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martes, 5 de mayo de 2015

Candado

Por Miguel Angel Masson

“…Domingo 10 de Noviembre de 1985, el terraplén se ha-
bía roto. Las defensas habían cedido. Epecuén se esta-
ba inundando. La tragedia había llegado” , Laspiur,
Roberto Hugo, “La inundación de Epecuén”, pag 21.
                                 
1.-
Miguel Ángel Masson
Más de veinte años después, Catalina, ya viuda, regresa. Sube a un bote y navega por encima
de lo que fue su casa y el galpón. Bajo el agua se ven las paredes, la fosa, el baño y los dormitorios de la casa. Pide que se detengan un poco encima de su terreno.  Distingue la cama matrimonial que quedó encerrada en las paredes del dormitorio, los artefactos del baño y la mesada de granito de la cocina.

Las aguas siguen bajando y los nietos la convencen de llevarla a la villa.
-Ya se fue el agua abuela, no te va a hacer mal.
No lo puede creer cuando sus pies caminan rompiendo la sal acumulada del patio de su casa. Al llegar a lo que fue la entrada del galpón, algo llama su atención en el piso. Le pide al nieto que escarbe y saca un candado lleno de salitre. Está entero. Lo frota y vuelve a salir el brillo por sus ganchos de acero.

Domingo de fiesta. Carhué. Inauguran el nuevo piso del taller “Los nietos”. A los postres, Catalina pide la cartera.  A su lado el cura que vino a dar su bendición. Todos en silencio miran esos ojos azules que buscan y encuentran algo. Saca una virgencita de Luján y un candado, como nuevo, reluciente.
-Que la virgencita los proteja y que este candado que fue todo lo que quedó de nuestros sueños en Epecuén, aseguren siempre el amor, la salud y el trabajo.

2.-
Seis brazos levantando la mitad del portón, tratando de calzar las bisagras en los ganchos amurados a la pared. Catalina sostenía con sus manos,  dando las coordenadas.
-Un poco mas arriba, atrás, abajo, ahí, justo ahí, ya está.
Con un chirriar de metales, las hojas de chapa con fierro ángulo, soldadas  y cruzadas transversalmente por un tensor, comenzaron a bambolearse en sus ejes.
-Ahora la otra, que andamos bien -repetía Catalina.
Y así el galponcito que con tanto esfuerzo habían construido, lucía un par de portones bien seguros.
-Esto hay que festejarlo como corresponde –dijo Luis, el menor de los seis hermanos.
José, el mayor,  por la mañana había carneado el cordero que quedó colgado  del aguaribay para orearse y estar justo para la noche.
En el taller que trabajaban con su padre Adán, se cobraban los trabajos, pero eran muchas las gauchadas que sus generosos clientes,  pagaban  con un lechón o cordero.
Taparon la fosa, armaron con unas tablas la mesa, sacaron los naipes y entre chorizos secos y damajuana acompañaron con sus gritos el crepitar de las llamas dorando el cordero crucificado.
José arrancó la hojita del almanaque de taco de la cooperativa.
-Che estamos atrasados un día -rió, quedando a la vista: 13 de Octubre de 1985.
Hacía ya más de diez años que habían llegado de la Colonia. Con lo que vendieron, compraron  un terreno grande con una casita atrás que fueron acomodando. Recién ahora se daban el gusto de terminar el galpón con luz y agua. No eran de bañarse en el lago, pero Epecuén prometía mucho trabajo y salud. Con eso sobraba. A los hombres de la casa les costó decidirse. Fue Catalina la que  vió la posibilidad, de que la familia tuviera mas futuro en esa villa que crecía y crecía. Y no se equivocó. Adán, su marido había sido peón rural, pero siempre se preocupó por las herramientas del campo. Esto lo hizo conocedor de fierros y soldaduras. Al tiempo era mecánico. Dos de sus hijos, José y Luis se quedaron con él en el taller. Le venían muy bien, su cintura y rodillas ya mostraban el paso del tiempo, los excesos y la brutalidad del trabajo. Graciela,  la menor, no se despegaba de su madre, los otros dos varones se fueron con el ferrocarril. Pedrito, que vivió sólo ocho horas, el primerizo, estaba enterrado en la colonia, con cruz, porque pudieron bautizarlo.
Catalina y Graciela trabajaron a la par de los hombres, pasando ladrillos, alcanzando los baldes y  con la pala.
Tenían su quinta, algunas gallinas y al fondo todos los años engordaban una chancha para la carneada que invariablemente se hacía con la primera helada de mayo. Con eso se aseguraban una parte importante de su dieta alimentaria. Todavía entre ellos hablaban en alemán precario, que trajeron sus abuelos de las llanuras del Volga.
En la villa todo era un hervidero. Se preparaban para recibir a miles de turistas. Los dos hijos colaboraban con las cuadrillas de pobladores que taponaban, cuando había alguna filtración,  el inmenso terraplén que se había construido para contener el agua que venía de otras lagunas. Parecía un pueblo amurallado.  Siempre alguno  decía que podía pasar algo, pero prevalecía la alegría por el taller recién terminado y la buena temporada que se iniciaba.
Una mañana Luis encontró la fosa inundada.
-Las napas están muy altas -dijeron. Sacaron el agua con baldes, pusieron tablones de madera y siguieron trabajando.
Catalina, una tarde, se cayó. El piso estaba desnivelado. Había cedido un rincón del galpón.
-Son los cimientos -dijeron. Rellenaron el pozo con escombros y ni se notaba.
El dìa tan esperado de la inauguración llegó.  El tío Anselmo trajo a la abuela para que conozca el nuevo taller. Ella se había quedado en la colonia y le mezquinaba a viajar y moverse fuera de su casa. Pero les había prometido ir y allí estaba. La llevaron de recorrido por la villa, hizo algunas preguntas con cierta inquietud al ver el terraplén.
-Todavía no vino el párraco che, a bendecir –dijo la abuela arrastrando las erres y pronunciando alguna “ a”  por una ” o”.  Todos fijaron su atención en esos ojos azules, mientras sus manos sacaban de una bolsa dos envoltorios bien prolijos.
-Les traje dos regalos, -dijo desenvolviendo y mostrando bien alto un crucifijo.
-Esta cruz ayudó al difunto abuelo a no morir de cólera ni de tifus en el barco. La trajo  de Rusia. Pueden ponerla en el galpón, a la entrada, -dijo la abuela sin dar lugar a comentarios.
El silencio rodeaba toda la cocina. Solo el tío Anselmo que había comido y bebido mucho, apenas pudo sujetar una contracción espasmódica de su diafragma,  aspirando casi todo el aire del lugar.
Graciela recibió el crucifijo con devoción. Con besos en ambas mejillas agradecieron a la abuela.
-Pero no es todo -dijo la abuela mientras seguía revolviendo la bolsa.
Lo desenvolvió y todos se sorprendieron. El fuerte candado lucía brillante, con sus ganchos dobles de acero inoxidable y el cerrojo de doble paleta con tapa.
-Para que lo pongan adelante, para cerrar los portones.
Ellos, en familia, nunca aplaudían, pero, esta vez, otra cosa no les salió y todos se levantaron a besar en ambas mejillas a la abuela.
Hasta el tío Anselmo se despertó definitivamente de su siesta junto a la mesa.
Esa noche durmieron con candado en los portones y el crucifijo puesto encima del tablero de las herramientas.
Se anunciaban lluvias intermitentes para toda la semana.

Carhué, 7 de Abril de 2015
Texto escrito surgido de la vista de una foto en la presentación de “Habitadas”, en las ruinas de la Villa Epecuén.
Miguel Angel Masson

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