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domingo, 7 de febrero de 2016

Niñez de una abuela alemana del Volga

Otras realidades. Otras sociedades. La misma niñez.
Clara Andes de Ruppel, de ochenta y nueve años, reconoce que “nuestra niñez fue muy dura” pero sostiene que “fuimos muy felices”. Tanto que, cuando recuerda esos años, su rostro se ilumina, sus ojos irradian luz y alegría. Evidencia irrefutable de que pese a la pobreza en la que creció, fue muy dichosa.

“La mayoría de los niños crecimos sin saber lo que eran las golosinas. Solamente algunos tuvieron la suerte de que les regalaran caramelos: en Pascua, cuando los traía el conejo, y en Año Nuevo, durante wünsche gehen. Los únicos dulces que comimos fueron los que elaboraba mi mamá durante el verano con las frutas y verduras de las quintas, que nos regalaban los vecinos” –revela. “Dulces de ciruela, manzana, durazno, zapallo, tomate”.
“Tampoco conocimos la manteca” –confiesa. “Untábamos el pan con gruesa y lo espolvoreábamos con azúcar. ¡Era una delicia! A veces teníamos miel porque algún amigo de papá se la regalaba para los hijos” –agrega.
“Con mis hermanos salíamos al campo con los perros a cazar liebres, peludos, mulitas, alguna que otra perdiz, para colaborar con la comida y variar el menú. También íbamos mucho a pescar y a cazar nutrias y vizcachas. Papá vendía los cueros y compraba harina, azúcar, yerba… -enumera.
“Ropa teníamos muy poca y generalmente usábamos las antiguas alpargatas hasta que no daban más de los agujeros que tenían en las suelas. Zapatos recién tuve de grande, cuando mis hermanos y yo empezamos a trabajar” –continúa contando Clara.
“A la escuela íbamos muy poco. Ninguno de mis hermanos terminó la primaria y yo cursé hasta segundo grado. No teníamos tiempo. Había que ayudar en casa, en el campo, en la huerta. A los doce años mi mamá ya me había colocado para cuidar niños. A esa edad ya sabía cocinar. Tuve que criar a varios hermanitos porque la mamá tenía muchos hijos y no podía con todos” – explica.
Trabajó hasta el día que se jubiló.
“Me casé joven” –evoca. “Tuve varios seis hijos. Quedé viuda a los treinta. Nunca me volví a casar” –concluye.

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