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miércoles, 30 de enero de 2013

El abuelo que quería salir a caminar por la colonia


“No importa. Que me miren, que me vean pasar, que opinen lo que quieran: que soy un viejo chocho, que tiemblo al caminar, que babeo un poco al hablar, que repito varias veces los mismos relatos en un dialogo, que soy hincha, que molesto… En fin, todas esas cosas que piensan los jóvenes de los viejos. Cosas que piensan pero no se atreven a decir. Porque son más sutiles: lo demuestran con gestos apenas perceptibles, murmullos, susurros y sonrisas forzadas…
“Sí, no importa. Que piensen lo que quieran. De todos modos voy a salir a caminar. A recorrer la colonia, a ver la gente que la habita… hace tanto que no salgo que ya ni acuerdo cómo son las personas de mi propio pueblo”.
Reflexiona el anciano mientras se viste, lentamente, titubeando, con torpeza, sentado en la cama. Se pone de pie; se mira en el espejo. Los ochenta años no llegaron solos, piensa. Aunque se siente joven. Fuerte y de mente sana. Aún sirvo, piensa, lástima que mis hijos y mis nueras no piensen lo mismo.
Sale de la habitación, se dirige a la puerta de calle, va a posar la mano sobre el picaporte cuando de súbito alguien lo detiene… Es su nuera. “¿Adónde va, abuelo? No sabe que no puede salir solo a la calle? Es muy peligroso. Puede perderse. O le puede pasar algo”.
El anciano la mira y el universo de planes se le viene encima y lo aplasta. Sabe que no va a poder salir a caminar como planeaba. Está preso en su propia casa. La casa que le dejó en herencia a su hijo.

lunes, 28 de enero de 2013

Un gesto que engrandece a la gente de los pueblos alemanes

Fuente:
 Agradecimiento de Oscar Steimbach. Don José Rollhaiser, conocido trabajador del Cementerio Municipal del Pueblo San José, devolvió $9.000 en efectivo encontrados en la vía pública.

La historia comenzó a escribirse el miércoles, aproximadamente a las 20 hs., cuando se hicieron presentes en la Redacción de La Nueva Radio Suárez el señor Oscar Steimbach y su esposa frente a la angustia de haber extraviado la suma de $9.000 en efectivo que se encontraban en un fajo atados con una bandita elástica y el ticket de la institución bancaria que había entregado ese monto de dinero en efectivo, producto de los trabajos de la cosecha del damnificado.
A partir de ese momento se difundió por nuestra emisora el extravío y hacia las 22 hs., casi con la misma angustia pero con el peso encima de poseer algo que no le pertenecía, llegó a la Radio Don José Rollhaiser, un trabajador municipal que siempre fue orgullo en el Pueblo San José por su contracción al trabajo, seriedad y responsabilidad en el Cementerio de esa localidad.
Venía con la preocupación de tener el dinero en efectivo que había encontrado en nuestra ciudad, en plena vía pública, y lo quería inmediatamente devolver, pero se retrasó por un accidente que un nieto había sufrido recientemente.
Desde la Radio inmediatamente contactamos a la señora de Steimbach, le anunciamos que se quedara tranquila que ya estaba el dinero en buenas manos y que debía concurrir al domicilio particular de Rollhaiser.
Coincidentemente la mujer, que todavía mantenía su angustia, señaló que lo conocía porque son vecinos, ellos también pertenecen al Pueblo San José.
Esa misma noche se produjo la restitución del dinero y en la mañana del jueves entregaron una nota de agradecimiento por la actitud solidaria y el gesto que enaltece verdaderamente a la gente de nuestros Pueblos Alemanes por su honradez y por su actitud en la vida.
Rollhaiser tenía dos preocupaciones: el accidente de su nieto, que afortunadamente fue leve; y llevar en el bolsillo un fajo de dinero que no le pertenecía.
Por la noche, después de las 23 hs., Rollhaiser y la familia Steimbach habían concluido con una jornada complicada.
En el medio de esta historia está la Radio; nos pareció una buena noticia que merece ser contada y muy tenida en cuenta, sobre todo en tiempos donde no abundan gestos de estas características.

Erica Duckwen: Anhelando que por fin se institucionalice la enseñanza del idioma alemán

Fuente:
Hace alrededor de 10 años Érica Duckwen, por contactos que realizó el Profesor Arn Schmidt, logró viajar a Alemania para realizar una experiencia de aprendizaje del idioma oficial o estándar. 

Sabía lo que su familia le había enseñado, especialmente su padre Néstor, el dialecto que se habla en los Pueblos Alemanes y que en el país de origen es un regionalismo más de los muchos que se practican en diferentes lugares, pero incluso con un léxico arcaico, original, con muchos términos que ya se han dejado de usar.
La experiencia resultó espectacular. Los aprendizajes fueron increíbles. La posibilidad de formarse y practicar en el diario vivir durante un año el idioma alemán le dio herramientas para poder después enseñarlo en Coronel Suárez.
Érica aclara, con la humildad que la caracteriza, que no es profesora de alemán. Lo es sí se Práctica del Lenguaje y Literatura, lo que también le ha venido muy bien para aplicar en la enseñanza del alemán en los cursos que dicta en la Sociedad Alemana.
Y espera que este año pueda por fin concretarse lo que viene anhelando desde hace tiempo: la enseñanza del idioma alemán de manera institucionalizada para los tres pueblos alemanes. 
Si no se puede en las escuelas, que debería corresponder por respeto a la diversidad cultural, por lo menos a través del apoyo de la Municipalidad y las delegaciones para preservar una riqueza idiomática que los hijos y nietos tienen desde su propia familia. Y como una forma elemental de preservación de la propia cultura.

Don José Rollhaiser: Un ejemplo de buena gente. Encontró y devolvió $9000

 Fuente:
 Histórico encargado del Cementerio del Pueblo San José. Hoy jubilado. Hombre trabajador, responsable, comprometido. Esto es lo que demostró en todos sus años de labor como encargado del Cementerio. Tuvo un gesto que lo enaltece como persona de bien: encontró y devolvió $9000.

Este hombre, que fue durante muchos años (alrededor de 30) encargado del Cementerio de Pueblo San José, que conoce el lugar como la palma de su mano, que puede identificar cada una de las parcelas como si fuera un registro de catastro viviente, tuvo el último miércoles un gesto que lo pinta tal como es: una muy buena persona.
Había ido, como cada miércoles, a retirar las boletas de su juego de azar a un comercio sobre la Avenida General San Martín, cuando encontró entre el cordón y la rueda de su vehículo un grueso fajo de billetes. Miró para cada lado, no se veía a nadie buscando algo perdido; esperó entre 15 y 20 minutos y tampoco apareció nadie.
Entonces fue a La Nueva Radio Suárez y habló con Oscar Durand, quien le dijo que un momento antes había llegado una pareja muy angustiada porque habían perdido $9.000 en la vía pública.
Concretó el contacto telefónico y Don José se fue a esperar a su casa en Pueblo San José a que retiraran el dinero.
Como tiene una quinta en el fondo de su vivienda muchas veces los vecinos vienen a buscar pepinos, zapallitos y otros productos frescos. 
Era bien entrada la noche cuando una vecina tocó el timbre de su casa. Son conocidos, vecinos o amigos, pensó, que venían a buscar pepinos como en otras ocasiones. La mujer lloraba y le explicó que eran ellos los que habían perdido el dinero. Contento por el deber cumplido, Don José le entregó a Oscar Steimbach y su esposa los $9.000 que esa tarde habían perdido.
Hombre trabajador, responsable, comprometido. Esto es lo que demostró en todos sus años de labor como encargado del Cementerio. 
Cuando se jubiló en el año 2000 ocupó su lugar su hermano y ahora está allí trabajando su hijo, pero sigue siendo referencia para quienes buscan el lugar donde están sepultados sus seres queridos. 
Hoy, en su vida de jubilado, sigue trabajando tanto como antes: construye el garaje para su hija, se ocupa de la quinta y con su esposa tienen bien ordenado y cuidado el hogar familiar.

jueves, 24 de enero de 2013

La marcha fúnebre


El carpintero llegó al umbral de la casa con el pequeño féretro bajo el brazo. Era de madera rústica, sin lustrar, recién fabricado, listo para ser estrenado. Se lo entregó al padre del bebé fallecido, que lo tomó torpemente, temblando y llorando a la vez. Le pagó y entró a la vivienda, donde lo esperaba su esposa, con los ojos rojos de tanto llorar, y el sacerdote, murmurando plegarias en una eterna e interminable letanía.
Llevaron la caja al dormitorio. La madre envolvió al bebé muerto en una manta blanca y lo recostó dentro. El padre cerró el ataúd clavando la tapa con clavos y martillazos que resonaron en la habitación como truenos del más allá. Mientras cada clavo se hundía en la madera, la madre se angustiaba más y más y más lloraba y se desgarraba en llanto. El cura la aferró, la abrazó con fuerza, cuando advirtió que deseaba arrojarse sobre la cajita con la segura intención de rescatar a su hijo de la irremediable despedida.
Cerrado el féretro, la madre lo besó, desconsolada. El cura lo bendijo y lo mojó con agua bendita que traía en una botellita que sacó del bolsillo de su sotana negra. El padre lloraba apretando el martillo en la mano derecha y los clavos en la izquierda, sin sentir que sus puntas filosas se hundían en la palma de la mano, haciendo brotar lágrimas de sangre que comenzaba a ensuciar el piso de barro.
Concluida la ceremonia, tomaron el féretro y caminaron lenta y pausadamente hacia el cementerio. El pueblo los miró, algunas personas se persignaron, otros inclinaron la cabeza, y los más, se emocionaron hasta el llanto. Era tan tremendo el desamparo y el dolor que transmitían esos tres seres –la madre, el padre y el cura- caminando con el pequeño ataúd en brazos, que era imposible no sentir pena por ellos. Parecían los seres más solos y abandonados del mundo.

lunes, 21 de enero de 2013

¡Dios y la Patria nunca demandarán!

¡Dios y la Patria nunca demandarán! ¿Era así? ¿Es así?  

Las calles de tierra. Secas y polvorientas. Duras como piedra. El transitar de los carros y los caballos retumban en los vidrios de las ventanas de las viviendas. El aire es pesado, gris y espeso como el polvo que flota amortajando el ambiente del verano. Hace meses que no llueve. Ni una gota. Ni un mísero y fugaz chaparrón. Las aves han huido. Los sapos sabe Dios dónde están y los animales domésticos languidecen al igual que los hombres bajo los árboles sin hojas, muertos de sed y desolación.
Los arados mancera están diseminados por el campo, casi como al descuido, extraviados en la senda de una amelga que ya no logran surcar. Los caballos de tiro vagan por los potreros y las calles vecinales buscando la añorada hierba que ya no existe y el agua que desapareció de la faz de la tierra. Están flacos, consumidos, con los ojos saltones y tristes mirando al ser humano, implorando se acuerde de ellos o pidiendo una explicación que nadie puede dar. Y el ganado, las pobres vacas y ovejas, desfallecen por el hambre: agonizan y mueren desamparados, ante la vista impotente del colono que en silencio llora como se le escurre de las manos el poco capital que consiguió reunir a fuerza de sacrificio, sudor y lágrimas, desde su llegada del lejano Volga, y como se le escapa la posibilidad de juntar algo de dinero para mandar traer a su familia que aguarda allá lejos, en Rusia.
Son años duros. Difíciles. La pampa húmeda se burla de los inmigrantes. La humedad desapareció como arte de magia. La lluvia se esconde detrás de las sierras que parecen detener las nubes o sólo dejan pasar algún que otro nubarrón solitario para que los habitantes de las colonias recién fundadas no se olviden  que la esperanza todavía existe. Que Dios no se olvidó de ellos. Que Dios escucha sus oraciones. Que sólo es cuestión de tiempo: de días, tal vez de semanas.
La cosecha fracasa. Ni vale la pena trillar. Los gastos superan las ganancias. La espiga da un mísero grano, delgado e insulso, que no sirve para nada, ni siquiera para alimentar a los animales. Los rastrojos desaparecen bajo el viento y los remolinos de tierra, de tan resecos y ralos que están. O crujen consumidos por las llamas de los incendios que se repiten cotidianamente. Hace demasiado calor. Tanto que combustión de la paja de trigo se produce con muy poco, sólo necesita una ínfima chispa para arder en el fuego más devastador.
La Argentina prometía vastas riquezas pero les cobra un duro tributo a los colonos que osaron domar sus tierras indómitas. Se resiste hostil a la mano volguense y al inmigrante europeo que, a pesar y contra todos los elementos naturales y humanos, con los años la transformará en “el granero del mundo”. Un sueño que la patria agradecerá ver cumplido pero que los militares y políticos de la década infame despilfarrarán en delirios de grandeza conservadora que terminará ‘regalando’ todos y cada uno de los capitales nacionales y los anhelos de los nietos de los colonos que hoy, a fines del siglo diecinueve, en plena sequía y fracaso de cosechas hacen surgir colonias y pueblos en cada rincón del suelo sagrado del General San Martín.
Los mismos colonos que hoy ruegan a Dios por la lluvia. Una lluvia que vendrá. Una lluvia que los salvará. Como siempre. Sólo que ese día, de ese año, aprenderán de labios de los políticos que “Dios es argentino” y que nunca hay que preocuparse de nada porque “Dios y la Patria nunca demandarán”, porque el capital del país da para todo y para todos y que por eso, hagamos lo que hagamos, siempre habrá un mañana y siempre habrá también una torta para repartir. Claro que nadie les aclara a los colonos que la torta se reparte primero entre los políticos y finalmente, lo poco que queda, que son migajas, entre los más humildes de los pobres. Mientras que los que trabajan ven escaparse entre los dedos, las ganancias obtenidas con sudor y llanto.

“Ningún pueblo es rico si no se preocupa por la suerte de sus pobres”

domingo, 20 de enero de 2013

Tragedia en los pueblos alemanes


La gorra vasca metida hasta las orejas. La cara sin afeitar.  El rostro embadurnado de grasa de algún asado comido sin modales. Los ojos rojos de alcohol. El labio inferior inflamado. El cuerpo temblando como un títere con los hilos flojos. Las ropas sucias de lodo de algún charco en el que seguramente había dormido durante la madrugada. Una piltrafa humana. Un borracho de los tantos del pueblo. Un personaje triste, melancólico y digno de lástima.
Venía en zig-zag por la avenida principal de la colonia, discutiendo acaloradamente consigo mismo, maldiciendo, argumentando, furioso. ¿Con quién? Quizás con la vida misma, con el destino, con alguna mujer, con algún hecho circunstancial que lo sacó de quicio o, tal vez, consigo mismo... ¡Vaya uno a saber! ¡O con todo y con todos los seres humanos que habitaban la colonia y el mundo en esa época!
De pronto se paró en seco. Súbita y dramáticamente. Caviló. Pensó. Reflexionó. Se rascó la cabeza. Dudó. Hasta que, por fin, volvió a caminar, ahora con más lentitud y parsimonia, pero menos serenidad aún que antes. Temblaba. Llevó la mano derecha detrás de la espalda, de donde regresó con un puñal. El cuchillo brilló espectral reflejando el sol del amanecer.  Ese acto perentorio lo convirtió en un personaje grotesco. Un hombre, casi una caricatura, desaliñado, sucio, borracho, con un puñal en la mano, que temblaba tanto o más que su cuerpo.
Continuó caminando. Llegó a una casa. Sonrió maliciosamente. En los labios, con el inferior cada vez más inflamado, se leía el placer de la venganza. Se acercó a la vereda, chapoteando en el fango de los charcos que la lluvia había dejado. Se hundió en ellos hasta los tobillos. Se resbaló. Pareció caer; pero recuperó la estabilidad. La mantuvo hasta que intentó subir la vereda: ahí resbaló y cayó despatarrado, casi cómicamente. Lanzó un quejido desgarrador. Después comenzó a surgir una pequeña laguna de sangre que pareció manar desde algún lugar de su pecho.
Lo encontraron seis horas después, muerto. El dictamen del forense fue muerte por accidente. Pero eso no logró responder las preguntas que se hacían los habitantes de la colonia. ¿Por qué murió en ese lugar y de esa manera el pobre de Pedro? Nadie atinó a encontrar la respuesta correcta porque nadie la sabía. Y si alguien la supo, jamás la reveló en estos setenta años que han transcurrido de aquel incidente.

miércoles, 16 de enero de 2013

Ya está a la venta la novena edición del libro “La gastronomía de los alemanes del Volga”, del escritor Julio César Melchior

 Se puede adquirir desde cualquier punto del país por el sistema de contra re embolso de Correo Argentino. Para ello, hay que enviar los datos del domicilio donde desea recibirlo a la casilla de correo juliomelchior@hotmail.com y se le será enviado.

lunes, 14 de enero de 2013

Carta de amor para una abuelita


 Por L.C. Galícia de Abarca
Escritora y Periodísta

Abuelita, te llamo así porque sé que eso eres para todos mis primos que son tus nietos, pero quisiera cambiarte el nombre y llamarte... mamá. Porque eso fuiste para mí desde que tu hija me llevó con amor a conocerte, hace tanto tiempo que estoy a tu lado que se de ti más que de la que me dio la vida, porque a tu lado… viví mi niñez… mi juventud… y fui dichosa.
Has sido enérgica y dura pero eso me ha servido para ser una chica juiciosa y limpia de corazón que lo tenía lleno de rencor por el abandono. Sé que mi madre buscó fronteras para que yo saliera adelante, pero tú me diste cariño para que lo agradeciera,  eres esa fuerza en la que me guarezco desde niña, el pilar que me ha sostenido en mis tristezas, la voz que me aconseja para no tropezar, la mano dura que corrige mis errores.
Sabes que nunca voy a olvidar ese día en que corriendo fuimos a comprar los tenis para el desfile, como te veía sudando y apresurada, preocupada por mí como sólo una madre lo hace. No olvido los cuentos increíbles que me contabas cada día para hacerme olvidar que tu hija no nos visitaría otra vez.
Abuelita milagros que haces pan de la nada. Abuelita consuelo para mi alma agitada, tu amor será recuerdo, añoranza, misterios.
Hoy llegaste pensando y no viste el juguete que dejó el primo Juan y resbalaste triste, no por tu dolor ni por lo que pasó, sentías ya no poder hacer los dulces de guayaba fresca a tus nietos, y esos guisados deliciosos que no olvido nunca.
Por favor no estés triste. Sé que a tu edad es difícil recuperarte pero sé que sembraste tanto amor que sobrarán nietos que vean por ti y si no es así estaré ahí a tu lado como siempre lo estuve. Ahora me toca cuidarte, porque durante el tiempo que tu lo hiciste descubrí que el lugar donde abunda el amor son tus brazos, que te quiero no como una nieta más, que siempre seré tu apoyo sin dudarlo,  que si ya no puedes levantarte no te apures, sabes bien que cuidaré de ti si enfermas, que correré si me llamas, que te quiero,  que te daré tanto amor como el que siempre recibí de ti, que seré tu guardiana... tu bastón... toda mi vida... por siempre. 

“Después del pan, la educación es la principal necesidad del pueblo”


Por José H. Figueira
(Escrito en 1926)

Los esfuerzos individuales, asociados, producen las grandes obras.
Para cumplir con los deberes del hombre y del ciudadano, es necesario instruirse y educarse.
En la escuela el joven desenvuelve sus aptitudes y deseos, y adquiere las habilidades y los conocimientos más necesarios para la vida.
Por esto se ha dicho que el porvenir depende, en primer término, de la educación de la juventud.
Cada nueva generación debe dar un paso más hacia el progreso, aumentando así la felicidad individual y colectiva.
Si todos los jóvenes fueran perezosos y dejaran de estudiar, la humanidad caería en la barbarie.
El que en la escuela no se aplica como debe, falta, pues, a sus deberes de ciudadano, y demuestra que no ama a su patria ni a la humanidad.
Jóvenes: estudiad, trabajad. No olvidéis que de vosotros depende vuestra dicha y el porvenir de la República.
Ya lo dio Danton, en 1793:
“Después del pan, la educación es la principal necesidad del pueblo”.

domingo, 13 de enero de 2013

¡Esfuérzate por encontrar la felicidad ahora mismo!


Basta de vivir de imágenes, basta de esperar hasta que algo inmenso pase, hasta que el milagro se cumpla, hasta que te enamores, hasta que encuentres el trabajo perfecto, hasta que te cases, hasta que tengas hijos, hasta que ganes la lotería, hasta el próximo año o hasta la próxima estación. No dejes que la muerte llegue y te encuentre esperando. ¡Esfuérzate por encontrar la felicidad ahora mismo!

jueves, 10 de enero de 2013

Mi casa tenía


Por Sergio Denis

Una bella letra de una hermosa canción de Héctor Hoffmann (Sergio Denis), que describe su infancia y con ella la niñez de muchos niños descendientes de alemanes del Volga, al igual que él.

Mi casa tenía un lugar donde me escondía, 
ni me imaginaba que mi madre lo sabía.
Un aromo, un cerco, un cantero con margaritas, 
esa era la selva jugando a la tardecita

Tenía una espada de lata y un triciclo viejo .
tenía una cinco de cuero cocida con tiento.
Guardaba en una caja vieja piedras y bolitas 
y el álbum que nunca llenaba y las repetidas.

Mi casa tenía una verja que separaba, 
lo que se podía de aquello que se soñaba;
una mesa grande una foto de casamiento 
un baúl con cartas, postales, libros de cuentos.

Yo andaba en un fuentón gastado recorriendo el mundo,
jugando con los bucaneros en el mar profundo, 
montado en una escoba vieja cabalgaba el patio, 
para llegar a la cocina y encender la radio.

En mi casa oían todos los radioteatros, 
entonces los buenos vencían a los malvados, 
yo era el muchachito que hacía de poncho negro:
salvaba a mi novia adentro de los roperos.

Mi casa tenía una verja que separaba, 
lo que se podía de aquello que se soñaba.

“Jamás supe lo que es la libertad de decidir por mí misma”


Me fui de casa a los catorce años. Bah, en realidad mis padres me “entregaron” como sirvienta a una familia rica de Buenos Aires, que les mandaba mi sueldo todos los meses. No los culpo. Tampoco les guardo resentimiento. Éramos muchos y hacía falta plata para alimentarnos a todos. Así es como me marché de la colonia. Me subieron al tren llorando y lloré durante meses. En esas semanas trabajé con los ojos llorosos y la boca cerrada porque ni siquiera sabía decir una sola palabra en castellano. Viví unos días terribles, aislada, en total soledad del mundo que me rodeaba y que me marcó profundamente: cambió mi carácter y de ser alegre y extrovertido lo convirtió en introvertido y huraño.
Después, cuando pude comunicarme, me di cuenta que no me servía de mucho en aquellas circunstancias, porque no tenía un solo peso para salir en mis días libres. Los que pasaba encerrada en mi habitación, cociendo mi ropa o leyendo revistas de moda o espectáculos, como Radiolandia, que compraba mi patrona.
Añoraba mi hogar, mis padres, mis hermanitos… la colonia… sus calles… su gente… su habla… su alegría en las fiestas… pero el destino hizo que recién tuviera la oportunidad de regresar treinta años después, ya casada y con cuatro hijos.
Me casé a los veinte años. Tuve hijos. Pero si me preguntan si fue feliz en mi matrimonio, les tengo que confesar que no sé. Simplemente viví como pude o como me permitieron hacerlo de acuerdo a las costumbres sociales de aquellos años.
Nací siendo propiedad de mis padres, luego de una familia rica, para terminar como propiedad de mi marido. Nunca supe lo que es la libertad de decidir por mí misma. Porque ahora que mis padres y mi esposo murieron, mis hijos me entregaron a un geriátrico.

viernes, 4 de enero de 2013

Cuando las palabras no alcanzan para remediar lo irremediable


Llegó fatigado. Caminando lento. Como quien arrastra a sus espaldas la cruz de toda una vida vivida en vano. Los ojos desbordados de tristeza; el rostro rasgado de filigranas que el tiempo grabó en formato de arrugas.  El cabello cano. Las manos temblorosas y torpes. El cuerpo anciano y frágil como un sueño a punto de desaparecer en el olvido. Venía del ayer. Del pasado de las colonias. De una época que ya no existe y que sin embargo, conservaba en el alma como un último refugio al cual regresar, encontrar consuelo, comprensión, perdón, y un hombro sobre el que llorar. Pero no quedaba nada de todo aquello. Ni tampoco nadie. Recién en ese momento entendió que los años no solamente transcurrieron para él sino para todos. Y que todos vivieron, bien o mal, pero vivieron. Equivocados o acertados, hicieron lo posible para ser felices. Algunos lo lograron. Él era obvio y notorio que no lo consiguió.

Sentado en la silla, con sus ochenta años a cuestas, una voz cansina y apenas audible, abrió su corazón, desgarrando su alma en cada recuerdo. Miraba hacia dentro, hurgando en lo más profundo de su ser. En esos rincones, poblados de telarañas, donde uno va sepultando los fracasos para continuar y no caer para siempre.
Habló. Relató vivencias. Reflexionó. Demostró poseer sabiduría innata como todos los ancianos que asimilan experiencia y saben transmitirla sin pasar por petulantes. Pidió comprensión. Dijo que nada le resultó fácil. Que se fue de las colonias a los dieciséis años. Que los pueblos alemanes le parecieron muy poco para los sueños que él tenía en aquel entonces. Tenía la ilusión de volar alto, bien alto… pero cayo de bruces haciéndose pedazos el cuerpo y el alma. Las personas lo decepcionaron; el amor lo lastimó profundamente; los sueños fracasaron… Y llegó la soledad. Y quedó solo, desoladamente solo: él y su nombre, Jacobo Aurelio Resch.
Vagabundo en tierras extrañas, vivió de lo que pudo. Sobrevivió a miles de tempestades que en más de una ocasión estuvieron a punto de conducirlo al suicidio. Lloró. Pero el llanto no sirvió de mucho. No se apaga el fuego del alma ni aun con todo el agua del mar cuando se sufre por amor y se tiene en las manos y en el corazón los pedazos de sueños hechos añicos.
Contó que caminó por las colonias. Vagó por las calles. Por los senderos de los recuerdos buscando lugares y seres queridos: familiares, amigos, compañeros… Y que no encontró a nadie. Solamente en el cementerio halló varias tumbas con nombres de personas que un día amó. “Sí –reconoció-, que un día amé, hace muchos pero muchos años pero que no supe valorar en su momento. Ahora, tarde, demasiado tarde, me doy cuenta cuanto significaron –y todavía significan- para mi. Pero es tarde para decírselos o para enmendar el dolor que les causé cuando me marché a la Capital Federal sin mirar atrás y sin tener en cuenta cuanto sufrimiento causaba”.
Solo. Sin esposa. Sin hijos. Deambula por la vida. Dice que espera la muerte. También dice que se hace rogar demasiado, que ya está cansado de esperarla.  Mucho más ahora que visitó las colonias y no encontró a nadie.
Sonríe forzadamente. Con una sonrisa falsa, porque los ojos están más tristes que cuando llegó. Remover tantos recuerdos le provocó todavía más dolor. Y de nada sirven las palabras de consuelo, de aliento, de esperanza. Está cansado de escucharlas. Porque sabe que las palabras solas, sin afecto, sin amor, no valen de nada. Como tampoco alcanzan para justificar una vida vivida en vano.

Poema de la despedida

Autor: José Ángel Buesa
Foto de:
http://bitacoradeversos.blogspot.com.ar
Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.
Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste… No sé si te quería…
O tal vez nos quisimos demasiado los dos.

Este cariño triste, apasionado y loco,
me lo sembré en el alma para quererte a ti.
No sé si te amé mucho… No sé si te amé poco.
Pero sí sé que nunca volveré a amar así.

Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,
y el corazón me dice que no te olvidaré
pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,
tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.

Te digo adiós, y acaso con esta despedida
mi más hermoso sueño muere dentro de mí…
pero te digo adiós para toda la vida,
aunque toda la vida siga pensando en ti.

Un fotógrafo recorre los pueblos alemanes tomando imágenes para una muestra


José Luis Barreña es fotógrafo profesional, oriundo de General Rodríguez, cerca de la ciudad de Buenos Aires, y quien lleva a cabo diferentes experiencias a través del lente de su cámara, motivado sobre todo por la curiosidad.

Acaba de terminar una recorrida por más de 50 estaciones de trenes abandonadas en diferentes puntos del interior del país, que conforman una muestra de alrededor de 100 fotografías que estarán expuestas en el Senado de la Provincia a partir del mes de marzo.
Y ahora está en el principio del desarrollo de otra experiencia fotográfica, movido también por la curiosidad. Busca graficar la convicción en sus tradiciones de los alemanes del Volga, que aún después de 230 años han sido capaces de preservar su cultura y sus costumbres. 
Si se toma en cuenta que primero vivieron 100 años a orillas del Río Volga en la helada Rusia, lejos de su hogar natal, y que luego cruzaron los mares en busca de un mejor futuro para sí y para sus hijos, sumando entre 120 y 130 años de historia desde su llegada a estas tierras, y a pesar del tiempo transcurrido siguen con sus raíces intactas, se encuentra entonces la justificación exacta para que el lente de la cámara busque graficar todo este apego a lo suyo.
Viene de recorrer Colonia Hinojo y en estos días se presentó ante los Delegados de los Pueblos Alemanes para manifestarle su intención y conocer más de la historia de este particular pueblo de inmigrantes.
Ante los micrófonos de La Nueva Radio Suárez el fotógrafo José Luis Barreña indicó que espera para marzo terminar su recorrida por las principales colonias alemanas que hay en el país en busca de conformar una nueva muestra.

miércoles, 2 de enero de 2013

La llave de los recuerdos


Por Julio César Melchior

Sentado cerca de la cocina a leña que deja oír su murmurar de astillas consumiéndose por las llamas del fuego, que me abriga en esta tarde gris de otoño, miro a través de los cristales de la ventana como la brisa juega con las hojas mustias, que caen de los árboles cual amargas perlas desprendiéndose de los brazos de duendes vencidos por las melancolía.
Algunos gorriones, con sus saltitos característicos, recorren la desteñida gramilla explorándola con la ilusión de encontrar alguna semilla perdida, bajo un cielo que va bordando sobre su inmenso telón, nubes oscuras anunciadoras de lluvia.
Mientras pausadamente ingiero un sorbo de mate, acaricio con mis dedos una antigua llave que pese a sus muchos años aún es útil, todavía conserva inviolable una casa.
La llave, más larga que las actuales, de unos diez centímetros aproximadamente, recorrió dos generaciones hasta llegar a mis manos, que hoy la aferran como si aprisionaran el fragmento de una clave secreta rescatada de los restos de un naufragio ocurrido hace años.
El naufragio ocurrió cuando falleció mi abuelo, y la clave secreta de esta llave es que con su presencia es capaz de abrir mágicamente la impredecible puerta detrás de la cual el inconsciente guarda los recuerdos.
Sin pensarlo, me levanto y me pongo la campera.
Camino por Tucumán hasta llegar a Belgrano, para dirigirme al mil y pico de su altura.
Me detengo en la entrada de una humilde vivienda que todos llaman rancho por lo pobre, y observo sus gastados ladrillos, su parte de adobe que todavía perdura, sus pequeñas ventanas de varios vidrios, su techo de chapa oxidada, su chimenea enhiesta pero sin humo… Y pienso en que el tiempo no la pudor tirar abajo pese a lanzar desesperada y cruelmente todas las huestes y hordas que se prendieron en la desamparada casa, tejiendo yuyos, óxido… pudriéndolo todo, en silencio y lentamente.
Saco la llave de mi bolsillo y abro la puerta, no sin dificultad.
Me detengo en medio de la habitación, que hace años fue cocina, y al cerrar los ojos invaden mi alma fragancias simples: un olorcillo de café con leche recién preparado, chorizo casero, manteca realizada en el hogar, miel… Y mis oídos perciben el bullicio tierno y sereno de un dulce despertar de niños que conversan en alemán, cuando el alemán se hablaba sin pudo y con orgullo.
Abro los ojos para recorrer cada dependencia de la casa, algunas todavía con su piso de tierra, que abuela preparaba prolijamente, sabiamente, para que quedara presentable.
Observo el empapelado, el empapelado… que se pegaba con el engrudo cocinado bajo una fórmula secreta y que adhería el papel en forma casi increíble, tan increíble que aún hoy se conserva intacto, pese a alguna que otra mancha de humedad.
Vuelvo a cerrar mis ojos, y pese a los años transcurridos, y a los pocos de vida que yo tenía, aún viene a mí, entre tinieblas, la imagen de mi abuelo.
Llega con su nostalgia infinita, dejándome el desamparo de saber que nuestras vidas nunca, nunca más, se cruzarán ni se tocarán, siquiera en un gesto desesperado de hacer perdurable lo imposible.
Nuevamente lo veo caminando con paso cansino, su espalda encorvada por los sacrificios que debió hacer para proteger bajo sus cálidas alas patriarcales a toda su familia.
Su raído pantalón negro sujeto con tiradores, su saco, su bufanda al pecho…
Su rostro esculpido por las inclemencias de las estaciones del año, que día con día, hora con hora, lo vieron trabajando, creyendo en quimeras, persiguiendo sueños, para que sus descendientes tuvieran un país mejor, no siempre bien remunerado, pero siempre con la frente manchada con otra cosa que no fuera sudor:  gotas diamantinas que enriquecieron su corazón.
Sus canas, brillos de plata, su pequeño bigote, su voz fuerte, si idioma, que aún perdura en los labios de sus nietos, cual un tesoro invalorable que su alma de inmigrante, su infinita alma, dejó impreso en los labios de sus descendientes cual el susurro de los hombres que perduran en el recuerdo.
Y sus ojos, manantiales de ternura, en los cuales colmaron su sed, su esposa, sus hijos, sus nietos… y todo aquel que supiera descubrir la fuente impresionante de amor que escondía en su interior.
Recuerdo los últimos años de su vida, los cuatro que compartí junto a él, cuando su oficio era el de zapatero…
Las mañanas bajo un tibio sol, cortando cuero para fabricar alguna suela o enmendar algún zapato; porque eran épocas difíciles y los zapatos no se tiraban cuando el uso continuo los rompía: se confiaban a las maestras manos de don José…
Don José… que con sus temblorosos dedos, llenos de cicatrices, que las horas y el oficio de eterno trabajador le fueron dejando, aún podía sentir con total honestidad el orgullo de haber realizado un buen trabajo.
Pero como nada es perdurable, la tristeza fue tejiendo sus hilos, enmarañando su corazón, cual una negra araña teje sus telas sobre una flor carmesí: murió la mujer con la que había compartido todo: su esposa.
Y la soledad, la nostalgia, la melancolía, el desamparo, comenzaron a roerle el corazón, a robarle subrepticiamente los pequeños anhelos, las esperanzas, y lo condenaron al silencio de los atardeceres sin voz, sin palabras cómplices que compartir, ni a quien contar las vivencias de una vida vivida a pleno.
Dicen que una noche Dios se consoló de su dolor y apagó la débil llama que aún ardía en su pecho.
Abro lo ojos y dirijo mi mirada hacia la habitación donde lo velaron: porque hace más de treinta años todavía se creía que el dueño de casa debía permanecer en ella hasta ser llevado a la última morada.
Presiento nítidamente el suave murmullo de los que rodean el féretro y que rezan el rosario, mientras los hijos, reunido por última vez en esta casa, lloran impotentes el adiós a su padre.
Bajo una lluvia torrencial lo trasladan a la iglesia y de allí al cementerio. Todo el trayecto se hace “a pulso”, es decir, los hombres de la familia se turnan para llevar el féretro; acompañados por un canto triste en alemán, que provoca en las personas que conforma el cortejo, un sentimiento aún más profundo de sufrimiento, y una consciencia verdaderamente real que la pérdida es eterna.
Vuelvo a la realidad, al advertir que las sombras de la noche que llega, ya no me permiten distinguir nada.
Salgo a la calle bajo una llovizna de otoño, melancólica y triste. Al caminar unos pasos, me detengo y vuelvo la mirada para observar la antigua casa… Y me pregunto: ¿Por qué no dejarla como testimonio de una época de la historia de nuestros pueblos alemanes y de Santa María en particular?

El relato obtuvo el Primer Premio en el certamen de cuentos “Los Pueblos Alemanes”, organizado por la Biblioteca “Zulma Bonnaterre”, de Pueblo Santa Trinidad, en el mes de octubre de 1993.