso de Correo Argentino. Para ello, hay que enviar los datos del domicilio donde desea recibirlo y se le será enviado a juliomelchior@hotmail.com.






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sábado, 2 de marzo de 2013

La abuela hacía Kreppel ...

Autor: Julio César Melchior

La abuela hacía Kreppel y mientras los freía cantaba y reía. Y yo, observándola,  desde mi inocencia casi idiota de los diez años, me preguntaba, de qué se ríe si somos más pobres que el croto que vi pasar hace unos días rumbo a la nada, con un pedazo de pan duro y una botella de vino rancio en su bolsa de arpillera.
Pero abuela cantaba, contenta, mientras freía Kreppel y llenaba el ambiente de la cocina con olor a fritanga. Sin percatarse en lo más mínimo que yo la estaba observando con atención. Ella estaba en su mundo, dichosa de hacer Kreppel para sus nietos, sin importarle nada más que ese menester tan simple y tan gratificante, según sus sentimientos.
Afuera llovía, caía una lluvia de invierno, melancólica y triste, como  mi alma al descubrir la pobreza en la que vivíamos. Como mi corazón al reprocharle secretamente a abuela su total interés en las cosas materiales, sin importarle demasiado en el lugar en el que vivíamos sino solamente en hacernos felices y darnos de comer.
Sufría mucho. Sufrí mucho en mi infancia. Pero esa tarde, por un minuto, todo mi sufrimiento desapareció cuando abuela me dio un Kreppel, calentito, recién freído por sus tiernas y dulces manos, y me senté a la mesa a comerlo.
En ese instante crucial, mi corazón se inundó de alegría y captó el mensaje que trataba de transmitirnos diariamente abuela: que la felicidad no está en las cosas materiales sino en lo que se hace y siente.


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Los abuelos alemanes


Autor: Julio César Melchior
Llegaron a la pampa indómita
buscando  un horizonte nuevo:
levantaron casas de adobe
y sembraron los campos de trigo.

Llenaron el espacio vacío
con hornos de barro,
bombas de agua,
y molinos de viento.

Trajeron tradiciones,
costumbres exóticas,
un habla de consonantes,
y un cantar de nostalgias.

Y fructificaron.
Y crecieron.
Y fueron felices.

Das Dorf

                                                                                                        Autor: Robert Reinick
Steht ein Kirchlein im Dorf, geht der Weg dran vorbei,
und die Hühner, die machen am Weg ein Geschrei.

Und die Tauben, die flattern da oben am Dach,
und die Enten, die schnattern da unten am Bach.

Auf der Brück’ steht ein Junge, der singt, dass es schallt,
kommt ein Wagen gefahren, der Fuhrmann, der knallt.

Und der Wagen voll Heu, der kommt von der Wiese,
und oben darauf sitzt der Hans und die Liese.

Die jodeln und jauchzen und lachen all’ beid’,
und das klingt durch den Abend, es ist eine Freud’!

Und dem König sein Thron, der ist prächtig und weich,
doch im Heu da zu sitzen, dem kommt doch nichts gleich!

Und wär’ ich ein König, gleich wär ich dabei
und nähme zum Thron mir einen Wagen voll Heu.

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Traducción: La aldea – En la aldea se levanta una pequeña iglesia; cruza una calle; / y las gallinas, llenan la calle de alboroto. / Las palomas aletean sobre el tejado; / los patos graznan en el arroyo. / Sobre el puente está sentado un joven que canta a toda voz; / se aproxima un carro con un auriga que el látigo hace sonar. / El carro está cargado de heno y viene de la pradera; / sobre el heno están sentados Juan y Elisa. / Ellos cantan y lanzan gritos de júbilo y ríen a coro: / resuena en la noche la alegría! / El trono del rey es blando y magnífico: / al estar sentado sobre el heno, nada le llega enseguida! / Si yo fuera un rey, los acompañaría, / tomando como trono un carro con heno.


Blog de Periódico Cultural Hilando Recuerdos
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