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jueves, 30 de julio de 2015

Educación e idioma entre los alemanes del Volga: Cómo aprendían los colonos

Por Leandro Hilt

Lo que sigue son apuntes sobre la vida intelectual de los inmigrantes alemanes provenientes de la lejana Rusia, quienes al afincarse en tierra entrerriana debieron adecuarse al nuevo entorno socio-cultural.

Cuando los alemanes llegaron a Rusia y lograron establecerse, luego de fundar las aldeas a orillas del Volga, debieron hacerse cargo del sistema educativo, pues el gobierno ruso estuvo siempre ausente en este aspecto.
Alrededor del 80% de la población era analfabeta. La instrucción primaria no estaba al alcance de todos y era un tema menor para la Corona rusa. Alemania sin embargo era uno de los países más avanzados en educación.
Las dos prioridades en Rusia fueron establecer Iglesias y fundar escuelas para un crecimiento armonioso de todas las áreas de la vida y no solamente el económico.
El sistema educativo en el Volga fue sostenido siempre por los colonos, el gobierno jamás aportó nada.
En la primera generación de pobladores alemanes en Rusia, el puesto de maestro fue cubierto por quienes contaban con algún título o preparación traído de Alemania. Muchas personas habían pasado por las escuelas de enseñanza superior.
Ellos se esforzaban por transmitir sus conocimientos y tratar de formar algunos maestros para las futuras generaciones. Pronto, los maestros y personas preparadas fueron escasos y los pastores y sacerdotes debieron ocuparse de la educación por ser los más instruidos de la comunidad.
Pero los clérigos ya estaban superados de trabajo, no les quedaba mucho tiempo para ocuparse también de la enseñanza. Por lo tanto esa tarea fue derivada al “sacristán” que con el pasar del tiempo fue conocido como “Lehrer” (maestro) y más adelante, maestro de escuela, “Schulmeister”.
Estas personas eran responsables de muchas actividades en la aldea. Eran maestros, dirigían el coro de la iglesia, hacían los registros de nacimientos y fallecidos, cobraban las cuotas para el mantenimiento del culto y mucho más.
En Argentina la educación de los inmigrantes también estuvo relacionada con la Iglesia, ya que no había escuelas y generalmente se construía una habitación contigua al templo donde se impartían las clases, o se hacía en la misma Iglesia.
Con el correr de los años fueron construyendo edificios independientes de la Iglesia para la educación. Los maestros atendían a todos los grados a la vez, medio día en castellano y la otra mitad de la jornada en alemán.
Los sábados se impartía enseñanza religiosa. En el caso de los evangélicos debían aprender de memoria el catecismo de Lutero, los diez mandamientos, el Credo, el Padrenuestro, muchos versículos bíblicos y los himnos que se cantaban en los cultos. Todos en una misma aula y con un solo pizarrón.
Los hijos de los colonos sabían hablar solo en dialecto alemán, por lo tanto el mayor problema eran las clases en castellano. Las lecciones en castellano muchas veces eran aprendidas de memoria sin entender una sola palabra de lo que decían. La instrucción en alemán era más fácil, ya que se basaba fundamentalmente en la lectura y escritura.
También se aprendía geografía, historia y literatura alemana. Algunos maestros prohibían hablar en alemán en los recreos y se castigaba a quienes no cumplían. Los alumnos asistían a clase con una especie de pizarra muy fina enmarcada en madera, y un lápiz cuya escritura era similar a la tiza y fácil de borrar. Un cuaderno de caligrafía y otro de lectura. La “mochila” era una bolsa que cocían las madres con bolsas de arpillera que se podía colgar del cuello.
La disciplina era muy severa y era común recibir azotes ante un error en la tarea. Las escuelas eran privadas y el sueldo del maestro era pagado por los padres de los alumnos. A la vez el programa de enseñanza lo determinaba el gobierno provincial y cada tanto había inspectores que hacían visitas.
Generalmente los maestros eran personas de origen alemán que llegaban al país para la exclusiva función de enseñar. En su mayoría eran muy estrictos y severos. Todavía quedan ex alumnos de estos maestros que tienen recuerdos tristes.
También hubo algunos que se hicieron querer mucho. Wilhelm (Guillermo) Welp fue maestro en varios lugares de Entre Ríos, entre ellos en la Colonia Stauber, Irazusta. Nació en Bielefeld y después de combatir en la Primera Guerra Mundial, donde obtuvo la Cruz de Hierro y medalla al valor, decidió instalarse en Argentina. Conoció a Susana Spomer, una descendiente de alemanes del Volga de la colonia El Potrero, con quien se casó.
Formó su familia y vivió en la colonia durante algunos años donde era el maestro de alemán y castellano. Se hacía respetar mucho, pero sin llegar a generar miedo en los alumnos. Enseñaba todas las materias y además canciones, teatro y poesías. Todos los ex alumnos de Guillermo con los que pude hablar dijeron que fue un maestro muy querido. Lamentablemente falleció en un accidente de tránsito cuando ya había dejado la tiza y el pizarrón para dedicarse a la apicultura.
Algunos alumnos vivían relativamente cerca de las escuelas pero otros no tanto y debían asistir en caballo, sulky o carro. Con el viaje de ida y vuelta, la clase en castellano y luego la de alemán, el día se hacía largo y estaban muy ocupados.
A la noche, ya de vuelta en sus hogares, después de la cena había que hacer los deberes sin chistar, bajo la mirada de los padres.
Al llegar los alemanes del Volga al país, era presidente el doctor Nicolás Avellaneda. Argentina apenas contaba con dos millones de habitantes, de los cuales su mayoría era analfabeta.

La lengua

La cultura de los Alemanes del Volga posiblemente esté relacionada con el constante movimiento migratorio que vivió a partir del siglo XVIII, cuando partieron de Alemania. Una cultura representada por objetos simbólicos más que materiales, debido al constante movimiento en busca de nuevos lugares para vivir.
Tal vez eso fue lo que desalentó el desarrollo de emprendimientos industriales o artísticos como lo hicieron otros grupos que gozaron de mayor arraigo.
Asimismo ese constante caminar hizo que se fortalecieran los bienes que podían llevarse consigo cada vez que hacía falta migrar a otro lugar. Desarrollaron una extensa y rica tradición oral. Dicha tradición se expresa a través de la música y el habla.
Los Alemanes del Volga hablan dialectos pertenecientes al “Alto Alemán”.
El alto alemán es el que dio origen al idioma actual literario y el bajo alemán al inglés y neerlandés entre otros. Un ejemplo del bajo alemán es el que hablan los menonitas.
Si bien el alemán literario no fue usado en la legua coloquial, se usaba en los libros, la iglesia y la escuela. En el trato cotidiano siempre se usaron los dialectos. No todas las aldeas en el Volga y luego en Argentina usaban el mismo dialecto, pues el lugar de origen no era el mismo.
Cada grupo llevó hasta Rusia el dialecto que usaba en su ciudad de origen en Alemania. Lo mantuvieron en Rusia mientras vivieron ahí y luego lo trajeron a la Argentina y otros países de América.
Si un descendiente de alemanes del Volga que todavía mantiene su dialecto, fuera a la ciudad de origen de su ancestro en Alemania hoy en día, se sorprendería por la similitud entre la forma de hablar que tiene cada uno a pesar de las variaciones que pudo sufrir con el correr de los años.
Los idiomas van sufriendo cambios con el paso del tiempo, y en especial los dialectos, ya que no quedan de forma escrita, sino oral. Los que llevaron los alemanes a Rusia también sufrieron estos cambios, si bien cada aldea mantenía el suyo, inevitablemente tuvieron que relacionarse entre ellas y comenzó a mezclarse. Esta mezcla hace que cada uno de los dialectos pierda y adquiera algo. En los casos en que preponderaba uno más que otro, del “derrotado” solo quedaban algunos rastros.
Estas formas de hablar han sufrido cambios no solo por mezclarse con otras y con los habitantes de Rusia, sino también para la designación de cosas nuevas y la incorporación de palabras.
En el libro “Los alemanes de Rusia” de Jakob Riffel, el autor pone algunos ejemplos de cosas que los alemanes no conocían cuando salieron de su país y a las que debieron ponerle un nombre. A la bicicleta la llamaron “Tretwage” que literalmente significa carro para pedalear y una locomotora fue nombrada “Feuerwagen” carro de fuego. El avión es “Luftschiff”, barco volador.
En Rusia el grupo no sufrió mucha influencia del idioma local, aproximadamente 800 palabras fueron las que incorporaron a sus dialectos. Sin embargo en Argentina, donde la comunidad no se desarrolló tan aisladamente como en Rusia, fue necesaria la implementación del castellano para interactuar con las personas locales. No solamente con la incorporación de palabras sueltas sino a la formación de oraciones completas para expresarse.
Muchas personas se hicieron mayores viviendo en Argentina y sin embargo nunca aprendieron a hablar en castellano. Estas personas consideraban que no era necesario aprender, pues entre ellos se entendían perfectamente en alemán.
De la misma manera, la mayoría de las personas que vivieron en las orillas del Volga, nunca aprendieron a hablar en ruso. Por suerte el gobierno insistió con que los niños en edad escolar hablen, lean y escriban el idioma nacional. Goethe dice: “Cada provincia ama su dialecto, pues en verdad es el elemento del cual el alma saca su aliento”.
Y el alemán del Volga tiene un fuerte apego por su dialecto. Es una de las partes más íntimas de la persona. El sonido le resulta agradable y en ningún otro idioma uno puede expresarse con tanta claridad como con el idioma materno. Con una sola palabra se puede expresar mucho, mientras que para lo mismo, hacen falta frases muy largas en otros idiomas.

El maestro Fritz

Friedrich “Fritz” Knochenhauer nació el 23 de febrero de 1883 en Alemania. Llegó a la Argentina en 1912 para ocupar el cargo de maestro en aldea Santa Celia, departamento Gualeguaychú. Dictó clases en alemán y en castellano.
Los relatos de personas que estuvieron en su clase y familiares de alumnos de este maestro, no lo favorecen mucho.
Es descrito como una persona violenta y autoritaria. En general todos los maestros alemanes eran muy estrictos. Fritz se había fanatizado con el régimen nazi y demostraba cierto odio hacia los alemanes de Rusia. La gente de la aldea lo comparaba por su aspecto con Adolfo Hitler, inclusive llevaba un bigote igual al del Führer.
Los alumnos respetaban mucho a “Fritz”, pero en realidad lo que sentían era miedo. Sobre su escritorio o empuñándola siempre, tenía una delgada vara para golpear contra la mesa, el pizarrón o algún niño al que le costaba aprender.
Una ex alumna, me relató que en una oportunidad pretendía que un chico pronunciara correctamente la palabra “rueda” pero al niño le salía decir “róida”. Tantas veces le gritó y exigió al decir correctamente la palabra hasta que en un ataque de ira tomó al pequeño de su brazo, lo arrojó al suelo, apoyo un pie sobre el cuerpo y lo golpeó con la vara muchas veces, a la vez que lo insultaba.
Otro fue el caso de un alumno que recibió un golpe tan fuerte en la frente que le produjo una lastimadura y tuvo que volver a su casa antes de finalizar la clase. Los padres jamás se quejaron del maltrato que recibían los niños en las clases de Knochenhauer ni en las de ningún otro maestro. Es sabido que algunos padres les daban instrucciones de pegar a sus hijos para que aprendan.
Los primeros años de clases en aldea Santa Celia, se daban en el templo, se colocaba un pizarrón a mitad de la Iglesia de manera que el altar quedaba atrás y otro pizarrón del lado donde estaba la puerta. Entre los dos pizarrones se enseñaba. Algunos años Fritz llegó a tener más de cincuenta niños en sus clases. Irónicamente el apellido alemán Knochenhauer en su traducción literal al castellano significa “Picador de huesos”.

Especialistas en la elaboración de Kreppel


Unión Padres de Familia de la Escuela Parroquial Santa María se ha hecho especialista en la elaboración de Kreppel. El 6 de agosto venta de Kreppel en el playón del ferrocarril de la Avenida Casey, en Coronel Suárez.

Reunidos todos los integrantes, trabajando unidos con un mismo objetivo, realizan ventas de esto que es un clásico de la repostería alemana, de la que por más que se pida la receta si no se la confecciona con amor y fe no tiene el mismo sabor. 
En diferentes oportunidades han llevado a cabo ventas al público de Kreppel, lo que les ha permitido reunir fondos para el establecimiento educativo, sumando ya cientos de decenas de esta rica torta.
Consultado Gustavo Di Battista, Presidente de la Unión Padres de Familia, dijo que “no es sencillo llevar adelante estas actividades, pero contamos con un grupo nuevo de personas que integran la Comisión y todos con muchas ganas de trabajar por la institución. Hemos realizado un hecho inédito, viniendo a Coronel Suárez a ofrecer nuestros Kreppel, con todo lo que ello demanda, armar una carpa, reunir diferentes utensilios, para lograr recaudar fondos que luego se vuelcan a nuestra escuela”.
“La jefa de cocina es Silvina Hegell, que es madre de alumnos de la escuela, que cuando le propusimos colaborar se sumó. Ella es un poco el alma mater de esto, porque es donde comienza la actividad, elaborando la masa con una receta antiquísima, propia de los alemanes del Volga. A partir de ahí elaboramos un producto muy buscado, que no se consigue salvo en las Fiestas Patronales o en alguna otra ocasión especial”.
Estas ventas se hicieron dos veces en Coronel Suárez, en la Plaza Tambor de Tacuarí, con una extraordinaria recepción, y dos veces en Santa María, en la Avenida 11 de Mayo, y en una ocasión en la ciudad de Pigüé, en la jornada de puertas abiertas del Batallón que está en ese lugar. Y ahora la oportunidad será este próximo 6 de agosto en el playón del ferrocarril, donde estarán haciendo una nueva venta de Kreppel desde horas de la mañana.

martes, 28 de julio de 2015

María Virginia Heumann, la tenacidad y la gratitud: un ejemplo de vida


La noche tan soñada, la del diploma, 
la que el 17 de este mes 
coronó tanto esfuerzo.
Comenzó en la UNS y en 2007 pasó a la UTN. Cursó Ingeniería Civil. Estudió, trabajó, afrontó la muerte de su mamá y se graduó con 9,06, el promedio más alto del 52º acto de Colación de Grado de la UTN. María Virginia es oriunda de Pueblo Santa María, hija de Mirta Schwerdt y Rubén Heumann. Actualmente está radicada en Monte Hermoso donde mantiene un gran compromiso con la educación pública.

Las manos de María Virginia Heumann se aferran a su título de ingeniera civil, un tesoro ganado con 9.06 de promedio, el más alto del 52º acto de colación de grado celebrado el 17 de este mes de julio en la Facultad Regional Bahía Blanca de la Universidad Tecnológica Nacional.
Desde este presente pleno de satisfacción María Virginia no puede evitar mirar hacia atrás y agradecer.
“Durante el transcurso de mi carrera soporté la dolorosa pérdida de mi mamá. Gracias a la contención de todos mis compañeros, de sus familias, de profesores y del departamento de Ingeniería Civil, además del apoyo incondicional de mi papá y de mi marido Diego pude seguir adelante y llegar a mi tesoro: el título de esta carrera tan hermosa”.
Nacida en Pueblo Santa María, hija de Mirta Schwerdt y Rubén Heumann, descendientes de alemanes del Volga y empleados ambos en la por entonces planta Gatic, más conocida como Adidas, María Virginia ingresó en la UNS en 2001 para seguir Ingeniería Civil, estimulada por todo lo que la matemática y la física le gustaron en el secundario.
“Primero viví en una pensión donde conocí a Paula, con la que luego compartí un departamento por varios años. En 2005 vino mi hermano Ariel, también un apasionado de la ingeniería. Luego de cursar tres años en la UNS tuve que emplearme, lo que me resultó muy complicado debido a la carga horaria. En 2007 decidí seguir en la UTN y allí me ayudaron a realizar todos los trámites para no perder las 10 materias que había rendido. Me pude organizar mejor y ese mismo año recibí una beca para trabajar en el laboratorio de Química que pertenece al departamento de Medio Ambiente”.
En los últimos cinco años y medio pudo recorrer, junto a profesionales del área, muchas empresas de Bahía Blanca y la zona. Dice que ellos les transmitieron conocimientos, principios y el valor de trabajar en equipo.
“Gracias a la UTN, una hermosa familia siempre presente, logré desarrollar mi máximo potencial. Y gracias a la posibilidad que nos otorga nuestro país conseguí formarme en una excelente universidad pública y gratuita. De otra manera hubiera sido mucho más difícil”.
Abanderada en 2012 y desde 2010 a 2012 consejera titular del departamento de Ciencias Básicas, vive en Monte Hermoso donde está dedicada a la educación pública en escuelas medias y técnicas.
“Tengo la satisfacción de formar chicos que en el futuro serán parte de alguna de las universidades argentinas. Cada día que pasa es un desafío constante y un nuevo aprendizaje para mí”.
María Virginia siente que es tiempo de devolverle a la sociedad todo lo que recibió, aportándole no solo su conocimiento sino por sobre todo valores éticos, morales y el incentivo de procurar la perfección.

Fuente: La Nueva.

viernes, 24 de julio de 2015

Origen del queso. Receta de cómo preparar ricota, Faulkaese y Leberkaese: tres quesos tradicionales de los alemanes del Volga.

“Los colonos alemanes del Volga fabricaban sus propios quesos, por ejemplo, la ricota. Este producto lácteo se elaboraba dejando la leche en un sitio cálido, con lo que el azúcar de la leche, la lactosa, se agriaba, lo que hacía que los constituyentes sólidos de la leche, se separan del suero por la acción de las bacterias del ácido láctico. La precipitación daba como resultado un producto espeso, la cuajada o ricota, que se recogía en un trapo fino o gasa para que escurra bien el suero y después suavemente removido se preparaba para su consumo. Con la ricota se preparaban ricas comidas y también se hacían otro tipos de quesos”.

La elaboración del queso seguramente fue descubierta por diversas comunidades al mismo tiempo. Las ovejas fueron domesticadas hace 12.000 años y en antiguo Egipto se cuidaban vacas y se les ordeñaban para tener la leche por lo que es lógico pensar que también harían quesos. La leche se conservaba en recipientes de piel, cerámica porosa o madera, pero como era difícil mantenerlos limpios, la leche fermentaba con rapidez. El siguiente paso fue el de extraer el suero de la cuajada para elaborar algún tipo de queso fresco, sin cuajo, de sabor fuerte y ácido. Cuenta la leyenda que un pastor árabe volvía a su morada con la leche de las ovejas dentro de una bolsa hecha con la tripa de uno de sus corderos y que después de caminar a pleno sol, al abrir la bolsa la leche estaba cuajada, sólida, hecha queso.Los romanos lo incluían en su dieta condimentándolo con tomillo, pimienta, piñones y otros frutos secos, cuando sus soldados se asentaban en un campamento, elaboraban queso.Toda la antigüedad estaba plagada de alusiones al queso fresco, cuajado. En la antigua Grecia no se comía sólo sino mezclado con harina, miel, aceite, pasas y almendras y se encuentra en recetas antiguas de platos y postres muy preciados.El nombre del producto proviene de la palabra griega fornos asi se llamaba el cesto para los quesos y de ella derivan el fromage francés, fortmatge catalán y el formaggio italiano, y la palabra latina caseus de donde proviene el queso español, el cheese anglosajón y la caseina principal albumninoide de la leche y del queso.En la Edad Media, la órdenes religiosas se convirtieron en importantes zonas de actividad agrícola y el queso adquirió importancia durante los muchos días de ayuno en los que se prohibía comer carne, por lo que se crearon diferentes tipos de queso, así aportaban variedad a su limitada dieta.Con el auge del comercio y el aumento de la población urbana, el queso se convirtió en producto importante para la economía, empezó a comercializarse con queso, fuera de las zonas de producción y más allá de las fronteras y cuando se colonizó el Nuevo Mundo, se llevaron sus tradiciones queseras.Al principio se utilizaba leche cruda, pero en la década de 1850 el microbiólogo Louis Pasteur descubrió la pasteurización, que cambió el proceso de elaboración del queso. Empezó a mezclarse leche de distinta procedencia y distintos rebaños para obtener un producto homogéneo y disminuyó considerablemente el riesgo de aparición de organismos que pudieran estropear el proceso.

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Queso de ricota

Ingredientes:Leche

Preparación:Dejar la leche en un sitio cálido hasta que se vuelva agria, lo que hace que la leche se solidifique. Lo que da como resultado un producto espeso, llamada ricota, que se recoge en un trapo fino o gasa y se cuelga para que escurra bien el suero. Después se remueve y se preparaba para el consumo. Con la ricota se preparan varias comidas y también otro tipo de quesos.

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Faulkaese

Ingredientes:
1/2 kilo de ricota
Una cucharada de bicarbonato
Una cucharada de sal
1 huevo

Preparación:
Dejar reposar durante veinticuatro horas el condimentada con la cucharada de bicarbonato y la de sal. Luego poner en una olla dos cucharadas de margarina y colocarla sobre el fuego; agregar la ricota que se dejó en maceración y revolver hasta que espese. Volcar en un molde mientras se le agrega huevo batido. Dejar enfriar.

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Leberkaese

Ingredientes:
1 hígado de cerdo o cordero, limpio
1 corazón de cerdo o cordero, limpio
2 riñones de cerdo o cordero, limpios
2 pulmón de cerdo o cordero, limpio
3 pan francés pequeño, estacionado
3 Huevos
3 cucharadas de grasa de cerdo a temperatura ambiente
Sal a gusto
Orégano molido
1/2 cucharadita pimienta negra, preferentemente recién molida
Harina de trigo
2 tazas de agua caliente

Preparación:Encienda el horno a temperatura media, para precalentarlo. Coloque los pancitos en el bol mediano, vierta el agua caliente y deje en remojo, para que se ablanden.
Mientras tanto, corte las vísceras en trozos y pase dos veces por la máquina de picar y coloque en el bol grande. Después, escurra los panes, píquelos con la máquina y coloque junto con la masa de vísceras.
Entonces, mezcle bien y, siempre revolviendo, añada los huevos, la sal, la pimienta, el orégano, la grasa de cerdo, reservado 1/2 cuchara para untar el molde, y la cantidad necesaria de harina para formar una pasta bien espesa.
Unte el molde con la grasa restante, enharínelo y llene con la pasta, teniendo en cuenta que debe quedar espacio libre pues durante la cocción aumenta el volumen.
Hornee de 45 a 60 min. Retire, desmolde y puede servir frío o caliente.

El libro“Historia de los alemanes del Volga”, del escritor Julio César Melchior, reconstruye toda la historia de nuestros queridos abuelos, los alemanes del Volga y se puede adquirir por correo, en todo el país, por el sistema de contra reembolso, es decir, me pasás tus datos postales y te envío la obra y recién la pagás cuando la tengas en tus manos. (Correo electrónico: juliomelchior@hotmail.com).

Se organiza un nuevo torneo de Koser, el juego tradicional de los alemanes del Volga


Desde la delegación municipal Pueblo Santa Trinidad nos informan que habrá un nuevo torneo de Koser este sábado 25 de julio en el anfiteatro Municipal “Andrés Schwab”. Este será el Segundo torneo de Kosser por parejas y comenzará a partir de las 13.30 hs. Habrá esmerado servicio de cantina.

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jueves, 23 de julio de 2015

Nueva venta de Krepel en Pueblo Santa María

 
Organiza la Unión Padres de Familia de la Escuela Parroquial Santa María.

Este domingo, de 15 a 18 horas, la Unión Padres de Familia de la Escuela Parroquial Santa María llevará a cabo una nueva venta de Krepel a $40 la docena en Pueblo Santa María, frente a la Biblioteca del Club El Progreso.
Lo recaudado es para solventar gastos de la escuela.
“Agradecemos desde ya la colaboración de todos en cada una de las ventas realizadas, pues de esto depende que podamos seguir creciendo como institución”. 
“Comunicamos que se ha invertido en la compra y mano de obra del techo del patio del jardín, que a la brevedad se comenzará a construir, se han comprado nuevos calefactores, 5 notebooks para uso de los alumnos de secundaria y una PC completa con impresora para el sector administrativo de primaria. Se están proyectando además nuevos trabajos necesarios para el mantenimiento del edificio”.
“Anunciamos también que se está organizando el tradicional almuerzo de Kerb para el domingo 6 de septiembre, en la semana próxima comunicaremos más datos al respecto”.

Se viene la décimo cuarta edición de la Fiesta de la Carneada.


Más del 70% de las tarjetas ya se vendieron. Sábado 15 de agosto en Pueblo San José.

La Asociación Cultural Germano Argentino del Pueblo San José y la Asociación Suarense de Descendientes de Alemanes del Volga están organizando la 14º Fiesta Provincial de la Carneada.
Este gran encuentro se llevará a cabo el sábado 15 de agosto desde la hora 21 en el salón de fiestas del Club Germano Argentino del Pueblo San José. 
En dialogo con la Radio uno de los organizadores y alma mater de esta fiesta, Juan Hippener, se mostró sumamente entusiasmado por la respuesta de la gente, ya que se han vendido el 70% de las tarjetas sobre un total de 650 que se pusieron a la venta.
Hippener también comentó que “hemos logrado que nuevamente sean los principales animadores bailables de la fiesta el Conde Graff y el Grupo Astral, quienes fueron los iniciadores de estos encuentros hace 14 ediciones atrás, pero que el grupo se había disuelto en los últimos años por diversos motivos por lo cual será un gran reencuentro en nuestra fiesta”.
La tarjeta tiene un valor de $300, “pero más económico es imposible hacerlo ya que los costos son muy elevados, máxime el menú que se brinda en esta magnífica cena” expresó Hippener.
Juan luego comentó que “este evento es especial, diferente y único con respecto a las otras fiestas, motivo por el cual el trabajo que demanda es muy importante, inclusive comenzando el año anterior” anticipó el dirigente de la Asociación Descendiente Alemanes del Volga, quien confirmó que el menú será “ensalada rusa con fiambres caseros, morcilla blanca y negra, salame, queso de chancho, chorizo seco y jamón crudo, todo esto como entrada, luego viene el chorizo hervido con ensaladas, carne de cerdo y vaca con papas al horno, helado y bebidas”.
Más adelante Hippener manifestó que “siempre le agregamos algo y este año se sortea un viaje para dos personas a Merlo, San Luis, saliendo el 17 de agosto, gentileza de Julio López Viajes, pero la persona que lo gane deberá estar presente en la cena y partir el lunes 17 a Merlo”.
En el cierre Juan invitó a toda la comunidad a participar de la Fiesta de la Carneada: “para todo nuestro grupo es mucho el trabajo y el esfuerzo que hacemos, queremos que todo salga bien, cumplir con los requisitos sanitarios, por eso es muy importante el apoyo que nos brinda la gente de Coronel Suárez y de toda la región, ya que inclusive tenemos tarjetas encargadas de ciudades de otras provincias”.

miércoles, 22 de julio de 2015

¡Vale la pena ser como nuestra gente!


Doña Elisa Gareis Bohn, abuela alemana del Volga (Historia de su vida)

Abuela desayunó. Rezó su rosario, murmurando las plegarias en susurros suaves y dulces. Con paso lento y cansino –tenía noventa años- caminó hacia la ventana. Corrió la cortina y miró hacia la calle. Estaba desierta. El sol apenas asomaba en el horizonte. La luz era un crisol de colores eclosionando en la lejanía del campo.
Volvió a su silla. Abrió la Biblia, escrita en letra gótica, y leyó, concentrada y con profunda fe. Transcurrieron los segundos, los minutos… Conversaba con Dios, solía decir cuando leía la Biblia. Estaba tan concentrada en ese menester que no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor.
A las diez levantó la vista de las Sagradas Escrituras. Miró el reloj. “Hora de tomar mate”, pensó fiel a su costumbre de todas las mañanas. Tenía sus ritos que mantenía desde años tan remotos que ni ella recordaba cuando los puso en vigencia.
Preparó el mate sin apenas hacer ruido. Ella y la casa eran silencio. Un silencio opresivo e indescifrable. La gente –que habla y se mete a opinar donde no debe- decía que vivía en el pasado, que estaba loca. Poco le importaba a abuela lo que pensaran los demás. Ella vivía como le enseñaron sus ancestros. Vestida de negro; rezando; conservando costumbres y tradiciones milenarias… Mientras afuera los tiempos cambiaron y la modernidad trajo nuevas vestimentas, costumbres y modas y nuevos inventos de los cuales desconocía la mayoría, un poco por pereza y otro poco por desinterés.
Se sentó a tomar mate, cavilando recuerdos. Reflexionando. Sí, pensó, reflexionar y pensar y recordar era todo lo que hacía desde hacía muchos pero muchos años. Desde que su esposo murió, desde que sus hijos se casaron y se fueron de casa, desde que la vida y la sociedad cambió, desde que, lentamente, fue envejeciendo sin darse cuenta de que ya no tenía sueños ni tampoco anhelos por cumplir. Se sentía satisfecha. Deseó ser esposa y madre. Como manda Dios. Y cumplió. Lo demás son trivialidades, solía decir cuando sus hijos, alguna vez la instaron, hace muchos años, a buscar un nuevo motivo para seguir viviendo.
Con el compás de las horas preparó el almuerzo. Durmió una siesta. Repitió el ritual de todos los días.
Llegó la noche. Cenó. Rezó. Y se fue a dormir. Como todos los días, como siempre. Sin saber que ese había sido el último.

El libro“Historia de los alemanes del Volga”, del escritor Julio César Melchior, reconstruye toda la historia de nuestros queridos abuelos, los alemanes del Volga y se puede adquirir por correo, en todo el país, por el sistema de contra reembolso, es decir, me pasás tus datos postales y te envío la obra y recién la pagás cuando la tengas en tus manos. (Correo electrónico: juliomelchior@hotmail.com).

¡Krepel para todos!


Elaborados por la Unión Padres de Familia de la Escuela Parroquial Santa María. Largas filas durante la tarde del domingo para llevarse cientos de docenas de la tradicional repostería alemana en la Plaza Tambor de Tacuarí.

Una carpa amplia para contener todo el proceso de preparación de la masa, estirarla, cortarla y extender la línea de freído para asegurar a la gente, llevarse un tentador cartón repleto de Krepel elaborados a la vista y en el momento, más no se puede pedir para una fría tarde de invierno en la ciudad.
La Unión Padres de Familia que no para de trabajar generando recursos para el establecimiento del Pueblo Santa María y para ello es necesaria la decidida acción de preparar todo el operativo que se complementa con quienes atienden al numeroso público que se congrega en el lugar, cobran y entregan, todo en un rápido y eficiente despliegue.
Los Krepel tienen un secreto, pero sea como fuerea es una exquisitez de la gastronomía propia de los Alemanes del Volga y allí quien amasa, prepara la masa tiene la experiencia y su propia mano específica para manejar la materia primera y producir el resultado final.
Inmediatamente los “freidores” terminaban con el circuito para tentar a tanta gente que volvió a concentrarse frente a la carpa que se levantó en el mismo lugar próximo a la calle Urquiza en la concurrida tarde dominical en la Plaza Tambor de Tacuarí, lugar habitual para la reunión de las familias de nuestra ciudad.
El Presidente de la Unión Padres de Familia de la Escuela Parroquial Santa María, Gustavo Di Battista, agradeció la respuesta del público, destacó el trabajo de toda la comisión directiva, la vocación de trabajo al servicio de la institución de quien amasó y ahora se preparan para el 6 de Agosto, el Día de la ciudad, donde levantaran la carpa también para la venta de los Krepel.

martes, 21 de julio de 2015

Abuela Rosa Margarita Walter, una alemana del Volga que nos cuenta su vida

Doña Rosa Margarita Walter era una anciana de cabellos canos. Tenía un rostro curtido de arrugas. Ojos claros como el cielo. Labios en los que apenas surgía alguna que otra sonrisa. Había cumplido noventa y dos años cuando murió. Se llevó en su ataúd, además de su Biblia y su rosario negro, la historia de su familia, de su localidad y de su propia vida. Lo poco que sobrevive de ella es lo que confesó a Periódico Cultural Hilando Recuerdos una tarde de invierno de hace ya unos cuantos años.

“Nací y me crié en el campo, lejos de la colonia. Entre las vacas, el barro y el trabajo duro –narró en su momento doña Rosa, con lágrimas en los ojos.
“Mis padres eran tremendamente severos. Mi papá me pegaba con el cinturón cada vez que se le antojada o estaba enojado por algo. Mi niñez estuvo llena de obligaciones. No se me permitía jugar. Siempre tenía que hacer alguna tarea. A los diez años tuve que empezar a ayudar a regar la quinta de verduras y a la mañana, bien temprano, a las cuatro de la madrugada, tenía que levantarme para colaborar a ordeñar las vacas. Yo no quería. Lloraba. Pataleaba. Porque sentía frío, porque se me helaban las manos. Porque tenía miedo que una vaca me pateara, como una vez sucedió: me lastimó la pierna hasta hacérmela sangrar. Pero no había caso. Mis padres no me escuchaban. Cuánto más lloraba y gritaba, más me pegaban para que me callara la boca y obedeciera.
“A los doce años me pusieron de niñera en la casa de una familia rica. Yo trabajaba y mamá recibía el sueldo. Allí pasé de todo. Me humillaron. Me trataron como una basura. Hasta intentaron violarme. El hijo del patrón, que tenía unos quince años, me agarró desprevenida cuando estaba tendiendo ropa. Me tiró al piso, me rompió el vestido, me manoseo, me dio una trompada en la cara porque no dejaba que él me violara. Me escapé como pude, dándole una patada entre las piernas. Cuando se enteró el patrón, me despidió.
“Al llegar a casa se lo conté a mis padres y en vez de comprenderme, me dieron una paliza que jamás voy a olvidar. Papá me dijo: “Seguro que lo provocaste”. Y  mamá me gritó: “Sos una egoísta. Solamente pensás en vos. ¿Me querés decir cómo vamos a hacer para comer sin tu sueldo? Tenés la idea fija. Querías revolcarte con el hijo del patrón y te salió mal. ¿No podías controlarte un poco y buscarte un macho pobre? ¡No, la señorita justo elige el hijo del patrón! ¿Qué le vamos a dar de comer a tus hermanos?”. Y mamá tenía razón. Éramos trece hermanos y el más chico recién había cumplido seis meses.
“Mis padres me dejaron de hablar por unos días. Ni me miraban. Y si lo hacían, me miraban con desprecio. Yo no hacía otra cosa que llorar y llorar. Me sentía culpable de ser la causante del sufrimiento de mis padres y del hambre de mis hermanos.
“Pasaron tres meses y nuevamente me entregaron a una familia rica como empleada doméstica. Esta vez el trabajo era en Capital Federal. Lejos. Bien lejos de mis padres, para que no me mandara ninguna macana y me escapara. Y mis nuevos patrones me llevaron en tren. Mis padres ni siquiera fueron a la estación a despedirme. La patrona le giraba mi sueldo a mi mamá por correo. Yo no pude volver durante cuatro  años. Durante todo ese tiempo no viví a mis padres y tampoco a ninguno de mis hermanos. No tenía permitido venir de visita porque no debía gastar nada de lo que ganaba. Tampoco podía salir a pasear en Buenos Aires porque no tenía un solo centavo. Mamá se quedaba con todo. Pasaba los días libres en la habitación llorando y pensando en mi familia.
“A los veinte –continúo relatando doña Rosa-, me casaron con el que sería mi marido hasta el día que se murió: estuvimos casados más de cincuenta años. Nos fuimos a vivir juntos después de pasar por la iglesia y de compartir una fiesta de bodas. Así empezó mi matrimonio. Sin saber nada de sexo. Sin haber visto nunca a un hombre desnudo. Cuando nos quedamos solos en el dormitorio, la primera noche, mi marido me miró fijo, casi con enojo porque yo estaba paralizada de miedo, me desvistió a medias, me arrojó sobre la cama, se me tiró encima, y comenzó a hacer algo que yo no entendía y que me dolía mucho. Me puse a llorar desconsoladamente. Me dio asco y miedo. No quería hacerlo más. Pero tuve que hacerlo aunque no lo deseaba, aunque me doliera y aunque sintiera asco. Porque era mi marido y tenía que hacerlo siempre que él quisiera, me dijo el sacerdote cuando indignada por el pecado que habíamos cometido se lo conté.
“A los nueve meses nació nuestro primer hijo. A los dos años nació otro. A los tres años, otro. A los cinco años, otro. Y así sucesivamente, hasta que terminé por parir dieciséis hijos. Ya no daba más. Mi cuerpo pedía descanso y tranquilidad. No quería sufrir más. Pero mi marido no entendía. Y siempre me buscaba. Hacía lo quería conmigo. Yo no podía decir nada porque era su esposa y una esposa debe obedecer a su marido en todo.
“Pasamos mucha miseria. Incluso hambre. Porque a mi marido no le gustaba trabajar y tomaba mucho: era un borracho. Si sobrevivimos fue gracias a la solidaridad de la gente de la colonia, que nos daba de todo: comida, ropa… ¡de todo!
“Mi esposo me pegaba mucho. Cuando estaba borracho también les pegaba a nuestros hijos. Todos le tenían pánico. Salían corriendo cuando lo veían venir. Porque siempre alguno la ligaba. Pegaba muy duro. Nos lastimó el cuerpo varias veces con  golpes y cortes en la cabeza.
“Con esa angustia permanente nuestros hijos fueron creciendo. De a poco comenzaron a huir de nuestra casa. Ninguno de los varones se quedó conmigo para defenderme de mi marido, que me pegó durante toda su vida. Vivía enojado. Con nosotros. Con el vecino. Con la gente. Con el mundo entero. Nos culpaba de todo. Y descargaba la bronca pegándonos cada vez con más fuerza.
“Mi marido vivió hasta los setenta y dos años. El día que murió no pude llorar. Tampoco pude llorar la tarde en que lo sepultaron. En vez de dolor sentí alivio. Eso me generó culpa, sentí que estaba en pecado con Dios.


El libro “Historia de los alemanes del Volga” reconstruye el pasado de nuestros ancestros. Datos. Fechas. Emigraciones. Causas de las mismas. Identidad. Fundación de aldeas. Colonias. Todo. Absolutamente toda la historia de nuestros queridos abuelos, los alemanes del Volga.
El libro se puede adquirir por correo y lo envío a todo el país, por el sistema de contra reembolso, es decir, me pasás tus datos postales y te envío la obra y recién la pagás cuando la tengas en tus manos. (Comunicate a: juliomelchior@hotmail.com)

Inauguración cultural en la Sociedad Alemana de Villa Gesell – Mar de las Pampas en Concierto

En el nuevo salón de la Sociedad Alemana de Villa Gesell, que fue pensado especialmente en función de la acústica, tuvo lugar el primer evento cultural musical el día sábado18 de julio a las 19 horas. Se trató del 1º Concierto del Ciclo “Caminos de la Música Clásica” auspiciado por la Secretaría de Turismo de la Municipalidad de Villa Gesell y organizado por Mar del las Pampas en Concierto. A sala llena convocó a destacados cantantes líricos y pianista del Teatro Colón y Teatro Argentino de La Plata. El evento comenzó con las palabras de bienvenida de Regina Bakay de Herman, presidente de la Sociedad Alemana de Villa Gesell, seguida por las palabras del Director de Turismo, Lic. Emiliano Felice y del Intendente Municipal, Dr. Gustavo Barrera. La presentación de los concertistas estuvo a cargo de Pedro Coparchini, de la organización de Mar de las Pampas en Concierto. Una excelente acústica del salón, una destacada ambientación lumínica por VCP – Diego Herman y  la excelencia en la interpretación del repertorio elegido permitió vivir una noche mágica, provocando la ovación del público, que en reiteradas oportunidades  aplaudió de pie. La perfecta interpretación de distintas arias de óperas estuvo a cargo de María Bugallo (soprano), María Inés Franco (Mezzosoprano), Sebastián Sorarrain (barítono) y Miguel Angel Lezcano (tenor), acompañados por el destacado pianista Juan Pablo Scafidi. Finalizado el concierto la Sociedad Alemana de Villa Gesell entregó presentes florales a las cantantes e invitó a un vino de honor.
Los Conciertos continúan durante las vacaciones de invierno todos los sábados y domingos hasta el 1º de agosto.

sábado, 18 de julio de 2015

Tambera. Quintera. Trabajadora rural. Huérfana de padre. Vida de sacrificio y superación de la abuela María Sauer

Tambera. Quintera. Trabajadora rural. Huérfana de padre. Sin adolescencia. María Sauer falleció hace unos días en la Capital Federal. Nos dejó su legado en una entrevista concedida unos días antes de morir.

“Mi papá murió cuando tenía trece años. Mi hermano mayor dieciséis y mi madre treinta y ocho. Éramos ocho hermanos y una mujer ordeñando en el tambo, a partir de las cuatro de la mañana, con las piernas metidas en el fango de barro y bosta hasta las rodillas, con lluvia, con mucho frío. En invierno se nos congelaban las manos. Las vacas tenían el lomo blanco por las heladas. Pero la leche debía en los tarros para cuando pasara el carro que los buscaba para llevarlos a la fábrica de quesos, a las ocho y media.
“Mis hermanos menores lloraban. Estábamos a la intemperie. Nada importaba. No había queja posible: había que trabajar para sobrevivir. Teníamos una quinta de verduras enorme, que había que regar todos los días con baldes de veinte litros de agua, hacíamos conservas y dulces para todo el año. Carneábamos dos veces al año y hacíamos chorizos, jamones, de todo. Mamía cosía ropa para fuera. Horneábamos el pan en el horno de barro. Teníamos unas pocas ovejas para consumo. Un gallinero, que era un galponcito con aves y animales domésticos de todo tipo. Mamá vendía huevos, gallinas, pavos, gansos; lechones; leche, manteca, crema, ricota…
“Vivíamos cerca de la colonia, en un campo de ochenta hectáreas que nos dejó papá. En las que también se sembraba un poco de pastura y trigo.
“Mamá nunca se volvió a casar. Murió a los noventa y dos años, en la chacra donde enviudó y vivió toda su vida. Y de la cual partí para buscar trabajo en otras ciudades, hasta recalar en la Capital Federal. Donde vivo. Sola. Jamás me casé.
“Hice de todo para sobrevivir, igual que mi madre. Pero mi historia de grande no es tan importante. Lo importante es recordar la niñez y la vida que llevamos en aquellos lejanos tiempos. Tiempos de sacrificios; pero también de mucha felicidad. Porque éramos felices de estar en familia, todos juntos. Había unión. No importaba la pobreza. Lo más importante era la familia y la fe en Dios. Por eso todos salimos buenas personas”.

miércoles, 15 de julio de 2015

Historia de amor de la abuela Emilia Schmidt

Conversamos en dialecto. Me confesó secretos muy íntimos. Me habló de su alma desvastada por el viento de la soledad y de su corazón huérfano de amor. Me contó de los largos atardeceres de otoño sentada junto a la ventana tejiendo una bufanda interminable, mientras dialoga consigo mismo, reflexionando, pensando, llorando en silencio. Dejando que el tiempo transcurra como tren que corre sobre rieles que lo conducen al pasado, hacia esa estación Terminal llamada olvido. “Porque –según sostiene- muy pocos las recordarán, solamente su hijo. Me siento tan sola. Soy puro recuerdo”. Y así es doña Emilia Schmidt: recuerdo, puro recuerdo.

Nació en las colonias. Se crió en una casa humilde, con paredes de adobe y pisos de tierra. Con pocos muebles, los necesarios para tener donde comer y dormir; poco alimento, el necesario para sobrevivir. En el seno de una familia que no tuvo límites a la hora de tener hijos… “Los lanzaba al mundo casi inconscientemente –sentencia doña Emilia-, sin prever las consecuencias ni el estado de pobreza en el que vivíamos y que se agravaba con cada nuevo hijo que llegaba y que había que alimentar”.
Desde muy pequeña tuvo que hacer de madre, colaborar en la crianza de sus hermanos. Lo que le dejó poco espacio para jugar, para ser niña, para asistir a la escuela… Saltó de la niñez a la adolescencia sin escalas, y de la adolescencia a la adultez sin disfrutar nada ni adquirir experiencias de vida. Todo fue abrupto. Hasta la ida del hogar. Que se pareció mucho a la marcha hacia el exilio: la madre la envió a trabajar a Buenos Aires, a casa de una familia rica. “Todos los meses –rememora sin reproches- tuve que girar mi sueldo entero a casa. Por lo que pasaba mis días en la Capitaltrabajando, sin dinero para poder salir ni conocer nada. No tenía más remedio que llevar esa existencia. Recién a los tres meses de estar en Buenos Aires me alejé un poco del barrio en el que vivía”.
El destino siguió su curso, escribiendo los sucesos que marcarían a doña Emilia. Y un día le presentó a Miguel, un amigo de la casa donde trabajaba.
“Enseguida me sentí deslumbrada –evoca-. Era un caballero. Me enamoré. Nos veíamos en secreto. Fui tan ingenua. No me daba cuenta que una historia de amor tan dispar no podía conducir a un final feliz. Yo sólo era una pobre empleada que apenas sabía hablar un poco de castellano y nada más”.
La historia –como la llama doña Emilia-, se prolongó durante un año. Los meses precisos para apagar el fuego varonil de Miguel en cuartos de hotel y dejarla abandonada con un hijo. Terminó en la calle, discriminada por una sociedad que en 1950 no perdonaba a una madre soltera.
“Deambulé por Buenos Aires llorando –revive no sin repetir el mismo amargo llanto-. Trabajé en cientos de lugares para alimentar a mi hijo. Logré criar a mi hijo sola. El tiempo volvió a pasar –acelera el relato-, y un día pude tener mi casa propia”.


Confiesa que no regresó a las colonias. Ni siquiera escribió una carta. “No quería que me señalaran con el dedo ni que mis padres se avergonzaran de mí… y menos que sufrieran por mi culpa.  Recién me animé a retornar veinte años después. Y hoy. En que mi hijo se propuso reconstruir su pasado, ‘armar’ su árbol genealógico, y fue inevitable volver”.

Adquiera el libro “Historia de los alemanes del Volga”, que reconstruye todo el pasado de nuestros ancestros: Datos. Fechas. Emigraciones. Causas que las generaron. Fundación de aldeas. Colonias. Todo. Absolutamente toda la historia de nuestros queridos abuelos, los alemanes del Volga. El libro se puede adquirir por correo y se lo envío a todo el país, por el sistema de contra reembolso, es decir, me pasa sus datos postales y le envío la obra y recién la paga cuando la tenga en sus manos. No se la pierda!!! 

lunes, 13 de julio de 2015

Ana Rolhaiser, historia de vida de una abuela alemana del Volga

El cabello peinado hacia atrás en un rodete blanco. Los ojos celestes color cielo. El rostro de abuela buena. Y un acento de alemana del Volga en los labios contando la historia de su vida.

“Nací en cerca de un campo en Colonia Hinojo –evoca Ana Rolhaiser. Mi niñez la viví en Pueblo Santa María. La adolescencia en Colonia San José, La Pampa. Mis padres eran arrendatarios de campo. Muy trabajadores y honestos. Los estafaron varias veces por creer en la palabra en lugar de los documentos y las firmas. A los quince me casé con Agustín Strevensky. También trabajador rural. Lo intentamos todo pero no funcionó. Las condiciones de trabajo en el campo eran muy duras y los sueldos muy pobres. Lo que ganábamos no alcanzaba para nada. Y los patrones te trataban muy mal. Las condiciones de las viviendas eran muy básicas: apenas dos paredes de adobe, si es que había, una letrina y una matera dónde se reunían todos los peones a tomar mate. Por eso, al cumplir veinte años, mi marido tomó la decisión de mudarse a la ciudad de Buenos Aires. Yo no quería. Lloré mucho porque quería quedarme junto a mis padres y hermanos. Fue muy duro decir adiós a todos mis seres queridos porque sabía que quizá no lo iba a volver a ver nunca. Y muy equivocada no estaba: a mis padres no los volví a ver jamás.
“En el camino hacia Buenos Aires estuvimos viviendo unos tres o cuatro años en Bolívar. Tuve dos hijos. Siempre en la miseria. En la pobreza más absoluta. Muchas noches no teníamos ni siquiera pan para comer. Allí no estaban mis padres para ayudarnos ni tampoco había amigos ni alemanes del Volga para darnos una mano. Estábamos totalmente solos. Nadie nos quería. Éramos ‘los rusos’. Éramos extraños. No pudimos adaptarnos. Y entonces un día llegamos a Buenos Aires. Ahí sí que sufrimos. Ahí que me di cuenta lo que significa dejar el hogar y partir a tierras extrañas. Uno lo paga muy pero muy caro. Porque uno lo pierde todo, absolutamente todo. Las raíces. Y hasta la identidad –afirma.
“Fueron años duros. Muy duros. La pasamos mal pero muy mal. Nos engañaron vendiéndonos una casa que tenía dueño. Perdimos el dinero que habíamos ahorrado durante diez años con mucho sacrificio, privándonos de todo, hasta de lo más básico. Mi marido era muy crédulo. Muy inocente. En ese momento perdimos todo. Dinero, dueños, esperanzas… todo! Todo quedó en el camino. Apenas nos quedaban fuerzas para luchar por subsistir. Fue un golpe muy duro. Pero teníamos nueve hijos para criar. No había tiempo para llorar ni quejarse. Y no había, como hoy en día, dónde pedir ayuda”.
“No sé cómo pero salimos adelante. Nunca abandonamos la fe en Dios. Él nos acompañó siempre. Nos protegió. Nos cuidó. Muchas veces le rezaba llorando. Le suplicaba que nos diera paz, trabajo, comida. Y siempre nos dio todo. Tanto que un día nuestros hijos nos compraron una casa. Nos regalaron una casa. Nuestra casa. ¡Mi casa! Fue uno de los momentos más felices de mi vida.
“Cuando tuve mi casa planté flores, muchas flores. De todos los colores. Por fin podía tener mi propio jardín. Fue hermoso. Esa época muy fue linda.
“Cuando tuve mi casa quise ponerme en contacto con mis padres y hermanos pero ya era tarde, muy tarde. ¡Todos habían fallecido! ¡Qué tonta! Los años habían pasado y yo ni me di cuenta. Ya era una vieja. Tenía setenta y cinco años. Mis seis hermanos eran mayores que yo. Solamente me quedaban mis hijos y mi marido. No tenía hogar materno al cual regresar ni pueblo ni raíces donde volver. Viví en tantos sitios, en tantos pueblos y comunidades, que me sentía ajena en todos. Hasta que un día leí el libro “Historia de los alemanes del Volga”, de Julio César Melchior. En ese momento encontré mi historia y la historia de mi pueblo. Y les pude decir a mis hijos que tenía una identidad. Que era una descendiente de alemanes del Volga. Una sobreviviente. Como lo fueron mis abuelos. Como lo fueron mis padres.
“Y ese día recuperé todo lo que perdí el día que me marché de la casa de mis padres para casarme y mudarme lejos”.

Adquiera el libro “Historia de los alemanes del Volga”, que reconstruye todo el pasado de nuestros ancestros: Datos. Fechas. Emigraciones. Causas que las generaron. Fundación de aldeas. Colonias. Todo. Absolutamente toda la historia de nuestros queridos abuelos, los alemanes del Volga. El libro se puede adquirir por correo y se lo envío a todo el país, por el sistema de contra reembolso, es decir, me pasa sus datos postales y le envío la obra y recién la paga cuando la tenga en sus manos. No se la pierda!!!