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lunes, 27 de octubre de 2014

“Antes se trabajaba de verdad” -dice Eusebio Safenreiter.

Criado en el campo y en la filosofía del trabajo rudo, Eusebio Safenreiter es el fiel reflejo de los hombres trabajadores que forjaron la grandeza del país.

“Antes se trabajaba de verdad. Nos levantábamos a las cuatro de la mañana para buscar los caballos en el campo. En invierno caían unas heladas tremendas. El frío te dolía en todo el cuerpo. Calaba hasta en el alma. Pero había que trabajar. Arar, sembrar. Todo con caballos. Y todos teníamos que ayudar. Yo empecé a laburar a los nueve años en el tambo de mi padre” –cuenta Eusebio Safenreiter.
“Muchas mañanas lloré porque las manos me quemaban de frío perno nunca se me cruzó por la cabeza la idea de protestar o quejarme porque sabía que si lo hacía mi padre me iba a castigar. ¡Había que trabajar! Era nuestra obligación. No importaba que mi padre fuera dueño del campo. Toda la familia tenía que trabajar. Incluida mi madre y todas las mujeres de la casa. No se salvaba nadie” –sentencia.
“Eran tiempos duros –afirma-. La vida era distinta. Trabajaba el pobre pero también tenía que ganarse su pan el que tenía plata. Todos nos criamos de la misma manera. Todos salimos personas trabajadoras y honestas” –enfatiza.
“El trabajo estaba antes que todo. Incluso antes que la escuela. Yo fui hasta tercer grado nada más. Algunos de mis hermanos ni siquiera eso y mis hermanas directamente no fueron. Y eso que las hermanas religiosas de la Escuela Parroquial le insistieron a mi padre para que nos mande a sus hijos a la escuela pero él nada: había que trabajar. Mi padre, como todos los padres de aquellos años, repetía que primero estaba el trabajo, que no había tiempo para perder en pavadas” –evoca.
“Cuando mi padre murió el campo se vendió y como éramos muchos hermanos tuvimos que salir a trabajar como peones. Recorrí estancias y chacras haciendo de todo. Fui mensual, tractorista, parquero. En el campo uno tenía que saber de todo. Cuando el patrón nos llamaba teníamos que cumplir. Con él, al igual que con mi padre, tampoco había lugar para quejar ni protestar. Si lo hacíamos, enseguida nos despedían.
“Así que me la pasé toda mi vida trabajando en el campo. No sabía hacer otra cosa. Pero fui muy feliz. Tengo muy lindos recuerdos. Me casé. Tuve cinco hijos. Después vinieron los nietos. Y hoy tengo dos bisnietos” –revela.
“Así es la vida” –suspira-. Y concluye repitiendo que “Trabajé mucho y muy duro pero fui muy feliz”.

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