Rescata

Para más información pueden comunicarse al WhatsApp: 2926 461373 o al Correo electrónico juliomelchior@hotmail.com

miércoles, 13 de enero de 2021

¿Se acuerdan de los veranos de nuestra niñez, cuando había que ayudar a regar la huerta?

Durante el verano, a las mañanas, bien temprano, con el amanecer, y al atardecer, junto con el sol que se iba a dormir en el horizonte, las madres y los niños de la casa, sin importar edad ni sexo, regaban la huerta, llevando y trayendo enormes baldes desde la bomba de agua hasta la quinta. Las verduras y hortalizas florecían y producían por doquier. Había abundante cantidad de tomates, pepinos, zapallitos, lechuga, repollo, decenas y decenas de cosas ricas que mamá y la abuela transformaban en sabrosas comidas o ensaladas o en conservas y dulces que almacenaban en los sótanos para el invierno. Me acuerdo del dulce de zapallo y tomate, entre varios otros, que cocinaban sobre la cocina a leña y envasaban en frascos de todos los colores y tamaños que juntaban a lo largo del año para estos menesteres.
Los niños y las niñas ayudábamos sin quejarnos ni lamentarnos jamás. Para nosotros nunca representó un trabajo regar la quinta todas las mañanas y todas las tardes. Lo tomábamos como una obligación, es cierto, pero también como un juego, un momento en que todos los hermanos estábamos juntos, con mamá y, a veces, también con papá, riendo, conversando, en ocasiones haciendo travesuras, como arrojarnos un balde lleno de agua. Todavía la recuerdo a mamá retando a mi hermano porque me empapó o porque me puso el pie mientras corríamos hacia la bomba compitiendo para ver quién llegaba primero para sacar agua y volver a llenar el balde.
Eran otros veranos, los veranos de mi niñez. Iguales a los de muchos de ustedes que leyeron estas líneas… ¿No es cierto?

martes, 12 de enero de 2021

¿Se acuerdan de las pepitas de girasol de la abuela?

Cuando íbamos de visita a la casa de abuela, ella se tomaba tiempo para tostar semillas de girasol. Llenaba hasta desbordar una enorme fuente y la introducía al horno de la cocina a leña. Luego de unos minutos la casa se impregnaba del olor característico del tostado de las semillas. De vez en cuando sacaba la fuente, revolvía su contenido, probaba alguna que otra semilla para comprobar si estaban crocantes y listas para ser comidas.
Una vez tostadas, abuela se sentaba a la mesa, junto a nosotros, sus nietos, que éramos aún muy pequeños para abrir las semillas de girasol con los dientes como hacían las personas mayores, y las pelaba una a una, con suma paciencia, sacando la pepita con los dedos.
Nosotros la mirábamos “trabajar” con ternura, esperando con ansias que el montón de pepitas creciera y abuela dijera: “Bueno… ¡Ahora se las pueden comer!” ¡Y vaya si las comíamos! ¡¡¡Las espolvoreábamos con mucha azúcar, revolvíamos el montón y a comer!!! Autor: Julio César Melchior. Para revivir anécdotas como ésta y muchas otras, no dejen de consultar mi libro “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”. Para más información comunicarse por mensaje privado o al 01122977044.

Mi madre me dijo que recordara el lugar de dónde vengo

Mi madre me dijo que recordara el lugar de donde vengo, la casa de adobe, la comida humilde, las reuniones familiares, las calles de tierra, las gentes honradas y sinceras. Los hombres y las mujeres buenas, trabajadores, siempre sonrientes, rezando y cantando. Los domingos de fiesta. Los días tristes. También los buenos. Para tener presente en cada instante de mi vida que nada es permanente, que después de cada tormenta siempre sale el sol y que aún en la noche más oscura, las estrellas nunca dejan de brillar y Dios nunca deja de protegernos. Mi madre fue una mujer sin estudios académicos pero tenía la sabiduría que da la vida, esa sabiduría que no se enseña en la escuela ni en ninguna universidad.

sábado, 9 de enero de 2021

Los utensilios de cocina de nuestra infancia

Nuestro hogar de la infancia tenía su identidad, por su aroma y sabores, pero también por los utensilios que utilizaba mamá o la abuela, dependiendo la época y las circunstancias. Porque si bien la cocina, al igual que toda la idiosincrasia de los alemanes del Volga, estaba fuertemente arraigada en tradiciones y costumbres que se mantenían incólumes a lo largo no solamente de los años sino también de los siglos, a medida que fue avanzando el siglo XX las cosas y los utensilios comenzaron a cambiar. Y así fue como lentamente fueron apareciendo ollas, jarros, cubiertos y platos de otro material y también de otra calidad. Así es como, dependiendo la edad y la generación muchos de nosotros llevamos en el recuerdo y en la memoria la imagen de mamá o la abuela ligada a la utilización de distintos utensilios de cocina.
Y fue así como en el Schepie se fueron acumulando trastos de cocina traídos de Rusia, llenos de historia, junto con otros adquiridos en los primeros almacenes de ramos generales de las colonias o aldeas y en los posteriores bazares que fueron surgiendo. Objetos que luego, a medida que la abuela y mamá fueron falleciendo, hijos, sobrinos y nietos fueron malvendiendo para recaudar unos pocos pesos, sin tener en cuenta su valor cultural y histórico.
Así es como llegamos a la actualidad, extrañando y añorando todo lo que se perdió. A veces, la avaricia o la ignorancia pueden más que la conciencia.
Rescatemos y revaloricemos lo que todavía nos queda. Tomemos conciencia que cada uno de estos utensilios forma de la historia familiar, una historia familiar que se extiende más allá de la aldea, erigida a orillas del río Volga. Más allá de los tiempos que podamos imaginar.
Por eso nacieron mis libros, por eso me puse a rescatar, revalorizar y difundir la cultura alemana del Volga hace más de veintiséis años. En mis libros sobreviven tesoros invalorables. Los títulos de mis obras son “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga”, “La vida privada de la mujer alemana del Volga”, “La gastronomía de los alemanes del Volga”. Para más información comunicarse por mensaje privado o al 011 22977044.

¿Se acuerdan de la manteca casera que elaboraba mamá?

Todas las mañanas, papá ordeñaba las vacas y mamá vertía la leche fresca en varias cacerolas, para que reposara durante la noche, hasta el día siguiente, cuando, con la ayuda de una cuchara y mucha paciencia, quitaba la nata que se formaba en la superficie.
Seguidamente ponía a hervir la leche para el desayuno sobre la cocina a leña, mientras, con la ayuda de los niños, comenzaba a batir la nata, recogida en un recipiente redondo.
Generalmente se batía con una cuchara de madera o con la ayuda de dos tenedores, hasta lograr que la nata se espera y se vuelva una masa consistente, que queda flotando dentro de un líquido llamado suero.
Una vez obtenida la manteca, mamá escurría el suero y le daba una forma redonda, la sacaba del recipiente y la lavaba con agua fría.
Como no existían heladeras, la manteca se colocaba dentro de una cacerola con agua fría, que se cambiaba varias veces al día, para conservarla fresca.
Costumbres y recetas que quedaron en el pasado, pero que sobreviven en mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga".
Antiguamente la manteca casera se consumía muchísimo. En el desayuno, con el pan recién horneado en el horno de barro, untado con dulces también caseros o miel. Lo mismo que a la hora de la merienda. O durante la cena. Cuando las familias humildes, cenaban té con leche con pan, manteca y dulces caseros.

¿Quién se acuerda de los fideos caseros (Trucke Nudel) de la abuela?

La abuela elaboraba, generalmente los domingos, unos Trucke Nudel riquísimos. Era una receta simple y sencilla de hacer. La había heredado de sus ancestros. Mi memoria de niño recuerda que solamente utilizaba harina, dos o tres huevos y algún que otro ingrediente más. Amasaba dos o tres bollos sobre la larga mesa de madera de la cocina, los estiraba con el palo de amasar espolvoreándolos con abundante harina hasta lograr una masa casi redonda de unos pocos milímetros de altura y después los colocaba sobre el respaldo de una silla, que sacaba al patio para que la masa se seque. Una vez transcurrido el tiempo que ella calculaba con exactitud, sin contar con reloj ni ningún asesoramiento tecnológico, introducía la silla, tomaba cada masa estirada, la enrollaba y cortaba los fideos para ponerlos a hervir en una olla.
Mientras tanto en una sartén colocaba uno poco de grasa para freír trocitos de pan o cebolla picada, que volcaba sobre los fideos una vez que estaban cocinados y servidos en una fuente, listos para llevar a la mesa. Autor: Julio César Melchior. Esta receta original, la pueden encontrar completa, junto con 150 más en mi libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”. Para más información comunicarse por privado o al 011 22977044.

viernes, 8 de enero de 2021

Los almacenes de ramos generales formaron una parte importante del progreso de las colonias y aldeas de alemanes del Volga

Los almacenes de ramos generales fueron surgiendo con el impulso del ferrocarril o por el instinto visionario, comercial y progresista de sus propietarios que vieron en las incipientes localidades que se iban fundando por los inmigrantes que llegaban al país, la posibilidad de crecer económicamente.
Fueron verdaderos puntales de crecimiento para las colonias y aldeas fundadas por los alemanes del Volga, como así también para el campo, y para todos los pueblos que, durante la gran inmigración, fueron naciendo a lo largo y ancho de todo el país, porque acercaban a los colonos todo tipo de productos y alimentos.
Los comercios de ramos generales vendían desde alimentos para satisfacer el hogar hasta forrajes para los animales.
También comercializaban artículos de ferretería, talabartería, maquinarias agrícolas, materiales para la construcción, tienda e indumentaria, carros, sulkys, bazar, cristalería, librería, zapatería, armas, muebles, molinos de viento, tranqueras, bebederos y otros utensilios para las actividades rurales y para el hogar. Incluyendo un anexo para panadería y carnicería y un sector para despacho de bebidas.
Por aquellos años, se decía que en un almacén de ramos generales se podía comprar desde una aguja para el ama de casa, hasta una cosechadora para el chacarero.
Asimismo, muchos de estos almacenes, a su vez, compraban productos de la zona, funcionando como barracas de acopio de cueros, cereales y lanas, con el fin comercial de intermediar en negocios de exportación.
Una vez al año, después de la cosecha, los colonos, generalmente excelentes clientes, le pedían al propietario que les “cierre la cuenta”, y cumplido el pago, sin documento de ningún tipo y sin firma previa, la cuenta quedaba saldada. Eran épocas en que la palabra valía.
Se trabajaba con “crédito a la cosecha” mediante la anotación en libretas. Una vez por año, los clientes saldaban cuentas y pagaban escrupulosamente todo lo adquirido y consumido en tan extenso período.
El crédito a largo plazo en la compra de alimentos, herramientas, carros, maquinarias agrícolas y materiales de construcción, permitió al colono en general, y al propietario o arrendatario de campo, planificar su vida.
La relativa estabilidad económica que reinaba en la Argentina durante las primeras décadas del siglo XX, hacían posible que el fiado, a veces, se extendiera por uno, dos o más años de plazo. Un fiado que estaba al alcance de todos los estratos sociales, desde el peón rural más humilde hasta el más rico chacarero.
Como en sus inicios las colonias, aldeas o pueblos, no contaban con entidades bancarias, algunos almacenes de ramos generales oficiaban de casa de depósito y crédito de dinero para clientes, donde el peón rural o el chacarero podían resolver sus cuestiones financieras con la misma solvencia y tranquilidad que en un banco.
Esto trajo aparejado, muchas veces, dos tipos de consecuencias: el propietario del almacén de ramos generales, en ocasiones, podía terminar siendo dueño de campos y chacras, porque las cosechas se perdían, y los propietarios no tenían forma de pagar la deuda, más que entregar todo su capital, o en otras, podía suceder que el mal manejo en los préstamos o la excesiva confianza en la palabra de clientes insolventes, lo podían conducir a la quiebra.
Como en la vida misma, y en todas las profesiones, había almaceneros que eran un pan de Dios, generosos y siempre dispuestos a socorrer y a ayudar al colono, como también los había de los otros, los que buscaban sacar ventaja en cualquier transacción comercial.
Los almacenes de ramos generales eran edificios imponentes, sólidos pero a la vez sencillos.
Se construían, tanto en áreas urbanas como rurales, casi siempre, en una esquina, utilizada de forma excluyente.
Las puertas y ventanas, altas, en armonía con el edificio, construidas por las hábiles manos de los carpinteros locales, al igual que las puertas de doble hoja, con banderolas superiores y postigos exteriores, que se quitaban a la hora de abrir el local y volvían a colocar al momento del cierre. Todos los días del año.
Al frente estaban los palenques para atar a los caballos de los colonos que iban a realizar sus compras cotidianas o mensuales o tomarse una copita, para informarse de las noticias diarias que circulaban de boca en boca. O, por qué no, efectuar algún negocio, con otro chacarero, ginebra y juego de truco mediante.
En el interior el cliente estaba separado del almacenero y de la mercadería por medio del mostrador. Este clásico mueble se extendía de pared a pared
Sobre el mostrador, estaba colocada la balanza de dos platos que con un juego de pesas de varios gramajes servía para pesar los productos que se vendían. También se exhibían quesos debajo de una campana de vidrio. Algunos frascos con golosinas, escasas en aquellos tiempos, y muy caras para los hijos de los colonos. Una fiambrera con algún producto fresco. Y detrás del mostrador, las altas estanterías de madera que llegaban hasta el techo y cubrían totalmente las paredes.
Todos los productos se vendían sueltos, es decir, se pesaban con la balanza de dos platos. Desde los terrones de azúcar, la cascarrilla, porotos, lentejas, yerba, los fideos, el pan, y muchas otras cosas concernientes a las tareas rurales o de los herreros, carpinteros, etc. etc. etc. Otra época, otra realidad. La época y la realidad de nuestros abuelos.
Seguramente muchas personas mayores, o no tanto, que están leyendo esta investigación, recordarán el nombre de algún comercio de ramos generales o el nombre y apellido de su propietario.
En nuestras colonias y aldeas, hubo grandes almacenes de este tipo, que no solamente hicieron historia sino que dejaron una huella indeleble en el corazón y en la memoria de los descendientes de alemanes del Volga que residen en esas localidades.
Fueron verdaderos puntales de crecimiento para las colonias y aldeas fundadas por los alemanes del Volga, como así también para el campo, y para todos los pueblos que, durante la gran inmigración, fueron naciendo a lo largo y ancho de todo el país, porque acercaban a los colonos todo tipo de productos y alimentos.
Los comercios de ramos generales vendían desde alimentos para satisfacer el hogar hasta forrajes para los animales.
También comercializaban artículos de ferretería, talabartería, maquinarias agrícolas, materiales para la construcción, tienda e indumentaria, carros, sulkys, bazar, cristalería, librería, zapatería, armas, muebles, molinos de viento, tranqueras, bebederos y otros utensilios para las actividades rurales y para el hogar. Incluyendo un anexo para panadería y carnicería y un sector para despacho de bebidas.
Por aquellos años, se decía que en un almacén de ramos generales se podía comprar desde una aguja para el ama de casa, hasta una cosechadora para el chacarero.
Asimismo, muchos de estos almacenes, a su vez, compraban productos de la zona, funcionando como barracas de acopio de cueros, cereales y lanas, con el fin comercial de intermediar en negocios de exportación.
Una vez al año, después de la cosecha, los colonos, generalmente excelentes clientes, le pedían al propietario que les “cierre la cuenta”, y cumplido el pago, sin documento de ningún tipo y sin firma previa, la cuenta quedaba saldada. Eran épocas en que la palabra valía.
Se trabajaba con “crédito a la cosecha” mediante la anotación en libretas. Una vez por año, los clientes saldaban cuentas y pagaban escrupulosamente todo lo adquirido y consumido en tan extenso período.
El crédito a largo plazo en la compra de alimentos, herramientas, carros, maquinarias agrícolas y materiales de construcción, permitió al colono en general, y al propietario o arrendatario de campo, planificar su vida.
La relativa estabilidad económica que reinaba en la Argentina durante las primeras décadas del siglo XX, hacían posible que el fiado, a veces, se extendiera por uno, dos o más años de plazo. Un fiado que estaba al alcance de todos los estratos sociales, desde el peón rural más humilde hasta el más rico chacarero.
Como en sus inicios las colonias, aldeas o pueblos, no contaban con entidades bancarias, algunos almacenes de ramos generales oficiaban de casa de depósito y crédito de dinero para clientes, donde el peón rural o el chacarero podían resolver sus cuestiones financieras con la misma solvencia y tranquilidad que en un banco.
Esto trajo aparejado, muchas veces, dos tipos de consecuencias: el propietario del almacén de ramos generales, en ocasiones, podía terminar siendo dueño de campos y chacras, porque las cosechas se perdían, y los propietarios no tenían forma de pagar la deuda, más que entregar todo su capital, o en otras, podía suceder que el mal manejo en los préstamos o la excesiva confianza en la palabra de clientes insolventes, lo podían conducir a la quiebra.
Como en la vida misma, y en todas las profesiones, había almaceneros que eran un pan de Dios, generosos y siempre dispuestos a socorrer y a ayudar al colono, como también los había de los otros, los que buscaban sacar ventaja en cualquier transacción comercial.
Los almacenes de ramos generales eran edificios imponentes, sólidos pero a la vez sencillos.
Se construían, tanto en áreas urbanas como rurales, casi siempre, en una esquina, utilizada de forma excluyente.
Las puertas y ventanas, altas, en armonía con el edificio, construidas por las hábiles manos de los carpinteros locales, al igual que las puertas de doble hoja, con banderolas superiores y postigos exteriores, que se quitaban a la hora de abrir el local y volvían a colocar al momento del cierre. Todos los días del año.
Al frente estaban los palenques para atar a los caballos de los colonos que iban a realizar sus compras cotidianas o mensuales o tomarse una copita, para informarse de las noticias diarias que circulaban de boca en boca. O, por qué no, efectuar algún negocio, con otro chacarero, ginebra y juego de truco mediante.
En el interior el cliente estaba separado del almacenero y de la mercadería por medio del mostrador. Este clásico mueble se extendía de pared a pared
Sobre el mostrador, estaba colocada la balanza de dos platos que con un juego de pesas de varios gramajes servía para pesar los productos que se vendían. También se exhibían quesos debajo de una campana de vidrio. Algunos frascos con golosinas, escasas en aquellos tiempos, y muy caras para los hijos de los colonos. Una fiambrera con algún producto fresco. Y detrás del mostrador, las altas estanterías de madera que llegaban hasta el techo y cubrían totalmente las paredes.
Todos los productos se vendían sueltos, es decir, se pesaban con la balanza de dos platos. Desde los terrones de azúcar, la cascarrilla, porotos, lentejas, yerba, los fideos, el pan, y muchas otras cosas concernientes a las tareas rurales o de los herreros, carpinteros, etc. etc. etc. Otra época, otra realidad. La época y la realidad de nuestros abuelos.
Seguramente muchas personas mayores, o no tanto, que están leyendo esta investigación, recordarán el nombre de algún comercio de ramos generales o el nombre y apellido de su propietario.
En nuestras colonias y aldeas, hubo grandes almacenes de este tipo, que no solamente hicieron historia sino que dejaron una huella indeleble en el corazón y en la memoria de los descendientes de alemanes del Volga que residen en esas localidades.

jueves, 7 de enero de 2021

¿Se acuerdan de los chapuzones de verano en el tanque de agua del molino?

Siendo niños, y no tanto, era frecuente que, cuando papá nos mandaba a recorrer el campo para ver cómo estaban los animales en los potreros, era frecuente que saliéramos en grupo y aprovecháramos el momento para darnos un chapuzón en las frías aguas del tanque del molino. Esa era nuestra pileta en las calurosas tardes de verano. Todas las vacas se reunían para observarnos. Seguramente habrán pensado “¿quiénes son estos locos que nos ensucian el agua que después tenemos que beber?” .
Mientras tanto nosotros inocentes e ingenuos disfrutábamos enormemente de esas frías aguas, practicábamos todo tipo de zambullidas, nos divertíamos compitiendo a ver quién aguantaba más tiempo sin respirar bajo el agua, quién realizaba el clavado más estrafalario o quién conocía más estilos de nado. Podía ocurrir que el tiempo pasara, pasara y pasara, hasta que sin darnos cuenta uno de nosotros se daba vuelta y ahí estaba… papá, serio, mirándonos fijo y de pronto, por arte de magia nos dábamos cuenta que habían pasado más de tres horas y no habíamos hecho nada, no habíamos cambiado las vacas de potrero, no habíamos limpiado los bebederos, tampoco habíamos abierto el molino, y menos que menos habíamos ido hasta el último potrero de la estancia a ver si las majadas de ovejas tenía agua.

martes, 5 de enero de 2021

La abuela le enseña a su nieta a preparar Füllsen, el budín de pan tradicional de los alemanes del Volga

-La receta del Füllsen la heredé de mi mamá y ella, a su vez, la heredó de la suya –le dijo la abuela Rosa Lambrecht a su nieta Micaela. Esta receta es la original, la que hacían todas las familias humildes, porque el Füllsen es un budín de pan que se preparaba con lo que había en casa. Tal es así que se preparaba para aprovechar el pan que sobraba durante la semana y se ponía duro. Por eso generalmente, el Füllsen se elaboraba para los almuerzos del domingo, como acompañamiento del lechón al horno con papas. Porque se aprovechaba todo el pan de la semana
-Y es muy difícil hacerlo? -le preguntó Micaela a su abuela.
-Para nada, querida. Es simple, sencillo y muy fácil de hacer. Tan fácil que cualquiera lo puede preparar. Solamente lleva cuatro o cinco ingredientes. Tal vez hoy en día haya algunos ingredientes que se tengan que comprar, porque antiguamente en todas las casas había huevos, porque todas las familias tenían un gallinero. Lo mismo sucede con la crema. En todas las casas había crema. Porque las madres sacaban la nata de la leche y la juntaban en un frasco para tener crema fresca, tanto para cocinar como para untar con el pan como así también para batir y hacer manteca.
-La manteca también se hacía en casa? -inquirió Micaela.
-Sí, respondió la abuela. Todo se hacía en casa. La mayoría de las cosas que en la actualidad se compran, antes estaban en todas las casas de las colonias. Porque en cada hogar no solamente había un gallinero con gallinas que proveían los huevos sino que también había huertas, árboles frutales, un chiquero donde se criaban cerditos para la época de las fiestas y un cerdo para la temporada invernal de las carneadas. Las familias se autoabastecían completamente. Casi no se usaba el dinero. Aparte, por aquellos años era muy poco lo que se ganaba trabajando. El trabajo era durísimo pero la paga escasa.
-Y cuáles son los ingredientes del Füllsen, abuela? -quiso saber Micaela
-Tenés ganas de preparar uno? -repreguntó la abuela
-Sí, por supuesto, abuela. Quiero aprender a hacerlo. Es más, mirá lo que traje: Micaela abrió su mochila y extrajo un anotador con una birome. También traigo otra sorpresita que te la voy a mostrar después.
-Cuál? -quiso saber la abuela mirando hacia la mochila.
-No seas curiosa, abuela. Ya te la voy a mostrar. Te voy a sorprender cuando la veas. Pero primero lo primero. Cuáles son los ingredientes que lleva el Füllsen?
-No me vas a mostrar lo que me trajiste? Puedo mirar que hay adentro de la mochila? –insistió la abuela.
-No, abuela, no insistas -dijo sonriendo Micaela. Vas a tener que esperar. Vos dictame los ingredientes del Füllsen y yo te muestro la sorpresa.
-Está bien -refunfuñó en broma la abuela. Si no me queda otra.
-Y sí, abuela, no te queda otra -acotó Micaela, preparándose para anotar los ingredientes.
-Los ingredientes del Füllsen son muy sencillos. Como ya te dije lleva pan duro, leche, azúcar, crema y huevos… -empezó a enumerar la abuela.
-Noooo, abuela, así no! Cómo querés que prepare un Füllsen de esa manera? Cómo se hace? Que cantidades lleva? Que se hace con ese pan duro? Lo corto o lo meto entero al horno? Y con la crema? Y con los huevos?
-Pero, querida! -aclaró la abuela. Si es muy fácil de hacer. Yo no ando con una libreta de anotador de acá para allá anotando los ingredientes. Yo lo aprendí de mi mamá y ella me lo enseñó así. Me dijo el Füllsen lleva esto, y esto y esto. Y arréglatelas como puedas. Me acuerdo que el primero que hice no solamente me olvidé de un ingrediente sino que se me quemó, porque la cocina a leña estaba demasiado caliente.
-No te creo, abuela -dijo Micaela. Eso es imposible. Vos cocinas súper rico. No te creo nada.
-Sí es verdad -agregó la abuela. Es verdad lo que te digo.
-Pero yo necesito los ingredientes bien explicados, abuela. Necesito el paso a paso -insistió Micaela.
-Estos jóvenes de hoy en día! -suspiró la abuela. Anotá. El Füllsen lleva más o menos un kilo de pan duro, calculale eso. Después aproximadamente un litro de leche, porque la jarra que uso siempre es de un litro. Y después unos puñados de azúcar que serán más o menos, ponele media taza, y una cantidad igual de crema, más dos o tres huevos y abundante cantidad de pasas de uvas. Al abuelo le gustaban las pasas de uva con semilla. Porque él quería que al comer el budín las pasas de uva hicieran ruido al ser masticadas. En cambio a tu papá no le gustaban las pasas de uva con semillas. Y tu tío no quería saber nada con las pasas de uva. Era imposible conformarlos a todos.
-Más o menos venimos bien, abuela -opinó Micaela. Un poco confuso para mí las cantidades. Y la preparación abuela?
-La preparación… -murmuró la abuela pensando. La preparación…. Remojás bien el pan en la leche hasta que esté blando. Eso sí, antes córtalo en rodajas o en cuadraditos. No vas a meter el pan entero en la leche! -dijo riendo la abuela. Y una vez que está blando el pan, lo estrujás para extraer la leche con las manos y lo ponés dentro de una fuente redonda, le agregas la crema, los huevos, el azúcar y empezás a unir todos los ingredientes. Le sumas las pasas de uva y volvés a mezclar muy pero muy bien. Después enmantecás y enharinas una fuente y pones la preparación ahí adentro y la llevas a horno moderado. Está bien así? -preguntó la abuela.
-Digamos que sí -opinó Micaela- no del todo convencida. Cuando lo haya preparado te cuento. Tengo un lío en la cabeza!
-Ahora mi sorpresa -dijo la abuela mirando la mochila.
Micaela volvió a abrir la mochila, extrajo un libro y se lo dio a la abuela. La abuela miró la tapa, lo hojeó despacito, leyó murmurando, miró las fotos. Es un libro de recetas! Exclamó sonriendo.
-Sí, abuela. Corroboró Micaela. Es un libro de recetas de comidas alemanas que escribió Julio César Melchior y contiene más de 150 recetas de los alemanes del Volga.
-Mirá! -casi gritó de alegría la abuela señalando con el dedo una página del libro. Está la misma receta que yo te acabo de dictar.
-Y sí, abuela. Son las recetas originales, las que nuestros antepasados trajeron del Volga. Por eso lo compré. Para guardar y atesorar. Para que todas esas recetas no se pierdan en el olvido. (Autor: Julio César Melchior).

Mis libros hablan de sueños cumplidos, de ilusiones que se hicieron realidad

Mis libros hablan de sueños cumplidos, de ilusiones que se hicieron realidad, de proyectos que se concretaron, de familias que creyeron en su destino y lograron todo lo que se propusieron, de abuelos inmigrantes que cruzaron el mar para fundar nuevas colonias o aldeas, levantaron casas de adobe, en el medio de la más absoluta soledad. Hablan de familias que llegaron hermanadas de aldeas lejanas, de allá el Volga, que hablaban un idioma común, compartían sus costumbres y tradiciones y profesaban una inquebrantable fe en Dios, y tenían una moral y una ética a las que jamás renunciaron. Mis libros hablan de hombres que tenían palabra, que tenían honor, que sabían lo que querían de la vida. De personas, hombres y mujeres, que honraban la vida, que luchaban codo a codo, no solamente para progresar y crecer sino para tener hijos, criarlos, educarlos y formarlos como personas de bien. Mis libros hablan de nuestros ancestros, de la cultura que nos dejaron, de todo los que nos legaron, de todo aquello que un día casi perdimos, de todo lo que tenemos que rescatar, conservar y cuidar. Mis libros le hablan a las generaciones presentes y a las futuras. Mis libros son la voz de mi pueblo, nuestro pueblo, tu pueblo. El pueblo que nunca debemos dejar de ser. El pueblo de las comidas suculentas, originales, hechas a base de harina e ingredientes para soportar profundos fríos. El pueblo de las casas típicas a dos aguas, con sus largas galerías, sus cocinas a leña y su horno de barro. El pueblo que pese a tantos años transcurridos, desde el día que se alejó de su tierra natal todavía conserva viva la memoria de sus orígenes. Por eso los invito a leerlos. Porque en ellos late el corazón de mi gente. Nuestra gente. Unser leute. Los títulos de mis libros son: “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”, “La gastronomía de los alemanes del Volga”, “La infancia de los alemanes del Volga”, “La vida privada de la mujer alemana del Volga”.

¿Se acuerdan del Nuschnick y del Top (Prunstop)?

¿Quién no recuerda el Nuschnick, con sus clásicas ventilaciones rectangulares a ambos lados de las paredes laterales y su típica puerta pintada de verde? ¿Y el alambre con papel de diario, revistas si es que había, o tela de arpillera? Por las noches en días de lluvia, era toda una aventura ir al baño, porque generalmente el Nuschnick estaba a una considerable distancia de la casa, a veces, podía llegar a estar a 20 o 30 metros. ¿Se acuerdan cuando nuestras madres pintaban las paredes a la cal y al piso le echaban abundante lejía y lo limpiaban barriendo con la escoba, para mitigar el olor a orín?
Para los que no se atrevían a salir de noche de la habitación para ir al Nuschnick, sobre todo las mujeres y los niños, o si era una noche de excesiva lluvia existía el Top (Prunstop), bacinilla o pelela, que siempre se guardaba debajo de la cama. Por supuesto, bien tapado, para que el aroma no invadiera la habitación.
A la mañana temprano era frecuente ver a las mujeres o a la hija mayor del hogar, salir con el Top rumbo al baño, tirar su contenido e ir a la bomba a lavarlo.
Recuerdos, vivencias, anécdotas… que el tiempo se llevó. (Autor: Julio César Melchior). Para mas recuerdos como estos los invito a consultar mi libro “Lo que el tiempo se llevó de los alemanes del Volga”. Para más información comunicarse por privado o al 01122977044.

Hoy se cumple un nuevo aniversario de la fundación de Colonia Hinojo, la colonia madre de los alemanes del Volga

Un 5 de enero pero de 1878 se fundaba Colonia Hinojo, en el partido de Olavarría, provincia de Buenos Aires, el primer asentamiento alemán del Volga en la República Argentina. Los fundadores habían nacido en la aldea Kamenka. Traían consigo su lengua, su arquitectura, sus costumbres, sus tradiciones y su idiosincrasia. Un legado cultural que conservan con orgullo sus descendientes. La colonia madre fue fundada, entre otros, por Andrés Fischer, Jorge Fischer, José Kissler, Miguel Kissler, Andrés Kissler, Pedro Pollak, José Simon, Juan Schamber, Jacobo Schwindt y Leonardo Schwindt, acompañados por sus esposas e hijos.

Todavía se conservan algu­nos testimonios de esas primeras épocas, como por ejemplo un breve manuscrito que el Schulmeister José Gottfried encontró en la iglesia local. Se lee allí que: "Duros fueron los primeros tiempos, nos decían nuestros abuelos (...) primero el idioma (...) los pajonales (sic), no se divisaba más que unos metros y el poco tiempo transcurrido de la con­quista de (sic) desierto siempre quedaban algu­nos indios los hombres (que) tenían que (ir) a sus chacras a trabajar (ilegible. Quizá: "les temían").
Con mejor sintaxis pero con datos parecidos, informa a su vez esta otra reseña: “Llegaron hasta un lugar llamado San Jacinto. Lo único que respondía a ese nombre eran los pa­jonales, donde los patriarcas permanecieron unos dos años, debiendo organizar continuamente guar­dias, armados con implementos antediluvianos pa­ra defenderse de los malones indios."
De cualquier forma, los rastros de esta primera fundación prácticamente se han perdido.
“A raíz de algunos conflictos sus­citados con otro grupo de colonos, en este caso franceses esta­blecidos en la zona acogida por la misma ley de colonización, los alemanes solicitaron y obtuvieron el permiso para trasladar­se a un kilómetro de distancia”, escribe Olga Weyne.
Acordado este permiso, desmontaron todas las viviendas para trasladarlas al nuevo destino, al cual llegaron pocos días después nuevos emigrantes del Volga en cantidad bastante apreciable.
Así quedó fijado el lugar definitivo de co­lonia Hinojo.
Como las familias estaban formadas por personas todavía jóvenes y los hijos eran nume­rosos, tanto los hombres como las mujeres, al principio, tuvieron que realizar tareas sumamen­te agobiadoras, no sólo en la casa sino también en el campo. Uno de los más jóvenes principian­tes, el primer año, contra viento y marea pudo sembrar de cuatro a cinco hectáreas; el segundo año anduvo mejor y llegó a las 14 hectáreas.
Después de fundarse la colonia de Hinojo, se desplazó otra corriente inmigratoria desde el Volga y unas veinte familias fundaron la colo­nia Nievas, llamada también Holtzen. El cielo los favoreció y, obteniendo buenas cosechas en los años siguientes, pudieron acomodarse bien. La producción abundante de la hacienda sumó nue­vos ingresos, que fortalecieron la economía que ya tomaba bases sólidas.
Estas circunstancias es­timularon su progreso y dos años más tarde se fundó colonia San Miguel.
Los colonos orientaron sus ac­tividades hacia las dos ramas fundamentales del campo: agricultura y ganadería. Las chacras de las tres colonias contaban con pasto muy bueno para la hacienda. Ese fue un factor de peso pa­ra que algunos se consagraran con preferencia a lo último, por lo cual podía observarse chacras que contaban hasta con mil y dos mil cabezas de animales, entre vacunos, lanares y equinos (Autor: Julio César Melchior).

domingo, 3 de enero de 2021

Las manos de mi madre son las manos de todas las madres alemanas del Volga

Las manos de mi madre son manos que obsequian ternura cuando recorren la mesa, espolvoreando harina, uniendo ingredientes, amasando el pan de todos los días, ese pan que va a formar parte del desayuno y de cada comida que vamos a compartir en familia.
Las manos de mi madre regalan amor en cada fuente de Kreppel que ponen sobre la mesa, después de transitar horas de calor junto a la cocina a leña, friéndolos en grasa, tal como lo hacía su madre en la colonia de antaño y su abuela, en la lejana aldea, allá en el Volga, en Rusia.
Las manos de mi madre conocen de heladas y de excesivo calor, saben de trabajar la tierra, de sembrar surcos, cosechar la mies y de ordeñar vacas lecheras en las frías y oscuras madrugadas de invierno, de ayudar a su marido levantando la pared de su humilde casa de adobe, de preparar la mezcla, alcanzar los pesados baldes y después tener que ocuparse del hogar, de la cocina y de la crianza de los niños.
Por eso, las manos de mi madre no solamente muestran el paso del tiempo, en sus palmas generosas y hábiles, ajadas por el transcurso natural de los años, sino que también lucen cicatrices, secuelas de lastimaduras, de cortes, raspaduras y sus dedos casi no conservan sus huellas digitales, de tanto trabajar, tanto lavar ropa, estar en contacto con la tierra, abriendo acequias para regar la quinta, sembrar, trasplantar y después pelar cientos y cientos de verduras, hortalizas y frutas, para preparar almuerzos, cenas y elaborar dulces y conservas. Ayudar en las carneadas y ser el sostén inquebrantable en el que se basaba su hogar y su matrimonio.
Las manos de mi madre me acunaron cuando nací, me señalaron el camino mientras crecía, inculcándome valores morales y éticos para toda la vida, quitando las espinas de la huella que iba recorriendo, para que no lastimara mis pies, para que mi existencia no fuera tan dura como la suya. Y ya de adulto, me acompañó siempre. Con su consejo, su sabiduría y conocimientos que aprendió de la experiencia de vivir.
Las manos de mi madre son manos de ternura. Son las manos de un ángel. Son manos generosas. Son las manos que me han de proteger a lo largo de toda mi existencia, que he de recorrer sobre la faz de esta tierra. Ellas nunca dejarán de velar por mí, estén en esta vida o en la otra, junto a Dios.

Nuestros abuelos oraban agradeciendo los alimentos que consumían

Los abuelos rezaban antes de comenzar a almorzar y de cenar, agradecían a Dios el alimento que iban a consumir y que habían producido con el sudor de sus frentes. También oraban cada vez que repicaban las campanas de la iglesia, esto sucedía cuando amanecía, a las doce del mediodía y al atardecer. En esos instantes se detenían en el lugar que estaban, los hombres se descubrían la cabeza, quitándose el sombrero, hacían la señal de la cruz y rezaban el Ángelus. Al igual que las mujeres.
Una vez concluida esta breve y solemne ceremonia, continuaban con su labor. No había excusa que los eximiera de cumplir con este mandato religioso. Se respetaba en todos los ámbitos, tanto en los hogares, como en las calles de la colonia o en el medio del campo.

Nuestros abuelos no solamente conservaron su identidad sino que se transformaron en grandes productores de trigo

El coraje y el sueño en un mañana mejor para sus hijos, los lanzó a la mar rumbo a América, su inquebrantable fuerza de voluntad los hizo empezar de nuevo en el medio de la nada, fundando nuevas colonias y aldeas en la pampa argentina, y merced a su trabajo, esfuerzo y sacrificio, lograron progresar, crecer y desarrollarse, transformando el campo en un océano de trigo, que pronto los transformó en grandes productos agropecuarios generadores de divisas para el país. Un país generoso que pronto amaron pero sin olvidar jamás su aldea natal, sus tradiciones y costumbres, como asimismo su lengua.
Fue así como conservaron sus ritos religiosos, sus fiestas sociales y culturales, sus canciones, y sus grandes reuniones familiares, en las que participaban desde los abuelos, pasando por los primos más lejanos, hasta algún vecino o conocido. Prácticamente no existía la soledad. Todo era motivo de celebración y de gratitud a Dios. Se festejaban los bautismos, comuniones, confirmaciones, casamientos, cuya celebración se prolongaba durante una semana, los nacimientos también eran motivo de júbilo, más si se trataba de un varón. Las fiestas tradicionales, como Kerb, se extendían por días. Al igual que la Pascua. Y muchas otras jornadas que congregaban a la familia en torno a la mesa paterna. Los hijos, solteros o casados, con pocos o muchos hijos, nunca se terminaban de ir del todo de su hogar. El lazo con los padres se mantenía inalterable durante toda la vida. Y la colonia y las aldeas, eran, en definitiva, una gran familia. Localidades en las que todos se conocían y ayudaban mutuamente.

jueves, 31 de diciembre de 2020

Wünsche gehen: una antigua tradición de Año Nuevo de los alemanes del Volga

Durante el primer día del nuevo año se llevaba a cabo en las colonias una tradición ancestral que tenía a los niños como protagonistas y que se llama: Wünsche gehen, cuya traducción aproximada podría definirse como ir de casa en casa a expresar buenos deseos (en este caso, de año nuevo).
Los niños esperaban esa jornada con ansias y con júbilo, porque ante cada deseo de feliz año nuevo recibían una recompensa. Obsequio que podía consistir en galletitas caseras, recién horneadas, o en casos excepcionales, algunos caramelos, chocolatines o masitas compradas en la ciudad (golosinas que eran una delicia para los niños de aquel tiempo, porque solamente tenían acceso a ellos, los domingos de Pascua, cuando llegaba el conejo o en estas ocasiones de Año Nuevo).
La ceremonia comenzaba bien temprano a la mañana, cuando los niños saludaban a sus padres, recitando un poema centenario y de autor desconocido, que dice así: -Vater und Mutter ich wünsche euch glückseeliges neusjahr, langes leben und Gesundkeit; frieden und einigkeit und nach ihrem Tod die ewigkeit glückseeligkeit”.
-Das wüsnsche mir dir auch -respondían mamá y papá mientras les obsequiaban golosinas.
Cumplido este ritual, los pequeños salían a visitar a parientes y amigos para también desearles la felicidad en el año nuevo que comenzaba. Pero en esta ocasión el poema era otro:
-Glück und segen / auf allen Wegen! / Frieden im Haus / jahrein, jahraus! / In gesunden und kranken Tagen / kraft genung, Freud und Leid tragen! / Stets im Kasten ein stücklein Brot, / das geb’ uns Gott!
Como cuento en mi libro "La infancia de los alemanes del Volga", con cada regalo los pequeños armaban un paquetito que llamaban Pindllie, lo que significaba en la práctica colocar las golosinas en el centro de un pañuelo y unirlo en sus cuatro puntas mediante un nudo central.
Al finalizar la jornada los niños de la colonia, se sentían dichosos con la cantidad de golosinas que lograban reunir tras una larga jornada de “trabajo”, visitando tíos, abuelos y demás parientes.(Autor de la recopilación histórica: Julio César Melchior).

Tres recetas de dulces caseros, con sus ingredientes y modo de preparación

Durante el verano, cuando los árboles frutales producían a pleno, más cantidad de fruta de lo que la familia y parientes alcanzaban a consumir, las abuelas aprovechaban todo ese sobrante de frutas para elaborar dulces caseros, que envasaban en frascos que esterilizaban hirviéndolos en una cacerola o con un trapito embebido en alcohol, y después guardaban en el sótano o en algún lugar fresco, para ir consumiendo durante todo el año.
En esta oportunidad, les voy a revelar tres recetas de dulces que elaboraba mi abuela, que se pasaba horas quitándoles la cáscara y el carozo y después, junto a la cocina a leña, revolviendo cada tanto, hasta terminar de cocinarlos. Así, durante días y días, levantándose a las cuatro de la mañana, para aprovechar el fresco del amanecer.
Estas recetas aparecen publicadas en mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", donde van a encontrar muchas recetas más de dulces caseros que elaboraban las abuelas de las colonias y aldeas. No solamente eso, sino que también van a encontrar más de 150 recetas tradicionales más, rescatando todas las comidas que cocinaban nuestras abuelas.

Dulce de ciruela

Ingredientes:
- 1 kilo de fruta
- 800 gramos de azúcar
Preparación:
Se corta la fruta en trozos y se pone a hervir hasta que se convierta en puré. Colar. Poner a hervir nuevamente y agregar el azúcar. Dejar cocer hasta que la preparación se espese, revolviendo cada tanto con la cuchara.

Dulce de zapallo

Ingredientes:
- 1 kilo de zapallo
- 500 gramos de azúcar
- Agua
Preparación:
Hervir el zapallo y hacer un puré. Agregar el azúcar y llevar a fuego bajo sin dejar de revolver. Si es necesario agregarle un poquito de agua. Cuando se obtenga el punto de mermelada, retirar del fuego y dejar enfriar. Una vez frío, envasar.

Dulce de tomate

Ingredientes:
- 1 kilo de tomates enteros
- Azúcar
Preparación:
Poner en una olla el contenido de los tomates y medir igual cantidad de azúcar y de agua. Hervir por una hora a fuego suave, hasta que adquiera la consistencia deseada. (Autor: Julio César Melchior).

El pasado de mi abuela y de todas las abuelas de las colonias y aldeas

Mi abuela, al igual que todas las abuelas de las colonias y aldeas, conservaba un universo interior que solamente era suyo, íntimo y secreto, reservado y oculto, que por temor, vergüenza, timidez o prejuicio, jamás se atrevió a revelar. Allí tenía guardadas muchas experiencias, algunas profundamente traumáticas y dolorosas, otras no tanto, pero igualmente censuradas por lo que antiguamente la opinión pública consideraba inmoral o a consecuencia de la excesiva rigidez de los postulados de la iglesia, que no permitía que la mujer se atreviera a vivir una existencia que estuviera de acuerdo a sus deseos personales.
Habiendo descubierto ese mundo interior, que pugnaba por salir, que oprimía el corazón de la abuela, y por supuesto, de casi todas las abuelas de las colonias y aldeas, y se manifestaba sutilmente en sus miradas, gestos, actitudes, comportamientos y en sus silencios, decidí investigar la causa para transformarlo en un libro y en un acto de liberación colectiva.
Fue así como, después de cinco años de trabajo, de entrevistar durante horas y horas a más de un centenar de ancianas, que muy gentil, amable y generosamente, me abrieron su corazón y su alma, nació mi libro "La vida privada de la mujer alemana del Volga". Una obra que las rescató como mujeres, que les dio visibilidad, que mostró sus sensaciones y sentimientos, muchos de ellos reprimidos desde su infancia, y también puso al descubierto sus angustias y sus miedos. Los reales y los imaginarios. Les dio un espacio para que hablaran libremente de sus sufrimientos y de sus sueños postergados. De temas tabú, de los que nunca se atrevieron a hablar ni consigo mismas. Como la pasión y el sexo. Los matrimonios arreglados. La influencia del sacerdote en sus vidas no solamente conyugales sino íntimas y privadas. La presencia constante y censora de la Iglesia, de la sociedad y del que dirán, el mandato patriarcal, las costumbres y las tradiciones que pesaban sobre ellas.
Y las abuelas, al ver el libro publicado, se vieron y se sintieron reivindicadas, revalorizadas y al fin, libres de tantos años de opresión, incomprensión y silencio. Más aún, cuando la obra fue presentada en Buenos Aires y fue adquiriendo trascendencia y cada día mayor éxito, tanto en el país como en el exterior. Lo que significaba que no solo sus vecinos sino mujeres y hombres de otras ciudades y culturas se interesaban en ellas y en su pasado. Que las comprendían y entendían. Que querían saber de ellas y de la manera en que habían vivido y afrontado su niñez, su adolescencia y adultez, junto con el matrimonio y la llegada de numerosos hijos, cuya crianza y educación, les representó un sacrificio enorme, junto con el esfuerzo de trabajar a la par de sus esposos.
Pasado el tiempo, y transcurridos más de diez años de aquella experiencia literaria y profundamente humana, el libro continúa reeditándose permanentemente. El éxito de la obra sigue intacto. Se continúan vendiendo decenas y decenas de ejemplares. Y el interés de los lectores va en aumento. Hay quienes lo adquieren para leerlo y aprender, para tenerlo en su biblioteca, para descubrir su pasado de descendiente de alemanes del Volga y comprender su presente, también lo adquieren muchos estudiantes para utilizarlo como material de investigación para escribir sus tesis finales para obtener su título en la universidad, y maestros y profesores que lo usan en materias específicas en escuelas secundarias, terciarias y universitarias. Y, por supuesto, muchos lo desean para obsequiar.

Los Wickelnudel o Wickelkleis de mi abuela

Durante nuestra infancia, la abuela nos cocinaba suculentas ollas de Wickelnudel para todos nosotros, sus nietos, que éramos como quince.
Se levantaba bien temprano a la mañana, encendía la cocina a leña, tomaba mate y ya se aprestaba a reunir los ingredientes y a amasar: 1/2 kg de harina, 2 cucharadas de levadura, 1 pizca de sal, 1 huevo y leche.
Amasaba la receta que había heredado de su madre, que de niña, llegó de la aldea Kamenka, junto a sus padres, en barco, en una larga travesía de un mes, dejando atrás el mítico río Volga, al que jamás volvió a ver.
Acto seguido preparaba el estofado donde iba a cocinar los Wickelnudel, con: 500 gramos de carne, 4 dientes de ajo, 1 cebolla grande, pimientos de los tres colores, 2 zanahorias chicas y 3 papas medianas.
El resto de la receta la rescato en mi libro "La gastronomía de los alemanes del Volga", en el que atesoro muchas recetas más de la abuela, para compartirlas con ustedes.
Cada uno de los platos tradicionales que preparó mi abuela en mi niñez están ligados a recuerdos imborrables compartidos con ella, con mi abuelo, mis primos y mis tíos. Momentos que me llenaron de alegría y felicidad. Instantes que conservo frescos en mi memoria, pese a los años que transcurrieron.
Esos recuerdos estarán en mi corazón y en mi memoria para siempre. (Autor: Julio César Melchior).

sábado, 26 de diciembre de 2020

Stollen, el pan dulce alemán (historia y receta)

Fuente: actualidaddealemania.wordpress.com

El Stollen, también llamado Christollen, Weihnachtsstollen o Striezel es un pan dulce típico alemán. Por su forma debe recordar al niño Jesús recién nacido envuelto en pañales. Por eso su capa externa de azúcar glaseada.
Los orígenes del Stollen se remontan muy atrás en la larga tradición de la cocina alemana. Por eso no es de sorprender que la primera mención que se hace de este pan dulce en un documento escrito date del año 1329, en Naumburgo, a orilla del Saale, como un regalo ofrecido a un obispo. Claro que, por aquel entonces, era un pan mucho más liviano, ideal para los ayunos de adviento.
Recordemos que, por aquellos años, las tradiciones católicas no permitían la ingesta de leche y de manteca durante los períodos de ayuno. Por eso es que la masa de los primeros Stollen sólo podía ser elaborada con ingredientes sencillos, como agua, avena y aceite de nabos.
Esta forma de elaboración primitiva desagradaba profundamente a los nobles de la época debido a su sabor austero, por lo que en 1440 rogaron al príncipe Ernesto de Sajonia y a su hermano, el duque Alberto, que intercediera ante el Papa Nicolás V para que fuera posible incluir la manteca en la receta del Stollen. Pero el Papa rechazó rotundamente la petición.
El primer Papa que permitió por fin incluir este alimento en el ayuno de Adviento fue Inocencio VIII que en 1491 escribió una carta autorizando su uso, que fue llamada “Carta de la manteca” ( Butterbrief), poniendo como condición que se sustituyera el aceite por la manteca. La Butterbrief tenía aún algunas exigencias más insólitas: cada vez que se elaboraba un Stollen, debería pagarse una cantidad a la Iglesia para construir la catedral de Freiberg. La Butterbrief también establecía en sus comienzos que sólo los nobles y algunos de sus allegados podían probar este pan dulce, pero no pudieron impedir que pronto se extendiera al pueblo este permiso.
La influencia de Dresden
La tradición oral cuenta que un pastelero de la corte ( Hofbäcker) llamado Heinrich Drasdo en Torgau ( Sajonia) fue el primero en añadir frutos secos a la fórmula porque lo encontraba demasiado sencillo para ser un pan dulce navideño. Y así se “enriqueció” hasta llegar a la forma conocida en la actualidad, y al mismo tiempo el Dresden Stollen fue conocido primero en Sajonia y posteriormente en toda Alemania.
Como dato adicional podemos agregar que existen varias variantes de Stollen, como por ejemplo, entre muchos otros tipos, el MandelStollen ( de almendras), ButterStollen ( de manteca), MarzipanStollen ( de mazapán), MohnStollen ( de semilla de amapola), Nuss-Stollen ( de nueces).
Obviamente que el Stollen clásico sigue siendo el DresdenStollen. La tradición dice que tras haber sido cocinado en el horno, el Stollen debe reposar tres semanas en un sitio fresco, para que las frutas vayan dando el aroma y el sabor por su interior.
Y como broche final, a continuación la receta de un Stollen alemán :
Ingredientes:
1 kilo de harina de trigo
80 grs de levadura fresca
1 pizca de azúcar blanca
1 cucharada de leche tibia
250 grs de manteca
200 grs de pasas de uva
100 grs de almendras peladas y picadas
100 grs de cáscara de limón cristalizada
100 grs de cáscara de naranja cristalizada
Media cucharadita de sal
200 grs de azúcar blanca
2 yemas de huevo
2 cucharadas de manteca derretida
Azúcar impalpable para espolvorear
Preparación:
Colocar la harina en un tazón grande y deshacer la levadura encima. Espolvorear con la pizca de azúcar y agregar la cucharada de leche tibia. Tapar y dejar reposar durante una hora en un lugar tibio.
Calentar 375 ml de leche con 250 gras de manteca hasta que esta última se haya derretido. Verter dentro del tazón con la harina y la levadura, y agregar las almendras, las cáscaras cristalizadas, la sal, el azúcar y las yemas. Mezclar con las manos hasta formar una masa suave, después incorporar las pasas de uva. Volver a cubrir el tazón y dejar reposar en un lugar tibio durante otra hora o hasta que la masa haya duplicado su volumen.
Darle una forma alargada y colocar sobre una placa para llevar al horno.
Hornear en horno precalentado a 190° entre 45 a 60 minutos.
Retirar del horno y barnizar con dos cucharadas de manteca derretida.
Espolvorear con azúcar impalpable mientras aún está caliente.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Así se celebraba la Navidad en las colonias de antaño

En tiempos de nuestra niñez las celebraciones de Navidad eran muy austeras y humildes porque la mayoría de los habitantes de la colonia eran familias de escasos ingresos económicos y también porque, por aquellos años, lo más importante no eran ni el pino lleno de adornos y menos que menos las grandes comilonas, con sus respectivas sobremesas de pan dulces y ostentosos brindis, sino la asistencia a misa, llamada "Mette", o Misa de Gallo, que comenzaba a las doce de la noche, hora en que se conmemora el natalicio de Jesús.
A esta misa asistía toda la colonia, mayores, adolescentes y niños, absolutamente todos. Salvo los que se encontraran impedidos por alguna causa física o tuvieran a su cargo una tarea laboral impostergable, contaban con el permiso para faltar.
No se admitía, bajo ningún punto de vista, no concurrir a esta misa. Además, nadie lo hubiera hecho. No se asistía por obligación sino por convicción y por fe: se creía profundamente en Dios y la fe se practicaba con el ejemplo.
Lo importante era que la familia completa estuviera presente al momento de producirse el nacimiento del Niño Dios.
Y ese nacimiento se celebraba con alegría, con los corazones alborozados de felicidad y pletóricos de esperanza.
Y un último detalle, fundamental para la Navidad y los niños de la época, después de misa, una vez que toda la familia estaba ya en casa, llegaba el Pelznickel y el Christkindie. Dos personajes que marcaron fuertemente nuestra niñez. (Autor: Julio César Melchior).

miércoles, 23 de diciembre de 2020

El Pelznickel y el Christkindie, dos personajes tradicionales de la Navidad de los alemanes del Volga

El Pelznickel, de barba enmarañada, arrastrando su larga y gruesa cadena, ataviado de prendas oscuras y gastado sobretodo negro, viene vociferando sonidos guturales, cual monstruo prehistórico escapado del fondo de los tiempos para castigar a los niños díscolos. En la mano un Rutschie, una rama fina y delgada, para descargar sobre los dedos de los infantes que, una vez sorprendidos en su falta, no saben rezar o, a causa del pánico, se olvidan del Padrenuestro, confundiéndolo con el Avemaría. 
Un solo eco de su voz a lo lejos, provoca que los niños huyan despavoridos a esconderse debajo de la mesa y de la cama o detrás de la falda de la madre. Imposible huir de este personaje que conoce las faltas y las travesuras cometidos por todos los niños de la colonia a lo largo del año.
Pero como todo tiene su recompensa, una vez que el Pelznickel hubo partido de la casa, dejando a los niños inmersos en un mar de lágrimas, llega el Christkindie, el niño Dios, personificado en una niña vestida de blanco inmaculado, para calmar el llanto, mitigar el sufrimiento y brindar consuelo a las almas de los pobres niños de la colonia.
Toda ella es dulzura y santidad y lleva colgado en uno de sus brazos, una canastilla llena de galletitas caseras, frutas y alguna que otra humilde golosina que, para los niños colonienses, es el manjar supremo, una delicia que saborean solamente en estas ocasiones o en Pascua, cuando llega el conejito.  (Autor: Julio César Melchior).