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miércoles, 30 de julio de 2014

30 DE AGOSTO DE 2014: XIII SCHLACHTFEST (o fiesta de la carneada)

Por María Verónica Mayer Rattegan

 La misma es organizada en el mes de Agosto por la Asociación Argentina de Descendientes de Alemanes de Volga y la Asociación Cultural Germano Argentina de Coronel Suárez. Dicho evento concentra a más de 700 personas todos los años. Se puede degustar los productos de las carneadas, comida típica y baile que se extiende por varias horas. El fin de la misma es mantener viva la usanza de los Pueblos Alemanes, fortaleciendo y estrechando los lazos culturales y sociales, manteniendo las tradiciones de nuestros antepasados y promoviendo el desarrollo de nuestra colectividad. 
La música y las danzas son recursos culturales intangibles e indelebles dentro de las tradiciones de las colonias, aspectos que fueron transmitidos de generación en generación, que no se han perdido en absoluto con el paso del tiempo y por lo tanto siguen vigentes hasta el día de hoy, como características principales de nuestros pueblos. Ocupan un lugar importante en la vida cotidiana, ya que se utilizan en todas las ceremonias religiosas, fiestas, como así también en la vida diaria. Las canciones, bailes típicos y poesías que se pueden encontrar, en general, son motivados por hechos comunes de la vida, como puede ser la juventud, el amor, la filosofía de vida. Traducen triunfos y derrotas, alegrías y pesares, son una descripción de la propia forma de vida de nuestros antepasados.
¡Los esperamos!

miércoles, 23 de julio de 2014

“Tiempos de muchos sacrificios; pero también de felicidad”

Tambera. Quintera. Trabajadora rural. Huérfana de padre. Sin adolescencia. María Sauer falleció hace unos días en la Capital Federal. Nos dejó su legado en una entrevista concedida unos días antes de morir.

“Mi papá murió cuando tenía trece años. Mi hermano mayor dieciséis y mi madre treinta y ocho. Éramos ocho hermanos y una mujer ordeñando en el tambo, a partir de las cuatro de la mañana, con las piernas metidas en el fango de barro y bosta hasta las rodillas, con lluvia, con mucho frío. En invierno se nos congelaban las manos. Las vacas tenían el lomo blanco por las heladas. Pero la leche debía en los tarros para cuando pasara el carro que los buscaba para llevarlos a la fábrica de quesos, a las ocho y media.
“Mis hermanos menores lloraban. Estábamos a la intemperie. Nada importaba. No había queja posible: había que trabajar para sobrevivir. Teníamos una quinta de verduras enorme, que había que regar todos los días con baldes de veinte litros de agua, hacíamos conservas y dulces para todo el año. Carneábamos dos veces al año y hacíamos chorizos, jamones, de todo. Mamía cosía ropa para fuera. Horneábamos el pan en el horno de barro. Teníamos unas pocas ovejas para consumo. Un gallinero, que era un galponcito con aves y animales domésticos de todo tipo. Mamá vendía huevos, gallinas, pavos, gansos; lechones; leche, manteca, crema, ricota…
“Vivíamos cerca de la colonia, en un campo de ochenta hectáreas que nos dejó papá. En las que también se sembraba un poco de pastura y trigo.
“Mamá nunca se volvió a casar. Murió a los noventa y dos años, en la chacra donde enviudó y vivió toda su vida. Y de la cual partí para buscar trabajo en otras ciudades, hasta recalar en la Capital Federal. Donde vivo. Sola. Jamás me casé.
“Hice de todo para sobrevivir, igual que mi madre. Pero mi historia de grande no es tan importante. Lo importante es recordar la niñez y la vida que llevamos en aquellos lejanos tiempos. Tiempos de sacrificios; pero también de mucha felicidad”.

Hipólito Stremel, integrante de “Los Entusiastas del Kosser” de Santa Trinidad


                                               Fuente: www.lanuevaradio.com.ar

Explica el reverdecimiento de un juego tradicional alemán. Expectativas por un próximo viaje a Castelli, Chaco, promocionado esta actividad tradicional

“Poli” Stremel integra el grupo denominado “Los Entusiastas del Kosser”, que desde hace 3 años promueven la práctica de esta actividad, de este juego tradicional alemán, y proponen la realización de diferentes torneos, como para difundir y acrecentar su práctica. 
Incluso ahora están abocados también a llevar juegos completos (deben ser 34 huesitos de caballo, de la zona de las manos y las patas de este animal) para que queden en los jardines de infantes y en las escuelas, para asegurar la difusión entre las nuevas generaciones de niños.
“Queremos enganchar más juventud para que vengan a nuestros torneos y se entusiasmen. Mi nieto está llevando los huesitos de Kosser al jardín, pero el problema es que uno lleva los huesos, todos quieren jugar y luego todos se pelean. Estamos en eso de conseguir más, en esto están Hugo Schwab del Club Germano y Ernesto Palenzona, para que la escuela y el jardín de nuestra Colonia lo puedan tener y jugar en los recreos”.
Este juego, el Kosser, que se jugaba en todos los patios de las casas familiares de los Pueblos Alemanes hace muchos años y que luego cayó en el olvido, consiste en 34 huesos, 2 que se ubican en una punta, 2 en la otra y los restantes, cargados con plomo, que llevan los tiradores y que deben lanzarlos. 
El grupo de “Los Entusiastas del Kosser” se reclaman que cuando eran más jóvenes o siendo niños alcanzaban los 18 metros de distancia en cada uno de los lanzamientos, mientras que ahora llegan a 13, 15 metros apenas. Reconocen que muchas mujeres que están ahora acostumbradas a jugar al tejo logran mayores distancias y más efectividad en los tiros.
Para el 16 de agosto, en el marco de la celebración de los 60 años del Club San Martín de Santa Trinidad, habrá un torneo. La entrada costará un alimento no perecedero, juguetes en buen estado de uso y útiles escolares, los que serán llevados en un próximo viaje a Castelli, en la Provincia del Chaco.

Proyecto de llevar el juego de Kosser hasta Castelli, Chaco


Sobre esta iniciativa La Nueva Radio Suárez habló con Hugo Schwab, Presidente del Club Germano Argentino de Pueblo San José.

Castelli es una comunidad cuyos habitantes, cerca de 40 mil, son en su mayoría descendientes de alemanes del Volga. 
Hacia la década del ´30, luego de una gran sequía que tuvo lugar en toda la Pampa Húmeda, muchas familias viajaron hacia esa zona del Chaco para radicarse. 
Hasta allí llegaba el tren, en ese punto estaba establecida la circulación ferroviaria, por lo que allí se instalaron en busca de trabajo y la posibilidad de un futuro más próspero. 
Castelli es hoy la puerta al Impenetrable y es también un lugar donde la necesidad de mucha gente es palpable, por lo que se constituye en una oportunidad para la expresión solidaria. 
Para el mes de octubre, concretamente el 11, está prevista la partida de una delegación de personas representativa de los tres Pueblos Alemanes y también de Coronel Suárez. 
Todos son jugadores de Kosser que viajarán dispuestos a enseñar lo que saben de este tradicional juego de los alemanes.
El Presidente del Club Germano, Hugo Schwab, contó que se está organizando este viaje que será de intercambio cultural (se proponen divulgar y promover el juego de Kosser) pero también solidario, ya que estarán llevando alimentos no perecederos, juguetes, ropa y útiles escolares para los niños de las familias con mayores necesidades.
La Municipalidad colabora con el transporte de las personas que integran esta delegación del Distrito.
Por otra parte, desde Castelli, el año que viene, estará viniendo una profesora que sabe el idioma alemán, lo que se denomina el alto alemán, para empezar con la enseñanza de esta lengua en las nuevas generaciones y también a los adultos, en una propuesta de preservación de una de las manifestaciones de identidad cultural más importante que tienen los pueblos, su idioma.

Extraordinaria repercusión del libro “Aprender a vivir, reflexiones para el alma” de Julio Cesar Melchior

Quedan los últimos ejemplares en Librería y Juguetería Lázaro de calle Lamadrid, en Coronel Suárez, y también puede adquirirlos desde todo el país comunicándose a juliomelchior@hotmail.com.



En un extraordinario éxito de venta se convirtió el libro "Aprender a vivir, reflexiones para el alma", del escritor Julio César Melchior.
Tanto es así que apenas un mes después de haber sido presentada la obra se están vendiendo los últimos ejemplares y ya se está preparando la segunda edición, que estará en las librerías en los próximos días.
En ella el escritor abre su alma y expone sus pensamientos más íntimos y reflexiones que ayudan a conocernos, valorarnos y amarnos. Y para ser mejor personas. Para alcanzar nuestros sueños y nuestras metas. Para ser felices. Para crecer y desarrollarnos interiormente. Tal vez por eso el libro logró cosechar tanto éxito y llegar al corazón de los lectores.
¡Apúrese a adquirir los últimos ejemplares! ¡Se agota!


viernes, 18 de julio de 2014

El tesoro que guarda el recuerdo

Por María Rosa Silva
 

Días de sol, de alegría sin igual, de inocencia llena de sueños. Noches y días hechos para disfrutar con los cinco sentidos y la felicidad a flor de piel. Una aventura por vivir. Vacaciones en familia: la emoción y los nervios de viajar en tren. Bolsos, valijas pesadas cargadas de ganas vivir. Vasos y botellas de vidrio, sandwiches gigantes para un hambre aún mayor. Muñecas, marcadores y libro para pintar.  Así partíamos mis padres y yo desde Constitución (Buenos Aires)  rumbo a la colonia. Despertar y ver campo verde. Muy verde. Y un cielo tan azul y tan inmenso que mis ojos no podían abarcar. Mágicamente nos transportábamos en el tiempo. Calles de tierra, una casa de adobe y lámpara a kerosén. Un abuelo que hablaba en alemán y ya era muy viejito, con otra vestimenta que la de la ciudad, otras costumbres, y nada de juegos. Bomba de agua muy fresca, un baño tan lejos que era una travesía cruzar todo el patio para ir. Y cuando iba me daba miedo. De noche, ni hablar. El pastito era mejor. Jugar bajo el inmenso árbol con mi papá mientras probaba por primera vez la sandía y la escupía. Subirme a la camioneta de mi tío, una Chevrolet enorme que soñaba manejar. Tender ropa en un cordel sujeto por un palo que jamás pude subir porque era muy pesado. Un jardín con flores y mariposas que asombraban por su belleza. Una enredadera repleta de campanitas. Sapos feos que me hacían gritar de susto. Primos y primas grande que me mimaban sin parar. Noches de música de grillos y luces de luciérnagas. Todo era perfecto. Nada desentonaba ni rompía ese mundo de ensueño. ¿Será por eso que las vacaciones fueron tan pocas? No eran cada año como ahora. No había vacaciones de invierno y de verano. Fueron cuatro o cinco en toda la infancia y la adolescencia. ¡Pero fueron perfectas! Hasta hubo un muchachito, el vecinito, que era especial, y a quien esperaba ver para sonrojarme y esconderme. No faltó nada en esas historias de verano. Es el tesoro que guarda mi memoria. Hubo una vida paradisíaca, la vida que viví en familia en nuestras vacaciones.

sábado, 12 de julio de 2014

“Mi padre me entregó en casamiento dos veces por conveniencia económica”

Entregada en matrimonio por su padre a los diecisiete con un hombre de treinta y cinco por conveniencia económica. Viuda a los treinta con cuatro hijos, sin contar los seis de su difunto esposo. Vuelta a casar por su padre con un hombre doce años mayor que ella. Nuevamente viuda con cinco hijos. Aurelia Gottfriedt solamente conoció la vida a la sombra de maridos que le impuso su progenitor y que la maltrataron psicológica y físicamente.

“Mi papá nos crió con dureza” –cuenta Aurelia. “Enseguida nos gritaba, nos insultaba y nos pegaba, con la alpargata y con el cinturón. Todavía conservo una cicatriz que me dejó con la hebilla del cinturón en la pierna. Bebía mucho. Mi madre vivía llorando. A ella también le pegaba cuando regresaba borracho del bar.
“Mi papá no trabajaba nunca. Era un caso perdido. Lo único que hacía era tomar vino y jugar a los naipes. En casa nos la rebuscábamos con lo que nos daban los vecinos para comer. La gente fue muy generosa con nosotros.
“Cuando cumplí diecisiete años un estanciero viudo de treinta y cinco, padre de seis hijos, me pidió en casamiento a mi padre. Me entregó sin dudarlo a cabio de un poco de plata, que gastó en unas semanas. Mi marido lo terminó echando de casa porque no soportaba que fuera todos los días a pedir dinero. Se harto de verlo borracho –revela con ojos tristes Aurelia.
“Tuve cuatro hijos. Enviudé muy joven, a los treinta. El hijo mayor de mi esposo recién fallecido con un abogado y la ayuda de un tío, se quedaron con toda la herencia. Me tuve que volver a casa de mi padre con mis hijos. Él enseguida me volvió a entregar a otro pretendiente: me caso con un hombre doce años mayor que yo.
“Los dos maridos que tuve me hicieron llorar mucho. Me pegaron. Me maltrataron. Pero esa era la vida de la mujer en aquellos años. No había a dónde ir. Tenía que pensar en mis hijos.
“”Lloré a mis maridos. Los quise mucho pero ahora que estoy sola vivo más tranquila. Mis hijos me quieren, me cuidan, me protegen.
“La vida fue muy dura para mí, es cierto, pero también fui feliz. Trabajé mucho; pero también tuve momentos de alegría.
“Así es la vida” –sentencia Aurelia, poniendo punto final a la entrevista.

La anciana reza junto a la cocina a leña

La anciana reza el rosario.
Reza por sus difuntos. 
Para el descanso eterno de sus almas.
Para el perdón de sus pecados.
Para la redención de los hombres.
Para la paz en el mundo.
Para mitigar el hambre de los pobres.
Vestida de negro.
La cabeza inclinada.
Sentada junto a la cocina a leña.
Viuda y huérfana de hijos,
la anciana reza por todos.

Autor: Julio César Melchior

jueves, 3 de julio de 2014

Fotografías con historia (Con nombres y apellidos)

 Año 1953. Fiesta de compromiso de Filomena Schroh y Marcelo Schwerdt. Junto a ellos están la madre de la novia, doña Catalina Weimann y del novio, doña Ana Rekovski. También los acompañan, con todo su cariño y deseándole toda la felicidad del mundo, los siguientes familiares: Elsa, Catalina y Alfonso Schroh; Rufino, Reinaldo, Mercedes y Verónica Schwerdt; María Melchior, Delia Schwerdt, Feliciana Schroh; Guillermo Schroh; Agustina Melchior y Juan Schwerdt.

Recuerdo del festejo de los 90 años de Rosa Hubert. Que fueron celebrados en un clima de ternura y gratitud por todo lo bueno que ella supo brindar a lo largo de su frictífera existencia. Fue una fiesta magnífica, tal como lo demuestra esta imagen en que doña Rosa aparece junto al cariño de sus nietos: Eduardo, Rubén, Estefanía, Eliana, Diego, Marina, Ariel, Virginia y Florencia.

 Año 1967. Alumnos de escuela primaria: Clara Heit, Cristina Schmidt, Nora Gottfriedt, Lucía Berg, María Reising, Silvia Mildenberger, Inés Schwab, Ullmann, Weigel, Isabel Schwab, Roberto Lindner, Rubén Melchior, Carlos Martel y José “Tito” Gebel. 

Scherzfragen (Preguntas ingeniosas)

Welcher Hut passt auf keinen Kopf?

Der Fingerhut

Welches Glöckchen gibt keinen Laut?

Das Schneeglöckchen


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¿Qué sombrero no cabe en ninguna cabeza?

El dedal

¿Qué campana no da ningún tono?


La campana de nieve

El día que murió mamá

Nos dejó solos. Nos dejó una casa llena de silencios y un enorme vacío en nuestras vidas. Se marchó en otoño, en un atardecer gris y frío.  Sin quejarse ni lamentarse. Cómo lo hizo todo en su existencia: acatando la voluntad de Dios. Cerró sus ojos y se durmió pacíficamente. Junto a ella, sus hijos, mirábamos sin comprender. “Mamá no podía morir. Mamá era eterna”. Pero mamá murió. La luz de su mirada se apagó lenta e inexorablemente. El cuerpo fue quedando tieso, las manos sin caricias, sin ternura y sin afecto.
La habitación se llenó de llanto. Las mujeres emitieron gritos desgarradores. Se abalanzaron sobre el cuerpo sin vida, lo agitaron: “Mamá, mamá, no nos dejes”. Pero mamá ya no estaba; mamá ya no podía escucharnos. Mamá se había ido. Nos dejó solos. Absoluta y desoladamente solos. Sin su voz, sin su presencia colmando nuestras existencias de amor. Sin el consuelo de saberla esperándonos aun cuando  viviéramos lejos, muy lejos... Ella siempre parecía esperarnos. Siempre podíamos volver y encontrarla en la casa de nuestra niñez y abrazarnos a sus brazos y encontrar el consuelo que sólo ella era capaz de brindarnos.
Alguien llamó a la casa funeraria. Llegaron varios hombres con un féretro. Lo introdujeron en la habitación, junto a la cama donde yacía el cuerpo de mamá. Frente a la puerta cerrada, escuchamos el crujir de la madera, los ecos de la tapa que uno de los hombres seguramente apoyaba contra la pared... y nos pareció imposible imaginar que estuvieran colocando a mamá dentro de un ataúd.
Volvimos del cementerio y mamá ya no estaba en casa. La casa, su casa, nuestra casa, estaba de duelo. Todo parecía llorarla y extrañarla. Hablábamos entre sollozos, murmurando. Alguien se animó a recordarla, luego otro y otro... y la casa se llenó de vivencias, de anécdotas; de imágenes; de sentimientos dolorosos; de sensaciones que asfixiaban el alma. Era terrible evocar a mamá y comprender que ya no volveríamos a verla jamás.
Alguien se repuso y se animó a decir que mamá ahora sólo era una tumba y nada más. Otro, más práctico, reflexionó que “la vida continúa”. Opinó que había que seguir adelante. Comenzó a hurgar en los secretos de mamá, en “su” cuarto, “su” ropero, “su” ropa, “su” vida íntima... esa que apenas hacía unas horas le pertenecía solamente a ella.
Los demás hermanos no dijeron nada. La casa se convirtió en un caos. Se repartieron los restos de mamá. Lo poco que dejó. Vaciaron la vivienda. Lo que tenía precio lo vendieron; lo que tenía valor, lo llevaron consigo; y lo que no, lo arrojaron al olvido.
A los pocos días ya no había duelo. Todos partieron a sus lugares donde residían, junto a sus propias familias, en Coronel Pringles, Bahía Blanca... Y me dejaron solo, en la colonia, cargando recuerdos, angustia, soledad y llanto. Y me dejaron solo, con mamá, que todos los domingos espera mi visita en el cementerio para que le lleve un poco de agua bendita y le cuente de sus hijos que están lejos y no vienen nunca a visitarla.

Ver morir una casa (El adiós al hogar)

La casa. El hogar. Ladrillos y más ladrillos de adobe. Barro y más barro. Tierra sobre tierra con techo de chapa cubierto de paja vizcachera. El frente blanqueado a la cal. Descarado y añejo por el paso de los años. Lluvias y tempestades. Adioses y olvidos. Personas que la habitaron y se fueron. Cerraron sus puertas. Clausuraron su alma. Enterraron los recuerdos bajo llave. Tras la puerta de madera podrida que apenas se mantiene en su lugar.
A su alrededor, acorralada de yuyos, una maraña de pasto, árboles silvestres… Tristeza y orfandad. Desolación. Sólo los pájaros le dan una nota de color y sonido. Cantan pero su canto es un canto que se pierde en el abismo de la soledad en la que se encuentra la casa.
Hace más de treinta años que sus inquilinos se marcharon. Se fueron sin mirar atrás y sin volver ninguna vez. Está condenada a caer, al derrumbe. Si pensara lo sabría. Pero creo que de alguna manera lo sabe. Por eso se percibe tanto pero tanto desasosiego. Mirarla es mirar una tumba. O un féretro. Un féretro dentro del cual descansan los restos de felicidad que dejó la familia que se fue y jamás volvió.