Rescata

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viernes, 19 de abril de 2013

Intensa e importante actividad cultural está desarrollando el escritor Julio César Melchior en Buenos Aires


Publicado en
La Nueva Radio Suárez


Desde hace varios días el escritor Julio César Melchior está llevando a cabo una prolífica actividad cultural en la Capital Federal. La misma está compuesta por presentaciones literarias, firma de libros de su autoría e invitaciones a participar de eventos de suma trascendencia, como la visita a museos y lugares que son íconos en la cultura nacional y germana.



El escritor se encuentra en la Capital Federal desde hace más de una semana, participando de invitaciones que le permiten interactuar con destacadas figuras de la cultura nacional y acceder a un prestigioso ámbito que lo coloca como referente no solamente en cuanto a historiador de los alemanes del Volga sino también como referente literario de la provincia de Buenos Aires. Porque participó, especialmente invitado, a la presentación de sus obras y firma de ejemplares, en diferentes puntos estratégicos de Buenos Aires: dialogó con lectores y firmó autógrafos, también fue invitado por los organizadores a visitar museos y espacios culturales públicos. Una intensa actividad cultural que continúa, porque el escritor todavía se encuentra en la ciudad de Buenos Aires, con una extensa agenda cultural por delante, en la que se destaca el encuentro con escritores, invitación a eventos artísticos, presentación y entrega de sus obras a figuras de relieve nacional. Por lo que su estadía se prolongará por una semana más.






lunes, 15 de abril de 2013

Las recetas tradicionales de la abuela

Tapa del libro 
“La gastronomía de los alemanes del Volga”, 
del escritor Julio César Melchior, 
publicado en su novena edición, 
que rescata más 150 recetas tradicionales. 

Arde el fuego en la cocina a leña. La sopa exhala su vaho de vapor. El ambiente huele a caldo. Abuela cocina. Su casa es un hogar donde se comen las comidas más ricas. Ella sabe recetas que heredó de su madre y ésta, a su vez, de la suya, generación tras generación, durante centurias. Las llevaron de Alemania al Volga y del Volga las trajeron a la Argentina. ¿Dónde? En la memoria. Jamás estuvieron escritas en papel alguno. Simplemente las legaban.  Las transmitían demostrando cómo se hacían. Así sobrevivieron. Y así continuarán sobreviviendo, sostiene abuela.
¡Y tiene razón!


(Ahora esas recetas milenarias están plasmadas en una obra del escritor e investigador Julio César Melchior, para perpetuar el legado de las abuelas alemanas del Volga)




Periódico Cultural Hilando Recuerdos
Director: Julio César Melchior
Producción publicitaria: María Claudia Melchior

“Hay que conservar lo que aún tenemos y rescatar lo que ya perdimos”


Bajaron del barco. Viajaron en tren. Llegaron a Sauce Corto. Levantaron sus casas de adobe. Sencillas y humildes. Ladrillo sobre ladrillo. Esfuerzo sobre esfuerzo. Araron la tierra. La sembraron. Cosecharon. Y la volvieron a arar, sembrar y cosechar. Hicieron todo eso y mucho más. Lo hicieron sin conocer una sola palabra de español.  Hablaban, cantaban y rezaban en alemán. Y la nueva patria y Dios los entendieron y comprendieron. La Argentina los cobijó dándoles la oportunidad de un destino de prosperidad y Dios los protegió llenándoles las almas de gracia y las manos de abundancia.
Con el transcurso de los meses nacieron los hijos. Con los hijos surgió un hogar. Con el hogar una comunidad. Con la comunidad una colonia. Y con la colonia una iglesia, una escuela, almacenes de ramos generales…
Y llegaron más familias. Y la colonia creció. Se levantaron casas de ladrillo, grandes, hermosas, con jardines. Se embriagaron de lujo. Nació el deseo de tener dinero. De poseer cosas materiales. Floreció el ansia de poder. Se formaron clases sociales. Ricos muy ricos y pobres muy pobres. Unos pocos pudieron estudiar. Muchos tuvieron que comenzar a trabajar desde niños. Se acrecentó la desigualdad. Se perdieron tradiciones, costumbres…  Se olvidó el origen. Empezó a desaparecer el idioma. La identidad tambaleó.
Hasta que un día unos pocos comprendieron lo que estaba sucediendo: las raíces culturales morían. Había que hacer algo. Y esos pocos hicieron.  Y todavía están haciendo. “Hay que conservar lo que aún tenemos y rescatar lo que ya perdimos”, decidieron. Eran pocos, es cierto. Pero su trabajo está dando frutos. La identidad se está recuperando. Están volviendo a ser lo que nunca debieron dejar de ser: alemanes del Volga. Descendientes de inmigrantes de alemanes de una aldea del Volga, con sus costumbres, tradiciones, cultura e historia. En suma: ¡con su identidad! ¡Nuestra identidad!


Periódico Cultural Hilando Recuerdos
Director: Julio César Melchior
Producción publicitaria: María Claudia Melchior


El almacén y bar de don Eulogio Zepeda


Don Eulogio Zepeda llegó a la colonia junto con el siglo veinte. Compró una casa. Tiro paredes internas, unió habitaciones para formar un salón con salida directa a la calle. Lo llenó de estanterías de madera construidas rudimentariamente con su escaso conocimiento de carpintería. Estampó un almanaque en la pared  y un cartel al frente: Almacén y bar.
La comunidad lo miró hacer con recelo. Don Eulogio Zepeda era morocho, con bigotes a lo macho; rastra con monedas de plata en la cintura y facón en la espalda. De pocas palabras y mirada y gestos severos. Corpulento. Fuerte. Capaz de volver un toro sin más ayuda que su sus manos y su fuerza.
Cuando hubo terminado, se sentó a la puerta del negocio a esperar clientes.
El tiempo comenzó a transcurrir. Lento pero inexorable. Los días pasaban, y el morocho aguardaba inmutable. Pero nadie lo miraba siquiera. Nadie lo saludaba. Nadie le dirigía la palabra. Fuera porque no sabían hablar castellano o porque les provocaba recelo, la cuestión es que lo aislaron en la soledad de una espera inútil.
Porfiado, redobló la apuesta. Bajó lo precios. Ofreció bebidas gratis. Organizó torneos de truco, taba, chichón, bochas… Pero nada. El Almacén y bar continuó vacío de cliente, llenándose de polvo. Los bichos se hacían un festín con los fideos y los ratones con la yerba. El capital invertido se le escurría delante de los ojos.
-¡Y todo por estos rusos porfiados! –reflexionó un día en que tuvo que tirar varios paquetes de mercadería a la basura.
Pasaron los meses. Con ellos el verano, otoño, invierno, primavera…
Don Eulogio Zepeda mudó de carácter. Se volvió un hombre serio, parco, triste. Con los ojos inyectados en sangre. Bullía de furia. Casi un año y medio transcurrido y nadie había ingresado al negocio.
 -¡Tiré a la basura el capital que heredé de mi vieja!
Cansado, vencido y envejecido, por fin decidió cerrar el Almacén y bar. Acto seguido puso en venta la casa.
Los meses volvieron a pasar y con ellos las estaciones y nada. Cada vez bajaba más el precio de la casa y aun así nadie se interesaba en ella. Parecía maldita. Todos sus males habían comenzado el día que la compró y decidió mudarse a la colonia para hacerse rico entre esos rusos ignorantes –como él los llamaba en secreto.
Pero a pesar de que bajara el precio; no logro venderla.
Casi dos años sin hablar más que con unos pocos conocidos que llegaban de paso hacia la estación de tren de Coronel Suárez , Don Eulogio Zepeda lanzó un insulto que estremeció la colonia, montó en su caballo y se fue para siempre.
La casa empezó a envejecer y caerse a pedazos. Ladrillo a ladrillo. Transformándose en polvo. En olvido. Como la historia de Don Eulogio Zepeda que ya nadie recuerda.

Nuevo día para los inmigrantes


Amanece. El sol asoma en el horizonte, coloreando el paisaje engalanado de rocío. Los pájaros trinan alborozados. Los animales domésticos dejan el refugio donde pasaron la noche, cerca de la vivienda donde reside Joseph. El gallo anuncia el nuevo día. Los perros se desperezan. Las vacas dan leche. La granja resurge del silencio nocturno al ritmo del comienzo de la labor cotidiana. La mujer de la casa y los hijos ordeñan. Joseph se dirige a unos de los  potreros cercanos a la casa guiando el caballo que arrastra el arado mancera. Se escuchan las voces de la familia en plena actividad.
Amanece. El sol comienza a subir a lo lejos, imponente, en el horizonte. El día es transparente. Diáfano. Claro como los ojos de Joseph, donde sólo brillan sueños y una esperanza indómita. Sopla una brisa leve, como el suspiro de un ángel que se despierta tras una noche larga. Algunas gaviotas surcan el firmamento esperando que el arado abra surcos y surjan de la tierra húmeda los deliciosos manjares que la naturaleza les provee.
Amanece. Un día más como tantos en medio de la pampa húmeda de un partido llamado Sauce Corto. Un día más lejos de la aldea natal, donde permanecen vivos los recuerdos de seres queridos, habitando a la orilla del río Volga. Un día más de trabajo. Como tantos. Como los que ya transcurrieron y como los que vendrán. Iguales pero diferentes. Siempre más ajenos a la aldea del Volga y más cercanos a la colonia de la Argentina. Tan cercanos que los hijos de Joseph ya balbucean algunas palabras en español.
Amanece. Como amanecerá mañana, cuando Joseph se haya ido y sus nietos rememoren su hazaña. Le rindan tributo a su imagen de abuelo inmigrante que llegó al país a hacerse la América, solo, sin más riqueza que un baúl y más tesoro que su fe y su lengua.

Periódico Cultural Hilando Recuerdos
Director: Julio César Melchior
Producción publicitaria: María Claudia Melchior

viernes, 12 de abril de 2013

Historia del sacristán que le tuvo miedo al qué dirán



“Todo proyecto de vida de dos personas que se aman transcurre en un tiempo y lugar determinados. Un tiempo y lugar en los que coinciden los protagonistas para desarrollar su historia; a veces, fragmentada y otras, completa, fusionada a lo largo de toda la existencia terrenal. Pero sin un tiempo y un lugar no hay historia. Como tampoco la hay si los protagonistas no se apropian de la oportunidad que les está predestinada. Oportunidad que siempre es una sola: esa circunstancia frágil en la que ambas existencias se encuentran y deben decidir si unen o no sus destinos”,  reflexionaaba el sacristán camino de la iglesia.
Vestido de pulcro traje negro, lucía semblante severo y una mirada fija en el vacío, en la abstracción más absoluta y reconcentrada.
Abrió la puerta de dos hojas de la iglesia de par en par. Era domingo, hora de llamar a misa. Agitó con fuerza el badajo de la campana que, desde la torre, emitió el primer llamado a los feligreses.
Ingresó a la sacristía.
“El tiempo y el lugar”, continuó rumiando. “El que vivo en estos momentos...”. Dudó. Detuvo su andar, perplejo. “¿Mi lugar  -prosiguió pensando en alta voz- es este? Mi lugar en la sociedad y en la vida... ¿es este? –Se interrogó observando en detalle el interior de la sacristía-. ¿La sociedad y la vida son la misma cosa? ¿Importa lo que los demás piensan de mi? –se preguntó recordando frases tales como “¿qué es lo que va a decir la gente de vos si hacés eso?,” que blandían como un cuchillo afilado su madre, padre y hasta el mismo sacerdote para hacerlo cambiar de actitud cuando sus decisiones personales no coincidían con la “ética” social y cristiana que todos en el pueblo profesaban.
El hilo conductor que lo guiaba en el filosofar comenzaba a enmarañarse. Las palabras se trastocaban en imágenes. Comprendió que el inconsciente liberaba todo su potencial destructivo, todo lo que la razón tenía reprimido en esa cloaca mental. El rostro de una mujer prohibida, una silueta esbelta, un busto... y voces de personajes “aristocráticos” de la comunidad recordándole lo que murmuraban a espaldas de la mujer.
“Mi tiempo es también este. Por supuesto. El hoy en el que vivo, en el que existo, en el que soy. En el ahora en que amo”, concluyó no sin angustia. “Amo”, repitió en un murmullo tembloroso. Tenía miedo. Miedo a... ¿qué? ¿Al castigo por amar a una mujer condenada por la sociedad y la iglesia? ¿Miedo al castigo divino? ¿Miedo al castigo social? “¿Y cuáles eran estos castigos?”, se preguntó sabiendo que iba demasiado lejos en el análisis. El castigo divino lo desconocía.  El social era harto elocuente: la discriminación, la segregación, el dejar de pertenecer a un núcleo privilegiado de personas que ostentaban el orgullo de ser la crema y nata de la localidad. “¡Pero yo la amo!”, gimió mirando el rostro de Jesús crucificado que colgaba de una cruz de oro en la pared. “¡La amo!”, clamó otra vez mirando los ojos sufrientes del cristo muerto y sepultado por los pecados del mundo.
La amaba pero tenía miedo. Pánico. Terror. ¿A quién? ¿A Dios? ¿A la sociedad? ¿A lo que pudieran llegar a decir las personas honorables de la localidad si se casaba con una madre soltera y, según opinión de las “señoras decentes” del pueblo, frecuentada por varios hombres? ¿A quién? No tenía la respuesta. No deseaba encontrarla. “¿Para qué arriesgarlo todo?”, preguntó un amigo horas después cuando le contó sobre las cavilaciones que lo atormentaban. “Esperá y dejá transcurrir el tiempo”, le aconsejó. Profetizando que “el tiempo cura las heridas y traerá otro amor”.
Se dejó convencer. Los meses pasaron. La mujer se marchó del pueblo. El sacristán esperó que el tiempo curara la herida y trajera otro amor. La herida no sólo no cicatrizó sino que tampoco llegó otro amor para reemplazar al que se había ido.
Falleció soltero, a los 82 años. Murió solo, en un hogar de ancianos. La iglesia a la que sirvió durante casi cuarenta años y la sociedad a la que tanto temió, modificaron los preceptos y las reglas. Lo que antes fue pecado ahora no lo era.  Pero era tarde para reproches. Además... ¿A quién iba a reprocharle nada? Porque ninguna persona estuvo a su lado cuando murió como tampoco ningún ser humano estuvo a su lado cuando lo sepultaron. Ni el amigo que lo aconsejó, ni ningún representante de la iglesia y de la sociedad que manipularon su vida, condenando su destino a la soledad y el olvido.

martes, 9 de abril de 2013

No ocultes tu verdad….


Por Julia Prilutzky Farny

No ocultes tu verdad porque haga daño,
ni evites el dolor que está en tu vida.
Entrega lo que tengas –canto, herida-
pero entrega: no pases como extraño.

Y no mientas jamás, que todo engaño
deja su marca, tenue o definida,
y hay luego en todo estar, algo de huida
y en toda intimidad, algo de huraña.

El día que murió mamá


Nos dejó solos. Nos dejó una casa llena de silencios y un enorme vacío en nuestras vidas. Se marchó en otoño, en un atardecer gris y frío.  Sin quejarse ni lamentarse. Cómo lo hizo todo en su existencia: acatando la voluntad de Dios. Cerró sus ojos y se durmió pacíficamente. Junto a ella, sus hijos, mirábamos sin comprender. “Mamá no podía morir. Mamá era eterna”. Pero mamá murió. La luz de su mirada se apagó lenta e inexorablemente. El cuerpo fue quedando tieso, las manos sin caricias, sin ternura y sin afecto.
La habitación se llenó de llanto. Las mujeres emitieron gritos desgarradores. Se abalanzaron sobre el cuerpo sin vida, lo agitaron: “Mamá, mamá, no nos dejes”. Pero mamá ya no estaba; mamá ya no podía escucharnos. Mamá se había ido. Nos dejó solos. Absoluta y desoladamente solos. Sin su voz, sin su presencia colmando nuestras existencias de amor. Sin el consuelo de saberla esperándonos aun cuando  viviéramos lejos, muy lejos... Ella siempre parecía esperarnos. Siempre podíamos volver y encontrarla en la casa de nuestra niñez y abrazarnos a sus brazos y encontrar el consuelo que sólo ella era capaz de brindarnos.
Alguien llamó a la casa funeraria. Llegaron varios hombres con un féretro. Lo introdujeron en la habitación, junto a la cama donde yacía el cuerpo de mamá. Frente a la puerta cerrada, escuchamos el crujir de la madera, los ecos de la tapa que uno de los hombres seguramente apoyaba contra la pared... y nos pareció imposible imaginar que estuvieran colocando a mamá dentro de un ataúd.

lunes, 8 de abril de 2013

Se agotó el libro “Historia de los alemanes del Volga”, del escritor Julio César Melchior

Publicado en La Nueva Radio Suárez

Presentado en agosto, el libro se agotó en apenas siete meses. Alcanzó una repercusión que trascendió las fronteras regionales para llegar a las universidades

Otro hecho relevante para destacar es que lo adquirieron personas e investigadores de varios puntos del país, entre ellos, Capital Federal, Mendoza, Chaco, Entre Ríos, La Pampa, Córdoba… Y residentes de otros países que lo utilizan como material de estudio.
La obra rescata y revaloriza la odisea inmigratoria que vivieron los alemanes del Volga y define el concepto de identidad que posee esta etnia. Su pasado genealógico social y cultural basado en una amalgama de raíces con reminiscencias de la Alemania del siglo XVIII, el Imperio ruso del siglo XIX, y la Argentina del siglo XX. Algo que muy pocos  historiadores tienen presente al escribir una obra sobre este pueblo.
Julio César Melchior, con muy buen criterio, coloca, en este libro, la historia de los alemanes del Volga dentro del contexto histórico mundial. La rodea del escenario en que sucedieron los hechos que le imprimieron originalidad.
Y, por sobre todas las cosas, indaga en profundidad en todos los aspectos de su identidad para –además de una cronología de acontecimientos históricos- dar una cabal interpretación de la idiosincrasia de este grupo inmigratorio. De ahí la trascendencia nacional que alcanzó este libro.





sábado, 6 de abril de 2013

¡Pobre mi abuelo querido!


Bajo la tierra,
en la tumba solitaria
del cementerio de la colonia,
un hombre descansa.

Duerme
en los largos días,
en las largas noches,
un sueño eterno.

Y es en la tarde
en que más lo recuerdo,
a mi abuelo
sentado en su mecedora.

Contando historias del Volga:
de rusos y cosacos,
de aldeas y colonias,
de estepas y nieve.

Cantando siempre cantando
tristes endechas
del terruño lejano,
allende el mar.

El sueño de los inmigrantes


Es de noche. Las estrellas semejan gotas de rocío fecundadas por el brillo de la luna.
Cantan las chicharras. Duermen los pájaros entre los árboles. Descansa la noche sobre las viviendas del pueblo.
Es una localidad pequeña en la vasta pampa. Una promesa de amor eterno en la tierra virgen. Una esperanza de civilización y progreso.
Es el sueño de unos inmigrantes que llegaron con sus baúles gigantes desde más allá del océano. De unas pocas familias que hablan distinto y se comportan raro. Que cantan y bailan al compás del acordeón. Que asisten a la iglesia todos los días. Que no hacen otra cosa que rezar y trabajar. Que transformaron la llanura en un mar de trigales. Y poblaron el silencio del desierto argentino de hijos.

viernes, 5 de abril de 2013

Entrevista a Julio César Melchior realizada por La Nueva Radio Suárez


Este escritor de Pueblo Santa María acaba de regresar de Buenos Aires donde vivió movilizadoras experiencias.
Todo se inició cuando una librería especializada le solicitó algunos ejemplares de su libro “Historia de los alemanes del Volga” para distribuir entre algunas universidades que tienen entre sus carreras la Licenciatura en Historia y otros títulos relacionados con esta ciencia.
Allí se justificó el viaje de Julio César Melchior a la Capital para brindar una conferencia ante una veintena de estudiantes. 
Lo que iba a ser una charla de media hora se transformó en un ida y vuelta con preguntas del auditorio que duró algo más de dos horas y a la que los organizadores tuvieron que ponerle un límite, quedando la posibilidad de un nuevo encuentro para fecha próxima.
El estilo literario de Julio César, que está teñido de historia, de la que surge a partir de los relatos orales, con las entrevistas que va realizando el escritor y que luego se transforman en un texto literario que cuenta la vida, los sentimientos, los pesares y las alegrías de las familias alemanas, transmitidas de padres a hijos y a nietos, está en los últimos años revalorizada por los académicos de la historia, porque implica una genuina preservación del pasado más reciente; también de conocer la micro historia o las historias locales que son tan válidas, como las grandes gestas históricas y que nada más y nada menos son los hechos cotidianos de los que abrevan los pueblos en el devenir de su conformación.
Para Julio César Melchior la experiencia vivida ha sido extraordinaria y no puede ocultar la emoción de lo que ha representado para sí mismo y también para su propia familia, padres y hermana, que siempre lo alentaron a continuar y a crecer en lo suyo.
Informó que existe también la posibilidad que universidades que se dedican entre otras carreras a la formación de Psicólogos, que lo requieran por su libro “La vida privada de la mujer alemana del Volga”, el que está con su edición agotada, pero para el que no descarta una nueva reimpresión.

miércoles, 3 de abril de 2013

Turistas recorrieron los pueblos alemanes


Fuente: Diario Nuevo Día


Visitaron Santa Trinidad, San José y Santa María en una jornada inolvidable con juegos, títeres, riquísima comida alemana e historias de los primeros colonos que quedarán en el recuerdo de todos los que integraron el contingente. En tanto el lunes, pasearon por Villa Arcadia en una jornada lluviosa que no les imposibilitó disfrutar de las bellezas de los paisajes serranos.

 
Un contingente de 45 niños y adolescentes visitaron la ciudad con motivo de la Semana Santa y disfrutaron de un atractivo paseo por los Pueblos Alemanes, organizado por la dirección de Turismo.
En este sentido, el último jueves 28 de marzo recorrieron Santa Trinidad, maravillándose con las viviendas de origen alemán y con su historia; en Pueblo San José, el delegado municipal, Daniel Schwindt los invitó a visitar la plaza Sergio Denis, donde disfrutaron de la lindísima calesita y del espacio verde con juegos.
Al mediodía llegaron a Santa María, donde fueron agasajados en el club Social y Deportivo El Progreso con el almuerzo, para luego continuar con actividades recreativas organizadas en forma conjunta por la Dirección de Turismo y el club, disputando partidos de fútbol 5, torneos de metegol y ping pong; divirtiendo al contingente que se entusiasmó con la propuesta, como así también los más chicos que disfrutaron de un inflable y del pochoclero.
Del contingente participaban cuatro jóvenes alemanes, becados por el Gobierno Alemán, que realizan una pasantía en trabajo social en la ciudad de Buenos Aires, y se interesaron en tomar contacto con los escritores Julio César Melchior y Héctor Maier Schwerdt, quienes le hicieron un interesante relato histórico de los 126 años de la llegada de los primeros colonos Alemanes del Volga a esta región, asentándose con su cultura y forjando en estas tierras un futuro próspero para sus familias, conservando sus raíces como tesoro vivo de la historia de los pueblos alemanes.
Como forma de seguir sumando atractivo al recorrido turístico, la subcomisión de amigos de la biblioteca Juan Carlos Graff realizó una majestuosa obra de títeres, interactuando con el público en una jornada plena de risas y aplausos, cerrando la tarde con una gustosa merienda con tortas alemanas.
Es importante destacar que todos quienes participaron de este atractivo circuito turístico, haciendo que los 45 niños y jóvenes vivieran una jornada inolvidable, lo hicieron “ad honorem”, entendiendo que el trabajo en conjunto, el compromiso social, y la lucha por la “igualdad de oportunidades” es lo que hace grande a un pueblo.

Cuatro jóvenes oriundos de Alemania visitaron los pueblos alemanes

Los cuatro jóvenes oriundos de Alemania 
(Markus Hartel, Nicole Lotz, Jessica Bettinbinder 
y Samuel Wielath), junto a Daniela Urban, 
Patricia Mellinger, Néstor Alebuena, Gabriel Nebbia, 
Marcos Palavecino, el escritor Julio César Melchior 
y Claudio Holzmann, presidente de Club El Progreso.

Cuatro jóvenes alemanes, becados por el Gobierno Alemán, que realizan una pasantía en trabajo social en la ciudad de Buenos Aires, visitaron las colonias junto a Marcos Palavecino, director de una ONG que trabaja con fines humanitarios y solidarios. En su recorrido por Pueblo Santa María, los acompañaron Gabriel Nebbia y Néstor Alebuena, de la Comunidad Cristiana – Hogar Betiana. Los guiaron e hicieron de anfitriones, la Directora  de Turismo de La Municipalidad de Coronel Suárez, Verónica Mayer Rattegan, y el Presidente de Club El Progreso, Claudio Holzmann.

Los jóvenes provenientes de Alemania son Markus Hartel, Nicole Lotz, Jessica Bettinbinder y Samuel Wielath. Llegaron al país para sumarse a la ONG que dirige Marcos Palvecino, que se ocupa de brindar una mejor calidad de vida a chicos de la calle, adictos, madres solteras y a personas con distintas carencias materiales y humanas. Una noble tarea que les valió concretar un proyecto conjunto con el gobierno alemán y, por eso, el arribo de los cuatro jóvenes de ese país, que permanecen en la Argentina durante un año.
Un trabajo que da sus frutos en la rehabilitación y en la reinserción social de personas con diferentes dificultades. La ONG lleva a cabo un trabajo a consciencia y, según comentó Marcos Palavecino, “nos ocupamos de personas de todo tipo de edades y de todo tipo de dificultades sociales”. Las rescatan y les vuelven a brindar una nueva oportunidad de llevar una vida digna.
“La conexión con Coronel Suárez se concretó mediante la Comunidad Cristiana – Hogar Betiana” –contó Néstor Alebuena-. “Hicimos todo lo posible para que nos visitaran y así poder intercambiar experiencias de vida, para que los jóvenes vieran y vivieran otro tipo de realidad social”.
Es importante citar que la comunidad que integra Néstor Alebuena, está realizando una enorme labor social en Coronel Suárez. Una tarea que tiene que ver con un compromiso con la solidaridad y el servicio al prójimo.
De esta manera se conjugaron voluntades en beneficio de los que menos poseen. Sobre todo teniendo en cuenta que el grupo que nos visitó fue numeroso y estuvo integrado por chicos y jóvenes de todas las edades.

lunes, 1 de abril de 2013

Ruben Rohwein y Héctor Sauer: ¡Honor y gloria a nuestros héroes!

Hoy es un día especial para la Argentina y, sobre todo, para las colonias. Hoy es el día de rendirles tributo a nuestros héroes. A nuestros vecinos que nos dieron una lección de patriotismo y entrega por los altos valores de la patria. Honor y gloria a Ruben Rohwein y Héctor Sauer.

Rubén Rowhein y  Héctor Sauer (oriundos de Pueblo Santa María)

La rueca


Por Francisco Villaespesa (1877-1936)
La virgen hilaba,
la dueña domía,
la rueca giraba
loca de alegría.

¡Cordero divino,
tus blancos vellones
no igualan al lino
de mis ilusiones!

Gira, rueca mía,
gira, gira al viento,
que se acerca el día
de mi casamiento.

Gira, que mañana
cuando al alba cante
la clara campana,
llegará mi amante.

Hila con cuidado
mi velo de nieve,
que vendrá el amado
que al altar me lleve.

Se acerca: le siento
cruzar la llanura,
me trae la ternura
de su voz el viento.

Gira, gira, gira,
gira, rueca loca,
mi amado suspira
por besar mi boca.

¡Cordero divino,
tus blancos vellones,
no igualan al lino
de mis ilusiones!

La niña cantaba,
la dueña dormía,
la luz se apagaba
y sólo se oía
la voz crepitante
de leña reseca
y el loco y constante
girar de la rueca.

domingo, 31 de marzo de 2013

1 de abril... es el día de las bromas pesadas, según la tradición de los alemanes del Volga


El 1º de abril es para los alemanes del Volga “el día de las bromas pesadas”. Una fecha similar a la conmemoración del día de los Santos Inocentes. En la jornada de hoy se realizan bromas sin ton ni son, que concluyen con la mítica frase “El 1º de abril se manda a los tontos donde se quiere”. De esta manera se inventan pesadas bromas en las que se manda a los amigos a hacer o buscar determinada cosa que no existe o no es tal. ¡¡¡Por eso, amigos, cuidado con las bromas!!! No vaya a ser cosa que nos mandan a buscar carne en un negocio vegetariano.

Y para completar la nota, transcribimos una investigación llevada a caboCharles Panati y publicada en su libro "Las cosas nuestras de cada días":

Del libro "Las cosas nuestras de cada dís"
de Charles Panati

El calendario litúrgico de la Iglesia católica conmemora el 28 de diciembre la matanza de niños perpetrada por Herodes el mismo año en que nació Jesucristo. El Evangelio de san Mateo explica, a este respecto, que el rey Heredes, convencido de que el Mesías acabado de nacer habla de ser proclamado rey y ocupar su trono, quiso suprimir este peligro y ordenó la muerte de todos los niños de Belén y sus alrededores, que contaran menos de dos años de edad. Se dio a estas victimas el nombre de Santos Inocentes, por su imposibilidad de haber pecado a tan temprana edad y por haber muerto en vez de Cristo.
Durante la Edad Media, los auxiliares de las iglesias, muy en especial los monaguillos, conmemoraban esta festividad, aunque el día señalado era entonces san Esteban, e! 26 de diciembre. Se entregaban en los recintos de los templos a una serie de diversiones y bromas, hasta el punto de elegir para aquel día a un pequeño obispo y a un predicador. Las autoridades eclesiásticas, después de haberse cometido algunos excesos, tomaron cartas en el asunto pero sin llegar a atacar a fondo la fiesta en sí. Con la Contrarreforma, estos festejos desaparecieron casi por completo, con la excepción de algunas ciudades de Francia, pero poco a poco arraigó en muchas familias la costumbre de permitir a los niños, y aun a los mayores, toda clase de bromas y engaños inocentes el día de la festividad.
 Actualmente, perdura esta forma de conmemoración, equivalente en sus manifestaciones al 1 de abril en otros países. Se espera la inocentada entre amigos y familiares, e incluso los medios de comunicación (periódicos, radio, televisión) compiten en ofrecer alguna noticia falsa convenientemente aderezada para suscitar credulidad entre algunos y sonrisas entre otros.

EL 1 DE ABRIL  (1564, Francia)

Se han ofrecido muchas y diferentes explicaciones acerca de los orígenes del día primero de abril, algunas de ellas tan fantasiosas como las bromas que se gastan en este día en muchos países. Una explicación popular pero altamente improbable es la de que los enemigos de Cristo intentaron ridiculizarle al obligarle a hacer una inútil serie de visitas a las autoridades romanas, cuando su suerte ya estaba sellada. Los misterios medievales dramatizaron con frecuencia estos hechos, al seguir los pasos de Jesús desde Anas hasta Caifas y desde Pilatos hasta Heredes, para volver de nuevo a Pilatos. (Es interesante observar que en muchas culturas existe una práctica, anterior al cristianismo, que consiste en enviar a algún inocente a cumplimentar encargos inútiles.) Las pruebas históricas más convincentes sugieren que estas bromas propias del día primero de abril tuvieron su origen en Francia, durante el reinado de Carlos IX.
A principios del siglo XVI, en toda Francia se celebraba el día de Año Nuevo el 25 de marzo, con el advenimiento de la primavera. Las celebraciones, que incluían intercambios de regalos, duraban una semana y concluían, con banquetes y fiestas, el 1 de abril. En el año 1564, sin embargo, con la adopción del calendario gregoriano, reformado y más exacto, el rey Carlos proclamó que el día de Año Nuevo se trasladaba al 1º de enero, pero muchos franceses opuestos a este cambio, y otros que meramente lo olvidaron, siguieron con sus festejos y sus intercambios de obsequios durante la semana que concluía el 1 de abril, Los bromistas ridiculizaron este apego de los más conservadores empeñados en mantener la antigua fecha del Año Nuevo, enviándoles obsequios absurdos e invitaciones a fiestas inexistentes. El objetivo de una broma del primero de abril se conocía como “pez de abril”, porque en aquella época del año el sol abandonaba el signo zodiacal de Piscis, y de hecho todo cuanto ocurría el 1 de abril se relacionaba con ese acontecimiento. Incluso Napoleón I, emperador de Francia, fue apodado “pez de abril” cuando se casó con su segunda esposa, María Luisa de Austria, el 1 de abril de 1810.
 Años más larde, una vez acostumbrado el país a la nueva fecha del Año Nuevo, los franceses, muy adictos a las bromas y extravagancias del primero de abril, hicieron de esta práctica toda una tradición a la que se unirían también los italianos. Sin embargo, transcurrirían más de doscientos años antes de que esta costumbre llegara a Inglaterra, desde donde pasaría más tarde a América.

viernes, 29 de marzo de 2013

Luis y Agustín Meier: dos músicos, dos artistas


“Los Pueblos Alemanes y su gente”
 Los mejores recuerdos del tío “Bartolo”. Una entrevista con un sabor a nostalgia. La familia Meier sigue fiel a los principios inculcados por los mayores

Ambos son hijos de don Agustín Meier, un muy querido vecino de Pueblo Santa María, y sobrinos de don Bartolomé Meier, quien luego de dejar el Ejército un buen día se presentó ante su familia con la frase: “voy a hacer una banda de música en Coronel Suárez”. 
Eso fue hace más de 50 años atrás. Si bien a los 10 años de su creación el gestor de tamaña empresa falleció en un trágico accidente, el espíritu que impregnó en ese lapso permitió que la llama de la música siguiera encendida en muchos para canalizarla a través de una banda. 
Luis es el mayor de los hermanos Meier. Agustín es el que le sigue. Por eso a ambos le correspondió el enorme honor de heredar los instrumentos de sus ancestros. Luis el bandoneón de su padre; Agustín el de Bartolo, bandoneones que algunas veces, en las reuniones familiares, permiten que otra vez vuelva a inflarse de sonidos para alegrar el encuentro. 
Agustín estuvo desde el primer día en la Banda, fue uno de los músicos fundadores, y aunque faltó por muchos años finalmente volvió, con más pasión que nunca, para formar parte del grupo.
Luis se incorporó hace apenas 10 años. Era un buen mecánico y cuando al tío Bartolo le decía que quería entrar en la Banda este le contestaba: “vos seguí en lo tuyo, que sos un buen mecánico”. Cuando su padre estaba ya muy mal, a punto de morir, le dijo: “¿no me podrías pasar la habilidad que tenés en las manos para tocar música?”. Don Agustín Meier asintió con la cabeza y parece que ha adquirido esa habilidad. 
Hoy no solo forma parte del grupo donde están sus hijos como músicos miembros, sino que es el que se encarga de entretener los viajes cada vez que salen fuera de la ciudad para presentarse en algún lugar. Es el que ejecutando el bandoneón alegra los trayectos hasta llegar a destino.
Ambos no dejan de hablar y de reírse al acordarse de las anécdotas de los momentos que compartieron con don Bartolomé Meier, el que dicen se ponía muy serio al momento de los ensayos o de las presentaciones de la Banda que había creado, al mejor estilo del Ejército, pero que al instante de cerrar las partituras se transformaba en el tipo más loco y bonachón.

“Chiquita” Meier y sus recuerdos de cómo celebraban la Pascua en su niñez


“Los Pueblos Alemanes y su gente”
 Integrante de una tradicional familia alemana que siente la música en el alma. Sus recuerdos sobre la celebración Pascual de otras épocas.

Este domingo de Pascua el hogar paterno de Pueblo Santa María volverá a recibir a todos los miembros de la familia Meier, hijos nietos y bisnietos de Feliciana Graff y Agustín Meier Schwerdt.
Antes se reunían cada domingo, en una tradición que inauguró Feliciana y que continuó “Chiquita” por muchos años. Pero las ocupaciones de todos hicieron que este encuentro se lleve a cabo en las fechas especiales como estas.
Luego de concurrir a las misas del sábado por la tarde y domingo bien temprano, comenzarán a llegar al hogar familiar para degustar un menú delicioso: habrá un fiambre (que puede ser mayonesa de ave, torre de panqueques, matambre arrollado), luego sopa de gallina con fideos caseros y carne al horno con papas, según anticipó.
A pesar que al principio se negó a hacer la nota porque, aclara, se emociona mucho, finalmente “Chiquita” Meier se dispuso a contar algunas de las vivencias familiares. 
Pertenece a un hogar donde la infancia y la adolescencia fueron muy felices. Donde el padre, Agustín, jamás se mostró enojado, nunca le levantó la voz a alguno de sus hijos. Quien llevaba el rol de mano firme era la madre, Feliciana.
“Chiquita” Meier recuerda luego que “en esos años se iba a los bailes los domingos y el lunes temprano había que volver al campo para las tareas habituales. Cuando la mamá despertaba a todos los hijos a las 7 de la mañana nadie se quejaba, todos prestos, se apuraban a vestirse y a viajar hasta el campo donde les quedaba una mañana de trabajo, las mujeres con las tareas del hogar y los hombres con labores en el exterior. Pero eso sí, luego del almuerzo tenían permiso para dormir una larga siesta para recuperarse de la salida del día anterior”.
Emocionada “Chiquita” siempre tiene presente que cuando su padre se encontraba con sus tíos se saludaban cantando y cada noche, al regreso del trabajo, estaba el sonido del bandoneón o de la verdulera trayendo buenos ritmos para alegría de toda la familia. Es por eso que los Meier son una familia que siente la música en el alma.