
Dijo llamarse
Nicolás Evaristo D. (mostró su documento para confirmar la identidad). Ochenta
años cumplidos. Viudo. Seis hijos radicados en distintos puntos del país.
Jubilado ferroviario. “Croto moderno por elección”, se calificó al decir que
pasaba el tiempo viajando sin rumbo. Tenía pruebas de ello: sacó, de un bolso,
fotografías que mostraban decenas de lugares que visitó en los últimos años.
“Viajo porque no tengo hogar ni sitio al cual regresar”, agregó. “Tampoco me
importa”.
Lo observé
contar su historia sorprendido. No hacía falta interrogarlo: hablaba como para
sí mismo, como quien se sienta frente a un psicólogo para realizar su catarsis
habitual. A medida que las palabras brotaban, la mirada se profundizaba,
hundiéndose cada vez más en el alma, adquiriendo un penetrante tono celeste.
“Volví a la
colonia para apagar el fuego de mis recuerdos” –prosiguió contando-, me queman
el corazón como un incendio. Lo devoran. Ya no soporto más… Pero…” –hizo una
pausa, sollozó-, todo cambió. Ya no hay a quién pedirle perdón. Esperé
demasiado tiempo para regresar”.
Lo miré
intrigado.
“Maté a una
persona”, reveló con acongojada crudeza. “Fue un accidente. Fue durante una
pelea. Por amor. Por eso me tuve que ir. Escapé con ella”. Escondió el rostro
entre las manos. “¡Qué horror! ¡Pagué durante toda mi vida ese tremendo error!
Ni siquiera la amaba. Ella salía con otro” –explicó. “Me gustaba; la seduje; el
novio nos descubrió… y el resto… lo mismo de siempre: una injuria, una pelea,
alguien que cae malherido y la inercia de las circunstancias que me llevó a
actuar sin pensar. ¡Pensar!” –exclamó. “Ni siquiera sabía lo que sucedía. Lo
único que recuerdo con claridad es que una persona, casi un amigo, cayó
malherido; que salimos corriendo, ella y yo… que juntamos nuestras ropas y
escapamos. Fue en el año ’50. ¡Una locura! Y lo irónico del destino es que no
la amaba. ¡Ni siquiera la amaba!” –repitió con voz ronca y mirada arrepentida.
“Vivimos la vida que merecimos vivir. No se puede construir un matrimonio feliz
teniendo como cimiento la tumba de un hombre”.
No dije nada.
¿Qué decirle? ¿Qué disculpa inventar? Nada de lo que dijera aliviaría su alma
atormentada. Ni siquiera le pregunté los nombres de los protagonistas. ¿Para
qué? Ya es demasiado tarde para remediar nada. Y él lo sabía. Sólo buscaba
desahogarse, hacer pública su culpa, obtener el perdón de la gente… gente que
ya no vive, y los que viven no recuerdan el suceso. Además, y él lo sabe, lo
que en realidad busca, es perdonarse a sí mismo. Y eso sólo depende de él, de
él y de nadie más. Porque la infelicidad no alcanza para lavar pecados de
juventud. Y el remordimiento tampoco.
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