Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

miércoles, 6 de marzo de 2019

Imponente suceso alcanzó la IV edición de la Strudelfest en pueblo Santa María

 Fue un magnífico corolario de un intenso año de actividades llevadas a cabo por las instituciones, autoridades y toda la comunidad, y nuevamente quedó de manifiesto lo que es capaz de lograr la unión de un pueblo, el trabajo de su gente, el esfuerzo, la voluntad y el coraje para enfrentar y vencer grandes desafíos. Pueblo Santa María volvió a demostrar que trabajando todos unidos se pueden lograr grandes cosas. Felicitaciones a todos los que hicieron posible esta gran y exitosa fiesta popular, donde todos y cada uno de los eventos se desarrollaron de manera gratuita. 
Hilando Recuerdos estuvo presente con su propio stand difundiendo la cultura de los alemanes del Volga mediante los libros publicados por el escritor Julio César Melchior. Muchas gracias a la gran cantidad de personas que pasaron por el stand y adquirieron las obras literarias.

Típica relación de madre e hija en una colonia alemana del Volga


Un sábado a la tarde, doña Ester y su hija terminaron de bañar a los cinco niños, después de que se bañaron los hombre de la casa, el marido de doña Elvira y sus tres hijos mayores, que ya trabajaban en el campo y que, ni bien terminaron de vestirse, enfilaron hacia la calle, uno a visitar a su novia y los otros dos, rumbo al bar a beber el clásico vermut con los amigos y a jugar a los naipes.
El marido, don Fermín, se dirigió a la cocina, encendió la radio para escuchar el noticioso mientras, relajado, tras una larga semana de trabajo, tomó unos mates en silencio. Doña Ester y su hija, que se llamaba Mercedes, empezaron a recorrer las habitaciones recogiendo ropa sucia. Al pasar por la cocina con los bultos, don Fermín les convidaba un mate, alardeando de su sapiencia como cebador. Doña Ester lo miró fijo pero no dijo nada. Para qué? Nada cambiaría. La vida era así y seguiría siendo así por toda la eternidad.
Ya en la patio, se dispusieron a lavar en enormes fuentones de chapa. Soplaba una brisa fresca.
Mercedes había cumplido dieciséis años y si bien ella no lo advertía, sus padres ya la habían reservado como garantía de su vejez. Le dejarían en herencia la casa como premio al sacrificio. Ella no tendría derecho a tener novio, tampoco a casarse, ni a tener hijos. Apenas sí el permiso de tener una o dos amigas que, andando el tiempo, formarían sus propios hogares y la dejarían sola en su vejez. (Autor: Julio César Melchior)

martes, 26 de febrero de 2019

Travesuras infantiles a la hora de la siesta en las colonias de antaño

El niño estaba tirado entre los pajonales, apretado contra el suelo, conteniendo la
respiración, mientras espiaba como don Fermín salía de la casa, a una hora inusual, para caminar hasta el fondo del patio e ingresar al baño. 
Allí permaneció durante un tiempo que al niño le pareció interminable, hasta que, por fin, salió y desanduvo el camino rumbo a la casa. El deseo de ir al baño era el único motivo por el cual el anciano podía interrumpir su siesta y dejar la cama en pleno verano para andar bajo los rayos del sol a las dos de la tarde.
Cuando el niño estuvo seguro de que don Fermín ya no volvería por un buen rato, se arrastró hasta el borde de la quinta, cerca de las plantas de tomates, miró hacia la casa, por las dudas, y, cautelosamente, se puso de pié.
Sus ojos brillaron, destilando codicia, al ver tan cerca de sus manos los rojos y sabrosos tomates, que brillaban al sol, instándolo a que los corte y les eche un buen mordiscón. Pero se contuvo. En lugar de eso, pensó en su hermanito, se sacó la gorra y comenzó a llenarla hasta más no poder.
Terminada la faena y justo cuando iba a darle un mordisco al más grande y hermoso tomate que había visto en su corta vida, un grito lo paralizó. Don Fermín venía corriendo hacia él, lanzando maldiciones y agitando una escoba, furioso.
El niño, asustado y desorientado, salió corriendo hacia los pajonales, no sin tropezar con la regadera, que estaba parada junto a las plantas. Con tan mala suerte que cayó sobre la gorra. Como pudo, se levantó dolorido, agarró la gorra que chorreaba un espeso líquido rojo, y escapó despavorido, seguido por don Fermín, a los gritos. (Autor: Julio César Melchior).

miércoles, 20 de febrero de 2019

Se viene con todo la cuarta edición de la Strudel Fest en Pueblo Santa María

1, 2 y 3 de marzo, con muchas novedades, muchos shows, gastronomía típica, música, cultura y un Strudel gigante de 50 metros de largo. Todo totalmente gratuito.

Organizado por instituciones locales –con el acompañamiento de la Municipalidad de Coronel Suárez- se llevará a cabo el multitudinario evento, el viernes 1, sábado 2 y domingo 3 de marzo, en Pueblo Santa María, -ubicado en el Partido de Coronel Suárez, en el sudoeste de la Provincia de Buenos Aires- que contará con una enorme variedad de espectáculos gratuitos para los vecinos de la comunidad y lugares aledaños que se acerquen a disfrutar del evento.
Se desarrollará el concurso denominado “el mejor Strudel de Santa María” y se elaborará un Strudel gigante en vivo. Se anuncia torneo de Kosser, paseo de artesanos, música y baile tradicional, gastronomía alemana, stand de diferentes productos, exposiciones y mucho más.
Durante toda la jornada los vecinos que se acerquen disfrutarán de paseo de artesanos, patios de comidas, inflables para niños, venta de gastronomía alemana, música típica y danzas alemanas.
Desde la Municipalidad se invita a participar para juntos mantener vivas las tradiciones y costumbres de nuestros ancestros, los alemanes del Volga.
La celebración central se desarrollará el domingo 3 de marzo - a partir de las 9:00- cuando se lleve a cabo la apertura del predio y comience la realización del Strudel gigante entre todas las instituciones e integrantes de la comunidad.
A continuación, se adosan los cronogramas con las actividades, direcciones de correo electrónico y teléfonos para comunicarse con los organizadores.
Viernes 1 de marzo:
Muestra Fotográfica a cargo de Juan José Detzel en el Centro Cultural.
18:30: Circuito histórico - arquitectónico. Punto de encuentro: Plaza Andenkenplatz (Av. Alemanes del Volga y Santa Cruz) 
20:00: Se presenta a la comunidad la restauración e iluminación de la Arcada de ingreso realizada por la Delegación Municipal y la Asociación de Turismo Comunitario.
21:30: Punto de Encuentro: cervezas, picadas y chorizo a la pomarola. Presentación oficial del grupo de baile Alles Froh, taller de Tango "Inspiración" de Coronel Suárez, taller de Música del Centro Cultural a cargo del profesor Raúl Benítez, y un evento organizado por la Asociación de Turismo Comunitario Santa María. 
Sábado 2 de marzo:
Muestra Fotográfica a cargo de Juan José Detzel en el Centro Cultural.
14.00: Torneo de Kosser (juego típico de los descendientes alemanes del Volga) organiza subcomisión de Kosser del Club "El Progreso".
17.00: Paseo de artesanos y exposiciones.
17:30: Circuito histórico - arquitectónico. Punto de encuentro: Plaza Andenkenplatz (Av. Alemanes del Volga y Santa Cruz) 18:30 hs. 2° Concurso Gastronómico "El Mejor Strudel de Santa María 2019" Dos categorías: niños y adultos.
19:30: Inicio Shows musicales, sobre el escenario central, servicio de cantina a cargo de las instituciones de Santa María. Se presentarán los siguientes artistas: Agustina Roth y Pía Bermejo, Mara Miranda, Raúl Benítez, Don Misterio, Sobra un Griego, Polka Rock, Orquesta de Santa Fe: Lustiger Takt Orchester.
Domingo 3 de marzo:
9:00: Muestra Fotográfica a cargo de Juan José Detzel en el Centro Cultural.
Apertura de predio. Inicio de la elaboración del STRUDEL GIGANTE 50 metros, entre todas las instituciones, miembros de la comunidad. Junto con un desfile de música por la Orquesta de Santa Fe: Lustiger Takt Orchester. Elaboración en vivo de Strudel apto para celíacos a cargo del grupo celíacos Coronel Suárez. Paseo de artesanos. Feria Local "Unser Saich": artesanías y gastronomía alemana.
11:30: Inauguración Oficial: Presencia de la Banda Municipal de Música "Bartolomé Meier". Palabras de bienvenida a cargo de las autoridades.
Presentación del Strudel Gigante, listo para llevar al horno.
12:00: Lugares para almorzar con gastronomía alemana: Patios de Comidas: Stand de las diferentes Instituciones organizadoras, sobre el predio principal de la fiesta. Precios accesibles. Almuerzo popular en el Polideportivo Club Social, Deportivo y Cultural "El Progreso".
14:30: Visita guiada al "Museo Parque La Palmera". Punto de encuentro Plaza: Andenkenplatz (Av. Alemanes del Volga y Santa Cruz).
17:00: Presentación y degustación Strudel gigante.
21:00: Elección Embajadora de la Strudel Fest. Durante toda la tarde: Inflables para los niños. Paseo de artesanos y exposiciones. Venta de gastronomía alemana.
Sobre la Avenida 11 de Mayo música típica alemana, y danzas a cargo de: - Ballet "De la Dulce Vida" de la Ciudad de Azul. Grupo de danza "Alles Froh", de Pueblo Santa María. Grupo de danza "Cross mother-cross father", Consejo de Adultos Mayores de Santa María. -Presentaciones de los Acordeonistas Gonzalo Berger, Dario Schwerdt y Franco Schwerdt. Los Alegres del Volga con Raúl Minig, Tito Limardo y Francisco Peralta.
Willy Weimer Polkarock. Orquesta de Santa Fe: Lustiger Takt Orchester. Morse y la Repentina.
Cierre de la noche con la presentación del Grupo Revelación.
En su cuarta edición, la Strudel Fest buscará a su ‘embajadora’.
Para mayor información comunicarse a: StrudelFest_SantaMaria@outlook.com, o bien, dirigirse al Centro Cultural "Héctor Maier Schwerdt", o comunicarse al Tel: 2926- 494196.
También se encuentra abierta la inscripción para el concurso gastronómico de la 4º edición de la Strudel Fest.
En el marco de la cuarta edición de la Strudel Fest del Pueblo de Santa María - que será en marzo de este año -se informa a todos los interesados que se encuentra abierta la inscripción para participar del segundo concurso denominado "El Mejor Strudel de Santa María 2019".
El evento se desarrollará el 2 de Marzo, será con cupos limitados –con un valor de $100-, y habrá grandes premios para quienes demuestren sus habilidades gastronómicas en realizar la tradicional y deliciosa comida alemana.
Habrá premio en categoría niños que serán un viaje para dos personas a Temaiken, y el premio en Categoría de adultos que será un viaje a Merlo -San Luis- con la agencia ElectroTurismo.
Para más información escribir al siguiente correo: StrudelFest_SantaMaria@outlook.com.

martes, 19 de febrero de 2019

Recuerdos de cuando el baño estaba en el fondo del patio y llovía durante días enteros

Llovía a cantaros. El patio era un fangal de charcos distribuidos aquí y allá. La noche llegaba más temprano que nunca. El sol había estado oculto durante todo el día, detrás de oscuros nubarrones.
La casa de adobe soportaba estoica, empapada su techo de paja vizcachera, chorreando agua por las cuatro paredes rectangulares. Las aberturas, puerta y ventanas, colgaban desvencijadas a merced de la impiedad del temporal. 
Dentro, una familia compuesta de una pareja, tres hijos y un tío solterón, de vez en cuando miraban por los vidrios de los ventanucos, oteando el horizonte, implorando que la lluvia amainara, mientras observaban con deseo incontenible, la letrina, que se erigía en el fondo del patio.
Los niños, porque son niños, y no conocen todavía el pudor y la vergüenza de los mayores, tenían la dispensa de los padres para sentarse en cuclillas en el centro de la puerta y realizar sus necesidades urinarias sin salir al patio.
Los mayores, sin embargos, sufrían. No solamente vergüenza y pudor, lo que les impedía copiar a los niños, sino también porque ya les resultaba humanamente imposible resistir más, sin vaciar la vejiga u otro espacio lleno de tanta comida ingerida durante la larga jornada de lluvia.
A la medianoche, habiéndose acostado todos a dormir, el tío, fastidiado de tanto apretar las piernas y contener la respirar, gruñendo una queja y lanzando un insulto, se levantó precipitadamente, salió corriendo de la habitación, a oscuras cruzó la cocina, tropezando con una silla y tirando una cacerola que colgaba de la pared, abrió la puerta, para enfilar corriendo rumbo a la letrina.
La lluvia, los charcos, el barro y el intenso viento, más la veloz corrida, lo zarandeaban como si fuera un equilibrista tratando de no precipitarse en una caída humillante. Una caída que resultó inevitable. Cayó despatarrado en un charco de agua. Se hundió en el fango mientras sentía un vergonzoso alivio en su vejiga y en su vientre. (Autor: Julio César Melchior)

lunes, 4 de febrero de 2019

Un domingo en familia en la colonia

Sobre la cocina a leña varias ollas exhalan vapores y aromas disímiles. El fuego, su interior, crepita. Abuela abre la puerta del horno, observa la fuente en la que descansa un lechón rodeado de papas, da unos pinchazos aquí y allá con el tenedor, para finalmente decidir que todavía le falta un poco. Luego toma una cuchara de madera y revuelve el contenido de una cacerola. Se nota a primera vista que sabe lo que hace. No necesita ninguna receta escrita. Todo lo lleva grabado en su memoria. Tampoco necesita balanza para pesar los ingredientes, sus manos y sus cálculos siempre resultan perfectos.
Es domingo, día de reunión familiar. Primero asistir a misa, a las diez de la mañana, en la iglesia de la colonia, después todos a almorzar a casa de abuela. Los hijos, nueras, nietos. Un universo de personas que se sentarán en torno de la larga mesa familiar, con abuelo presidiendo la cabecera. Hablarán todos a la vez. Habrá recuerdos. Anécdotas. Risas. Alguna lágrima. Y después, si abuelo si tiene ganas y el cuerpo le da, aparecerá el acordeón y surgirán las canciones alemanas.
Abuela vuelve a revolver el contenido de la olla con la cuchara de madera.  La coloca sobre la mesa y se acerca a la ventana para observar si ve gente en la calle, retornando de la iglesia. No ve a nadie. Eso le da tiempo para salir al patio, tomar la palangana e ir a la bomba a llenarla de agua, para lavar unas prendas y colgarlas en el tendal, allá en el fondo, cerca de la quinta, donde florecen las verduras y los frutales.
Al volver, ingresa al galponcito de chapa y sale con el brazo cargado de astillas de eucalipto, para alimentar el fuego de la cocina a leña.
Alguien pasa por la calle y la saluda. Ella responde con una sonrisa.
-Terminó la misa -piensa. Ahora vendrán mis hijos.
Y así es. Llegan los hijos y las nueras, pero también abuelo y los nietos, que ingresan corriendo al patio a abrazarla y llenarla de besos. (Autor: Julio César Melchior).
Todas las recetas de nuestras abuelas están en mi libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”, que se puede adquirir desde cualquier localidad del país. 

sábado, 26 de enero de 2019

IV Strudelfest: fiesta tradicional de los alemanes del Volga, con entrada libre y gratuita a todos los eventos

Se llevará a cabo los días 1, 2 y 3 de marzo en Pueblo Santa María, Partido de Coronel Suárez, Provincia de Buenos Aires. Se realizará un Strudel gigante y se organizan una gran variedad de eventos tradicionales. 

viernes, 18 de enero de 2019

La casa de adobe

La vivienda era precaria, estaba construida con adobes, revocada con barro, pintada a la cal, y con piso de tierra. Tenía solamente dos dependencias, una que cumplía las veces de cocina y otra, de habitación. La única puerta que daba al patio, lo mismo que la que daba al dormitorio, al igual que las dos ventanas, una para la cocina y otra para la pieza, estaban pintadas de verde.
El único lujo, y a la vez, el único confort, que sus moradores poseían, era una cocina a leña, en la que se cocinaban y horneaban todos los platos que ponían sobre la mesa, y con la que calentaban toda la casa en invierno.
También tenían una mesa larga de madera, varias sillas, un enclenque mueble para los enseres domésticos, una cama matrimonial y otra de una plaza y dos colchones, que yacían tirados en el piso.
En la vivienda vivían don Alfredo, su esposa y seis hijos. El mayor tenía trece y el menor dos años. Ninguno asistía a la escuela. Todos debían aportar, con su trabajo, en la manutención del hogar. De nada sirvió que la monja superiora tratara de convencer al hombre de que sus hijos merecían una educación. “Y quién me ayuda en el campo? Usted?” -fue la respuesta. “Somos muchos en la y todos quieren comer”.
La vivienda había sido levantada a unos cien metros del pueblo. Cerca de un arroyito. Los niños, en verano, junto a la madre, cultivaban una quinta, como para alimentar a toda la colonia. Cosa que intentaban, porque todos los días, bien temprano a la mañana, madre e hijos, recorrían el pueblo vendiendo verduras y hortalizas.
Tenían una vida sacrificada. Dura. Llena de privaciones. Que, con los años, se profundizó, porque fueron naciendo varios niños más. La pobreza no parecía un límite para concebir más niños. Más bien, parecía todo lo contrario. 
Tampoco el poco espacio que había en la casa era un límite para traer más hijos al mundo. En vez de ampliarla, cosa difícil, ante una situación de humildad tan extrema, se solucionaba el inconveniente desparramando colchones en la cocina durante las noches, que generalmente eran compartidos por más de dos niños.
Todos crecieron sanos y de uno en uno fueron abandonando la casa para luego casarse. 
Finalmente don Alfredo y su esposa quedaron solos, en la casa de adobe, junto al arroyito. 
Primero murió don Alfredo, a los 83 años, y unos meses después, lo siguió su esposa.
La vivienda, de adobe, pintada a la cal, con puertas y ventanas verdes, quedó sola, a merced del tiempo. 
Un día, transcurridos muchos años de soledad y olvido, un viento fuerte se llevó el techo.
Y la casa empezó a morir. (Julio César Melchior).

sábado, 5 de enero de 2019

Se cumple un nuevo aniversario de la fundación de Colonia Hinojo, la colonia madre de los alemanes del Volga


Un 5 de enero pero de 1878 se fundaba Colonia Hinojo, en el partido de Olavarría, provincia de Buenos Aires, el primer asentamiento alemán del Volga en la República Argentina. Los fundadores habían nacido en la aldea Kamenka. Traían consigo su lengua, su arquitectura, sus costumbres, sus tradiciones y su idiosincrasia. Un legado cultural que conservan con orgullo sus descendientes. La colonia madre fue fundada, entre otros, por Andrés Fischer, Jorge Fischer, José Kissler, Miguel Kissler, Andrés Kissler, Pedro Pollak, José Simon, Juan Schamber, Jacobo Schwindt y Leonardo Schwindt, acompañados por sus esposas e hijos.


Todavía se conservan algu­nos testimonios de esas primeras épocas, como por ejemplo un breve manuscrito que el Schulmeister José Gottfried encontró en la iglesia local. Se lee allí que: "Duros fueron los primeros tiempos, nos decían nuestros abuelos (...) primero el idioma (...) los pajonales (sic), no se divisaba más que unos metros y el poco tiempo transcurrido de la con­quista de (sic) desierto siempre quedaban algu­nos indios los hombres (que) tenían que (ir) a sus chacras a trabajar (ilegible. Quizá: "les temían").
Con mejor sintaxis pero con datos parecidos, informa a su vez esta otra reseña: “Llegaron hasta un lugar llamado San Jacinto. Lo único que respondía a ese nombre eran los pa­jonales, donde los patriarcas permanecieron unos dos años, debiendo organizar continuamente guar­dias, armados con implementos antediluvianos pa­ra defenderse de los malones indios."
De cualquier forma, los rastros de esta primera fundación prácticamente se han perdido.
“A raíz de algunos conflictos sus­citados con otro grupo de colonos, en este caso franceses esta­blecidos en la zona acogida por la misma ley de colonización, los alemanes solicitaron y obtuvieron el permiso para trasladar­se a un kilómetro de distancia”, escribe Olga Weyne.
Acordado este permiso, desmontaron todas las viviendas para trasladarlas al nuevo destino, al cual llegaron pocos días después nuevos emigrantes del Volga en cantidad bastante apreciable.
Así quedó fijado el lugar definitivo de co­lonia Hinojo.
Como las familias estaban formadas por personas todavía jóvenes y los hijos eran nume­rosos, tanto los hombres como las mujeres, al principio, tuvieron que realizar tareas sumamen­te agobiadoras, no sólo en la casa sino también en el campo. Uno de los más jóvenes principian­tes, el primer año, contra viento y marea pudo sembrar de cuatro a cinco hectáreas; el segundo año anduvo mejor y llegó a las 14 hectáreas.
Después de fundarse la colonia de Hinojo, se desplazó otra corriente inmigratoria desde el Volga y unas veinte familias fundaron la colo­nia Nievas, llamada también Holtzen. El cielo los favoreció y, obteniendo buenas cosechas en los años siguientes, pudieron acomodarse bien. La producción abundante de la hacienda sumó nue­vos ingresos, que fortalecieron la economía que ya tomaba bases sólidas.
Estas circunstancias es­timularotn su progreso y dos años más tarde se fundó colonia San Miguel.
Los colonos orientaron sus ac­tividades hacia las dos ramas fundamentales del campo: agricultura y ganadería. Las chacras de las tres colonias contaban con pasto muy bueno para la hacienda. Ese fue un factor de peso pa­ra que algunos se consagraran con preferencia a lo último, por lo cual podía observarse chacras que contaban hasta con mil y dos mil cabezas de animales, entre vacunos, lanares y equinos (Autor: Julio César Melchior).

domingo, 30 de diciembre de 2018

Frohes neues Jahr!

Quién se acuerda de esta tradición de Año Nuevo: Wünsche gehen?

“Cuando éramos niños, el día de Año Nuevo era para nosotros una jornada de fiesta” -recuerdan los más ancianos de la colonia. “Salíamos a visitar a toda la parentela vor wünsche (para desear feliz Año Nuevo). Entrábamos en todas las casas para desear un feliz comienzo de año a todos los integrantes de cada familia, y ellos, a cambio, nos obsequiaban masitas caseras, unas golosinas, escasas en aquel tiempo, y un poco de dinero, cuando había. Para los niños humildes de la colonia era, quizás, la única fecha del año en que recibían una golosina. Por eso no dejábamos de visitar ningún pariente ni amigo. Con cada regalo armábamos un paquetito que llamábamos Pindle: poníamos las golosinas en el centro de un pañuelo y uníamos sus cuatro puntas mediante un nudo”.

Así comenzaban Año Nuevo los niños de la colonia

El primer día del año los niños se levantaban bien temprano a la mañana, casi con el amanecer, para saludar a sus padres deseándoles feliz año nuevo, recitando un poema varias veces centenario y de autor desconocido, que dice así: Vater und Mutter ich wünsche euch glückseeliges neusjahr, langes leben und Gesundkeit; frieden und einigkeit und nach eren Tod die ewige klückseeligkeit”. “Das wüsnsche mir dir auch”, respondían mamá y papá mientras les obsequiaban algún presente.
Cumplido este ritual, los pequeños salían a visitar a parientes y amigos para también desearles la felicidad en el año nuevo que comenzaba. Pero esta ocasión el poema era otro: glück und segen / auf allen Wegen! / Frieden im Haus / jahrein, jahraus! / In gesunden und kranken Tagen / kraft genung, Freud und Leid tragen! / Stets im Kasten ein stücklein Brot, / das geb’ uns gott!
Al finalizar la jornada todos los niños de la colonia, sobre todo los más humildes, se sentían dichosos con la enorme cantidad de regalos que lograban reunir tras una larga jornada de “trabajo”, visitando tíos, abuelos y demás parientes (Julio César Melchior).

domingo, 23 de diciembre de 2018

El Pelznickel y el Christkindie, dos personajes tradicionales de la Navidad de los alemanes del Volga


El Pelznickel, de barba enmarañada, arrastrando su larga y gruesa cadena, ataviado de prendas oscuras y gastado sobretodo negro, viene vociferando sonidos guturales, cual monstruo prehistórico escapado del fondo de los tiempos para castigar a los niños díscolos. En la mano un Rutschie, una rama fina y delgada, para descargar sobre los dedos de los infantes que, una vez sorprendidos en su falta, no saben rezar o, a causa del pánico, se olvidan del Padrenuestro, confundiéndolo con el Avemaría. 
Un solo eco de su voz a lo lejos, provoca que los niños huyan despavoridos a esconderse debajo de la mesa y de la cama o detrás de la falda de la madre. Imposible huir de este personaje que conoce las faltas y las travesuras cometidos por todos los niños de la colonia a lo largo del año.
Pero como todo tiene su recompensa, una vez que el Pelznickel hubo partido de la casa, dejando a los niños inmersos en un mar de lágrimas, llega el Christkindie, el niño Dios, personificado en una niña vestida de blanco inmaculado, para calmar el llanto, mitigar el sufrimiento y brindar consuelo a las almas de los pobres niños de la colonia.
Toda ella es dulzura y santidad y lleva colgado en uno de sus brazos, una canastilla llena de galletitas caseras, frutas y alguna que otra humilde golosina que, para los niños colonienses, es el manjar supremo, una delicia que saborean solamente en estas ocasiones o en Pascua, cuando llega el conejito. (Autor: Julio César Melchior).

La historia del Pelznickel y la pequeña Elisa

El Pelznickel la miró a los ojos, hasta el fondo de su alma. Parecía poder atisbar en los rincones más recónditos de su interior, allí dónde ocultaba las travesuras que sus padres no debían saber jamás, como la tarde que dejó escapar las ovejas, arruinando la quinta y la cosecha de verduras para el invierno, ocasión en que el culpable terminó siendo el pobre perro que, dicho sea de paso, recibió una furibunda paliza por el delito que no cometió. Elisa, de nueve años, cerró los ojos. Temblaba. Apenas respiraba. A su lado, su hermano la observaba de reojo, consciente de que él sería próximo.
El Pelznickel gruñó unas palabras para demostrar que estaba muy enojado con la niña. Le ordenó que abriera los ojos y se arrodillara frente a él. A continuación le preguntó si se había portado bien durante el año. Sí -mintió Elisa. Lo que aumentó la furia del Pelznickel, un viejo barbudo, de pelambre enmarañada, calzado en botas de lluvia y un vetusto sobretodo negro, de invierno. Lo grupo que le provocaba un mar de sudor. A quién se le ocurría vestirse con ropas de invierno para aparecerse a los niños durante la Nochebuena.
El Pelznickel le revisó las manos y las uñas y la obligó a rezar, primero el Padrenuestro, después el Avemaría, después el Credo… Elisa tartamudeó, tropezó con las palabras, se confundió, empezó a sentir como sus manos comenzaban a temblar y a sudar. Hasta que no soportó más y estalló en llanto. Un llanto desgarrador. Pero no se movió ni nadie la rescató. Los demás niños miraban absortos, porque sabían que después les tocaría a ellos, y los padres y tíos observaban cómplices, conocedores de la rutina que se estaba desarrollando desde tiempos inmemoriales.
El Pelznickel repitió el espectáculo con todos los niños de la casa. Todos, los seis, a su turno, lloraron. Poco o mucho, pero lloraron. Las mujeres y los varones. Nadie quedó indemne de un castigo. Para la mayoría solo consistió en rezar. Para el más díscolo, sin embargo, la pena fue, además de orar, recibir unos golpes sobre las palmas de las manos, con un Rutschie.
Concluida la labor, el Pelznickel se marchó como había llegado: lanzando estertóreos gritos guturales y agitando la pesada cadena que, año a año, traía consigo para anunciar su terrorífica arribo. (Autor: Julio César Melchior).

Rumbo a América

Arrastró los tres grandes baúles a lo largo del puerto y con la ayuda de su esposa y de su hijo mayor, los subió al barco, y con el resto de energía física que le quedaba, los acomodó en el fondo de la bodega, junto a otros bultos, de formas variables y contenidos dispares.
Sus cuerpos estaban profundamente cansados pero interiormente se sentían satisfechos. La primera etapa del largo viaje se había desarrollado sin mayores contratiempos. Los hubo, es cierto. Lo mismo que también era cierto que hubo que enfrentar momentos de mucha angustia. Pero la meta estaba lograda. La aldea quedaba atrás. Cada vez más lejos. Rusia ya no los quería. En realidad, nunca los quiso. “Nos usó mientras fuimos útiles y ahora nos expulsa” -pensó Joseph. 
Allá lejos, en la aldea, allá, en la lejana Rusia, quedaban la pobreza, el hambre y el sufrimiento; pero también permanecían seres amados, padres, tíos, primos, abuelos, que no quisieron, no se atrevieron o no pudieron escapar del dolor. 
Por eso, en el barco, se mezclaban la alegría y la tristeza. La esperanza y la angustia. Los pasajeros que emigraban eran conscientes que casi con seguridad jamás iban a volver a reencontrarse con los familiares que quedan atrás. Rusia estaba inmersa en un caos social, político y económico que terminaría consumiendo muchas vidas y muchas aldeas habitadas por descendientes de alemanes.
El barco se fue alejando. Cada pasajero se recluyó en su espacio. Algunos en sitios muy diminutos, dado la cantidad de pasajeros que el capitán había permitido ascender en aras de ganarse un dinero extra.
El viaje iba a ser largo. Casi un mes. La comida empezaría a escasear y a ser racionada rigurosamente. La mayoría pasaría hambre. Todos terminarían infectados de piojos y con el cuerpo lleno de ronchas de tanto rascarse. La falta de agua dulce, completaría el panorama. 
Así y todo, arribaron al puerto de Buenos Aires con el alma henchida de esperanza y la idea fija de forjar un futuro mejor para sí mismos y sus descendientes.
Y transcurridos más de cien años de aquella emigración y de aquel viaje, podemos escribir con total seguridad de que lograron cumplir su meta. (Julio César Melchior).

lunes, 17 de diciembre de 2018

“A mi casa llegó el Pelznickel” recuerda don Federico Schulmeister


“En la Nochebuena, a las doce de la noche, asistíamos al templo. Por aquellos años todos los eventos sociales como familiares y privados, tenían como eje central a la iglesia y al sacerdote. No existían las grandes comilonas de hoy en día” -recuerda Federico Schulmeister. Y agrega: “teníamos que asistir todos, desde la persona más grande hasta el niño más pequeño de la casa. No debía faltar nadie”.
“Después de la misa, regresábamos a casa. Mis padres abrían la Biblia y rezaban. Mientras los niños, entre expectantes y llenos de miedo, nos sentábamos a esperar al Pelznickel. Ni bien escuchábamos sus gritos y el ruido de su enorme cadena, la cocina se convertía en un lío de pánico. Algunos niños se metían debajo de la mesa, otros se escondían en los dormitorios y otros detrás de las faldas de los vestidos de mamá y las hermanas mayores. 
“El Pelznickel” -acota-, siempre llegaba enojado, a los gritos: 'dónde están los chicos que se portaron mal durante el año', exclamaba. Y nosotros, traviesos por naturaleza, temblábamos de miedo. 
“Nos llamaba, nos hacía arrodillar y, uno a uno, nos preguntaba cómo nos habíamos portado a lo largo del año. Y guay si mentíamos! Él lo sabía todo (porque con anterioridad nuestros padres le revelaban todas las diabluras que habíamos cometido). 
“Concluido el interrogatorio (algún niño siempre salía corriendo horrorizado por tan tremendo suplicio), nos controlaba la limpieza de las manos y las uñas y nos hacía rezar.
“Finalmente se iba a visitar otra casa de la misma manera en que había llegado: a los gritos y agitando estruendosamente su enorme y larga cadena”. (Autor: Julio César Melchior).

lunes, 10 de diciembre de 2018

El adiós al Volga


Ver por última vez las aguas del río Volga, desencadenó en él una revolución interna de sensaciones e imágenes: mi abuelo intuyó con absoluta certeza, que jamás iba a regresar a la aldea, que las circunstancias de la vida, llámense económicas, sociales, políticas, o simplemente destino, nunca se lo iban a permitir. 
Quiso retener en su memoria el fluir del agua, su color intenso, la bravura de su ímpetu; pero, muy en el fondo de su alma, sabía que eso era imposible, porque el transcurrir del tiempo siempre diluye los recuerdos, primero los pinta de color sepia y finalmente los transforma y los aleja, hasta quitarles nitidez y emoción.
Agitó las riendas y los caballos se pusieron en marcha, arrastrando el carro en el que viajaban mi abuelo, su esposa, sus cinco hijos, tres baúles y unas pocas cosas que pudieron llevar. 
En la aldea quedaba no solamente el pasado, una vivienda, su hogar, al que jamás regresarían, sino padres, hermanos, tíos y abuelos. Un universo de gente que los veía alejarse en el horizonte, envueltos en una bruma de polvo, que levantaban los caballos y el carro al cruzar la inmensidad rusa rumbo a la estación, donde abordarían el tren que los llevaría a Alemania, para, en el puerto de Bremen, embarcar rumbo a la Argentina.

viernes, 30 de noviembre de 2018

La colonia es un murmullo de voces que se pierden


“Caminante no hay camino, se hace camino al andar…” Y al andar se dejan estelas en la mar que, al mirar atrás, son nuestras huellas en el camino. Jirones de vida y destino que dejamos en el pasado para construir este futuro. Este ahora que en mis manos, ajadas y viejas, no logran contener en toda su inmensidad tanta angustia, devastación y desolación que me dejó el ayer. Cuando lleno de sueños embarqué hacia la Argentina, con mi esposa y mis hijos. Mis baúles y mis miserias. Mi adiós a la tierra volguense y mi esperanza desmedida en el futuro argentino.
Y no hubo tal futuro. No hubo nada. Solamente amargura tras amargura. Fracaso tras fracaso. Llorando muertos tras muertos. Llorando partidas y continuando a pesar de todo. Cada vez más solo, cada vez mas desesperado y cada vez mas decepcionado de la vida. Primero mi esposa. Muerta por la epidemia. Después mis hijos. Difteria y otros males. Todo me lo llevó Dios. Todo lo perdí. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué tenía que aprender? ¿A sufrir? ¿Qué culpa tenían mis hijos y mi esposa con mi aprendizaje? Es ilógico escuchar esa explicación del cura: Toda muerte nos enseña algo. ¿A quién? ¿Por qué alguien debe entregar su vida para enseñarle algo a una persona que continúa, supuestamente, disfrutando de la vida? No tiene lógica. Nada tiene lógica. Ni que mis tres hijos y mi esposa hayan muerto y yo, totalmente solo, desgarrado de dolor, hoy esté cumpliendo 98 años.

Cinco libros sobre los alemanes del Volga


Nuestros abuelos, los alemanes del Volga


Trajeron en sus baúles
enseres de todo tipo:
ropa, vajilla, retratos.
Y en el espíritu
fe, coraje y esperanza.

En los labios un idioma.
En el corazón a Dios.
En el alma tradiciones.
Y en las manos trabajo.

Trajeron cuerpos fértiles
para una tierra virgen:
la sembraron de trigo
y la poblaron de hijos.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Deutsche Sprichwörter (Proverbios alemanes)

Mis libros fueron entregados al alcalde y a los representantes de la ciudad de Schwabach, por el Intendente Municipal de Coronel Suárez, en su viaje oficial a Alemania


El Intendente Municipal, Roberto Palacios, en su viaje oficial a Alemania, para participar de la Segunda Conferencia de Cooperaciones Municipales con América Latina y el Caribe, organizada por Engagement Global, una organización germana que trabaja en el hermanamiento de ciudades de ese país con otras del este continente, llevó como representación de la identidad cultural del distrito, mis libros, que rescatan la historia y cultura de los alemanes del Volga. Un paso gigante, para todos los que trabajamos para visibilizar no solo a los alemanes del Volga de la Argentina sino a los tres pueblos alemanes del distrito de Coronel Suárez. Mis antepasados, y sobre todo mis abuelos, y mi padre, seguramente se sentirán orgullosos de que sus memorias regresen al terruño, del que, hace más de doscientos años, partieron en busca de libertad y de la tierra prometida, que finalmente encontraron en la Argentina.

Los juegos en las colonias de antaño

Los niños juegan a las bolitas en la vereda. Las niñas a las muñecas, en el fondo del patio. Ambos ya saben: los varones tienen derecho a la vida social y las mujeres, la obligación de estar atentas al cuidado del hogar y la crianza de los hijos.
Los varones discuten, se empujan, se abofetean, se trompean, se ensucian, luchan por el espacio que les pertenece por la simple razón de ser hombres. Las nenas sin embargo miman a sus muñecas, las bañan, las visten, las alimentan. Las duermen, aceptan resignadamente y sin siquiera darse cuenta, el papel que la sociedad patriarcal les asigna.
Los juegos perpetúan el modelo. No son tan inofensivos ni tan inocuos como parecen. Y los adultos lo saben.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Nuestros abuelos fueron ejemplo de superación

Los inmigrantes alemanes del Volga hicieron frente a todas las dificultades y las superaron. Y esta vivienda es un claro ejemplo de ello.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Nuestros abuelos, los inmigrantes

Mi abuelo llegó a la Argentina a los ocho años


Mi abuelo partió de la aldea Kamenka, a los ocho años, junto a su madre y varios hermanos, para arribar a la Argentina y reencontrarse con su padre, que había llegado unos años antes para trabajar, edificar una vivienda y luego mandar a buscarlos a ellos y cumplir con la promesa que había realizado al dejar las orillas del río, para escapar de las hostilidades rusas y el prejuicio, el sufrimiento, la miseria, las muertes por el hambre de seres queridos y amigos.
Aquí se instalaron en Pueblo Santa María, en la que en aquel entonces se conocía como la Matschgasse (Calle de barro), con la idea de continuar desarrollando la profesión de zapatero, que venía llevando a cabo desde hacía muchos años. Para eso había traído consigo sus materiales de trabajo y las maquinarias necesarias para cortar cuero y fabricar zapatos. Y así lo hizo. Sus hijos crecieron. Mi abuelo comenzó a llevar a cabo actividades relacionadas con la iglesia, colaborando con el sacerdote y sus menesteres eclesiásticos. Andando el tiempo se casó y formó su propia familia. Arrendó campo y logró cierta holgura económica. La que se le escurrió de las manos cuando llegó la modernización y los tractores de combustible comenzaron a reemplazar a los caballos. Esto acaeció en su etapa de madurez, por lo que ya no pudo comenzar de nuevo. Fue allí que retomó la profesión de su padre: zapatero. Y por años fue el zapatero de la localidad. Lo fue hasta el día que murió, en el año 1972.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Qué son las fiestas Kerb de los alemanes del Volga

“Las celebraciones de Kerb eran grandiosas y se dividían en dos
partes: la jornada en que se conmemoraba la consagración de la iglesia al santo patrono de la localidad y el fin de semana siguiente en que se realizaban las festividades sociales. Las colonias multiplicaban su cantidad de habitantes porque llegaban familiares de todos los rincones del país. Kerb y Pascua eran las dos únicas dos fechas del año en que toda la familia se reunía alrededor de la mesa paterna. Dábamos gracias a Dios mediante solemnes misas por todo lo que recibíamos en la vida diaria y también nos divertíamos organizando grandes eventos sociales. Era una celebración en la que reinaba la religiosidad más devota y la alegría más espontánea, con música y bailes”.

A medida que la fecha de Kerb se acerca, las acti­vidades dentro de las viviendas y en el pueblo se multiplican por doquiera. Porque las amas de casa, herederas de costumbres que sus abuelas les legaron, llevan a cabo diferentes tareas para acondicionarlas mejor y darles un matiz más acogedor y bello.
Entre estas dife­rentes labores so­bresalen algunas que en sí mismas representan una curiosidad. Como el blanquear las paredes de las viviendas para embellecerlas e imprimirles un matiz más en­trañable y acogedor mediante la utilización de co­lores y texturas que sugieren la obediencia a un canon preestablecido por la tradición: antiguamente, la superficie de muros de las casas de adobe eran blanqueadas con cal viva apa­gada o, mejor aún, con el residuo del carburo cálci­co de los equipos de soldadura autógena. En las paredes interiores se ponía de manifiesto la gran creatividad de las abuelas alemanas del Volga, por­que para hacer más decorativo y alegre el ambien­te se tomaban ovillitos de lana destejida y se las mojaba en agua azul teñida con tintura para la ropa, y se las estam­paba sobre las paredes.
También se limpiaban y acondicionaban las vivien­das que poseían sus ladrillos exteriores a la vista, que pertenecían a familias más acomodadas: los techos de chapa se pintaban de co­lor rojo y las puertas, ventanas y pos­tigos de color verde, por lo que la imagen que ofrecían las colonias desde lejos eran las de unas pequeñas aldeas campesinas, de casitas muy blancas y techos rojos, agrupados como un rebaño a la sombra de la torre de la igle­sia en la ondulante sinfonía de verdes, azules y amarillos de la campiña pampeana en primavera, que hacía recordar a una vieja estampa europea.
Las fiestas de Kerb eran grandiosas y se dividían en dos partes: la jornada en que se conmemoraba la consagración de la iglesia al santo patrono de la localidad y el fin de semana siguiente en que se realizaban las festividades sociales. El día en que la comunidad conmemoraba la consagración de la parroquia al santo patrono se formalizaba una procesión con el santo por las calles de la colonia y posteriormente una misa. Y en el fin de semana siguiente se efectuaba la celebración social, con grandes bailes que organizaban los clubes; partidos de fútbol; extraordinarios espectáculos  que distintas comisiones traían de diferentes lugares del país: como festivales de patín artístico con estrellas de relieve, show de todo tipo, con artistas de renombre,  y mil y una cosas más; multitudinarias quermeses que preparaban las escuelas parroquiales a cargo de las hermanas religiosas; todo era música; banderitas y lamparitas de colores cruzaban el patio de la escuela ornamentándola. Las calles bullían de gente. La familia se congregaba alrededor de la mesa para compartir una suculenta comida, consistente en asado al horno con papas, Fülsen, Strudel, entre otras delicias alemanas que cocinaban nuestras madres. La sobremesa se prolongaba con bulliciosas conversaciones, porque la mayoría de los integrantes de la familia solamente se reencontraban en esa fecha en particular; luego había música, baile, canto; y a la hora de la merienda llegaba el riquísimo Dinne Kuchen acompañado con mate o cerveza. Los lunes eran considerados feriados: por la mañana se iba al cementerio en procesión a rendirle homenaje a los colonos fallecidos, y por la tarde continuaban desarrollándose la kermesse y los demás acontecimientos. En resumen, la fiesta de Kerb, en su faz social, se iniciaba el viernes y concluía el lunes a la noche con un multitudinario baile familiar.

viernes, 31 de agosto de 2018

Se cumplió un nuevo aniversario del holocausto de los alemanes del Volga

El  28 de agosto de 1941 el gobierno ruso promulgó un decreto en
virtud del cual toda la población alemana debía ser deportada hacia Kazajstán y Siberia. Los deportados fueron transportados lentamente en vagones para el ganado hacia Siberia, Asia Central y el alto Norte, pasando el Círculo Polar Ártico. Acusados de espías y agentes nazis, el ejército rojo inició las represiones; miles de personas fueron capturados y fusilados; toda la población fue deportada, arrancados de sus hogares; los cargaron como animales en vagones de carga, incluyendo todo habitante de ascendencia alemana aún los oficiales y soldados del ejército ruso de etnia alemana; los que no fueron fusilados, fueron condenados a trabajos forzados, muchos murieron de hambre y de frío.
Los hombres fueron obligados a realizar trabajos forzados, separados de sus familias por centenas o miles de kilómetros y sometidos a trabajos igualmente forzados. Los guardias soviéticos no se hacían problemas por la gran mortandad entre los trabajadores esclavos: los reemplazaban simplemente por otros nuevos.
Una tragedia que no debemos olvidar jamás. Mantengamos viva la memoria de todos aquellos mártires inocentes. Elevemos una plegaria en su memoria.

Recordando a mamá

Mamá se levantaba bien temprano, generalmente a las cuatro de la
madrugada, para ayudar a papá a ordeñar las vacas. Después encendía el horno de barro que estaba detrás de la casa y comenzaba a amasar el pan del día. Sus manos trabajaban la masa con el palote sobre una mesa de madera curtida, llena de años y de cicatrices. Amanecía y el rocío caía desde el cielo humedeciendo su cabello cano. Tanto en verano como en invierno, con heladas o sin ellas, mi madre siempre se las arregló para tener el pan sobre la mesa a la hora del desayuno. Ese pan rico para untar con manteca y miel y acompañar el chorizo seco, las morcillas y los dulces caseros.
En mi alma de niño todavía la veo a mi madre parada junto a la mesa, en la cocina, cortando rebanadas de pan recién horneadas para su marido y sus hijos; conservo en mi memoria el aroma a café con leche impregnando la casa; y el sol asomando en el horizonte, allá lejos, donde mora Dios.

viernes, 10 de agosto de 2018

El trágico casamiento de la abuela Elisa

Don José llamó a su hija de catorce años a la cocina para
comunicarle que a partir de mañana comenzaba a trabajar en la casa de su compadre don Pedro, cuya esposa estaba embarazada de cinco meses y tenía que guardar cama hasta el día del alumbramiento, lo que la imposibilitaba de alimentar y atender a sus siete hijos.
A la noche, la niña, llamada Elisa, juntó sus poquitas pertenencias y a la mañana siguiente, llorando, se fue a vivir a la casa de don Pedro. Enseguida comenzó a cumplir con sus tareas: cocinar, lavar, planchar, cuidar y vestir a los niños y asistir a la embarazada en lo que le hiciera falta para hacerle más llevaderos los días en cama esperando el alumbramiento de su octavo hijo.
Elisa pasó, sin transición, de jugar a la mamá con su muñeca de arpillera a asumir todas las responsabilidades de un ama de casa.
Pasaron los meses, nació la criatura tan esperada por don Pedro; pero la madre murió en el parto.
Don Pedro quedó devastado, llorando a su esposa, con el bebé en brazos, rodeado de sus siete hijos. Mientras la pequeña Elisa se hacía cargo de todo. Los niños habían aprendido a quererla y si bien lloraban a su madre, se sentían protegidos y cuidados por ella.
Dos meses después de haber sepultado a su esposa, y haber llorado sin consuelo durante días, don Pedro fue a visitar a don José, el padre de Elisa, para pedirla en matrimonio. Don José no lo pensó mucho. Los hijos necesitaban una madre y don Pedro era un buen candidato.
Quince días después,  don Pedro y la pequeña Elisa se casaron. Elisa cumplía quince años y don Pedro había cumplido treinta y uno hacía apenas tres meses.

sábado, 4 de agosto de 2018

Homenaje a mi madre y a todas las madres alemanas del Volga

 Mi madre está presente en mi memoria de niño feliz. Su rostro
surcado de arrugas son pliegues de ternura; sus ojos celestes: cielo de afecto y estrellas de besos; sus manos callosas: cuna de afecto en las que me arrullaba cantando “Tros-Tros-Trillie”. Su regazo: consuelo de mis primeras lágrimas, amparo de mis primeros desencantos. Su alma de infinito amor: lo comprendía todo y lo sabía todo.
Mi mamá está presente en mi memoria de niño feliz. Su casa con cocina a leña, una mesa de madera grande, un banco contra la pared, con aromas a Krepel, Dünne Kuche, Sauerkraut: aromas que perduran en mi mente. Los Wicknudel, los Klees, el Kalach, y mil delicias más que preparaba para los almuerzos y las cenas, para esas comidas de domingo en las que mimaba a sus nietos mientras reía y cantaba: “Wen ich komm,wen ich wider wider komm”, radiante de poseer una familia grande y orgullosa de que todos sus descendientes la amaran.
Mi mamá está presente en mi memoria de niño feliz. Es un ángel que me cuida; un hada madrina que me concede todos los deseos; una estrella que me guía y protege en la vida. Es, fue y será, la persona que me enseñó a ser quién soy y a saber a dónde voy. Es quién me inculcó el valor de ser descendiente de alemán del Volga y sentirme orgulloso de serlo. (Autor: Julio César Melchior)
Para conocer mas a cerca de la sicología, sociedad y el modo de vida de la época de nuestras madres y abuelas les sugiero leer mis libros La vida privada de la mujer alemana del Volga y Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga.