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viernes, 25 de octubre de 2013

Memorias de Conrado Siebenhardt: ¡Pobres pero felices!

Una cocina a leña, bosta de vaca para quemar y calentar el ambiente, una mesa larga de madera, una banco contra la pared, una alacena antigua, unos cucharones, sartenes y cacerolas colgadas de la pared, una carpeta tejida a croché y sobre ella un adorno, una pava siempre hirviendo, con a punto para cualquier menester: desde tomar mate hasta desplumar una gallina.
Mi madre yendo y viniendo. Lavando ropa. Cocinando.  Siempre trabajando. Cantando en alemán. Feliz. Y en las noches rezando su rosario de perlas negras. Murmurando plegarias. Mirando el mañana. Seguramente soñando un futuro mejor para sus hijos pobres. Para sus hijos que, a los diez años, ya laburaban a la par de sus padres.
Esos son los recuerdos más entrañables de mi infancia.
Jugando con mis hermanos a los Koser, Loftipier y otros juegos tradicionales, más otros que inventábamos nosotros imitando las tareas rurales. Trepar árboles. Husmear los nidos de los pájaros. Cazar peludos para comer. O perdices. Y hasta palomas cuando la malaria era grande. Libres. Felices a pesar de la escasez de todo. Siempre corriendo. Por la colonia, por las calles de tierra, detrás de los carros, metiéndonos, sin permiso, en las quintas de los vecinos para robar alguna sandía. O corriendo por el campo, cazando mariposas, atrapando bichitos de luz. Jugando siempre jugando. Pobres pero felices.

¡Y mamá nunca volvió a sonreír!

Muchas noches vi llorar a mi madre mientras cenábamos lo que había. Poco y nada. Lloraba en silencio y en secreto; pero yo me daba cuenta. Veía su rostro triste, sus ojos húmedos y sus labios orando a Dios para que nos conceda una comida decente. Pero nadie la escuchaba. Estaba sola con nosotros cinco, sus hijos. Papá murió cuando éramos muy chicos y mamá muy joven.
Nos sacó adelante sola. Sufriendo mucho. Trabajábamos en un tambo: mamá y todos sus hijos, hasta el más pequeño, de ocho años. Todos ayudábamos a ordeñar. Nos levantábamos a las cuatro de la mañana. Con unas heladas que partían la tierra. Titiritábamos de frío. Las manos se nos congelaban. Algunos de mis hermanitos lloraban de dolor; pero no quedaba otra: había que trabajar; teníamos que ganarnos la comida.
Así estuvimos muchos años. Hasta que fuimos creciendo y entre todos los hermanos pudimos darle una mujer vida a mamá. Le compramos una casa. Comida digna. Las cosas comenzaron a marchar mejor.
Mamá hacía quinta en el fondo de la casa, no podía estar sin hacer nada. Era feliz. Reía. Cantaba.
Pero un día los hermanos comenzamos a casarnos. Era natural. Primero uno, después otro… Mamá lloró cada boda como si fuera un duelo porque con cada boda se iba quedando un poquito más sola. Y un día, efectivamente, se quedó sola. Totalmente sola en la casa. Fue cuando se casó el último hijo soltero. Quedó desolada. Huérfana. Desamparada. ¡Y nunca volvió a sonreír!

Las recetas de la abuela en un gran libro

Arde el fuego en la cocina a leña. La sopa exhala su vaho de vapor. El ambiente huele a caldo. Abuela cocina. Su casa es un hogar donde se comen las comidas más ricas. Ella sabe recetas que heredó de su madre y ésta, a su vez, de la suya, generación tras generación, durante centurias. Las llevaron de Alemania al Volga y del Volga las trajeron a la Argentina. ¿Dónde? En la memoria. Jamás estuvieron escritas en papel alguno. Simplemente las legaban.  Las transmitían demostrando cómo se hacían. Así sobrevivieron. Y así continuarán sobreviviendo, sostiene abuela.
¡Y tiene razón!

¡Nuestra identidad!

Bajaron del barco. Viajaron en tren. Llegaron a sus colonias. Levantaron sus casas de adobe. Sencillas y humildes. Ladrillo sobre ladrillo. Esfuerzo sobre esfuerzo. Araron la tierra. La sembraron. Cosecharon. Y la volvieron a arar, sembrar y cosechar. Hicieron todo eso y mucho más. Lo hicieron sin conocer una sola palabra de español.  Hablaban, cantaban y rezaban en alemán. Y la nueva patria y Dios los entendieron y comprendieron. La Argentina los cobijó dándoles la oportunidad de un destino de prosperidad y Dios los protegió llenándoles las almas de gracia y las manos de abundancia.
Con el transcurso de los meses nacieron los hijos. Con los hijos surgió un hogar. Con el hogar una comunidad. Con la comunidad una colonia. Y con la colonia una iglesia, una escuela, almacenes de ramos generales…
Y llegaron más familias. Y la colonia creció. Se levantaron casas de ladrillo, grandes, hermosas, con jardines. Se embriagaron de lujo. Nació el deseo de tener dinero. De poseer cosas materiales. Floreció el ansia de poder. Se formaron clases sociales. Ricos muy ricos y pobres muy pobres. Unos pocos pudieron estudiar. Muchos tuvieron que comenzar a trabajar desde niños. Se acrecentó la desigualdad. Se perdieron tradiciones, costumbres…  Se olvidó el origen. Empezó a desaparecer el idioma. La identidad tambaleó.
Hasta que un día unos pocos comprendieron lo que estaba sucediendo: las raíces culturales morían. Había que hacer algo. Y esos pocos hicieron.  Y todavía están haciendo. “Hay que conservar lo que aún tenemos y rescatar lo que ya perdimos”, decidieron. Eran pocos, es cierto. Pero su trabajo está dando frutos. La identidad se está recuperando. Están volviendo a ser lo que nunca debieron dejar de ser: alemanes del Volga. Descendientes de inmigrantes de alemanes de una aldea del Volga, con sus costumbres, tradiciones, cultura e historia. En suma: ¡con su identidad! ¡Nuestra identidad!

¿Qué clase de colonias se fundaron en el país durante la gran inmigración?

El reverendo Rhys junto a su familia, 
en una fotografía tomada en 1896
Es por demás conocida la historia de cómo se afincaron los alemanes del Volga en el distrito de Coronel Suárez. También sabemos el tipo de contrato que firmaron con Eduardo Casey y el acuerdo al que llegaron para fundaron una determinada clase de colonias. Pero asimismo es interesante extender la mirada y observar con criterio amplio qué acontecía en el resto del país y preguntarse: ¿qué clase de colonias propiciaba fundar el gobierno argentino al alentar el ingreso masivo de inmigrantes? La respuesta la encontramos en la obra del Reverendo William C. Rhys, escrita en 1902.

William C. Rhys llegó a la Argentina a fines del siglo XIX para hacerse cargo de la iglesia bautista en Chubut, donde permaneció quince años, sirviendo pastoralmente a la grey galesa. De regreso a su tierra natal, Gales, en 1902 escribió sus memorias, que recién fueron publicadas hace unos pocos años por uno de sus nietos.
En esta obra, titulada “La Patagonia que canta”, el reverendo, con abundantes datos recogidos en el lugar, traza la historia de los pioneros galeses que el 28 de julio de 1865 arribaron al país para colonizar una porción de tierra patagónica. De entre su pintoresco relato, donde revive la epopeya colonizadora de sus compatriotas, es interesante extraer un párrafo en el que reflexiona respecto a las clases de colonias que se establecían en la Argentina a finales del siglo XIX, durante el masivo arribo de inmigrantes.
El reverendo Rhys explica que eran tres. A saber: “1) Algunas son solamente especulaciones lucrativas de aventureros. Los hombres celebran contratos con el gobierno para asentar tantos hombres en tantas leguas de tierra. El gobierno asegura las mayores facilidades y parte de la concesión se divide en pequeños lotes, que son vendidos al precio más alto que se pueda obtener de los colonos. La parte restante de la concesión se reserva hasta que la colonia haya ganado un buen nombre y buenas perspectivas. Se ayuda a los colonos con comida, animales, implementos, semillas, alambrados, etcétera, y se les facilita el crédito. Esta clase de colonias por lo general es la ruina de los colonos pobres que, confiados en el éxito, son fácilmente inducidos a la especulación y arrastran el asfixiante peso de las deudas. Bajo esta carga, después de luchar contra algunas temporadas malas y otros incidentes desafortunados, comunes a las mejores colonias en estado embrionario, son aplastados y sucumben; los lotes, las mercancías y las mejoras vuelven a sus antiguos dueños. De esta forma hay muchos colonos trabajando para las compañías ferroviarias.
2) Las colonias establecidas directamente por el gobierno son de otra clase. La gente es inducida a colonizar mediante el ofrecimiento de una generosa porción de tierra y una asistencia sabia y limitada para comenzar. El progreso .de estas colonias es más lento y menos ostentoso al principio, pero también es menos desastroso para los colonos sin capital, que con el correr del tiempo suelen ser los más prósperos. Las desventajas radican en que estas colonias por lo general están ubicadas en distritos alejados de mercados convenientes, etcétera. Los especuladores tienen una manera sutil de conseguir las mejores tajadas de tierra para sus propias concesiones.
3) A la tercera clase pertenecen las colonias creadas por filántropos, por medio de las cuales buscan establecer una comunidad de acuerdo con alguna idea y así producir, desde cierto punto de vista, una sociedad modelo.
Estos hombres obtienen una concesión de tierra y la colonizan con inmigrantes especialmente conseguidos a ese fin. Algunos de estos colonos tienen éxito y otros no. Y en caso de fracasar, los filántropos son los que pierden.
Por otra parte, si estos fundadores y héroes bien intencionados tienen éxito, reciben como recompensa más aplausos que provecho y más gloria que ganancia. Sin embargo, generalmente la retienen hasta que dejan de estar sobre la tierra”.

jueves, 24 de octubre de 2013

La historia de la abuela Aurelia

Aurelia nos mira. Suspira hondo. Sus ojos color cielo se llenan de nubes: amargas secuencias que hilvana en un dejo de voz cansada y desbordada de angustia. Entre sus manos tiene una Biblia y entre sus dedos un rosario que reza en las largas horas de su eterna soledad en la que vive confinada después que la vida le quitó tres hijos y un marido.

“No es bueno para nadie envejecer tanto, uno se queda muy solo. Dios se va llevando lentamente a nuestros seres queridos y nos deja solos en el mundo, sin saber qué hacer y para qué seguir viviendo. Ni siquiera nos deja fuerzas en el cuerpo para seguir trabajando –reflexiona Aurelia con sus 90 años recién cumplidos.
“Mis días son largos, no se terminan nunca. No puedo hacer nada. Me cocina y me cuida una señora. Ya no puedo ni siquiera lavar mi ropa. No soy más que un estorbo que se arrastra por la cocina con su andador. Dios no debería permitir que una persona viva tanto –repite.
“Antes por lo menos podía trabajar. Hacía de todo. Con mi marido teníamos una quinta en el fondo del patio. Ahora está llena de yuyos. Me da tanta pena verla. Era tan lindo en verano regar la lechuga, los rabanitos, los zapallitos, el repollo para hacer chucrut y los pepinos para hacer conservas. Es triste vivir así. Ya estoy muy vieja para todo. Muy vieja y muy sola. ¿Para qué seguir viviendo de esta manera? –pregunta.

martes, 22 de octubre de 2013

El duro comienzo del abuelo al llegar a la Argentina

La calle es larga, ancha “igual que las del Volga” –piensa el colono que llega a la colonia desde Rusia. “La única diferencia es que todavía no ninguna casa de ladrillos”.
Y así es, la colonia apenas fue fundada hace unos años y el trabajo de la roturación de la tierra virgen se llevó los días y el tiempo libre para pensar en comodidades. Porque como le van a contar dos o tres horas después “los años vienen malos y la helada se ‘roba’ cosecha tras cosecha”.
“Estamos peor que cuando llegamos” –le confiesan. “No sólo que no logramos obtener un sólo buen grano de trigo sino que estamos muy endeudados con el gobierno”.
A pesar de todo el colono avanza con su enorme baúl de madera a cuestas. Camina lento, agotado después de cruzar el océano en un barquito de papel y haber transitado media Argentina en medio del humo y la tierra de un tren que corría cruzando la pampa desolada y deshabitada.
Lo reciben con júbilo, sin embargo. Le preguntan por la aldea natal, cómo están los familiares que optaron por quedarse allá… por la situación social y política: con la esperanza que el zar haya dado marcha atrás a los ukases que anularon el Manifiesto de Catalina.
Les cuenta, triste, sombrío, que todo sigue igual. Que el pueblo ruso va rumbo a una revolución. Que cada vez hay personas que se conocen como socialistas. Que la intolerancia va en aumento. Que casi todos los días hay manifestaciones públicos en las que mueren varias personas en manos de los soldados del zar. Que las aldeas del Volga se desangran de habitantes y que la mayoría ya emigró o va a hacerlo pronto.
Que ya no queda dónde regresar. Que ya no hay otra solución que vencer la indómita pampa argentina y soñar esperanzados que, de una vez por todas, “este suelo les trigo y con él una patria, con pan, una vida tranquila y prosperidad para las futuras generaciones”.

lunes, 21 de octubre de 2013

Nunca voy a olvidar a mi hermana

Mi hermanita era dos años menor que yo. Jugábamos a la escondida, a la payana, a la mancha. Reíamos juntos. Llorábamos juntos. Compartíamos nuestras aventuras, nuestras alegrías, nuestras angustias, nuestras esperanzas. Éramos inseparables. Nos queríamos mucho y nos prometimos no separarnos jamás. ¡Qué ingenuos que fuimos!
Un día, cuando mi hermana cumplió catorce años, papá la mandó a trabajar con una familia amiga a la Capital Federal. Lloramos mucho los dos. Ella no quería ir y yo no quería que se fuera. Pero papá no nos escuchó. Necesitaba el sueldo para mantener a la familia. Y vi como se alejaba en el tren llorando. El sufrimiento fue inmenso y desgarrador. Pero la distancia y la ausencia hicieron su trabajo demoledor: al principio nos escribimos, luego ni eso siquiera. Ella no tenía dinero suficiente para venir a visitarnos y yo no tenía plata suficiente para ir a verla. Un día supe que se casó. Después me casé yo. Cada uno comenzó a tener sus propios problemas y sus propios hijos y nos fuimos separando más y más y más.
Jamás volví a saber de ella. Me olvidé de mi pasado, sumergido como estaba en los  problemas cotidianos, hasta que un atardecer alguien me trajo la noticia de que mi hermana había muerto hacía un año ya. ¡Un año entero que mi hermana estaba bajo tierra y yo viviendo feliz, como si nada, sin sufrir su muerte, sin derramar siquiera una lágrima! ¡Tanto que la quería! ¡Tanto que nos quisimos! ¡Tan felices que fuimos en la niñez! Me arrepentí de no haberla buscado nunca, de haberme dejado llevar por la inercia de la vida y el destino. Lloré pera ya era tarde hasta para eso. Me duele en el alma la idea de que, por más que viva cien años, jamás voy a volver a ver a mi querida hermana Laura.

sábado, 19 de octubre de 2013

“Tuve una vida muy feliz” -cuenta la abuela Ana Catalina Denk

Ana Catalina Denk es la mayor de ocho hermanos. “Eso me condenó a ser una solterona” –afirma sin reproches. “Primero tuve que criar a mis hermanos y después tuve que hacerme cargo de mis padres cuando envejecieron” –revela contando su historia de vida. “Y lo hice con mucho amor”.


De edad avanzada, casi pisa los 90, Ana sonríe satisfecha de su vida, como diciendo “misión cumplida”.
Sus manos están enlazadas por un rosario de perlas negras. Explica que reza cuando está sola, de día, de noche, y que Dios la cuida. Que la protege. Lo cuenta porque vive sola. Se cocina su propia comida. Es fuerte. Es como un roble.
Sus hermanos, los que aún viven, la visitan diariamente. Tiene caramelos en los bolsillos para los niños de los vecinos que llegan a su casa para visitarla y la llaman abuela. Todos la quieren. La miman. Pese a no haberse casada jamás estuvo sola.
“Tuve una vida feliz” –sentencia cerrando la entrevista.

sábado, 12 de octubre de 2013

Traumática noche de bodas de una mujer alemana del Volga

Contada sin tabúes, de manera cruda, reveladora, real y objetiva. Espejo de muchas mujeres alemanas del Volga que debieron soportar idénticas experiencias de vida.

-Me llamaron a la cocina, donde papá y mamá estaban conversando con una familia vecina acompañada de uno de sus hijos, para presentarme a mi futuro marido. Me dijeron: “María, este es Juan y va a ser tu esposo”. Yo los miré desconcertada y asustada. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Juan no me gustaba ni un poquito y yo todavía no quería casarme. Tenía 15 años y muchas ganas de seguir jugando a las muñecas. Pero la decisión ya estaba tomada. En aquellos años ninguna chica se hubiera atrevido revelarse o protestarles a los padres. Todas las decisiones que tomaban eran para nuestro bien. Ellos sabían lo que hacían y jamás se equivocaban –cuenta María.
Las tradiciones y costumbres marcaban el ritmo social, familiar y la vida privada en que se desarrollaba la existencia de todos los habitantes de la localidad. Cada movimiento, cada decisión de sus integrantes, estaba regido por esquemas rígidos establecidos por la Iglesia: moral férrea y el espacio para la individualidad, escasa. La existencia privada y pública estaban signadas por el ojo censor del otro en la idea de una comunidad que lo veía todo a través de la mirada de Dios. Sin piedad ni concesiones. Sin tener en cuenta ningún tipo de atenuantes, por más valederos que pudieran parecer o ser. Nada justificaba el perdón de lo que se consideraba una falta. El que la cometía sabía a lo que se exponía. Y desobedecer a los padres era una de las faltas consideradas mayores.
María bajó la cabeza, escondió las lágrimas y se sentó a la mesa para escuchar cómo sus padres y sus suegros comenzaban a trazar su futuro: concertaron los días de visita de los novios; arreglaron los detalles de la celebración de la boda, con una gran fiesta familiar que se prolongaría durante tres días; fijaron el lugar dónde se iba a radicar el nuevo matrimonio; dónde iban a trabajar; lo que se esperaba de la esposa y del esposo; cuánto se iba a gastar y cuánto necesitaban para empezar a formar una familia.
El noviazgo empezó formalmente cuando María comenzó a recibir la visita de Juan los domingos, de cuatro a seis de la tarde.
-Los dos nos moríamos de vergüenza –recuerda María-. Ni siquiera nos conocíamos. No nos mirábamos a la cara. Mamá estaba siempre presente vigilando lo que hacíamos. Yo tenía que servir mate con Kreppel. Los minutos no pasaban más.
Los padres la habían colocado en un espacio nuevo: el de ser novia. Y debía comportarse como tal pero no sabía exactamente qué se esperaba de ella. Temerosa, llena de dudas e incertidumbre, cumplió con el protocolo.
Ni ella ni el novio tenían la posibilidad de modificar nada. El futuro de los dos estaba resuelto. Primero por los padres y luego por el sacerdote desde el momento en que, encaramado en el púlpito, anunció la buena nueva del casamiento de Juan y María.
Se casaron sin apenas darse un beso en la mejilla. Sin haber estados solos en ningún instante. Mientras se prolongó el noviazgo jamás se atrevieron a salir de la cocina de la novia como tampoco los abandonó la presencia supervisora de la madre.
María llegó a la noche de bodas virgen de todo conocimiento sexual.
-Cuando nos quedamos solos en el dormitorio me largué a llorar desconsoladamente –confiesa -. Me quería ir a mi casa, con mi mamá.
Estaba sola en el mundo en un lugar desconocido y con una persona totalmente ajena a ella, a la que solamente le había tomado la mano al salir de la iglesia: fue el único momento en que sintieron el calor de sus cuerpos.
Juan se desnudó. Cuando estuvo sin ropas se paró frente a ella, esperando lo mismo. María quedó horrorizada al posar su mirada entre las piernas de Juan. Fue un shock tremendo.
-Sentí miedo. Entré en un estado de pánico –revela-. Tenía miedo que me lastimara. No sabía que me esperaba. Nunca había vista a un hombre desnudo y lo que veía me daba terror. Fue la noche más terrible de mi vida.
No sabía qué hacer ni qué actitud asumir. Por lo que optó por no hacer nada. No se movió. Fue Juan quien la desvistió torpemente. La recostó sobre la cama e hizo lo que un hombre debía hacer: poseer a la mujer.
-Me quedé paralizada de miedo –evoca sin tabúes María-. Me dolió mucho. Sufrí. Grité de dolor. Me acuerdo de la sangre y todavía se me pone la piel de gallina. No sabía de dónde venía. Me asusté. Pensé que Juan me había perforado la panza. Quería irme a mi casa, con mi mamá; pero Juan se enojó mucho y me gritó: “Ahora yo soy el que manda”.
El sexo se transformó en algo malo y en un trámite para complacer al marido y de paso engendrar hijos. Nada más. No hubo belleza. No hubo ni un detalle sublime. No hubo afecto. No hubo ternura. Todo fue –y siguió siendo en lo sucesivo- meramente mecánico. Sin sentimientos de ningún tipo. Sin deseo. Sin lujuria. Sin éxtasis. Todos los días, toda la vida.

viernes, 4 de octubre de 2013

La sociedad de los alemanes del Volga y sus status sociales

 “La riqueza argentina modificó la sociedad de los alemanes del Volga: antes tan solidaria, ahora plagada de egoísmos e individualidades. La fortuna que rápidamente acumularon algunos inmigrantes, le quitó el rasgo solidario tradicional que mantuvieron los alemanes del Volga en Rusia, donde nadie era dueño de nada y todos eran propietario de todo. Solamente los más humildes y los que componían la “clase media”, según el criterio social de esta etnia, sostuvieron por mucho tiempo el valor fundamental de la solidaridad”

Aquí en la Argentina, como en Rusia, los alemanes del Volga permanecieron en comunidades totalmente cerradas, lo que les permitió conservar una autonomía propia, libertad de culto y de enseñanza, conservación del idioma, amén de otros privilegios. Mantuvieron inalterables el conocimiento, el credo, el arte, la moral, las costumbres y los hábitos y conductas que los identificaban como pueblo. Sin embargo, la sociedad que componían sufrió grandes transformaciones internas. Dejó de ser comunitaria para convertirse en una sociedad con distintos estatus sociales: la clase baja de ínfimos recursos residentes en las zonas más alejadas del centro de la localidad, que participaban de un estilo de vida de subsistencia; una clase media, compuesta por personas que trabajaban subordinadas a las ordenes de la clase alta en las estancias como peones, encargados, sirvientas, niñeras, etc.; y la aristocracia, formada por un grupo relativamente pequeño de familias que poseían considerables propiedades adquiridas por herencia familiar y que descendían directamente de los fundadores.
Este cambio radical en su comportamiento social fue posible porque aquí en la Argentina los alemanes del Volga se encontraron de pronto dueños de lo que poseían, en contraposición de lo que había sucedido en Rusia, donde el Imperio continuaba siendo dueño de todo lo que tenía el colono. Y como se sabe, la propiedad siempre otorga poder y su posesión coloca a sus propietarios por encima de sus semejantes, y en una esfera social, política, educativa y cultural más alta.
Para poder comprender a los alemanes del Volga en la Argentina es necesario concentrarnos en determinados aspectos que los caracterizan, por un lado nos encontramos con un fuerte etnocentrismo que los identificaba y les confería mayor cohesión como grupo generando en ellos una fuerte negación a adoptar rasgos culturales provenientes de otros grupos y por otro lado una gran exaltación por su raza, por lo que se negaban rotundamente a cualquier tipo de relación con latinos.
Estas características heredadas de los antepasados creaba profundas brechas entres éstos y los demás grupos que componían las localidades aledañas.
La vida cotidiana de las familias aristocráticas se manifestaba en el conjunto multitudinario de hechos, actos, relaciones y actividades llevadas a cabo en la vida social. Porque estas familias además de poseer las viviendas más suntuosas podían  darse el privilegio, a raíz de las horas de ocio que sustentaban con su capital y dinero, de llevar una vida social que las personas humildes no lograrían concretar jamás, porque tenían que ocupar su tiempo en el trabajo para ganarse el pan y el alimento diario.
La religión fue el elemento principal de cohesión de toda la comunidad y también un recurso muy poderoso en manos de las familias aristocráticas, cuyos hijos tenían acceso a una preparación cultural más elevada a la que conseguían acceder el resto de las personas, y por lo tanto más laica y filosóficamente acorde a los postulados modernistas que transformaron al siglo XX. La religión era además la generadora de una ideología que, por intermedio de los párrocos, nutría  a sus fieles de una publicación, “Der Volksfreund” , que generaba la conformación de campos políticos e influía en la determinación personal de los hombres de las familias más poderosas de las localidades.
La elite aristocrática compartía una cultura política que se manifestaba a través de determinadas actitudes que luego compartían todos los integrantes de la comunidad. Además, el carácter político de la sociedad se generaba al ser enunciado por las familias de clase alta que actuaban como dirigentes en la vida comunitaria de los pueblos.